Llevaban dos horas en el tren de camino a casa. Habían cogido un compartimento para ellos dos, sabiendo que más tarde acabarían siendo más. Rose y Albus aprovecharon ese rato solos para hablar de las últimas novedades en Hogwarts.
—...Entonces Adele le dijo a Oliver que Tina se había liado con Adam.
—¿Enserio? —Albus no podía creer lo que oía—. ¡¿Con Adam?! ¿Con Adam Johnson de Ravenclow?
—Sí —dijo Rose—. Y lo peor de todo es que Oliver se lo dijo a los chicos del equipo...
—Entonces Evan se enterara…
—Exacto —Rose se cruzó de brazos—. Pero Tina me dijo que no estaban saliendo, así que supongo que no tiene mucha importancia…
—Pero le molestara… Llevaban juntos más de un año antes de romper el mes pasado… Además, Evan tiene una imagen de Tina muy distinta… —declaró Albus—. Todo el mundo la ve como un angelito, pero no lo es…
—Ya…
—¡Y que fuerte que Adele se lo dijera a Oliver! Es su amiga y Tina confía en ella…
—Yo, desde luego, no le pienso volver a contar nada —declaró Rose—. No me hace ninguna gracia que le vaya contando esas cosas a Oliver, que no sabe tener la boca callada.
—Oliver Braiden nunca fue de los discretos… —dijo Albus.
—¿Cómo lo sabes?
—Me han hablado de él.
Nunca le habían hablado de él, en realidad.
Oliver es de Hufflepuf. Es un chico simpático y alegre, conoce a todo el mundo y todo el mundo le conoce. Es una celebridad entre los alumnos y siempre tiene algún rumor en el que participar. Una noche, cuando Oliver volvía hacía la Sala Común de Hufflepuf después de una de esas fiestas clandestinas que se preparaban en Gryffindor de la mano de James, Daren y Lance, se encontró con Albus y Beth —una chica de Slytherin que Albus se había encontrado volviendo de uno de sus paseos— por los pasillos oscuros de Hogwarts. El rumor de aquel nuevo romance circuló por todo el castillo, inundando las conversaciones de todos los alumnos durante dos semanas.
Albus aun recordaba la bronca de Daren en oírlo.
—Daren se lío con Tina en quinto —dijo Rose.
—Ya…
—¿Te acuerdas? —Rose sonrió burlona—. No duraron ni tres meses. Decían que él estaba con otra…
—Puede ser.
Albus evadió el tema, sabía que Rose quería sonsacarle información. Albus solía pensar que Rose sabía algo de lo suyo con Daren, que siempre lo había sospechado. Pero no podía arriesgarse a decírselo o a dejar el tema en el aire. Daren podría enterarse y eso supondría un problema.
—¿Has hablado con Scorpius?
—No.
—Deberías hacerlo.
—No quiere escucharme… He ido a buscarle esta mañana pero ni si quiera me ha mirado —Albus recordó su mirada cansada y angustiosa. Se sentía culpable de algo que no había hecho.
—No se como lo haces, Al… Pero estás rodeado de gente arrogante y estúpida.
—Lo sé.
—Menos yo, claro —Rose le sonrió—. ¡Yo soy fantástica! De lo mejorcito que encontrarás en la escuela.
Albus le devolvió la sonrisa.
—Que creído te lo tienes, Weasley.
El caminó se hizo largo, con el paso del rato aparecieron James y Lance. Entraron en el compartimento como si lo hubieran estado ocupando durante todo el día. Daren no apareció y, aunque Albus se preguntaba donde estaría, prefería no saber la respuesta. En compañía de James el tiempo parecía pasar con más agilidad, se hacía ligero. Y aunque Albus no tenía ganas de reír a costa de las absurdas bromas de su hermano, decidió dejarse llevar por el momento. Junto a él y su prima, dentro de aquel compartimento, sentía que volvían a ser aquellos niños sin miedos que una vez fueron. Las cosas habían cambiado desde entonces, estaba claro. La madurez y la experiencia hace que obtengas pensamientos, ideas o comportamientos diferentes y autónomos al de los demás, y eso provoca que muchas veces te encuentres en discordancia con las personas que tienes alrededor.
