Summary: Lo que se puede identificar es de Meyer. La trama y los mellizos son míos.
Lo prometido es deuda, estoy escribiendo más y les prometo que las actualizaciones van a empezar a ser más constante.
Disfruté escribiendo este capítulo, y aunque no es demasiado largo, en mi opinión, tiene la medida justa (:
Críticas, felicitaciones, lágrimas, risas... Déjenmelo saber.
Las/los quiero. Nos vemos abajo en el globito blanco :)
"Cuánto consuelo encontraríamos si contáramos nuestros secretos".
John Churton Collins.
CAPÍTULO 9: Presentando mis secretos.
— Muchísimas gracias.
— Es un placer atenderle Sr. Cullen. Pase buen día — agradecí nuevamente y colgué la llamada a la floristería.
Habían pasado apenas 3 días desde que Bella se había enterado de la verdad y que no hablábamos.
Le había mandado un ramo de rosas cada día, con la inscripción "Perdóname" en ellas, con la esperanza de que se apiadará de mí.
Pero ella aún no contestaba mis llamadas.
Se había reportado como enferma durante toda la semana y estábamos a Jueves y yo ya no soportaba más la situación.
Se muy bien que no existe tal cosa como un corazón roto, a menos que la placa de colesterol de las arterias se rompiese. Pero, empezaba a entender la sensación y el significado de la expresión.
No sentía ánimos de nada, y lo único que me sacaba una sonrisa eras mis hijos. Todos los demás, tenían que conformarse con un mueca intento de sonrisa llena de tristeza.
Mi hipotálamo estaba poniendo todo su empeño en hacerme sentir totalmente miserable y triste, y él maldito pequeño órgano de mi cabeza lo estaba logrando. Con creces.
Suspiré y halé mi cabello de nuevo. A este paso quedaría sin un pelo sobre la cabeza, presa de la desesperación.
No estaba tranquilo sin tenerla cerca, sin saber que estaba bien, sin saber que de algún modo me quería aunque fuese un poco.
Sabía muy bien que esto era mi culpa, mía y solo mía. Pero yo tenía planeado contarle a Bella, talvés no tan rápido, pero si lo haría.
Rosalie estaba un poco triste y culpable.
Todos los días me había llamado pidiendo disculpas y ofreciéndose para ayudar en cualquier cosa.
Yo no la culpaba.
Su aparición con los niños no era malintencionada, ni ella ni nadie sabia que Bella estaría allí y entendería las cosas de una manera totalmente contraria a la realidad.
Suspiré con pesar recordando la noche del martes.
La noche en que por primera vez me enojé estúpidamente con Bella.
Le había llamado todo el día y no me contestaba. Me enfurecí y desesperé, refunfuñado cosas como: ¿Por qué tiene que ser tan orgullosa? ¿Por qué no me da una mísera oportunidad para explicarle?
Jasper me encontró esa noche tirado en mi sofá lleno de rabia y me hizo entender un par de cosas a base de charla y un par de golpes.
Era estúpido enfadarme con ella cuando todo esto
Regresé al mediodía a casa, para estar con los niños.
Tony y Lizzie jugaron un rato frente al televisor, mientras yo tomaba una cerveza en un intento de distraerme.
No había surtido efecto. Estaba peor. Más triste y más pesimista.
¿Porqué no contestaba mis llamadas? ¿Porqué no me dejaba saber al menos que se encontraba bien?
Toda lo que sabía, lo obtenía de Jasper. Y me dolía más el pensar que ella estaba recurriendo en varias personas, pero no en mí. Nunca en mí.
Me pasé un rato pensado que hacer para obtener su perdón.
¿Un anuncio en la televisión?
¿Un anuncio en un avión?
Bufé.
Todas eran malas ideas, Bella no era el tipo de mujer que le importarían o gustarías si quiera esas cosas.
Mi Bella era una mujer tranquila, hogareña, que llamaba las cosas por su nombre y enfrentaba sus problemas u batallas de frente. Siempre de frente.
