Bien, tuve que resolver un pequeño inconveniente… legal, así que no iba a sentarme a escribir hasta finalizar eso. Pero, ¡hey! Incluso de allí se sacan buenas ideas. Por otro lado, tomarme un par de días más me ha dado la oportunidad de cerrar tres sucesos muy importantes que no estaba seguro como resolver, en éste capítulo, el 9 y el 11. De ésta forma, la estructura del fic ha quedado redondeada y mentalmente finalizada en mi cabeza. Éste capítulo me ha quedado de quince páginas. Nuevo record.

Por otro lado, he estado pensando en hacer una serie de One-Shoots basados en éste universo una vez que el fic finalice, lo titularé "Zootopia: Evolución". Hay varias tramas o posibilidades que no he podido desarrollar más en el fic porque la cantidad de capítulos fue fijada por mí con antelación, y pretendí centrarme en no extenderme más de la cuenta (tenía contemplados solamente 2 más que podrían agregarse…y se agregaron) ¿Qué les parece la idea? ¿Les gustaría leer un poco más a modo de universo expandido?

Éstos serían algunos títulos o temáticas tentativos, deje éstos nada más para no spoilear:

–El fin de Zoogea (Los primates desatan la primera noche más oscura)

–Un encuentro que lo cambiará todo (Bellwether conoce a la Corte)

–Nuevo Génesis

–Un sueño, un final diferente

Vamos a las reviews.

SirDaniSkywatcher304: ¡Muchas gracias! Me alegra haberte causado eso como lector. Creo que si el final del capítulo anterior te asustó, éste lo hará aún más.

Darkness66: Nuevo Génesis tendrá una mención más, que por desgracia no podré abordar con mayor comodidad en éste fic porque alargaría demasiado la trama, pero si la propuesta de "Evolución" tiene buen recibimiento, lo haré. No te diré exactamente si has acertado, para no adelantarte nada. Espero que te guste el capítulo.

spectra1991: ¡Gracias! Espero que éste también te guste.

Clau.99: El ataque en efecto ya está planeado desde hace tiempo, como deje entrever en los otros capítulos. Ahora, veamos qué sucede con la Corte dado que en teoría, se encuentra acéfala. ¡Presiento que este capítulo te gustará! Un saludo.

Raven-Spiegelman: No fue exactamente eso a lo que me había referido, por suerte para nuestros personajes, sino todos los sucesos que ocurrieron en el capítulo, pero al menos han tenido un alivio entre tantos golpes. Ahora, veamos cómo siguen combatiendo a sus enemigos. Estate atenta a la cuenta regresiva…

Jeinesz06: Por eso es que hago tanto hincapié en el control de los medios de comunicación con los que cuenta La Corte. Recuerdo que cuando sobrevino la última y más sangrienta dictadura de mi país (Argentina), uno de los diarios más importantes y poderosos anunció tan campante que "El país ahora estaba en orden". Bueno, sobre los refugios, has acertado en tu deducción. La cuenta regresiva está inspirada en el "Reloj del Apocalipsis", te recomiendo buscarlo. Y sobre los fetos, no. La Corte considera a los híbridos una abominación precisamente porque temen que puedan superarlos, por eso mataron al único que había con vida, el cual John creo inspirado en Nick y Judy.

PRÓXIMA ACTUALIZACIÓN: SÁBADO 04/ DOMINGO 05 DE JUNIO


Capítulo 8: Eclipse

Quedan 60 horas para la noche más oscura

–Esto definitivamente no nos ha ayudado a encontrar el cuerpo de James Lowell – comentó Nick con frustración, mientras se reclinaba en el asiento de conductor de la nueva patrulla que Bogo les había asignado con los ojos cerrados.

Judy dirigió una mirada rápida a su pareja, centrando su atención nuevamente en conducir. Ella estaba siguiendo las pistas, tal y como su instinto le aconsejaba. No podía saber en qué estaba pensando Nick en esos momentos, pero estaba segura que se encontraba desorientado. Tal vez la visita que estaban por hacer les aclararía el panorama.

Finalmente, llegaron a donde debían. Ella había hablado con Bogo para que enviaran a dos agentes para que entrevistaran al editor del periódico La Gaceta. Según había dicho el breve testimonio de la reportera que fue brutalmente atacada en el departamento de la liebre desaparecida, su jefe había dicho que James ya no trabajaba más en el periódico, pero que si insistía en seguir haciendo preguntas, le iba a suceder lo mismo que a él.

En otro contexto, eso se hubiese podido interpretar como una amenaza de despido. Pero con la Corte habiendo anunciado tan campante por la televisión, sabiendo que ellos captarían el mensaje, ella no iba a tomar eso como una casualidad. Nunca creyó en ellas, y no iba comenzar a hacerlo ahora. Después del cambio de placas, Judy le contó todo a Bogo lo de los comerciales. La expresión de ira del búfalo había sido indescriptible: ordenó que varios de sus oficiales fuesen a las emisoras de televisión para saber de los contratistas que habían pagado por esos comerciales. Cuando volviesen a la comisaría se enterarían qué había sido de esa pesquisa.

Judy detuvo la marcha de la patrulla frente a una gran mansión, la cual Nick reconoció de inmediato, una vez que se percató dónde se encontraban. Uno de los osos polares que montaba guardia les permitió el paso hasta el estacionamiento una vez que los reconoció.

–¿Qué hacemos en la mansión de Mister Big? – preguntó, totalmente confundido.

–Necesitamos hablar con él –dijo Judy, quitándose el cinturón de seguridad luego de apagar la ignición del vehículo–, ya he arreglado la cita.