Albus salió del compartimento sin saber muy bien a donde se dirigía. Todavía estaba demasiado dolido con James, pero no quería hacérselo saber. Se marchó de allí y camino por el vagón en busca de algo que pudiera entretenerle. Se paró delante de un gran ventanal. El traqueteo del tren movía su cuerpo y en apoyar las manos sobre el cristal vibraron acompasadas. Miró hacía el exterior, dejándose envolver por aquella imagen de paz y serenidad.
—Llevas cinco días evitándome, Al.
La voz sonó contra su oído, con vigor y dureza. Albus supuso que Daren estaría muy cerca, pero no se giró para comprobarlo.
—No te evito…
—Si lo haces.
No había nadie en el pasillo del vagón. Nadie les veía.
—¿Qué haces aquí solo?
—Nada —declaró Albus.
Sentía la respiración de Daren sobre su nuca. Sentía como respiraba nervioso y agitado, con una especie de excitación primitiva, el porqué del cual Albus no acababa de entender.
—Estamos en medio del pasillo… —le recordó Albus.
—Me da igual.
Se giró y quedando de cara a Daren, le miró intensamente.
—Oh, Merlín…
Albus miró en gran cardenal que ocupaba la gran parte de su cara. El oscuro cabello caía desordenado sobre la sien, ocultando aquel gran moratón en el ojo derecho.
—He tenido días mejores, lo sé.
—¿Quién te ha hecho eso?
—Nadie, olvídalo.
—Daren... —insistió Albus.
—Nadie.
Solo pensar en tener que aceptar que Scorpius Malfoy le había dejado aquella marca, declarando así su victoria, hacía que Daren sintiera las risas y mofas de toda la escuela a sus espaldas.
Albus miraba a Daren si acabar de entender cual era el maldito problema, el porqué de aquel secretismo con el moratón de su ojo. Por primera vez, Albus sintió como Daren también podía ser débil, como podía volverse indefenso ante alguien más fuerte que él. Jamás había visto la derrota en los ojos de Harrelson, jamás había sentido aquella debilidad, aquella flaqueza. Era vulnerable y Albus lo sabía. Quizá aquella persona que le había provocado ese sentimiento de fragilidad absoluta, le había demostrado a Daren lo insignificante que uno puede llegar a sentirse.
—James está dentro.
—No quiero ver a James.
—Basta.
Daren se detuvo un momento en ver las fría expresión dibujada en el rostro de Albus.
—¿Qué?
—Basta —dijo convencido.
Albus lo había decidido. Sentir aquella vulnerabilidad en Daren, esa fragilidad tan humana, había provocado en él una oleada de fuerza —de la cual desconocía su procedencia— que le incitaba a decir todo aquello que pensaba, todo aquello que había callado durante tanto tiempo.
—Basta, Daren —dijo, sintiéndose más fuerte que nunca—. Esto se ha acabado.
—¿Pero que dices, Al?
—Lo que oyes —reiteró—. Se acabó y ya está.
—No puedes acabar con algo que nunca empezó —dijo Daren.
Albus suspiró. La impotencia se acumulaba por todo su cuerpo, colapsándose en las puntas de sus dedos, hasta lo más profundo de su pecho y abrasando su carne. Crecía con fuerza, deseando salir y gritarle a Daren lo cobarde que era y lo mucho que lo sentía por él, porqué era una persona tan tóxica, tan egoísta, que dudaba que pudiera llegar a querer a alguien libremente en toda su vida.
—Se acabo, Daren.
—Albus… —Daren cogió a Albus de la manga de la túnica y le hizo retroceder—. Albus, no puedes hacerme esto.
—¿Hacerte el qué?
—No puedes.
