Pupilas de Gato III
Capítulo 9
El tiempo parecía haber volado desde la reunión con el consejo. Hacía ya exactamente un mes que le habían llamado la atención como nunca antes habían hecho, lo cual significaba que le quedaba exactamente un mes para conseguir lo imposible: evitar que el principal de sus bancos cayera en la banca rota. La reunión se había extendido por horas y lo habían acusado de todo: irresponsable, inconsciente, loco. ¿En qué había pensado cuando arriesgó de esa manera la fortuna de su familia, aquella que sus padres le habían legado, y también la fortuna de ellos, como integrantes del consejo? ¿Es que acaso no se daba cuenta de que la situación actual no le permitía seguir haciendo sus actos de estúpida misericordia? El tema de las indemnizaciones había sido la gota que terminó por agotar su paciencia.
Había llegado demasiado lejos. Ese era el veredicto del consejo. Albert se había preparado mentalmente para soportar la lluvia de acusaciones y recriminaciones, incluso para recibir más de una sutil amenaza. Nada lo había preparado, sin embargo, para sus últimas palabras. Si en dos meses no lograba sacar al principal banco de la familia del peligro cierto de caer en banca rota, tomarían otras medidas. ¿Cuáles? El grupo se había negado a informárselo, limitándose sólo a recordarle que había una razón muy importante por la cual el consejo existía: para proteger la fortuna y los intereses de la familia contra todos… incluso contra el propio dueño de esa fortuna.
Los integrantes del consejo se habían retirado del amplio salón de reuniones en silencio, no sin antes darle severas miradas de advertencia. Durante la tarde, Albert se había reunido con George y Archie para explicarles lo ocurrido durante la reunión de la mañana. Para los más jóvenes no pasó inadvertido el momento en que el semblante de George cambió.
- ¿Qué quieren decir con eso, George? ¿Lo sabes? – lo interrogó Albert sin preámbulos.
- Bueno… tal vez… no sé, no puedo asegurar nada.
- Vamos, George, tú debes ser uno de los que mejor conoce todas las triquiñuelas legales que rodean al consejo y la sucesión de los Andrew – lo animó Archie.
- Sí, pero… han pasado muchos años y…
George hizo una pausa. Albert notó que medía sus palabras. La situación era entonces grave. Desde luego, él también conocía muy bien los aspectos legales del consejo, sus atribuciones y sus límites, así como sus propios derechos y responsabilidades. No por nada llevaba años ejerciendo la presidencia.
- No logro dar con ninguna figura legal que puedan usar para presionarme más. ¡Vamos! – reclamó molesto Albert – Lo que sea que quieren hacer, ya lo tienen decidido y lo harán de todas maneras. Esto no es más que una farsa. ¿Qué podría hacer para mejorar la situación del banco en dos meses? ¡Es ridículo! Ni un milagro podría mejorar las cosas, todos lo saben. Ni siquiera el dinero que nos dará el gobierno evitará que ese banco se pierda, ¿por qué poner eso como condición? Además, ¿qué quieren que haga? Mal que mal también es mi dinero, ¿no?
- ¿Y qué vas a hacer cuando eso suceda?
- ¿Qué voy hacer? – preguntó Albert sin ocultar su molestia - ¿Qué esperas que haga? ¿Una fiesta o un baile de disfraces? ¡Va a ser la ruina de todos! ¿De verdad crees que no lo sé?
- Albert, por favor… - rogó Archie en tono conciliador. No era momento para ironías.
- ¿Qué va a pasar con los empleados?
- Se van a quedar sin trabajo, desde luego. Y tendrán que arreglárselas con la indemnización miserable que…
- ¿Los vas a indemnizar también? – lo interrumpió George.
- Claro…
Archie y George intercambiaron miradas preocupadas. Albert lo notó de inmediato.
- Oigan, por favor, no vamos a empezar de nuevo con…
- Albert, si haces eso estarás cavando tu propia tumba ante el consejo.
- Lo sé… por eso tenemos que encontrar una forma de sacar el banco adelante. No quiero pagar más indemnizaciones… ¡no quiero seguir perdiendo dinero!
