Capítulo 9: ¡Eres un miembro de la Familia Real de Zurán!
¿Hermione?
A regañadientes, Hermione abrió los ojos y miró el rostro de la enfermera uniformada que le sonreía. Tenía la boca seca y le dolía la cabeza, no era capaz de pensar con claridad. Imágenes confusas a cámara lenta llenaban su mente.
Estaba tumbada en una cama de hospital, pero la habitación no se parecía a ninguna de las que ella había visto en los hospitales. Parecía más bien como una habitación de súper lujo de un hotel.
Intentó incorporarse, pero la enfermera negó con la cabeza y le mostró a Hermione un complicado dispositivo de control remoto.
—Puede variar la posición de su cama con esto —le informó a Hermione—. El médico vendrá enseguida a verla. ¿Tiene algún dolor? Anoche le suministramos un analgésico por vía intravenosa después de la operación para extraer la bala de su brazo.
¡La bala! La inquietud se apoderó de Hermione conforme iba recordándolo todo: Draco, el desierto, el hombre con la pistola, Draco… Draco…
—¿Dónde estoy? ¿Dónde está…?
—Está usted en la sala especial para altos cargos del hospital de Zurán —le contestó la enfermera dándole importancia, impresionada con el honor que se le había concedido a Hermione—. El soberano en persona ha pedido al jefe de cirugía que se le informe de su progreso cada hora, y Su Alteza la esposa del soberano va a visitarla esta mañana. Han traído como regalo algunas prendas de ropa. No podía usted recibirla con lo que llevaba cuando la trajeron aquí, ¡hubiera sido una vergüenza!
¿La sala para altos cargos del hospital de Zurán? ¿Cómo había llegado hasta allí? No recordaba nada después de la explosión de dolor al recibir el disparo.
—Permita que le sirva agua —se ofreció la enfermera—. Debe beber todo lo que pueda para limpiar su organismo de la anestesia y para prevenir la deshidratación.
Hermione abrió los ojos atónita al ver que la botella que sacaba de una pequeña nevera llevaba el emblema de la Casa Real. Pero mientras bebía con fervor el agua cristalina, no pensaba en su propia situación, sino en la de Draco. ¿Dónde estaba?
—El hombre… —comenzó dubitativa.
La enfermera la hizo callar, con una expresión de desprecio y enfado instalándose en sus ojos.
—Ha sido detenido por los agentes especiales del Consejo de Gobierno. Afortunadamente, llegaron al campamento del renegado El Khalid a tiempo de presenciar todo. Fueron ellos los que Ja trajeron inmediatamente a la capital. El Consejo decidirá el destino último de ese villano incalificable, pero no hay duda de que recibirá su merecido. ¡Un hombre como ése se merece un castigo por lo que ha hecho!
Hermione sintió el corazón cada vez más pesado con cada palabra de la enfermera.
—¿Dónde está ahora? —preguntó con un hilo de voz.
Su mente medio drogada estaba pensando pedir clemencia para Draco, preguntándose cuánto dinero podría obtener por su casa y si sería suficiente para comprar su libertad.
De pronto se dio cuenta de lo que significaban sus pensamientos. Se había dicho a sí misma que no amaba a Draco, pero entonces ¿por qué se sentía como se sentía? Sin duda sería más apropiado sentirse aliviada por haber escapado al fin de él. Debería querer apartar de su mente lo que le había sucedido con Draco para siempre. ¡Y en lugar de eso, estaba preparando un plan desesperado para ayudarlo!
—Los agentes especiales lo han ingresado en prisión, donde permanecerá hasta que se celebre el juicio. Su Alteza, en un comunicado a la nación, nos ha alertado esta mañana de lo que había sucedido, y de la valentía de su hermanastro el jeque Draco Lucius, que ha sido quien ha descubierto el complot contra el soberano. El jeque Draco Lucius se unirá a Su Alteza en su paseo tradicional dentro de las celebraciones de la fiesta nacional. Encenderé la televisión para que pueda ver la celebración —le dijo la enfermera con entusiasmo.
Hermione se sentía demasiado desesperada como para responder. Intentó recordarse que todo el tiempo había sabido lo que era Draco, y lo mucho que difería su moralidad de la de ella. Se había prevenido a sí misma del peligro emocional que suponía creer sus fantasías sobre él, ¡pero había hecho justamente lo que se había prometido que no haría!
