VIII
Trucos de magia
Filadelfia, 31 de octubre de 1967, 05:15p.m.
Pese a las advertencias de Henry Abberline, Saori había viajado junto con Rachel al encuentro de Violet Taylor. Rachel le había dicho a Saori que esa tal Violet trabajaba en un circo errante que resultó estar en la ciudad de Filadelfia por unos cuantos días. Después de buscar alojamiento, Rachel compró un par de entradas al circo, para irritación de Saori.
—Detesto los circos —dijo, mientras acomodaba su ropa en el armario de la habitación que compartía con Rachel—. No sé por qué mierda me obligas a ir a uno.
Rachel entornó los ojos.
—Deberías usar menos groserías, Saori.
—¡Digo las palabras que se me antojan! —protestó Saori acaloradamente, pero Rachel solamente se limitó a encogerse de hombros.
Sin embargo, después de ese exabrupto, las dos volvieron a conversar con normalidad. La función para la que Rachel había adquirido las entradas no iba a tener lugar hasta mañana en la tarde, por lo que decidió emplear el tiempo en conocer más a la chica que le acompañaba.
—¿Tenías alguna ocupación antes de diciembre de 1960?
—Trabajaba en un taller mecánico —respondió Saori, recordando su primer mes en Nueva Orleans—. No la tuve muy fácil para obtener el empleo, pero con suficiente persistencia puedes conseguir cualquier cosa.
—Increíble —dijo Rachel, dilatando levemente los ojos—. No cualquier mujer de hoy puede decir eso.
—Por desgracia, hay un tremendo vacío en mi cabeza, gracias al Cristal de Plata.
Rachel frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
—El Cristal de Plata fue lo que me borró la memoria —repuso Saori con frustración—. Henry me lo dijo.
La reacción de Rachel ante las palabras de Saori fue bastante peculiar. No lucía sorprendida, sino que ostentaba una expresión de entendimiento en su cara.
—¿Me estás diciendo que fue ese Cristal de Plata lo que desató ese domo?
—Según Henry —puntualizó Saori—, pero no le creo mucho. Él sospecha de ti.
Rachel arqueó una ceja.
—¿En serio?
Saori asintió por toda respuesta. Rachel, por otra parte, se llevó una mano al mentón, perdida en pensamientos. Ninguna de las dos dijo algo hasta que un empleado del hotel llegó con dos bandejas, las cuales contenían algunos bocadillos, cortesía del hotel.
—Que amables —dijo Rachel mientras que Saori examinaba los bocadillos como si tratara de encontrar algo malo con ellos—. No seas desconfiada, Saori, y coge uno.
—¡Oye! Sólo quería saber si tenían pepinillos.
Rachel volvió a arquear una ceja.
—No me gustan —explicó Saori con disgusto—. El otro día pedí una pizza y nadie me dijo sobre los pepinillos, así que los probé y… argh, que asco.
Para irritación de Saori, Rachel se largó a reír.
—¡No es gracioso! —gruñó Saori, pero su amiga se llevó las manos a su abdomen y lucía como si estuviera sufriendo un ataque o algo parecido.
Pasó un minuto completo para que Rachel dejara de reírse. Para ese entonces, Saori echaba humo por las orejas, sin atreverse a creer que algo como eso causara tanta gracia. Había mucha gente que no toleraba los pepinillos y Saori agradecía no ser la única.
—Perdóname, Saori, pero sonó gracioso —dijo Rachel después de asegurarse que no se fracturara una costilla a causa de la risa—. No me digas que no tienes sentido del humor.
—No lo tengo y no me importa —repuso Saori en tono cortante—. No soy un payaso que anda haciendo reír a todo el maldito mundo.
—No tienes que serlo —dijo Rachel con una sonrisa—. De hecho, me gusta más el humor espontáneo, ese que es gracioso sin que sea intencional. No me gusta forzar las cosas, dejo que todo fluya de manera natural… y en el amor soy igual.
