Aviso: Los personajes de este Fanfic son pertenecientes a su creadora, la maravillosa Stephenie Meyer. A quien siempre le estaré agradecida por haber creado la fantástica Saga Crepúsculo. A mí, únicamente, me pertece la historia.
Summary
¿Por qué le odio? Una pregunta sencilla; podría escribir hasta un libro sobre ello. Ahora que lo pienso, no estaría mal. Me apoderé de mi diario "Propiedad de Bella Swan" y comencé; Motivos para odiar a Edward Cullen.
9. El no-invitado
No recuerdo haber pasado una noche más larga que aquella en toda mi triste vida. Los segundos parecían minutos, los minutos se me hacían horas y las horas; días. Había intentado dormir un poco, por mi bien mental, pero fracasé en el intento. Cada vez que conseguía conciliar el sueño, unos traicioneros ojos verdes asomaban ante mis párpados y debía abrir los ojos si no quería hundirme más de lo que estaba.
Lo único claro que tenía era que jamás saldría de mi boca lo sucedido aquel sábado, jamás.
Gracias al cielo, los tenues y mañaneros rayos de luz comenzaron a iluminar mi habitación. No sabía qué hora era, pero la verdad; no me importaba lo más mínimo. Me negaba a quedarme más tiempo maldiciéndome en mi fuero interno por haber sido tan ingenua la noche anterior.
Con un suspiro, levanté mi cabeza de la almohada, prometiéndome no volver a dejar que Edward fuese el centro de mi existencia.
Por cómo me llamo Bella, que Edward Cullen no va a impedirme ser feliz.
Con repentinos ánimos, me dirigí al gran armario blanco y me vestí con mi estilo habitual; una camiseta azul marino de manga corta y unos tejanos grises. Rebusqué entre los tropecientos calzados caros que Alice me había "ofrecido" (más bien me había amenazado a muerte para que aceptara sus "pocos" regalos; es decir, 24 pares de zapatos).
Me duche, al igual que cada mañana, y no me demoré demasiado en secarme el pelo.
La verdad es que los domingos eran los días más deprimentes, ya que al día siguiente empezaba otra semana de torturadores estudios.
Caminé hasta la puerta, donde me paré antes de abrirla. Un molesto revoltijo en mi estómago me avisó de lo que ya sabía; Edward estaría abajo, desayunando, y yo le vería, tanto si quería como si no.
¿Por qué he tenido que enamorarme específicamente de alguien tan cercano a mí?
Resignada, me aventuré por los pasillos de la casa en dirección a las escaleras de caracol. Aún con aquella molesta sensación en el cuerpo, bajé, algo nerviosa, hacia la cocina.
Ya estaba toda la familia allí. ¿Tan tarde era para que todos hubiesen llegado antes que yo?
Atravesé la puerta despacio, siempre con la vista puesta en el suelo. Prefería evitar ciertos ojos verdes que sabía, no eran buenos para mi cordura.
— ¡Bella, cariño! — Esme me abrazó maternalmente y me miró a la cara. — Te hemos dejado dormir un poco más. ¿Ya te encuentras mejor? — ¿Cómo sabía ella que la noche anterior había estado mal? Entonces, un presentimiento cruzó mi mente; Alice…
La miré acusatoriamente y ella levantó los hombros a modo de disculpa. Entonces miré el reloj negro de la pared y vi que ya casi eran las 12 y media de la mañana. Suspiré y volví a dirigirme a Esme.
—Sí. Ayer sólo… Algo me sentó mal. — Algo… O alguien, mejor dicho.
—Si me lo hubieses dicho, podría haberte preparado un vaso de tila o manzanilla anoche. —me sonrió amablemente, acariciándome el hombro.
Le sonreí algo avergonzada. Intuía perfectamente que Edward estaría escuchando esto y él era el único que sabía la verdad. Deseaba con todas mis fuerzas que el chico fuera sensato y no le contará ni una palabra a nadie. ¿Tendría el suficiente sentido común para ello, no?
—Fue Emm el que la obligó a tomarse aquel Cóctel. —Alice intervino, echándole una mirada asesina a su hermano.
Me sentía culpable por el pobre Emmett.
—Él no me obligó a nada. —intenté defenderle. — Bebí aquello porque quise…— Querer, querer… No sería la palabra. Más bien quería demostrarle a la pija de Jessica que yo también podía beber alcohol. ¡Todo era por mi estúpido orgullo!
Después de aquello, los demás continuaron hablando sobre "Lo que se debe" y "Lo que no se debe" beber en las discotecas. Me sabía la charla sobre precaución y drogas de memoria, mis… padres, ya se había encargado de dármela hacía como 4 años. Así que me serví unas cuantas tortitas que quedaban sobre la encimera de mármol y las acompañé con algo de sirope. Con un dedo, cogí un poco de aquel líquido viscoso y lo introducí en mi boca. No sabía si era caro o no, pero desde luego estaba de muerte.