Intentó imaginarse a Draco en una celda, con sus rasgos orgullosos transformados por el miedo, pero no fue capaz. La imagen de él que se había grabado en su mente era la de un Draco alto y magnífico.
—¿De qué le van a acusar? —preguntó a la enfermera con voz ronca.
—De traición. Se ha atrevido a poner en peligro la vida de nuestro amado soberano —contestó ella.
Hermione ahogó un pequeño sonido de angustia que la enfermera no oyó, ya que estaba demasiado ocupada encendiendo la televisión.
En cuanto la enfermera se hubo marchado, entró el doctor. Hermione se quedó rígida en la cama, consumida por la desesperación y la ansiedad por Draco, mientras el médico examinaba su brazo.
—Es usted una mujer muy afortunada —le dijo con benevolencia—. Unos pocos centímetros más y la bala le hubiera perforado el corazón. Por si le interesa, no está usted sola. No he tenido que preocuparme por tener que informar a Su Alteza de que estaba gravemente herida. Él ha estado junto a usted preocupándose en todo momento.
El médico estaba intentando ser amable, concluyó Hermione, obligándose a sonreír ante sus comentarios jocosos.
—Excelente —dictaminó él cuando terminó de examinar la herida—. Se va a recuperar perfectamente. ¡Ha tenido mucha suerte!
Puede que ella hubiera tenido suerte, pero Draco no la había tenido. Draco sentía que cada fibra de su cuerpo se moría de ansiedad por él. Quería estar con él, asegurarle que haría todo lo que pudiera para ayudarlo.
Cada segundo que pasaba en el hospital era un segundo perdido, un segundo que podía pasar junto a Draco.
—¿Cuándo podré marcharme? —preguntó al médico con impaciencia.
El frunció los labios pensativo, y le contestó arrugando la frente.
—Desde luego no antes de otras veinticuatro horas. Si hay algún problema y cree que no hemos cuidado adecuadamente de usted, por favor dígalo. No me gustaría que Su Alteza creyera que usted no ha quedado satisfecha con el trato recibido aquí.
Miró a Hermione con tanta preocupación que ella sintió una inmediata punzada de culpa.
—No se trata de eso —dijo ella, intentando que se sintiera más seguro—. Es sólo que…
¿Cómo podía explicarle por qué tenía tantas ganas de salir de allí?
El buscapersonas del médico comenzó a sonar, y él comprobó el aviso.
—Su Alteza la esposa del soberano viene a verla —Anunció a Hermione—. Haré venir inmediatamente a una enfermera para que la ayude a prepararse para la visita.
Se fue antes de que Hermione pudiera decir nada, y al momento entró una enfermera joven con varias bolsas lujosas.
—Debemos darnos prisa. Sólo tenemos media hora antes de que llegue Su Alteza. Le prepararé el baño, aunque debemos mantener seco el vendaje de su herida.
Fue como verse dentro de un pequeño huracán, pensó Hermione. Fue conducida amable pero firmemente a un cuarto de baño dentro de la habitación que la dejó boquiabierta de lo lujoso que era. Se metió en el agua y diez minutos después estaba envuelta en una espesa toalla blanca, con los ojos inundados de lágrimas al recordar otro baño y otra toalla, y a Draco diciéndole que el mejor algodón era el egipcio. ¡Draco! Se le hacía insoportable pensar en las condiciones en las que estaría detenido en aquel momento, en contraste con el lujo que la rodeaba a ella.
Parecía que, para la visita de la consorte, el protocolo exigía que estuviera completamente vestida.
Pero Hermione descubrió enseguida que no iba a llevar su ropa, sino que tenía que elegir entre lo que la enfermera había ido sacando de las bolsas y colocado sobre la cama.
—Esta ropa es de diseño, muy cara —protestó Hermione—. No puedo permitirme pagarla.
—Es un regalo de Su Alteza —le explicó la enfermera, y añadió al ver que Hermione fruncía el ceño—. Sería un insulto hacia ella si usted rechaza su regalo.
A regañadientes, Hermione escogió uno de los conjuntos, unos pantalones mezcla de lino y seda color crema y una blusa tipo casaca de manga larga a juego. Le perturbo un poco escoger también un conjunto de ropa interior de seda delicadamente bordado, porque sabía lo caro que debía de ser y sabía que insistiría en piarlo ella.
