Durante la semana dorada, Izuku no dejó de pelear con el pestillo de la ventana corrediza, aspirando con fuerza el aire cálido que provenía de afuera, luego de tan extenuante batalla. Toda la primavera que se colaba en sus pulmones le hacía sentir como si las partículas de árbol de cerezo que perecieron semanas atrás en el aire mutaran en semillas con espinas, haciendo contraer su garganta. O podría decirlo tan simple, que, siempre que abría la ventana y volteaba, quería llorar.

Las raíces de color natural en el cabello de Shinsou Hitoshi le hacían sentir miserable para empezar; y el ojo que no tenía un terrible hematoma –cubierto por ahora con una compresa–, le miraba a media asta, como en señal de luto. Se veía deplorable, con las gasas de algodón rodeando en largas tiras sus tobillos, torso y nudillos. Tan quieto como un muerto descansaba en el delgado colchón de la habitación privada, sobre sábanas ásperas y con su cara siendo iluminada por la luz que las cortinas verdes pálido debido al detergente dejaban pasar.

Junto al electrocardiógrafo apagado yacía la tan conocida bolsa de suero colgando en el tripié de acero inoxidable, el goteo rítmico hipnotizaba a ambos cuando el silencio se hacía presente en sus conversaciones.

Fue hace un par de semanas desde que escuchó el azote a la puerta que Bakugou cometió saliendo de su oficina, ese momento se escapaba de sus recuerdos a cada oportunidad, deseaba regresar en el tiempo hasta ese día, donde todo se fue a tiempo récord en un hoyo negro del que esperaba noticias favorables para poder ver el final. La secretaria del centro que tocó la puerta llevaba consigo un recado anunciando que un paciente suyo había sido internado en el hospital general.

Era cruel decirlo en voz alta, pero Izuku imaginó todos los posibles escenarios durante el trayecto, hubiese proyectado a cualquier persona de su consultorio menos a Hitoshi, el chico de diecinueve ni siquiera llegó por sus propios motivos, sino los de alguien más.

Con esa posibilidad, su mente se iluminó ante la idea de que nuevamente anduviese metiendo esa filosa mirada violácea en trapos sucios.

Y lo confirmó escuchándolo salir de sus pálidos y cortados labios. Escupió con rabia y arrepentimiento que se vio envuelto con personas de dudosa reputación en medio de un intercambio de cigarrillos, hizo enojar al jefe de turno y su séquito de dos personas lo acorraló en un callejón cuando volvía de su trabajo de medio tiempo al día siguiente.

La primera lluvia de golpes no les supo suficiente, en un momento dado, el exhalar retador que salió de la nariz sangrante del chico fue una especie de grito de batalla, lo que puso nerviosos a los atacantes. Uno de ellos sacó de pronto su navaja, alejando de la salida a Shinsou, quien a duras penas se mantenía pie. Ensartándole en un movimiento rápido la hoja afilada debajo de las costillas en el lado izquierdo, y por su derecha, recibió un golpe en la nuca, haciéndole caer en definitiva al suelo.

Hitoshi contó que, mientras se desvanecía por el dolor, observó entre la neblina de dolor como los dos se acercaban a él cargando entre sus manos un pedazo de alambre de púas, formando las heridas en sus tobillos.

No despertó sino hasta dos días después, tiempo dado por la enfermera que lo vio mirando impasible el cielo falso, sin haber hecho sonar las alarmas.

–Quita esa expresión de tu cara –dijo llevándose la mano vendada al estómago, sintiendo la brisa con los ojos cerrados– Nada de esto es tu culpa.

–Pude haber hecho muchas cosas, pude darte mejores consejos, pude escucharte más atentamente, pude… –detenerte y preguntar por lo que llevabas en la bolsa de supermercado semanas atrás.

Shinsou resopló, sonriendo de medio lado– Yo pude haber hecho muchas cosas que me aconsejaste no hacer.

Izuku escondió los labios disconforme, llevó el florero en la mesita de noche al baño de la habitación para cambiar el agua, ignorando al chico con la mirada hastiada. Volvió, dejó todo en su lugar y se sentó en el pequeño banco de metal a la par de la cama contrario al tripié con el suero, mirando fijamente a los orbes violetas, esperando.

–Vete.

–¿No hay nada que quieras compartir? Recuerda que nada saldrá de aquí.

–Has venido toda la maldita semana –desvió la mirada con sus mejillas adquiriendo un subtono de rosa– Deberías estar trabajando.