Paseé mi vista por todos los taburetes ocupados que rodeaban la cocina Americana del centro de la sala. Todos ocupados, a excepción de uno.
¿Por qué me odias? —me lamenté a un Dios o cualquier divinidad de este maldito mundo que se había propuesto el proyecto: "Hacerle la vida imposible a Bella".
El único taburete con acolchado rojo estaba justo al costado derecho de en el que se había sentado Edward. Parecía distraído, mirando su plato de tortitas aún intocado.
Rechinando los dientes, me encaminé con mi almuerzo en la mano y un vaso de cristal vacio en la otra. Me dejé caer en el asiento y fue entonces cuando mi hermanastro se percató de mi presencia. Con un rápido movimiento se enderezó sobre su silla y carraspeó. No le presté atención y decidí cual sería mi plan para el incómodo tiempo que pasaría a su lado.
Comer, masticar, tragar. Comer, masticar, tragar. Comer, masticar, tragar.
Creo que parecía un poco demente, mientras prácticamente engullía las tortitas y el zumo de naranja que me acababa de servir. Ignoré por completo el hecho de que Edward tuviese su brazo apoyado contra la mesa, tan cerca del mío.
Suspiré con alivio cuando mi plato y mi vaso quedaron vacíos. Pero… ¡Maldita sea! Me había preocupado tanto de acabar cuanto antes que ahora me dolía el estómago realmente.
No tenía nada más que hacer en la cocina y, a pesar de las insistentes invitaciones de Alice me uniese a mis hermanos para jugar un partido de baseball cerca del jardín, me negué y subí a mi cuarto, desde donde tenía unas increíbles vistas del bosque.
Lo primero era lo primero. Saqué los cuadernos y libros de mi mochila, para desparramarlos por todo mi gran escritorio. Debía acabar los deberes, ya había malgastado demasiado tiempo aquel fin de semana.
Mientras resolvía unos aburridísimos problemas de Trigonometría, escuché los gritos de entusiasmo de… ¿Emmett?
La curiosidad pudo conmigo y me asomé a las cristaleras del fondo de mi habitación. Efectivamente, allí estaban toda mi familia corriendo, saltando y persiguiendo una, casi invisible, pelota pequeña y blanca que se perdía de vez en cuando entre los árboles. Jamás llegarían a asociarme con mis hermanos; ellos eran excelentes deportistas y yo… Simplemente, una negada. Mi coordinación ojo-mano, ojo-pie o manos-pies no andaba demasiado bien desde que dejé el instituto por el… accidente.
Entonces vi como era el turno de Edward para batear. No sé exactamente el por qué, pero me quedé allí, plantada frente a la ventana, mirándole con cara de boba.
Mi hermanastro cogió el bate e hizo un pequeño jueguecito con él en la mano y una sonrisa revoloteando por las comisuras de sus labios. Instintivamente, sonreí al verle feliz.
— ¡Bella! ¡¿Ya has olvidado lo de anoche? — ¿Es que la mini-Bella se había despertado al fin?
No me acordaba…. ¡Hasta que lo has mencionado! — juro que si no llega a ser porque aquella voz en mi cabeza no era una persona real, la hubiese encerrado en un armario para que no volviese a salir nunca más.
Mis ojos volvieron a concentrarse en el partido y pude llegar a observar a Edward correr. Era casi inhumano como se desplazaba por la hierba y finalmente se dejaba caer en una de las bases, levantando una humarada de polvo.
En ese instante, levantó la vista hacia mí y creo que me vio a través del cristal. Me puse totalmente colorada, no entendía como alguien con una mirada que parecía tan inocente podía llegar a ser tan cruel. Con rabia contendía, me recompuse y dejé las cristaleras a mi espalda. Volví a pegar mi culo a la silla para no volver a levantarme más. Nada de distracciones, había que acabar la tarea.
Pasaron horas y cuando, al fin, hube acabado de responder la última pregunta sobre La Segunda Guerra Mundial del 39, descansé la cabeza contra el respaldo de mi asiento. Despegar la vista de los libros fue como un soplo de aire fresco sobre mi rostro.
Ésta es la última vez que lo dejo todo para el final, de eso estoy segura.
Un repentino apetito, amenazó en la boca de mi estómago. ¡Dios mío! ¡Eran las 4 y media de la tarde! ¿Quedaría comida para mí?
No me molesté en limpiar mi escritorio y bajé de nuevo a la cocina entre tropezones. Esta vez, únicamente se encontraba Esme recogiendo los últimos platos sucios de la mesa. Me mordí el labio viendo el plato que aún contenía sopa de fideos y otro más con un filete de carne acompañado de una salsa amarronada.
