8 de Septiembre de 1547

El tono plomizo tan propio de Inglaterra había terminado por apoderarse del cielo inglés, nada más morir el mes de Agosto. El tiempo no era nada bueno en la capital, por lo que habían oído, pero tampoco estaba siendo especialmente clemente con aquellos que vivían en un entorno más rural. En Chelsea, el clima no era mucho mejor: no había llovido ese día, al contrario que en Londres, pero de todas formas, los habitantes de la finca Old Manor prefirieron quedarse aquella tarde bajo el amparo de un techo que les cobijara de una posible lluvia. Todos estaban dentro de la casa, cuando muy probable deseaban encontrarse en cualquier otro lugar.

Jane Grey no había esperado para nada encontrarse en una situación parecida, al menos no allí, en el lugar al que se había acostumbrado tan fácilmente a llamar hogar, pero el mundo parecía seguir siempre adelante con sus tejemanejes imprevisibles, y aquella vez todo parecía ir al revés. En aquellos momentos, se encontraba en su habitación, en compañía de Lady Isabel Tudor. La joven dama había cumplido sus catorce años el día anterior y todo el mundo se complacía en comprobar que se había convertido en una hermosa jovencita: sus cabellos rojizos eran largos y sedosos, sus ojos verdes parecían brillar más que nunca, formando un bello contraste con el tono pálido de su piel, incluso su figura ya no era la de una niña, sino la de una adolescente que empezaba a atraer atención masculina entre los muchachos de la corte.

A pesar de lo que muchos pudieron temer después del trágico destino que sufrió su madre, Isabel Tudor había combatido contra viento y marea por mantenerse en el lugar que le correspondía, no únicamente como hija del rey de Inglaterra, sino también de la desdichada Ana Bolena. Sabía que el nombre de su madre era uno de tantos que todos conocían pero que temían pronunciar, y sin embargo nunca había renunciado a ella, ni a su recuerdo. En las pocas noches que llevaban durmiendo en la misma habitación, la pequeña Jane Grey había podído comprobar que la hija de Enrique VIII incluía a su madre en sus oraciones nocturnas: no había habido ni una sola de ellas en las que la joven Isabel Tudor no pronunciara su nombre en apenas un murmullo de oración. A veces, Jane no podía evitar preguntarse si la adolescente culparía de algún modo a su padre del destino de su madre, pero mucho se temía que aquella sería una pregunta que se llevaría consigo a la tumba, ya que nunca se atrevería a formularla.

Desde hace unos días, en Old Manor no se respiraba el mismo aire de calma y cálida familiaridad que había existido siempre: habían salido a la luz noticias que no habían dejado indiferente a nadie, ni mucho menos a aquellos que vivían en aquella finca de Chelsea.

Un escándalo. Si existía una palabra que definiera a nivel general lo que aquella nueva había suscitado entre los ingleses, en mayor o menor medida, era sin duda ésa: escándalo. Hacía apenas dos días, la víspera del catorceavo cumpleaños de Lady Isabel, cuando Catalina Parr había reunido a sus dos jóvenes pupilas en el salón principal de la hacienda para informarles, visiblemente emocionada a la par que nerviosa, de que había contraído matrimonio con Thomas Seymour el pasado verano. En secreto, sin que nadie lo supiera, sin autorización del rey, sin esperar siquiera un año después de la muerte de Enrique VIII, sin tener en cuenta la ambición del hermano de la fallecida Jane Seymour... Todas aquellas cuestiones habían terminado por formar la palabra "escándalo" en la mente de todos los ingleses, y eso incluía, muy a su pesar, a las dos niñas que convivían con ella.

Por esa razón se encontraban ahora Isabel y Jane, ambas refugiadas en la habitación de ésta última. Aún tenían que procesar y aceptar lo que estaba pasando, lo que había pasado, y decidir cómo actuar al respecto. Procuraban mantenerse entretenidas, pensar en otros asuntos y no pasar más del tiempo del necesario en compañía de Catalina Parr, lo cual era doloroso para ambas partes, ya que existía un gran afecto mutuo entre la mujer y sus dos pupilas, quienes temían que aquella noticia pudiera cambiar su relación para siempre, si no la destruía poco a poco, sin que apenas se dieran cuenta de ello.