–Sobre eso…Perdón, no pude traer galletas hoy. Se acabaron los huevos.

Los dedos de Shinsou halaron su mejilla hacia abajo dejando ver el párpado inferior en un movimiento exasperado.

Afuera, los pájaros cantaban y, siendo cinco de mayo, los niños corrían de arriba abajo descolgando las banderolas con forma de carpas como travesura.

–Entonces, compénsame. Haz algo por mi –Ya podía añorar las horas de paz que tendría y con suerte, la hora de visitas terminaría antes que Izuku volviese– Tráeme Kashiwa Mochi.

El joven psicólogo sonrió por primera vez en días, era una petición rara conociéndolo, pero no protestaría.

–Casi lo olvido… –habló Shinsou con la mirada pegada a la ventana, antes que Izuku terminara de cerrar la puerta al salir– Dejaré las terapias… pensaré seriamente en el futuro –tomó valentía para enfrentar los orbes esmeraldas– Esta vez no te decepcionaré.

Si tuera tan fácil despegarse de las personas, el hoyo en el corazón de Izuku habría sanado al salir del hospital, pero envés de eso, los bordes rocosos se despegaron cayendo al vacío, desgarrando el sentimiento aún más. Era probable que nunca volviesen a verse.

Miraba tan concentrado sus zapatos al caminar que pasó varias calles sin notarlo, absorto en sus pensamientos. Un poco después de la hora del almuerzo llegó al pasadizo solitario donde estaba ubicado el santuario. A su izquierda, un muro alto de piedra consumido por la hierba lo saludaba; A su derecha, un camino de árboles en fila que rodeaban la entrada al parque, justo frente a las escaleras que ascendían a tierra santa. Era muy temprano para que los puestos de comida alrededor abriesen y los niños que presentarían una obra de teatro posiblemente seguían retocando los detalles de la función.

Compró un café en una máquina expendedora cercana y se sentó en una banca del vacío parque, a leguas se notaba que era una zona poco transitada para esa hora del día.

Desanudó la corbata roja que llevaba, sorbiendo su bebida y sacando el celular procedió a revisar su correo electrónico. Pensó en volver a casa, pero eso solo lo llevaría a sacar ese lado detestable de depresión que odiaba –además, se le antojó el mochi–

Tenía la bandeja llena de mensajes de Uraraka, no tenía contacto con ella desde lo que pasó con Shinsou. Decidió llamarla.

¿Deku? –su corazón se contrajo con el apodo.

–Ah, Uraraka. Perdona todo lo que ha pasado, solo te he encargado más trabajo.

–No te preocupes por eso, lo escuché de la secretaria. Y… ¿qué tal sigue? ¿Estás en el hospital?

–Sí –mintió rascándose la nuca– Estará bien.

–Ahora que lo pienso… no, olvídalo –tosió– En fin, si estás cerca del festival, compra mochi.

Uraraka, que estaba tomando un baño en su casa, mandó como un rayo un mensaje a Kirishima para contarle su plan de inmediato. Escuchó del mismo pelirrojo que Bakugou estaba trabajando en un proyecto de cableado para el santuario donde sería el festival, y le pareció el momento perfecto para darles un pequeño empujón a esos dos cabezas huecas, necesitando respaldo para llevar la misión a cabo. Recibió más rápido que una abuelita en tiempos de oferta la respuesta con el visto bueno del otro, informándole que él también estaba por ahí y que ayudaría en lo que fuese posible.

En su lugar, Izuku estornudó sobre el café.

Dejo tranquilo el móvil cuando comenzó a leer el apodo All Might entre sus contactos revolviéndosele las tripas y decidiendo levantarse de una buena vez por todas e ir a buscar algo por hacer.

Confiaba en que arriba en el templo estarían muy ocupados para negarse a dos manos amigas que buscaban ayudar. No se equivocó, al terminar de subir las gradas de piedra y traspasar el torii de la entrada, divisó al nudo de personas moviéndose como hormigas que corrían ataviadas con telas, papel y columnas de platos en sus manos.

El lugar era pequeño, al borde del graderío estaban unas construcciones en cemento de linternas, que servían como descanso ante de atravesar el arco tradicional rojo que daba inicio al espacio sagrado; luego, seguía su camino el pasillo de granito que atravesaba el patio exterior hasta la entrada de la construcción real donde se rezaba, sin acceso por el momento. Alrededor, las estatuas cerraban el espacio disponible para el público, en el cual estaban ubicados pequeñas almohadas que ejercían como asientos para invitados, también divididos por el pasillo – que es donde supone Izuku se realizaría la obra.