Bajaron ambos del vehículo, dirigiéndose a la puerta. Una vez allí, fueron escoltados por dos de los grandes guardaespaldas del capo mafioso. En la oficina, sobre el escritorio, iluminado por la suave luz que se filtraba a través del ventanal, estaba el criminal más temido de toda Tundratown.

–Mister Big – lo saludó Judy, recibiendo un beso en cada mejilla por parte de la pequeña musaraña.

–Mi niña –dijo él, alegre de verla–. Hola, Nick –extendió su mano para que él besara su anillo. Algunas cosas nunca cambiaban.

–¡Saluda a tu madrina, Judy! – escucharon la voz de Fru Fru quien era traída por Kevin, junto con su pequeña hija.

Las dos fueron depositadas suavemente sobre el escritorio, y la bebé musaraña saludó a la coneja con gran alegría. Esa visión derritió a Judy, quien le hacía pequeñas muecas y movía su nariz a causa de la emoción. Las crías siempre habían sido su debilidad.

–Entiendo que ésta visita no es solamente por cuestiones familiares –dijo Mister Big, dejando pasar un tiempo para que la coneja pudiera estar con su nieta.

–Así es, señor –respondió ella, dirigiendo una mirada a Nick, quien todavía no entendía a qué se debía el carácter de esa visita–. Suponemos que está al tanto de todas las novedades en relación a… La Corte.

–Estás en lo cierto, mi niña – respondió la musaraña, con solemnidad.

–Bien, hay algo que no se ha filtrado a la prensa, aún… ni creo que lo haga –repuso– están demasiado ocupados intentando arruinar nuestra reputación.

El mafioso asintió, con una mueca de disgusto. Parte de los esfuerzos por desviar la catarata de insultos y noticias tendenciosas sobre los dos oficiales se debía a los contactos de Mister Big, como él le había dicho durante la mañana, mientras concretaba la reunión. Sin embargo, le había dicho a Judy, que el poder que tenía sobre la prensa era minúsculo en comparación al que tenía la Corte. Le había sugerido que investigara a los accionistas mayoritarios de las cadenas, ese podría ser un buen indicio. Ella realizó esa indicación a los oficiales que iban a encargarse de ese asunto. Ella tenía otra preocupación en mente en esos momentos.

–Anoche, muy tarde –relató Judy–, nos topamos con algo que nos hizo comprender que la Corte sigue operativa, o al menos eso suponemos. Estaban transmitiendo su canción en forma camuflada en diferentes comerciales, ¿puede interpretarse eso como un reto, una forma de decirnos que pese a que tenemos a su líder, ellos siguen activos?

La musaraña pareció analizar lo que la coneja le acababa de decir. Ella difícilmente podía pensar en la misma forma que lo hacían los primates de la Corte, pero sentía que Mister Big sí. Ya los había ayudado en el pasado, y si no estuviese tan desesperada, no hubiera pedido su ayuda así como así. Finalmente, el don habló.

–Mi niña –dijo–, la Corte espera que ustedes no puedan descifrar sus misterios, o al menos, que no consigan hacerlo a tiempo. Ustedes se han vuelto muy peligrosos para ellos, por eso han realizado éste ataque sin cuartel a través de la prensa, son los únicos que han podido ponerlos en aprietos… sin embargo…

–¿Sin embargo? – preguntó Judy, intentando que el capo completara su idea.

–…piénsenlo de ésta forma. ¿No ha sido demasiado fácil la captura del miembro más importante de la Corte?

El mafioso debía estar al tanto. No se había filtrado información a la prensa sobre que el Juez Supremo hubiera sido capturado, pero ahora Judy sabía que él debió hacer sus propias averiguaciones, pagando gente de la comisaría, o tal vez con contactos políticos. No pensó en recriminarlo en ésos momentos, si aquello les servía.

–No puedo decir que capturar al Juez Supremo fuese fácil, Mister Big –replicó la coneja–, estuvimos a punto de morir en ello, y además cayeron seis babuinos con él… son sus asesinos, y por lo visto, sus guardias. Aún faltan otros miembros…tenemos entendido que un gorila al menos es su mano derecha, es posible que sea él quien lleve las riendas de la organización en éstos momentos.

–Es posible –reconoció la musaraña–, pero piénsalo, allanaron la guarida de la Corte en Tundratown… de todos los miembros, ¿no es extraño que el más importante se quedara a riesgo de ser detenido, cuando los demás han huido? La Corte no es una agrupación de familias mafiosas donde cada uno vela por sí mismo, mi niña. Dejar a la Corte acéfala hubiese provocado un estallido de violencia sin igual en toda Zootopia, porque hubieran estado desesperados por recuperar a su chimpancé…

Judy intercambió miradas con Nick. Comenzaba a sentirse nerviosa. ¿Qué estaba queriendo decirles Mister Big? Si ellos habían capturado al Juez Supremo, ¡era un chimpancé! Y los chimpancés son los únicos que… de pronto, reparó en sus propios pensamientos. Los

–¿Tenemos a un chivo expiatorio? – preguntó Judy, intentando encontrar la respuesta en los ojos cubiertos por las enormes cejas del pequeño animal.

–Si entiendo la forma de pensar de la Corte –comentó la musaraña–… llegar al Juez Supremo no pasar implicaría sobre un grupo de asesinos… sino sobre un ejército de ellos.

Ella se quedó mirando al jefe mafioso con la boca abierta, sin poder articular ninguna palabra. Miró a Nick, en sus ojos color esmeralda supo lo que estaba pensando. Debían volver a la ZPD, ahora mismo.

Judy se despidió apresuradamente, prácticamente arrastrando al zorro consigo. Se detuvo en cuanto escuchó la voz de Mister Big llamándola. Volteó a verlo.

