10 años.

Como si su propio corazón se lo hubiera dicho, la joven Kag supo a donde tenía que dirigirse para encontrar a su tío.

No supo el por qué de aquel pensamiento, sin embargo, era como si su mente se lo chillara siendo la única opción posible. Así que decidió no pensar más en ello y solamente siguió su instinto.

Cuando se quiso dar cuenta sus pies la habían llevado al Goshimboku y vio sobre una de las ramas de este la oscura figura de un ser. Paró en las raíces de árbol, sintiendo su corazón bombear frenética y jadeó, en busca del tan necesitado aire.

Un nudo se había formado en su estómago y sentía una extraña sensación en su pecho. Su tío sufría mucho, muchísimo, por la ausencia de esa chica que también se llamaba Kagome.

¿Por qué se fue?, fue el pensamiento que pasó por la mente de chica mientras pensaba en el aura de tristeza que rodeaba a su tío, ¿Por qué lo dejaste? ¿Tú no lo querías? Yo quiero mucho a mi tío y jamás lo dejaré. Siempre estaremos juntos… entonces… ¿por qué lo hiciste tú?

Por un momento, un profundo odio y rencor empezó a formarse en las entrañas de la pequeña Kagome mientras pensaba en esa figura misteriosa que era la otra Kagome. Por su culpa se sentía mal y no podía ser feliz. Nunca sonreía y tenía una fea mirada. Si no fuera por ella, su tío no estaría así.

Y Kag la detestó.

Ahora que se daba cuenta, no era su problema. Su tío no era así por ella como había pensado antes, sino que todo era culpa de esa bruja de Kagome que lo había abandonado.

La niña pensó que si en algún momento se encontraba con esa mujer le arañaría toda la cara por venganza, aunque sabía que a su madre no le gustaba la violencia. No podía evitarlo. El sentimiento era superior a ella.

Kagome sacudió la cabeza y alejando esos pensamientos de su mente, decidió dejar eso para más tarde. Ahora debía ayudar a su tío.

Mordiéndose el labio, alzó la cabeza y clavo sus ojos en la figura que encontraba entre las ramas de los árboles. ¿Si lo llamaba… la escucharía?

Eso esperaba, porque ella no era muy buena escalando los árboles.

—¡Tío! ¡Tío, soy yo!

Durante unos segundos no ocurrió nada. Pero entonces, observó como el medio demonio se movía, imperceptiblemente primero y después inclinando su rostro, Kagome supo que la estaba mirando. No podía verlo bien por la oscuridad y la distancia, pero ella lo sabía.

Tras escuchar una maldición lejana, la chica vio como pegaba un salto y de pronto la imponente figura se encontraba delante de ella. Inconscientemente dio un paso hacia atrás, cuando la fiera mirada del medio demonio estaba puesta en ella. Percibió, con mucho esfuerzo, que sus ojos tenían un tenue color rojizo y todavía quedaban marcas húmedas en su mejilla.

Kagome sintió como el aire dejaba de viajar a sus pulmones. Nunca. Nunca había visto a su tío llorar. Podía ver todo el dolor y la pérdida en su mirada dorada, sí, pero jamás había soltado una lágrima.

Unas ganas irrefrenables de abrazarlo la consumieron y siguiendo sus instintos, no lo pensó, sino que simplemente sus piernas se movieron y cuando se quiso dar cuenta sus brazos habían rodeado el pecho de su tío.

—¡Tío!

Durante unos segundos, Inuyasha no supo que hacer. Su cuerpo quieto, no pudo más que observar boquiabierto y paralizando a su pequeño ángel, la cual se encontraba aferrándose a él como si fuera un trozo de madera en medio de un bravío mar.

Cuando, en realidad, era todo al revés. Era él el que se sentía perdido, el que no sabía qué hacer, el que no sabía dónde estaba la verdad, qué era real y qué no existía… más. Su pecho se contrajo, con el dolor alimentando ese vacío de su corazón y durante unos segundos deseó que todo desapareciera.

No más dolor.

No más añoranza.

No más sufrir.

No más soledad.

No más… Kagome.

Sin embargo, rápidamente supo que aquello era una tontería que no tenía ni voz ni voto. A pesar de cuanto doliera, él no quería olvidar. Porque por ella era que conseguía levantarse por las mañanas, vivir un día más. La esperanza de que un día estarían juntos.

Y al parecer era eso lo que no entendía Miroku.

—Pequeña…— murmuró el medio demonio segundos antes de volver en si y aferrarse con fuerza a la niña.

A pesar de todo, su pequeño ángel seguía con él. No importaba como fuera la cosa, siempre, siempre, su Kag tenía un consuelo y una sonrisa para regalarle. Y no podía estar más agradecido al cielo por haberla puesto en su vida cuando más lo necesitaba.

—No hagas caso a mi padre, ¿vale? — oyó la voz amortiguada de la pequeña— Es un tonto. No sabe lo que dice.

Inuyasha quiso reír, pero aquello era superior a sus fuerzas y no pudo más que apretarla contra sí.

