Me senté en el sillón enfrente a donde estaba Sherlock, quien seguía esperando mi justificación.
-Yo, eh… recibí un mensaje de una fan, en el blog, que se preguntaba cómo te quedarían unas orejas de gato, porque se dio cuenta de que tenías unos comportamientos un tanto… felinos… Así que me pidió que retocase una foto por ella, para hacerse una idea, pero al final no se la envié…
Hmm. Bueno. Podía colar, ¿no?
-¿Y la has imprimido porque…?
¿Porque estás increíblemente sexy con esas orejas de gato?
-¡Porque quería enseñártela!
Gato, valiente hijo de puta. Hacía lo posible para ponerme de los nervios delante de Sherlock, la única persona en el mundo capaz de leer la mentira en tu rostro antes de que hubiese salido por tu boca.
El detective enarcó una ceja interrogante antes de echarle un último vistazo a la foto, dejándola en la mesa.
-Tus seguidores son muy raros, John.
-Ya, ya, eso me parece a mí también.
-Lo más gracioso es que compartas su opinión, sin duda.
-Sí, sin duda alguna.
Hubo un parón. Me di cuenta varios segundos más tarde de que me había distraído demasiado con la supuesta credulidad de Sherlock como para no darme cuenta de que estaba cayendo en una trampa.
De verdad, admiro muchísimo cómo este hombre consigue saber con tanta facilidad qué se te cruza por la cabeza, John.
Cállate, que todo esto es tu culpa.
¿Perdón, y eso?
Si no hubieses irrumpido en nuestras vidas nunca me habría planteado el comportamiento de Sherlock ¡y no habría acabado en esta situación!
Ni tampoco habrías sentido su piel bajo tus dedos, ni le habrías visto desnudo, no habrías sentido su olor ni acariciado su pelo, no habrías dormido, cobijado entre su calor… ¿Qué, también te arrepientes de eso?
Yo…
-¿John?
Sherlock me miraba, inquieto, desde su sillón.
No, no me arrepiento de nada.
Me levanté y me acerqué a mi compañero, tendiéndole la mano para ayudarle a levantarse.
-Tienes razón, Sherlock, estoy completamente de acuerdo con ellos.
Inclinó la cabeza hacia un lado, atento, pero sin llegar a interrumpirme.
-Tienes comportamientos felinos. Cuando Ches' apareció en casa le declaraste la guerra hasta que te cediese de nuevo el puesto dominante, inclinas la cabeza cuando estás atento, eres grácil, sigiloso, elegante… no puedo evitar darles la razón.
-¿Reconoces entonces que todo lo que ha sucedido desde la llegada del gato ha sido una experiencia?
Tal vez me equivocaba, pero creí distinguir un tinte de decepción en su voz.
-No, no todo, Sherlock.
Alcé mi mano y la enterré en su cabello, sintiendo cómo dejaba escapar un suspiro de agrado ante mi caricia. Le acaricié también con la otra mano hasta que Sherlock terminó apoyando su frente en mi hombro, con tal gesto de abandono que, sorprendido, detuve todo movimiento. Levantó los ojos hacia mí, su rostro a pocos centímetros, y no pude resistirme a los sentimientos que desbordaba su mirada. Había tanto afecto, tanto cariño que no lo pude evitar: atravesé la distancia que nos separaba y le besé.
En mi cabeza, Cheshire maulló de júbilo durante un segundo. Un solo segundo. Antes de darse cuenta de que Sherlock no me correspondía.
Me aparté suavemente para encontrarme con sus ojos de Bambi muy abiertos, ligeramente temerosos. Dio un par de pasos hacia atrás, con aire perdido, y acto seguido se dio media vuelta, marchó a grandes zancadas hacia su habitación y cerró la puerta – aparentemente con cerrojo.
-¿Sherlock?
Solo me contestó el sonido del violín.
Tal vez había cometido un error, después de todo.
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El sonido de la música no se detuvo hasta medianoche, y de repente se hizo el silencio de nuevo. La puerta no se abrió y yo no me levanté del sillón para llamar.