–Mi niña… se ha anunciado una eclipse lunar en poco más de dos días… – Dijo, con severidad –, sabes lo que eso significa… ¿Yo estoy en la lista?

–Sí, señor B…–respondió ella, con pesar.


Mister Big observó a la patrulla desaparecer a toda velocidad por las heladas calles de Tundratown. Le dijo a Kevin que llevara a Fru Fru y a su nieta a sus aposentos. Pidió que solamente quedara Koslov con él. Cuando nadie más estuvo en la habitación, le habló a su guardaespalda de mayor confianza.

–¿Cómo se encuentra tu familia, Koslov? Hace mucho que no los veo –inició la conversación en forma casual –, ¿cómo está el pequeño Edgar?

–Muy bien, señor – respondió el oso polar en forma sincera–. Está muy agradecido por el regalo de cumpleaños que usted le envió.

–Me alegro – respondió Mister Big, con una sonrisa –… Me gustaría pedirte algo, porque es posible que sea el último servicio que me brindes.

El oso polar lo observó con extrañeza, sin parecer comprender muy bien a donde quería llegar su jefe. Él le habló con franqueza.

–Quiero que lleves a tu familia fuera de la ciudad, y protejas la mía. Llévalos contigo.

–¿Por qué, señor? – preguntó el oso, aunque en el fondo, sabía la respuesta.

–Porque la noche más oscura ya se acerca… – anunció –, y si mi instinto no me engaña, ellos matarán a todos mis allegados antes de acabar conmigo.

–¿No cree que la detective Hopps pueda con evitarla? – preguntó Koslov.

Mister Big se quedó en silencio, contemplando el vacío. Sopesaba todas las posibilidades. Conocía lo tenaz que era la coneja, sabía de sobra cuales eran sus capacidades. Sin embargo, ni siquiera la familia Big con toda su red podría vencer a la Corte si ésta decidiese declararle la guerra. Y ahora que estaba confirmado que él era parte de sus objetivos, no podía vislumbrar un futuro prometedor para nadie que estuviese allegado a él. Con gran pesar, contestó a la pregunta de su mano derecha.

–Sinceramente, no creo que nadie pueda evitarla.


La actividad se estaba volviendo intensa en un complejo subterráneo ubicado en el corazón de la ciudad, a más de diez metros bajo tierra, sólo accesible a través de dos pasajes específicos en la gran red de metro, camuflada estratégicamente para ser indetectable para quienes no conociesen la verdadera ubicación del lugar. Los animales iban de un lado a otro, transportando pesadas cajas de madera que contenían todo lo que iban a necesitar. Eran un total de veinte mamíferos de tamaño mediano, de pelaje marrón, faltando varios más aún. Algunos caminaban en cuatro patas, practicando su desplazamiento, mientras que el resto lo hacía manteniendo su postura erguida.

En el centro de aquel movimiento, se encontraba un enorme gorila de aspecto amenazante, vestido con licra color negro, que remarcaba aún más la masiva musculatura de su cuerpo. Éste rugía órdenes a diestra y siniestra. Nadie desobedecía a la mano derecha del Juez Supremo.

Eso por supuesto, era un pensamiento que hacía sonreír de satisfacción al chimpancé que observaba todo el ajetreo desde la comodidad de un palco vidriado. Vestido con un cómodo saco y pantalón de vestir, fumaba un caro habano traído directamente de la isla, uno de los pequeños placeres que se daba de vez en cuando. Como líder de la organización más poderosa de Zootopia, no podía darse el lujo de enfermar o ver mermadas sus capacidades, por eso evitaba cualquier vicio que pudiera afectar su salud. Las tradiciones de la Corte eran rígidas, él debía mantener el liderato de un gran grupo de babuinos a los cuales comandaba. Sin embargo, dada la naturaleza belicosa de sus soldados, de cuando en cuando debía reafirmar su autoridad venciendo al líder de todos ellos. Tras la muerte del último, había sido sucedido por su hijo, otro babuino de color plateado, más grande y fuerte. Tal como dictaban las tradiciones, lo había derrotado en combate, ganando así el control del ejército. No podía haber errores ni contratiempos ahora que estaban tan cerca del eclipse.

Ellos eran los animales más evolucionados de toda Zootopia, y también los más salvajes. Lo sabía, siempre fue algo patente en la cultura que desarrollaron cuando se vieron obligados a desatar la primera noche más oscura. Los tiempos habían sido diferentes en ese entonces, pero ahora la situación se estaba volviendo crítica para ellos. Dado su aislamiento, iban a quedar extintos como sociedad, convertidos en fósiles vivientes si es que no hacían algo. Y ese algo iba a suceder.

El Juez Supremo sonrió, dando una última calada al puro. Observó que tenía unos mensajes de sus intermediarios, así que bufó con fastidio. Ese oso negro de La Gaceta quería hablar con él. Haría que lo trajeran hasta su guarida. El editor conocía el procedimiento, no sabría en donde se encontraría ni cómo saldría. Era su mejor opción si lo que quería era salir vivo de allí. Por supuesto, lo tendrían vigilado una vez que lo soltaran, para evitar los cabos sueltos. Si los agentes de la ley presionaban demasiado a ese empresario de pacotilla, iban a tener que verse obligados a matarlo para evitar que hablara. No tenía ánimos para que se repitiera un incidente como el de James Lowell, la liebre que llevó a la policía a la guarida de Tundratown. No cuando el tiempo estaba tan cerca.

–Si supieran que han descubierto solamente una base, de diez – murmuró para sí mismo, con diversión. Ellos siempre estaban una vida entera delante de sus enemigos.

