CAPITULO 9

Edward

Cuando el avión aterrizó en la pista, Isabella ya estaba visiblemente relajada. Había volado con ella varias veces y su comportamiento siempre era el mismo: se mostraba tensa, incómoda y casi aterrada durante todo el vuelo.

Me resultaba interesante, puesto que era una persona fuerte en todo lo demás. Nunca había mostrado miedo alguno al convertirse en mi prisionera. Todos mis comentarios habían sido recibidos con insultos e, incluso cuando la agarraba del cuello, no se encogía de miedo. Si caía, se levantaba con más fuerza que antes.

Pero un avión era suficiente para inquietarla.

No tenía sentido.

Entramos en el coche y conducimos desde el aeropuerto hasta el castillo, a las afueras de Edimburgo. Isabella había dormido durante la mayoría del vuelo y estaba descansada, mientras que yo había estado al teléfono o encargándome de correos electrónicos y había pasado despierto casi todo el tiempo. Lo habíamos hecho nada más despertarse Isabella, y luego nos dimos una corta siesta antes de aterrizar.

Ahora estaba a punto de llegar a mi casa a las tres de la mañana. Siobhan no estaría allí, por lo que tenía unas cuantas horas antes de tener que decirle la verdad sobre Isabella. Se cabrearía muchísimo, y nuestra acalorada discusión duraría varios días hasta que por fin aceptase mi elección.

O quizás nunca la aceptaría.

Siobhan era una de las pocas personas en las que confiaba -de todo el mundo; parte de mí sentía remordimientos por hacer algo cuando ella estaba tan en contra. Había tenido razón sobre Isabella, pero aun así la había traído de vuelta.

Sabía que, a ojos de Siobhan, yo era débil.

Cuando llegamos a la casa, Isabella se quedó mirándola como si no la hubiese visto nunca antes. Salió del coche y miró fijamente las luces que resplandecían más allá de los muros. La fuente de la parte delantera hacía fluir el agua, creando un eco en el claro. Una ligera brisa le agitó el pelo, haciendo que le cayera en la cara.

Los hombres cogieron las maletas y las llevaron a la casa, dejándonos solos para admirar los muros de piedra de la antigua estructura, restaurada hacía ya diez años. Había preservado todo lo posible al remodelar la propiedad, y al mismo tiempo mantuve la integridad de los cimientos.

Me acerqué a Isabella y miré la enorme puerta doble.

—¿Es como volver a casa?

Se cruzó los brazos contra el pecho; su delgada chaqueta era insuficiente para mantenerla abrigada.

—La verdad es que sí…

Dejé que admirase el castillo otro minuto antes de cogerle la mano y llevarla dentro. No había cambiado mucho desde que se había ido: la única diferencia era la alfombra y los muros del pasillo donde me habían disparado; se había tenido que cambiar todo por las manchas de sangre. La llevé a propósito por otra ruta para no tener que revisitar aquel recuerdo del pasado.

Entramos en los aposentos reales y encontramos nuestras maletas en el armario, que tenía el tamaño de una habitación. El dormitorio seguía estando como lo dejé cuando Isabella se marchó. No había usado la cama ni nada de la estancia; se había convertido sólo en un almacén para mi ropa y relojes.

—Aquí huele diferente.

Me quité la chaqueta y la colgué en una percha. Todo lo que se ponía en el lado izquierdo del armario era para que las doncellas lo cogieran y lo lavaran todo en seco, así que la dejé allí y cerré la puerta.

—Puedo pedirles a las doncellas que la vuelvan a limpiar.

—No, no es eso. Es que… no huele a ti. Siempre olía a tu colonia. Recuerdo que siempre olía a madera y a humo de la chimenea. Hay algo raro, no puedo explicarlo.

Me desabotoné la camisa y la lancé al cesto de la ropa sucia.

—Bueno, hace tiempo que no vivo aquí.

—Supongo que tienes razón. Has estado en América durante una semana o así.

En realidad, no había usado el dormitorio desde que Isabella me había dejado; dormía en otros aposentos al final del pasillo. Las sábanas y la ropa de cama se habían lavado, pero ella y yo habíamos sido los últimos en disfrutar de aquella cama. Cada vez que intentaba volver, me embargaba el dolor. Todo me recordaba a ella, y era imposible no pensar en Isabella cuando su presencia seguía muy presente en los muros del castillo. Sasha y yo nos habíamos quedado en la otra habitación, incapaz de tirármela en la cama en la que solía hacer el amor con Isabella. Sencillamente no había podido.