Caminé en silencio, pero Esme se giró.
—Te hemos dejado la comida en la mesa, Bella. —me sonrió. — Siento que tus hermanos no te hayan esperado, tenían demasiada hambre… Perdónales, cariño. —Parecía estar disculpándose en nombre de sus hijos. Cada vez me sorprendía más su bondad.
—No importa. —jugué con un mechón de mi cabello, incómoda. — Necesitaba acabar unos deberes, no hacía falta que os molestaseis por mí. —caminé hasta el fondo de la cocina y me senté en una silla blanca, con acolchado rojo, al igual que los taburetes. La mesa, sin embargo, era de cristal. Creo que nunca llegaría a acostumbrarme a todos aquellos muebles lujosos…
Esta vez, comí despacio, saboreando cada bocado. Esme era una gran cocinera, hasta el malestar de la mañana se me pasó cuando probé su sopa.
La cocina permaneció en silencio durante mi comida, tan solo se escuchaba el sonido del agua o de los platos mientras eran fregados. Aún no tenía la suficiente confianza con mi nueva madre para que entablásemos una conversación demasiado larga.
Acabé, después de tragarme el último bocado de mi postre; una manzana bien roja.
No me parecía justo dejarle a Esme más trabajo, asique recogí las vajillas que había utilizado y recogí el mantel de la mesa, a pesar de que ella no me lo había pedido.
Cuando Esme volvió a girarse pareció sorprenderse por mi tarea.
—Vaya, creo que estoy emocionada. —posó una mano en su pecho. — Eres la primera de mis hijas que me ayuda en la faena de casa. —se paró a mi lado y pasó una mano a mi alrededor, apretándome cariñosamente contra su costado. — Gracias, Bella.
Le devolví una sonrisa cordial, pero a pesar de tener que irme quería quedarme un poco más. Echaba de menos el cariño y el calor maternal.
Salí de la sala, dejando a mi madre acabando de limpiarla y me quedé en blanco. No sabía que debía hacer ahora.
Eran casi las 6 de la tarde, pero mis deberes estaban hechos y no nos habían informado de ningún examen próximo.
Me pregunté donde estarían Alice, Emmett y… No. Él podía estar donde quisiese, me daba absolutamente igual.
Mis dudas pronto fueron aclaradas, cuando escuché algún tipo de melodía proveniente del primer comedor. Me acerqué a él, suponiendo que cualquiera de mis hermanos estaría escuchando música en la televisión, pero me llevé una sorpresa.
Un piano negro y reluciente se posaba sobre una pequeña elevación del suelo de parquet. Me extrañaba no haberme dado cuenta antes de su presencia, pero entonces vi las dos estanterías que casi lo escondían a simple vista.
La melodía se intensificó en aquella sala, pero no provenía de la tele sino de las teclas de aquel magnifico instrumento.
Caminé con cuidado, con miedo a estropear las preciosas notas que revoloteaban a mi alrededor. A pesar de sonar bien, tenían un punto melancólico, triste. A medida que me fui acercando, el curso de la melodía se hacía más lento, hasta que acabó siendo una especie de lamento.
En el primero que pensé fue en Carlisle. Era un hombre muy culto, no sería tan raro verle sentado tras aquellas estanterías.
Subí a la tarima de parquet sin hacer demasiado ruido y me paré al instante.
¿Él?
Todas mis suposiciones se habían disipado cuando vi a la espalda del chico con camiseta negra que parecía absorto en la música. Sus dedos bailaban en torno a las teclas y simplemente no podía pensar. Hacía que aquella canción sonara tan hermosa…
¿Qué? No le estaba alagando a él, sino a su música. ¿Edward también es hermoso? Vale, sí. Lo admito, mi hermanastro tiene un físico estupendo, pero eso no le salva de ser un traidor o un mentiroso.
Cogí aire y me acerqué más al piano, hasta quedar casi a su lado. En ese instante el flujo de notas paró en seco, pero su cabeza no se levantó.
De repente mi cabeza volvió a la realidad, dejando de estar hipnotizada por aquella canción. Aquel momento fue muy incómodo, incluso más de lo que lo había sido el desayuno de la mañana.
Desesperada, busqué alguna excusa que mostrar y rápidamente dirigí mis manos a la estantería de la izquierda. Pasé mis dedos por todos los libros, sin fijarme en sus títulos, sólo fingiendo estar interesada en encontrar alguno en particular. Al azar, agarré uno y entonces me di cuenta: "Aprenda a cocinar con Pierre Gagnaire".
¿Cocinar? ¿Para qué narices necesitas ese libro? —preguntó la mini-Bella, confusa.
Es el primero que he encontrado… ¡No me culpes!
Edward pareció leer el título del ejemplar que tenía en mi mano y soltó una risita por lo bajo, que disimuló educadamente con algo de tos.
