Decleimer: Adaptación de la novela Sombra y Estrella (The Shadow and the star). Todos los personajes de Inuyasha pertenecen a Rumiko Takahashi.
Capítulo 9
EllaLa deseaba. Quería tocarla.
Mientras sobrevolaba diferentes territorios, su cuerpo despertó lleno de deseo; durante la noche se quedó dormido acunado por el ruido de los insectos y embargado por el deseo, y soñó que la tocaba, solo en sueños, cuando no habría consecuencias. Viajo por días, rastreando el origen de la espada, de noche, entregado a los sueños, sin querer despertar al llegar la mañana.
Jaken no se despegaba de su amo, pero no daba muestras de notar nada raro en este.
Sesshomaru decidió dirigirse al anciano Totosai, pues seguramente este sabría algo referente a la empuñadura de la espada.
Sesshomaru estaba distraído. No le habría resultado difícil un enemigo sorprenderlo en ese estado. Pensaba en ella con la ropa interior blanca levantada sobre las piernas desnudas, bebiendo té y arqueando los pies con un delicado movimiento; pensaba en su cabeza inclinada, con todo aquel cabello brillante y las manos posadas sobre el regazo, la viva imagen de la sumisión, y en la suave piel de la nuca. No era capaz de concentrarse en su propio núcleo; se desviaba una y otra vez del sendero, perdía el zanshin, la mente vigilante y sin ataduras, y con él se iban años de ejercicio y disciplina.
Para combatirlo, pasaba las largas horas nocturnas sentado en silencio, intentando desprenderse de cualquier deseo consciente, pero, pese a todo, ella continuaba filtrándose en su mente como una lenta calidez. Estaba sentado en perfecta paz, sin pensar en nada… y de la nada surgía la imagen de ella cepillándose el pelo sobre los hombros desnudos, la curva de su espalda, la blanca redondez de sus caderas cuando se inclinó para ponerse la ropa.
No podía ceder a eso. No podía cometer el mismo error de su padre. No podía degradar su linaje puro.
Había recorrido su propio camino. Se había vuelto invencible. Había afianzado su poder sobre sus dominios. Todo para asegurar la continuidad de su legado, su legado incluía pureza de sangre. Unirse a Inojuye era su próximo paso.
Su corazón era la hoja de la espada… pero con imperfecciones… imperfecta.
Esa debilidad lo había arrastrado a la oscuridad, había anidado en su interior durante años y nunca se había purgado. Ahora cristalizaba, se desplomaba sobre sí misma. Formaba el polo opuesto: en un lado Inojuye, el orgullo y todo lo que debía ser; en el otro, aquella oscuridad cálida e invitadora en la que anhelaba sumergirse.
Tenía un palacio propio, en una zona de su territorio inaccesible para los humanos. Solo esperaba el momento de llevar allí a Inojuye, ella sería la señora de su imperio y sus descendientes serian puros e invencibles.
EllaRin quería saber qué lugar ocuparía en su palacio.
Imaginó su rostro, su cuello, sus ágiles manos y la curva de sus senos.
Fijó la mirada en el horizonte.
«Aparta esos pensamientos —se dijo a sí mismo—. Apártalos.»
Aún no había hablado con Inojuye, pero pronto lo haría y todo esto terminaría.
Rin descubrió que no todos los demonios eran estrictamente guerreros y severos como su señor. Pues, Irasue la sorprendió invitándola a degustar un licor de cereza que tenía en su poder. Fue así como una tarde, 2 meses después de la partida de su señor, se encontraba sentada en el salón del palacio en compañía de la madre y la prima de este, sin saber exactamente como llego ella a estar sentada en medio de aquellas dos Youkai. Atragantándose por las carcajadas y chocando los hombros las unas con las otras.
Inojuye miro a Rin muy seriamente
— ¡Eres tan divertida! —exclamó—. Me alegro muchísimo de que se hayas venido con nosotros.
—Gracias —dijo Rin—, yo también me alegro. Creo… creo —hizo una pausa mientras trataba de reunir sus dispersos pensamientos— que tendríamos que parar.
Las dos Youkai la ignoraron y se encontró con otra taza llena de licor rojizo en sus manos.
—Míralo. —Inojuye suspiró embelesada—. Es espléndido.
