Viktor tragó saliva, sabiendo que inevitablemente saldría herido. Era imposible que pudiera vencer a ese sujeto que le quería arrebatar la carne que robó hace unos momentos. No había comido en lo absoluto desde hace días y se sentía tan débil que veía borroso. Tenía que proteger con su vida lo que sería su único alimento por algún tiempo, pero a la vez sabía que eso sería imposible. Era evidente lo que pasaría.
—Ya tuve suficiente de ti.
Viktor alcanzó a ver cómo una pierna se acercaba a su cara, pero cuando cayó en cuenta de que iba a ser pateado, fue muy tarde. Sintió un fuerte dolor proveniente de su mejilla y un zumbido se apoderó de sus sentidos. Si ya veía borroso, ahora lo hacía más. Ni siquiera pudo sentir cuando el paquete fue arrebatado de sus manos.
Cuando volvió a abrir los ojos, tenía un terrible dolor en la cabeza. Trató de incorporase, pero le llevó cierto tiempo recuperar el equilibro. No era la primera vez que un ladrón le robaba a él, quien también le había robado a alguien más. Era la ley que aprendió a acatar en ese año que llevaba ya sin techo en dónde vivir.
Caminó por las calles ya desiertas sin importarle encontrarse con algún vagabundo pues, además de que él era uno, ya no tenía nada que le pudieran robar como hace unas horas.
Se metió en otro callejón y se adentró a lo más profundo de éste. Dio unos pocos pasos más, casi arrastrándose, y se recargó contra la pared para dejarse caer. El frío se colaba por su ropa, pero en esos momentos era más el dolor de cabeza lo que lo estaba molestando.
Un bulto al lado suyo comenzó a toser fuertemente antes de hablar. Apenas y volteó a verlo, no haciéndole mucho caso.
—¿Tienes comida?
—No. Alguien me la arrebató antes de que llegara.
—Quiero comida.
—¡Y yo quiero quitarme este dolor en la cabeza!
Iba a seguir replicando, pero la fuerte tos del otro no lo dejó hablar. Volteó y alcanzó a distinguir un rostro entre el bulto hecho con restos de ropa y cobijas. La luz de la luna era suficiente para que pudiera ver las manchas oscuras de sangre que aumentaban entre más tos tenía el hombre.
Viktor recordó cuando lo vio por primera vez el día en que su madre murió. Pensó que sólo era un borracho que al día siguiente no volvería a ver, pero al no tener a dónde ir, no saber qué hacer en las calles y siendo ese sujeto el único que al parecer no le quería hacer daño, comenzó a vivir a su lado en ese callejón.
Era un hombre soportable, al menos cuando no bebía tanto. Viktor no sabía más allá de que alguna vez fue un general importante, o al menos así se presentaba, y que el alcohol lo dejó sin trabajo y sin esposa. Nunca le interesó saber algo más de él, sólo quería aprender cómo sobrevivir en ese nuevo mundo en el que se encontraba. Cuando menos se dio cuenta, un año ya había pasado de eso.
No estaba seguro de si fue la bebida lo que lo enfermó o fue que el gastado cuerpo ya no pudo soportar el terrible invierno del que acababan de sobrevivir, pero poco a poco ese hombre había perdido el poco peso que le quedaba y tosía tanto que se había quedado casi sin voz. Ya llevaba varios días sin salir de esa capa de telas.
Retiró la vista de él y cerró los ojos. Lo que más deseaba en ese momento era que su cabeza no doliera tanto. Quizá era el hambre que tenía o que de algún modo el frío viento de la noche lo adormeció involuntariamente, pero al final logró quedarse dormido, siendo esa tos incontrolable y el llamado lastimero al nombre de una mujer lo último que escuchó.
Para cuando despertó, el dolor casi había desaparecido, pero lograba sentir con sus dedos una hinchazón en su mejilla. Se levantó como pudo y pensó a dónde podría ir a buscar algo de alimento.
—Iré a buscar comida otra vez.
Viktor no se extrañó de no escuchar respuesta, pero sí de no escuchar esa molesta tos que ya lo tenía cansado. Detuvo su paso y dio media vuelta para confirmar lo que sospechaba.
Movió con su pie el cuerpo y logró percibir que estaba bastante tieso, lo que no era muy común en alguien dormido. Se puso de rodillas frente a él y levantó las cobijas, las cuales liberaron un olor nauseabundo que le hizo taparse la nariz con las manos. No era de extrañarse, de por sí personas de su clase nunca olían bien, pero el que ese hombre hubiera estado atrapado por días allá abajo hizo que ningún olor pudiera escapar hasta ese momento.
