David ocupó el pupitre que fue suyo durante todo el año
anterior, ubicado junto al de Charlie y el de Silvia. Adelbert se
dirigió nuevamente hacia su escritorio a paso lento pero
firme, examinando un posible punto imaginario situado en la pared más
lejana. Sus manos, entrelazadas detrás de la espalda, se
revolvían entre sí con entusiasmo y rapidez. Daba la
impresión de que él, más que nadie, quería
dar inicio a su primera clase. Una vez que llegó a destino,
corrió la silla y descansó su cuerpo en ella. Ahora sí,
por primera vez, contempló la cara de cada uno de los alumnos
que esperaban ansiosamente sus primeras palabras. David apreció
la intensidad de aquellos perforantes ojos azules, aparentemente
intactos en cuanto a la capacidad de ver, ya que no estaban
precedidos por anteojos. Adelbert se mantuvo en esa posición
durante al menos un minuto, y en ese tiempo no se oyó ni el
zumbar de una mosca. La puerta debía estar encantada para
bloquear el sonido, pues tampoco se percibía el sonido del
pasar de los alumnos que seguramente se estarían dirigiendo a
sus respectivas clases.
― ¿Algo para decir? -fue lo
primero que dijo el profesor, entornando sus ojos.
El silencio
sólo fue roto cuando Frank se acomodó un poco en su
silla, y el roce que esto provocó pudo oírse, por algún
motivo, en todo el aula.
― ¿Alguien? -continuó
Adelbert, ahora pasando la vista con detenimiento por sus alumnos. La
mayoría de ellos desviaba los ojos en el mismo instante en que
los azules parecían iluminar el interior de cada uno.
Charlie
miraba de reojo a Silvia con bastante frecuencia, esperando el
momento en que ella elevase su mano, como lo hacía normalmente
ante una pregunta formulada por un educador. Pero Adelbert ya había
formulado dos, y la cara de la chica lo decía todo en cuanto a
la idea de ser la primera en hablar.
Sin embargo, la impaciencia
le jugó en contra a Charlie, porque, al parecer, Adelbert
percibió la maniobra, y dirigió sus palabras como
cañonazos hacia él:
― ¿Tu nombre?
―
Charles Thomasson -balbuceó.
― Ah... ¿Podría
decirme, señor Thomasson, qué fue lo último que
hicieron con el anterior profesor?
― Practicamos el maleficio
obstaculizador -saltó Silvia, quizá sin poder soportar
la idea de que vuelva a ser Charlie quien responda, a pesar de haber
sido la anterior una pregunta personal. Pero Silvia se arrepintió
al instante, pues los ojos azules ahora la atacaron a ella.
―
Vamos a dejar algunas cosas en claro -dijo el profesor, y se
incorporó con bastante habilidad. Rodeó el escritorio y
apoyó sus manos sobre él, de cara a la clase-. Me
encantaría que todos participaran de la clase. Sin embargo,
cuando yo dirija la palabra a alguien en especial, exijo que nadie
más abra la boca, y que esa persona responda. Ahora les
pregunto a todos, ¿queda claro?
― Sí -dijeron
algunos tímidamente, entre los cuales se encontraba Silvia.
―
Quiero que todos respondan cuando pregunto a la clase. ¿Queda
claro?
― Sí -contestaron todos, menos uno.
―
Perfecto. ¿Cuál es tu nombre?
La pregunta fue
dirigida a la única persona que permanecía impasible
ante la actitud del profesor.
― Nicholas Ralph.
―
Nicholas Ralph... sí, me suena -observó Adelbert-. ¿No
eres el que dijo haber recibido muchas agresiones durante el año
anterior por parte del señor Harrison, aquí
presente?
― Así es -confirmó Nicholas.
―
Interesante... Párese aquí, al frente de la clase.
―
Leyó el diario -susurró Charlie al oído de
David.
― Lo sé -contestó éste.
Nicholas
se incorporó, aunque ahora no parecía muy seguro de lo
que hacía. De todas formas, obedeció la orden de
Adelbert, sin causar ningún tipo de inconveniente.
―
Ahora vamos a ver si las clases del profesor Johanson han sido
fructíferas.