—Sólo venía a por…—miré mi libro, de nuevo avergonzada. Después le observé a él y de nuevo a mi libro. — Ya me voy. —fijé la vista en el suelo, con mis mejillas a punto de explotar en llamas y preparada para salir huyendo de allí.
—No me molestas, tranquila. —al oír aquello me detuve, con la respiración entrecortada. — Y… Bella. ¿Por qué quieres aprender a preparar platos? Esme podría enseñarte o incluso yo…—lo último lo masculló en voz algo más baja. —… si me dejaras.
Tragué saliva y me encaré a él.
—No quiero prescindir de nadie, puedo instruirme sola, gracias. — Me molestó un poco que no me creyera capaz de preparar comida.
Edward suspiró y masajeó el puente de su nariz un buen rato. Tenía la impresión de que iba a decirme algo, pero no abría la boca.
Respirando con paciencia, caminé despacio para bajar de la tarima.
—No sabes lo que ocurrió. —masculló, después de que se escuchase el chirrido de la banqueta donde se sentaba arrastrarse por el suelo.
—No hace falta saberlo, creo que con verlo tuve suficiente. —cerré los ojos, aliviada porque estuviese de espaldas a él y no pudiera ver la cara de dolor que acababa de formar ahora mismo.
— ¡Pero yo quiero explicártelo! —a gran velocidad, Edward ya estaba a mi lado con una mano agarrándome por el brazo.
Su leve contacto ya hizo que se encendiese una pequeña llama en mi corazón, devolviendo el calor que le faltaba a mi cuerpo.
Edward me giró hacia él y mi resistencia fue inútil, ya que en pocos segundos tenía su rostro frente al mío.
—Escúchame por favor, Bella. —casi me suplicó. — Todo fue un malentendido; Jessica me pilló desprevenido, yo estaba en la barra y ella se acercó. ¡Fue ella la que se abalanzó sobre mí! —tenía el ceño fruncido y el verde de sus ojos se había apagado un poco. — ¡Te juro que intenté apartarla! ¡A mí no me interesan las chicas como ella! ¡Maldita sea! ¡Ni siquiera debería estar enamorado! —se lamentó, soltándome.
—Entonces ya somos dos los que pensamos así. —me digné a mirarle. — Jamás debería haber caído en tu trampa, Edward. Ya me informó Jess de lo que pasa contigo. —me crucé de brazos y me separé un paso de su lado. — ¿Niegas que los labios de la mayoría de chicas del instituto han pasado por los tuyos?
—Bella, eso no es…—se defendió, pero le interrumpí.
— ¡¿Lo niegas? —Oh, no… Ya estaba de nuevo al borde de las lágrimas. Debía evitar estas conversaciones a toda costa.
—No…—Aquella respuesta me sorprendió en parte; pensé que Edward jamás admitiría algo así.
—Bien… Entonces no tienes nada más que explicarme. —el rostro de mi hermanastro parecía descomponerse con cada palabra que uno de los dos soltábamos. — Te entiendo; yo soy la nueva y faltaba mi beso para tu colección. — Aquella verdad dolía.
— ¡Pero Bella, tienes que creerme! ¡Son las chicas las que me besan, yo me quedo igual de desconcertado que tú! —su voz se elevaba con cada sílaba que pronunciaba.
— Hazme un favor. No juegues más con los sentimientos de la gente, no es agradable…—la primera gotita de agua calló por mi mejilla. Tenía que marcharme de aquí antes de que el llanto fuese inevitable.
Le dejé allí, quieto y sin argumentos que soltar. Me encaminé decidida hacia la puerta, pero antes de traspasarla Edward habló por última vez.
—Jamás he pretendido hacerte daño…
Pero yo ya estaba demasiado lejos para indignarme por su respuesta. ¿No había pretendido hacerme daño? ¡¿No lo había pretendido? Pues tenía una noticia que darle; me había hecho daño.
Prácticamente podría decir que corrí hacia mi lugar seguro, mi santuario en alguno de sus sentidos; mi habitación.
Cerré la puerta dando un golpe y apoyé mi frente contra ella. El pelo caía alrededor de mi cara, escondiendo algunas lágrimas que no podía controlar.
Estaba harta. Harta de sufrir por… él, harta de llorar por él. ¡Harta de todo!
Troté hacia mi cama y agarré un cojín al vuelo, estampándolo contra el suelo en un arrebato de furia.
De la nada, apareció un cansancio descomunal que hizo mella en mi cuerpo y tuve que apoyar mi espalda contra la pared para no desplomarme. Poco a poco fui resbalando, a medida que mis lágrimas también resbalaban por mi cara.
Quedé sentada, con las rodillas encogidas y mi rostro oculto entre ellas, sollozando como una estúpida.
