Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, asi como algunos textos que fueron extraidos de "La Iliada" y "La Eneida", los que pertenecen a Homero y Virgilio, respectivamente.

Esta historia es sin fines de lucro, solamente para sacar una que otra de mis frustraciones y sueños de escritora novata, je, je, je.


Suspiró una vez más, realmente aburrido. Su rostro adquirió una mueca que en algún tiempo de su vida llamó sonrisa, ante el uso de una palabra tan "humana" como el aburrimiento. Él, un Ángel, revolcándose en esa emoción simplista. Era algo que le provocaba hilaridad, aunque a su señora, lo que le provocaría sería humillación y seguramente le azotaría por comportarse como un inmundo mortal.

Y pensar que alguna vez fue eso precisamente, un simple mortal, que podía regocijarse entre vicios y defectos.

Lo extrañaba, ya no podía negarlo. Luego de milenios, la vida inmortal al servicio ciego de una divinidad, comenzó a fastidiarle. Necesitaba vivir algo diferente.

Levantó la vista, para perderse entre los muros blanquecinos del hogar de Eos, en el Olimpo. Hacia tanto tiempo que estaba allí que su majestuosidad no le sorprendía en lo absoluto. La monotonía estaba matando su alma. Él, que en vida viajó a todos los rincones conocidos de aquellos siglos, que conoció a singulares personajes y enfrentó aventuras que han sobrevivido a través del tiempo en el mundo humano, ahora no tenía pasión en absoluto y nada le interesaba. Era tan similar a los dioses, que aterrorizaba.

De haber imaginado que estaría en esta posición, habría preferido vagar por siempre en el octavo círculo, así de abatido era su sentir ante la pesadez de su existencia. Incluso sintió envidia cuando observó a Eos ponerse de pie y sonreír tan exaltada. Era como ver a un niño emocionarse al jugar entre las aguas frías de un río y sólo había una existencia que lograba eso con las divinidades.

Ganimedes.

Aquel nombre lo escuchó cuando estuvo en tierras troyanas y no fue hasta que se convirtió en un ángel, que le conoció. De figura totalmente púbera, su rostro resplandecía totalmente incluso estando siempre al lado de una silueta como la Zeus. Era hermoso, increíblemente bello, pero totalmente hueco. Al principio, no entendió porque tuvo aquella impresión y fue su señora quien esclareció el motivo. Al parecer, dentro de ese cuerpo, no había alma alguna. Con ayuda de otros dioses, Eos se hizo del alma y espíritu del príncipe. La diosa del alba, mintió a los demás diciendo que le harían renacer como un alma mortal, pero su deseo, su único deseo hasta ahora, es el poseerle por la eternidad, por lo que sin decirle a nadie, le hizo resurgir en el mundo humano estando ella siempre a su cuidado para evitar que su energía divina fuese dada a conocer entre los Olímpicos. Lo que la diosa jamás imaginó fue que la familia que eligió para el príncipe, estaba destinada a desaparecer. No pudo evitar que le asesinaran ni mucho menos, que su alma fuese a vagar en el Tártaro.

Cuanto lloró por saber que había perdido la valiosa alma de Ganimedes y cuanto blasfemó cuando el mismo príncipe decidió irse al bando de Athena, la misma que ayudó a matarle cuando reencarnó en Héctor, príncipe de Troya.

Y ahora mismo, su diosa corrió a tierra ateniense para ver a Ganimedes bajo el manto del guardián de acuario e intentar traerle a su lado. Si aquello funcionaba, sería divertido. Tener un nuevo compañero siempre era entretenido, como cuando llegó el otro príncipe de Troya, un joven lleno de celos y rencor por su hermano a quien culpaba de todos los males ocurrido su a su tierra natal.

Paris, el de hermosa figura.

Aquel príncipe, era todo un caso. No era buen peleador, no era elocuente ni tampoco muy brillante, además de que tampoco tenía hazañas memorables de entre los héroes de antaño y lo más coherente era pensar que Eos se hizo de su alma solamente para tener un trozo de la vida de Héctor. Paris, lo sabía, quizás por ello al enterarse del viaje de su señora, se fue tras ella sin medir consecuencias.

Quien sabe, quizás por ese tonto podría ser el día que algo diferente ocurriera…

De pronto, la figura espigada de Paris, cae a sus pies, mientras Eos y Áyax, quien parece herido, están frente e él. Al ver a su diosa, se inclina mostrando respeto aunque no aparta la mirada de quien está aún en el suelo, dolorido por el castigo infligido.

Que imbécil tan necio. Ya le había dicho a ese niñato idiota que si seguía a Eos, terminaría así, pero él no pensaba cuando el nombre de su hermano estaba involucrado.

- Espero que aprendáis la lección, Paris. Recordad a quien os debes la vida y belleza eterna-con voz firme, la diosa habló.

- -Sí, mi señora-murmuró entre dientes y con la cara al suelo ocultando su rabia. Era tan humillante que él, un ser casi cercano a ser un dios fuese tratado así.