El joven de cabello crispado no tuvo que pedirlo, pronto pusieron en sus manos varias linternas de papel que servirían como decoración.


Cerca de las cuatro el ambiente estaba listo para comenzar, las personas accedían en fila con el panfleto que Izuku se encargaba de repartir en la entrada. Al parecer lo terminaron confundiendo con un padre de familia de noble corazón que apartó en su agenda un lugar para ayudarle a su hijo, despertando el interés de varias madres solteras que pidieron su contacto.

Cuando finalizó su trabajo, las luces se atenuaron, señalando que el acto estaba a punto de comenzar.

Se presentaría el cuento de Las lágrimas del dragón, una motivadora historia sobre los tiempos antiguos donde existían estos seres mitológicos habitando cercanos a los pueblos, en la que un niño quería con todas sus fuerzas invitar a su fiesta de cumpleaños a un dragón del que todos temían, y como nadie puede convencerlo de lo contrario, él va solo en su búsqueda. Llegando a la guarida del animal, repitió sin cesar que quería que lo acompañara a comer los dulces de cumpleaños en su casa, conmoviendo al dragón que se lanzó a llorar a moco tendido, haciendo brotar un río que descendía por el valle. El niño se subió a la espalda del animal para ir a casa, sin embargo, cuando llegó, descubrió que estaba montado sobre una barca en forma de dragón.

A mitad del evento, Izuku se llevó una mano al corazón. El niño pelinegro que actuaba como protagonista se equivocó en la frase más importante y soltó una grosería al darse cuenta de su error –le recordaba muchísimo a Katsuki. Por suerte, la niña que actuaba como dragón arregló el malentendido, quitándose el cuerno plástico que llevaba en la cabeza y entregándoselo al niño, cerrando juntos sus puños.

Fue el único percance, la obra terminó con todos los pequeños que participaron inclinándose en una reverencia y los aplausos del público no tardaron en aparecer.


Caía la tarde e Izuku seguía recogiendo la utilería del sitio, prefirió ayudar a transportar todo al camión antes de irse a cenar, puesto que de igual forma la fila en los puestos de comida era tan larga que llegaba hasta la arteria que conectaba a la avenida principal.

Pese a todo, se sentía relajado. Se lavaron todas sus preocupaciones, aunque fuese por un momento, ver a esos niños le generaba una nostalgia que ni el viento le podría quitar, aquellos años tiernos donde la oscuridad y llegar temprano a casa para no perderse su programa favorito eran su única preocupación.

La corriente de aire revoloteaba su cabello, dejándole a ciegas por unos segundos al volver a subir los peldaños del santuario; luego de dejar una pesada caja abajo, ya no quedaba nadie y la luz amarillenta venía sin fuerza de las lamparas de cemento, dando un aspecto tétrico al lugar.

Casi confundió la basurilla en su ojo con el destello fugaz que vino desde la parte alta del templo, justo entre las vigas de construcción y el techo, donde se encontraban los reflectores led.

Y el susto que le provocó el sonido del switch encendiéndose no se comparaba a la subida de azúcar que le dio de ver al amo de sus dolores de cabeza en carne, hueso, chaqueta que hacía juego con sus ojos y el rubio coronando su cabeza bajando a través del haz de luz directo hacia él.

El mismo Bakugou Katsuki descendía del tejado en una escalinata, con el brillo blanco superponiéndose en su silueta, aparentando estar hecho de éter; en dirección al pobre hombre que le veía como si un ángel caído fuese a reclamar su alma.

La expresión de santo no le duró. Reconociendo las pecas, le tomó menos de un segundo a sus cejas tratar de unirse.

–Maldito Deku –hombros encrespados, puños cerrados y cuello estirado: así dio el primer puñetazo en el estómago– ¡¿Así que te crees mejor que yo, eh!?

Izuku, inclinado en sí mismo sostenía con sus brazos el lugar golpeado, miró desde abajo sin aliento al rubio. Jadeaba por la falta de aire, estaba seguro que ese golpe fue dado con el mayor odio posible. Y como no podía hablar, buscó con su mano de dedos extendidos detener un poco a aquel toro del pecho.

–Siempre, desde la primera vez que pisé ese mugriento lugar has estado mirándome desde arriba, luciendo satisfecho mientras escribías lo que decía en cada sesión… juzgando más y más y más como si supieras algo que no yo no sé sobre mi –llamas atrapadas en un grueso y frío cristal reemplazaban sus ojos conforme hablaba– como si tuvieras lástima, ¡maldición! ¿Qué mierda?

