Guerra

Corre y corre y jadea. Hay polvo por todas partes y le cuesta respirar porque las partículas se introducen en sus pulmones y el aire que inhala es frío como un cuchillo. Hay trozos de pared en el suelo e instintivamente reconoce un tapiz del tercer piso hecho jirones y pisoteado y algo en su alma de Prefecta se revuelve con ira.

Hay un grupo de estudiantes (no pueden tener más de diecisiete) al fondo del pasillo que luchan como pueden contra dos mortífagos y parecen a punto de tirar la toalla. Ella sabe que tiene que seguir corriendo hasta que encuentre a aquellos a los que busca pero al fin y al cabo, ella era Prefecta y su deber es ayudar a los más pequeños. Y además aquellos tipos no vacilan en lanzar cruciatus a los niños. Así que se planta sobre los dos pies, firme, y grita "¡Expelliarmus!" con toda la fuerza de sus pulmones y uno de los encapuchados vuela por el aire siguiendo a su varita. Antes de que pueda darse cuenta, el otro lanza un chorro de luz que la alcanza ligeramente en un hombro, pero los estudiantes lo rodean y al grito de "¡Dumbledore's Army!" lo dejan inconsciente y magullado. Ella les sonríe mientras prorrumpen en vítores y sigue corriendo.

-¡Penélope!

Martha Holmwood es Ravenclaw, rubia y alta, y la detiene con un grito desesperado. Ella se detiene buscándola entre la multitud de grupos que luchan aquí y allá (en los pasillos, en las entradas a los pasadizos, en el Gran Comedor, en la Entrada) y cuando al fin se encuentran, Martha la aprieta entre sus brazos de hierro de ex – golpeadora mientras Penélope deja escapar algo parecido a un sollozo. Ambas se preguntan mutuamente sin cesar ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has llegado? ¿A quien buscas? Y están a punto de contestarse cuando oyen una tremenda explosión de uno de los lados del castillo, y casi al mismo tiempo, unos mortífagos rompen el círculo de estudiantes y penetran en el castillo lanzando Avadas que encuentran a sus pobres víctimas desprotegidas.

La sangre hierve en las venas de Penélope cuando un chico delgado y rubio cae al suelo con la varita en la mano y los ojos muy abiertos, sin que jamás llegue a pronunciar la frase que brotaba de sus labios un segundo antes. Sin saber muy bien lo que está haciendo, apunta y grita.

-¡¡Crucio!!

La suya no es la única varita que apunta, y a su lado Martha llora de furia mientras Oliver Wood y Laura McGraw pronuncian la maldición imperdonable sin cesar, un poco más allá, ayudados por un reducido grupo de estudiantes. Una chica morena llora sin consuelo tendida en el suelo con la cabeza apoyada en el pecho de su hermana mayor, con una horrible herida en la pierna.

Martha y Penélope resisten como pueden, y ya lo dan todo por perdido cuando la señora Pince aparece como surgida de la nada y descarga todo el peso de un libro enorme de un golpe sobre la cabeza del encapuchado para después correr como una furia hacia el final del pasillo donde la pierden de vista. Penélope llora sin poder parar y no sabe porqué y la furia sigue acumulándose en su cerebro, hasta que de pronto recuerda porqué ha venido y sale corriendo de nuevo, seguida por Martha.

Cerca del Gran Comedor avista una cabeza pelirroja, y reconoce a Ginny, así que grita con toda la fuerza de sus pulmones tratando de atraer su atención. Pero la chica no la escucha en medio de tanto alboroto, y corre seguida de otra chica rubia de pelo largo justo en la dirección contraria, así que ella la sigue, gritando y tratando de que la mire. Su propia voz retumba en sus oídos como un susurro, rodeada de otras voces, de ruidos tremendos, de gritos de furia y dolor.