Mientras contemplaba en el espejo cómo el sujetador realzaba sus senos y las bragas moldeaban sus glúteos firmes y redondeados, no pudo evitar pensar que escogería un conjunto así para ponérselo ante Draco.
—Dése prisa. Su Alteza llegará enseguida —le urgió la enfermera, indicándole que se sentara en el tocador—. Le secaré el cabello.
Hermione quiso protestar que podía hacerlo ella, pero reconoció que con el brazo herido le resultaría difícil.
Diez minutos más tarde, cuando Hermione tenía el cabello seco y cepillado, llamaron de pronto a la puerta y entró otra enfermera anunciando que la esposa del soberano había llegado.
—La recibirá en la sala de espera para altos cargos —anunció a Hermione—. La acompañaremos hasta allí.
¡Un hospital con una sala de espera para altos cargos!, pensó Hermione maravillada mientras la guiaban por un pasillo ricamente alfombrado hasta una puerta donde le esperaba el médico.
—Su Alteza la recibirá ahora —informó a Hermione, abriéndole la puerta.
La primera impresión de Hermione fue de sorpresa al ver que la esposa del soberano era diminuta. Estaba sentada sobre un estrado elevado, y cuando vio a Hermione le hizo una señal para que entrara en la habitación.
Aunque no había planeado hacerlo, Hermione se sorprendió haciendo una inclinación de cabeza, según indicaba el protocolo que había estudiado antes de viajar a Zurán. Pero para su sorpresa, cuando la puerta se cerró y se quedaron a solas en la habitación, la mujer se levantó de su asiento y le indicó a Hermione que la mirara.
Se acercó a ella retirándose el velo de la cara, tomó las manos de Hermione entre las suyas y la besó primero en una mejilla y luego en la otra.
—Estamos en deuda contigo —le dijo, con tal emoción que Hermione se sintió abrumada.
—Yo no he hecho nada, Alteza…
—Tu modestia es conmovedora, pero innecesaria, ya que sé todo lo que te debemos. Espero que el brazo no te esté causando muchas molestias. El cirujano dice que te recuperarás completamente y que no te quedará cicatriz. Su Alteza me ha pedido que te comunique su deseo de que le perdones por ser la causa de tu sufrimiento. ¡No quiero ni imaginar qué habría sucedido si ese bandido hubiera llevado adelante sus planes de asesinato!
Hermione inspiró profundamente. Tal vez fuera en contra del protocolo, pero tenía que intentar hacer todo lo que pudiera por Draco.
—¿Puedo hablar, Alteza? —preguntó, pero sin esperar respuesta se lanzó a hablar—. Sé que lo que Draco planeaba hacer era algo terrible y… puedo entender por qué debe someterse a juicio, pero… ¿puedo rogar por que se tenga clemencia con él? Sinceramente, no creo que sea un hombre malo, aunque…
Hermione sabía el riesgo que estaba corriendo, y lágrimas de temor inundaron sus ojos. La esposa del soberano la miraba con el ceño fruncido de tal forma que Hermione no se atrevió a continuar. Tenía la boca seca y el corazón desbocado de la tensión.
—¿Draco? —preguntó Su Alteza, con una expresión en el rostro que Hermione no supo definir—. ¿Así que deseas pedir clemencia para ese… Draco?
Hermione asintió como atontada, sin atreverse a hablar.
—Fuiste secuestrada por los hombres de El Khalid y has sufrido grandes humillaciones con ellos. En lugar de estar pidiendo clemencia por… uno de ellos, deberías estar urgiendo a mi marido para que lo castigara más severamente.
—No estoy diciendo que no deba ser castigado… Sólo digo que la forma en que me protegió debería tenerse en cuenta durante el juicio.
—Hablaré con mi esposo —afirmó la consorte, regresando a su asiento—. Parece que eres compasiva además de modesta. Son excelentes virtudes para una esposa… y madre.
Hermione reaccionó tarde al tono divertido de Su Alteza, y al levantar la vista vio, justo antes de que se cubriera el rostro, que sonreía ampliamente, como si algo le divirtiera.
—Espero que ese… Draco sea consciente de la admiradora tan apasionada que tiene en ti! —murmuró—. De hecho, ¡casi parece que te has enamorado de él!
