Just Nature


Notas de la Autora: Dicen que a la tercera va la vencida... ô_o

soyunax: ¿Verdad? Hasta yo pienso a veces que la cosa va lentísima por su culpa. ¡Maldita sea! Si te soy sincera, la idea básica de este fic era que Seifer y Quistis estuviesen todo el rato dándole al tema, y que para conseguirlo Seifer solo tenía que convencerla para probar suerte con él. Pero a medida que escribo me doy cuenta de que algo así no puede forzarse sin más. Y las situaciones han de ir llegando de manera natural para ellos. Y bueno, Quistis es como es.


CAPÍTULO IX: ¡PARA!


Sus tacones sonaron enfurecidos hasta que el ruido de la cafetería los ahogó y silenció. Miró a su alrededor, y vio que casi todos estaban sentados en la mesa de siempre, seguramente preguntándose dónde estaba ella. Al fondo, en otra mesa también conocida, podía distinguir la gran forma de Trueno, y el destello plateado del pelo de Viento a su lado. Miró hacia el mostrador, y otra figura conocida llamó su atención. Una pequeña arruguita se formó entre sus cejas cuando frunció el ceño, y se dirigió hacia él con paso decidido. Se colocó a su lado, y lo empujó con el codo para apartarlo, mirando directamente hacia la camarera. Lo oyó exclamar, enfadado, y miró después hacia él como si no se hubiese dado cuenta hasta entonces de que estaba ahí.

- ¡Oye, ten cuidado! - exclamó Seifer, sacudiendo su manga derecha, sobre la que había caído gran parte del vaso de zumo que acababan de darle. Quistis miró de él a su manga, y después sonrió con malicia.

- Oh, ¿te he manchado? - le dijo, con un tono de disculpa ridículamente falso – Supongo que ahora ya estamos empatados.

Sonrió de nuevo, y Seifer sintió algo de calor en su cara mientras la miraba muy serio. Quistis se giró hacia la camarera, ignorándolo, y comenzó a pedirle su desayuno.

- Oye – le dijo, cuando la trabajadora se alejó para servirle -, lo siento, ¿vale?

Quistis se giró hacia él con una mirada gélida y severa, y Seifer se quedó callado de inmediato.

- ¿Vas a decirme que la próxima vez no la cagarás? - le preguntó. Él le aguantó la mirada, y la camarera apareció con una bandeja con tostadas, mermelada y café – Eres el mismo de siempre, todo palabras y nada de resultados.

Agarró la bandeja, y comenzó a caminar hacia su mesa.

- ¡Quistis! - exclamó detrás de ella, girándose para seguirla.

- Déjame tranquila, Seifer – le advirtió, cuando estaba a pocos pasos de los demás.

Rinoa e Irvine los miraban sorprendidos, y todos se quedaron en silencio cuando Quistis se sentó en una silla vacía y prácticamente estampó su bandeja sobre la mesa. Justo después de la bandeja de Quistis vino la mano de Seifer, y Zell dio un saltito sobre su silla y lo miró asustado, mientras él y Quistis se aguantaban la mirada como si solo con eso pudiesen matarse.

- ¡Te he dicho que lo siento! - exclamó Seifer, y Quistis achinó un poco más los ojos y cogió una de las tostadas, comenzando a untarla de mermelada sin dejar de mirarlo.

Zell la observó con una mezcla de miedo y asombro, mientras veía la mermelada resbalando de la rodaja de pan y pringando el plato que había debajo. Evidentemente, hacer algo así mientras no miras hacia tus manos, no suele ser lo más acertado.

- ¿Tampoco has metido aquellas cosas en el almacén? - preguntó Aura.

Quistis soltó una carcajada justo después, y la miró con una sonrisa irónica.

- No, al final lo dejó todo tirado en el pasillo – le contestó.

Seifer arrugó un poco la nariz, con rabia, y se sentó en una silla junto a ella, mientras Quistis comenzaba a comerse su desayuno.

- ¿De qué hablan? - le preguntó Irvine a Zell, sin entender nada, y este se encogió de hombros.

- ¿Ha pasado algo? - preguntó Rinoa, y Quistis la miró muy seria, como si no hubiese sido consciente de que estaba allí hasta aquel momento.

- Nada – contestaron ella y Seifer a la vez.

Ambos se miraron con el ceño fruncido, e Irvine comenzó a reír de repente.