El profesor le dio la espalda a la clase
mientras volvía a su escritorio, donde agarró una
especie de pelota brillante de color azul, muy parecida -en cuanto al
tamaño- a las que se utilizan para jugar al tenis. Acto
seguido, se desplazó hasta su posición anterior.
―
Voy a lanzarte esta pelota varias veces, y cada vez que lo haga
intentaré hacerlo con más fuerza. Usted hará
todo lo posible para que la pelota no lo golpee.
¿Entendido?
Nicholas asintió, y se puso en una
suerte de posición de defensa.
― Bien. A la cuenta de
tres. Uno, dos, tres.
Adelbert lanzó la pelota -que un
segundo antes de ser lanzada cambió de color, a un azul
verdoso-, aunque con muy poca velocidad.
― ¡Impedimenta!
La
pelota se detuvo en el lugar y cayó abruptamente, atraída
por la fuerza de la gravedad. De inmediato, retomó su color
azul original.
― ¿Desea
hacer algo más? -preguntó Adelbert, pasados unos
segundos, al ver que Nicholas no hacía nada, satisfecho con su
efectividad.
Nicholas, sorprendido por la pregunta, negó
con la cabeza.
― Muy bien, muy bien. Casi perfecto -concedió
el profesor-. Cinco puntos para Slytherin. Vamos a intentarlo otra
vez.
Nicholas, contento por su pequeña cosecha de puntos,
volvió a colocarse en posición de defensa. Adelbert
abrió la palma de su mano y la pelota viajó hacia ella,
provocando algunos comentarios de asombro entre los estudiantes que
no habían visto hacer magia sin varita.
― Uno, dos,
tres.
El profesor lanzó nuevamente la pelota -que volvió
a cambiar de color-, esta vez con un poco más de potencia,
pero Nicholas no tuvo inconvenientes para obstaculizarla.
―
¿Hay algo que desee hacer, señor Ralph? -Adelbert
repitió su pregunta después de unos
segundos.
Nuevamente, Nicholas negó con la cabeza.
―
Muy bien hecho, señor Ralph. Diez puntos para
Slytherin.
Nicholas sonrió abiertamente hacia sus
compañeros de casa, que apretaban el puño por debajo de
la mesa en señal de festejo.
― Como verán, este
no es un maleficio muy difícil de llevar a cabo. Pensé
que estarían más avanzados en cuanto a hechizos de
defensa. Me equivoqué, y ahora voy a saber por qué.
De
súbito, la pelota se tornó nuevamente a un azul
verdoso, y Adelbert la lanzó en dirección a Nicholas,
con una potencia considerable si se tiene en cuenta su contextura
física. Nicholas, sorprendido, no pudo reaccionar y esperó
el golpe con los ojos cerrados, con resignación. Sin embargo,
la pelota se detuvo a escasos centímetros de tu nariz.
Adelbert abrió su mano una vez más, y la pelota voló
a lo largo de la habitación para situarse en ella.
―
Mal. Mal. Muy mal -dijo Adelbert, moviendo su cabeza de un lado a
otro-. Quince puntos menos para Slytherin. Siéntese, señor
Ralph.
Nicholas, aún sin entender en qué había
fallado, pero sin atreverse a replicar -ahora se lo veía más
intimidado por el profesor-, acató la orden.
― Es más
que obvio que no podrían haber llegado más lejos con el
otro profesor-observó Adelbert, empezando a caminar a lo ancho
del aula-. Los hechizos de defensa sirven de muy poco si uno no sabe
aprovechar sus prestaciones ni utilizarlos correctamente.
"
Señor Ralph -continuó, deteniendo su marcha y mirando
fijamente a Nicholas-, le lancé la pelota tres veces, y cada
vez que lo hacía intentaba aumentar la velocidad de la misma,
incrementando, por consiguiente, la dificultad del ejercicio. Aún
así, usted contaba con una ventaja crucial con respecto a mí:
sabía exactamente cuándo la lanzaría. No porque
yo se lo indicara a través de las palabras, sino porque la
pelota tiene la capacidad de cambiar de color, y lo hacía
instantes antes de ser arrojada.