—No he dormido aquí desde que te fuiste. —Le di la espalda y me quité el reloj de pulsera, usándolo de excusa para esconder el rostro. Mi expresión permaneció estoica, pero los ojos siempre me delataban.

—¿Dónde has dormido entonces?

—Al final del pasillo.

Mis palabras sólo obtuvieron silencio a modo de respuesta. Isabella no volvió a hablar, posiblemente porque no sabía qué contestar. Nunca le había dicho lo destrozado que me había sentido cuando se marchó, porque ni siquiera me permitía admitir ante mí mismo lo mucho que estaba sufriendo. Aquella era la confesión más grande que podría haber hecho: que la había echado tanto de menos que no había querido mancillar el último buen recuerdo que tenía de ella.

Isabella se me acercó por la espalda y apoyó la cabeza entre mis omóplatos.

—¿Por qué?

Era una pregunta estúpida; ella ya sabía la respuesta. No podía tirarme a otra mujer en una cama que consideraba sagrada. No podía cepillarme los dientes y no verla reflejada a ella en el espejo. No podía abrir un cajón de la mesita y seguir indiferente tras ver sus braguitas y calcetines. Pero no dije nada. Mi respuesta fue la más sencilla de todas.

—Porque te seguí queriendo del mismo modo cuando te fuiste que cuando estabas aquí.

Me besó la piel, y sus suaves labios se pegaron a mi cuerpo como si fuesen pegamento. Dejó la boca allí unos segundos antes de apartarse, manteniendo las manos sobre mis tríceps.

—Edward… —Descansó la frente en mi espalda, respirando agitada—. Te he echado muchísimo de menos. Cuando me dijiste que habíamos terminado… Me quedé destrozada.

Al principio sus lágrimas me habían hecho feliz. Había querido hacerle tanto daño como ella me había hecho a mí, pero ahora ya no quería volver a hacerla sufrir jamás.

—Sólo estaba enfadado.

—Ahora lo sé. —Me abrazó la cintura, sin apartar la cara de mi espalda—. Cuando volví a Nueva York, ya nada era igual. No había cambiado nada: la muchedumbre era la misma, los edificios eran los mismos, mi café de la mañana era el mismo de siempre… pero el resto era diferente. Intenté salir con otros hombres, pero nunca me gustaba nadie. Cuando me tocaba por las noches, sólo pensaba en ti…

Cerré los ojos al oír su confesión, imaginando a mi mujer tocándose y pensando en mí. Ya lo había presenciado antes, y sin duda era la visión más excitante de la que había sido testigo. Había tocado aquel clítoris cientos de veces, pero me encantaba verla a ella haciéndolo.

—¿Qué hacemos ahora? —susurró.

—¿Sobre qué?

—Sobre mi lugar de residencia, Siobhan… todo.

Acabábamos de entrar por la puerta, todavía no tenía ningún plan.

—Siobhan se enterará antes de mañana, y si no lo sabe ya es sólo porque está durmiendo. Yo me encargo de ella.

—¿Ayudaría en algo que hablase con ella?

Aquello sólo lo empeoraría.

—Es muy improbable.

—¿No puedo hacer nada más?

Me di la vuelta, sintiendo como sus brazos me tocaban mientras me movía. Enredé las manos en su cabello, mi lugar favorito para agarrarla. Le puse la cara exactamente donde la quería con un ligero tirón, dejando su boca fácilmente accesible.

—Fóllame. —Una de las cosas que más echaba de menos era despertarme por la mañana con ella cabalgándome; a veces me despertaba con el miembro en su boca y la experiencia era igual de buena. Se le daba bien tomar las riendas y estar a cargo de mis fantasías. Tenía una confianza que no había visto en ninguna otra.

Isabella me sostuvo la mirada mientras me quitaba el cinturón. No me besó, pero aun así fue igual de intenso. Sentí cómo el cinturón se deslizaba por las trabillas del pantalón y caía al suelo, junto a mis pies. Isabella me bajó la cremallera, seguida del botón, liberándome de la tela.

Su mano cogió mi longitud y la acarició sin parpadear. Le solté el cabello, pero mis ojos no se apartaron ni un segundo de su rostro.