Sin embargo, ignoró el asunto del olor cuando se dio cuenta del color grisáceo que el hombre tenía. Sus ojos amarillentos estaban abiertos y perdidos. Viktor entendió que el viejo había muerto en la noche.
Se quedó viendo el cuerpo un rato. No le tenía ni el más mínimo aprecio a ese hombre, pero de algún modo u otro se había vuelto su única compañía y la única persona que no le hacía daño. Eso valía algo, pensó.
Aún así, colocó el cuerpo hacia arriba y comenzó a hurgar entre las ropas, con la esperanza de encontrar algo que le pudiera servir más a él.
—¿Qué crees que haces?
Viktor se quedó tan tieso como el cadáver a sus pies. Volteó la cara y vio de reojo a un guardia que recién iniciaba su jornada. No había motivo por el cual un hombre de esa clase pudiera estar interesado en un niño sucio y abandonado, pero sí en el muerto que yacía a los pies de ese niño.
Se puso de pie rápidamente, sin quitar su mirada desafiante. Había logrado vislumbrar unas monedas en las ropas del otro vagabundo y quería agarrarlas, sólo que ahora tenía un problema mucho mayor. Vio sus manos y se dio cuenta que se habían manchado de las últimas gotas de sangre que el hombre había tosido. A cualquier niño de buena familia no lo juzgarían de asesino, pero seguramente a él sí, todo con tal de quitar a otro vagabundo de las calles.
—Ven acá.
—¿Para que me lleven a la cárcel? —No sabía si sería peor o no comparado a cómo vivía, pero si ni los pobres querían ir a la cárcel, debía ser por algo.
—No juegues con mi temperamento, niño. ¿Por qué lo mataste?
—¡Yo no maté a nadie! —Intentó caminar hacia atrás, pero no tenía hacia dónde moverse y tropezó con el cuerpo inmóvil del vagabundo, sintiendo con su mano una de esas botellas vacías que el hombre siempre dejaba tiradas.
—Ustedes son capaces de matar por una moneda, ¿verdad?
El corazón de Viktor latía rápidamente. Todo ese tiempo se había salvado de cualquier autoridad y ahora resultaba que por una equivocación terminaría sentenciado. Eso lo encolerizó.
Gritó y lanzó la botella vacía tan fuerte como su débil cuerpo fue capaz. Quizá era la energía producto de su enojo y frustración, pero el cristal chocó con fuerza en el rostro del policía, que cayó al suelo. La tranquilidad que sintió por un instante cambió a terror cuando sangre comenzó a salir en grandes cantidades del punto donde golpeó el cristal ya roto.
Se levantó y se alejó lo más que pudo del cuerpo, sin poder retirar la vista del pequeño charco de sangre. Su capacidad de pensar regresó y sólo atinó a decirse a sí mismo que tenía que salir de ahí en ese mismo instante.
Salió del callejón, corriendo como si alguien lo estuviera persiguiendo. Se decía una y otra vez que no pudo haber matado al hombre, que quizá sólo fue una herida que lo desmayó. Estuvo tentado a regresar y cerciorarse, pero sólo se estaría arriesgando a que esta vez lo atraparan por algo que sí hizo.
Estaba tan sumido en sus temerosos pensamientos que no se dio cuenta que llegó al puerto. Miraba paranoico hacia todas direcciones, pero nadie le prestaba atención. Tenía que calmarse y quitarse las manchas de sangre de sus manos, las que comenzaron toda la confusión.
Metió sus manos en el agua salada y talló con desesperación, aún volteando a su alrededor y sin ser capaz de regular su respiración. Ni siquiera los pescadores cerca de él lo notaban, pero Viktor sentía los ojos de todos sobre él preguntándole dónde estaba el guardia con el que se había encontrado.
Sacó sus manos del agua, ya limpias. El verlas sin restos de nada sospechoso lo hizo calmarse un poco, por lo que se alejó de la orilla y se recargó contra una pared de las pescaderías de ahí. Se sentía tan cansado y hambriento que ni intentó robar algo.
La gente pasaba cerca de él, pero ni una moneda le daban. Era en esos momentos que se preguntaba por qué estaba vivo. Si no lo estuviera, nada cambiaría. Nadie lo necesitaba y sólo se encontraba ahí tumbado, muerto de hambre y sed. ¿Entonces por que seguía ahí? ¿Por qué no moría aún?