Un nuevo golpe de cosmo le fulminó, dejándole aturdido nuevamente.

- ¡Dadme la cara, troyano! ¡No os aprovechéis de mi amor por vuestro hermano!-le dio la espalda y comenzó a alejarse-¡Ese es vuestro lugar, postrado a mis pies para la eternidad!

¡Maldita sea! ¡Después de sufrir por milenios en el segundo círculo del infierno, tenía que saborear todavía la humillación! ¡Si Eos fue quien se acercó a él, pidiéndole ser parte de sus ángeles! ¡Entonces, ¿por qué ahora le trataba de esa manera tan denigrante?!

¡Todo era su culpa! ¡Héctor siempre era el causante de su sufrimiento y su deshonra!

¡Siempre fue así! Todos, desde su madre, hasta sus hermanos y hermanas, incluso Helena le señaló alguna vez por ser un cobarde comparado con su hermano mayor. Jamás entendió por qué él, alguien que competía en belleza y habilidades con los dioses, era rebajado al nivel de un ser inferior incluso en el color de cabello. Si no fuera la reencarnación de Ganimedes, ningún Olímpico estaría compitiendo por él.

¡Él, era el príncipe de Troya, un ser que mereció la inmortalidad y aun así, no dejaba de ser inferior a su hermano mayor!

¡Maldita sea la estrella bajo la que nació Héctor! ¡Maldita la constelación del Aguador!

¡Maldito Héctor! ¡No pararía hasta desaparecer por completo su recuerdo! ¡Ningún nombre troyano perduraría a través de los tiempos, más que el suyo!

- No sé quién luce más terrible, si Paris o vos…Ayáx-le dijo en tono de reproche, Ayáx, le lanzó la mirada más fría que pudo a su segundo compañero.

De figura tonificada por la guerra, era alto y de rostro angulado, su cabello castaño y ondulado llegaba a sus hombros, mientras sus ojos cafés parecían siempre estar tramando alguna artimaña.

Allí, Ulises, fecundo en ardides.

- Jamás espere que os preocuparas por mí, Ulises.

- No lo hago. Es sólo que no esperaba veros heridos a ambos. ¿Acaso los guerreros atenienses os dieron batalla?

- Seres inferiores nunca os dañarían siquiera.

- Vuestra condición me dice lo contrario-ambos ángeles comenzaron a discutir mientras observaban a Paris retorcerse de dolor justo a sus pies-Y Athena no fue, ya que no percibo cosmo divino en vos.

- El onceavo guerrero de oro, guarda secretos que Eos no os dijo. Es un ángel, como nosotros.

- ¿Un ángel?-por primera vez, Ulises y Áyax se miraron a los ojos-Ja, ja, ja, ja. ¿Lo escuchasteis, Paris? Vuestro amado hermano es un ángel. Sigue siendo mejor que vos.

- ¡Callaos!-gritó encolerizado al tiempo que se puso de rodillas para enfrentarle-¡Esa existencia miserable no es afín a mí, Ulises!

- Vuestra ira os delata.

- ¡Callaos, vuestra sucia boca sólo escupe necedades!

- No sois más que un crio.

- Vos también lo sois, Ulises…

De pronto, una presencia divina se hizo notar por un segundo, una esencia virtuosa y ancestral que hizo a Eos lanzar un grito lleno de agonía.

- Es la señal de que todo se ha ido al Hades-suspiró Ayáx mientras su vista se dirigía en dirección de los sollozos de la diosa.

- Nos apaleara en venganza-Ulises parecía resignado.

- Ja, ja ,ja…-en cambio, Paris comenzó a reír, sorprendiendo a sus compañeros.

- ¿Qué os causa tanta gracia? ¿Acaso lo habéis sentido? Esa energía es de Ganimedes.

- Lo sé, Ayáx.

- ¿Y comprendéis lo que significa?

- Que seguramente Zeus se dio cuenta y querrá obtener de nuevo a su amada posesión.

- Significa que buscara a los culpables y les castigara-mencionó Ulises.

- ¿Y a qué le teméis? Sois inmortal, uno miserable y ladino, más a fin de cuentas, perpetuo-aquel comentario tuvo un gran efecto en Ulises, quien recrudeció su semblante, algo que Áyax notó y fue él quien continuó cuestionando al príncipe troyano.

- Aún no encuentro el motivo de esa sonrisa en vuestros labios, Paris.

- Si Ganimedes regresa a su antiguo cuerpo, La presencia de Héctor se esfumara-su sonrisa se ensancho, al tiempo que se ponía de pie-No habrá más herederos que porten sus ideales absurdos.

- Como si Athena permitiera que le despojéis de su onceavo guerrero dorado.