Isabella por fin se puso de puntillas y me besó en los labios, con suavidad y sin lengua. Mantuvo las distancias a propósito, queriendo que nuestras miradas siguieran fijas la una en la otra en lugar de en nuestras bocas.

Me giró hacia la cama y me empujó, haciendo que cayese sobre el colchón.

La única razón por la que me moví fue porque ya estaba cayendo antes incluso de que me empujase. Quería aquel hermoso cuerpo encima del mío, sentir cómo me tomaba tan bruscamente como yo la poseía.

No me dio la oportunidad de quitarme los zapatos y la ropa que tenía por los tobillos antes de que ella misma se quitase también los pantalones y las braguitas y se subiese a horcajadas sobre mí. No se molestó en librarse de la blusa, asumiendo que tardaría demasiado.

Guió mi miembro hacia su entrada y se sentó, tomándome hasta el fondo, con su sexo completamente húmedo. No necesitó mucho tiempo para prepararse, lo que me hizo preguntarme si siempre que estaba en su presencia estaba así de lista. Su atracción era igual de fuerte que la mía.

Me erguí sobre los codos y la observé moverse arriba y abajo, tomando mi miembro con movimientos regulares. Su pelo se movía con cada gesto, y apoyé los pies en el suelo al embestir hacia arriba. Le subí la camiseta y el sujetador para dejar visible la parte inferior de sus pechos; eran una de las características favoritas de su cuerpo, y necesitaba verlos. Necesitaba agarrarlos cada vez que quisiera.

—¿Qué te parece? —dijo Isabella, respirando acelerada.

Quería correrme ya. Isabella me estaba tomando por completo cada vez que descendía. Mi pene estaba embadurnado con su excitación, y su vagina me apretaba con fuerza aun a pesar de no haberse corrido todavía.

—Perfecto. —Quería hacerlo hasta el amanecer, pero siempre que me lo hacía así de bien sabía que no duraría.

No era el fin del mundo; me encantaba correrme dentro de ella de todas formas. Sólo podía mover las caderas hacia arriba y abajo mientras ella hacía el resto, pero Isabella estaba increíblemente hermosa mientras se encargaba de todo, por supuesto. Todas las mujeres que me habían cabalgado habían estado siempre preciosa, pero Isabella tenía algo más. Debía de ser la mirada en sus ojos, debía de ser que me amaba.

Cerré los ojos de vez en cuando para suprimir el impulso de verter toda mi semilla dentro de ella. Me la había tirado hacía menos de doce horas, pero parecía que hubieran pasado días. Podía sentir todo el semen que tenía en los testículos, toda la esencia que quería darle.

Isabella se aferró a mis hombros, empezando a cabalgarme con más ímpetu.

—¿Estás intentando no correrte?

—Sí…

—Quiero que lo hagas. Me encanta sentirte dentro.

Jesús.

Usé una mano para ajustar su cuerpo, para echarla hacia adelante y que su clítoris se frotase contra mi pelvis. No necesitaba estimular aquel punto para hacer que una mujer se corriese, sólo cuando tenía prisa.

Y ahora tenía mucha prisa.

Me chupé dos dedos y los metí por su entrada trasera; ya había tenido sexo anal con ella y sabía que le gustaba. Mis dedos no eran tan gruesos como mi miembro, pero servirían. Los introduje y la dilaté desde atrás, activando todas sus terminaciones nerviosas para provocarle un fuerte orgasmo.

Su respiración se aceleró e Isabella descendió sobre mí con más fuerza, frotando el clítoris contra mi cuerpo. Incrementó el ritmo y estuvo a punto de atravesarme la piel con las uñas, y cuando sus caderas empezaron a moverse ellas solas con violencia, supe que había llegado al orgasmo. Soltó un grito mientras paraba poco a poco, volviendo a tomar mi miembro erecto poco a poco una última vez.

—Oh, Dios…

Mis dedos latieron dentro de ella, y mi erección sintió su estrechez. Estaba en el paraíso, observando cómo aquella preciosa mujer se satisfacía conmigo. Isabella era mi propia fantasía privada, y me encantaba ser suyo. Mi pene palpitó hasta rozar el dolor, y supe que no podía contener más mi orgasmo.

—Aquí viene, monada…

Isabella volvió a acelerar el ritmo, tomándome con brusquedad. Le metí los dedos con más fuerza, moviéndome con ella mientras casi saltaba sobre mí.

