Para romper una maldición
Sumario: Harry y Draco se dedican a resolver asuntos mágicos y a las Artes Oscuras, en general, y a veces pasan por situaciones extrañas en su día a día. Llevan una vida medianamente tranquila, a pesar de lidiar con experimentos, maldiciones y criaturas mágicas de alto riesgo, pero por mucho que lo nieguen, hay eventos y personas que van a perseguirlos por el resto de sus vidas.
Género: Romance/aventura, básicamente.
Claves: Drarry soft, algunas microtramas. Este es una especie de AU que sigue el canon casi hasta el final, y se basa en la historia Tesoro, disponible en mi perfil.
Extensión: 20 partes + 7 miniextras.
Disclaimer: Todo lo que reconozcan, no me pertenece. Este es un escrito sin fines de lucro.
9
—…Marco respondió.
Cuando Draco entró, agitaba la carta recién entregada por un elfo doméstico, que no se mostró, y la abandonó en el mostrador del Inferno. Harry dejó de jugar con la cola del basilisco sin nombre, que no paraba de enroscarse en su dedo índice.
—¿Qué dijo ahora?
Por toda repuesta, le entregó la carta, y con un par de sus mejores guantes, se dispuso a abrir la mandíbula de la cría para tantear las encías y comprobar, como ya sabían y descubrieron esa mañana, que los dientes comenzaban a brotarle a una velocidad inusual.
Marco, todavía oculto en algún país alejado y negándose a darles mayor pista de su paradero, sólo decía que no tenían que preocuparse por los colmillos durante la primera etapa de vida, y a menos que la molestasen, no tendría por qué utilizarlos contra nadie. No era una perspectiva tranquilizadora. Usaba el resto de la carta para dirigir palabras melosas a Draco, que por su expresión de disgusto, ni siquiera se habrá molestado en considerar después de ver de qué se trataba.
—Es lo mismo que dijo Ze, prácticamente —Se encogió de hombros; su pareja asintió, a la vez que dejaba a la cría sobre la mesa y comenzaba a retirarse los guantes, intentando que no se le subiese encima, a pesar de los siseos casi suplicantes. Como resultado, la pequeña serpiente se volvió hacia Harry, que le permitió enrollarse en su muñeca, de nuevo—. Nada de que preocuparnos todavía. Le voy a preguntar a Rolf cuando vaya al laboratorio, por si acaso.
—Sobre la visita al laboratorio —Añadió él, tras un momento, y sólo por el tono de voz, Harry supo que no le iba a agradar lo que fuese a soltar—, creo que vas a tener que ir tú solo.
—¿Por qué? —Empezó a revisar, dentro de su cabeza, lo que tenían pendiente en el Inferno. Se suponía que fue programada esa tarde porque la tenían libre, Rolf los quería allí, para que viesen los nuevos datos que arrojaban sus estudios sobre el Picoazul.
—Investigación —Draco le respondió con simpleza—, estoy cerca de dar con algo. Necesito quedarme.
—¿No puedes congelar las pociones en los calderos, así, como haces a veces?
—De poder, se puede —Puntualizó, apretando los labios un poco después—; preferiría no hacerlo, son componentes peligrosos e impredecibles.
Harry soltó una pesada y dramática exhalación. Ante la mirada de disculpa que su novio le dirigía, alzó el brazo y acercó a la serpiente a su rostro.
—Seremos sólo tú y yo, pequeña. Papá nos abandona, ¿viste?
Draco rodó los ojos al escucharlo.
—No empieces tú también. No es una persona, ni una mascota —Señaló a la cría con un dedo acusador—; esa cosa horrenda se va de aquí apenas Marco vuelva.
—Pero Rolf dijo…
—Marco sabrá deshacer el apego que nos tiene —Agitó la mano en un gesto vago, para restarle importancia—, y si no lo sabe todavía, lo averiguará después de que lo maldiga un par de veces por ser un imbécil de primera.
Como Harry se limitó a negar, fue su turno de suspirar. Tal vez no fuese tan mala idea conservarla. No había crecido nada desde que llegó, lo que podía ser, de acuerdo a los documentos ya leídos por ambos, un indicio de que su tamaño sería mucho más pequeño que el resto de su especie, y no comía nada que no le sirviese él. La noche anterior, además, llegó a su cama con un siseo débil y lastimero, y se enroscó en un lado de una de las almohadas, cerca de ambos, y no se movió más hasta la mañana, cuando ellos se levantaron y la bajaron. Y bueno, puede que a él, que nunca tuvo mascotas, le resultase algo tierno. Sólo un poco.