- Quistis le pidió a Seifer que guardase unas cosas en un sitio – le dijo Aura a su madre -, pero Seifer no lo ha hecho.

- Lo haré... esta... noche... - dijo Seifer, muy despacio, e intentando no levantar la voz.

Quistis dejó escapar una risita incrédula, y Seifer apretó las mandíbulas, cogió aire, y se tragó lo que quedaba de aquel zumo de una sola vez, intentando no respirar para no notar su sabor.

- ¡Quistis! ¡Menos mal! - exclamó de repente una voz tras ella. Se giró para ver a Squall con algunos papeles en las manos, y él se los tendió antes de continuar hablando -. ¿Dónde estabas? Es súper urgente, hay que salir esta misma tarde.

Quistis miró aquel contrato, y después se lo devolvió.

- Me he quedado dormida – dijo sinceramente. Había pasado gran parte de la noche desvelada por la rabia, y ni siquiera había oído el despertador cuando había sonado aquella mañana -. Hoy no puedo – añadió inmediatamente después.

Se giró de nuevo hacia su desayuno, dándole la espalda a su comandante, y dio un largo trago a su taza de café. Squall la miró extrañado, y después miró hacia el resto de comensales de aquella mesa.

- Seifer... - dijo, mirándolo y tendiendo el contrato hacia él.

- Tampoco puedo – le dijo, sin mirar siquiera las condiciones de aquella misión.

El muchacho frunció un poco más el ceño, y movió sus ojos un poco más hacia la izquierda.

- ¿Zell? - preguntó, mirando hacia el muchacho que masticaba un inmenso trozo de bizcocho de chocolate.

- Esta noche hacen dos por uno en pizzas – dijo, con aire serio y rotundo.

Squall asintió, y después le tiró el contrato a la cara.

- Sales esta tarde, prepáralo todo o te bajaré dos rangos de SeeD – dijo simplemente. Después se giró hacia Aura, ignorando las quejas de Zell – Hoy te toca clase conmigo, ¿estás lista?

Aura sonrió y asintió enérgicamente, enseñándole la mochila que ya tenía preparada junto a su silla.

- Pues vámonos, que si no llegaremos tarde – le recordó.

La pequeña miró hacia el resto de la mesa, como queriendo despedirse de ellos, pero la expresión en la cara de Quistis y Seifer la hizo dudar. Finalmente se acercó a Rinoa para darle un beso en la mejilla, y ambos se fueron sin decir nada más.

Zell comenzó a apurar lo que quedaba en el fondo de su vaso con una pajita, mientras intercambiaba una mirada tensa con Rinoa e Irvine. Quistis y Seifer miraban hacia el frente con el ceño fruncido, ella apretando mucho las mandíbulas mientras masticaba su tostada, él moviendo una pierna de manera nerviosa mientras le daba vueltas al vaso vacío sobre la mesa.

- ¡Xian!¡Por fin! - Oyeron exclamar a Selphie cuando llegó - ¿No os parece como si llevase capítulos sin aparecer?

Todos la miraron sin entenderla, y ella sonrió y movió la cabeza de lado a lado como si fuesen bobos.

- Quiero decir que llevo días desaparecida organizando cosas – dijo, sentándose - ¿Qué tal, chicos? ¿Cómo va todo?

Tenía una inmensa sonrisa que iluminaba todo su rostro, y aquella imagen contrastaba fuertemente con las expresiones de los demás.

- ¿Qué haces tú desayunando con nosotros? - preguntó un segundo después, mirando hacia Seifer.

Todos se giraron hacia él, y Seifer movió los ojos a su alrededor, de uno a otro. Finalmente se levantó de la silla, arrugando la nariz.

- Eso mismo digo yo... - murmuró, y se fue con paso ligero.


Dio los tres últimos pasos con los ojos cerrados, y después se quedó de pie frente a su puerta. Llenó los pulmones de aire, abrió los ojos y golpeó la superficie de madera con los nudillos.

Esperó pacientemente durante casi un minuto, y cuando la puerta se abrió por fin, la mirada de Quistis le dejó más que claro que aún continuaba enfadada con él. Sin embargo estaba vestida igual que las dos noches anteriores, y parecía que acababa de salir de la ducha, así que suponía que no estaba lo suficientemente enfadada como para no querer intentarlo una tercera vez.