" Sin embargo usted no pareció
prestarle mucha atención a este detalle, o lo que es peor, le
restó importancia, concentrándose más en lo que
yo decía que en lo que yo hacía. Por consiguiente,
cuando aparenté abandonar mi actitud de ataque, usted bajó
su defensa; un error sumamente grave. Pero aún así,
cuando iba a arrojarla por tercera vez, la pelota comunicó
que estaba por ser lanzada, y su error radicó en no aprovechar
esta advertencia, sino que dio por sentado que mis ataques ya habían
acabado.
Adelbert retomó su caminata a lo ancho del aula,
volviendo a entrelazar sus manos detrás de la espalda.
―
Esta equivocación, que dudo que alguno de los aquí
presentes no hubiese cometido, puede resultar fatal. Cuando uno habla
de utilización de hechizos de defensa, suele hacerse la idea
de que lo hace, en la mayoría de los casos, para repeler un
ataque, y no para sacar ventajas en cuanto al adversario. En esa idea
radica un gran error, pues siempre estaremos a un paso por detrás
del rival.
" Ahora bien, con un poco de habilidad mágica,
y mucha habilidad mental, podemos utilizar los hechizos de defensa
adecuados para igualar nuestra condición con la del rival,
para después intentar sobrepasarlo, sin necesidad imperiosa de
utilizar hechizos de magia negra.
" Cuando le lancé la
pelota por primera vez al señor Ralph, él la detuvo a
la perfección. Sin embargo, cuando la pelota estuvo en el
suelo, lejos de mi alcance y totalmente a su merced, no hizo nada
para dificultarme la recuperación del objeto. ¿Por qué?
Porque como dije, cuando uno habla de hechizos de defensa, la idea
que se forma en la cabeza es la de evitar un ataque ya realizado.
"
La consigna para el señor Ralph era hacer todo lo
posible para que la pelota no lo
golpee. Mediante el método que él utilizó,
cumplió de cierta forma con la consigna. No obstante, yo
podría estar semanas y semanas lanzando la pelota para que sea
obstaculizada, sin que el señor Ralph obtenga un mejor
resultado que volver a la posición original: yo, con la pelota
en la mano y en actitud de ataque, y él, en posición de
defensa, dependiendo siempre de mi próximo movimiento. En
conclusión, siempre condicionado por lo que yo decida
hacer.
" Ni bien la pelota cayó al suelo por primera
vez, señor Ralph, usted debería de haberla tomado o
destruido. Como verá, no tengo ninguna varita en manos, y mi
único objeto de ataque era aquella pelota. Por lo tanto,
podemos decir que lo mejor que podría haber hecho el señor
Ralph no era detener la pelota todas
las veces que yo la lanzara, sino hacerlo una sola vez, e intentar
anular todas mis posibilidades de volver a utilizarla. Le pregunto a
la clase, ¿queda claro?
― Sí -contestaron
todos.
― Lamentablemente, dudo que así sea. La Defensa
Contra las Artes Oscuras no se aprende con libros, sino con la
práctica. La vida es la mejor escuela, y esta asignatura es el
mejor ejemplo. Quiero que este ejemplo sea el punto de partida para
que logremos una mejor comprensión del concepto de Defensa
Contra las Artes Oscuras, y así poder utilizar técnicas
adecuadas para salir de un aprieto, y no simplemente para postergar
nuestra caída.
La clase no duró mucho tiempo más. Adelbert, después de esa curiosa lección, había concedido a los alumnos el resto del tiempo de la clase, para que pensaran en lo que se había hablado o para, simplemente, descansar. Charlie parecía bastante divertido y satisfecho con el hecho de que Nicholas hubiese ganado y perdido la misma cantidad de puntos en un abrir y cerrar de ojos. Parecía que Adelbert le caía bien a la mayoría, y a la vez les inspiraba respeto y admiración.
Por fin el lunes llegó,
después de un fin de semana sin tareas ni redacciones por
elaborar, debido a que en el primer día de aquella semana
escolar tendría lugar la inauguración oficial del club
de duelo. En realidad, los miembros del Consejo Escolar no quisieron
dar detalles al respecto, pero las especulaciones que esto generaba
habían aumentado la expectativa entre los otros alumnos. No
hubo clases durante la mañana de ese día, algo que cayó
como una bomba de felicidad en gran parte de los estudiantes, aunque
en realidad era para terminar los preparativos del evento.