Tanto Isabel como Jane hubieran dado cualquier cosa por que el tiempo no fuera tan poco acogedor, y así poder salir a pasear por los alrededores de la finca y distraer sus pensamientos, pero no era posible, al menos que quisieran coger una pulmonía, así que intentaba dedicar su atención a otros asuntos. Jane estaba sentada en su escritorio, mientras escribía suavemente con una pluma una carta a su hermana Kitty, que había cumplido siete años hacía apenas una semana, y Lady Isabel, por su parte, leía un libro que tenía abierto en su regazo. No debía estar dedicándole mucha atención, ya que, en el silencio que imperaba en la alcoba, Jane podía oír perfectamente el ligero rasgar de su pluma contra el pergamino, y del mismo modo sabía que Isabel Tudor llevaba cerca de veinte minutos sin pasar de la misma página.

Finalmente, oyó cómo la joven cerraba el libro y lo dejaba sobre la mesita de noche que tenía más. Pasaron unos instantes más silencio y rasgado de pluma antes de que la voz de Isabel se oyera en voz alta en la pequeña estancia:

- He recibido nuevas de la corte en Londres... - habló la adolescente princesa pausadamente, como si no se atreviera del todo a hablar de esos temas. - La decisión que ha tomado Lady Parr y el señor Thomas Seymour no ha sentado nada bien en Hampton Court... Mis hermanos están furiosos...

La primogénita de los Grey se giró en su asiento para contemplar el rostro apenado de la joven pelirroja: había supuesto que Eduardo había debido de molestarse, pero su nombre y la palabra "furioso" eran dos cosas que no acababan de casar en su mente. Por supuesto que le había visto enfadarse, después de todo, lo conocía desde que tenía memoria, pero siempre había sido algo puntual que no duraba mucho. El hecho de imaginarse a Eduardo Tudor totalmente furioso por lo que habían hecho Thomas Seymour y Catalina Parr la hacía entristecer más de lo que hubiera esperado: que su amigo estuviera tan enfadado no hacía sino hacerle más clara la idea de que las cosas no iban a volver a ser como antes.

- ¿El rey y Lady María también? - preguntó Jane, para no dejar a la adolescente Tudor perdida en sus propias divagaciones: necesitaba hablar sobre el tema, ambas lo necesitaban.

- Mi hermano está... - dijo Isabel mientras sus manos jugueteaban con un pequeño colgante que lucía aquella tarde. - Eduardo está realmente furioso porque han tomado esa decisión sin pedirle permiso, ni a él ni a su consejo; además, habiendo pasado tan poco tiempo desde la muerte de nuestro padre... Lo considera una falta de respeto abonimable a su persona y a su cargo... Y mi hermana María cree que Lady Parr es una imprudente, que se ha dejado llevar por los encantos del señor Seymour, sin detenerse a pensar en la supuesta ambición de éste...

Jane Grey dejó escapar un pequeño suspiro de ansiedad y posó finalmente la pluma sobre la carta de su hermana, dejando un leve rastro de tinta negra en la misma. La situación era grave, más grave incluso de lo que hubiera imaginado en un momento, y le asustaba pensar que no sabía cómo iba a acabar. Tampoco sabía lo que opinaban sus padres sobre el matrimonio de aquella que se había ofrecido a acogerla como pupila, pero sí podía estar segura de que ellos no iban a ser los únicos ingleses en toda la Nación a la que la noticia les resulta indiferente. Claro que tendrían una opinión, y no sería muy distinta a la del resto de Inglaterra. Puede que incluso la obligaran a volver a su casa en Bradgate... El simple hecho de imaginar tener que volver a su hogar hizo que un leve escalofrío recorriera su cuerpo: no quería volver allí, pero tampoco estaba segura de querer quedarse. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan perdida y confusa.

La niña rubia recordaba haber visto a Thomas Seymour, tío de Eduardo, un par de veces durante alguna visita a la corte de Enrique VIII con sus padres, pero apenas sabía nada más de él. Después de todo, era Edward Seymour el lord Protector del reino, y por tanto algo así como un regente mientras Eduardo fuera menor de edad, el que tenía más poder en la corte y el más conocido por allí. Puede que, casándose con la reina viuda, Thomas Seymour hubiera pretendido equiparar o por lo menos acercarse al status de su hermano mayor.

- ¿Es realmente tan ambicioso? - preguntó Jane a Isabel Tudor. - Quiero decir, ¿tan ambicioso como para casarse con alguien a quien no ama por mero poder?

La pelirroja dejó escapar una breve risa y se apartó unos mechones de cabello de la frente antes de contestar:

- Sois tan joven, mi pequeña lady Jane... La gran mayoría de los matrimonios que se hacen en la corte son por puro interés... - afirmó con convicción la mediana de los niños Tudor. - Apenas puedo recordar cuántas veces fue mi hermano prometido en matrimonio antes de siquiera saber andar...

