¡Hola de nuevo! quise recompensarlos con una nueva vida debido a mi ausencia el fin de semana. Quiero agradecer a fierainquieta que me sugirió que Haruka fuera quien cayera rendida ante Michiru. Espero que sea de tu agrado :) Muchas gracias a todos los que siguen este escrito. ¡Un Saludo a todos!
IX. Canto de Obsesión
El nacimiento de la princesa heredera del Milenio de Plata fue un acontecimiento que reunió a todas las custodias del sistema solar tanto interno como externo. La noticia fue bien recibida por todas las guerreras. La celebración era de corte elegante, las soberanas de los planetas lucían hermosos vestidos, todas a excepción de Uranus.
Uranus era diferente.
La señora de Urano vestía con un traje elegante digno de cualquier Rey. Sentía que los vestidos, los peinados ostentosos y el maquillaje no eran para ella.
Uranus no era una mujer clásica de la realeza. Ella disfrutaba de las batallas, disfrutaba del furor de la guerra.
Haruka de Urano simplemente no encajaba en ningún estereotipo.
A la corta edad de los quince años fue la primera princesa de su generación en tomar el poderío de su dominio tras la caída de su padre en batalla. Uranus había nacido cuando el planeta había alcanzado su temperatura más baja, por eso mismo, su padre de inmediato supo que su primogénita estaría destinada a la grandeza.
Era terca, orgullosa y desafiante, cualidades que contrataban, pues también era simpática y sensible. En las reuniones en el Palacio de Cristal era ella quien más destacaba. A los ojos de la Reina Serenity era como un diamante que necesitaba ser pulido.
Uranus era dueña también de un enorme y valeroso corazón. Cuando tomó el poderío del planeta Urano demostró tener la suficiente madurez para llevar el peso de la corona. El exceso de poder no representó obstáculo alguno. La soberana podía ser obstinada pero también era generosa.
La Reina de Urano era contradictoria. Así como muchas veces quería otras veces desechaba todo a la basura. Así como era hombre también era mujer. La fuerza de lo masculino y lo femenino encarnada en la soberana de cabello rubio.
A los dieciocho años Uranus había entendido que muchas veces la violencia era la solución para algunas situaciones. Más allá de eso procuraba mostrar prudencia al ejercer el poder que le fue concedido. Pese a las sin fin de batallas que tuvo que librar para mantener a raya a los enemigos que invadían el sistema solar, sabía reír. Algunas veces se abstuvo de llorar por orgullo, algo que había heredado de su padre.
Haruka de Urano también sabía amar, aun que veía el amor como una prohibición. No era porque no creyera en el sino porque sus responsabilidades con el reino Uraniano y el Milenio de Plata iban en primer lugar. Al menos esa era la excusa que ella usaba para evadir la realidad; le estremecía la idea de sentir que entregaba a otra persona la oportunidad de atar sus alas y dañarla.
No obstante cuando se levantaba de un humor especialmente optimista no perdía de vista la posibilidad de encontrar a su alma gemela. Ese amor con toques de dulzura y picardía, ese amor que peleara con ella por su constante cambio de emociones y que buscara la reconciliación a través de besos cargados de seducción. Ese amor que la quisiera siendo hombre o siendo mujer.
Uranus era diferente. Ningún hombre o mujer de Neptuno se le asemejaba y por eso los ojos azules de la Reina Neptune estaban fijos en ella.
En aquella celebración, la rubia no resaltaba, procuraba pasar inadvertida. Sin embargo su atractivo andrógino llamaba toda la atención y el viento estaba presente donde sea que ella estuviese. La gente sabía que Uranus estaba cerca cuando sentían el viento jugueteando con sus cabellos. Todos en la reunión de la Neo Reina sabían quién era ella.
Le fascinaba, le gustaba a la Reina de Neptuno. No la conocía por la cantidad de temas de conversación que giraban en torno a ella, tampoco la conocía por la fanaticada femenina que se despertaba cuando estaba presente. Neptune había percibido el céfiro que la acompañaba, había percibido su aroma, había visto su espíritu. Cuando Michiru de Neptuno hizo contacto con los ojos de Uranus sintió como hallaba lo que siempre había anhelado.
Neptune no era una virtuosa enamorada de una mujer poetizada como otras tantas. Neptune era una mujer extasiada por los susurros de la brisa que la rodeaba, una mujer que estaba complacida con su inspiración, inspiración que ella conocía muy bien. Más que la misma Uranus.