Después
del almuerzo, la directora ordenó a los alumnos que se
retirasen, para que el Gran Salón pudiera ser adecuado a las
circunstancias que ya todos conocían. Tan sólo se
quedaron con ella los profesores y los miembros del Consejo
Escolar.
David, Frank, Silvia y Egbert salieron a los jardines,
pues serían avisados en cuanto el evento diera comienzo. No
era de los días más bellos ni cálidos de aquel
otoño, pero poco importaba en aquel momento. Los cuatro amigos
estaban demasiado ocupados debatiendo cuál sería la
gran inauguración,
como solía llamarla el Consejo Escolar.
― Creo que será
un gran espectáculo de luces mágicas -apuntó
Frank.
― No lo creo -observó Silvia-, es muy probable
que sea un duelo.
― ¿Un simple duelo? -inquirió
Egbert.
― Quizá un duelo entre profesores. ¿Quién
sabe?
Siguieron caminando por el borde del inmenso lago. La
superficie del agua reflejaba la gris nubosidad que se extendía
a lo largo y a lo ancho del inmenso cielo, anunciando una lluvia que
no tardaría en llegar. Hacia la mitad del lago se podía
ver un gran tentáculo que emergía y volvía a
sumergirse, perteneciente al Calamar Gigante, posiblemente la mascota
más conocida de Hogwarts.
― ¿Qué tal
enseña mi bisabuelo? -preguntó Egbert de pronto, sin
poder aguantar un segundo más sin formular esa pregunta.
―
¡Muy bien! -exclamó Silvia-. La clase del viernes fue
muy interesante, y creo que tiene muy en claro lo que es realmente la
defensa contra las malas artes.
― Yo aún no tuve clases
con él -comentó Egbert-. Mañana es la primera, y
espero que sea tan buena como algunos dicen. ¿Aprendieron
algún hechizo interesante con él?
― No -respondió
David-. Cree que necesitamos aprender a manejarnos en situaciones de
riesgo antes de aprender nuevos hechizos, y puede que tenga mucha
razón.
Un potente sonido, similar al tintinear de una
inmensa campana, resonó por la totalidad de los terrenos. Era
la señal: el evento estaba listo. Los estudiantes más
próximos a la puerta del castillo ingresaron por ella, y los
más lejanos apuraron el paso, por la emoción y por las
primeras gotas de llovizna.
El Gran Salón
había sufrido un cambio radical durante los escasos minutos en
que el alumnado había permanecido ausente. De las paredes
colgaban decenas de estandartes morados y blancos con varitas negras
entrecruzadas, y esa imagen trajo a la mente de David el recuerdo de
algunos escudos de armas medievales, en los cuales, en vez de
varitas, había espadas.
En el centro de la habitación
había una plataforma que se extendía a lo largo del
salón, y todos adivinaron que allí tendrían
lugar los duelos. Era lo suficientemente ancha como para que ambos
rivales pudieran maniobrar y esquivar los hechizos, y tan larga que
los extremos se encontraban cercanos a las paredes de piedra.
De
pie sobre la plataforma se encontraba McGonagall, Neville y, por
algún motivo, también Adelbert. Cuando todos los
alumnos se hubieron acercado al escenario,
Neville tomó la palabra.
― ¡Bienvenidos! Como
todos ya saben, hoy se materializará esta genial idea que ha
sido la creación de un pequeño club de duelo. Antes de
empezar debo decir que no todo está permitido aquí; tan
sólo podrán ser utilizados algunos encantamientos y
maleficios de baja peligrosidad. Sin embargo, queda en la habilidad
de cada duelista aprovechar al máximo los hechizos
permitidos.
" Las reglas son simples: el duelo termina cuando
uno de los duelistas se rinda, sea desarmado, o quede
inhabilitado para seguir combatiendo. El ganador sumará un
punto para su equipo. Cuando todos los estudiantes hayan cumplido su
primer turno, los cuatro equipos con más puntos pasarán
a la siguiente ronda, en la cual otros dos serán eliminados,
para dejar lugar a los finalistas. Sin embargo la gloria está
reservada para uno solo de ellos. ¡Así que procuren dar
todo de ustedes mismos para llevar a su equipo a la cima!