Saori, al escuchar la palabra amor, recordó aquella sensación que sentía cada vez que escuchaba el nombre de Violet. No sabía por qué le pasaba eso, aunque creía que, en algún momento entre 1960 y 1963, estuvo profundamente enamorada de ella. Algo difícil de creer, puesto que Saori no era una chica romántica. De hecho, Saori era de la idea que el romance debía ser erradicado de la faz de la tierra. Rachel soltó otra risa, más suave que la de antes, cuando Saori le manifestó sus pensamientos.
—Y aun así te sientes como si estuvieras enamorada de Violet —dijo Rachel, y a Saori no le gustaron esas palabras—. Aunque ahora piensas así, no significa que siempre lo hiciste. Tienes que aceptarlo: el amor tocó a tu puerta y le abriste.
—No dije nada sobre el amor —espetó Saori, poniéndose de pie y mirando por la ventana—. Dije que el romance no debería existir.
—Bueno, en algo tienes razón —dijo Rachel, también poniéndose de pie y mirando por la ventana—. El romance es algo básico y esencial en el amor pasional, Saori, pero mucha gente tiene un concepto equivocado sobre él. Cree que el romance es regalar flores, decir palabras bonitas o andar besándose todo el tiempo. Saori, el romance es como llamamos nosotras a la atracción, pero me refiero a verdadera atracción, no a cuando una chica pone ojos de corazón cada vez que ve a un chico bien parecido. Me refiero a cuando tienes una conexión que ve más allá de la carne, que trasciende el tiempo y el espacio, algo que no te permite quitarle los ojos de encima a la otra persona y que tengas ese deseo de tomarla en tus brazos y amarla hasta que te falte el aliento.
—No veo la diferencia —dijo Saori, fijando su atención en un edificio que sobresalía de los demás. El sol se había escondido detrás de éste.
—No eres capaz de verla porque, técnicamente, nunca has estado enamorada —repuso Rachel con la mirada perdida en el horizonte y una media sonrisa bien puesta en su cara—. Yo lo estuve una vez. Era un hombre un poco frío y hacía cosas un tanto torcidas, pero resultó que tenía un buen corazón, sólo que estaba enterrado bajo la escarcha. Por desgracia, él fue asesinado por una mujer sin escrúpulos, actuando solamente por despecho.
—Lo siento —murmuró Saori distraídamente, pero Rachel percibió honestidad en sus palabras. Volvió a sonreír.
—¿Sabes? Desde ese momento he estado sola, haciendo cosas por mi cuenta, incluso costeando la universidad por mis propios medios. No me había molestado, hasta hace poco, cuando entendí que yo no era una persona hecha para vivir en soledad.
Saori supo que Rachel estaba hablando de algo sensible, por lo que no intervino. Solamente se limitó a escuchar, algo raro en ella, puesto que normalmente no tenía mucho tacto para esa clase de cosas, por no decir ninguno.
—Esa fue una de las razones por la que decidí acompañarte mientras estabas en coma —continuó Rachel, torciendo la vista hasta encontrarse con los ojos de Saori—. Ya no quería sentirme sola, quería estar con alguien, aunque no fuese capaz de contestarme.
Saori seguía en silencio, sosteniendo la mirada de Rachel, insegura de por qué le estaría diciendo esas palabras.
—Te agradezco por aceptarme en tu vida, Saori —dijo Rachel, mostrando una amplia sonrisa y un fulgor en sus ojos—. Aunque tu carácter es difícil, me has brindado tu compañía y eso es todo lo que necesito. Gracias.
La pobre Saori no sabía qué decir. El músculo de la sensibilidad siempre lo había tenido como atrofiado, pues pensaba que mostrar emociones era sinónimo de debilidad. Claro, era más fácil pensar de ese modo que ser consecuente con sus propias ideas y Saori estaba siendo víctima de ello. Al ver que Saori parecía estar luchando por expresarse correctamente, intercedió en su favor.