- Athena misma nos dio la oportunidad de ponerle fin al linaje de la onceava casa al romper la Gracia de Pérgamo. Ese llanto, es la señal de que nada podrá salvar a Héctor esta vez…


En otra parte del Olimpo:

- ¿Qué sucede, amado mío?-preguntó Hera al observar que Zeus se levantó de su trono y caminó hacia uno de los ventanales, mirando a la lejanía.

- ¿Sentisteis esa energía?

- No sé de qué me habláis-le dijo desde el trono al lado del padre de los dioses.

- Percibí a Ganimedes

- ¿Ganimedes?-su tono burlón fue casi hiriente, pero el padre de los dioses estaba más concentrado en encontrar aquella energía que se desvaneció-¿Qué no lo veis postrado a vuestro lado?-la diosa miró al joven de piel morena, haciendo que Zeus hiciese lo mismo. Su figura delicada y siempre serena estaba al lado del trono con una jarra néctar entre sus manos-Mancebo, acercaos a Zeus para aseguraros de que sois vos.

El príncipe se acercó a Zeus y le miró detenidamente:

- ¿Acaso ya no me reconocéis, mi señor?-Zeus se maravilló de esos profundos ojos verdes que amaba contemplar no sólo por la belleza, sino por su inocencia y por como siempre, lograban cautivarle.

- ¿Cómo olvidaros?-le acarició el rostro suavemente-El destino no podría crear otro ser más bello que vos…-de pronto Hera se pone de pie y se dirige a la salida-¿A dónde vais?

- ¿Creéis que tal imagen no daña a mi corazón?-de soslayo le preguntó, obviamente herida-Porque aún poseo uno, amado mío.

Zeus le dejó ir. Después de todo, no deseaba iniciar una pelea. Mejor, se dedicaría a perderse en la grácil figura que estaba a su lado.

Mientras tanto, Hera caminaba apresuradamente entre los pasillos del Olimpo con solo una idea en mente:

- Esa cría bruta, no se da idea de la magnitud del error que ha cometido. Os arrancare el corazón…Eos.


En el onceavo templo:

Por un escaso segundo, esa energía divina se percibió, pero fue quienes estaban más cerca de ella, quienes comprendieron la majestuosidad del ser que yacía en el suelo. Infinidad de recuerdos, miles de emociones, todo en un torbellino asfixiante que casi les hizo perder la cabeza:

- Ah, carajo…-pronunció Kannon, mientras trataba de recuperar el aliento-Eso fue…muy intenso.

- Maestro-Hyoga, casi al punto del desmayo, sólo deseaba asegurarse de que Camus estuviese bien-Maestro, ¿me escucha…?

- ¿Qué fue todo eso?-cuestionó Milo.

- Lo que más temía…-Saori, abrió su mano derecha, temerosa-la joya…

Todos observaron cómo el zafiro azul de la tiara de acuario, se había vuelto polvo azulado en la mano de la diosa.

- ¿Qué significa eso, mi diosa?-preguntó temeroso Shion.

- Esta joya, permitió que Camus usara su cosmo sin dejar entrever su divinidad.

- Entonces, sólo tenemos que evitar que lo use nuevamente-Milo respondió, al momento que se acercaba al acuariano y le tomaba en brazos.

- No será suficiente-les enfrentó su diosa con lágrimas en los ojos-Con el pasar de los días y aunque no use su energía, su cuerpo no podrá contenerla.

- Athena…-de repente, Héctor comenzó a hablar-tenéis razón.

- ¡Lo siento tanto! ¡Jamás pensé que esto pasaría! ¡Lo siento tanto Héctor!-Shion le tomó de los hombros, tratando de calmarle.

- No lloréis, mi señora…-el pelirrojo le dio la señal a Milo de que le pusiera al lado de la diosa, una vez cerca de ella, le tomó de la mano en donde guardaba la joya-el que la joya se fragmentase, no es consecuencia de habed roto la Gracia de Pérgamo. Alguien hace lo posible para que nuestra existencia, desaparezca.

- No creo que sea Eos-dijo Kannon-ella quiere a Ganimedes.

- Entonces, Hera-dedujo Milo.

- Imposible-dijo Saori entre sollozos-Hera no sabe que el onceavo guardián dorado es la reencarnación de Ganimedes. Sólo Eos lo supo desde el inicio.

- Creo que antes de ponernos a buscar culpables, debemos saber exactamente, que es la Gracia de Pérgamo y que era exactamente el zafiro de la tiara-Hyoga, nuevamente se enfrentó con la mirada a Héctor.

- Si no os molesta…-una voz femenina, impregnada de autoridad, les sorprendió-también me interesa escucharos, príncipe. ¿Por qué no hablamos en un sitio más cómodo?

Y así, se vieron cegados por una intensa luz, para posteriormente darse cuenta de que estaban en un sitio totalmente diferente.

- Bienvenidos…-frente a ellos, estaba Hera, de impotente armadura que evocaba a un pavo real en todo su esplendor, sus cabellos violáceos apenas se observaban bajo una casco que simulaba una corona, denotando su rango entre los olímpicos-al Olimpo.