"
Para empezar, nuestra directora y el nuevo profesor de Defensa Contra
las Artes Oscuras nos darán una breve lección de cómo
llevar a cabo un duelo. ¡No intenten copiar sus hechizos! ¡Que
comience el combate!
Una vez dicho esto, Neville dio un ágil
salto para bajarse de la plataforma, dejando a la directora y al
profesor enfrentados. Éstos se acercaron, estrecharon sus
manos, hicieron una reverencia y, acto seguido, se alejaron
paulatinamente. Cada uno se colocó en un extremo, elevó
su varita y esperó la orden del juez, que en este caso era
Neville.
El vicedirector no se hizo esperar, sino que, con una
floritura de su varita, fabricó chispas rojas y verdes. El
duelo había comenzado oficialmente.
McGonagall fue la
primera en atacar. Moviendo sus brazos de una forma elegante y ágil,
conjuró un potente encantamiento de desarme, que fue
fácilmente interceptado por Adelbert.
Después de
esto el profesor se adelantó unos pasos con rapidez para estar
más próximo a su rival, y sin pronunciar palabra alguna
conjuró grandes anillos de fuego que salieron de su varita,
haciéndose más grandes a medida que avanzaban hacia la
directora. McGonagall, sin embargo, no tuvo problemas para deshacerse
de ellos. Conjuró una gran pantalla de agua frente a ella, que
se evaporaba cuando el poderoso fuego la tocaba, pero se reconstruía
al instante.
Los aplausos llegaron desde ambos lados de la
plataforma. Los estudiantes más jóvenes proferían
expresiones de asombro cada vez que uno de los duelistas invocaba
algún impresionante hechizo, y repetían la acción
cuando el otro lo desviaba o anulaba.
El duelo continuó
por un buen rato; ninguno de los dos combatientes daba muestras de
cansancio y mucho menos de querer renunciar a la causa que los unía.
Generalmente era McGonagall quien atacaba, y Adelbert se limitaba a
contraatacar. David se preguntaba si estaría utilizando la
técnica de la que les había hablado durante su primera
clase. Si así era, Adelbert estaba esperando el momento justo
para asestar un golpe certero a su oponente.
Pronto ambos
contrincantes se encontraron a escasos metros de distancia, haciendo
esto más apasionante e impredecible el duelo.
Pero el
punto cumbre del combate fue cuando ambos lanzaron un encantamiento
de desarme a la vez. Los hechizos eran tan potentes que no hicieron
otra cosa que impulsar hacia atrás a los dos hechiceros,
alejándolos un poco más. Adelbert había perdido
ligeramente el equilibrio al apoyar todo su peso sobre uno de sus
pies, y McGonagall aprovechó la situación. Ante los
ojos de todos sus alumnos, la directora se transformó en un
gato negro y corrió tan rápido como sus enérgicas
patas se lo permitían en dirección a la varita de
Adelbert, dispuesta a quitarla de un mordisco. Sin embargo, Adelbert
pudo recuperarse y reaccionar rápidamente, y en un abrir y
cerrar de ojos ya no había un profesor, sino
cinco.
McGonagall, desconcertada, se dirigió con
determinación hacia la figura del medio. ¿Sería
ese el Adelbert real? No lo supo, porque cuando saltó y estuvo
a pocos centímetros de una de las varitas fue rechazada por
una fuerza invisible, y comenzó a describir círculos en
el aire. Las cuatro réplicas de Adelbert desaparecieron
-revelando que McGonagall no había escogido la opción
correcta-, y el real aprovechó las circunstancias tan bien
como su habilidad mágica se lo permitieron. Apuntó su
varita hacia el gato, que aún volaba por los aires, y un rayo
de luz blanca impactó en él. La directora recuperó
su forma normal a causa de esto, e intentó reaccionar de la
mejor forma posible. Con la ayuda de su varita, convirtió uno
de los estandartes en un gran murciélago de vivos colores, que
se dirigió con determinación hacia Adelbert. No
obstante, el profesor no tenía ojos para esa extraña
criatura, sino que estaba a punto de poner en práctica la
charla dada el viernes anterior. Por primera vez tenía a la
directora a su merced, y no desaprovechó la ocasión.