Mis ojos se ensancharon ante mi ultimo pensamiento.
¡Había encontrado la forma de solucionar todo esto!
Tomé a los niños en mis brazos y subí las escaleras, directo a su habitación.
Los vestí con sus abrigos más calientes y salimos a la calle.
Los acomodé en sus sillitas en el asiento trasero del auto e inspiré profundo para tomar valor de donde no existía. Mamá siempre decía que no hay peor batalla que la que no se hace; y yo estaba dispuesto a luchar.
Había decidido contarle la verdad a Bella y la llevaba conmigo en el auto.
ᶲᶲᶲ
Toqué el timbre del apartamento seis. El piso de Bella.
— ¿Diga? — habló ella, con una voz triste nada parecida a la que yo conocía. Traté de pensar que se debía el viejo intercomunicador, pero fue en vano, ya sabía que no era eso.
— Bella soy yo, Edward — dije fuerte y serio, aunque por dentro temblaba como un niño asustado — Quiero hablar contigo.
— Sube — suspiró cansada y pude abrir la puerta principal.
El subir las escaleras fue difícil, al tener que llevar en cada brazo la silla de los niños, que estaban dormidos haciendo la siesta de la tarde.
Toqué la puerta con el número seis en ella y al fin me sentí listo para afrontarla, para decirle toda la verdad y de paso que la amaba con todo el corazón.
La puerta se abrió lentamente, regalándome la imagen de mi ángel personal, que no estaba tan radiante como siempre la había visto.
Su rostro estaba dominado por dos grandes ojeras púrpuras y sus ojos estaban inyectados de sangre, por tanto llorar.
"¡Sólo por ti, pedazo de idiota!", me recordó con odio mi voz interior.
— Pasa — dijo, poniéndose al lado y viendo con atención a los niños que descansaban tranquilos — Pónlos en los sillones si gustas.
— Gracias — me adentré en el apartamento y me maravilló el espacio, era pequeño pero acogedor y estaba todo impregnado de su olor único y encantador.
Dejé los moisés en el sillón más grande y me senté al lado de mis hijos para no perderlos de vista.
Ella se ubicó en el mueble de una sola pieza frente a mí, viéndome con atención y guardando silencio esperando mi confesión.
Me di mi tiempo y analicé con más atención el apartamento que no escondía la antigüedad que tenía.
La sala era pequeña, apenas tenía dos sillones y una cómoda con un televisor pequeño y muchos libros.
En una esquina, se ubicaba una pequeña mesa sobre la cual descansaba uno de los ramos de rosas blancas que le había enviado, puesto en un hermoso florero de cristal con agua.
La cocina y la sala estaban separadas por una pequeña encimera decorada con otro de los ramos.
El comedor era pequeño, apenas cabía una simple mesa con otro ramo de rosas sobre ella, y cuatro sillas que a pesar de ser petité se veían extremadamente cómodas.
Sonreí.
Al menos le habían gustado las flores y había decorado su casa con ella. Esperaba que eso significara algo bueno.
En una de las paredes colgaba una imitación de 'Los lirios' de Van Gogh y el pasillo se abría tímido a un lado de la sala, con tres pequeñas puertas que en algún pasado remoto fueron blancas.
— Bella — hablé al terminar mi inspección, viéndola al final a los ojos tratando de no distraerme en su belleza — No podía soportar ni un segundo más ésta situación. Tenía que darte una explicación. Nada es lo que parece. Rosalie es mi cuñada, pero ellos sí son mis hijos.
Asintió suavemente con la cabeza y supuse que Jasper le había contado esa parte de la historia.
— Estos pequeños mellizos, en realidad son mis sobrinos — continué, con un nudo en la garganta, pues era la primera vez que contaba la historia después de que Tanya se había ido, me sentía vulnerable — Son hijos de Tanya, mi hermana menor, la que te dije aquella vez que no estaba aquí.
