Nueve.
No demoraron demasiado en llegar al hotel en que se estaban hospedando sus padres. Mientras se dirigían a ese lugar, Martín trataba de ordenar sus propias ideas para explicar a sus padres que tendrían que dejar la isla lo antes posible. No dudaba que ellos le fueran a creer, eso no lo ponía en duda. El problema sería que aceptaran dejarlos a él y a Diana en la isla, con el peligro que esta vez ambos desaparecieran con el resto de la gente.
A penas entraron en el hotel, se dirigieron hacia el comedor y se sentaron en una de las mesas, ordenando algo para comer. Hablaron sobre el viaje mientras esperaban la comida, ninguno hablando sobre lo que realmente les interesaba. Era como si hubieran llegado a un acuerdo silencioso de esperar hasta comenzar a comer.
-Sabemos que debimos haberte avisado que vendríamos- decía Gerald, sonriendo levemente –pero a nosotros también nos tomó por sorpresa la decisión. Fue muy… espontáneo.
-No los culpo- replicó Martín –los entiendo, si yo mismo tuve una reacción parecida al saber que Diana está viva, pero hay algunas cosas que ustedes no saben, que agravan un poco la situación, y complica que se queden aquí.
-¿De qué hablas?- preguntó Gerald.
Hubo un pequeño alto, en el cual le sirvieron la comida.
-Según Mom me dijo, después que Diana desapareció y yo me retiré del Centro, continuaron averiguando qué pudo haber pasado, y por lo que hemos observado ahora, creemos que esta isla es donde ocurrirá nuevamente.
-¿Cuándo?- preguntó Anne, bastante seria.
-Mañana en la noche- contestó Martín –no habrá luna, y ese es uno de los patrones que descubrieron en el Centro.
-¿Qué más les hace pensar que todo eso?- preguntó Gerald -¿tiene que ver con la presencia de Diana en la isla?
-Sí, y también con otro agente encontramos símbolos que coinciden con el pueblo donde Diana desapareció- asintió Martín –lo de la presencia de Diana y Ana lo consideramos una posibilidad, pero la verdad no tenemos idea qué papel juegan en todo esto… lo ideal sería que fuera sólo una coincidencia… pero a estas alturas, no creo demasiado en ellas.
Gerald y Anne se miraron por algunos momentos, y luego a Martín, que permanecía con los ojos pegados en el plato.
-¿Qué… quieres que hagamos nosotros?- preguntó Anne de pronto, tomando la mano de Martín y llamando su atención. Después de unos momentos de mirarla, sonrió levemente.
-Necesito que mañana mismo dejen la isla.
-¿Qué?, pero… ¿y ustedes?- preguntó Gerald, poco convencido –no podemos dejarlos aquí, y mucho menos ahora que está Ana de por medio.
-Sé que no suena bien- replicó Martín, buscando razones para convencerlos –pero si ustedes están aquí, no podré concentrarme en protegerla.
-Podemos ayudarte…
-No, papá, esto no es así- Martín negó varias veces con su cabeza –tengo a Marvin y a Jenny, que son del Centro, y también Mom estará al pendiente por si se necesitan más agentes… y seguramente van a mandar más.
-Pero…- comenzó Anne, no tan convencida como Martín quisiera.
-No quiero decirlo de esta manera, pero no necesito más preocupaciones- replicó Martín –si ustedes están en la isla, no podré concentrarme bien para proteger a Diana y a Ana. Estaré preocupado también en lo que podría pasarle a ustedes.
-Es que… simplemente no podemos abandonarlos…- murmuró Anne -¿qué tal si es que te ocurre lo mismo a ti ahora? ¿Y si ellas vuelven a desaparecer?
-Haremos lo posible para que no ocurra…
-No lo haremos- dijo Gerald –no volveremos a Canadá dejándolos a los dos aquí, con riesgo que vuelvan a desaparecer.
-No les pido que vuelvan a Canadá, simplemente que no estén en la isla- se adelantó a decir Martín –vayan al continente, quédense en un hotel mañana en la noche, y al otro día temprano vuelven.
-… ¿Y si ya no están?- preguntó Anne, con voz temblorosa.
-Es un riesgo que debemos correr- replicó Martín –y es mejor que ustedes estén fuera. Así podemos controlar mejor a Diana y a Ana, y estar atentos a cualquier movimiento que se realice, que tenga que ver con lo sucedido.