Martha corre tras ella hasta que unos estudiantes se cruzan en su camino, retrocediendo a trompicones, tres de ellos llevando a rastras a una chica de pelo rubio. Una de las chicas que la sujeta grita y llora y tapona como puede la terrible herida en el pecho con sus dos manos y Penélope oye a Martha rugir de ira cuando se deja caer al lado de la joven y observa la palidez de su rostro. Incapaz de detenerse para seguir mirando, Penélope corre y corre, tratando de no dejar escapar las lágrimas que ahora parecen haber formado un terrible nudo en su garganta que la oprime y no la deja respirar.

Tuerce en el segundo pasillo y es entonces cuando lo ve. Grita como jamás lo había oído gritar y ha perdido las gafas. Durante un segundo el corazón de Penélope se detiene ante el peso del profundo alivio que la invade: está vivo. Sigue vivo.

La forma en que pronuncia el nombre del mortífago que lo ataca le hiela la sangre en las venas a Penélope durante un segundo. Furia, ira, dolor, desesperación. Todo eso es él.

-¡¡ROOKWOOD!!

Danzan el baile de la muerte. Rayos verdes, rojos, azules se cruzan y sería un hermoso espectáculo de luz sino fuera porque es mortal. A Penélope le da la impresión de que Percy lanzaría al suelo la varita gustosamente a cambio de estrangular a ese tipo con sus propias manos y se pregunta aterrada qué habrá pasado para que Percival Ignatius Weasley, su Percy, desee con toda su alma matar a alguien.

Es entonces cuando Percy sale disparado por el aire a causa de un haz de luz amarillo y el otro tipo se ríe con siniestras carcajadas.

-¡No te enfades tanto, Weasley, al fin y al cabo te encontrarás con tu hermanito antes de lo que piensas!

El peso de sus palabras cala lentamente en su cerebro como agua helada que la va paralizando lentamente. No puede ser, se dice. No puede ser, se repite, una y otra vez, como un mantra, incapaz de moverse.

No.

No, no, no, no, nonononononono.

Es entonces cuando aparece el profesor Lupin y Penélope se siente extrañamente aliviada. Todo esto es un disparate. No hay nadie muerto. El profesor Lupin lo arreglará.

Ciertamente, el profesor intenta arreglarlo, aunque no sea ningún sueño. Grita y ataca y desvía la atención de ese loco maníaco de ojos saltones y penetrantes.

Y, de pronto, cae.

Esta vez sí, Penélope es capaz de despegar los labios y gritar. Su negación es desgarrada y dulce, casi como una queja infantil, y siente cómo su propio cuerpo cae, sin ser capaz de sujetarse a ningún lugar. El mortífago también cae, con los ojos ligeramente abiertos por la sorpresa, y durante un momento, Penélope piensa que se va a levantar de nuevo.

No lo hace.

El silencio es inmenso de pronto, y se quiebra sólo por los incontrolados sollozos de su pecho. Entonces es cuando lo escucha. Un lamento, como de animal herido. Un quejido de dolor tan intenso que todo el horror que ha vivido le parece poco.

-Fred…

La voz de Percy es sólo un murmullo que consigue escapar de sus labios entre los incontrolables sollozos que lo sacuden.

-Fred… Fred –repite una y otra vez, sin cesar, casi sin aliento, con la voz ronca y apagada y Penélope se arrastra sobre sus rodillas hasta llegar a su lado, sin siquiera pararse a pensar en todo ese líquido viscoso y rojizo del que está impregnado el suelo. Solo después, mucho después, se dará cuenta de que proviene del frío cuerpo del mortífago.

Ella se abraza al cuerpo de Percy, con mucha fuerza, tratando de notar su calor, tratando de hacer desaparecer un dolor que sabe que no desaparecerá jamás. Ni siquiera se da cuenta que tras ella dos mujeres se baten en un duelo a muerte, las varitas preparadas.

Besa su rostro: una vez, dos veces, miles de veces. Funde sus lágrimas con las suyas propias. El recuerdo de Fred la invade y la emponzoña. Y sin embargo no puede dejar de pensar que le alegra que no sea Percy quien yazca frío y sin vida sobre el mármol del colegio.

Permanecen allí mucho tiempo, abrazados, llorando.

A su alrededor, la guerra sigue.