- ¿Puedo pasar? - le pidió él, en un tono tranquilo.

Lo miró durante varios segundos con el mismo aire severo, pero finalmente se apartó de la puerta y le dio la espalda, dirigiéndose hacia la cama.

- Acabemos con esto de una vez – le dijo, y apagó la luz.

Seifer se quedó de pie, con la puerta aún abierta tras él, y la observó tumbarse en la cama y acomodarse sobre las sábanas. Se llevó ambas manos a la nuca y colocó su pelo sobre la almohada para que no le molestase al moverse, y después movió sus manos hacia sus pantalones, como si fuese a quitárselos. Antes de hacerlo miró hacia él, y le hizo un gesto impaciente con las cejas.

- Cierra la puerta – le dijo.

Él obedeció, cerró la puerta y echó el pestillo, y comenzó a quitarse la gabardina y los pantalones.

Sabía que no serviría de nada disculparse de nuevo, ni decirle lo mal que se sentía por cómo había acabado la noche anterior, ni tampoco intentar explicarle por qué no había sido capaz de aguantar hasta estar dentro de ella. Así que ni siquiera intentó hacerlo. Terminó de quitarse la ropa interior, y se acercó a la cama poco a poco. Cuando llegó a ella, se apoyó con una rodilla sobre el colchón, y se acercó gateando sobre las sábanas. Tocó una de las rodillas de Quistis con su hombro derecho, y esperó un segundo hasta que ella la apartó, después se movió sobre su cuerpo para acabar una vez más sobre ella, sin llegar a tocarla.

- Es tu último intento – le dijo Quistis -. O lo haces bien, o se acabó.

Seifer frunció el ceño, y cogió aire lentamente. Nunca había llevado demasiado bien aquello de seguir órdenes, y el tono de ultimátum de aquella frase no hacía si no provocarlo.

Se llevó la mano derecha a la entrepierna, y comenzó a moverla como siempre había hecho, empezando poco a poco y con suavidad. Sonrió levemente, pensando en lo básico que podía llegar a ser. A pesar de la situación, la tenía dura como una piedra.

Quistis lo observó en silencio, y durante varios minutos esperó pacientemente. Una parte de ella había esperado que Seifer le contestase alguna tontería o se defendiese, pero en el fondo agradecía que no hubiese sido así. Lo que había ocurrido la noche anterior la había hecho sentir frustrada y furiosa. No solo porque no había conseguido de él lo único que le interesaba, si no porque sentía que nada de aquello estaba funcionando por su propia culpa.

Llevaban dos intentos en aquellos tres días que ella misma había escogido como los más oportunos, y aunque sabía que lo más sencillo habría sido dejar que Seifer lo hiciese como quisiera, también sabía que sería lo que más complicaría las cosas entre ambos. Permitir que Seifer disfrutase de aquello como quería, significaba permitir que a ella también pudiese gustarle, y en el fondo aquello era lo que más miedo le daba.

Lo oyó resoplar en voz baja, y sintió que se movía, incómodo. Apoyó la mano izquierda un poco más abajo, a la altura de su cintura, y agachó la cabeza intentando estirar un poco el cuello. Varios minutos después cambió aquella postura y se colocó de rodillas, erguido entre sus piernas.

- ¿Estás bien? - le preguntó Quistis al cabo de un rato.

Seifer dejó de moverse, y lo oyó llenar los pulmones de aire antes de contestar.

- Un poco incómodo – dijo sin más.

De nuevo se apoyó con una mano sobre el colchón, y volvió a empezar. No quería separarse demasiado de ella, porque sabía que así podía concentrarse un poco mejor en lo que estaba haciendo.

Un buen rato después, flexionó un poco el brazo, sintiendo el hombro algo entumecido, y Quistis movió sus manos para ponerlas de nuevo sobre su propio pecho, como si quisiera evitar que pudiese acercarse más de lo necesario. Sin embargo no lo hizo, se quedó a pocos centímetros de ella, con la cabeza algo inclinada hacia abajo. Podía sentir su aliento sobre sus manos, y Quistis tragó saliva volviendo su cara hacia un lado y cerrando los ojos.

- ¿Me dejas... apoyarme en la almohada? - le preguntó un buen rato después.

Quistis volvió a mirar hacia él, y guardó silencio unos segundos.