Jane Grey abrió los ojos como platos de pura sorpresa: desconocía por completo el hecho de que su mejor amigo hubiera estado prometido alguna vez, y menos a una edad tan sumamente temprana. Ni siquiera sabía si se encontraba prometido en esos momentos. Lo más probable es que así fuera, después de todo era rey de Inglaterra y no era descabellado pensar que terminaría casado con la jovencísima reina María de Escocia, por ejemplo, para así unir los dos reinos y acabar con las guerras entre ambos países... O con alguna nieta del rey de Francia. Sí, aquello debía ser lo más probable, era tonto pensar que no había planes de ese tipo ya elaborados para él.

- Pero... - comenzó a hablar Jane Grey, más para sí misma que para Isabel Tudor. Le daba vergüenza admitir que habían llegado a sus oídos algunos de los cuchicheos de la corte, pero necesitaba saber si eran ciertos. - Yo había escuchado que era Lady Mary Howard quien había ganado el afecto del señor Thomas Seymour...

Isabel Tudor agachó levemente la cabeza, sabiendo que habían alcanzado un tema muy espinoso: Lady Mary Howard era la joven viuda de Henry Fitzroy, hijo bastardo de Enrique VIII, quien había fallecido un año antes del nacimiento de Eduardo Tudor. Si el muchacho no hubiera muerto y Eduardo no hubiera nacido nunca, era más que probable que fuera Henry Fitzroy el que estuviera ahora sentado en el trono de Inglaterra. Desde entonces, su viuda Mary no había vuelto a casarse y era más que probable que continuara siendo doncella ya que Enrique VIII, temiendo que el exceso de actividad sexual hubiera causado la muerte de su hermano Arturo Tudor, había prohibido al entonces adolescente matrimonio que consumaran su unión.

- Yo también lo había escuchado... - acabó confesando lady Isabel, alzando la mirada de nuevo hacia la niña. - Es también para mí una sorpresa que ese matrimonio no se haya terminado llevando a cabo, lady Mary Howard es una joven muy bella y admirada por todos cuantos conozco.

La pequeña sopesó las palabras de la hermana de su amigo durante unos momentos: sabía que, aunque era muy inteligente para su edad, aún había muchas cosas que no entendía de la vida en la corte o de cómo se relacionaban las personas que la componían. Sabía que, en el fondo, era parecido a una de las muchas partidas de ajedrez que había jugado con Eduardo en los días de lluvia: todos están en sus puestos iniciales, ya fueran peones o alfiles, y se movían por todo el tablero intentando alcanzar los mejores puestos para ganar la partida o incluso para convertirse en reina si eras un simple peón. Dejó escapar un pequeño suspiro y se giró de nuevo hacia el escritorio para continuar escribiendo a su hermanas. Aún no había escrito ninguna carta a sus padres, pero ellos tampoco se la habían escrito a ella, únicamente había recibido correspondencia de su hermana Catherine, quien firmaba también en nombre de su hermana menor Mary, que tenía sólo dos años.

Permanecieron las dos en silencio durante unos largos minutos más, ya que Jane no sabía cómo continuar la misiva a sus hermanas e Isabel no tenía ganas de intentar concentrar su atención en la lectura: los pensamientos de ambas aún se hallaban demasiado invadidos por el reciente matrimonio de Catalina Parr con Thomas Seymour, y todo lo que esto conllevaba. Fue entonces cuando el golpe de unos nudillos contra la puerta de alcoba, hizo que las dos niñas salieran de sus pensamientos, girándose hacia la misma. Poco momentos después, la puerta se abrió, dando paso a una Catalina Parr que entró en la habitación con aire inseguro.

Isabel se puso en pie y se inclinó en una pronunciada reverencia, gesto que Jane se apresuró a imitar, bajando de su asiento. Pasaron unos instantes más antes de que Catalina Parr rompiera el incómodo silencio que reinaba en la alcoba.

- ¿Puedo sentarme con vosotras? - habló con un tono de voz mucho menos alegre del que acostumbraba a utilizar con ellas. - Me gustaría hablar con las dos sobre los... Los últimos acontecimientos.

Jane e Isabel compartieron una rápida mirada antes de girarse de nuevo hacia la reina viuda: nunca la habían visto tan afectada, y no pudieron sino sentir una profunda compación por aquella que les había ofrecido un hogar lleno de amor sin pedir nada a cambio.

- Por supuesto, señora, sentaos... - afirmó una sorprendida Isabel, señalando con la mano un asiento cercano situado precisamente entre Jane y ella misma.

Aún con semblante serio y apenado, Catalina Parr avanzó por la estancia hasta tomar asiento entre sus dos pupilas, quienes no apartaban la mirada de ella. A juzgar por lo enrojecido de sus ojos, era más que evidente que la mujer había estado llorando y pasaron unos minutos hasta que la mujer se sintió con fuerzas para hablar de nuevo.

