Algo muy corto. Perdón por acelerar las cosas, pero no quería tener a estos dos enfadados mucho tiempo. Besos.


Capítulo 9

Imbécil, maldito cabrón, cobarde, hijo de puta, decirme que va a ayudarme para luego dejarme tirada a la primera de cambio.

Pam paseaba por su habitación de un lado a otro, enfadada, queriendo romper algo, pero todo lo que había a su alrededor era suyo. Sería más fácil si estuviera en la habitación del amo. Sí… si estuviera allí cogería esa bola de baseball que tanto le gustaba y la tiraría por la ventana. Y quizás después arrancaría su diploma de veterinario de la pared y haría el cristal añicos… Después se dedicaría a su armario. Sus camisas arderían muy bien en el lavabo de su baño de diseño y esos vaqueros que tan bien le quedaban y le marcaban el paquete acabarían en la basura, así ninguna otra se fijaría en él y estaría condenado a una miserable vida de soledad y castidad.

-Joder, está cabreada –murmuró oyendo el resonar de los tacones en el dormitorio desde la cocina. Audrey lo miró, el veterinario juró que lo estaba regañando por su comportamiento -¿Tú también? –preguntó, ganándose un par de ladridos en respuesta. -¡Vale, la he cagado! Pero lo hice con mi mejor intención, joder, sólo quería que buscara a alguien que no le trajera malos recuerdos… -se sentó en el sofá, tomando la cabeza del animal entre las manos -Supongo que he metido la pata hasta el fondo, ¿no?

Miró el reloj, había pasado cerca de una hora desde que había entrado en su dormitorio tras darse la vuelta en plan serie de televisión y dejar al pelirrojo plantado. Y el muy cretino no había hecho nada. Muy bien. Peor para él.

Salió, con la dignidad de una reina, aunque por dentro sólo quería echarse a llorar. Abrió los ojos de par en par al encontrárselo metido en la cocina. Olía a quemado y una gran humareda provenía de una sartén. Ahora sí que iba a echarse a llorar.

-¿Qué haces? –lo interrumpió. Matt se dio la vuelta, poniendo su mejor mirada de niño bueno, bastante mal ensayada. Poner cara de inocencia era cosa de sumisos, no de amos. Pero parecía que habían invertido los papeles. El amo apartó la sartén del fuego, el contenido tan negro que no podía distinguirlo.

-Este era mi plan para que me perdonases…

-¿Envenenarme?

-En realidad eran fajitas de pollo. Eso de ahí era guacamole –señaló un bol en cuyo interior se encontraba algo bastante parecido al vómito de bebé. Pam aguantó la risa.

-Mejor no pregunto por el postre.

-He pedido al mexicano de la esquina –dijo con una sonrisa de disculpa -. Esto mejor lo tiro.

-Se lo puedes dar a Audrey.

-Ya lo he intentado.

Esta vez no pudo evitarlo y se rio, fuerte, a carcajadas. Matt dejó la sartén a un lado y se cruzó de brazos, en parte avergonzado por la humillación culinaria, en parte disfrutando de la hermosa mujer que se reía frente a él. Mírala… sin un solo motivo para reír y ahí está. No te la mereces.

-Pondré la mesa –dijo, tras secarse las lágrimas de la risa -. Tú friega todo eso. ¿Podrás hacerlo sin romperme nada?

-Eso es innecesariamente cruel –refunfuñó. Ella pasó a su lado y cogió un par de platos, ignorándolo. Matt se acercó al fregadero con la sartén en la mano. –Esto… -Pam se volvió, interrogante -. ¿Cómo hago para que salga todo lo negro?

Inútil.

-Al final hemos salido ganando –comentó él, tras echarse una buena cantidad de salsa picante a su fajita. Pam cogió la salsa suave y se limitó a una cucharada. El amo frunció el ceño. -¿Y eso?

-¿Qué?

-¿Sólo una cucharada?

-Sí –replicó, enrollándolo. Trató de llevárselo a la boca, pero él se lo impidió -. ¿Por qué solo una?

-No quiero más –masculló.

-Antes siempre te echabas tres.

-Eso era antes –dijo, con los dientes apretados.

-Pam… -le advirtió.

-Joder, está bien. Jack siempre me decía que estaba demasiado gorda y que comidas como esta no me ayudarían a conservar la figura. No había vuelto a pensar en ello, hasta ayer. ¿Contento?

El veterinario se limpió la boca con la servilleta antes de hablar. La traspasó durante varios minutos con la mirada; luego se levantó, tranquilo y cogió un nacho, untándolo bien con la salsa. –Abre –le ordenó.

-Matt… -gruñó.

-Prueba otra vez –respondió, despacio. Ella lo miró incrédula.

-Creía que no querías ser mi amo.

-Estás sentada conmigo, comiendo, en vez de clavándome un cuchillo. Creo que todo está arreglado.

-Yo no te he oído pedirme perdón –masculló.

-Cierto –coincidió -. Te pido perdón por haber sido tan gilipollas. Me equivoqué. Y ahora… abre la boca.

-Esto no funciona así…

-Pam –dijo, agotado -, la he cagado. No me di cuenta de que echándome la culpa lo único que hacía era darle más ventaja a ese cabrón. Tú te mereces alguien que te cuide y te ayude a superar todo esto. Que te recuerde que ser sumisa puede ser algo maravilloso. Dices que quieres que yo sea ese alguien. Bien, yo también quiero serlo. Por favor, perdóname.

-Creía que el del don con las palabras era Rick –murmuró, haciéndolo reír. Miró su mano, que seguía sosteniendo el nacho y abrió la boca. Matt se lo introdujo, disfrutando del suave gemido que soltó. Aquella salsa siempre había sido la favorita de la anticuaria y él lo sabía bien. Tomando la cuchara, abrió la fajita de la rubia y echó una buena cantidad, antes de cerrarlo. Luego se lo entregó.

-Ese cabrón no tiene ni puta idea de lo que es una mujer preciosa. Me encanta tu cuerpo y no quiero una tabla de planchar ni mucho menos un palo. Ahora come.

-Sí, señor –susurró.