Molesto tomó una pequeña piedra del suelo y la lanzó lo más lejos que pudo, como si eso pudiera servir de algo. Vio hasta dónde llegó, cayó al suelo y rebotó un poco antes de terminar frente a los pies de unas personas. Las hubiera ignorado, pero fue difícil.
Dos hombres, vestidos con armadura muy brillante y un par de lanzas en sus manos rodeaban a una mujer de poca estatura, con el cabello rubio tapándole ligeramente sus ojos verdes. Se veía muy asustada, sosteniendo con cuidado una canasta con alimento. Viktor no tuvo que pensar mucho para entender que esos hombres buscaban persuadirla para que se acostara con ellos, haciendo uso del estatuto de guardias de la familia real para lograr lo que querían. Chasqueó la lengua en disconformidad, siempre odio que alguien se aprovechara de su posición para hacer lo que quisiera.
Iba a ignorarlos, pero un diálogo lo obligó a escuchar.
—¿Qué te pasa? ¿No quieres venir con nosotros?
—Nadie le dice que no a un guardia del príncipe. ¿Tienes idea de lo que eso significa, campesina?
La mujer dio un ligero grito cuando uno de ellos la tomó de la mano y la jaloneó hacia él. Ella se veía asustada, pero a la vez sus ojos eran severos y agresivos.
—¡Suéltame! —gritó desesperada cuando el guardia la tomó del abdomen para rodearla.
—¿Pero qué es esto? —dijo el guardia mientras pasaba la mano por el abdomen de ella—. Parece ser que llegamos tarde. Alguien más ya preñó a esta pequeña puta.
Los guardias comenzaron a reír y, contrario a lo que podría pensarse, siguieron sin soltarla.
—Como si eso importara. Al menos no tendremos que preocuparnos de tener un bastardo con una puta. Ya hay muchos de esos.
Viktor sintió que algo en su interior cobraba vida, algo que aumentaba su ira con cada segundo que pasaba. En lugar de la cara del guardia, en su cabeza apareció la imagen ya borrosa que quedaba de alguien que hace un año vio por accidente en la calle. Era como él en todo sentido, pero con riqueza y estatus. La cara del príncipe apareció en su mente, enfrente de una versión joven y llena de vida de su madre. No lo sabía con seguridad, pero estaba casi seguro de que al príncipe poco le importó haber hecho lo que ese guardia hacía en esos momentos. Usó el nombre de su familia y de su dinero para aprovecharse de alguien y luego no hacerse cargo de lo que resultó de eso, un resultado que en esos momentos caminaba fervientemente hacia los dos guardias.
Corrió y, usando el impulso, empujó a uno de los guardias, que perdió el equilibrio y cayó al agua.
—Tú no te metas, niño. —El otro guardia lo tomó de la ropa, dispuesto a lanzarlo lejos, pero Viktor vio que con sus pies alcanzaba a patearlo en la entrepierna y así hizo.
Cayó al suelo, pero aprovechó estar ahí para jalar con su mano la bota del guardia, que resbaló y terminó igualmente en el suelo. Viktor se paró rápidamente y, tomando la lanza que el guardia tiró, la encajó en su mano, haciendo que éste gritara de un dolor terrible.
La gente se alarmó y Viktor se quedó asustado viendo lo que había hecho, recordando que en un callejón lejos de ahí había alguien tirado en un charco de sangre, probablemente muerto a causa de él. Tuvo miedo de sí mismo, de saber hasta dónde podía llegar por defenderse, de saber en qué se estaba convirtiendo.
Se hubiera quedado pasmado en su lugar, pero una pequeña maño tomó la suya y lo jaló para empezar a correr. Era la mujer a la que habían estado molestando.
Casi se sentía volar por lo rápido que iba ella, o quizá era que él iba muy lento. La poca energía que había sacado de algún lugar desconocido ya se había desvanecido y pronto él también lo haría. Lo último que vio es que ya no estaban en el puerto.
La mujer volteó al sentir un peso que la hizo frenar. Su mano seguía sujetando la del niño, pero éste yacía en el suelo, desmayado.
Viktor aún alcanzaba a escuchar, aunque no veía ni sentía nada. Escuchó que alguien le decía que despertara, pero quería decirle a la mujer que ya no podía mantener los ojos abiertos y que lo que más quería era dormir y ya no sentir hambre y sed.
—¡Papá, qué bueno que llegaste! ¡Ven, ayúdame!
Quiso preguntar a quién le gritaban, pero perdió completamente la conciencia después de ser cubierto por los brazos cálidos de aquella extraña.