Cerró los ojos por un instante al percibir el beso que Draco le daba en la sien. Era absurdo que lo hiciese sonreír con tan poco.
—Te lo compenso con una cita en la noche o mañana. Y te acompaño a la próxima visita a casa de Lovegood, si quieres.
—Ahora es una Scamander —Recordó, en un susurro, y lo vio arrugar la nariz.
—Será Lunática para toda la vida, para mí.
—…por aquí, por favor —Fue una bruja joven, ceñida en una bata gruesa y blanca, con lentes, varita, y pergaminos entre los brazos, la que lo recibió a las afueras del edificio en que estaba el provisional laboratorio de Scamander, y lo guio a través de un entramado complejo de pasillos, puertas y subdivisiones que no alcanzaba a leer, todo impecable y en un ambiente aislado y limpio. Parecía un mundo miniatura y extraño dentro del centro del barrio mágico, en la movida ciudad.
Cuando lo hicieron pasar a un estudio, con artefactos de plata y cobre, estantes de libros hasta el techo, y unas mesas que le recordaban a los laboratorios de pociones, encontró a Rolf de pie ante una ventana de cristal opaco. El científico se golpeaba el labio inferior con un pluma que lo manchaba de gotas oscuras cada pocos movimientos, aunque no parecía que lo notase o le preocupase en lo más mínimo, mientras que pergaminos de diferentes largos, todos con la misma caligrafía, levitaban a su alrededor en un torbellino lento e interminable, dándole la oportunidad de ojear ciertas secciones cuando juzgaba conveniente para el resto de la situación, fuese la que fuese.
Harry, que sabía poco -por no decir nada- de magizoología, se quedó bajo el umbral de la entrada por un momento, incapaz de decidir si su intervención consistiría en una distracción en un instante decisivo, o si por el contrario, Rolf no hacía gran cosa y no tenía que preocuparse por reglas imaginarias.
El científico lo descubrió ahí tras unos segundos. Parpadeó, como si despertase de un sueño, luego dio un brinco y una inhalación brusca, y después de fijarse en un reloj de bolsillo que cargaba y debía tener más de un siglo, comenzó una retahíla de disculpas al acercarse. Los pergaminos que lo rodeaban se dispersaron, de modo que no le estorbasen el paso, pero aún pudiese buscar alguno si lo necesitaba.
Rolf estrechó su mano con energía, un montón de veces, manchándole los dedos de una sustancia viscosa que decidió no identificar y de la que se limpió con magia. Tenía unas ojeras que no encajaban con la sonrisa ancha y entusiasmada de un niño en una tienda de juguetes.
—¡Harry, Harry, qué bueno que estás aquí! Tienes que verlo, es fascinante, podría hacer mil estudios de él y apenas he conseguido que saliese del huevo. No lo pueden romper solos, tuve que ayudar, y no se empollan como con otras criaturas, necesitan de la humedad y el frío, es todo un…—Bajó la voz de a poco, volvió a parpadear, y todavía sin soltarlo, miró por detrás de él, a la puerta abierta y el pasillo ahora desierto—. ¿Se te perdió tu esposo? —Preguntó, en tono inocente—. A mí a veces se me pierde Luna también, o yo me pierdo, dice ella, y los niños…los niños siempre se me pierden. Menos mal que Lorcan tiene buen sentido de la orientación y jala a su hermano con él a donde sea.
Esposo. Harry soltó un bufido de risa y decidió que, de todos modos, no valía la pena corregirlo.
¿Lo parecían?
Tal vez se acercaba el momento de proponérselo, pensó, pero después sacudió la cabeza y optó por concentrarse en el momento y lugar.
—Draco está metido en su laboratorio, algo sobre estar cerca de conseguirlo, investigaciones, pruebas, esas cosas.
Rolf asintió, a la vez que mordisqueaba un costado de su pluma, con una expresión que le daba a entender que no creía que hubiese hecho más lógico que un mago metido en un laboratorio de pociones. Era probable que así fuese, para él.