Si continuaba así, dudaba que el corazón continuase latiéndome por mucho tiempo. Dentro de poco acabaría rompiéndose o desvaneciéndose, literalmente.
Después de aquello, lo último que recuerdo fue un lago de oscuridad en el que me hundía lentamente.
La conciencia fue recuperándose en mí y, pestañeando varias veces, conseguí abrir los ojos.
No recordaba que mi cuarto fuese tan oscuro.
Entonces me alarmé al notar la superficie mullida sobre la que me recostaba. Pronto descubrí que se trataba de mi cama.
Alguien debía haberme visto en mi estado de zombi cuando me había quedado dormida en el mismo suelo.
Qué vergüenza estaba pasando…
La sensación de tener unas extremidades realmente pesadas había desaparecido y ahora me notaba descansada, aun que algo desorientada. Miré el reloj con el que me percaté que dentro de poco Esme prepararía la cena, ya que eran casi las 10 de la noche.
Rezaba por llegar a tiempo a la comida esta vez, estaba segura de que Carlisle se preocuparía por mi salud si continuaba con mi trastorno de horarios.
Me dispuesta a hacerme un chequeo de aspecto en el lavabo, antes de bajar con mi familia. Una vez comprobado que todo estaba más o menos bien, dentro de lo que se entendía por "bien" siendo yo y tratándose de mi "belleza". Una palabra que dudaba que se pudiese aplicar a mí, simplemente no había heredado los mejores rasgos. Aquello era una de las muchas cosas por las que de ningún modo me asociarían con los Cullen, yo era asquerosamente mediocre en comparación con sus perfectos rostros...
Dejando a un lado los pensamientos que abatían mi autoestima, me peiné, pasando mis dedos por los mechones de cabello como pude, y caminé sin mucha hambre hacia la cocina.
Bajé las escaleras de caracol con sumo cuidado para no estamparme contra el suelo y traspasé la puerta, sin fijarme en que la estancia estaba vacía.
Cuando quise darme cuenta, escuché una risita de soprano proveniente del segundo comedor, aquel que tenía los ordenadores. Alice estaría en sus sesión de compras online mensual, otra vez.
Mi cara tendría aspecto cansado cuando aparecí por allí, pero al instante mi respiración se cortó por completo y mi corazón pareció comenzar a latir de nuevo, a pesar de que nunca podría volver a recuperar su energía normal.
—¡Jacob! —chillé a pesar de mi falta de aire por aquella repentina emoción.
Me lancé, literalmente, hacia él esperando que recordara nuestro abrazo de oso, aquel que echaba tanto de menos.
Sin duda, Jake respondió a mi entusiasmo esperando de pie junto al sofá beige, con los brazos abiertos y preparados para cogerme.
En efecto, impacté contra él y el esperado abrazo de oso llegó. Mi mejor amigo me abrazó por la cintura y me levantó mientras yo lo estrujaba, cariñosamente, con todas mis fuerzas.
Cuando me dejó en el suelo, escuché su risa. Siempre me había alegrado el día oírla, me recordaba a un niño feliz en su despreocupada infancia.
Cogí aire, aún con una sonrisa de oreja a oreja, y me paré a verle mejor. Realmente había cambiado muchísimo, ya no era aquel chico de 16 años que había conocido en el orfanato. Su masa corporal se había substituido por toneladas de músculos que se percibían perfectamente marcados en su camiseta gris de tirantes.
Bueno, pensándolo mejor no ha cambiado tanto…
Sus pómulos seguían distinguiéndose en su rostro cuando se reía, el pelo negro lo continuaba llevando bastante corto y era la única persona que había conocido en toda mi vida que vestía en tirantes y tejanos piratas cuando era pleno invierno.
Sí, continúa siendo él.
—Jake, pero…—la alegría me sobrepasaba y tuve que parar para coger aire. — ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has conseguido encontrarme? —Eran tantas las preguntas que quería formularle.
—Primero de todo; hola Bells. ¿Cómo estás? — Ya comenzaba con sus graciosos monólogos para enseñar "buenos modales". —Muy bien, gracias por preguntar Jacob. ¿Y tú que tal vas?—imitó mi voz como sólo él sabía hacerlo. — ¡Estupendamente! —me miró con aire triunfal, pero se serenó al ver mi rostro.
Estaba cruzada de brazos, dando golpecitos con el pie en el suelo haciendo como si esperase.
— ¿Has acabado? —le pregunté, imitando un poco el tono arrogante que muchas veces le había escuchando a Rosalie.
Mi amigo mostró su más sincero desconcierto y entonces dejé de bromear y le di otro abrazo.
— ¡Era broma! —me separé un poco de él. —Me alegro de que estés aquí.
— ¡Yo también me alegro de verte! —me revolvió el pelo con una mano y la otra la pasó por sobre de mis hombros.