La conversación había sido sólo la primera de las varias que tuvieron sobre el tema, muchas de las cuales había terminado inevitablemente en una pelea. Albert seguía aferrado a su decisión de no hacer pagar a justos por pecadores y pagar las inmunizaciones que fuera necesario a cada empleado despedido. Archie y George opinaban lo contrario y sostenían que las leyes de emergencia que el gobierno había establecido tenían una razón de ser: a corto plazo, salvar a cuantos bancos fuera posible, sin importar cuántas familias se vieran afectadas en el proceso. Familias pobres, desde luego, pues la idea de fondo era proteger a las familias ricas. Por tanto, estaban en su derecho de utilizar todos los medios que tenían a su favor. A largo plazo, los más pobres también se beneficiarían. A muy largo plazo.
Pero las peleas en nada ayudaron a mejorar la situación. El primer mes ya había pasado y sólo le quedaban treinta días para conseguir lo imposible. Solo en su amplio escritorio en la mansión de Chicago, Albert se veía obligado a enfrentar la realidad. No tenía salida. Ya nada podía hacer por salvar al banco. Nadie quería invertir con ellos y la crisis estaba aún lejos de terminar. La prensa no hacía las cosas más fáciles y cada día, en alguna parte del país se escribía un nuevo artículo sobre su inminente ruina. Para hacer las cosas aún más complicadas, no sólo una sino que dos de las sucursales del banco en Chicago habían sido asaltadas. ¡Condenados ladrones! La policía ya no era capaz de controlar la situación en las calles y parecía que sólo los mafiosos y sus amigos podían salir airosos del caos imperante.
Albert se quitó los lentes y los dejó sobre el escritorio. Estaba agotado. Nunca antes en su vida le había costado tanto trabajo hacer lo correcto. Pero… ¿qué era lo correcto? Lo que sus empleados hicieran con sus indemnizaciones no era su problema. Su problema era quedarse con la conciencia y la dignidad limpias de la mancha de no haberles pagado algo que compensara al menos en parte su incompetencia como empresario. Si todo el imperio Andrew terminaba por hundirse y él terminaba en la calle junto a su familia, sería su responsabilidad. Pero él siempre tendría medios, contactos y algo podría hacer para salir adelante; sus trabajadores, no.
Los Andrew no habían sido siempre la familia extremadamente adinerada que todo el mundo conocía. También habían sufrido reveses y no pocas veces habían tenido que sacrificarse hasta el extremo para salir adelante. Hasta ahora siempre lo habían logrado. ¿Sería él quien terminara con esa tradición? No. Esa era una carga demasiado pesada, una que no estaba dispuesto a soportar. Le quedaba sólo un mes y, fuera lo que fuera que el consejo tuviera en mente, Albert sabía que esta vez no estaban jugando. Su idoneidad como líder estaba con justa razón en duda y bien sabía que una vez perdida la confianza, sería muy difícil recuperarla. El consejo podía incluso… no, no lo harían… pero le habían dicho que si las cosas no mejoraban, estaban dispuestos a defender la fortuna contra todos, incluso contra él mismo.
¿Se atreverían a quitarle su propio dinero en nombre de la familia?
La única condición del consejo era salvar el banco. Nada habían dicho sobre el resto de las empresas. En tiempos desesperados, eran necesarias medidas desesperadas. Ya estaba decidido. Había llegado el momento de vender.
p - p - p - p - p - p -p
Las cosas habían cambiado mucho para Rick en el último tiempo. Primero, Rose había notado que el muchacho comenzaba a vestirse mejor. Un día había llegado con un nuevo reloj y no pasó mucho tiempo antes de que comenzara a usar un penetrante perfume. Las burlas no se hicieron esperar entre los empleados del café y fue entonces que Rose notó, por primera vez, que algo más había cambiado dentro de Rick. Su respuesta violenta y amenazante tomó a todos por sorpresa. Pero como suele ocurrir, nadie le dio mayor importancia.
Nadie, excepto Rose.
Cuatro semanas era muy poco tiempo. Rick estaba yendo demasiado lejos en sus tratos con la mafia y Rose se debatía entre el miedo y la fascinación. No por Rick, desde luego, sino por esa embriagadora seguridad y alegría que parecía emanar del muchacho. Su risa inocente había dado paso a otra burlona y amenazante, pero fuera del episodio por las burlas sobre su perfume, nunca más se había mostrado agresivo con nadie. Con el paso de los días, comenzó a llegar tarde al trabajo y si bien cumplía con sus labores, era evidente que ya no lo hacía con el empeño de antes. El día que el viejo Wood amenazó con despedirlo, Rick lo había mirado directamente a los ojos y sin siquiera pestañar, le había dejado en claro que mejor no se atreviera a hacerlo. Para sorpresa de todos, Wood no se atrevió.