Por algunos minutos ni Gerald ni Anne hablaron. Martín esperaba a que dijeran finalmente qué iban a hacer, aún sabiendo que quedaba la posibilidad que pudieran mentirle.
-Por favor, se los pido por Diana… váyanse mañana al continente, ni siquiera les pido que dejen Chile… sólo no estén en la isla.
-…- Gerald parecía tener una lucha interna, y después de mirar fijamente a Martín por algunos minutos, finalmente suspiró, notándose derrotado –está bien, dejaremos la isla mañana temprano- Martín sonrió ampliamente, pero antes que pudiera decir cualquier cosa, Anne habló, y no se notaba tan contenta como Gerald.
-Pero, ¿de qué hablas?- le dijo ella, molesta -¿estás aceptando dejarlos solos?
-No tenemos otra alternativa- replicó Gerald, Anne miró hacia otro lado, cada momento más enojada –linda, es verdad lo que dice Martín. Seguramente en el Centro se deben estar preparando para mañana, y Martín estará mucho más tranquilo si nosotros no estamos aquí. Por más que queramos ayudar, seguramente seremos más una molestia, que otra cosa.
-Es que… no quiero volver a perder a Diana- dijo Anne, escondiendo su cara entre sus manos –no ahora que la he visto viva, y con una hija…
-Sé cómo te sientes… pero sólo nos queda esperar, nada más, y confiar que el Centro y Martín harán lo posible para traernos a Diana de vuelta a nosotros.
-Eso es verdad, mamá- asintió Martín, tratando de sonar lo más seguro posible. La verdad era que poco le faltaba para comenzar a temblar, más que nada por los nervios –te lo juro, haré lo que tenga en mis manos para traerla de vuelta.
Después de insistirle bastante, Anne aceptó ir al continente al otro día, y aunque Martín tuvo la impresión que primero aceptó para que la dejaran en paz, sabía que su padre era lo bastante insistente como para llevársela con él, aunque fuera en brazos o algo así. Anne había aceptado, sólo con la condición que volvieran a primera hora al día siguiente.
Martín, después de la conversación que había tenido con sus padres, decidió volver a la casona. Había decidido quedarse lo más cercano a Diana desde ese momento, temiendo que seguramente se manifestaría sobre ella y Ana la llegada del tiempo. A penas salió del hotel sintió que el frío lo rodeaba. Caminó rápidamente hacia la camioneta, pero a unos cuantos metros de ella, se detuvo.
Sobre el techo de la camioneta, habían dos búhos. Los quedó viendo unos momentos, y sintió un escalofrío cuando notó que ellos lo miraban fijamente. Por algunos instantes, no supo si acercarse o no. Lo ponía nervioso la manera en que lo miraban.
-Eh…- después que corriera un viento especialmente frío, decidió que tenía que hacer algo si es que no quería pasar más frío -… váyanse…
Uno de ellos sólo movió las alas, pero no hicieron ningún otro movimiento de querer irse o no. Después de unos momentos en que el rubio pensó qué tenía que hacer, se fue acercando poco a poco a ellos, observando cada posible reacción que pudieran tener. Estando a poca distancia de la puerta, Martín se detuvo cuando notó que los dos comenzaban a mover las alas. Después de unos instantes, se elevaron, y Martín estuvo a punto de agacharse, hasta que se dio cuenta que ambos se ubicaban en una rama de un árbol cercano.
Martín estuvo a punto de soltar un suspiro, eso hasta que notó que lo continuaban mirando con fijeza y sin disimulo. Tratando de ignorarlos (y también ignorando el nerviosismo que sentía en esos momentos), se subió a la camioneta y partió, tratando de olvidar lo antes posible el incidente.
Demoró unos pocos minutos en volver a la casona, sin poder quitarse de la cabeza lo extraño que actuaban el par de búhos con el que se encontró. Casi pasa inadvertido para él que, en un árbol cercano, estaban nuevamente.
Los quedó mirando unos instantes, tan sorprendido que detuvo su caminar.
-… Si están ahí, ya no creo que sea casualidad…- murmuró Martín, continuando su paso hacia la puerta y luego golpeándola. Quien le abrió fue María, que tenía una cálida sonrisa.
-Me alegra que llegaras- le sonrió la mujer, dejándolo pasar.