Diez minutos más tarde, cuando la audiencia hubo terminado y Hermione regresó a su habitación, aún tenía el estómago revuelto por la tensión. La televisión seguía encendida y le presté atención unos segundos. La gente de Zurán esperaba en las calles el tradicional paseo del soberano entre su gente.
Hermione sabía que el soberano de Zurán era tenido en muy alta consideración no sólo por su gente, sino también por la comunidad internacional. Era considerado un líder innovador y progresista que había mejorado mucho la vida de su gente. Gracias a él, Zurán se había convertido en uno de los principales destinos de vacaciones de lujo. Sus caballos de carreras y la carrera Copa de Zurán eran famosas en todo el mundo, así como el torneo de golf y el circuito internacional de fórmula uno cuya creación había impulsado.
¿Cómo demonios había llegado Draco a verse envuelto en un complot para derrocar a un hombre tan fabuloso y así lograr desestabilizar la situación política y económica del país?
Pero ya sabía la respuesta, reconoció sombría. Draco haría cualquier cosa por dinero. ¡Incluso había sido capaz de fingir que se casaba con ella para obtener su dinero!
—¿Por qué no podía despreciarlo, como sabía que debería hacer, en lugar de despreciarse a sí misma por sentir lo que sentía hacia él?
Miró la pantalla del televisor distraídamente. El soberano iba acompañado en su paseo por otros hombres con altos cargos, y el locutor estaba explicando a los telespectadores quién era cada uno.
—Su Alteza está acompañado por varios miembros de su familia, el más importante de los cuales es su medio hermano y salvador, el jeque Draco Lucius Malfoy Black. La madre del jeque Draco, como muchos de ustedes sabrán, fue en un principio la institutriz inglesa de Su Alteza, antes de casarse con el padre de éste. De todos es conocida la enorme cercanía entre Su Alteza y su hermanastro. Pero ahora ese lazo se ha apretado aún más con la audaz decisión de éste de buscar personalmente al potencial asesino de Su Alteza.
—Y ahí está el jeque Draco, a la derecha de nuestro amado soberano.
Hermione buscó el mando con amargura. No quería ver al hombre que había metido a su Draco —su secuestrador ladrón — en prisión, pero era demasiado tarde. La cámara enfocaba su rostro. ¡Y era un rostro tan familiar para ella como el suyo propio!
Paralizada por la conmoción y la incredulidad, Hermione se quedó mirando la pantalla sin pestañear.
—¡Draco! —susurró como atontada, intentando negarlo.
¡No podía ser! ¡Pero era!
El hombre que estaba junto al soberano, el hombre del que el locutor estaba contando maravillas, al que había denominado jeque Draco Lucius y medio hermano del soberano… ¡era Draco!
Parpadeó y volvió a concentrarse en la pantalla, pensando que tal vez estaba alucinando…
Pero no, no lo estaba. Draco no estaba encerrado en ninguna celda terrible, sino que caminaba libremente por las calles de Zurán, alabado y admirado por todos. Draco no era un tuareg sin un centavo, era un hombre extremadamente rico. Pero era un mentiroso y un ladrón. Le había mentido deliberadamente, y le había robado… el corazón.
No le extrañaba que la esposa del soberano se hubiera reído cuando ella había pedido clemencia para él.
Notó que le invadía una ola de amargura y desprecio hacia sí misma. ¡Seguro que Draco se divertía enormemente al conocer lo que se había preocupado por él! Enfadada, apagó el televisor.
Bueno, Draco podía reírse todo lo que quisiera, ella no pensaba oírlo. ¡Ella se iba a su casa, a donde pertenecía, en aquel preciso momento! Pulsó el timbre para que acudiera una enfermera. Se había dejado el bolso en el coche de Viktor antes de que toda aquella pesadilla comenzara, y en él llevaba el pasaporte y las tarjetas de crédito, así que los recuperaría y se dirigiría directamente al aeropuerto. Y se quedaría allí hasta que obtuviera un asiento en un vuelo de regreso a Inglaterra.
Cuando apareció la enfermera, Hermione le dijo con voz temblorosa:
—Me gustaría que me diera mi ropa, por favor, la que vestía cuando llegué. Y también necesito un taxi.
—¿Un taxi? —preguntó la enfermera, confundida—. Pro usted no puede abandonar el hospital hasta que no reciba el alta.
Hermione elevó la barbilla.