- Es para mí un gran dolor y un gran pesar... - comenzó a hablar la reina viuda y ahora esposa de Thomas Seymour. - Que mi reciente matrimonio suponga que la relación con mis dos pupilas se distancie tanto del afecto y la confianza que nos solíamos tener...

La pequeña Jane separó los labios para dedicar unas palabras de consuelo a la mujer que había sido prácticamente como una madre para ella, pero un leve gesto de lady Isabel, que Catalina Parr no percibió, la hizo detenerse. Fuera lo que fuera lo que tuviera que decir, parecía que Isabel Tudor queria tener con su madrastra la primera palabra.

- Mi señora... - habló Isabel, tomando con cariño las manos de la reina viuda. - Cualquier mal que os cause el más mínimo pesar, nos causa a nosotras un gran dolor: os debemos tanto afecto y apoyo, y tan a menudo, que ni aunque ambas viviéramos mil años podríamos compensaros...

- Es verdad... - asintió Jane, haciendo que Catalina Parr volviera el rostro hacia ella, dedicándole una breve sonrisa de cariño.

- ...No sentimos ningún rechazo ni desprecio por vos, de ningún modo... - afirmó la joven Tudor, quien a día a día se iba convirtiendo en una mujer fuerte e inteligente: dos características que había poseído anteriormente su madre, Ana Bolena, y sin embargo, Isabel no era vehemente como lo había sido la segunda reina de Enrique VIII. - Pero el hecho de que Thomas Seymour se haya atrevido a contraer matrimonio sin el consentimiento del rey...

- Eduardo es hijastro mío también... - contestó una compungida Catalina Parr, haciendo más difícil para Isabel el exponerle las causas del escándalo que había supuesto su matrimonio con el hermano de Jane Seymour. - Le quiero como si fuera mi propio hijo, igual que os quiero a vosotras dos, y es sobrino de Thomas, además...

Isabel negó con la cabeza, agachando la mirada para impedir que las lágrimas acudieran a sus ojos verdes: estaba muy unida a Catalina Parr, y realmente desearía no encontrarse en aquella situación, porque temía profundamente cómo estos hechos pudieran afectar a su relación prácticamente maternofilial. Tomó aire y continuó hablando:

- Mi hermano se siente profundamente traicionado... - dijo Isabel, con un brillo acuoso en sus ojos. - Día a día, se ve obligado a contemplar cómo todo el mundo le trata, no como a un rey, sino como a un niño al que le tienen que explicar todo como si no entendiera nada de lo que ocurre a su alrededor... Es cierto, mi hermano es un rey sumamente joven, pero también es sumamente inteligente y compasivo... Posee el corazón puro de su madre, y no creo que hubiera puesto ningún impedimento en vuestra unión.

La descripción de la situación de Eduardo como rey causó tal impacto en Jane Grey que ella misma tuvo que agachar la mirada y apretar los labios para no ponerse a llorar como una tonta. Sabía que su amigo no se sentía del todo bien en su nuevo cargo, pero desconocía el motivo: ahora que lo sabía, sentía tal compasión por él que, de hallarse presente en la sala, lo hubiera abrazado fuertemente.

- Lo que le ha dolido... - continuó hablando Isabel. - Es ver que vos no le respetáis como rey...

- Eso no es cierto, por el amor de Dios... - contestó Catalina Parr, ya al borde del llanto. - Ambas sabéis lo mucho que quiero a Eduardo...

- Ahora hablamos del rey de Inglaterra, no de Eduardo – afirmó la hija de Ana Bolena con cierta severidad: sentía mucho afecto por su madrastra, pero al mismo tiempo sentía el deber moral de defender a su hermano. - Es importante saber distinguirlos cuando se trata de rendirle pleitesía. Él puede ser y siempre será Eduardo Tudor para nosotras, porque le queremos, pero nunca se me hubiera ocurrido contraer matrimonio, a escondidas del mundo, sin su autorización. Además, siendo vos su más querida madre, como muchas veces me ha hecho saber, y vuestro nuevo esposo, su tío Thomas, no creo que hubiera puesto ningún impedimento en tal unión...

Catalina Parr agachó la mirada y tomó aire, dejando que finalmente cayeran lágrimas por sus mejillas: sabía que Isabel tenía razón en lo que respectaba a Eduardo, deberían haberle pedido permiso, como hacía todo noble que deseaba contraer matrimonio. Sabía que su hijastro no hubiera opuesto mayor inconveniente, estaba segura de que él sabría ver lo mucho que la amaba Thomas Seymour y que ella iba a ser muy feliz junto a él, ¿por qué le costaba tanto al mundo ver aquella evidencia?