Desde entonces Rick llegaba al café a la hora que mejor le parecía. Por las mañanas se veía cansado y en más de una ocasión había llegado despeinado y con la ropa impregnada por el olor penetrante del tabaco y el alcohol. Aquella era una de esas mañanas y esta vez, Rose había decidido que no se quedaría de brazos cruzados. Decidida a saber qué pasaba, lo había hostigado hasta obligarlo a dejarla sentir su aliento, para confirmar que no había bebido. Efectivamente, no encontró rastros de alcohol en el aliento del muchacho, pero sí varios cigarrillos en su chaqueta.
- ¿Qué pretende hacer, Rose? ¿Convertirse en mi niñera?
- ¿No crees que estás muy joven para fumar?
- Vamos, ya soy un adulto…
- Claro que no. Esta misma semana voy a ir a casa de tus padres y…
- ¡No se atreva a hacerlo! – fue la fría y amenazante respuesta de Rick.
Rose se quedó sin habla, encogida en un rincón de la cocina, con la mirada del joven atravesándole el corazón. Hasta entonces, sus conversaciones solapadas sobre el tema no habían superado el umbral de las bromas y las indirectas. Ahora, en cambio, por primera vez se veía enfrentada a la realidad tal cual era: Rick ya no era el muchachito odioso que la molestaba de vez en cuando. Rick era parte de algo mayor y mucho más peligroso que las bromas de adolescentes. Por primera vez desde que supo la verdad, Rose sintió miedo. Si pensaba que tenía algún tipo de influencia sobre el joven, estaba equivocada. Rick se le acercó peligrosamente.
- No estoy jugando, Rose… - le dijo en voz baja.
- Vamos, Rick, no me hables de esa manera, ¿qué te pasa? – trató de bromear Rose, sin poder ocultar el nerviosismo en su voz. Rick sonrió, seguro del poder que el miedo le confería sobre la muchacha.
- No se trata sólo de mí, Rose… entiéndalo de una vez - Sin quitarle los ojos de encima, Rick había salido lentamente de la cocina.
Durante largo rato, Rose permaneció en silencio, temblando sin poder evitarlo. ¿Por qué? ¿Acaso le tenía miedo? Rick jamás le haría daño, de eso estaba segura. O al menos así lo creía. Tal vez había exagerado su papel de amiga sobreprotectora. En realidad, Rick ni siquiera era su amigo, sino apenas un mocoso mal educado que trabajaba en el café. Podría ser él o cualquier otro. Si a él no le importaba su propia seguridad, ¿qué tenía que hacer ella preocupándose? Mal que mal, él tenía a sus padres. Ella sólo tenía a su madre y si algo le pasara…
- ¡Rose! – gritó Wood desde el mostrador.
- ¡Ya voy! – gritó de vuelta Rose, obligándose a dejar de lado el miedo que de pronto la invadía.
- ¡Date prisa! Hay dos clientes esperando y el inútil de Rick no está por ningún lado. En cuanto vuelva lo voy a poner de patitas en la calle… ¡Ya se las verá conmigo!
Aunque Rose se dirigía con paso rápido a atender a los clientes, no pudo evitar devolverse y mirar a Wood cuando lo oyó decir que Rick se las vería con él. Sin palabras, su mirada llevaba una sola pregunta: "¿En verdad se atrevería hacerlo?" Wood desvió la mirada y por un momento, pareció afanado en tratar de encontrar una respuesta que no dejara en evidencia sus temores.
- ¿Qué esperas? ¡Date prisa, atiende a los clientes! – le gritó en cambio.
Rose lo miró y asintió sin decir palabra. "No, desde luego no me atrevería", era la respuesta que Wood le gritaba en silencio. Minutos después, cuando volvía a la cocina para preparar la orden de los clientes, Rose comprendía que el chiquillo del cual se preocupaba en realidad ya estaba muy lejos de su alcance. De hecho, si había alguien que en realidad necesitara protección esa era ella misma… o el viejo Wood con su mal carácter. Pero de los dos, era ella y no Wood quien tenía más que perder.
CONTINUARÁ...