Segundos
después, la varita de McGonagall -que estaba desplomada en el
piso, a causa de la caída- volaba lejos de ella, y el
murciélago ya no era tal cosa, sino que volvía a ser un
simple trozo de tela.
El duelo había finalizado, y
Adelbert había salido victorioso. La gran mayoría de
los estudiantes aplaudió el combate con fervor, y los gritos
de euforia llenaron el lugar. Adelbert, como buen ganador, ayudó
a la directora a incorporarse, y luego hizo una reverencia ante
ella.
― ¡Qué buena estrategia! -elogió
Neville a los cuatro vientos, subiendo nuevamente a la tarima-. Un
encantamiento escudo muy potente y totalmente invisible, sí
señor. Veo que tienes madera
para esto.
Adelbert agradeció el halago con una nueva
reverencia, y sin mayores rodeos, descendió de la plataforma y
fue a ubicarse junto al resto de los profesores.
Después del
duelo entre la directora y Adelbert, dio comienzo oficial el evento.
En total se disputaron unos doce duelos, entre los cuales
participaron dos miembros del equipo de Charlie, y ambos salieron
ganadores.
Cuando se dio por terminada la primera jornada, los
profesores y miembros del Consejo Escolar se dispusieron
a desmontar todo, mientras los demás alumnos volvían a
tener un rato de tiempo libre, antes de que las clases de la tarde
retomaran su curso normal. Sin embargo, David tenía algunas
dudas por resolver.
― ¿Creen que deba preguntarle a
Adelbert si conoció a mi bisabuelo? -preguntó a sus
amigos.
― ¿Por qué? -preguntó Silvia-. No
hables muy alto que Egbert está cerca.
― ¿Qué
tiene de malo?
― Nada, pero él puede tomarlo a mal. Y
también Adelbert.
― Después de lo de hoy queda
claro que estudió en Durmstrang -observó a Charlie-.
¿Vieron cómo combatía? ¡Y a su edad!
―
Puede que sí. Quizá deberíamos empezar por
preguntar eso -observó Frederic.
― Está bien, yo
voy -se ofreció David.
― Esperen -interrumpió
Frank-, ¿cómo sabremos que no miente?
― ¡Siempre
hay un margen de error, Frank! -replicó Frederic-. Además,
no creo que tenga problemas en decir que acudió a esa escuela.
Es simplemente una duda que nosotros queremos aclarar. La verdadera
cuestión es si tuvo o no relación con Grindelwald.
―
Frederic tiene razón, pero de todas formas, si intenta mentir,
¿creen que esto sirva? -preguntó David, al tiempo que
sacaba un sickle de
uno de sus bolsillos.
Charlie contempló la moneda por unos
momentos, arqueando las cejas.
― ¿Intentas sobornar a un
posible criminal de guerra con un sickle?
―
No es un sickle común
y corriente. Se llama Moneda de la Verdad, y se supone que se
calienta cuando alguien cerca está mintiendo.
― ¡Genial!
-exclamó Charlie.
― ¿Y funciona? -inquirió
Silvia-. Quiero decir, ¿alguna vez sentiste que se
calentara?
― No, pero supongo que es porque nadie dijo una
mentira grande cerca mío. Además, me acordé de
ellas el otro día, y todo este tiempo estuvieron guardadas en
el baúl. De todas formas, ¿qué perdemos con
probar?
La mayoría de
los profesores ya se había retirado, pero, afortunadamente
para David, Adelbert aún seguía en el Gran Salón.
―
Profesor, ¿puedo hacerle unas preguntas? -dijo desde atrás,
y Adelbert giró sobre sí mismo para verlo.
― ¡Ah!
David, ¿en qué puedo ayudarte?
― ¿Por qué
me llama por mi nombre, señor, si acostumbra llamarme por mi
apellido?