Dirigió su mirada hacia los babuinos. Allí estaba concentrado un porcentaje significativo de sus escuadrones, veintisiete de sus mejores asesinos. En concreto, el equivalente a un pelotón. De setenta que aún quedaban en activo, fuese que no estuvieran cautivos, o muertos. Suficiente para que la noche más oscura fuese recordada por siglos. Y para que el llanto de sus enemigos se quedara grabado en la memoria colectiva de Zootopia por toda la eternidad.


Quedan 56 horas para la noche más oscura

Nick tomó asiento junto a su compañera, frente al chimpancé que habían capturado. Lo único que los separaba era una mesa. Aún no tenían la confirmación, así que el Jefe Bogo estaba detrás del cristal polarizado, observando y escuchando todo. Observó al primate, vestido con ropas casuales que la policía le había proveído. Debía jugar bien sus cartas para hacerlo hablar. Solamente necesitaba un error, uno sólo, y ambos confirmarían lo que estaban sospechando.

El detenido llevaba dos horas en la sala de interrogatorio. En realidad, no era el procedimiento usual. Pero la policía estaba intentando quebrar su paciencia para darles el suficiente tiempo a los oficiales de armar sus preguntas y que éste abriera la boca. El tiempo no había sido en vano, habían podido encontrar una información muy interesante una vez que lo contrastó con los archivos que John les había proporcionado. En realidad, fue más bien una especie de búsqueda basa en instrucciones que él dejó en uno de los archivos de la memoria flash. Debía jugar sus cartas con cuidado.

–Señor Juez Supremo – le saludó Nick, con cierta sorna –. Tenemos entendido que no ha sido muy cooperativo con los agentes que lo han interrogado, ¿le hemos ofendido de alguna manera?

El zorro observó la reacción del chimpancé. Los gestos de su cara no transmitían nada, más bien, parecía estar hablándole a una pared. Su mirada se posaba tanto en él como en la de su compañera. ¿Buscaba intimidarlos, acaso? Pues no era buena estrategia: ninguno de los dos le tenía miedo. Nick reparó en su mano vendada, recordando cuando saltó a morderlo para salvar a Judy. En ese momento había sentido miedo e impotencia al sentir que ese sucio criminal iba a acabar con la vida de su amiga, su compañera y amante. Pero ahora mismo no podía darse el lujo de enojarse o mostrarse dolido a causa de esa acción, porque sería darle el control de la situación al chimpancé. Sin embargo, eso le dio una idea.

–Señor, usted sabe que lo mejor sería hablar con nosotros, está enfrentando cargos muy graves… y después de todo, yo le mordí la mano, no la lengua – comentó con sorna.

Notó que Judy dirigió una fugaz mirada hacia él, y luego al chimpancé. Éste se mostró visiblemente molesto por el comentario. Nick esperaba provocarlo lo suficiente para que hablara, los animales inteligentes por lo general tendían a realizar dos caminos en una discusión: animarla hasta las últimas consecuencias, o abandonarla. Él esperaba que se diese lo primero. Necesitaban que hablara.

–¿Sabe? – prosiguió Nick, observando ligeramente hacia la pared, antes de sostenerle la mirada al primate –. Me sorprende que alguien como usted haya vencido al líder de los babuinos. John Doe nos contó cómo es el procedimiento para elegir a quien ocupará el cargo de Juez Supremo… después de haber sido vencido por un zorro y una coneja, estoy seguro que el resto de la Corte no le volvería a tener respeto.

Una expresión de furia se marcó en el rostro del primate. Estaba comenzando a sacarlo de sus casillas. Eso era lo que el zorro mejor sabía hacer.

–Si le sirve de consuelo – Intervino Judy, al parecer comprendiendo el juego de Nick –, fui la primera de mi clase, al igual que mi compañero. Vencí inclusive a rinocerontes… Aunque dado el pobre espectáculo que usted dio, no creo que hubiese pasado las pruebas de obstáculos, siquiera.

–Se creen muy listos – Respondió, arrastrando las palabras, atrayendo la atención de ambos oficiales. Al fin habían conseguido hacerlo hablar–. Son sólo unos animaluchos que serán limpiados dentro de poco.

–¿Se refiere a la noche más oscura? – Preguntó Nick, con una sonrisa burlona –. Un nombre muy pretencioso, ¿no te parece, Judy?

–Totalmente ridículo – dijo ella, riéndose por lo bajo.

–Deberían despedir a su publicista, en verdad – El zorro alzó las patas, con gesto teatral –. Los animales más listos de Zootopia usan nombres ridículos, e identidades falsas. Sólo les falta corretear por las azoteas como los personajes de tiras cómicas, con su ropa interior por fuera…

–¡Suficiente! – gritó el chimpancé.

–Oh, ¿el pequeño monito se ha enojado? – inquirió Nick, usando un tono infantil en su habla –, ¿por qué no nos hablas de la Estrella de la noche?

Hubo un silencio. A juzgar por la mirada que el primate les había dirigido, no se había esperado esa pregunta. Significaba que lo tenían justo donde querían. Sin embargo, no le había dicho nada a Judy, así que agradecía en el alma que ella hubiese actuado con naturalidad cuando realizó esa pregunta.

–¿Cómo saben de eso? – preguntó, sin salir de su asombro.

–Cortesía de John – respondió Nick, sonriente –. El gran arma del fin del mundo de la Corte. El Juicio Final. En serio que son muy clichés, ustedes los primates.

–Supongo que sí – comentó el chimpancé –. Sin embargo, no debes de saber mucho de ello. De otra forma, no estarías tan tranquilo.