¡Uish! Cuanto me enrabiaba que me desordenase el pelo, luego parecía una maraña. Aunque… Sí, también echaba de menos parecer una maraña.
En ese instante caí en la cuenta de que había más gente a mi alrededor. Al pasar tiempo con Jake siempre me olvidaba de todo, él mismo desprendía alegría y aquello me iba bien, sobre todo en momentos como… Como éste, tenía que admitirlo.
—Carlisle, él es…—intenté presentarle a mi mejor amigo ya que no sabía exactamente si había sido invitado o tal vez se había colado en la casa y mi familia lo consideraba un ladrón. Siendo Jacob, se puede esperar cualquier cosa.
—Tranquila, Bella. Ya nos hemos presentado. —Sonrió cordialmente. — Creo que la sorpresa te ha sentado bien.
Reí con verdadero júbilo. Aún no podía creerme que mi mejor amigo estuviese aquí.
Pasé la vista por todas las personas del comedor; Carlisle seguía mostrando su faceta más educada, detrás del sofá que se encontraba junto a Jacob y cogido de la mano de Esme. Ella, como siempre, se mostraba cariñosa con el nuevo visitante.
Pero la visión de mis hermanos no fue tan agradable; Emmett se sentaba en el sillón beige, lo más alejado de nosotros que pudo y cruzado de brazos. Su cara permanecía serena, pero miraba de un rostro a otro analizando la situación. Alice se sentaba al estilo indio en el sofá opuesto, sin su típica risita infantil y sin intervenir en la conversación durante ningún momento. El último y más difícil de comprender, fue el rostro de Edward. Éste permanecía de pie, apoyado a la mesa de los ordenadores. Intenté leer su mirada, pero era inescrutable. A pesar de todo, su respiración le delató; las aletas de su nariz se movían agitadamente. ¿A caso era bipolar? La verdad, aquellos cambios de humor repentinos no los entendía… Lo mismo se mostraba feliz, después nervioso, otras veces triste y ahora enfadado. Alguien debía enseñarme a entender a este chico.
— ¿Bells, porque no hablamos fuera? —aquello me sorprendió, creí que Jake se sentía bien aquí.
Miré a mi padre, la voz autoritaria de la familia, quien me hizo un gesto aprobatorio con la cabeza.
—Claro. —respondí, algo confundida.
Jacob caminó en dirección a la puerta de entrada y yo le seguí, no sin antes oír un bufido que reconocí bien; Edward. No le hice caso. ¿Qué pasaba? ¿Se enfadaba porque alguien viniese a verme? ¿A caso se creía que solo él podía tener amigos? Vale, yo no era demasiado popular, pero tenía vida social. Escasa, pero tenía.
Cerré el gran portón blanco a mi salida y vi a Jake apoyado contra una moto negra, algo desgastada. Se veía expectante y pronto descubrí el por qué; esperaba que yo me percatase de su vehículo. Jake era tan fácil de comprender.
— ¿Vaya, ya tienes carnet de conducir? —le pregunté, a lo cual respondió con su risa más típica.
—Hace un mes que lo conseguí. —me informó, orgulloso. — Y conseguí arreglar esta vieja moto para entonces. — me acordaba de cuantos cachivaches me había arreglado Jake en el orfanato. Era todo un manitas.
—Bueno, cuéntame. ¿Qué hay de tu vida? —quise saber, en un principio.
—MM.… aburrida. —los dos nos reímos al uni sono. — Ahora en serio; al final también me adoptaron. —se cruzó de brazos y continuó. — Vivo con un hombre mayor; Billy. Digamos que es mi "padre" adoptivo, aún me suena rara esa palabra. —sonrió. — Pero, a diferencia de a ti, no me ha tocado convivir en grupo. Billy tiene dos hijas, pero está estudiando fuera del país, asique tengo toda una casa para mí. —me guiñó un ojo y yo rodé los ojos. Era tan infantil, cuando quería serlo.
—Y… primero de todo; ¿Cómo has conseguido encontrarme? —pregunté, apoyándome en la moto a su lado.
—Ni que fuese un acosador, Bella. —musitó Jacob, con voz ofendida. Yo volví a rodar los ojos. — Está bien, está bien. El caso es que Billy vive aquí al lado, en la reserva La Push.
Sí, me sonaba el nombre. El lugar no se encontraba a mucha distancia de Forks, había viajado alguna vez allí cuando era pequeña y viajar en el coche de… Charlie no me suponía una completa humillación.
Desterré todo pensamiento de mi mente, no podía volver a recordar el pasado.
—Salí del orfanato unas semanas después que tú. —Jake le dio un golpecito a mi nariz con su dedo índice. — Por cierto, te perdiste mi cumpleaños. —dijo aquello como restándole importancia.