― Cuestión de gustos, supongo. Como en este
momento no tengo ninguna obligación específica con
respecto a ti, puedo referirme como si fueras un viejo amigo. No hay
nada de especial en ello.
David creyó sentir un pequeño
golpe de calor en la pierna adyacente al bolsillo que contenía
la Moneda de la Verdad, pero no fue lo suficientemente potente como
para distinguirlo entre el calor real o el hecho de haber percibido
aquello por estar pensando, justamente, en que la moneda podría
reaccionar en cualquier momento.
― Pero supongo que no viniste
para preguntarme eso, porque hasta ahora nunca te había
llamado por tu nombre. Por eso, debo deducir que quieres hacerme otra
pregunta.
― Ah, sí... -David eligió sus palabras
con cuidado-. ¿Usted estudió en Alemania, no es
cierto?
― Sí, sí, en efecto, estudié en mi
país de nacimiento -contestó el profesor con
sinceridad-. ¿Por qué lo preguntas?
― Porque...
yo y mis amigos no sabemos cómo es la educación allí,
y queríamos averiguarlo de la boca de alguien que haya sido
formado en ese país -David sintió, ahora sí, una
leve pero notable cuota de calor en su pierna, debida a su
mentira.
― Bueno, cuando yo era joven no había muchas
opciones. Era ir a Durmstrang o estudiar en el extranjero, pues
muchas escuelas fueron clausuradas por causas que no muchos
conocen.
― Ahora que lo pienso, creo que escuché hablar
de Durmstrang. Si no me equivoco es una escuela famosa por dedicar
mucho tiempo al estudio de las artes oscuras... y además no
aceptan hijos de muggles...
claro, eso es lo que escuché -dijo David, intentando corregir
una posible ofensa.
― En efecto, así es -contestó
Adelbert, suspirando-. Yo no me quejo, porque pude recibir mi
educación. Y una muy buena, por cierto. Ahora, con tu permiso,
necesito ir a descansar. Tu directora es una mujer muy poderosa.
― ¡Claro que
estoy seguro de no haber sentido el calor de la moneda! -gritó
David, cuando Silvia cuestionó su percepción sensorial
por quinta vez.
― David, tranquilízate, por favor. Sabes
que no son técnicas cien por ciento efectivas. Ya comprobamos
que Adelbert maneja la magia muy bien, y no tendría por qué
tener problemas para cerrar su mente.
― ¿Por qué
se ocuparía de ocultar su mente si no sabe lo que estoy
haciendo?
― Probablemente lo sabía, porque si puede
bloquear su mente, también es posible que pueda leer la de
otras personas.
― ¡Eso ya es magia oscura muy avanzada!
-replicó Charlie.
― Mira, al menos sabemos algo.
Adelbert estudió en Alemania, y lo hizo en Durmstrang, porque
dijo que la única opción ajena a ese colegio era
estudiar en el extranjero.
― No le veo lo malo a eso -dijo
Silvia-. Es más, no entiendo por qué tendría que
haber mentido.
― ¡Durmstrang se empeña en enseñar
mucho sobre las artes oscuras! -exclamó Charlie.
― No
sabemos si Adelbert está de acuerdo con eso -contestó
Silvia.
― Sí lo está. O al menos no se siente
contrariado -resolvió David-. Acaba de decirme que recibió
una muy buena educación, y no lo oí quejarse.
―
¿Están diciendo acaso que una persona es incorrecta
sólo por haber asistido a un colegio de ese tipo? -interrogó
Silvia.
― Claro que no, pero tengamos en cuenta que si
Durmstrang tiene una política de discriminación en
cuanto a los magos hijos de muggles,
es tonto pensar que no busquen plantar ese pensamiento también
en sus alumnos.
― ¿A qué quieres llegar?
―
¿Ya olvidaron por qué empezaron nuestras dudas? ¡Porque
es posible que Adelbert haya tenido alguna relación con mi
bisabuelo!
― ¿Y eso qué quiere decir?
David
mantuvo la boca cerrada durante unos segundos, antes de decir las
palabras que tenía en mente, aunque no se había puesto
a pensar seriamente en ellas hasta ese momento.
― ¿Creen
que me odie porque soy el único mago descendiente de
Grindelwald, y soy hijo de muggles?