Hice una pausa y la miré por unos minutos más.
Estudié sus expresiones con atención, buscando algún rastro de incredulidad o alguna otra emoción.
Pero, su rostro estaba vacío de expresiones. Sus ojos que siempre habían sido brillantes, estaban opacos, poniendo atención sin dejar entrever nada. Continué el relato con pesadez.
— Ella los dejo en mi apartamento cuando tenían apenas 5 meses —dije, recordando la noche en la que encontré a mis niños solos y llorando por atención, los ojos me escocían en ese momento pero me obligué a no llorar, no aún — Ella estaba rehabilitándose de las drogas y no quería que los niños sufrieran. Los dejó con una carta de despedida, en donde me los dejaba y se fue. Aún no sabemos donde está y ella pidió que no la buscáramos, si no que cuidáramos, criáramos y amáramos a los bebés. Desde ese día me he encargado de ellos y los protejo con mi vida. Y... En realidad, aunque hayan salido del vientre de mi hermana son mis hijos Bella. ¡Son míos!
Sus ojos estaban aguados por las lágrimas y en un segundo se puso en pie para sentarse a mi lado en el pequeño espacio que dejaba mi cuerpo y los moisés de mi hijos.
Sus suaves y pequeñas manos limpiaron con dulzura mis mejillas y hasta ese momento fui consciente de que estaba llorando y dejando salir sollozos desesperados de mi pecho.
Liberé todas las emociones que me estaban oprimiendo y como pude continué hablando; sintiendo su cuerpo femenino y pequeño junto al mío, calmando la desesperación de los días pasados.
— Me comprometí con mi hermana a cuidarlos — dije en medio de un sollozo lastimero — Ese es el único secreto que te guarde Bella, el hecho de que me convertí en padre de una noche a una mañana; y no me quejo, porque estas dos maravillas chiquitas y risueñas son y serán la razón de mi vida.
Espere por algún comentario suyo, pero no me dijo nada.
Sus brazos me abrazaron con infinito amor y cariño, acercándome a su cuerpo y tomándome como un niño pequeño sin consuelo; apretando con la fuerza necesaria para mantenerme a flote.
Instintivamente me abracé a ella como un naufrago a una inesperada pero salvadora boya, y precedido por un sollozo salió mi llanto. El llanto más grande que había soltado nunca. Apoyado en su cuerpo deje salir todo lo que había guardado durante tantos meses: la tristeza, la desesperación, el miedo a perderla, el miedo por mis niños, todo.
¿Quién había dicho que los hombres no lloran? Obviamente era la mentira más grande del mundo, y mis lágrimas lo estaban constatando.
Bella se mantuvo en silencio en los incontables minutos en que lloré, pacientemente acarició las hebras de mi despeinado cabello con dulzura, susurrando palabras de compresión y amor en mis oídos.
Fue ella con sus demostraciones de afecto la que logró que después de unos minutos me calmara y respira con normalidad nuevamente.
Sus ojos aguados me miraban con amor y en sus labios se dibujaba una pequeña sonrisa.
— ¿Por qué me lo ocultaste? — me preguntó suavemente, manteniendo la sonrisa — ¡Es admirable lo que haces Edward!
— Tenía miedo — respondí sincero, ya no quería tener que afrontar una situación como esa nuevamente — Miedo a que te alejaras de mí al saberlo. Lo que siento por ti es muy grande y muy serio, por ello no quiero ponerte obligaciones tan grandes como son dos bebés Bella, no tienes por qué hacerlo.
— ¿Qué pasa si yo quiero? — cuestionó con una risa hermosa y ojos picaros — Ahora, Sr. Cullen, presénteme oficialmente a sus hijos.
Mi Bella era tan impredecible y adorable.
Estaba muy seguro que ella era la única mujer a la que no le importaba que una parte de mi corazón y tiempo fueran de dos bebés.