- ¿Apoyarte cómo? - le preguntó.

- La frente, o sobre el codo al menos - dijo -... El hombro me está matando.

Quistis podía sentir que el brazo izquierdo le temblaba, y también que al hablar su aliento tenía un deje metálico y como a dentífrico. Tragó saliva, dudosa. Quería decirle que no, pero el silencio que el muchacho había guardado durante todo aquel rato hacía que empezase a sentirse menos enfadada y más culpable.

- Joder, Quistis, no voy a hacerte nada raro – le dijo.

La oyó suspirar, y después notó que se movía bajo él, acomodándose.

- Vale... - dijo unos instantes después.

Aguantó la respiración cuando se echó sobre ella, sin llegar a apoyarse totalmente sobre su cuerpo, intentando no respirar el aire que había a su alrededor, y sintió que la almohada se movía cuando apoyó la frente a su derecha.

Casi un minuto después Quistis se vio obligada a soltar el aire intentando no hacer ruido, y frunció el ceño al volver a respirar, sintiendo que su olor la envolvía.

Es solo olor a jabón, idiota – se dijo a sí misma -. Usa el mismo que tú, todos en el Jardín usan el mismo.

Apretó los párpados, sabiendo perfectamente que nadie más olía así, y volvió a abrir los ojos cuando oyó la respiración entrecortada de Seifer justo en su oído. No estaba tocándola, pero estaba totalmente pegado a ella. Lo siguiente que sintió fue la mano de Seifer rozando la cara interna de sus muslos al moverse más cerca de su cuerpo, y movió sus manos para volver las palmas hacia arriba, apoyando las yemas de sus dedos sobre el pecho de Seifer, cada vez más nerviosa.

- ¿Estás... bien? - le volvió a preguntar un minuto después, sintiendo que su respiración y el ritmo al que movía su mano se aceleraban.

Seifer tragó saliva, y llenó sus pulmones recreándose en el aire cálido que había alrededor de su pelo. Era increíble el efecto que un mínimo de proximidad podía tener sobre él.

- Sí – contestó con una voz algo ronca.

Movió una pierna hacia abajo para que sus caderas quedasen un poco más cerca de las de ella, y al hacerlo la mano de Seifer rozó su ingle, y sintió que Quistis se tensaba bajo él. La muchacha tragó saliva, y apoyó sus manos sobre el pecho de Seifer con algo más de fuerza. Él apoyó la cara en la almohada, y Quistis levantó un poco la barbilla por tal de poder respirar mejor por encima de su hombro. Lo oía jadear junto a su oreja, y sintió un escalofrío recorriendo su espalda.

A ratos podía sentir su miembro rozando la entrada de su sexo cada vez que movía la mano, y se mordió el labio inferior intentando tranquilizarse.

Xian, que acabe de una vez... - pensó.

Recordó lo fácil que fue murmurarle algunas palabras la noche anterior, y durante un par de minutos Quistis se debatió entre volver a hacerlo y acabar lo antes posible con aquella situación, o esperar sin más.

- Piensa... en lo que viene después – susurró Quistis finalmente.

Sintió que Seifer se estremecía sobre ella al oírla, y se separó un poco de la almohada para poder coger aire.

- ¿Después...? - preguntó.

Lo oía susurrando justo en su oído, y de nuevo Quistis sintió un escalofrío recorriendo todo su cuerpo. Hablaba de manera entrecortada y forzosa.

- Cuando estés dentro – le dijo ella, girando la cara un poco hacia la suya. Sus labios rozaron el lóbulo de la oreja de Seifer, y lo oyó gruñir al mismo tiempo que sentía que empujaba lentamente entre sus piernas.

Quistis podía sentir un nudo en el estómago, al tiempo que contenía la respiración. Arqueó un poco la espalda, bajando las caderas y ayudándolo a entrar poco a poco en ella, consciente por primera vez del tamaño de su sexo.

- Xian... - murmuró él, sintiendo la estrechez de sus músculos apretada alrededor de su miembro.

Quistis cogió aire y lo mantuvo un instante en los pulmones, sintiendo que entraba en ella hasta que sus caderas se pegaron a sus muslos. Lo oyó gemir contra la almohada, y sintió que apoyaba el peso de su cuerpo sobre el de ella, y que movía sus dos manos hasta agarrarse a su trasero, apretando aún con más fuerza.

