CAPÍTULO 9: MALOS DESPERTARES
Los primeros rayos de Sol de la mañana despertaron al profesor de su profundo sueño en la cama del hotel. Los párpados le pesaban mucho mas de lo normal, había tardado horas en conseguir conciliar el sueño. Una punzante angustia se había apoderado de su pecho y le había tenido dando vueltas en la cama hasta altas horas de la madrugada.
No entendía, o mas bien no quería entender lo que le estaba sucediendo. Mil sentimientos confrontados le carcomían por dentro, y le preocupaba enormemente que este hecho pudiera afectar a su investigación.
Como en tantas otras ocasiones en el pasado la resolución del caso le aportaba una enorme satisfacción personal. Aunque en ciertas situaciones lo disfrazaba de solidaridad hacia los afectados su verdadera motivación era la autosuperación, la agradable sensación de sentirse capaz de resolver hasta el más complicado de los misterios. Sin embargo, esta vez había algo que le preocupaba mucho mas que alimentar su ego: la posibilidad de defraudar a Sarah.
Aletargado, consiguió levantarse de la cama con los ojos entreabiertos. Pese al intenso sueño podía sentir como la ansiedad le seguía oprimiendo. Se dirigió hacia el baño y se miró al espejo. Tenía el pelo alborotado, los ojos hinchados y unas marcadas ojeras fruto de la larga noche de insomnio.
- ¿Que te está pasando, Hershel? Céntrate. - Se dijo a sí mismo.
Desde que obtuviera el segundo indicador tras el cartel del restaurante italiano, había tenido la cabeza tan enfrascada en otros pensamientos "superfluos" que ni siquiera se había parado a pensar en su significado. En su estado de semi-sonambulismo no se encontraba en condiciones de pensar con coherencia, así que abrió la ducha y se metió dentro.
El tacto del agua caliente sobre su piel comenzó a aliviar tanto su ansiedad como su cansancio, y su bloqueada mente empezó a despertar de su letargo. Tan solo le quedaban unas horas para su "examen", y no sabía exactamente en que punto de la búsqueda se encontraba. Debía darse prisa.
Era su primera visita a Northsorrow y no tenía la mas remota idea de qué lugar podría ser "la sala del primer rey", tampoco recordaba haber visto nada en el mapa que le inspirase. Probablemente optaría por charlar con los vecinos del pueblo y escuchar sus sugerencias, lo que siempre le había dado buenos resultados en el pasado.
Pero antes se quedaría unos cuantos minutos mas allí adentro. Despejando su mente, disfrutando del calor de todos y cada uno de los chorros de agua que le masajeaban la piel, sintiéndose en paz… Hasta que unos estruendosos golpes en la puerta rompieron su pequeño momento de armonía.
- Mierda... - Masculló entre dientes. Incluso él, tan imperturbable en apariencia, perdía la compostura y los modales en ocasiones. Aunque procuraba que nunca hubiera testigos para verlo.
Rápidamente salió de la ducha y se puso el albornoz.
- ¡Ya voy! - Gritó con voz desganada.
Descalzo y aún chorreando caminó hacia la puerta y la abrió malhumorado, con semblante severo. Semblante que cambió radicalmente al ver quién se encontraba al otro lado.
- Buenos días. Ya veo que he llegado en mal momento. - Dijo Sarah sorprendida al verle así de empapado.
- Oh, no no, tranquila, ya... me estaba secando.
- Ya… - La chica echó un vistazo disimulado al charco que se estaba formando bajo sus pies descalzos e intentó contener la risa. - Bueno, solo te he picado para recordarte que es hoy cuando debes revelarme el escondite del medallón.
- No te preocupes, me acordaba.
- ¿Te parece bien si quedamos a las ocho en el restaurante del hotel? Preferiría hablar del asunto tranquilamente mientras cenamos.
- Si, a las ocho me parece estupendo. - Mintió piadosamente él. Realmente ninguna hora le parecía bien, ya que temía no descubrir el lugar a tiempo.
- Genial. ¿Te gusta el tequila?
- No acostumbro a tomarlo, pero claro que si. - Contestó extrañado.
- Es que me he traído una botella de México, y he pensado que estaría bien abrirla para celebrar tu triunfo. Les diré a los camareros que vayan preparando el limón y la sal.
Ambos se sonrieron. Vino, tequila… Layton empezaba a temer por su desacostumbrado hígado. No obstante, se sentía animado. Hacía demasiado tiempo que no se tomaba una copa por placer. No frecuentaba los bares, y la última botella de ginebra del mueble bar de su apartamento había desaparecido meses atrás: Había sido la compañera fiel que le había ayudado a olvidar.
- Me complace la idea de que confíes en que no voy a fallar, no obstante no me gusta adelantar acontecimientos. - Dijo preocupando defraudarla. - Lo haré lo mejor que pueda.
- No confío, sé que llegarás a buen puerto. Y a una mala siempre podemos emborracharnos para quitarnos las penas...
El planteamiento de la joven les arrancó una carcajada a ambos.
- Bueno, en el caso de que todo salga bien la experiencia de enfrentarnos al medallón con resaca puede llegar a ser realmente apasionante. - Bromeó Layton.
- Estoy totalmente de acuerdo. - Contestó ella divertida. - Bueno, entonces te veo a las ocho. No me falles.
La misteriosa mujer dio media vuelta y avanzó rápidamente hacia las escaleras. Layton no podía explicar cómo, pero en tan solo un par de días, y con todas las dudas que le surgían acerca de ella, Sarah se estaba convirtiendo en una especie de droga para él. Cada vez que estaba cerca conseguía que todas sus preocupaciones se esfumaran, y que sintiera algo parecido a eso tan lejano que él solía llamar felicidad.
- ¡Espera, Sarah! - Gritó antes de que la chica comenzara a bajar. - Te invito a desayunar, ¿te apetece?.
- Me encantaría, de verdad, pero tengo que ir a resolver un asunto urgente. - Le miró con ternura. - Lo siento de veras. Aún así… me dejo apuntado que me debes un sandwich. De pollo.
Pese a la negativa, había conseguido como siempre arrancarle otra sonrisa al taciturno arqueólogo.
Se despidieron y Layton volvió a entrar en la habitación. Tenía mucho trabajo por delante, y menos de doce horas para llevarlo a cabo. Desenmascarar a ese "primer rey" era el primer objetivo, y el escondite del Medallón Oscuro el destino final.
