Hola de nuevo, señoras!
Como no soy una mala persona y se que dejar el capítulo a medias como lo dejé ayer es casi una falta de respeto hacia la pornosidad SwanQueen, aquí está el desenlace!
Recordemos que Emma se había tirado a la piscina a por Regi y ahora se encuentran en una especie de abrazo acuoso jaja!
Muchísimas gracias por los comentarios, por ser tan cuquis y por seguir ahí :)
Creo que no va a defraudar! Disfruten pues, guapas!
-Estoy nerviosa, Emma, ¿qué tengo que decir? ¿Qué hago?
-Nada, sé tu misma, loba, esa chica te quiere, y tú a ella, no vais a tener problema. ¿Dónde la recogemos?- preguntó distraída, iba conduciendo.
-Pues en su casa.- Emma dio un frenazo y paró el coche.
-¿En su casa? O sea, ¿en casa de Regina?- la morena asintió.- ¿Y no se te ha ocurrido decírmelo antes? Ruby, sabes lo que me pasa con ella y la última vez que nos vimos no fue muy bien.- bajó la mirada, recordando el momento en el que tuvo a la alcaldesa enfrente, debajo de ella.
-No fue bien porque sois unas cabezotas, las dos. No sois capaces de admitir que la otra os gusta, a mí nunca me han dado o he dado un masaje si no era porque iba a acabar en sexo, y tú se lo diste para que se olvidara de sus problemas cuando dices que no la tragas y ella a ti tampoco. No me lo creo, Emma. Tal vez debes dar tú el primer paso, bajar la guardia de una vez. Regina nunca ha querido a su marido, cada vez que viene su humor empeora una barbaridad. Podrías intentar proponerle una cita, a lo mejor te dice que sí y te das cuenta de que realmente la quieres.
-No se, amiga. Me da miedo.
…
-Venga Regina, abre tú. Seguro que ha venido con Emma.- Belle la empujaba hacia la puerta a la vez que el timbre sonaba.- Sonríe.
-Si, claro…- Regina se acercó hasta la puerta y giró el pomo, mirando a la joven.
-Buenas tardes.- Ruby fue la primera en hablar.- ¿Qué tal, alcaldesa?
-Bien, gracias, ¿y vosotras?
-Estupendamente, ¿nos vamos?- dijo extendiéndole la mano a Belle.
-Claro, vamos.- se cogieron de la mano y Ruby le dio un pequeño golpe a Emma en el trasero.- Suerte.- le dijo lo más bajito que pudo. Las dos mujeres vieron como se alejaban las otras dos, dándose un pequeño beso mientras desaparecían de su vista.
-Bueno… ¿Qué tal? ¿Quieres pasar?- la alcaldesa se apartó para que entrara.
-Si, gracias.- ambas mujeres se acomodaron en la cocina, en unos taburetes. Regina colocó sobre la mesa un tarro de helado y un par de cafés.
-Te he traído una cuchara, no se si te gusta, pero yo adoro el chocolate con pistachos.- dijo nerviosa.
-Claro, me encanta, de hecho, es mi favorito. ¿No está Henry en casa?- todo estaba demasiado silencioso.
-No, está en el club, cuidando del caballo, mañana tiene clase de equitación.- dijo con un suspiro.
-¿Por qué dejaste de montar? ¿Por él? ¿Está aquí?- Emma no se atrevió ni a pronunciar su nombre, pero ese "él" iba escupido como si fuera veneno. Regina bajó la cabeza.- Henry me dijo que eras muy buena.- suavizó el rumbo de la conversación sonriendo cálidamente.
-Emma,- la miró directamente a los ojos, muy seria, pero triste.- necesito que olvides lo de Daniel, se que eres la sheriff y que tu honor te pide que hagas algo pero por favor, no lo hagas.- la rubia la miró, incrédula.- Te prometo que algún día te contaré mi historia, nos sentaremos tranquilamente y te la contaré, pero hasta entonces, olvídalo. Y no, no está, solo tenía una semana libre, ha vuelto al Sahara.
-Regina, no se que fuerza mayor te está obligando a esto, pero te juro que voy a estar aquí para lo que necesites, no te voy a exigir que me cuentes nada que no quieras pero déjame estar a tu lado.- le cogió la mano temiendo que se apartara, pero no lo hizo.- Si no fuera porque sé que te la hizo ese… hombre… te diría que esa cicatriz es muy sexy.- Emma sonrió, siendo correspondida por Regina.- Bueno, creo que debería irme. Cuando estés preparada solo dilo, estaré aquí.- Emma se dirigió hasta la puerta.