—No tienes que decirme nada, Saori. Estás aquí y me has escuchado. No necesito nada más.
Pero Saori era una chica tozuda. No le bastaba con que Rachel le dijera que no se preocupara por decir algo, pues Saori necesitaba decir algo, lo que fuese. Estuvo unos cuantos segundos buscando las palabras para expresar lo que sentía en ese minuto, hasta que abrió la boca.
—Me siento… halagada —dijo Saori torpemente—. Aunque… no sé si deberías agradecerme tan pronto. En cualquier momento podría hacerte mucho daño y, créeme, ya no querrás saber de mí en este vida y en las próximas mil.
—No exageres, Saori —repuso Rachel, abandonando la ventana y dirigiéndose a la cama—. No creo que me conozcas lo suficiente para afirmar tal cosa. En una de esas, podría sorprenderte.
—¿Y estás dispuesta a correr el riesgo?
—Tengo que hacerlo —dijo Rachel, desvistiéndose y embutiéndose el pijama—. De otro modo, ¿cómo vas a recuperar la memoria? —Al ver que había dejado pensando a Saori, añadió—. ¿Ves? Te sorprendí.
—No es justo —protestó Saori, volviéndose hacia Rachel y poniendo los brazos en jarras—. Ni sueñes que me voy a acostar contigo.
—Me parece, pero te advierto que el piso es helado.
—Bah, unas cuantas mantas y una buena almohada es todo lo que necesito.
Rachel se encogió de hombros.
Por desgracia para Saori, no había mantas extra ni tampoco una almohada de sobra. Era el riesgo ocupacional de tener poco presupuesto para alojamiento de primera calidad. Gruñendo y caminando como si hubiese insectos molestos en el suelo, Saori se dirigió a la cama, se quitó la ropa y, como Rachel, se enfundó el pijama y se recostó a su lado, de espaldas a ella.
—Descuida, Saori. No me voy a aprovechar de ti.
—Hazlo, y te arrepentirás.
Para cuando las luces se apagaron, Saori y Rachel comenzaron a quedarse dormidas, y seguían de espaldas.
—Por cierto, Saori…
—¿Qué pasa? Quiero dormir.
Rachel hizo una pausa, para luego hablar en susurros.
—Eres muy hermosa.
—¡Ah, cállate!
—¡De acuerdo, de acuerdo! Dulces sueños, Saori.
Saori murmuró algo que sonó como "dulces sueños, Rachel". No estaba al tanto que se había sonrojado levemente.
Al día siguiente, 03:14p.m.
Saori tenía los brazos juntos en su lugar. Algo entendible, pues ya se había dicho que no le gustaban los circos y Rachel había desaparecido en completo silencio, dejando a la pobre Saori sola. El espectáculo ya había comenzado y se podían ver unos elefantes sosteniéndose en dos patas, como lo harían los perros cuando trataban de alcanzar algo a mucha altura. Aquella era la razón principal del disgusto de Saori por los circos: aunque ella no tenía mascotas, sí respetaba la vida en todas sus formas y la idea de que hubiera animales en cautiverio era un insulto. Para su alivio, Rachel compartía ese pensamiento y le había confesado que le gustaban los gatos. Había acudido al circo solamente para encontrarse con Violet.
No fue hasta después del show con los animales cuando Rachel hizo acto de presencia, justo cuando el espectáculo de magia iba a comenzar.
—Ya está todo arreglado —susurró Rachel al oído de Saori—. Después del show de Violet, podremos conocerla. Tú te harás pasar por una admiradora y yo seré la amiga que irá a tu rescate cuando te asalten los nervios.
Saori gruñó, pero juzgó que Rachel era la persona más idónea para idear planes. No había muchas vueltas que darle al asunto, en realidad.