—Joder…

Bajó las manos por mi pecho, clavándome las uñas en los pectorales. Aquel ligero dolor me hizo llegar al clímax. Me corrí violentamente, gimiendo mientras llenaba su pequeña vagina con todo mi semen. Me encantaba volver a reclamarla como mía, darle tanta de mi esencia que sería imposible que cupiese en ella.

Me decepcionó que se hubiera acabado, pero estaba demasiado satisfecho como para lamentarlo de verdad.

Isabella se inclinó y me besó con un beso sensual, largo y con mucha lengua. Mis dedos salieron de su culo y le puse la mano en la mejilla, excitado por el beso que acababa de darme.

Isabella se apartó y se levantó ella sola, sacándome de su interior. Mi miembro me golpeó el vientre al liberarse, todavía algo endurecido. Fue entonces cuando el semen manó de su sexo, bajándole por los muslos.

Ahora tenía que volver a tirármela.

...

SÓLO LLEVABA DORMIDO unas cuantas horas cuando me sonó el despertador.

Isabella estaba profundamente dormida y ni siquiera se desveló por el sonido proveniente de mi mesita de noche. Apagué la alarma y me metí en la ducha para empezar el día; había trabajado mientras estaba en Nueva York, pero seguía teniendo mucho que poner al día. Me afeité la poca barba que tenía y me puse un traje limpio antes de dirigirme a la puerta.

Siobhan sabía que Isabella estaba allí conmigo. Aquella mujer lo sabía todo sobre el negocio, y ya que mi vida personal estaba relacionada con éste, también lo sabía todo sobre ella. Me froté la nuca y suspiré mientras bajaba por las escaleras hasta la planta baja. Mi despacho daba al patio, y Siobhan sin duda estaría allí esperándome.

Y lo estaba.

Siobhan proyectó su ira directamente hacia mí, con los brazos cruzados sobre el pecho, las gafas puestas y una mala disposición que llenaba hasta el último recoveco de la habitación. Me estaba echando la bronca sin siquiera pronunciar una sola palabra.

Cosa que, si me preguntaban, era bastante impresionante.

—Buenos días. —Pasé junto a ella y me senté a mi mesa, negándome a reconocer su ferocidad. Siobhan estaba esperando a que yo hablase primero; así era cómo jugaba a aquel juego. Abrí la carpeta y revisé la lista de tareas que necesitaba completar—. Tengo una reunión con Pias en quince minutos, puede asistir conmigo si quiere. Después me pasaré por la destilería de Edimburgo. ¿Vendrá conmigo o tiene otros asuntos que resolver?

Lo único que hizo fue mirarme fríamente. Le devolví la mirada y esperé una respuesta. Cuando no la obtuve, continué.

—Lo tomaré como un sí. —Abrí el portátil y la ignoré por completo.

—Maldita sea, Edward. —Dio un puñetazo sobre la mesa, haciendo que temblase todo.

—Allá vamos… —Cerré el ordenador y me recosté en la silla, poniéndome cómodo para la larga conversación que me esperaba.

Siobhan se puso la mano, de la que colgaba un brazalete de oro, en la cadera.

—Ya he dejado mi opinión perfectamente clara, y no quiero tener que repetirme…

—Pues no lo haga. —Respetaba su opinión, pero tenía que dejar de molestarme. Era mi vida, y me follaría a quien yo quisiese.

Abrió los ojos de par en par.

—Perdimos cuatro hombres por su culpa.

—Le dijo a Joseph que no viniese, y éste lo hizo de todas formas.

—¿Y usted la cree? —preguntó en tono de incredulidad—. ¿A la mujer que planeó un golpe a sus espaldas?

—No planeó ningún golpe…

—Esa mujer se lo folló hasta que consiguió que confiase en ella…

—Pare de una puta vez de interrumpirme. —Me puse en pie, provocado y enfadado; no había nada que detestase más que las faltas de respeto. Y aunque Siobhan era crucial para mi éxito, era ella la que trabajaba para mí, no al revés. El whisky era mío. La realeza era mía. Ella sólo era una socia, una empleada—. Soy consciente de las ramificaciones en torno a Isabella. Soy consciente de que me mintió. Soy consciente de todo lo que ha hecho. —Apreté la mandíbula para controlar mi ira, sintiendo la necesidad de abrasarla con ella—. Pero quiero estar con ella. Isabella me quiere, y yo a ella. No tiene más motivo para estar conmigo que el amor, y por eso confío en ella. No interferirá con nuestro negocio y jamás volverá a serme desleal. —Observé cómo se le oscurecía el rostro mientras contenía la lengua, cada vez más enfadada—. Así será, Siobhan. No tiene más opción que aceptarlo.