-Espera, ¿te gustaría acompañarme mañana al club para ver a Henry? Tiene clase a las seis. Tal vez descubras que te gustan los caballos, incluso puedes montar a mi yegua, si quieres.- Emma se giró, despacio.
-¿Cómo una cita?- levantó una ceja.
-Bueno, digamos que solo es una reunión, se lo bien que te llevas con Henry y seguro que le hace mucha ilusión verte allí.- sonrió, era una ligera curvatura en la comisura izquierda, pero sonrió, cosa que dio alas a Emma.
-Me encantaría.- dijo con una sonrisa de oreja a oreja y un escalofrío por la espalda.
-Perfecto, pues podemos quedar allí. Henry va directamente desde el colegio así que…
-Te paso a buscar a las cinco y media. Sea puntual, señora alcaldesa.- dijo Emma, divertida, guiñándole un ojo mientras salía por la puerta.
""""Decidí que no podía ponérselo tan fácil. Me estaba muriendo de impaciencia y el deseo me consumía, pero tenía que conseguir que fuera la alcaldesa la que hiciera algún movimiento, aunque pensándolo bien, ya había hecho suficiente invitándome a la copa y proponiéndome beber con ella, pero en ese momento solo se me ocurrió una cosa. Coloqué mi mano derecha sobre su pecho, justo donde termina el cuello. Mi otra mano seguía sosteniéndola por la cintura. Me miraba intensamente, casi era doloroso así que no lo pensé, solo empujé mi mano, haciendo que la alcaldesa soltara su agarre de mi cintura y la hundí en el agua. Cuando subió a la superficie pensé que iba a hacer que el suelo de la piscina me tragase, pero en vez de eso, solo se rió.
-Supongo que me lo merezco por haberla asustado antes.
Ahora que estábamos las dos de pie, una enfrente de la otra, fui consciente de que yo no llevaba camiseta y de que ella si la llevaba, lo que hizo que mis ojos se dispersaran por su cuerpo. Noté como la camiseta de tirantes se pegaba a sus curvas, como su pelo mojado, despeinado por primera vez, goteaba sobre sus hombros y su cuello. Las gotitas de agua seguían un camino claro por su clavícula y hacia su canalillo. Me di cuenta de que llevaba demasiado tiempo observándola de aquella manera, con los ojos entrecerrados y mordiéndome el labio, era inevitable. Una mano en mi cintura me sacó de aquellos impuros pensamientos. La alcaldesa rompió la distancia entre nosotras para susurrarme al oído.
-Aun nos queda tequila, señorita Swan.- salimos de la piscina y nos secamos con un par de toallas del club para volver a sentarnos al lado de nuestras pertenencias, al borde del agua.
-Te voy a quitar esa camiseta, alcaldesa.
-Ni lo sueñes.- ya era tarde para eso, lo había soñado demasiadas veces.
Le gané la partida e hizo algo que no me esperaba. Bueno, la verdad es que esa noche hizo muchas cosas que no me esperaba. Cuando pensé que iba a quitarse la camiseta por fin, solo se bajó las hombreras, metió sus manos por la espalda y desabrochó el sujetador sacándolo por delante. Se me debió desencajar la mandíbula, saltar los ojos y darme una bajada de tensión, todo a la vez. Me tumbé en el césped porque pensé que me caía.
-Al fin y al cabo, es una prenda más, ¿no? Me toca beberme el chupito.
En ese momento bloqueó mi sistema nervioso, mis funciones vitales y mi capacidad para pensar, por si el alcohol no la hubiera limitado ya lo suficiente. Demasiado rápido como para verlo venir, echó un poco de sal unos centímetros por encima de mi ombligo y se colocó sobre mi pelvis. Deslizó la lengua por mi torso apoyando las manos en mis caderas, cortándome la respiración por completo y haciendo que una corriente que no la hubiera provocado una electrocución en la bañera me recorriera de arriba abajo. Se llevó la sal. Me miró provocativamente, no podía moverme. Se bebió el tequila que contenía el vaso y chupó el limón con una sensualidad sobrehumana. Me incorporé un poco, quedándome apoyada sobre mis codos, a escasos centímetros de ella. Se levantó, cuando lo hizo, me sentí huérfana.
-Vamos, muévase, tenemos una partida que jugar.
¿Jugar? Si quería jugar, íbamos a jugar. Tenía que perder esa partida, pero primero debía recuperar mi respiración y dejar de oír los latidos de mi corazón en la cabeza.