—Me doy el alta yo misma. ¿Dónde está mi ropa? —insistió.
—Voy… voy a buscarla —respondió la enfermera.
Tal vez fuera una buena idea telefonear a Viktor para advertirle de que iba para allá, pensó Hermione. Así, él le tendría preparados los papeles cuando ella llegara. Y quizás debía también telefonear al aeropuerto para averiguar cuándo salía el siguiente vuelo.
Le pareció que pasaba mucho tiempo hasta que la enfermera regresó con su ropa.
—Tiene usted un coche a su disposición —le informó a Hermione—. Pero el médico debe examinarla antes de que usted se marche.
—¡No! No necesito que me examine. Estoy bien. Gracias por traerme mi ropa —le dijo Hermione con aspereza.
Se daba cuenta de que a la enfermera no le gustaba la situación, pero no intentó discutir ni tratar de convencerla, lo que Hermione agradeció enormemente.
Diez minutos más tarde, Hermione esperaba en la recepción para altos cargos del hotel, sintiéndose más débil de lo que quería admitir.
—Pedí un taxi hace un rato —le dijo a la recepcionista.
—¡Oh! —exclamó la muchacha.
Por alguna razón, la recepcionista pareció ponerse nerviosa y miró hacia las puertas ahumadas con cierta ansiedad.
—Sí. Una limusina la está esperando.
¡Una limusina! Con arrepentimiento, Hermione fue consciente de que la mayoría de los pacientes de aquel hospital ni siquiera habían viajado nunca en taxi. Le dio las gracias a la muchacha y se encaminó a la salida. Las puertas se abrieron automáticamente, y al salir el sol brillaba tanto que la cegó unos instantes.
Una limusina impecable con las ventanas tintadas se detuvo delante de ella. El conductor salió del vehículo, hizo a Hermione una reverencia y le abrió la puerta del coche. Cuando comprobó que estaba cómodamente sentada, volvió a su puesto tras el volante.
El coche era realmente lujoso, reconoció ella mientras acariciaba la tapicería de cuero.
—Voy al aeropuerto —le dijo al chófer—. Pero antes necesito detenerme en un sitio, en el número 39 de la calle Bm Ahmed, por favor.
Para su sorpresa, el chófer activó una separación de cristal entre ella y él, y acto seguido Hermione frunció el ceño al reconocer el sonido del bloqueo de las puertas.
¿Acaso aquel hombre pensaba que ella no iba a pagarle?, se preguntó atribulada, mientras el coche se unía al intenso tráfico.
Sintió una punzada de dolor en el brazo, y concluyó que los calmantes que le habían dado en el hospital debían de estar dejando de hacer efecto.
A pesar de lo cómodo que era el vehículo y de lo refrescante que resultaba el aire acondicionado, Hermione comenzó a sentirse ligeramente enferma y temblorosa. ¿Era un signo de que no estaba tan recuperada como ella creía?
Bueno, visitaría a su propio médico cuando estuviera de vuelta en su casa de Inglaterra, se dijo tercamente.
No sabía cómo estaba de lejos el hospital del lugar donde se hospedaba la expedición científica, donde también estaba la oficina, pero a Hermione le pareció que tardaban demasiado tiempo en llegar. Estaban transitando una calzada impresionantemente ancha. La mediana y los bordes estaban adornados con una apabullante variedad de plantas, y a un lado estaba el mar y al otro el desierto.
Hermione comenzó a preocuparse. ¿Habría confundido el conductor sus instrucciones, y la estaba llevando directamente al aeropuerto? Ella no recordaba que aquél fuera el camino, pero obviamente una carretera tan formidable tenía que conducir a algún lugar importante.
Se inclinó hacia delante y golpeteó el cristal que la separaba del conductor para llamar su atención, pero él no le hizo caso.
¿La habría oído? El coche comenzó a aminorar la marcha y Hermione vio un enorme muro que se alargaba hasta el desierto por un lado y hacia el mar por el otro. A través del cristal tintado, vio a unos centinelas que custodiaban unas puertas doradas adornadas con diseños tradicionales y vívidos esmaltes. Parecían salidas de un cuento de hadas árabe, pensó ella maravillada al ver que las puertas se abrían a su paso, dándoles acceso a un patio.
El coche se detuvo a una señal de los centinelas. Hermione contempló nerviosa el entorno.