—No lo acepto, Edward. ¿Cómo puedo hacer negocios con alguien que piensa con la polla y no con el cerebro?

Me aferré al borde de la mesa. Era mucho más cuidadoso con ella que con cualquier otro empleado porque era una mujer, pero si quería jugar duro, así sería.

—Entonces quizás deba marcharse.

—Creo que lo haré.

Seguí con mi cara de póquer, pero aquello fue como un puñetazo en el estómago. Ella y yo formábamos el equipo perfecto. Siobhan era igual de implacable, decidida y ambiciosa que yo; nunca había conocido a una persona tan inteligente en los negocios como ella en toda mi vida.

—Podría haber soportado que esa putita fuera su esposa, aunque arruinara mi oportunidad de capitalizar nuestro negocio, pero ahora no lo toleraré, no después de lo que hizo. No puedo trabajar todo el día en el jardín cuando hay una serpiente reptando por él.

—No vuelva a llamarla así.

Siobhan no se amilanó.

—¿Qué será, Edward? Ella o yo.

—No hay elección que valga. Ella es mi amante y usted mi socia. No tengo que elegir.

—Sí, tiene que hacerlo. No puedo trabajar en estas condiciones. No confío en usted, Edward Cullen. Ya no confío en su juicio, está completamente distorsionado. Se le cruza un culo bonito y ya no puede pensar con coherencia. Necesito un socio que esté más concentrado de lo que lo está usted.

—No voy a elegir, y punto. —Mantuve la voz firme a pesar de las ganas que sentía de gritarle—. Si quiere marcharse, es su decisión. Le devolveré su inversión a la compañía, añadiendo su indemnización por despido. ¿Qué decide? —Siobhan creía en mi whisky y en mi organización de información. Sabía que yo era un socio de negocios ejemplar, excluyendo a Isabella. De marcharse, se alejaría tanto de la riqueza como de la estabilidad que ésta ofrecía.

—Volveré mañana con mi abogado. —Se dio la vuelta y se dirigió a la puerta, moviendo las caderas de lado a lado.

Había querido ganar a su farol, y sólo había conseguido descubrir que no se había tratado de un farol. La observé marcharse, pero no cambié de expresión.

—Isabella no hizo nada malo.

Siobhan se detuvo junto a la puerta y se giró.

—¿Cómo puede decir eso?

—Hizo lo necesario para sobrevivir. Ninguno de nosotros puede juzgarla por ello.

—Pero le juzgo a usted por permitir que sobreviviese. Debería habérsela vendido a Bones; al no hacerlo, nos jodió a todos.

—Si no recuerdo mal, usted estaba esposada e Isabella la liberó. —Isabella no le debía nada, pero aun así había ayudado a Siobhan cuando ella sólo se había comportado con frialdad con ella. Era un tipo de compasión que casi no existía.

—Y si yo no recuerdo mal, ella fue la razón por la que me esposaron.

—Me llevó al hospital. Podría haberme dejado morir y no lo hizo.

—Pero hizo que le disparasen.

Todas sus respuestas existían en un mundo donde sólo existía el blanco y negro.

—Le pidió a Joseph que no me hiciese daño ni a mí ni a mis hombres. No es culpa suya que su hermano no la escuchase.

Siobhan se rió con frialdad.

—No, Edward. Todo es culpa suya. —Abrió la puerta con un golpe y salió con brusquedad.

Me senté lentamente en mi silla y me quedé mirando la puerta abierta. Los tacones de Siobhan resonaron por el vestíbulo, y pude oírlos hasta que salió por la puerta doble de la entrada. Cuando se marchó, supe que no volvería.

Mi mejor empleado acababa de dejarme en la estacada. Había sido un hombre de negocios durante mucho tiempo antes de su llegada, y seguiría siendo grande sin ella, pero aquello no borraba la cicatriz de su marcha. Sus palabras se clavaron en mi carne como si fuesen balas. Mi vida había sido tranquila hasta que Isabella había bajado de aquel helicóptero, pero en cuanto se había convertido en parte de mí, todo había empezado a cambiar. Había perdido mi capacidad de juicio y ahora también a alguien cercano a mí.

Aquello hacía que me lo cuestionara todo.