—Te lo mostraré a ti —Hizo un gesto vago con la pluma, manchándose más las manos, a causa de una deformación que le hizo con los dientes y por la que corrió un hilillo de tinta oscura—, tú puedes contárselo a él, y le mandaré informes si quiere. Todo esto es gracias a ustedes, merecen ser los primeros en verlo. Ni siquiera al Ministro lo he llamado todavía…
A medida que hablaba, seleccionó varios de los pergaminos que levitaban, los enrollaba y duplicaba con un hechizo, y hacía desaparecer uno de ellos. Estaba seguro de que Dobby tendría una pila de estos, para cuando volviese a casa.
Rolf lo llevó hacia la pared cubierta de cristal, por la que se distinguía una sala contigua dividida en dos, que simulaba una especie de cueva semioscura. Reconoció a la cría de Picoazul en el piso, un caparazón del tamaño de una piedra mediana, que le llegaría hasta la rodilla en altura, con símbolos en un débil resplandor azul. Estaba quieto y tranquilo, los tentáculos y el pico replegados y fuera de vista.
—¿Es un bebé y es tan grande? —Cuestionó, distraído, y lo vio asentir por el rabillo del ojo.
—He propuesto en el borrador de mi informe que se le asigne la categoría XXXX, pero el resto del personal dice que es demasiado peligroso. El Ministro nos sugiere la clasificación más alta, para ordenar a construir reservas donde puedan estar cómodos y alejados de los humanos, mágicos o no.
—Si capturó muggles y puede usar magia negra y extraer energía, debería estar lejos de los humanos.
—He descubierto que su magia no es suya —Aclaró Rolf, que no dejaba de hacer girar la pluma entre los dedos—; la absorbe toda, así que en aislamiento, no son mucho más peligrosos que un unicornio, o un hipogrifo, quizás.
Harry no pudo evitar recordar a cierto idiota de trece años que fue a la enfermería por enojar a un hipogrifo. Nunca había estado tan cerca de un unicornio (no uno vivo), además, pero estaba seguro de que el cuerno era capaz de provocar tremendo daño.
Se preguntó si Rolf no sería como Hagrid y encontraría tiernas a esas criaturas que podían asesinar sin el menor esfuerzo.
—Incluso los muggles, en el fondo, en la base de su esencia como individuos, tienen cierto nivel de magia, aunque nunca se exteriorice ni puedan usarla; creemos, hasta ahora, que fueron sus objetivos porque poseen magia sin entrenar, y se dejan dominar por sus emociones con facilidad. Cosa rara, las emociones impregnan la magia, es una teoría que no había comprobado hasta hace poco…—Meneó la cabeza, como si intentase no desviarse del asunto principal que los tenía ahí—. Luego, cuando encuentra una fuente poderosa y accesible de magia oscura, la toma. Suponemos que es movido por algo así como la curiosidad, el gusto de un escarbato por lo brillante, más o menos. Se almacena en el pico y se libera cuando se siente amenazado.
Harry asentía, aún distraído, para no quedar como que no entendía nada. Ahora estaba todavía más convencido de que eligió bien cuando se dedicó a proteger y servir, como Auror, y no se metió en alguna carrera complicada y extraña como aquella. Estuvo bien con sus varitas y escuadrones, mientras duró, y los laboratorios le causaban cierta sensación de asfixia y le hacían recordar las mazmorras de Hogwarts. No eran asuntos en los que le gustaría pensar, por lo general.
—Lo que entiendo es que, alejados de las personas, no tienen magia. Así que tienen que alejarlos, y ya, ¿no?
Rolf movió la cabeza de un lado al otro, en un silencioso "más o menos", a la vez que fruncía el ceño de forma apenas perceptible.
—Todavía no sabemos si es seguro aislarlos por completo de su ambiente y recrear otro para ellos —Explicó, vacilante, aunque no lo veía a él, sino que tenía los ojos puestos en la criatura dentro de la sala contigua—; hay que revisar ciertas variables, como su efecto sobre el ecosistema mágico, variaciones en el índice de energía salvaje de la ciudad, consecuencias del aislamiento. Sacarlos, de repente, para meterlos a otro sitio, es como arrancar un pedazo de un cuerpo que no podemos ver y esperar que no pase nada. Y pasará algo, siempre pasa.
Tuvo que reconocer que el tono fúnebre de un Rolf serio y concentrado, era escalofriante. Cuando él debió darse cuenta de cómo acababa de sonar, emitió una risa baja y esbozó una sonrisa enorme que le devolvió el aspecto de un niño animado.