–Oh – exclamó el zorro –. Me falta poco por saber. Pero conozco lo fundamental: cómo desactivarla.

–Alardeas –respondió el chimpancé, intentando sonar seguro.

–OmegaAlfaLambda62535, ¿tiene algún significado para ti? – preguntó Nick, con seriedad.

El primate abrió los ojos con sorpresa. Intentó abrir su boca, pero no pareció encontrar las palabras que intentaba decir. Nick hizo una nota mental sobre uno de sus logros impensados: Dejar sin palabras a un chimpancé.

–Lo malo de trabajar con bonobos –comentó el zorro–, es que suelen tener muchos secretos. Y a veces suelen ser mucho más inteligentes que un chimpancé… hablando de ello, pareces estar muy al tanto de cómo funciona el mecanismo. Un líder de una organización tan avanzada como la de ustedes no suele tener conocimiento de estas cuestiones por simple lógica: la delega en alguien más. ¿Estoy en lo cierto?

–Parece que me descubriste – dijo el chimpancé, sonriendo –. No soy el Juez Supremo.

–Ni merecerías serlo, tienes una puntería horrible – intervino Judy, ganándose una mirada de desprecio del primate.

–Así que tu gran estrategia ha fallado – exclamó Nick en forma triunfal –. Hacernos perder el tiempo no es ya una opción para ti… tu mejor elección sería cooperar.

El chimpancé guardó silencio, cerrando los ojos. Ambos oficiales lo miraron expectantes. En realidad, no tenían mucha información. Nick había descubierto ese dato gracias a John, era cierto. Pero aún no tenía idea de cómo podría desactivar el arma de la Corte sin morir en el intento: según el archivo del bonobo, debía introducir esa contraseña para redirigir la secuencia de autodestrucción hacia las torres que contenían la mentada arma, la cual en realidad aún no sabía en qué consistía. Esa información le había asustado muchísimo, porque era la carta de triunfo de los primates, lo sabía muy bien. Si había entendido bien, John había creado una pequeña falla en el sistema que hacía que el mecanismo de autodestrucción se activara simultáneamente en todas las torres, pero para funcionar debía introducirse el comando desde la computadora central de la Corte. Y no tenía idea de donde se encontraba.

El chimpancé sonrió, y fue allí cuando comprendieron que no estaba dispuesto a cooperar. Tarareó aquella horrible canción de cuna. Ambos dejaron la sala de interrogación siendo acompañados por la melodía de la Corte.

Horas más tarde, Bogo no tuvo mejor suerte. Ni siquiera su intimidante presencia pudo provocar que el chimpancé, o alguno de los babuinos se dignaran a hablar de nuevo. Nick le contó todo lo que había averiguado sobre Estrella de la noche, lo cual no era realmente mucho en verdad. No sabían a qué se enfrentaban, así que localizar la computadora central de la Corte se estaba volviendo una prioridad para todos. El día terminó. Los medios se estaban poniendo cada vez más agresivos. Ahora no solamente atacaban a Nick y Judy abiertamente, sino que estaban reportando un incremento de la actividad criminal como nunca se había visto antes.

Durante toda la noche, y parte del día siguiente, tuvieron que desplegarse gran cantidad de unidades: disturbios, asaltos, agresiones. La ZPD estaba comenzando a ser llevada hasta su límite. Estaba agotadísimo, al igual que su compañera. Algunos de los oficiales habían sido heridos, nada grave por suerte, pero sin embargo, se los notaba cansados. Judy se quedó dormida en su escritorio, junto a la información que habían recolectado respecto a la Corte. Nick decidió que debía aguantar unas horas más.


Quedan 24 horas para la noche más oscura

No podía ver nada. Tenía sus manos maniatadas. El trayecto hacia allí había sido confuso, y en verdad tenía miedo. Estaba comenzando a sentir claustrofobia en esos momentos, así que fue un gran alivio para el editor de La Gaceta que le retiraran el saco negro que cubría su cabeza, permitiéndole respirar más a gusto. Su visión comenzó a adaptarse rápidamente a la luz blanca que iluminaba la sala donde se encontraba en esos momentos.

Pudo distinguir una figura frente a él, una de tantas, sentada en una elegante silla de cuerpo. Una que él conocía, pero que había visto en contadas ocasiones.

–¿Adam? ¿Adam Palance? – preguntó, captando la atención del primate que se hallaba de espaldas en esos momentos.

–No te he autorizado a dirigirte a mí con mi nombre – respondió la profunda voz del chimpancé.

–Lo siento, pero… debía estar seguro –se justificó el oso negro–. Los últimos informes habían dicho que habías sido capturad…

–No sería tan imbécil como para dejar que me capturaran ahora que estamos a tan pocas horas de la noche más oscura – le dijo con cierto aire de júbilo en sus palabras.

El oso tragó saliva. Reparó que había varios primates de diferentes formas observándolo. Él los conocía a todos, o al menos eso pensaba: dos orangutanes, dos lémures, dos monos capuchinos, y dos monos aulladores. ¡Como odio a los monos aulladores! Pensó para sí mismo. En verdad, sus griteríos y aullidos le ponían los pelos de punta. Había tratado en más ocasiones con ellos que con el resto de los miembros de la Corte, y sabía lo horripilantes que podían ser. Notó que sin embargo, aún faltaban otras especies: los monos araña, y los gorilas.

Volteó a ver, comprendiendo que los animales que lo habían sujetado en forma tan poco amigable habían sido los dos colosales gorilas que estaban a su espalda, vigilándolo. Un solo movimiento en falso, él sabía, le podía costar la vida. Tragó saliva.

–¿Para qué querías verme? – preguntó el Juez Supremo, sin mucha paciencia.