Sonreí con fuerza y de manera genuina por primera vez en la semana mientras nos poníamos en pie. Di unos cuantos pasos para acercarme a la sillita rosada y con cuidado saque a mi princesita, que estaba pacíficamente dormida.
— Ella es Elizabeht Anne Cullen — dije con orgullo y ella la tomó en brazos con adoración y dulzura.
Sus brazos la acunaron tiernamente contra su pecho de manera tan natural, como si fuese su verdadera madre.
Era la imagen más linda que había presenciado nunca, el amor de mi vida y mi hija juntas.
Lizzy abrió lentamente los ojos mientras Bella la balanceaba dulcemente con una sonrisa en los labios.
Elizabeth dibujo una pequeña sonrisita con sus pequeños labios y una de sus manitas escurridizas se posó en la mejilla de la hermosa mujer que la sostenía en sus brazos.
— Eres hermosa Lizzy, eres una preciosa princesita — le susurró Bella con amor en la voz y la arrulló, tarareando una melodía suave hasta que mi hija volvió a dormirse en sus cálidos brazos. Una vez dormida tomé a mi princesa de sus brazos y la devolví nuevamente en su silla.
— Y este… es Anthony Thomas Cullen — afirmé mientras mis manos sacaban a Tony que estaba igual de dormido que su hermana.
Los brazos de Bella lo recibieron de igual manera que a Lizzy.
Tony balbuceó algo mientras dormía y se removió hasta que quedó con todo su cuerpo apoyado contra el de Bella.
Después de unos segundos sus pequeñas manitas se apoyaron en el pecho de ella. Definitivamente mi hijo era un confianzudo afortunado de estar en el pecho de una mujer tan hermosa como ella.
— Es igualito a ti — susurró ella con adoración, mientras sus ojos dejaban a mi hijo para buscar mi rostro.
— Los genes Cullen — comenté con una risa suave — No se parecen en casi nada a su padre biológico, según Tanya solo tenían algunos pequeños rasgos de él. Aunque yo no lo creo mucho, Lizzy es igualita a Tanya cuando era una bebé y Anthony se parece muchísimo a mí y a mi padre.
— Ya veo — contestó con una sonrisa y su mano libre acarició la matita de pelo cobrizo de Tony, mientras lo miraba con amor en los ojos, con ternura y dulzura pura en sus rasgos.
Después de unos momentos en que lo estuvo cargando, ella misma lo recostó de nuevo en su sillita azul. Cuando su cuerpecito sintió el respaldo acolchonado un sollozo lastimero abandonó su boca, llamando la atención y buscando la paz que el cuerpo tibio y suave de Bella le había dado.
Ella pareció entender el reclamo sin palabras del bebé, por lo que se agachó un poco y sus labios rosados y llenos dejaron un beso en la frente del afortunado Tony que se acomodó para dormir tranquilo de nuevo, sintiéndose probablemente seguro y confiado con el calor de la caricia.
Bella se sentó frente a mí y me vio con amor de nuevo en esas inmensas piscinas achocolatadas, con una sonrisa hermosa en los labios y una mano suya buscando tomar la mía.
— Gracias por presentarme a tus secretos — dijo riendo suavemente y asentí con la cabeza.
— Gracias a ti por escucharme — hablé con sinceridad en mi voz, viéndola fijamente.
Me perdí en sus ojos, y pude notar que su rostro estaba recobrando la vitalidad y la dulzura de siempre. Respiré aliviado. Sus ojos estaban nuevamente llenos de calidez líquida mezclada con felicidad.
Su rostro se acercó al mío suavemente y sus labios buscaron los míos.
Quise saltar de felicidad en el momento en que nuestras bocas iniciaron un tímido contacto, pero mejor me dediqué a disfrutar el contacto íntimo que estábamos compartiendo después de tantos días de oscuridad y desesperación.
La sensación que me recorría era de tranquilidad pura, la tranquilidad de darme cuenta que todo estaba bien de nuevo en mi vida. Todas las piezas en su lugar.