- Ha pasado muy poco tiempo desde la muerte de vuestro padre... - dijo finalmente la reina viuda, mirando de nuevo a Isabel Tudor. Jane Grey, por su parte, miraba a una y otra, esperando y deseando que todo se resolviera de la mejor forma posible: sentía tanto afecto por ambas mujeres que le destrozaría pensar en que el matrimonio de Catalina Parr iba a romper esa conexión familiar que se había creado entre ellas. - Apenas siete meses, Thomas y yo no creíamos que el rey fuera a aceptar que yo contrajera matrimonio tan rápido...

Aquello era cierto: más que el hecho de que Catalina Parr se hubiera casado con Thomas Seymour, lo que se había criticado más era que hubiera contraído matrimonio sin el consentimiento del rey, y habiendo pasado tan poco tiempo desde la muerte de Enrique VIII. Eso había hecho hablar mucho a la gente, comentando y produciendo toda clase de rumores.

- Y Thomas y yo no podíamos esperar más... - continuó hablando la sexta esposa de Enrique VIII - Él y yo... Thomas y yo ya deseábamos casarnos cuando enviudé por segunda vez...

Isabel separó los labios y abrió mucho los ojos sin poderlo evitar, invadida por la sorpresa. A espaldas de la reina viuda, Jane se tapó levemente la boca, asombrada: por lo que ella sabía, el de Catalina Parr y Enrique VIII había supuesto el tercer matrimonio para ella y el sexto para él... ¿Significaba aquello que Thomas Seymour y Catalina Parr ya planeaban casarse cuando Enrique VIII la solicitó como esposa? La primogénita de los Grey sintió lástima por su tutora: no debía debía de haber sido muy feliz con el padre de Eduardo, si ella no había deseado casarse con él. Un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando pensó que seguramente sería lo que le ocurriría a ella: que sus padres la obligarían a casarse con quien ellos pensaran que era mejor para ella, en lugar de alguien a quien ella genuinamente amara.

Por su parte, la adolescente Tudor sopesaba las palabras de Catalina Parr: se había comportado de forma equivocada, se había dejado llevar por sus emociones como si fuera mucho más adolescente de lo que ella era, pero del mismo modo sentía compasión por ella. No creía en absoluto que su hermano fuera a tomar ningún tipo de medidas contra ella o contra Thomas Seymour, él no era así, pero sí puede que el enfado le durara un tiempo. Tras unos largos minutos de reflexión, Isabel Tudor tomó nuevamente las manos de la reina viuda, apretándolas con cariño:

- No estéis triste, mi señora... No os guardo ningún tipo de rencor, lady Jane tampoco, muy al contrario, nos sentimos muy agradecidas por todo lo que habéis hecho por nosotras... - habló la hija de Enrique VIII. - Debéis saber que intercederé por vos ante el rey...

- Y yo también – dijo Jane, provocando una sonrisa en el rostro de Catalina Parr y en el de Isabel Tudor, quien conocía muy bien la profunda amistad que la pequeña tenía con su hermano menor. - Aunque Eduardo nunca está enfadado demasiado tiempo, y menos aún con vos...

La reina viuda esbozó una nueva sonrisa de agradecimiento hacia sus dos pupilas:

- Entonces, ¿ya no estáis enfadadas conmigo?

- Nunca lo estuvimos – contestó Isabel, apoyando la mano en el hombro de la reina viuda.

Jane Grey se incorporó de su asiento y abrazó con cariño a Catalina Parr, quien le devolvió el gesto con el mismo afecto. No tardó en unirse, a su vez, Isabel Tudor, permaneciendo así las tres durante unos momentos: desde la muerte de Enrique VIII, las tres se habían apoyado y cuidado mutuamente, como una familia. Y, si bien Thomas Seymour iba a pasar a formar parte de esa familia, tanto Isabel como Jane le recibirían con los brazos abiertos mientras hiciera feliz a la que había sido como una madre para ellas.


Aquella misma nublada tarde, en la finca de Bradgate, residencia de los Grey, el ambiente no podía ser más distinto. Mientras su hija Kitty jugaba con su hermana Mary en su habitación en compañía de algunas criadas, Henry Grey permanecía recostado en uno de los sillones del salón principal de la finca, observando a su esposa, quien se encontraba cosiendo en una mecedora en el extremo contrario de la estancia. De vez en cuando, la pelirroja mujer alzaba sus ojos castaños para encontrarse con los azules de su marido y en su rostro se esbozaba una expresión de profundo disgusto, antes de volver a dedicarse a su bordado. Últimamente las cosas no iban demasiado bien entre ellos, al menos no desde que viniera al mundo la menor de las tres hermanas Grey, Mary.