El espectáculo de magia tomó por sorpresa a todos los asistentes, pues Violet parecía manejarse bastante bien. De hecho, ella no rebanó a hombres por la mitad, no sacó conejos de algún sombrero o hizo desaparecer a alguien tras una cortina. El público quedó mudo cuando Violet tomó asiento sobre una silla y ésta comenzó a flotar sobre el escenario, sin cables o alguna otra artimaña que ayudara con el truco. Luego, Violet se arrojó al vacío y todos gritaron en señal de pánico, pero luego hubo gritos de desconcierto cuando notaron que Violet no estaba por ningún lado. Dos minutos pasaron para que ella apareciera por una entrada lateral, bajo un tormentoso aplauso por parte de los espectadores. Saori tenía los ojos abiertos, al igual que su boca, sin que estuviera al tanto de ello. Rachel tenía una mirada extraña en su cara, como si ya hubiera visto antes algo parecido.
Pero Violet no pudo continuar con el espectáculo, pues unos hombres de terno y corbata, armados con pistolas y rifles de asalto irrumpieron sorpresivamente en el circo, dirigiéndose directamente hacia el escenario.
—¿Pero qué mierda…? —dijo Saori, indignada.
—Son agentes de la CIA —dijo Rachel, poniéndose de pie y tomando a Saori de la mano—. No sé qué querrán de Violet, pero supongo que no debe ser para algo bueno si vienen armados hasta los dientes.
—Deberíamos irnos de aquí.
—No. No sin Violet —dijo Rachel con apremio, guiando a Saori hacia un sector desierto de la gigantesca carpa—. Saori, sé que no te va a gustar lo que estoy a punto de pedirte, pero tienes que defender a Violet de esos hombres.
Y Rachel le tendió un pendiente con un viento tallado en bajorrelieve. Saori captó de inmediato el gesto de su amiga, recordando que ella le había platicado sobre ese pendiente y cómo le había permitido ser una Sailor Senshi.
—No. ¡Tienes que estar bromeando!
—¡Es la única forma de salvar a Violet! —insistió Rachel con impaciencia, agitando la mano que sostenía el pendiente—. ¡Si realmente quieres recuperar la memoria, tienes que dejar atrás todas tus reticencias! ¡Vamos, hazlo ya!
Saori notó cierta desesperación en los ojos de Rachel, pero no estaba segura de si debía hacer lo que su amiga le estaba pidiendo. Era cierto que Violet estaba en peligro, era cierto que necesitaba salvarla, pero algo en su cabeza se rehusaba a creer que alguna vez peleó por la humanidad.
—Saori —dijo Rachel, tratando de calmarse—, yo creo en ti, creo en que puedes superar lo que sea que te está atando. ¡Vamos, inténtalo!
Saori crispó los puños y miró hacia el suelo, tratando de decidir si hacerse a un lado o luchar. Tal vez la CIA tuviera razón con respecto a Violet y se trataba de alguien peligroso, o simplemente, la agencia estaba tratando de atar cabos sueltos. Además, los hombres venían con armas, lo que significaba que esperaban resistencia por parte de Violet, y eso a su vez implicaba que iban a apresarla en contra de su voluntad. Y aparte de todo eso, ¿qué mal había hecho ella? ¿Hacer trucos de magia en un circo? Por otro lado, si el gobierno estaba involucrado en algún asunto turbio con Violet, entonces Saori se vería entrampada en un lío gubernamental gigante y aquello simplemente era demasiado grande para ella.
¿Qué hago? ¿Qué mierda hago? ¡Demonios!
Saori, yo creo en ti.
—Saori —dijo Rachel después de haber espiado la situación por una esquina—, ellos la tienen. Van hacia la salida.
Pero Saori no respondía. Sus entrañas se retorcían dolorosamente dentro de ella y sus manos sudaban por tenerlas empuñadas tanto rato. Miraba de un lado a otro, tratando de aliviar la tensión. Rachel la observaba, temiendo lo peor.
Y luego, después de una eternidad de lucha interna, Saori tomó una decisión.