Aquella fue la primera vez que Albus sentía que estaba hablando con el Daren real, aquel que conoció una vez.
—No puedes… No puedes dejarme. Yo no… —las palabras no conseguían salir—. Yo no sé…
—¿No sabes a quien te vas a follar en los pasillos? ¿No sabes quien te va dejar que le utilices para correrte? Se acabo, Daren.
—No, Albus… Yo…
—Me da igual lo que digas.
—Somos amigos, Al.
—¿Amigos? ¡Amigos! ¡Ja! Los amigos no se hacen esto, Daren… Ese es el maldito problema. Me has estado utilizando como has querido con la escusa de ser tu amigo.
—¿Y que quieres que haga? —Daren encaró a Albus, lo cogió de las solapas de la túnica y lo arrinconó contra la pared. Aquella furia que había contenido durante las palabras de Albus estaba creciendo en su interior deseando ser liberada—. ¿Qué quieres que haga, Albus? ¿Quieres que te coja de la mano por los pasillos? ¿Qué te de un beso de buenas mañana cada día en el Gran Comedor? ¿Qué te espere después de clase y estudiemos juntos en la biblioteca? Lo siento, Albus… ¡Yo no puedo ser así y nunca podré serlo! ¿Quieres que te diga que te necesito? Pues sí, Albus… ¡Joder, te necesito! ¿Quieres que te bese delante de todo el mundo? ¡Lo haré! —Albus juró ver como se humedecían los ojos de Daren. Jamás había sentido tanta furia en su interior y jamás había podido sentir tanta verdad en las palabras del chico. Daren le beso, fuerte, duro y frío. Albus contó las pocas veces que Daren le había besado, esa era la tercera. Llevaban casi un año juntos tres besos y un polvo por noche. Daren separó su boca de la de Albus, un Albus que no podía estar más aturdido—. No puedes dejarme, Al. Simplemente, no puedes.
Albus respiró entrecortado. No podía creer todo lo que acaba de escuchar. Daren, Daren Harrelason habían confesado, le necesitaba. Y eso era lo que Albus siempre había deseado, aquellas palabras de esperanza de que algún día Daren conseguiría aceptar lo que sentía por él. Y aun así, Albus no estaba satisfecho del todo. Aun habiendo conseguido lo que quería, sentía que faltaba algo, que algo se le escapaba.
—Daren… No sé.
Albus miró en los ojos de Daren, más cerca que nunca. Puede que no fuera la persona que Albus siempre hubiera deseado como pareja o amante, pero era el único que tenía ahora. ¿Qué hacer? ¿Cómo decir que no después de lo que le acabada de decir Daren?
—Piénsalo —dijo Daren.
Su rostro se inclinó hacía el de Albus, con la mirada fija en sus labios y la primitiva intención de besarle. Pero no lo hizo, antes de que Albus pudiera cerrar los ojos, preparado para recibir el beso, Daren se dio media vuelta y se marchó pasillo a través. Dejó a Albus con aquella horrible sensación en el estómago de miedo a dejar a Daren y quedarse solo, de sentirse solo.
Había dado un gran paso diciéndole lo que sentía, diciéndole que ya no podía soportar más aquella relación. Un paso en falso que las palabras de Daren habían hecho retroceder. Albus sabía lo que él significaba para el chico y no podía hacer nada, no tenía otra salida. Seguir con Daren y aceptar las cosas tal y como son.
El tren dio un paro en seco.
El cuerpo de Albus se tambaleó en sentir la parada. Habían llegado a Londres.
La cabellera pelirroja de Rose se asomó de la puerta del compartimento y vio a Albus parado en medio del pasillo con los ojos cerrado y respirando con dificultado. Rose salio del compartimento y se dirigió a su primo.
—¿Albus, estás bien?