Me sentí fatal, porque vino a mi mente la promesa que le hice a Jacob hacia ya tanto tiempo: "Te felicitaré la primera de todos en tu cumpleaños, de eso puedes estar seguro."
— ¿Felicidades? —intenté excusarme, pero Jake rió.
—Tal vez, cuando dijiste que serías la primera en darme el feliz cumpleaños, te equivocaste. —me puse triste en ese instante. — Querrías decir que serías la última. —bromeó, con lo cual me alivié y le di un codazo en el brazo. Estaba segura que con tanto músculo me sería imposible hacerle daño.
—Asique… Vas al instituto, supongo. —no sabía si Jacob era buen o mal estudiante, lo único que conocía de él era que vivía en Portland, justo antes de que lo ingresasen en el orfanato tras la muerte de sus padres en un incendio.
—Claro. Es el pueblo de los Quileutes, pero tampoco somos prehistóricos. —se quejó Jacob, bromeando como siempre. — Ya veo que a ti te ha tocado vivir a lo grande. —me dijo, al mismo tiempo que miraba la gran mansión de los Cullen. Aquello pareció un indicio para que yo comenzase a explicar mi biografía.
—Sí, supongo. —fruncí el ceño. Yo jamás encajaría con todos aquellos lujos…
Jake hizo un gesto con la mano para que continuase y yo suspiré.
—Ya has conocido a mi familia. —señalé con la cabeza hacia las cristaleras del comedor. — Carlisle y Esme son muy majos. —sonreí. — Y a mí sí me ha tocado compartir casa. —le miré acusatoriamente mientras él estallaba en carcajadas. — Emmett es el mayor, después está… Edward… —carraspeé un poco. — Y finalmente Alice.
Jacob pareció notar mi vacilación al pronunciar el segundo nombre.
¡¿Por qué tiene que conocerme tan bien?
— ¿Qué pasa con ese Edward? —pareció escupir cada palabra, en especial la última.
—Nada. ¿Qué va a pasar? —me hice un poco la loca.
Jacob me miró con las cejas levantadas y aires de suficiencia. Sabía que no había conseguido engañarle por lo que cambié de tema.
— ¿Cómo es Billy? —Vaya pregunta más estúpida…
—Pues… Cómo todos los ancianos Quileutes, salvo por que es invalido asique le acompaño en su silla de ruedas a casi todas partes. —masculló Jacob.
Fingí interesarme, únicamente para no abordar de nuevo el tema de Edward.
—Bells, será mejor que vuelva o el viejo Quileute me hará papilla si no le ayudo con la cena. —reí y miré el cielo y vi como casi se podían ver las estrellas. Sí, era tarde.
—Tienes razón, no me gustaría encontrarte hecho papilla de Jacob. —el aludido volvió a alborotarme el pelo y yo fruncí el ceño teatralmente.
Mi mejor amigo subió en su moto y la arrancó; haciendo retumbar el sonido del motor por todo el bosque.
— ¿Ni siquiera me darás un beso de despedida? —aquella pregunta sonaba rara en los labios de Jake. No le había escuchado, hasta ahora decirme nada por el estilo. Pero yo estaba harta de besos, por el momento.
Rodé los ojos y le despeiné el pelo, imitándole. Jacob soltó una carcajada y aceleró el motor en seco, produciendo otro estruendoso sonido.
— ¡Ah! Sea lo que sea lo que ocurre con ese Edward, dile que se calme y que tú eres mía. —acabó aquello guiñándome un ojo y desapareciendo entre la carretera y los árboles con su moto.
Vale, Jake era el mejor amigo que había tenido jamás. ¿Pero desde cuando se había vuelta tan posesivo?
Caminé de nuevo hacia la casa, contenta por tener a alguien de mi pasado de nuevo en mi vida.
Abrí la puerta, cerrándola a mis espaldas y encontrarme a un cabizbajo Edward esperando frente a mí.
— ¿Era tu novio? —aquellas palabras bastaron para confundirme. ¿Qué carajo le importaba a él eso?
—Jacob es mi mejor amigo. —le respondí, algo enfadada.
—Él parecía muy… cariñoso, contigo. —alentó, con la vista fija en algún punto detrás de mí.
—Sí, hace mucho que no nos veíamos. Eso es todo. —no entendía como estaba dándole explicaciones a Edward, pero por algún extraño motivo quería que quedara claro que lo que Jake y yo teníamos era sólo amistad. Exactamente, quería que mi hermanastro lo tuviese claro.
Escuché como Edward tragaba saliva y suspiraba… ¿Frustrado? A continuación se giró hacia las escaleras y las subió. Me deslumbre al instante. ¿Cómo era posible que con cada movimiento que hacía lograse embobarme?
—Tu salud mental está en juego, Bella. —Tarareó la mini-yo.
¡Ya era hora! ¿Dónde estabas cuando realmente tenías que darme consejos?