¿Dónde estaba? Y, sobre todo, ¿qué estaba haciendo allí? De pronto, una figura salió de entre las puertas y Hermione se puso rígida. ¡Era Draco!
Uno de los guardias abrió la puerta del coche, pero fue Draco quien se inclinó para ayudarla a salir y quien la tomó del brazo cuando ella se apartó automáticamente de él.
—No voy a ir a ningún lugar contigo —afirmó ella, comenzando a sentir pánico—. Así que, ya puedes decirle al conductor que dé la vuelta y…
—Tienes dos opciones, Hermione: o sales del coche por propia voluntad, o…
Terminó la frase con una mirada muy expresiva a los guardias que estaban alrededor.
A regañadientes, Hermione salió del coche, fulminando a Draco con la mirada mientras él la conducía a través de las puertas.
—No tienes buen aspecto. Ha sido una absoluta tontería que te marcharas del hospital. El médico me ha llamado y estaba enormemente preocupado —comentó Draco.
Estaban en una habitación fresca, de techos altos, con una escalera que llevaba a una galería que ocupaba toda la pared interior. Se detuvieron.
—El médico no tiene derecho a contarte mis asuntos —le dijo ella.
—Al contrario, tiene todo el derecho —le corrigió Draco—. ¡Ya que soy tu esposo!
Hermione casi se desmayó del susto.
—Eso no es cierto —negó con voz temblorosa.
—Mi hermano cree lo contrario —le anunció él con frialdad—. Sobre todo ahora que su mujer le ha contado la conversación que ha tenido contigo, en la que tú le pedías que tuviera clemencia y compasión conmigo…
—Eso ha sido antes de que supiera que tú no eras Draco el ladrón, sino el jeque Draco Lucius el mentiroso —le interrumpió ella amargamente, conmocionada porque se hubiera enterado de su conversación con la soberana.
—Ven conmigo —indicó él—. ¡El vestíbulo del palacio de mi hermano no es lugar para discutir esto!
¡Aquello era un palacio! Debería haberlo adivinado, se dijo Hermione, medio atontada por la intensidad de las emociones encontradas que la inundaban.
Draco acababa de decir que era su marido. Pero no lo era. No de verdad. ¡No podía ser! ¿O sí?
Él la había agarrado del brazo, así que no le quedaba más opción que caminar junto a él atravesando una de las puertas y luego un largo pasillo que daba a un pequeño jardín.
—Éste es el jardín privado de mi hermano, que me ha concedido el honor de traerte aquí para que podamos hablar en privado —anunció él.
Hermione apenas percibía el entorno, porque sus ojos estaban inundados de lágrimas de ira.
—No tenemos nada privado de lo que hablar —le espetó.
—¿Ah, no? ¿Por qué le rogaste a mi cuñada para que intercediera por mí?
—Hubiera hecho lo mismo con cualquiera que supiera que iba a enfrentarse a la misma sentencia. Creía que eras un ladrón, pero estaba segura de que no eras un asesino. No lo he hecho por… ¡por nada más! Pero no estabas enfrentándote a una acusación de traición, ¿verdad? ¡Y tu cuñada no me lo dijo! Tuve que averiguarlo al verte por televisión.
Ella podía sentir y escuchar la amargura y la conmoción que llevaba en el corazón, volcándose en su voz.
—Mi cuñada se ha adelantado a mis propios planes al hacerte la visita antes de que yo pudiera hablar contigo —explicó él.
Había hablado con voz forzada, percibió ella. ¿Sería de arrepentimiento o de falta de interés?, se preguntó. Tenía que ser lo segundo.
—No podía contarte nada mientras estábamos en el desierto —continuó él—. La seguridad de mi medio hermano era más importante.
—Tu medio hermano —repitió ella con amargura—. También me mentiste sobre eso, ¿no?
Como él se quedó callado, Hermione explotó:
—¿De verdad piensas que querría estar casada con alguien como… con un hombre que… que representa todo lo que desprecio?
Estaba temblando con tanta fuerza que casi no podía tenerse en pie, pero afortunadamente Draco le daba la espalda, no podía ver lo agitada y afligida que estaba.
—Además, tú mismo me dijiste que la ceremonia que celebramos no era legalmente vinculante. No eres mi marido, Draco.