-Gracias- sonrió Martín, sacándose la chaqueta –está haciendo mucho frío allá afuera…
-Me imagino- sonrió María -¿cómo te fue con tus padres?- le preguntó, y al notar la mirada extraña que le dio Martín, sonrió mucho más amable –Rayén me contó que hoy llegaron a la isla.
-Ah, sí, entiendo- dijo el rubio, aún no convencido del todo –cenamos juntos, vengo de juntarme con ellos.
-Qué bueno que vinieran a la isla, ¿por cuánto se quedarán?
-Aún no lo sé, no creo que mucho tiempo- Martín se encogió de hombros, evitando cierta información.
-Muy bien… espero que uno de estos días puedan hacer un tiempo y venir, me gustaría conocerlos a ambos- dijo María –bien, muchacho, yo ya me iré a dormir…
-¿Cómo está Rayén?- le preguntó Martín, una vez que María había comenzado a subir por las escaleras.
-Está bien, pero cansada- contestó la anciana –podrías hablar con ella, definitivamente le hace bien tener otras actividades.
Martín sonrió levemente, mientras la veía subir las escaleras. Después de unos momentos, decidió ir a la cocina, en donde se prepararía un té y se iría a su habitación, a tratar de avanzar en su tesis… si es que podía concentrarse.
Mientras esperaba, recibió una llamada de Mom.
-Tendrás que quedarte con Diana, no la pierdas de vista- decía Mom al teléfono –dispuse de agentes en toda la isla, sobre todo en zonas cercanas donde ustedes encontraron las marcas.
-¿Qué pasará con Marvin y Jenny?- preguntó Martín, sintiéndose un poco más tranquilo al conocer los planes de Mom.
-Ellos serán apoyo tuyo más que nada- contestó –la idea es que tú estés con Diana, y que cerca de ustedes estén Jenny y Marvin, de observadores, para que sean capaces de comunicar si hay una emergencia.
-Ya veo…- murmuró el rubio –gracias, Mom.
-Estaré atenta, en caso de cualquier problema. Con Billy estaremos coordinando todo desde el Centro. Gran parte estará atento a lo que ocurra en la isla, no queremos más desapariciones, y mucho menos en un lugar con tanta gente, turistas o locales.
-Entiendo…
Martín se sintió más tranquilo después de hablar con Mom, pero aún así, sabía que difícilmente sería suficiente. Al menos estaban haciendo lo posible para poder detener la situación, y no sólo salvar a los habitantes de la isla, sino también a Diana y a Ana.
Martín no quería engañarse. Deseaba salvar a las personas, pero más deseaba que volviera Diana a su vida, que volviera a recuperar sus recuerdos.
-Hola- escuchó de pronto, y al mirar, vio a Diana –¿cómo te fue?
-Bien- contestó Martín –estuvo agradable- dijo –le agradaste a mis padres.
-¿Ah si? Pues ellos también me cayeron bien- sonrió Diana –son muy agradables, sobre todo tu mamá.
-Gracias… ¿Ana ya se durmió? ¿Quieres tomar algo?
-Sí, gracias. Dame un té.
-Como ordene, señorita.
Diana sonrió, y se sentó a la mesa, acompañada por Martín. Mientras tomaban el té, ambos se dedicaron a conversar tranquilamente, sobre cualquier tema que se les viniera a la mente. Martín le contó la extraña experiencia que había tenido con los búhos.
-… y cuando bajé de la camioneta, me di cuenta que me habían seguido- le decía Martín, ella escuchaba bastante interesada.
-Es extraño…
-Sí, y eso que no viste la mirada que tenían- dijo el rubio –si no supiera que son animales, te podría asegurar que sus miradas eran de humanos.
-Ah, eso…- Diana sonrió levemente –hay una leyenda que habla de eso.
-¿Ah sí? ¿Y qué dice?
-La gente dice que los brujos de la isla se pueden convertir en búhos- le contó Diana. Martín la quedó mirando con notable sorpresa.
-¿De verdad?- preguntó él -¿algo así como los vampiros en murciélagos?
-Puede ser- Diana se encogió de hombros –aunque considero que es más elegante un búho que un murciélago.
Los dos sonrieron, y después de un rato, Martín hizo lo posible por hablar de la posible familia de Diana en esa vida.
-¿Mis padres?- preguntó Diana, repitiendo la pregunta que Martín le había hecho algunos momentos atrás -¿qué quieres saber de ellos?