El resto de la noche pasó igual que siempre, salvo por qué me deprimí al saber que a la mañana siguiente tendría que levantarme temprano para asistir a clase.
Alice soltó alguna que otra pregunta sobre Jacob durante la cena, la respuesta de las cuales, Edward escuchó con más interés del normal. Estaba claro que a ninguno de mis hermanos le caía demasiado bien mi mejor amigo. Y él tampoco hacía demasiado esfuerzo por trabar amistades con los Cullen.
¿Tanta importancia tienen las clases sociales? Vale, Jake no se veía exactamente una persona de aires refinados, que vestía con ropa cara o tenía motos lujosas. ¿Pero a caso eso importaba?
¿Y Jacob, que pensaría de mi familia? Rememoré uno de aquellos días interminables en el orfanato, mientras limpiábamos hojas del patio en uno de nuestros castigos. Justo frente a las verjas de salida pasaron un hombre y una mujer muy bien vestidos y con aires de ser extremadamente ricos. Jacob maldijo a todos y a cada uno de ellos por ser tan "superiores".
Estaba claro que los Cullen no eran tan pijos como aquellas personas, pero aún así mi amigo sólo se dedicó a ver el exterior.
Acabé de cenar y decidí ayudar a Esme de nuevo con la mesa, pero esta vez también se apuntó Alice.
Cuando todos los platos quedaron relucientes, decidí volver a mi cuarto y dormir un poco.
Me parecía increíble que durante aquel día hubiese dormido tanto y aún así estuviese cansada a estas horas.
Di las buenas noches a mi familia, excepto a Edward; quien llevaba desaparecido casi toda la noche, desde la cena, y subí hacia mi habitación.
Allí me cambié la ropa por un pijama, me lavé los dientes y recogí mi pelo en una coleta. Tenía que evitar que se me enredase tanto por las mañanas, alguna forma habría para lograrlo.
Me sentía bien, por primera vez este domingo. La visita de mi mejor amigo había hecho que mis ánimos subiesen. Jacob era simplemente mi válvula de escape, conseguía hacerme feliz con sólo bromear con algo.
Recosté mi cuerpo en mi cama, pero algo me distrajo cuando fui a correr las sábanas para acomodarme bajo ellas.
Una hoja, probablemente arrancada de alguna libreta, cayó al suelo y la recogí casi al instante.
Bella,
Siento muchísimo todo esto... Te lo he explicado; no era mi intención que Jessica me besara, todo ocurrió demasiado deprisa y no pude evitarlo. No soy de la clase de tipos que empujan a las chicas, no quería que le sentase mal mi rechazo. Pero de ninguna de las maneras pretendía que aquello pasase, lo juro.
Por favor, perdóname. No sabes cuánto me mata haberte hecho daño...
Entenderé perfectamente si me consideras la persona más mezquina del mundo y no vuelves a dirigirme la palabra, porque realmente lo merezco por no haber hecho lo imposible para evitar esta situación... Al menos permíteme saber si aceptas, o no, mis disculpas. Prometo dejarte en paz para siempre, si así lo deseas.
Espero que leas esto y me entiendas...
Edward
PD: Que duermas bien.
Sus palabras me dejaron sin respiración. Aquella carta me resultaba tan sincera, pero debía creerla. La duda seguía latiente en mi cabeza. Una cosa era segura; no quería volver a hacerme falsas esperanzas.
Guardé aquella hoja en el cajón de mi mesita. Ni yo misma sabía la respuesta a la pregunta; ¿Perdonaría a Edward? No estaba segura de ello… ¿Pero para que engañarme? A mí también me dolía verle sintiéndose tan culpable.
Entonces se me pasaron algunas realidades por la mente; Edward podía hacer lo que quisiese con su vida. Es decir, yo no tenía por qué ser la cosa más importante en su mundo. Quizá aquella noche el alcohol le provocó alguna extraña reacción y me besó por puro impulso. Cuando quiso darse cuenta, el daño estaba hecho por lo que puede que besase también a Jess para evitar hablar conmigo.
Era una idea bastante considerable, en fin, sólo tenía que mirarme al espejo. Un chico como él, jamás podría estar con alguien como yo. No debía enfadarme porque alguien me hubiese recordado lo que soy; nada.
Mientras la cabeza me dolía de tanto pensar, fui dejándome vencer por el sueño, hasta que finalmente caí entre las sombras.
Awww... La nota de Ed, personalmente, me encanta :$ jejejeje
Siento haberme demorado tanto con la conti. pero voy subiendo en cuanto encuentro algo de hueco. Al fin está aquí y espero que no me mandeis a los Vulturis por haceros esperar tanto u.u jajjaja
Cómo siempre, espero saber vuestras opiniones a cerca del cap.^^
Un abrazoo y bites para todas ;)
+JessCullen