—Por ahora, los estudios marchan bien, Harry. Lo dejaremos crecer aquí, veremos cómo se comporta, y expondré el caso en el Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas en unas semanas, cuando tenga una idea de la peor y la mejor posible situación para todos.
—Es un trabajo difícil el que tienes —Opinó, todavía un poco aturdido por todo aquello. Rolf sonrió, de nuevo.
—A mí me gusta mucho —Y se encogió de hombros—. ¿Quieres que te muestre el resto del laboratorio?
Harry no supo cómo decirle que no, sin arruinar el brillo de sus ojos. En ese sentido, le recordó un poco a Luna cuando era joven y le regalaba uno de los collares que ella misma hacía.
Luego de una vuelta por las instalaciones, desde los laboratorios de muestras que usaban otros científicos, hasta las salas mágicas que se ajustaban, de acuerdo a las necesidades, Rolf se Apareció con él, para pasar por el Inferno por un amuleto que su esposa le pidió que buscase para colocar en la cabecera de la cama de los niños; él sabía que le hablaba de una protección hindú, para pesadillas, mas no recordaba si les quedaban.
—…bueno, no, no creo que sea peligrosa por ahora —Le comentó, en cuanto se movieron por el callejón en que solía Aparecerse, y Harry le contó sobre los colmillos crecientes de la cría de basilisco—. Por ser un experimento, habría que prestarle más atención de la usual, pero en la primera etapa, las serpientes mágicas no tienden a ser muy dañinas. A menos que sea un Runespoor, pero esos son dañinos sólo para ellos mismos de pequeños…
No era la respuesta más tranquilizadora, al igual que la de Marco, pero supuso que era lo mejor con que Draco y él contaban.
Entraron al Inferno sin afectar el trabajo de Ze, que estaba encerrada en una de las salas de consultas. Los débiles murmullos del interior llenaban la tienda, ininteligibles, cuando Rolf le indicó cuáles eran los amuletos que quería y Harry se ocupó del proceso de la venta.
Lo despidió, arrancándole la promesa, en base a súplicas, de que pasaría por la residencia de los Scamander en cuanto volviese a tener una tarde libre. De acuerdo a Rolf, su esposa preguntaba todos los días si, por casualidad, lo había visto, y los niños tenían un acto semejante cuando se acordaban de Draco. Pensó en guardarse el último dato, para que su novio no comenzase a quejarse acerca de la otra maldición, como a veces le llamaba.
Vio salir de la sala de consultas a un grupo de tres brujas, que cuchicheaban entre sí, se detuvieron para saludarlo, y se Aparecieron nada más poner un pie fuera de la tienda, que era hasta donde cubría el escudo anti-apariciones.
Ze apareció poco después, asomada por un lado de la cortina medio cerrada. Se acomodaba una bandana de la cabeza, recogiéndose el largo cabello oscuro a la vez, con movimientos practicados y fluidos, y tarareaba por lo bajo en otro idioma. Sonrió al notarlo dentro de la tienda.
—Hasta que al fin iluminas este maravilloso lugar con tu presencia —Se burló, lanzando un beso al aire, en su dirección, para no interrumpir lo que hacía. Le siguió un pequeño puchero—. Mi otro amor ni siquiera se ha dignado a asomar la cabeza hoy, Dobby me dijo que no ha salido del laboratorio desde que te fuiste.
Aquello no era inusual, así que hizo un gesto vago para restarle importancia.
—Él cree que está cerca de un descubrimiento importante.
—Ya lo creo —Habló en tono despreocupado y giró sobre los talones, perdiéndose dentro de la sala de consultas sin añadir más.
Harry observó el espacio en que estuvo parada por unos instantes, de nuevo solo en la entrada de la tienda, y tras una breve vacilación, la siguió. Las cuencas de la cortina tintinearon al chocar entre sí cuando las empujó para pasar.
Ze ya estaba instalada en uno de los cojines, ensimismada en un juego de cartas que movía, barajeaba, dejaba sobre la mesa en un arco perfecto y volvía a recoger con un solo movimiento. Lo hacía sin despegar los ojos de la puerta, y por ende, de Harry, cuando entró.
—Sabes que no estamos muy de acuerdo con la Adivinación…—Empezó, en voz baja. Ze sonrió, a medias.
—Sé que tuviste una mala experiencia relacionada al arte, sí.
Él tragó en seco. 'Mala experiencia' se quedaba corto.