Los Grey ya habían pasado por la experiencia de tener a una niña en vez del deseado varón que tanto anhelaban, dos veces además, pero nada en el mundo podría haberles preparado para el nacimiento de una niña como Mary. No todo había ido mal, había heredado el cabello pelirrojo de su madre, pero era tan anormal... Si bien, los Grey creían que Jane y Kitty no tendrían mayores problemas a la hora de conseguir un buen matrimonio (además, se estaban encargando personalmente de que así fuera), no lo tenían tan claro cuando la cuestión se refería a la menor de las tres hermanas.

Mary apenas tenía dos años de edad, pero ya tenía la espalda totalmente curvada, no tenía un rostro agraciado y lo más probable es que no cambiara demasiado conforme fuera creciendo: no sería fácil encontrarle un marido, si es aquello sucedía. Si ellos fallecían dejando a Mary sin casar, ¿quién cuidaría de ella? Muy probablemente, Kitty no tendría ningún reparo a la hora de acogerla en su propia casa, una vez que estuviera casada (algo que Jane no podría hacer ya que, si todo salía conforme esperaban, no sería bueno una carga así una vez que fuera reina de Inglaterra).

Henry Grey aún tenía esperanzas de tener un hijo varón, después de todo, su mujer y él aún eran muy jóvenes (ambos habían cumplido treinta años ese año), pero Frances Brandon no era de la misma opinión. La hija del duque de Suffolk le había rechazado todas las veces que él había intentado acercarse a ella en el lecho matrimonial, lo que había causado muchas discusiones entre ellos a lo largo de las últimas semanas. Él le recriminaba el estar negándole lo que por derecho le correspondía, y ella le espetaba a gritos que no pensaba dar a luz a más hijas, y mucho menos a hijas deformes. Por esa razón, la relación entre ellos se había enfriado mucho: lo único que parecía mantenerles unidos en esos momentos eran sus hijas y el destino de las mismas.

El matrimonio Grey se encontraba ocupado ignorándose mutuamente, cuando uno de sus criados entró en el salón donde se encontraban:

- Mis señores... - habló el muchacho, haciendo que los dos adultos se giraran hacia él. - Sir Thomas Seymour ha venido a la hacienda y solicita hablar con sus excelencias...

Por primera vez en mucho tiempo, Henry Grey y Frances Brandon compartieron una mirada que no se encontraba llena de desprecio, sino de duda: ¿Thomas Seymour se encontraba allí, en Bradgate? La noticia de su reciente matrimonio con Catalina Parr no les era desconocida en absoluto, es más, les había puesto furiosos a ambos: no querían que la reina viuda compartiera la tutela de su hija Jane con un tipo como Seymour, un hombre ambicioso y celoso del poder de su hermano Edward, que ni siquiera había pedido permiso al rey para desposar a la sexta esposa de Enrique VIII. Pero, por otra parte, no podían dejar de hablar con él, menos aún si la ocasión se presentaba de forma que no parecía que ellos hubieran ido detrás de Seymour para hablarle.

- Hágale pasar... - habló entonces Frances Brandon, incorporándose de su mecedora y dejando a un lado su labor. - Dígale que le recibiremos en un momento...

El criado hizo una leve inclinación de cabeza y se volvió, dirigiéndose nuevamente hacia la entrada de la vivienda. Frances Brandon, por su parte, avanzó a grandes pasos hacia su marido, y comenzó a arreglarle el cuello de la camisa, que llevaba desabrochado.

- Lo último que quiero es que ese hombre se lleve una imagen equivocada de nosotros por vuestra culpa... - murmuró la mujer en un susurro apenas audible para su marido. - Somos nobles de nacimiento, ambos los somos, él sólo llegó al poder mediante la boda de la boba de su hermana...

- No hablabáis tan mal de Jane Seymour cuando nació nuestra hija... - le recordó Henry Grey. - Te recuerdo que la llamamos Jane en su honor...

- Al igual que llamamos a Catherine por Catherine Howard, y a Mary por María Tudor... - siguió hablando Frances Brandon mientras terminaba de arreglar el cabello rubio de su marido. - Porque no teníamos ningún nombre pensado para una niña... Somos familia del rey de Inglaterra, y debemos honrarla... Por eso no debemos dejar que este hombre se crea en posición de jugar con el futuro de nuestra hija...