–Necesito que pongas a esos policías fuera de mi camino – respondió él –. Están interrogando a todos mis empleados, pidiendo copias de las noticias, averiguando quienes son los accionistas, ¡están presionándome mucho, Palance!

–Eso es precisamente lo que hemos estado haciendo, idiota –respondió el chimpancé – ¿Por qué crees que hubo una escalada de violencia en toda la ciudad?

–Sin embargo – protestó el oso, con cierto temor –, ¿qué garantiza que no sigan interfiriendo? La ZPD es grande.

–Los disturbios seguirán sucediendo – anunció el primate–. Luego, vendrá otro que obligará a Bogo a dejar desprotegida a la ciudad. No será nada tan grave como para interferir con nuestros planes, pero estoy presionándolo para que quiera aplacar lo más pronto posible ese evento. Una vez que despliegue a sus unidades, atacaremos cuando la luna ya no esté.

El oso asintió. Debía hacer su jugada ahora, o nunca.

–¿Qué sucederá conmigo, y con La Gaceta? – preguntó, intentando sonar lo más cordial posible.

–La Gaceta deberá seguir realizando su trabajo y enmascarando las noticias de la forma más endulzada posible. Siempre han sido bueno en eso –respondió con severidad el Juez Supremo–. ¿Alguna otra pregunta?

–Sólo una… ¿Qué le sucedió a James Lowell?

El primate sonrió, levantándose de su silla. Se acercó hasta el oso, quien lo miraba con temor. Deteniéndose a mitad de camino, le habló, con voz pausada.

–Te daré un consejo… nunca cargues con los secretos de los animales aterradores.

Comprendió que había preguntado de más. En efecto, sabía demasiado. También se dio cuenta que Palance había eludido responderle qué sucedería con él. Del periódico habló, pero no de él... Zsss. Un siseo. Su cuerpo tembló, y dirigió su mirada con nerviosismo hacia el techo. Diez…no, veinte…no, treinta babuinos estaban colgados del techo, mirándolo en forma amenazadora, enseñando los dientes. Supo que eso no era nada bueno.

–Palance, ¡Palance, no diré nada! – exclamó, con desespero.

–Estoy seguro de que ya nunca lo harás – respondió con sorna el chimpancé –. Somos los accionistas mayoritarios de La Gaceta, en estos momentos el nuevo editor ya está entrando por la puerta del edificio.

Los monos aulladores comenzaron a gritar. Eran sonidos guturales, que le helaban la sangre. Subían y bajaban de intensidad. El resto de los primates se unió, como un coro infernal. Gritos agudos, gritos graves. El oso cerró los ojos en cuanto vio descender a los babuinos, aullando como demonios.


Quedan 6 horas para la noche más oscura

Judy observó al zorro con pesar. Ella había dormido antes que él, pero el haber estado sentado frente a la computadora por horas, leyendo quién sabía cuanta cantidad de información, le había pasado finalmente factura. El ambiente en la comisaría era sumamente tenso. Bogo había hecho venir a todos los oficiales disponibles, inclusive a quienes estaban de vacaciones.

Suspiró, observando la pizarra llena de notas autoadhesivas. Algunas tenían frases confusas, palabras sueltas, preguntas. Hubieron algunas que llamarón más su atención: Eclipse, victimas, noche, arquitectura.

La escalada de violencia que estaba sufriendo Zootopia había impedido que se revisaran la mayoría de las construcciones antiguas de la ciudad. De hecho, eran muchas. Algunas databan desde la fundación de la metrópolis, por lo que contabilizarlas se hacía sumamente difícil.

La coneja se dirigió hacia un gran mapa que abarcaba a todo el terreno que cubría la ciudad. Según sabía, la ciudad contaba con más de ochocientos mil habitantes. Abarcar esa cantidad de ciudadanos era sumamente difícil, más cuando el cuerpo de policías no era el suficiente. Si bien el ZPD contaba con otras dependencias de menor tamaño, con pocos efectivos, según las zonas, un estallido de violencia en diferentes puntos estaban mermando sus esfuerzos. Suspiró, mientras ponía unas tachuelas de colores en los diez puntos más importantes donde habían sucedido los disturbios.

–Parecen una estrella – murmuró con amargura. Volteó a ver a Nick, quien seguía dormido sobre el escritorio. Dirigió su mirada intentando encontrar un patrón…

Un momento…Judy tomó un marcador, con el cual unió los puntos. Cada tres puntos, formaban un triángulo isósceles. Abarcaban todos los distritos de la ciudad. De pronto, reparó que el único lugar donde no se habían desatado disturbios había sido el centro de la ciudad, el corazón de Zootopia. Uno de los puntos se conectaba muy cerca de la guarida de la Corte en Tundratown. ¿Acaso?...

Despertó a Nick, moviéndolo suavemente. En otro momento, ella no habría sido muy delicada al respecto, dada su naturaleza inquieta. Pero su zorro estaba demasiado agotado.

–Cinco minutos más… –murmuró adormilado.

–¡Nick, despierta! – exigió ella, sacudiéndolo ahora con fuerza.

–¿Qué sucede, Zanahorias? – dijo el zorro, desperezándose, dando un largo bostezo que se le hizo contagioso a Judy, provocándole uno a ella misma.

–¡Nick, mira el mapa! – ordenó ella, con cierta brusquedad.

El zorro, con flojera, dirigió su mirada hacia la estrella. Al principio, no pareció comprender muy bien a donde quería llegar Judy.

–¿Qué es todo eso, Zanahorias? – preguntó, dando otro largo bostezo.

–La ubicación de los disturbios, Nick.

–¿Y qué con eso? – preguntó, totalmente perdido.