Albus continuó con los ojos cerrados mientras los alumnos comenzaron a circular alrededor suyo, cargados de baúles y jaulas, mientras bajaban del tren. James y Lance los llamaron, pero Rose les instó a que fueran avanzando sin ellos. Albus estaba pálido, sus hombros estaban en tensión y sus manos en forma de puño se tenían de blanco por la presión. Respiraba en grandes soplidos, agitado y nervioso, apunto de un ataque de ansiedad.
—¿Al, qué pasa? —volvió a insistir Rose una vez todos los alumnos habían abandonado el vagón.
—No puedo respirar… —Albus subió la cabeza e intentó calmar su agitada respiración.
—Cálmate e intenta respirar hondo… Despacio.
Tardó unos minutos en recuperarse. Rose se quedó a su lado mientras el chico recuperaba su respiración habitual.
—¿Mejor?
Albus asintió.
Le ardían los ojos, miles de lágrimas se le acumulaban allí.
—Da-dar… D-dare… —balbuceaba Albus con un nudo oprimiendo su garganta.
—Daren… ¿Qué pasa con él, Albus? ¿Te ha hecho algo malo? Cuéntame.
Albus se negó.
—Lo sé… ¿Vale? —dijo Rose, Albus la miró perplejo—. Sí… No hace falta que me mientas más, ya sé que estáis juntos.
—No estamos juntos.
—¿Lo habéis dejado?
—No… Pero no estamos juntos —Albus apartó la mirada—. Es complicado.
—Oye, Albus… si no quieres contármelo ahora, puede ser en otro momento… Cuando estés más tranquilo. Ahora debemos bajar a la estación, nos estarán esperando. Cálmate y bajamos, no quiero que se extrañen.
—De acuerdo. En otro momento lo hablaremos.
—Perfecto… ¿Estás mejor, más tranquilo?
Albus asintió.
—Venga vamos.
Cogieron los baúles y Rose se adelantó, bajando del vagón antes que Albus. Solo quedaban ellos dos dentro del tren y en salir, Albus se encontró con una escena reconfortante. Cientos de niños y niñas se abrazaban a sus padres, les besaban la frente y les sonreían. En la estación, repleta de humo gris proveniente de la locomotora, se respiraba felicidad y ternura. Albus observaba desde las escaleras del vagón, baúl en mano. Observando desde arriba como todos aquellos niños volvían a casa para Navidad. Buscó con la mirada a su familia, pero antes de poder dar con ellos, sus ojos se distrajeron durante unos segundos.
Scorpius Malfoy se abrazaba a su madre con fuerza, la besaba las mejillas y la sonreía como nunca le había visto sonreír antes. La mujer le devolvía el cariño mientras su padre observaba la escena enternecido. Abrazó a su hijo y los tres se marcharon de la estación sin hablar con nadie, sin hacer ruido ni llamar la atención.
—¡Albus! ¡Albus Potter! —su madre había llegado corriendo hasta su lado—. ¿Dónde estabas? ¡Estaba preocupada!
—Hola, mamá…
—Hola, cielo —Ginny besó a su hijo por toda la cara y lo abrazó—. Te he echado de menos…
—Y yo a ti, mamá —dijo el chico medio avergonzado medio queriendo devolverle los besos a su madre—. ¿Te importaría no dejarme en ridículo delante de todo Hogwarts? —musitó con una sonrisa cariñosa.
—Lo siento, cielo… Es que estoy tan contenta de que estés aquí. Por fin estás en casa —Ginny le cogió el baúl—. Vamos, los demás no están esperando…
Sin duda, este no es mi mejor capítulo. No sé que decir ahora mismo, puede que lo apropiado sería pedir perdón por este capítulo.
Prometo que los próximos serán un poquito mejor, tampoco se puede esperar mucho de mi. En fin.
De una cosa no se podrán quejar, he colgado en menos de una semana. Subí el anterior capítulo un lunes y estamos a sábado (las dos y media de la madrugada).
El próximo está en proceso y promete, ya lo verán.
Cualquier pregunta al respecto, pueden dejar un review y les responderé encantada.
Nos vemos en el próxim