Henry Grey asintió firmemente con la cabeza, a la vez que su esposa terminaba su inspección y se situaba a su lado, con las manos cruzadas sobre el vientre, queriendo ofrecer al tío del rey de Inglaterra una imagen de matrimonio unido y ejemplar. Pasaron unos pocos segundos antes de que el criado del matrimonio volviera a hacer aparición, esta vez seguido por Thomas Seymour. Hacía tiempo que no le veían, pero, a grandes rasgos, seguía igual que siempre: alto, moreno y con una ligera barba que cada vez parecía más larga. La hija de Charles Brandon tuvo que contenerse para no compartir con su esposo una mirada de reprobación: no soportaba a ese hombre. Apenas lo conocía, pero sus hechos hablaban por sí solos.

- Excelencias... - habló Thomas Seymour, haciendo una reverencia al matrimonio.

Henry Grey correspondió con una leve inclinación de cabeza, pero Frances Brandon se limitó a seguir mirándolo como si fuera un insecto que acababa de colarse en su casa. Tan pronto como Thomas Seymour alzó el rostro, la expresión de la hija del duque de Suffolk se suavizó, invitándole a tomar asiento con un gesto con la mano. El menor de los hermanos Seymour se sentó en una butaca cercana al sofá donde lo hizo el matrimonio Grey, ambos sin quitarle la mirada de encima ni por un instante.

- Puedo comprender que mi presencia aquí les extrañe... - afirmó Thomas Seymour pasados unos minutos de incómodo silencio.

- En absoluto... - interrumpió Henry Grey, acción que su esposa recompensó poniéndole la mano encima de la rodilla. - Después de todo, os habéis convertido, de la noche a la mañana, en el tutor de nuestra primogénita.

Thomas Seymour afirmó lentamente con la cabeza, antes de dejar un viejo portafolio que había traído consigo reposar en sus rodillas.

- Entiendo perfectamente su postura... - continuó hablando el hombre. - Sus excelencias apenas me conocen y de repente me convierto en el tutor de su hija. Si tuviera hijos me sentiría igual...

- Vos lo habéis dicho, si tuviérais hijos, pero no es el caso... - contestó bruscamente Frances Brandon: en lo que se refería a su familia, no dejaba que nadie se interpusiera con sus propias ambiciones, estaba dispuesta a defender lo que era suyo con uñas y dientes. - Así que dudo que podáis sentir una mínima parte de la indignación que mi esposo y yo sentimos por esta situación.

El hermano de Jane Seymour esbozó una breve sonrisa y alzó las manos a ambos lados de su cabeza, con una familiaridad que escandalizó, aún más si cabía, a los padres de Jane Grey.

- Vengo en son de paz, Excelencias, a demostrarles que esta nueva situación no tiene por qué hacernos enemigos... - dijo el esposo de Catalina Parr. - Muy al contrario de lo que sus excelencias puedan pensar en estos momentos, me preocupo tanto del futuro de Lady Isabel como por el de vuestra hija Jane...

Frances Brandon tuvo que controlar su carácter para evitar saltar una vez más: sabía que enfrentándose con Seymour no iba a ganar nada, al contrario, pero le molestaba sobremanera que alguien se metiera en los asuntos de su familia. Henry Grey, por su parte, continuaba observando a Thomas Seymour, esperando a que el hombre les dijera el motivo de su visita de forma clara.

Por tanto, he creído conveniente visitarles para asegurarles que a su hija no le faltará de nada mientras yo sea su tutor... Les doy mi palabra de honor. - continuó hablando Thomas Seymour. - Y, por si eso no fuera suficiente, vengo a ofrecerles un acuerdo para el futuro de su primogénita...

- ¿Qué clase de acuerdo? - quiso saber Henry Grey, mientras veía cómo el hermano de Jane Seymour comenzaba a rebuscar en el portafolio que había traído consigo.

Sabían que, debido a su cercano parentesco con el rey de Inglaterra y a su nuevo matrimonio con Catalina Parr, Thomas Seymour debía ser en esos momentos un hombre inmensamente rico. Pero ellos también lo eran, mucho más que él, de hecho, así que cualquier escritura de una hacienda o monasterio que pudiera ofrecerles como futura vivienda de su hija para acallarles, contentarles o ponerles de su parte estaba destinado al fracaso. Pero no era nada de eso lo que Thomas Seymour venía a ofrecerles y, cuando apenas había pasado una hora de la visita del esposo de Catalina Parr a la finca de los Grey, habían llegado a un acuerdo. Firmaron un pergamino en el que mostraban su conformidad y se quedaron una copia del mismo, que les proporcionó el mismo Seymour, para asegurarse de que no iba a traicionarles.