Dejé mi taza de té vacía en la mesa y me puse a reflexionar.
Había cruzado una frontera que Sherlock visiblemente no estaba preparado para atravesar, y la cosa había acabado mal. Pero aún se podía solucionar la situación; sólo tenía que darle espacio, alejarme un tiempo y esperar a que me llamase de nuevo.
Con la decisión tomada subí hasta mi cuarto, llené de ropa una bolsa de viaje y desaparecí silenciosamente del 221b de Baker Street, rezando para que no fuese algo definitivo.
En la sombra del sillón Ches' me vio partir con aire reprobatorio. Le recé al dios de los gatos para que Sherlock no lo dejase morir de hambre o algo así por puro egoísmo, y cerré cuidadosamente la puerta tras de mí.
No escuché la puerta de Sherlock abriéndose de sopetón. No escuché sus pasos en la escalera, buscándome por todo el piso, como tampoco escuché el dolor sordo que traslucían sus ojos, más perdidos que nunca.
No escuché nada porque estaba en las calles de Londres, volviendo a mi estado de soldado solitario de antes de que Sherlock irrumpiese en mi vida.
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Caminé durante gran parte de la noche, buscando aclarar mis ideas, hasta que al amanecer me detuve frente a un motel cochambroso donde pillé una habitación húmeda y desayuné la bazofia infecta que servían. Mientras me leí un periódico olvidado que había por la mesa, descubriendo que el caso del que hablaba Mycroft había sido resuelto incluso antes de lo esperado (y eso que lo mencionaban en un pequeño apartado en la esquina, al lado de la sección "sucesos", pasando casi desapercibido – no me extrañó. Así es como se comporta el mayor de los Holmes, tan discreto como siempre).
Malgasté la mañana en pasearme por el barrio del motel, intentando agudizar mis sentidos y mis dotes de observación. No me lo pasaba tan bien como con Sherlock, desde luego, y me aburrí insultantemente pronto del juego. No conseguía distinguir a las mujeres con un affair del resto, y si adivinaba que aquel hombre del abrigo verde tenía un perro era sin duda gracias al paquete de galletas para canes que llevaba bajo el brazo. Definitivamente, soy un alumno lamentable.
Sherlock se reiría de mí si estuviese aquí.
Pero no lo está, y tendré que acostumbrarme a ello. Suspiré y me encaminé de nuevo hacia mi habitación.
A dos calles de allí cuatro coches de policía habían estacionado frente a una tienda de comestibles. Me precipité hacia ellos, reduciendo mi paso poco a poco al acercarme, hasta detenerme a dos metros del suceso. No estaba con Sherlock. No tenía nada que hacer en una escena del crimen. Me disponía a dar media vuelta cuando una voz que no me apetecía absolutamente nada escuchar se hizo oír por encima del estruendo de las sirenas.
-Hombre, nuestro perrito faldero favorito. ¿Hoy no te acompaña tu friki?
-Hombre, hola, Sally. Yo estoy bien, ¿y tú?
-Hombre, hola, Sally. Ya veo que tu lado de perra amargada (NdT: OK, puede que en francés esta expresión sea un poco más soft, pero no creo que a nadie aquí le importe que insulte a Donovan, ¿verdad? Así que se queda en perra amargada) no mejora con el tiempo. ¿Es el hecho de ser la única mujer en tu brigada lo que te obliga a degradar a los hombres que hay a tu alrededor para no sentirte inferior, o algo así?
-¡Hijo de...! (NdT: puta)
No llegué a escuchar el final de la frase. Di media vuelta y me dirigí a mi motel.
Ya me sentía un poco mejor.
HÉHÉ insultar a Donovan siempre nos va a hacer sentir mejor.
Aaaaah, qué pasará, qué misterios habrá, cómo van a sobrevivir estos dos más de un día separados, CÓMOR. Ya descubriréis qué tal está viviendo la separación nuestro detective favorito la semana que viene. Os adelanto que tiene un ligero síndrome de abstinencia y no lo está pasando nada bien, el pobre. Cómo se te ocurre, John Boy.
chao pescao