—¿Qué haces aquí? — inquirió, no obstante— ¿Cómo pudiste adentrarte a solas en el bosque, pequeña? Y encima de noche.

La chica se separó levemente y sus ojos achocolatados lo miraron fijamente, con una seguridad que sorprendió al medio demonio.

—Tenía que venir a ayudarte. Te fuiste muy mal.

Durante unos segundos él no dijo nada y realmente agradeció que fue de noche en estos momentos para que no se viera el estúpido color que estaba cogiendo sus mejillas. Maldiciendo por lo bajo, apartó la mirada.

¿Por qué tenían que ser tan parecidas?

Tenía que hacer algo, cambiar de tema, lo que fuera.

—Ven, vamos— murmuró entre dientes.

Kagome lo miró sorprendida el momento antes de sentir sus brazos rodeándola y el viento chocando con su cuerpo. Jadeó por el cosquilleo en su estómago y cuando abrió los ojos vio que se encontraban en la misma rama que había estado tiempo antes su tío. Sonrió, sus ojos escapándose a la bonita pero escasa vista que tenía. El cielo estaba oscuro, solamente reflejado por la luna que coronaba el firmamento en todo su esplendor.

Vio cómo su tío se sentaba, apoyándose en el ancho tronco del árbol y para no caerse (y por qué no, para estar más cómoda) se apoyó en él. La calidez de su cuerpo la rodeó y su cuerpo se relajó completamente. Sin embargo, aunque su cuerpo estaba tranquilo, su mente no dejaba de trabajar. En ella todavía recordaba una y otra vez lo que había ocurrido frente a la casa de la anciana Kaede. Las palabras de su padre, de su tío… Su huida… Su dolor.

Y todo por la otra Kagome.

Kag nunca había sido una niña conflictiva, caía bien a todo el mundo y ella se llevaba bien con todos… pero desde el primer momento que escuchó de ella, realmente detestó a esa mujer. ¿Por qué le había hecho tanto daño a su tío? ¿Por qué se había ido? ¿Por qué lo había dejado solo?

Esas y muchas más preguntas carcomían su cabeza y ahí, segura y cálida entre sus brazos, la niña honestamente no pudo aguantarlo.

Quería mucho a su tío y deseaba ayudarlo.

No podía quedarse callado.

—¿Por qué ella se fue de viaje?

Fue una simple pregunta, salida de unos tímidos labios y expresados con una dulce voz. Sin embargo, para el medio demonio aquello fue como si el mismísimo Naraku hubiera renacido de sus cenizas para atormentarlo. Sintió como el aire dejaba de viajar a sus pulmones y todo su cuerpo se tensó.

¿Por qué le estaba preguntando su pequeño ángel eso?

—¿Qué?

Notó como la niña se removía incómoda entre sus brazos, pero apenas reparó en ello. Su mente se encontraba girando en un rápido espiral. El dolor de su cuerpo se incrementó y tuvo que apretar sus labios firmemente para que no se escapara un grito de ellos.

—Ella— murmuró Kag en una trémula voz— Tu amiga. La… otra Kagome.

La pequeña esperó la contestación con el corazón latiéndole fuertemente en el pecho. Y esperó. Y esperó. Y cuando creyó que no iba a obtener una contestación, lo sintió inspirar profundamente.

—Tuvo que hacerlo.

No sabía qué diablos le pasaba, por qué había dicho eso, pero cuando las palabras salieron del exterior… se hicieron más real. Ella se fue, tuvo que hacerlo. Las cosas debían ser así. No obstante, eso solo consiguió que el agujero de su pecho aumentara de tamaño, arrasando con todo.

—¿Cómo? — parpadeó Kag— ¿Por qué tuvo que hacer? ¿Por qué no podía quedarse contigo?

Somos distintos, somos de diferentes mundos, diferentes épocas… ¿En qué estúpido momento creímos que esto podría funcionar?

Inuyasha no contestó y la pequeña sintió como el muro empezaba a alzarse peligrosamente a su alrededor. Aquel que tanto tiempo le estaba costando destruir, que tanto esfuerzo tenía. Su tío estaba metiéndose en su interior, encerrándose en su dolor.

Y ella no podía permitirlo.

Casi sin pensarlo, Kag se levantó y dándose la vuelta, rodeó el cuello del medio demonio. Lo apretó con fuerzas, notando las lágrimas en sus ojos.

—Yo no me iré. Tío, yo estaré junto a ti, te lo prometo— le dijo sin un ápice de duda en su voz— Siempre estaremos juntos.

El silencio se extendió, tenso, perdido.

—Kago…

No terminó la palabra, pero no hizo falta. El corazón de la pequeña saltó y percibió una lágrima caer por su mejilla.

Y ahí se quedaron, uno junto a otro, aferrándose como si no tuvieran nada más en la vida.

Y en ese momento Kag lo supo.

Odiaba profundamente a la otra Kagome.


Oh, oh... Aquí hay algo que está yendo mal... Kagome odia a Kagome... Qué lío, ¿no? XD

¿Cómo acabará todo?

¿Merece algún reviews?

¡Nos vemos, jóvenes hanyous!(?