–Kacchan…

–¡Escucha, joder!

Izuku murmuró un "lo siento" enfocando toda su atención en él, grabando las palabras a fuego en su memoria, sin poder parar el análisis que sabría que tendría que hacer después.

–Nunca sé en qué demonios estás pensando, y eso es algo que siempre hace que se revuelva mi estómago. No es porque sea parte de tu trabajo, sigues viviendo por más, soportándolo, sin importar cuántas palizas trate de darte, ni cuánto baje tu moral…

Súbitamente, cortó el discurso. La mano izquierda fue a parar antes de darse cuenta al cuello de la camisa de Izuku cerrada en un puño, los iris carmín parecían hablar solos. Le quedaba tanto por decir que su lengua no podía llevar el ritmo y se cansó de soltar tanta palabrería inútil impropia de él.

En cambio, zarandeo al chico, coaccionándolo para que levantase sus puños.


Seguían en el descanso entre los escalones y el torii, salvando su pelea del terreno celestial. Los sentidos de ambos rozaban sus límites concordes sus puños chocaban en la piel del contrario, la sangre se apelotonaba entre la piel desgarrada de sus nudillos y la de sus labios reventados; sus mandibulas vibraban en tonos morados, acumulando adrenalina y estrés; ambas vistas captaban un filtro rojo que no era normal ni saludable.

–¿¡Eso es todo lo que tienes!?

La pregunta entre la respiración irregular de Izuku hizo reventar las venas del cuello y la frente aún más si era posible a Katsuki, quien con los ojos llenos de venitas que gritaban rabia se abalanzó con todo su peso sobre él, haciendo a ambos caer al bordillo de las escaleras.

El instinto del psicólogo que además de volver sus pupilas en una mísera pepita de sandía, le hizo propinarle un último puñetazo al rubio, aprovechando el aturdimiento para empujarlo con la pierna flexionada fuera de su alcance, pero no muy lejos. Ninguno se movió, tratando de regular sus ritmos cardíacos.

El barullo del animado festival apenas los alcanzaba.

–No sabía –Izuku habló, con voz queda– que podrías llegar a pensar eso de mí.

Los mechones verdosos se pegaban a su frente sudada, mientras se preguntaba si de verdad sus palabras podrían darse el valor o el lujo de significar algo para los demás, así como su mentor e inspiración de vida lo fue para él. Su corazón pesaba veinte libras más en un solo día con los recientes acontecimientos; de los siete pacientes activos que tenía, no entendía a dos, una le quería quitar la piel a navajazos, a dos nunca les llegaban sus consejos –más bien diría que tomaban sus advertencias por los pies– y el único que parecía llegar a algún lado nunca iba a las sesiones.

Ya no le quedaban fuerzas para pararse a pedir indicaciones, se sentía cansado ya de vagar sin rumbo, pegándose a los demás. Aun así, no podía permitirse descansar. Debía concentrarse en su trabajo y dejar que éste no le afectara a nivel emocional.

–Yo… haré cinco por ciento, no, veinte… cien veces más lo que hago ahora –sus palmas aplastaban su cara, tratando de retener las lágrimas– Lo siento, Kacchan. Se supone que soy el mayor, y que debo estar al pendiente de ti…

–¿Necesitas que te golpee más fuerte, bastardo? Nunca he pedido tu ayuda, porque no la necesito. Ni a ti, ni a nadie –Suspiró, mirándolo un momento antes de volver su vista al cielo. La ira se había dispersado en la lucha– Te ves patético llorando.

–Lo siento…

–Y, ¿Qué mierda pasa con tus puños? –chistó– te haré pagar este ojo morado.

–¿Eh? –casi se desgarra el músculo de lo rápido que movió la cabeza para mirarle, no pudo evitar tomar eso como un cumplido, sonriendo medio segundo antes de volver a una mueca de dolor.

Se quedaron tirados ahí, sintiendo la presencia del otro sin decir ni una palabra, observando los fuegos artificiales que daban por terminado el festival.


Nota:

5 de mayo: día del niño en Japón, último día de la golden week. Acostumbran a colgar banderines con forma de carpa dependiendo de los hijos en la familia y comer Kashiwa Mochi (pastel de arroz relleno de judías)

Torii: Arco tradicional japonés que suele encontrarse a la entrada de los santuarios sintoístas (Jinja), marcando la frontera entre el espacio profano y el sagrado.