—Desgraciadamente, lo que tú o yo queramos no importa en Zurán. Mi hermanastro no es ni mucho menos un déspota, pero tiene ciertas creencias, y cierta terquedad, si prefieres decirlo así, que va unida al hecho de ser el soberano. Considera que las tradiciones de nuestros ancestros son sagradas, y por deber moral hay que respetarlas. Tú y yo nos casamos según esas tradiciones, y por tanto él siente…
—¿Cómo lo ha sabido? —preguntó Hermione ferozmente, sin percibir el revelador momento de duda de él antes de contestar.
—El Khalid fue sometido a un interrogatorio por las fuerzas de seguridad de Zurán.
—¿Y él se lo contó? ¡Pero una ceremonia como aquélla no puede tener validez legal! —protestó Hermione.
—A los ojos del mundo no la tiene, por eso mi hermano ha organizado un matrimonio civil inmediato y discreto.
—No, de ninguna manera. ¿Y a qué te refieres por «inmediato»?
—A inmediato —repitió él, ignorando la angustia de ella—. Nos están esperando.
—¡No tienes ningún derecho a esto! No puedes hacer que me case contigo, Draco —protestó Hermione—. Soy ciudadana británica, y si quiero abandonar Zurán, lo cual deseo, puedo ahora mismo…
—Según la ley de Zurán eres mi esposa, y como tal, miembro de la Familia Real. ¡Y ningún miembro de la Familia Real puede salir del país sin el consentimiento de mi hermano!
Hermione se lo quedó mirando, incrédula.
—¿Por qué estás haciendo esto? —le preguntó en un susurro tembloroso—. La idea de casarnos debería resultarte tan horrenda como a mí. ¡No puedes querer casarte conmigo cuando yo no quiero casarme contigo!
—Es mi deber hacer lo que mi hermano me ordena y además, como yo he sido el primer hombre…
Hermione sintió náuseas.
—¡Te vas a casar por ese motivo! Pero eso es… arcaico… medieval —protestó Hermione, en un murmullo.
—¡No permitiré que mi hijo no lleve mi nombre! —exclamó Draco fríamente.
Hermione sintió que se le quedaba la boca seca.
—¿Qué hijo? No va a haber ningún hijo —afirmó, obligándose a no mirarlo a los ojos.
Y contuvo el aliento, esperando que él la acusase de mentir, pero en lugar de eso él simplemente dijo:
—Vamos… nos están esperando.
Ella no quería ir. Aparte de todo, el dolor de su brazo se había intensificado hasta el punto que tenía que apretar los dientes para no gritar. Pero por la expresión del rostro de él, sabía que era capaz de subirla en brazos y llevarla hasta la boda, si se negaba a caminar por sí misma.
No estaba vestida ni mucho menos como una novia, pensó Hermione quince minutos después, mientras Draco y ella asistían a la ceremonia que legalizaba la boda del desierto. Pero tampoco se sentía como una novia. Ni Draco parecía ningún novio exultante con su boda.
El le tomó la mano, según le había indicado el oficial que los estaba casando. Para disgusto de Hermione, su mano tembló al sentir el tacto de él.
Draco sacó una reluciente alianza de oro y la deslizó en su dedo anular. Hermione tenía los dedos helados, pero el brazo le ardía, igual que la cabeza, y unas oleadas de dolor cada vez más intensas estaban apoderándose de ella.
—Puedes besar a la novia.
Hermione sintió que se estremecía al ver que él se inclinaba sobre ella. Cerró los ojos para no ver su rostro, incapaz de soportar que su realidad no tuviera nada que ver con lo que había soñado.
Él apenas le rozó los labios. Era una parodia del beso que un recién casado le daría a su nueva esposa. El dolor tanto físico como emocional se adueñó de ella, que intentó separarse.
—Eres mi esposa. No retrocederás ante mí como si estuviera contaminado —le dijo Draco al oído con ferocidad.
Al instante ella abrió los ojos, apabullada tanto por la furia de él como por la mala interpretación de sus acciones. Observó fugazmente su rostro. Parecía de piedra, tan duro, frío e impenetrable como el granito.
Le estaba agarrando los brazos con tanta fuerza, que la hizo gritar. Pero ahogó el sonido cubriendo su boca con la suya, besándola con una furia salvaje.
Ella escuchó un zumbido en sus oídos y sintió que se desmayaba. Sólo el fuerte brazo de Draco evitó que se desplomara sobre el suelo.
Continuará…