- Para... - gimió Quistis, sujetando al muchacho por una de sus muñecas, intentando que la soltase, y haciendo fuerza con la otra mano sobre su pecho.

Le había dicho que no la tocase, tan solo le había permitido acercarse lo suficiente como para estar más cómodo, no aquello. Intentó que quitase las manos de sus nalgas, pero él se aferró a ella con más fuerza todavía, embistiéndola con furia.

- Sei... - gimió, y volvió a morderse el labio.

Empujó más fuerte sobre su pecho, intentando que se apartase de ella, pero Seifer cogió su mano y entrelazó sus dedos con los de ella, inmovilizándosela contra las sábanas.

No se movía en ningún momento saliendo de ella, tan solo empujaba y después se relajaba un segundo antes de volver a empujar. La última vez que lo hizo prolongó el momento durante varios segundos, aguantando la respiración. Intentaba quedarse con cada sensación, como si pudiese grabar en su memoria cada instante. La forma de su cuerpo casi desnudo bajo el suyo, el olor intoxicante de su pelo, su respiración en su oído, sus dedos, apretando su mano igual que hacía él con la suya. Y la increíble sensación de estar dentro de ella.

Quistis cerró los ojos, apretando los párpados y las mandíbulas, e intentó por todos los medios mantenerse quieta. Sentía los dedos de Seifer sobre su trasero, y sus propios músculos en tensión, levantando las caderas contra las de él. Sentía el impulso de continuar moviéndose, de llevar aquello hacia algo más, pero no quería sucumbir a ello. Cuando Seifer se relajó un poco, pudo sentir que su miembro se movía dentro de ella con facilidad, empapado.

- Para... - consiguió susurrar, dejando de empujarlo hacia arriba para agarrarlo del cuello de la camiseta, evitando que se apartase de ella.

Seifer se quedó muy quieto, respirando con dificultad, y tragó saliva moviendo la cabeza hacia ella, intentando mirarla. Pero estaba demasiado cerca, y no había nada de luz que lo ayudase a distinguir más que su silueta.

- No salgas todavía... - le dijo después.

Seifer sintió que se le erizaba la piel, y se quedó tal y como estaba.

Quistis se mordió el labio, aún luchando contra aquella impaciencia, y cogió aire lentamente, intentando calmarse. Sintió que su sexo se apretaba de manera refleja, y oyó a Seifer aguantar la respiración hasta que ella consiguió relajarse un poco.

- Suéltame... - le pidió al cabo de un rato.

Había varias cosas que la habían hecho perder la concentración, y sentir su proximidad y sus manos sobre su cuerpo la habían excitado mucho más de lo que hubiese imaginado. Seifer le soltó la mano y el trasero, y se apoyó sobre el colchón con los codos a ambos lados de su cuerpo.

- Perdona – murmuró.

Se incorporó un poco, intentando no cargar todo su peso sobre ella, y cogió aire con algo más de calma.

- ¿A qué esperamos...? - le preguntó unos segundos después, un poco incómodo.

- A que... te relajes... - dijo ella, dejando claro al pronunciar aquella palabra que no se refería precisamente a su estado de ánimo.

Apretó de nuevo las mandíbulas, sintiendo que sus músculos volvían a actuar casi por voluntad propia, y Seifer aguantó la respiración durante un segundo más. Después dejó escapar el aire de manera pesada, y Quistis sintió que se movía un poco acomodándose sobre ella.

- Si con relajarme te refieres a que me desempalme, no vas por muy buen camino haciendo eso – dijo después, sonriendo.

Quistis frunció el ceño y le dio un leve golpe en el hombro.

- No lo hago a propósito, idiota – se quejó.

Cogió aire, y estiró un poco el cuello, levantando la barbilla e intentando pensar en otra cosa.

¿Por qué huele tan bien? - oyó en su cabeza, y frunció un poco más el ceño. Aquello no iba a servirle de nada.

- ¿Recuerdas todo lo que me quejé hace dos días sobre tus métodos? - le preguntó él un rato después.

Quistis volvió a llenar los pulmones lentamente, intentando evitar que su cuerpo hiciese cosas innecesarias, y asintió.

- Pues si te soy sincero... ha sido increíble – dijo riendo lentamente.

Quistis apretó de nuevo los párpados e intentó no estremecerse al sentir un escalofrío recorriendo su columna.