— Te amo — susurré viéndola a los ojos.
— Yo también te amo Cullen — contestó, con un hermoso sonrojo en las mejillas.
Esta vez la besé yo, de una manera más brusca, más demandante. Como queriendo convencerme de que no era un sueño sino una realidad.
Sus manos buscaron mi cabello y lo halaba suavemente con ambas, enviando descargas eléctricas de lo más placenteras por todo mi cuerpo.
Mis manos se tornaron duras en su cintura y sin pensarlo demasiado la senté en mi regazo.
El beso era cada vez más pasional y me permití acariciar su fina y estrecha cintura bajo la camisa larga y floja que usaba escondiendo sus curvas peligrosas y hermosas.
Separamos nuestros labios en busca de aire, pero mis besos bajaron por su cuello; probando el sabor de su piel cremosa y suave.
Unos sonidos llegaron a mis oídos, jadeos salidos de su boca al sentir las caricias de mis besos.
Tomé sus labios entre los míos de nuevo, deleitándome con su sabor a manjar bajado del cielo y mi lengua se inmiscuyó entre sus labios.
Descubrí cada nuevo rincón de su boca y su lengua tímida me acompaño en esa batalla tan vieja como el amor mismo, mientras continuábamos besándonos sin buscar ganador solo amándonos a través de nuestros labios.
Mis manos subieron más adentro de la camiseta vieja hasta que pude sentir la fina tela del sujetador bajo mis palmas y un gemido bajo salió de sus labios.
¿Qué estaba haciendo?
En el instante en que ese pensamiento pasó por mi mente me separé de ella, la bajé de mi regazo lo más delicadamente que pude y me puse en pie, pasando mis manos por mi pelo.
¡Que rayos pasaba conmigo!
¡Ni siquiera le había pedido que fuera mi novia y ya la estaba tocando de manera intima!
¡Mi madre no me había educado para que me comportara de esa manera con una dama!
¡Mucho menos con la mujer que era el amor de mi vida!
¿Qué pensaría ella de mí ahora? ¿Qué era un maldito aprovechado?
— Lo siento Bella — hablé atropelladamente, debido a todos los pensamientos que seguían desfilando en mi mente — No debí propasarme. Perdóname.
— Tranquilo — dijo ella con una sonrisa y arreglando su ropa, la que yo había desordenado minutos antes — Yo tampoco te detuve, no es tu culpa.
Asentí con la cabeza y bajé la mirada para comprobar que los niños estaban bien.
Después de una revisión rápida me senté de nuevo a su lado y tomé su mano con delicadeza para mirarla a los ojos.
— Tengo una pregunta que hacerte linda — anuncié, con temblor en la voz.
— Dime — su respuesta fue suave, esperando que hablase y con la curiosidad reinando en sus ojos chocolate.
— Bella yo te amo — dije en un suspiro — No sé que será de mi sin ti ahora, estoy a tu completa merced y quería saber si, ¿le harías el favor a este pobre tonto de ser su novia e iluminarle la vida con tu amor?
— Si quiero — contestó con una risa al final por mi brillante - nótese el sarcasmo - pero sincera declaración de amor.
Proferí la sonrisa más grande de toda mi vida y en ese momento ella se aventó a mi cuerpo de nuevo, besándome con amor y abrazándome después; dándome la cercanía de su cuerpo, regalándome paz con tan solo tenerla entre mis brazos.
— Si le haré el favor al pobre tonto — susurró risueña en mi oído — Si él esta dispuesto a acompañarme y quererme de la manera en la que yo lo hago.
— Lo haré hasta el día en que te canses de mí — respondí con una risita en su oído por su comentario tan tonto, como si yo no estuviese dispuesto a bajarle la luna si es que ella la quería para comprobar si era de queso o no.
— Nunca me cansaré de ti — dijo con voz seria y nos besamos de nuevo con amor destilando por los labios.
Sellando una promesa, no de una vida, sino de una eternidad.