—Exquisito —añadió Rin con reverencia.
—Impresionante—declaro Irasue.
¿Que se supone que están haciendo? - añadió una voz masculina y familiar.
Inojuye se dio la vuelta y gritó:
—Sesshomaru!
El señor Sesshomaru se quedó en la entrada del salón. La fría luz del sol que entraba por la puerta se reflejó en sus cabellos.
Rin se había olvidado; en los 2 meses transcurridos había olvidado el efecto que le causaba, había restado importancia a aquella belleza suya tan fuera de lo común y tan impactante. Entre los rayos del sol y las sombras que el sol proyectaba sobre él, brillaba con luz propia.
Al mirarlo, se sintió aturdida. Se sintió mareada. Había un poema…
«Tigre, tigre, incandescente… en la noche arborescente…»
No sabía quién era el autor, salvaje y apabullante con dos simples versos. Como él. Rin no era capaz de recordar el resto del poema. En aquel momento su mente no parecía especialmente lúcida. Tomo otro sorbo de licor.
-Sesshomaru- dijo Irasue con tono suave-. Lo estamos pasando de maravilla-.
Rin le hizo una inclinación, un tanto temblorosa al enderezarse.
—Sea bienvenido.
Él la miró. Rin se echó hacia atrás un mechón de pelo que se había soltado del moño. Todo su nuevo peinado recogido en una cola alta corría peligro de desmoronarse, pero ella no parecía ser capaz de pensar en cómo solucionarlo.
Creyó ver que él sonrió. Rin sintió una oleada de calor y placer que casi le hizo echarse a llorar. Parpadeó y cerró los ojos, y la estancia pareció ponerse a girar a su alrededor.
—Estamos probando un licor de cerezas—anunció Inojuye—. Tienes que probarlo.
Sumida en una especie de fascinación, Rin observo como bebía el líquido, era la primera vez que lo veía consumir algo. Y empezó a reírse.
Él la miró y Rin se tapó la boca con las manos. Después hizo acopio de orgullo para poner orden en su mente.
Inojuye dijo con seriedad:
—Tengo que irme. —se levantó con una gracia de la que Rin no se creía capaz en el momento y tras ella salió Irasue.
Rin no sintió ninguna pena por verlas marchar. Vagamente pensó que sí que tendría que haberla sentido, que no debería estar feliz de quedarse a solas con el señor Sesshomaru, pero se alegraba mucho de estar sola con él. Se alegraba tanto de su regreso… No pudo reprimir una sonrisa cuando lo miró.
Pero, mientras él continuaba de pie, Rin recordó que no solo venia por ella. No era para buscarla a ella, claro que no. Y Inojuye se había ido tras haberle dedicado menos de cinco minutos de bienvenida.
Se sintió un poco enfadada con Inojuye. El señor Sesshomaru se había molestado en ir hasta allí; estaba enamorado de ella, quería casarse con ella. ¿Cómo era posible que fuese tan inconsciente y se marchase en aquel momento?
No quería que él se sintiese herido. Pensó en mandarlo tras Inojuye… pero por supuesto que sabía ella de esas cosas.
Rin sabía que no estaba pensando con mucha claridad, pero deseaba que el señor Sesshomaru volviese a sonreírle.
Para lograrlo, le pareció que la mejor idea sería tomarse otro poco de licor de cereza. Cogió la taza y se lo sirvió ella misma, no sabía que fuera tan difícil y se le derramo un poco. Unas gotas corrían por su mano y lamió con delicadeza el interior de su muñeca. El señor Sesshomaru dio unos pasos hacia ella. Rin echó atrás la cabeza y lo miró por debajo de las pestañas. Mientras saboreaba con la lengua la dulzura del licor cereza, le dirigió una mirada para darle ánimos.
La miró como si fuese la primera vez que la veía allí.
Rin tomo un sorbo y dejó que se deslizase garganta abajo. Se lamió los pegajosos labios.
—No tiene que quedarse aquí conmigo —dijo con timidez—. Pero es de lo más divertido.
Él no dijo nada. Se quedó con la vista fija en sus labios, mientras ella se lamía un resto de licor de la comisura. Cuando sus miradas se cruzaron, el rostro de él mostraba una tensión muy peculiar: ni rastro de una sonrisa.