- Maldito seas – se quejó -. Deja de decir chorradas.

Hace demasiado tiempo que no estás con nadie, eso es todo – se dijo a sí misma, intentando justificarse.

Sintió que Seifer se relajaba sobre ella, y Quistis colocó ambas manos sobre su pecho intentando evitarlo. Volvió a hundir su cara entre su pelo, y sintió que acariciaba su cuello con la punta de su nariz.

- Seifer, para – le pidió, sintiendo que su pulso volvía a acelerarse.

- ¿Por qué? - le preguntó en un susurro. Se movió lentamente, empujando de nuevo entre sus piernas, con el miembro aún duro como la primera vez que entró en ella, y Quistis gimió, sintiendo que sus músculos volvían a tensarse – Sé por qué haces eso... - dijo con la voz entrecortada, sintiendo la fuerza que hacía alrededor de su sexo.

- Seifer... - gimió ella, empujándolo para quitárselo de encima.

- Sé que te gusta tanto como a mí – dijo, moviéndose esta vez hacia afuera, y después volviendo a entrar.

- ¡Para! - le gritó, y apretó sus muslos y arqueó las caderas para obligarlo a salir de ella. Después intentó golpearlo, y Seifer se apartó de ella, sujetándola por las muñecas.

Se quedó quieto, arrodillado entre sus piernas, mientras ambos respiraban con dificultad.

- Vete – le dijo Quistis.

Seifer sabía perfectamente que había tirado del hilo antes de tiempo. Y apretó las mandíbulas, furioso consigo mismo. Le soltó las muñecas, y Quistis dobló una pierna y le puso un pie sobre el pecho, como si fuese a echarlo de la cama de una patada.

- Vístete y sal de aquí – le dijo en tono furioso -. No hagas que me repita.

Seifer dejó escapar un bufido inconforme, y se levantó de la cama. Caminó descalzo sobre la moqueta, y estuvo a punto de caerse al pisar una de sus botas. Quistis lo oyó tropezarse, y cogió las sábanas que tenía debajo, rodando sobre ellas y cubriéndose al mismo tiempo. Después extendió la mano hacia la lámpara de lectura, y la encendió.

Seifer se giró hacia ella, y la observó durante un segundo. Estaba tumbada bocabajo, apoyando su cara sobre sus manos, y el pelo le caía lacio sobre los hombros y la espalda. Podía intuir perfectamente la forma de su trasero y sus piernas bajo las sábanas, totalmente desnudas, y frunció el ceño aún más furioso. Se giró hacia el sofá sobre el que había dejado su ropa, y la agarró de un tirón.

Quistis lo oyó vestirse, y pocos segundos después oyó la puerta de su habitación al abrirse y volverse a cerrar de un portazo. Solo entonces dejó escapar un gritito furioso contra la almohada, y llevó su mano derecha a su entrepierna.

- Maldito sea – gimió, mientras apretaba sus dedos sobre su sexo.

Aguantó la respiración, comenzando a moverlos describiendo pequeños círculos, y apretó los párpados hundiendo la cara en la almohada. Sentía su sexo empapado, y aunque le hubiese gustado pensar que era solo por lo que Seifer había dejado allí, sabía que gran parte de aquella humedad procedía directamente de su propia excitación.

- Maldito... - murmuró, con la voz entrecortada – hijo de...

Dejó escapar un gemido furioso, y aguantó la respiración durante los segundos que duró aquel extraño momento de éxtasis, y después gritó ahogando el ruido sobre la almohada, furiosa y frustrada.

Se tumbó de nuevo mirando hacia el techo, respirando con agitación, e intentó humedecerse los labios. Sentía la garganta seca, y el corazón a punto de salírsele del pecho.

Intentó dejar la mente en blanco, no quería pensar en nada de lo que había sentido ni de lo que había ocurrido en aquella habitación. Agarró la almohada, y tal y como había leído la colocó bajo su trasero, levantando un poco sus caderas. Supuestamente debía pasar así todo el tiempo posible, y durante varios minutos dejó la mirada perdida sobre las sombras que se proyectaban a su alrededor.

- Seré idiota... - se dijo al cabo de un buen rato, como si fuese consciente por primera vez del inmenso error que había cometido.

Seifer nunca te ha puesto las cosas fáciles – pensó para sí misma - ¿Por qué iba a empezar ahora?