El manto oscuro de la noche cubría el cielo de Inglaterra cuando Thomas Seymour abandonó la finca de Bradgate, habiendo establecido un conveniente pacto de amistad con el matrimonio Grey, así ambas partes salían ganado. Frances Brandon se apartó de la ventana, desde donde había visto cómo se alejaba el carruaje del esposo de Catalina Parr, y se giró hacia su marido con una expresión de alegría en el rostro que era realmente difícil de disimular. En sus manos aún tenía el contrato que habían firmado con el tío del rey de Inglaterra, y, aún incapaz de creer que fuera real, Frances Brandon volvió a examinarlo con su esposo: todo estaba perfectamente claro, todo era perfectamente válido... Hacía mucho tiempo que la hija de Charles Brandon no recordaba un día tan perfecto. Una vez que hubieron puesto el pergamino bajo llave en un lugar seguro, la madre de Jane Grey se volvió hacia su marido.

- Esposo...

- Decidme, esposa – contestó Henry Grey, sorprendido por el cambio de actitud de su mujer.

Frances Brandon dio una vuelta alrededor de su marido, deslizando su dedo índice por los hombros de éste, quien seguía totalmente anonadado por el cambio de humor de su mujer, aunque no era algo que le desagradara.

- Puede que esta noche os deje visitar mi alcoba... - murmuró finalmente Frances Brandon, enlazando sus brazos tras el cuello de su esposo. - Hoy tenemos mucho que celebrar, amado mío...

Thomas Seymour había conseguido que el matrimonio Grey volviera a tratarse como si se hubieran casado el día anterior, algo que ninguno de los dos podría haber esperado, pero tampoco habrían esperado que todas sus esperanzas y anhelos de futuro se vieran cumplidos de una forma tan sencilla.

Aquel día habían conseguido lo que tanto habían anhelado desde el día en que nació su hija Jane, la madrugada del día doce de Octubre de 1537, apenas unas dos horas después que el entonces príncipe de Gales: desde ese día del mes de Septiembre de 1547 y hasta que ambos alcanzaran la edad legal para ello, el rey Eduardo VI de Inglaterra y Lady Jane Grey, hija de los duques de Suffolk, estaban prometidos en sagrado matrimonio.


NdA: Sí, sé que escribo a la velocidad de la luz, pero el periodo de exámenes se acerca y sé que en esas tres semanas no voy a poder escribir nada, así que ahora aprovecho como una loca mientras la fecha del primer examen no se acerca.

Thomas Seymour y Catalina Parr se han casado en secreto y han cabreado mucho al personal. Todas las reacciones que he procurado poner en el fic son fidedignas: la de Eduardo y María Tudor, la de Isabel y Jane Grey, incluso la de los padres de Jane. Thomas Seymour era un hombre conocido por los celos a su hermano mayor y sus ansias de poder, así que de él se esperaba casi cualquier cosa. El hecho de que Catalina Parr y Thomas Seymour tuvieran un romance desde antes de que ella se casara con Enrique es verdad, de hecho, es algo que podemos ver en la serie "Los Tudor".

Un dato que puede que os haya llamado la atención: Henry Fitzroy, hijo de bastardo de Enrique VIII, no murió siendo un infante como ponen en la serie de "Los Tudor", sino que murió a los 17 años de edad, estando ya casado y todo. Lo de los temores de Enrique VIII respecto a la muerte de su hermano mayor, Arturo Tudor, son totalmente ciertos, aunque suene a chiste (que suena). Enrique VIII no sólo estaba convencido de que su hermano (que murió a los 15 años) había consumado su matrimonio con Catalina de Aragón, sino que había sido su actividad sexual lo que le había llevado a la tumba. Tiene gracia, si eso fuera verdad, Enrique debería haber muerto MUCHO antes.

El hecho del distanciamiento de los padres de Jane tras el nacimiento de Mary Grey también es verdad: al parecer, ambos se culpaban mutuamente de que su hija hubiera nacido así, y pasó un tiempo antes de que volvieran a acercarse.

Y llegamos a un momento que espero que os haya dejado con la boca abierta: ¡Eduardo y Jane están prometidos! Otra cosa totalmente real y, que me alegra que así lo sea: la forma en que Thomas Seymour compró el apoyo y la amistad del matrimonio Grey fue utilizando sus influencias como tío del rey de Inglaterra y tutor de Jane Grey para pactar un matrimonio entre ellos cuando ambos alcanzaran la edad legal para ello (los catorce años en aquella época).

Y hasta aquí el capi de hoy, espero que os haya gustado, y mil gracias por estar ahí :).