-¿Dónde están?- preguntó Martín -¿aún sigues teniendo contacto con ellos?- había aprovechado de preguntar porque justamente hablaban sobre Anne y Gerald, más que nada con la idea que eso podría ayudarlo a saber sobre lo que le había ocurrido.
-No, ya no…- murmuró Diana, bajando la mirada –la verdad, no recuerdo cuándo fue la última vez que hablé con ellos…
-¿Tenían problemas?- preguntó Martín, tratando de sonar casual.
-Sí, puede ser una de las razones…- murmuró Diana, encogiéndose de hombros –o quizás… simplemente dejamos de hablar. ¿Tiene que haber una razón específica para ello?
-No, claro que no…- contestó Martín, aunque por dentro pensaba todo lo contrario –no te molestes…
-No lo hago… y disculpa si es que fui agresiva, es sólo…
-No tienes que justificarte, entiendo que te incomode- dijo Martín, sonando comprensivo.
Habían pasado cerca de dos horas y tres tés más, y ambos decidieron que lo mejor era irse a dormir. Se demoraron muy pronto en dejar la cocina limpia, ordenándola en silencio. Mientras lo hacían, Martín miraba de reojo a Diana, sin poder evitarlo.
Estaba muy cerca de él, pero a la vez lejísimo. Sonaba demasiado cliché, pero era verdad. Ellos eran hermanastros, habían compartido todo desde que eran niños, y ahora, después de estar separado por cerca de cinco años, la tenía con él nuevamente, aunque en circunstancias que le costaba asimilar. Tenía que simular que no la conocía, siendo que prácticamente se había criado con ella.
Tenía que mostrar que sólo la conocía de hacía una semana, siendo que la verdad era que hacía años que estaba enamorado de ella.
Martín sabía que en cualquier momento esa situación no podría sostenerla, por más que lo intentara. Y justamente, ese fue el momento.
Cuando Diana se despidió de él con una tímida sonrisa, él hizo un movimiento que no esperaba. Fue inconsciente.
Tomó su mano y la acercó a él, besándola. Pudo sentir que ella tembló un poco con el primer contacto, pero que después de unos momentos, le correspondió. Está de más decir la cantidad de sentimientos que fluían por el cuerpo de Martín.
Casi sin darse cuenta, y sin romper el beso, la tomó por la cintura y la atrajo más a él, profundizando un poco más el contacto. Y fue eso mismo lo que la hizo reaccionar.
Diana se alejó de él bruscamente, completamente colorada, lo bastante nerviosa como para tartamudear. A penas vio su rostro, Martín se dio cuenta que había cometido un error al dejarse llevar.
-Diana…- comenzó, pero fue interrumpido por ella.
-¡Deja de llamarme así!- exclamó, y Martín se dio cuenta del error –yo soy Rayén, y no tengo idea quién puede ser esa tal Diana.
-Escucha, lamento la confusión… y perdona lo del beso…- lo último casi fue un murmullo –no se qué me pasó…
-Está bien, déjalo hasta ahí- Diana lo detuvo, su voz temblaba –sólo… no te acerques a mí otra vez…
-Como quieras…- suspiró Martín –es sólo que… quiero que sepas que de verdad eres especial…- murmuró, sin encontrar mejores palabras para decir lo que sentía, sin que revelase todo lo que ocurría.
-…- Diana lo quedó mirando unos momentos, y luego dio media vuelta –escucha… yo también considero que eres especial, como dices tú, pero piensa en la situación que estamos. Tú te irás, seguramente no te costará encontrar novia en donde vives, esto… no tiene futuro, y ya tengo demasiadas responsabilidades como para agregar otra cosa más.
No esperó a que contestara. Rápidamente subió la escalera y se fue a su cuarto, cerrando la puerta detrás de ella. Martín se quedó unos momentos de pie a un lado de las escaleras, y luego subió lentamente.
No podía creer que hubiera arruinado todo en ese momento.
¡Hola a todos! Espero que estén súper bien, y también que les haya gustado el capítulo.
Agradezco mucho a los que me dejan comentarios, estoy contenta porque no pensé que tendría tantos con este fic, viendo que este fandom es tan lento. En fin, gracias a Letifiesta, Saiya6CIT, Pacífica Casulle, Lil, Mar, Holly y Carmen (la historia aún no termina, será indicado cuando lo hagas y te aseguro que te darás cuenta muy fácil, jejeje)
Bueno, eso. Espero sus comentarios, que estén bien.