Ella comprendió que debía irse, se puso de pie rápidamente tratando de imitar a Inojuye. No lo logro. Se tambaleo.
Él se acercó y la estabilizo con una sola mano.
—No te desmayes —dijo con brusquedad.
Rin decidió que otro sorbo de licor mejoraría su equilibro. Vacío el líquido en su tasa pero antes de beberlo él se la quito de las manos.
—Ya es suficiente-.
Estaba muy cerca de ella. A pesar de saberse regañada, Rin, cerró los ojos llena de satisfacción y apoyó la espalda en él. Era tan cómodo, tan sólido, mientras que todo lo demás tenía tendencia a ponerse a dar vueltas en lugar de quedarse en su sitio.
Se acordó de la sacerdotisa Kagome, una vez la vio en esa misma postura con el señor Inuyasha. Aunque siempre pensó que ellos se gustaban más de lo que parecía apropiado. Era muy agradable, de verdad que sí, pese a que el señor Sesshomaru no le rodeaba el cuerpo con los brazos. Estaba quieto. Rin sentía su aliento en el pelo, irregular, más profundo de lo normal, como si hubiese estado corriendo.
—Gracias —murmuró.
Se dio la vuelta y rozo su pecho con la mejilla. El pelo le cayó en cascada sobre los hombros finalmente, como llevaba tiempo amenazando con hacer.
No le importó en absoluto. No se había sentido jamás tan satisfecha con el mundo.
Sesshomaru pensó desesperado en el equilibrio interior. En la disciplina. «Orgullo —pensó—. Pureza, honor.»
No sentía ninguna de esas cosas en su interior. Lo único que sentía era el pelo de ella bajo su mandíbula, una cola que se había deshecho y soltado. Lo tenía fascinado, porque era maravillosamente suave; porque había visto a la joven cepillarlo y sujetárselo en lo alto. No podía moverse. Si lo hacía, acabaría hundiendo las manos en él, lo extendería y enterraría en él su rostro. La atraería hacia sí, a sus brazos; moriría de rodillas, ahogado en aquel flujo cálido y oscuro.
Rin echó atrás la cabeza y se acomodó más cerca de él.
«No lo hagas» —pensó él para sus adentros.
Levantó las manos sin llegar a rozarla. El cuerpo de la joven era aterciopelado y se apoyaba en el de él, apretando curvas y lugares desconocidos. El suyo en respuesta estaba erecto y la sangre le latía con la excitación.
«Recuerda esto. Recuerda esto como una auténtica flaqueza en tu interior.»
La asió por los codos con firmeza y la empujó hacia delante, apartándola de sí.
Ella se dio la vuelta. Él esperaba… un gesto de enfado, de indignación por no haber respondido a su provocación. Pero le dirigió una radiante sonrisa; echó atrás la cabeza como un gatito que se estira al sol, dejando el cuello al descubierto. El pelo le caía tras los hombros, iluminado por la luz de la ventana, y luces rojas y doradas jugueteaban en la masa caoba. Era una visión que explotó dentro de él y envió oleadas de fuerza y debilidad hasta las yemas de sus dedos.
Mientras él permanecía paralizado por el oscuro deseo, Rin se retiró el pelo y suspiro.
—Supongo que es hora de… ir a la cama —dijo con un alegre tono achispado en la voz. Miró hacia Sesshomaru y rompió a reír—.
Él oyó el quiebro de su voz y la inocencia de su tono, pero no la quería inocente. La quería en el mismo estado que él, quería tumbarla en el suelo desnudo con él, bajo él, su boca sonriente sobre la boca de él, su risa y su cuerpo asfixiándolo en calor con la suavidad de la seda. Lo deseaba y lo detestaba, como se detestaba a sí mismo.. y a su padre. No buscaba dolor ni brutalidad; solo quería aquella sonrisa y aquellas carcajadas, pero tenía miedo de lo que podía hacer si se rendía ante ellas.
Pero al mismo tiempo…. quería hacerle daño, hacerla sangrar, marcarla. Que sepa quién es su amo
Miro hacia afuera, a la luz del sol, deseando estar en otro lado.
—Retírate, Rin —dijo con rigidez, sin mirarla.
Se quedó allí. Ni siquiera fue tras Inojuye. No podía, no en ese momento. No quería que nadie lo viese.