Ahora era mi turno de beber y entregar prenda. Me quité los pantalones, claro. Noté su mirada sobre mi cuerpo, solo cubierto por un top deportivo y un culotte negro. Me humedecí los labios y llené un vaso. Cogí el bote de sal y me acerqué a ella, que estaba sentada en modo indio, con las piernas cruzadas. Me miraba con cierto nerviosismo, supuse que se sentía incómoda al desconocer mis intenciones. Me arrodillé detrás de ella, aparté su oscura y aun mojada melena, dándome libertad para acceder a su cuello. Pasé la lengua, provocadora, por su clavícula y escuché como un suspiro salía de los labios de la alcaldesa. Esparcí la sal por la zona húmeda. Apoyé una mano delicadamente sobre su cuello y con la otra me aferré a su cintura. Lamí la sal despacio, suave, torturando su piel con un pequeño mordisco al final. Me volví loca cuando un casi inaudible gemido se le escapó. Comencé a besarle el cuello, primero despacio, más violentamente después. Al ver que echaba la cabeza hacia atrás, apoyándose en mi hombro no me pude resistir e introduje mis manos por debajo de su camiseta, acariciando su abdomen. Cambié de lado, ahogándome en su pelo, en su perfume, ese perfume que me hacía perder el norte, el sur y todos los puntos cardinales. Noté como una mano se deslizaba entre mis cabellos, perdiéndose en ellos. No podía más. La alcaldesa se tumbó, dejando que me colocara encima de ella. Volví a besar su cuello, su clavícula, las finas líneas de su rostro hasta atrapar su oreja. Me separé para observarla. Tenía los ojos oscurecidos y los labios entreabiertos. Nuestras respiraciones estaban descontroladas y los corazones… bueno, casi podía escucharlos latir a la vez. En el momento en el que borró el espacio que nos separaba sentí como todo el alcohol que había bebido se esfumaba. No era un beso amoroso, ni pensarlo, se parecía más a los que Ruby me daba, pero mucho mejor. Tampoco fue guiado por la timidez, irrumpimos en las bocas de la otra como un tornado irrumpe en una casa: violento y sin piedad. Comenzamos una batalla en la que nuestras lenguas eran la caballería, la infantería, la artillería pesada y todos aquellos elementos de los que se compone una guerra. Bloqueé sus manos, que ya avanzaban sobre mi trasero, por encima de su cabeza. Levanté un poco su camiseta y me deslicé por su cuerpo. Besé su costado, su tórax, pasando entre sus pechos y colocando mi pierna entre las suyas, balanceándome lentamente. Llegué a su cuello, besándolo y volviendo a respirarla. Me acerqué a sus labios y volví a atacarlos. Liberé sus manos e introduje las mías bajo su camiseta, tratando de quitársela.
-Regina.- me susurró al oído, jadeante.
-¿Qué?- me separé un poco.
-Me llamo Regina.- suspiró con los labios entreabiertos y los ojos cerrados. Sonreí junto a su cuello, subiendo hasta su oreja.
-Ya lo sabía.
-Idiota.- me empujó, haciéndome caer a su lado y colocándose encima de mí. Me besó más despacio, de una manera más tierna, pero sin perder esa lujuria que nos envolvía. Colocó una mano en mi muslo, acercándose peligrosamente a lo que sería mi perdición y mi éxtasis.
Al minuto estábamos recogiendo nuestras cosas a toda prisa, corriendo medio desnudas por la hierba para refugiarnos en los vestuarios. No nos habíamos dado cuenta pero eran casi las nueve de la mañana y los primeros empleados comenzaban a llegar. Nos empezamos a vestir todo lo rápido que pudimos. No me pude contener, la empotré contra una fila de taquillas, volviéndola a besar. Por un momento pensé que se apartaría, que ya se había acabado nuestro momento, pero no. Colocó una de sus manos en mi nuca, atrayéndome hacia ella. La cogí por los muslos, levantándola del suelo. Enredó sus piernas en mi cintura y se agarró a mis hombros. Mordí su oreja, bajando por la línea de su mandíbula y succionando su cuello. Me iba a matar por eso, pero a la mañana siguiente le quedaría una bonita marca que tendría que esforzarse en tapar para que nadie la viera.
-Debemos irnos, señorita Mills.- hice un esfuerzo increíble para decir eso.
-Lo se.- gruñó.
-La llevo a casa.- no dijimos nada más en el camino de vuelta. Ya hablaríamos de lo ocurrido. O tal vez no""""
Bueno, no está mal, no¿?
Con lo cabezotas que son, seguro que después de esto ni se miran... Que bobas!
Hasta pronto!