–Forman una estrella. Hay diez torres ubicadas en las zonas aledañas, Nick. ¡Eso es la estrella de la noche!

–¿Qué? – repuso él, observando el mapa.

–La Corte ha estado desgastándonos con los disturbios, pero se han detenido –anunció Judy–, no creo que los sofocáramos. Se detuvieron y ya.

La puerta se abrió de golpe, era el Jefe Bogo, quien los llamó a ambos.

–¡Wilde, Hopps! ¡Tenemos un motín en la prisión! – anunció, con severidad. – A sus patrullas, ahora.

–Señor, es una distracción – dijo Judy.

–¿Cómo dices? – preguntó el búfalo.

–¡Mire! – ella señaló la estrella en el mapa –. Todos los puntos están conectados. Estoy segura que el arma de la Corte se encuentra allí: la única zona que no fue afectada por disturbios fue el corazón de Zootopia. ¿Qué tan grande es el motín?

–Muy grande – respondió el búfalo. – Estoy por enviar a la mayor parte del personal para evitar una fuga en masa, Hopps.

Nick había estado observando el mapa con las orejas caídas, decidiendo intervenir por fin, captando la atención inmediata tanto de Judy como de Bogo.

–Señor… – volteó para dirigirse a ambos –, Judy tiene razón. Si enviamos a todas nuestras unidades allí, la ciudad quedará desprotegida.

El búfalo lo observó a él, y luego se encaminó hasta el mapa. Lo estudió durante un rato. Judy no supo si fueron minutos, pero se le hicieron eternos. Finalmente, volteó. Sacó su comunicador, al fin había unido la pieza que faltaba.

–Garraza, quiero que localices inmediatamente a todos los miembros de la lista de la Corte – ordenó–. Quiero una reunión en la sala de juntas con todos nuestros oficiales… prepara al escuadrón de asalto.


Mister Big observó cómo la luna comenzaba a ser devorada por el eclipse a través de su ventana. Era un fenómeno fascinante. Sin embargo, sabía qué era lo que significabapara Zootopia. Tomó un sorbo de un fino vino servido en una de sus diminutas copas. Sus guardias estaban en alerta máxima, armados ahora con armas de fuego, algo inusual y por supuesto, ilegal. Él manejaba aún algunas, pero no existía un calibre lo suficientemente pequeño para su pequeño cuerpo, así que sus opciones no eran realmente muchas. Por primera vez, se sintió impotente. El mafioso más temido de Zootopia, sentía miedo.

Escuchó la puerta abrirse y giró rápidamente. Preparado para todo. Una gran figura entró a través del umbral, una que él conocía bien.

–¿Koslov? – preguntó, extrañado–. ¿No te dije que te llevaras a tu familia y a la mía lejos de la ciudad?

–Lo he hecho, señor – respondió el gigantesco oso polar. –Ellos están seguros. Yo he venido a protegerlo a usted.

Mister Big sonrió. Al menos, el más leal de sus guardias estaría con él en la noche más oscura.


Quedan dos horas para la noche más oscura

Bogo bramaba órdenes a diestra y siniestra. Localizar a todos los objetivos había sido una tarea complicada. Lo peor de todo es que había demasiada diversidad: grupos enteros, o figuras individuales. Todos repartidos en diferentes puntos de la ciudad. Abarcarlos había sido una tarea por demás diferente. Y esa, sabía el búfalo, sería el peor momento de la ciudad.

Había ido al almacén, repartiendo armas de fuego a todos los oficiales que se estaban desplegando en esos momentos. Los objetivos de mayor relevancia política, iban a ser protegidos por alguno de los grupos de asalto del departamento, equipados con rifles automáticos. La orden incluía el permiso de usar fuerza letal.

–Los enemigos a los que nos enfrentamos están fuertemente armados, y son asesinos de élite – había dicho en la reunión –. Hasta donde sabemos, son babuinos. Desconocemos el número, pero en cada ocasión han atacado en escuadrones de seis individuos, aproximadamente. Son ágiles, se desplazan utilizando el entorno a su favor. Cada grupo contará con un miembro del grupo de asalto del departamento. No contamos con suficientes armas de fuego, y no todos ustedes saben usarlas. Estén preparados para todo…Es posible que no todos volvamos hoy –comentó, provocando miradas asustadas y comentarios entre sus oficiales –. Esto es parte de nuestro deber. Proteger y servir a nuestra ciudad. Aquí tienen sus misiones.

El búfalo entregó carpetas con los objetivos designados a cada equipo. Algunos, por tener que cubrir a más de un objetivo en un solo lugar, se componían por varios agentes. El grupo de asalto era liderado por un lobo o un tigre, curiosamente, ninguna presa. Esto, había dicho Bogo, era por la visión nocturna de los depredadores. Era de esperarse que pudiese haber menor visibilidad cuando el eclipse llegara a su punto más alto.

No había olvidado el motín en la cárcel, sin embargo, sólo había enviado a tres patrullas para allá. Comunicó al alcalde Leonzáles que un grupo de asalto se dirigía hacia su posición para garantizar su seguridad.

Sin embargo, una vez que todos se habían ido, fue reclamado por algunos de sus oficiales. Entre ellos, a Hopps y a Wilde. No habían sido asignados con ninguna clase de misión todavía.

–Ustedes dos tienen una misión muy importante – les dijo –. No sabemos aún qué es lo que pretende la Corte, pero los necesito en el corazón de Zootopia.

–¿Por qué, Jefe? – preguntó Judy.