—Pero si te preguntara algo, y tú no vieses nada o no estuvieses segura de la respuesta, me lo dirías así, ¿verdad?
—Yo siempre estoy segura de las cosas que digo —Hubo un tinte peligroso en sus palabras, que desapareció tan pronto como se había mostrado—, pero sí, eres mi amigo y por supuesto que lo haría. ¿Qué me vas a preguntar? ¿Cuál de todas las dudas que tienes, quieres que te ayude a resolver, cariño?
Él bufó.
—No te pases.
—Ven con mamá Ze y cuéntale lo que te acompleja —Invitó con dramatismo, abriendo los brazos hacia él, por lo que las cartas se desplegaron y levitaron sobre la mesa, justo en la misma posición en que ella las sostenía un momento atrás. Harry intentaba no reírse cuando se sentó al frente.
—Deja el teatro, eso ya lo conozco.
—Es parte del oficio —Ella se encogió de hombros. Recogió las cartas que flotaban, las barajeó por última vez, y las puso, una a una, de vuelta en el cofre donde las guardaba—. Bien, dispara, mi amor, ¿qué pasa?
Harry se relamió los labios e intentó buscar las palabras para explicarse. No quería dejar cabos sueltos al respecto, que lo atormentasen después.
—Tú no eres una vidente, ¿verdad? Una vez nos lo dijiste, ¿cómo era? Los videntes sólo ven el futuro…
—Los videntes ven el futuro y hablan de las profecías, corrientes de magia que determinan ciertos cursos de acción. No, yo no hago profecías. Y son terribles, si me lo preguntas.
Él no podía estar más de acuerdo.
—¿Entonces qué ves tú, Ze?
—Pasado, presente, futuro. El alma —Apoyó el codo en la mesa y recargó la barbilla en la palma, sin apartar los ojos de él—. El pasado le pende a las personas sobre la cabeza, el presente son imágenes extrañas, el futuro se desvanece y cambia constantemente. Es más sencillo ver dentro de una persona, saber cómo reacciona, y así, saber también qué curso de acción tomará y qué futuro posible cumple al hacerlo.
—Y Draco te dijo que no vieras los nuestros, para que no supieras ciertas cosas. Pero aun así, las sabes.
—¿Qué es lo que sé? —Ella se mostró toda inocencia, de tal modo que lo hubiese engañado, tratándose de alguien más—. Por las malas, aprendí a sólo revisar dentro de las personas que me dejen hacerlo o quieran saber algo, Harry.
Él asintió, despacio, mientras lo consideraba un momento.
—¿Y qué has visto, exactamente, de nosotros?
Ze guardó silencio por varios segundos.
—Esa es una pregunta difícil.
—¿Por qué?
—Porque llevas la marca de la Muerte. No, no te asustes, no es grave; tú la llevas, yo la llevo, cientos de personas lo hacen. Cuando comparas unos cientos a los millones del mundo, sí suena a bastante poco, pero no somos los primeros ni seremos los últimos —Chasqueó la lengua y sacudió la cabeza—. Esa marca divide tu pasado en dos, antes y después de tener contacto con la Muerte. Eres un hombre extraño por eso, Harry, no lo tomes a mal, pero un vidente común no sabría qué ve en ti.
Él se tomó un instante para procesar lo que acababa de oír.
—¿Tú sí lo sabes? —Musitó, con un hilo de voz.
—Esa no es la duda que tienes y quieres que te solucione, Harry, no te desvíes —Ella no se inmutó cuando la miró ceñudo.
—¿Crees que…? —Se interrumpió al sacudir la cabeza y tomó una bocanada de aire—. ¿Estamos en peligro, Ze? Aquí, Draco o yo, ¿podrían hacernos daño, fuera de lo que hacemos en el trabajo?
—Siempre puede haber peligro, en cualquier lugar.
—No me des respuestas ambiguas —Siseó, inconscientemente—; sé cómo actúan las videntes, odio que hagan eso, no me dicen nada.
—Lamento que lo hayas tomado como una respuesta, cariño, pero yo sólo te exponía un hecho —Le replicó, sin perder la calma—. Están en el mismo peligro aquí que en cualquier otra parte del mundo, Harry. Lo que les vaya a pasar, pasará donde se encuentren, y no vale la pena huir toda la vida, para ser atrapados al final en cualquier sitio.
Harry dejó caer los hombros y resopló. Al parecer, era el día de no dar palabras tranquilizadoras.