Cuando la celebración culminó por ese día, la Neo Reina invitó a todos sus asistentes a hospedarse en el inmenso palacio de cristal. Para su fortuna ella y Uranus iban a compartir habitación "Gracias, Majestad" Estimaba el gesto que había tenido Serenity con ella. El otoño había golpeado las frágiles hojas de los árboles, pero Neptune sabía que esa era la estación favorita de Uranus, pues era la estación en donde su inseparable amigo retozaba alrededor del Milenio de Plata. Ella prefería la primavera, por el resurgir de la vida y la frescura del agua.
También sabía que Uranus amaba el té de limón, durazno y jengibre. Mientras la escuchaba le había prometido silenciosamente que algún día ella le prepararía el mejor té de limón, durazno y jengibre que haya degustado.
-¿Qué más te gustaría contarme, Ruka-san?- Decir el diminutivo de su nombre se sintió como saborear un exquisito dulce.
Ella sólo se encogió de hombros y tras un breve silencio, añadió.
-Me gusta mucho la comida picante, pero en general la mayoría de alimentos son de mi agrado. Siempre y cuando pueda comerlo y tenga un buen sabor, ya sabes, a veces hay alimentos que no invitan a ser probados. – La joven Reina recordó la última vez que trato de cocinar algo por cuenta propia y un escalofrió recorrió su columna vertebral. Aquel estofado de conejo había terminado por convertirse en un caldo de ratón con un muy mal sabor.
La expresión en el rostro de Uranus provocó que Neptune riera con delicadeza.
Estaba al corriente de que Haruka de Urano cambiaba como el viento, no le agradaba la monotonía. Neptune sabía que esa noche ella querría volar, a la mañana desearía caminar y en la tarde preferiría correr. Así era la Uraniana y aun que Neptune la amaba por cómo era, temía que Uranus se fuera y no volviera más.
-Comprendo. –Habló la soberana de Neptuno tras recuperarse de su trance y Uranus le prestó toda su atención- Hay una comida que me gusta mucho…no recuerdo su nombre. –Hizo una pausa para mirarla a los ojos- Pero sé de qué planeta es. – Una sonrisa eléctrica se instaló en sus labios. La rubia levantó una ceja.
-¿De qué planeta es?-
-Urano. –
Uranus carcajeó por lo bajo y le dedico la más hermosa de sus sonrisas. Fue demasiado, ese rostro angelical, esa encantadora sonrisa, esos ojos magnéticos. Neptune era la mujer más paciente del sistema solar pero ahora no podía aguantar más.
La besó, bajo el brillo milenario del reino lunar, la besó. Atrapó sus labios en un dulce baile. Con suavidad, con cariño.
La Reina de Urano había bajado la guardia, fue sorprendida por esos labios con sabor marino y un indiscreto sabor picante. Se sintió avergonzada y el rostro le ardía.
-¡Por todos los cielos! N-¡Neptune! – Que hermosa expresión, sus cejas fruncidas, su rostro sonrojado y los labios fruncidos. Michiru de Neptuno la abrazó rodeándole el cuello. La rabieta de Uranus mermó con el simple contacto de su piel.
El corazón de Uranus latía como si hubiera corrido millones de kilómetros, la adrenalina de mil batallas corrían por sus venas. Por primera vez se encontraba enamorada y no sabía con qué tipo de espada hacerle frente. Neptune estaba próxima a descubrir que se sentía entregar lo mejor de ella al amor de todos sus sueños.
-¿Sabes?- Los gruñidos de Uranus se detuvieron cuando escuchó la melodiosa voz de la Reina de los mares – Eres mucho más de lo que cualquiera imaginaría. Cuando terminemos de celebrar el nacimiento de la heredera del Milenio de Plata ¿Te casarías conmigo? –
Uranus se atragantó con su propia saliva y como si fuera posible el rojo de su rostro se incrementó.
-O-Oye, espera ¿N-No estás yendo muy rápido?- La sonrisa de la peli aqua se incrementó. La señora de Urano suspiró, procurando calmar sus nervios – Bueno…es decir, no es un sí definitivo, me explico, s-solo déjalo ¿quieres?-
Neptune volvió a reír, después de todo, conocía tan bien a Uranus que ya sabía de ante mano su respuesta.