–Creo que la computadora central se debe ubicar en alguno de los edificios. Mi instinto me dice que está en las grandes torres de la Savana. – comentó –. Hopps, Wilde, ustedes irán con Franscine. Los necesito allí. Son mis únicos oficiales disponibles ahora para ésa misión…. Buena suerte.

El búfalo vio alejarse a sus detectives a toda velocidad. Garraza era el único que se había quedado con él. Lo miraba expectante, él era un policía después de todo. Y Bogo le había dado un arma a él también.

–Garraza, tú y yo nos quedaremos aquí – anunció –. Soy uno de los objetivos, y no podemos permitir que la Corte asalte la comisaría para que liberen a los primates prisioneros.

–¿Sólo nosotros dos, Jefe? – preguntó el guepardo, visiblemente asustado.

El búfalo guardó silencio, comprendiendo el temor de su oficial. Respondió con su tono más amable, intentando transmitirle seguridad.

–Sólo nosotros dos.


Quedan 10 minutos para la noche más oscura

Palance observaba a la luna ser devorada prácticamente en su totalidad por el umbral de la Tierra desde la terraza del vigésimo quinto piso de su edificio en la Sabana Central. El proceso había tomado tres horas en total, habiendo llegado ya al máximo de la eclipse. Sabía que muchos animales habían estado esperando ése suceso: como curiosidad, como una excusa para ponerse románticos…y ellos, más que nadie, para anunciar su regreso.

Recapitulando, era cierto que había subestimado a esa pareja de oficiales lo suficiente como para saber que ésta estuvo demasiado cerca de detenerlos, pero los primates fueron y serán los seres más inteligentes sobre la faz de la Tierra. Ahora, toda la policía de Zootopia había fallado en evitar el advenimiento de la noche más oscura. Sonrió, mientras comenzaba a entonar una lenta melodía infantil.

Estrellita…brilla ya…
me pregunto quién serás….
Estrellita… brilla ya…
me pregunto qué serás...

Por medio del comunicador, pudo escuchar como decenas de voces, como un coro infernal, se unían a su canto, siguiendo el ritmo lento de la composición.

En el cielo o en el mar,
un diamante de verdad...

Su corazón se llenó de regocijo mientras observaba a la luna desaparecer totalmente en la oscuridad, mientras seguía entonando las estrofas de la canción de cuna de la Corte.

Cuando el sol se haya ido ya,

Cuando nada brille ya…

Aunque no sé qué serás…

Estrellita… brilla ya…

Las voces, que retumbaban en todo el edificio, comenzaban a escucharse ahora en diferentes puntos de Zootopia, paralizando en forma inconsciente a toda la ciudad. Era un himno que se encargaba de llenar de brío a sus súbditos, los creyentes de su Corte. Y también, se encargaba de infectar con miedo el corazón de sus enemigos… de todos aquellos que hoy perecerían.

El viajero en la oscuridad…

Te agradecerá de verdad…

Pues el camino no verá...

Si tú no brillas ya…

Palance escuchó como sus soldados comenzaban a entrar hacia el tejado, mientras contemplaban absortos la oscuridad que ahora ocupaba el lugar de la luna. Zootopia seguía iluminada, artificialmente por supuesto, pero ya no sería por mucho. El hizo un pequeño chasquido con sus dedos, el cual fue lo suficientemente claro para ser oído por medio del comunicador. Sintió un hormigueo en su espalda, mientras observaba como la energía de la ciudad moría, sumergiéndola en la más absoluta oscuridad. Los bocinazos, así como los choques de los vehículos que el apagón había tomado desprevenidos se alcanzaban a escuchar a esa altura. Pronto, muy pronto, lo único que se oiría sería el llanto de Zootopia.

Una tenue luz, producto de unos focos de baja intensidad, reflejaban la silueta del chimpancé.

Cuando el sol se haya ido ya,

Cuando nada brille ya…

–Hoy – exclamó Palance, dirigiéndose a todos los miembros de la Corte que estaban presentes con él, o escuchándolo desde sus posiciones en el Distrito Forestal, la Savana y Tundratown –, Zootopia caerá bajo el poder de la Corte… hemos esperado siglos para alzarnos sobre las especies inferiores a las cuales les permitimos que gobernaran en nuestro nombre…sin embargo, ellos han roto su pacto, y por medio de sus líderes, nos han desafiado, pervirtiendo a ésta ciudad hasta un punto irreparable…Por eso… ¡Zootopia, la Corte te ha sentenciado a morir!

Los gritos desaforados de los babuinos y los demás primates se escucharon sobre toda la ciudad, como si hubiesen estado poseídos por el Savage, pese a no haberlo probado en siglos. Aquella era la señal que esperaban. Palance podía jurar, en su retorcida fantasía, que la luna cubierta por su manto de oscuridad se había acurrucado asustada. El reloj del Apocalipsis había dado por fin la medianoche.

Los babuinos se arrojaron al vacío, sujetándose de las cornisas y balcones sobresalientes, mientras los que estaban en las posiciones remotas hacían lo mismo, fuese deslizándose por árboles en el Distrito Forestal, o bien por el suelo en Tundratown; además de usar los pasajes secretos para desplazarse con mayor rapidez. En total, eran ocho grupos compuestos por aproximadamente siete individuos cada uno. Los asesinos más despiadados y entrenados de la Corte se estaban desplegando por la ciudad. Palance sabía que esto era el fin de Zootopia como se la conocía. Murmuró el final del verso que dejó a medio concluir cuando autorizó a sus soldados a ir de cacería, sintiendo la brisa de la medianoche golpear suavemente su rostro.

Aunque no sé qué serás…

Estrellita… brilla ya…

Sonrió, mientras se alejaba del tejado de su edificio, adentrándose en la oscuridad.

La noche más oscura había llegado.


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