—Aunque nunca te lo hemos dicho, sabes lo que le pasa a Draco, ¿verdad?
—Sí —Y una breve pausa—, conozco el ritual que lo hizo. Lo he visto llevarse a cabo dos veces en mi vida, aunque nunca que quedase...así.
—¿Qué pasó con las personas a las que se lo hicieron?
Ella apretó los labios un instante. Apenas llegó a notarlo.
—Una está encerrada en un hospital mágico de problemas mentales. Aislamiento completo y permanente, jamás lo supo controlar —Soltó una leve, temblorosa, exhalación—. Al otro le arranqué la cabeza cuando enloqueció, antes de que me matara a mí.
—¿Lo conocías?
Se sintió estúpido al preguntarlo. No podía imaginar haber actuado así cuando la Maldición de Draco se desplegaba por completo, años atrás.
Ze asintió.
—Solía llamarle 'papá' —Hizo un gesto para restarle importancia, frunciendo el ceño—. Ese no es el punto.
A Harry le llevó un momento recordar cuál sí lo era y por qué hablaban de este tema.
—¿No hay una forma de curarlo?
—¿La verdad? —Él asintió—. Un buen Avada quita la magia oscura y los deja descansar. Para siempre. Que yo sepa, no se ha dado con otra solución.
Sintió un leve dolor al apretar las manos, en puños, con tanta fuerza que se clavó las uñas.
—No voy a hacer eso.
—Te maldeciría si lo haces —Aclaró ella, en tono de obviedad—. Los dos son mis amigos, no disfruto recomendando la muerte de ninguno.
—Draco no tiene que morir —Insistió, en voz baja.
—No, claro que no.
Sonaba tan segura que lo hizo considerarlo por unos segundos más, en silencio.
—¿Has visto algo sobre eso?
Ella asintió, pero se mantuvo callada.
—¿Es algo bueno? ¿Puede quitársela? —Como transcurrió un momento y la bruja no le contestó, volvió a resoplar—. Ze, si no hay una forma, si no se puede, ¿no es mejor que lo sepa ahora y deje de intentarlo?
Ze ladeó la cabeza, pensativa.
—La razón de que Draco no crea en la Adivinación, es la misma por la que no reviso su futuro, y la respuesta que buscas. Te lo dije: veo el alma, así sé cómo reaccionará y qué futuro va a crearse a sí mismo —Puntualizó, inusualmente gentil—. No hay una cura, pero Draco la encontrará, porque es Draco y no va a dejar de buscarla. Tú deberías saberlo mejor que yo.
Harry recordó el sexto año en Hogwarts y cierto armario, a un estudiante demacrado que dejó de ir al exterior por arreglarlo. Sólo pudo desear que, en esa ocasión, no se fuese a tal extremo por la necesidad de cumplir la tarea.
—Creo que lo estás entendiendo —Ze esbozó una débil sonrisa y lo despachó al agitar una mano—. Circula, mi amor, tengo clientes. Porque eres tú, invítame la cena más tarde y no te cobro; aprovecháremos de sacar a Draco de ese encierro autoimpuesto.
Harry acababa de abrir la boca para contestarle cuando escuchó la campanilla de la puerta, que anunciaba la llegada de un cliente que superó las barreras iniciales del edificio. La bruja arqueó las cejas, con una expresión inquisitiva, y él sacudió la cabeza y se levantó. Los clientes se aproximaban.
—Si vieses algo más, algo importante, quiero decir, como un problema que ponga nuestras vidas en peligro, ¿nos lo dirías?
—Que lo sepan, no evitará nada. Pero lo haría, si no pensase que es mejor no hacerlo —Señaló, haciéndole fruncir el ceño, a lo que respondió con otra sonrisa pequeña—. Tranquilo, Harry, nada les va a pasar a mis dos amores mientras yo ande por aquí. Les quedan muchos años por delante.
Bueno, supuso que era lo mejor que podía esperarse. Asintió, le dijo que pasaría en un rato para preguntar qué quería comer y que, juntos, arrastraran a Draco fuera del laboratorio de pociones.
Cuando alcanzó la salida, un muchacho y una mujer joven acababan de correr la cortina y saludaban a Ze casi con veneración. Harry rodó los ojos y la dejó hacer todo su numerito de la vidente, cerrando tras de sí.