―
Eso no tiene sentido -refutó Silvia, imitando una risa-.
Dijiste que cuando lo viste por primera vez, en la plaza de Londres,
te trató con amabilidad. Además fue él quien
aconsejó a Egbert para que entablara amistad contigo.
―
¿Y si quiere tapar su verdadera intención, como lo hizo
Mirtha? -sugirió Frederic.
― No podremos saberlo ahora.
Y, por cierto, no deberíamos confiar mucho en esas monedas.
David se revolvía
entre las sábanas, y su cara estaba cubierta casi totalmente
por un frío sudor. La luz de la luna, que podía verse
desde que la tormenta se había alejado, se proyectaba desde la
ventana hasta una de las paredes del dormitorio.
Esta vez David
volvía a estar en la jaula del zoológico, aunque ya no
sentía ese insaciable deseo de extender sus alas y emprender
un pequeño vuelo, limitado por los barrotes de aquella
prisión. Ahora sólo pensaba en una cosa, y era que
debía marcharse de ahí cuanto antes. Descendió
tan rápido como pudo, y se colocó junto a la puerta que
simbolizaba el portal hacia la libertad. Si buscaba, podría
encontrar alguna falla; no todo podía haber sido perfectamente
planeado para evitar su escape. Buscó y buscó por
minutos enteros algún indicio de falencias en la jaula, pero
no pudo encontrar ninguno.
Volvió al centro de la jaula y
se dispuso a pensar. Debía de actuar rápido, pues se
arriesgaría a ser enjaulado nuevamente si intentaba escaparse
a la luz del día, lo cual significaría un aumento en
las medidas de seguridad.
Sin embargo, la solución daba
vueltas por su cabeza, aunque él no quería ni pensar en
ella. Era la más aterradora decisión que podía
tomar, pero era necesaria si quería salir de allí de
una buena vez.
Con paso decidido se acercó a uno de los
bordes de la jaula, el que estaba más próximo a la
pared, donde vio una gran y negra tarántula. Intentando actuar
con determinación, extendió una de sus alas, esperando
que el arácnido asestara el golpe mortal.
Lo hizo. David
sintió los colmillos de la tarántula hundirse en su
preciosa ala, y el veneno correr y abrirse paso por el resto de su
cuerpo. David caminó nuevamente, esta vez tambaleándose,
hasta el centro de la jaula, justo debajo del trapecio que le había
servido de soporte durante tanto tiempo, pero que no lo haría
ni una sola vez más.
Lo último que sintió
antes de que sus ojos se cerrasen fue un frío muy intenso,
como si todo su cuerpo se hubiese congelado. Pero de súbito,
un calor inundó su interior, y su cuerpo quedó reducido
a cenizas.
O al menos su anterior cuerpo, porque segundos
después, sobre los restos de plumas consumidas, había
un ave muy pequeño y feo. David procuró escaparse tan
rápido como su diminuto cuerpo lo permitía; el cielo
esclarecía paulatinamente, dando señales de que el
tiempo disponible se agotaba. Fue dando pequeños y torpes
saltos hacia el límite de la jaula, y, rogando que ésta
no tuviera ninguna protección extra, se arrojó hacia el
exterior, saltando entre un par de barrotes.
Sus pies sintieron
la añorada sensación del césped bajo ellos, y
antes de ocultarse e irse de allí, echó un último
vistazo a la jaula, tan cercana pero tan lejana a la vez.
De pronto, David se
encontró sentado sobre su cama. Notó el sudor en todo
su cuerpo, pero nada le importaba. Era muy feliz, y creía
saber el por qué.
Una luz se encendió en una de las
camas próximas a él.
― ¿Qué sucede?
-preguntó la somnolienta cara de Charlie, asomada por entre
las cortinas-. Estás todo sudado.
― Nada -respondió
David, con una sonrisa.
― ¿Por qué estás
tan contento?
― Porque soy completamente libre -contestó,
sabiendo que aquellas palabras tan significantes para él jamás
podrían ser comprendidas a la perfección por su
amigo.
Charlie suspiró, corrió nuevamente las
cortinas y apagó la luz de su varita.
― Ya duérmete,
loco.
