Disclaimer: Ni Sweeney Todd ni su flipante música me pertenecen. ¡Pero eso no significa que no pueda disfrutar de ellos! ^^

Copyright: Por favor, no copiar :)

Y último capitulo :P Espero que os haya gustado, creo que este es el más redondo de todos los de este fic. Gracias por vuestros RR, animan de verdad, ^^

Hasta la próxima :)


Reconstruyendo los muros de un castillo


Ahora esta allí, con él, en la misma carreta. Esta viva, no ilesa, pero al menos vive, que es lo que le importa. Había conseguido sacarla de allí a la fuerza, no llegó muy lejos la aventura, gracias a Dios, y pronto estarían en casa para celebrarlo. La Sra. Lovett estaría maltrecha por unos días, por lo poco que le había contado sabía que así sería, seguramente no podría acercarse a nadie por miedo a resultar herida en el plazo de unas semanas, hasta que se acostumbrase de nuevo a su ritmo de vida. Por su parte, él le daría qué hacer con los cuerpos, o tal vez no, quizá llegase al Juez antes de lo que pensaba y todo aquello acabase. Ojalá.

El carro traqueteaba por el camino, brindando malos recuerdos a la pobre panadera que se agazapaba lo más cerca del Sr. Todd posible. El incidente pasado en el que sus dotes de hombre habían sido puestas en evidencia había quedado atrás y ahora sólo quedaban las amargas memorias del pequeño gran viaje que había vivido. No sabía si lo superaría, pero al menos tenía la certeza de que él quería protejerla, de que eran amigos sobre todas las cosas y que nunca se abandonarían el uno al otro, cosa que temió al principio. Es consciente de que ha llegado la hora de volver a casa y empezar de nuevo desde las ruinas de su vida.

—¿Dónde está Toby? —pregunta ausente al darse cuenta de que falta su presencia.

—En casa —contesta amargamente el Sr. Todd—, esperándola —ella asiente, es un alivio.

Las chinas en el camino se suceden, a veces tienen la sensación de que no saben a dónde se dirigen, puede que se hayan perdido, ¿quién sabe? Él parece seguro, casi con precisión puede decir cuánto queda hasta llegar a Londres.

¿Pero quieren ellos llegar a Londres?

Finalmente abandonan la carreta en casa de unos pobres granjeros que no tienen ni un mendrugo de pan para llevarse a la boca, al ver la carreta quedaron impresionados y les dieron las gracias de mil formas distintas, pero no aceptaron ninguna.

Deja que la Sra. Lovett, Margaret, como ella le ha pedido que la llame, se apoye sobre su hombro para caminar hacia la ciudad. Una vez llegan han de pedir un carruaje, las miradas de la gente lo dicen todo y no son precisamente agradables pese a que aquello les da la esperanza de volver a ver a sus hijas, esposas y hermanas.

Aquella noche, tras haber cenado en silencio y haber llevado al pequeño a la cama (se había quedado dormido en las faldas de su madre), por fin se disponen a hablar de lo ocurrido. Ella llora, él lo entiende, la presión es demasiada y escucharlo hace que le hierva la sangre.

—Voy a tener que arreglarle esa pierna, Margaret —le dice muy serio, una mirada de esas que dicen que dolerá, que será el peor dolo que sentirá en su vida—, sino tendría que cortársela.

—Hágalo —pide, y no refiriendose a que se la ampute precisamente.

Se pone perpendicular a él, dejando que tome su pie entre sus musculosas manos. Respira hondo y cierra los ojos.

—Por suerte no ha llegado a curarse del todo —y con un movimiento rápido le ha recolocado los huesos. Ella grita, grita con todos sus pulmones, los ojos abiertos y casi tratando de levantarse del sofá. Jamás le habían hecho algo parecido—. Estese quieta —pide, vendándola esta vez de verdad—, no podrá moverse en unos días.

Asiente, con lágrimas en los ojos, y se deja reposar en el lugar, todavía respirando con dificultad. El Sr. Todd deja su pierna en alto, a un lado, y se sienta más cerca de ella, sacando algo de su chaqueta.

—¿Es esto suyo? —pregunta con tranquilidad.

—Es mi medallón —sonríe ella, tomándolo entre sus manos—. Gracias por encontrarlo, creí que lo había perdido —se lo pone con cariño, mirándolo—. Gracias —repite.

—Nunca me dijo que lo era —comentó.

—Pero si me lo regaló usted —rió.

—Sí, pero yo no sabía que mi Srta. Elliot vivía bajo el mismo techo que yo —se levantó.

—Pero si...

—Creía que su apellido de soltera era Wolfe, no Elliot. En ningún momento recordé a su primer marido, creía que era Albert.

—... —se ha quedado sin palabras, literalmente—. C-con lo que usted y yo fuimos... ¿y no se acordaba de mí?

—Cada día, Margaret, me he acordado cada día que estuve en la cárcel de usted, e incluso estando en mi barbería todavía lo hacía. Cuando llegué aquí nunca mencionó nada sobre usted y pensé que había corrido la misma suerte que mi Lucy, o peor. Pero ahora sé que es usted y lamento haberme equivocado tanto —tales palabras de sinceridad solo podían salir de Benjamin cuando estaba con la Srta. Elliot, y eso no ha cambiado—. Le prometo que enmendaré mi error.

Y antes de darle tiempo a responder él ya se ha ido escaleras arriba.

Ha estado mucho tiempo viviendo en una fantasía, encerrado en un castillo de naipes donde las cartas eran ideas absurdas sin sentido alguno, lleno de huecos y puntos débiles, y cuando ella trataba de derrumbárselo para que viera la realidad él la alejaba y la echaba, le ordenaba que le dejara a solas con sus recuerdos mientras reconstruía su mentira.

Pero ahora ha visto la luz, todo lo que creía es falso y a la vez es nuevo y brillante. Las chimeneas de Londres con su horrible humo, las cuales se ven desde el ventanal de su barbería, por el cual está mirando, ya no le parecen para nada feas, tampoco le parece que el mundo esté lleno de mierda; ha conseguido limpiarlo un poco.

Margaret necesita ahora recuperarse y mientras, él construira el fuerte muro del castillo de ambos con las piedras de caliza sacadas de la mina existente en lo más profundo de sus corazones y del de ella sacará el cemento.

Y si por el camino cae algún juez, mejor todavía.


FIN