Tenía una incomprensible sensación de que la bruja no le dijo todo lo que podía. Pero se lo guardó para sí mismo.
Se encaminó hacia el fondo, a las escaleras que llevaban al segundo piso, y subió sin prisas. Arriba, todo era tranquilidad. Dobby, invisible, arrullaba a la cría de basilisco en brazos, como si fuese un bebé que acababa de comer y ahora le tocaba la siesta. Ella estaba adormilada cuando sacó la lengua para probar el aire y le siseó a Harry, con suavidad; él respondió dándole una caricia en un costado de la cabeza, de paso, para seguir hacia el laboratorio.
Tocó la puerta, con los nudillos, por mera formalidad. En su mayoría, él ni siquiera estaba pendiente de los ruidos, porque usaba silencios desde afuera. Luego entró.
Draco estaba inclinado sobre la mesa de trabajo, con al menos medio metro de pergamino al frente, la vuelapluma escribía a la misma velocidad que la pluma normal, que sostenía en una mano, en diferentes puntos del papel. Un aura negra lo rodeaba; no dio muestra alguna de reparar en su presencia. A poca distancia, un vial estaba roto, y goteaba un líquido espeso y de un violeta oscuro en el piso, que era recogido por un hechizo de limpieza que el elfo siempre renovaba cuando el laboratorio se quedaba solo.
Esperó un momento y él no se detuvo.
—¿Draco?
Otros segundos de trabajo exhaustivo, y luego, de improviso, Draco se erguía y las plumas dejaban de escribir. Él se quedó muy quieto, la Maldición oscilaba a su alrededor. Después se replegó contra su cuerpo y se esfumó por completo.
Apretaba el pergamino entre los dedos, estrujándolo con desesperación, cuando se volvió hacia él. Tenía una mirada frenética y estaba pálido. Harry quiso preguntarle qué pasaba, pero él se le adelantó.
—Lo tengo.
—¿Qué cosa?
—La desentrañé toda, ¡lo tengo! Sólo…sólo debo…
Cuando hizo ademán de caminar, trastabilló y pareció aturdido por su propio movimiento. Harry se acercó deprisa y lo sujetó, por los brazos, antes de que cayese. Draco parpadeaba, extrañado.
Al enfocarlo, tenía sombras negras en el gris de los ojos. La única respuesta que tuvo fue apenas una exhalación:
—Sé cómo quitarme la Maldición.
Pienso hacerme profesional en esto de poner finales muy 'wowowow' a los capítulos, por si no se dieron cuenta, jajaja.
Respondiendo a los comentarios: ¡dos personitas me descubrieron! Amo esa película. Cuando la pasan, yo tengo que verla, es algo que está más allá de mí. Pero, en serio, no fue consciente, no se suponía que la escena resultase así ni siquiera, pero quedó y la dejé ¿?
xonyaa11. adoro tu teoría, es lo único que diré.
Murtilla. La verdad es que, muy probablemente, algunos Inefables incluso sean clientes de ellos, jajaja. ¿Cómo decírtelo? El Departamento de Misterios existe por y para casos inusuales, y estos dos lo son, no cabe duda. Además, con la cantidad de cosas 'extrañas' que mantienen en la tienda, podría decirse que son 'intocables' hasta cierto punto. Ni ellos se acercan al Ministerio, ni los del Ministerio a ellos. Y en particular, en la ciudad en que está ambientada (y por lo que hago especial énfasis en eso), la magia oscura está a otro nivel, y las reglas son diferentes o no aplican como deberían. ¡Lo siento! La pregunta sobre Draco te la debo ¿? los spoilers son malos, y esa respuesta podría tener uno.
Lo de la magia es una cosa muy interesante, en realidad. La teoría en el canon, indica que para hacer pociones y runas, debes tener magia; un muggle no puede hacerlas. Si las pociones necesitan ser realizadas por un mago o bruja, pero cualquiera puede beberlas o modificarlas, sucede lo mismo con las runas. No es que la utilizó 'libremente', aunque lo parezca. Draco hace runas precisas para un propósito, y si Harry no le tuviese el nivel de confianza que le tiene, nunca hubiese funcionado. Digamos que lo 'ayudó' sin darse cuenta, jajaja.
Sé que aman a la 'cosita horrenda', yo también la amo; calma, hay una sorpresa o dos relacionada a ella para más adelante.
Como siempre, ¡muchas gracias por leer y por el apoyo a la historia!
