DISCLAIMER: Ningún personaje me pertenece. Todos son propiedad de Rick Riordan y J. K. Rowling, respectivamente. Yo sólo escribo con ánimo de entretener, sin buscar ningún fin de lucro.

ACLARACIÓN: Este fic contiene escenas de alto grado de violencia, abuso infantil y agresión, y Slash, es decir, relación entre dos hombres. Si no es de tu agrado, abandona la página, por favor. ¡Lee bajo tu propio riesgo!


La frontera de la cordura

Leo VIII

Leo creyó que jamás llegaría a odiar tanto el mundo de los dioses como en ese momento. Había varias excepciones que prefería sobreestimar pero allí no iba el caso. Se prometió añadir a su lista de Qué tener en cuenta al descubrir que eres un semidiós varios nuevos aspectos.

Primeramente, evitar profecías que te conduzcan a enanos ladrones. Son increíblemente rápidos de odiar, en especial con sus tendencias criminales. Nota: Asegurar bolsillos y braguetas antes de ser interceptados por los pequeños demonios que deberían haber pasado a la historia griega hacía mucho tiempo.

Segundo, evitar profecías que te envían a gente como Escirón. Asegurar bolsillos y braguetas otra vez, y prevenir a tortugofóbicos, también.

Tercero…

Estornudó. Leo intentó recordar en qué estaba divagando entonces, pero no pudo concentrarse bien. Aquellos días había estado especialmente irritable. Con la carga de Percy en Tártaro y el extenso viaje para salvarlo pronto acabarían por consumirlo. Todos estaban un poco sensibles y hacían lo que podían. Annabeth no era exactamente de ayuda, recordó con molestia.

Fundamental: si nunca has conocido a alguno de tus padres, o eres huérfano por algún motivo, o descubriste que eres adoptado, implora a los dioses que no se hayan metido con tu sangre pues tu vida no será un lecho de rosas.

Había recobrado el conocimiento mientras estaba en caída libre a través de las nubes. Tenía un vago recuerdo de Quíone burlándose de él justo antes de que lo lanzaran por los aires. Él no la había visto en realidad, pero nunca pudo olvidar la voz que la diosa de la nieve tenía. No ayudaba a aminorar su molestia. Había descubierto que había entrado en una etapa de irritabilidad bastante sensible para su edad.

No tenía ni idea de cuánto tiempo había estado yendo hacia arriba, pero en algún punto de su desastroso viaje se debe haber desmayado a causa del frío y la falta de oxígeno. Ahora estaba yendo hacia abajo, en dirección a la mayor caída de su vida.

Las nubes se abrieron a su alrededor. Vio el mar brillando lejos, muy abajo. No había señales del Argo II. No hay rastro de ninguna costa familiar o algo parecido, a excepción de una pequeña isla en el horizonte. Leo no podía volar. Tenía un par de minutos como máximo antes de que golpeara el agua y se estrellara con terribles consecuencias.

Para un usuario del fuego, entre todas las personas del universo.

Él decidió que no le gustaba este final de la Épica Leyenda de Leo. Todavía estaba agarrando la esfera de Arquímedes, lo que no lo sorprendió. Inconsciente o no, nunca dejaría de lado su posesión más valiosa. Con una pequeña de maniobra, se las arregló para sacar un poco de cinta adhesiva de su cinturón de herramientas y la correa de la esfera de su pecho.

Eso le hacía parecer un Iron Man de bajo presupuesto, pero al menos tenía las dos manos libres. Comenzó a trabajar con la esfera, sacando todo lo que pensaba que ayudaría de su cinturón de herramientas mágico: una lona, extensores metálicos, alguna cadena y ojales.

Trabajar al mismo tiempo que caer era casi imposible. El viento rugía en sus oídos, quitándole de las manos las herramientas, tornillos, y el lienzo de sus manos, pero finalmente se construyó un improvisado marco. Él abrió una escotilla en la esfera, sacó dos cables, y los conectó a sus barrotes. ¿Cuánto tiempo faltaba para que cayera al agua? ¿Tal vez un minuto? Giró el control de la esfera, y zumbó en acción. Más cables de bronce dispararon desde el orbe, intuitivamente detectando lo que Leo necesitaba. Cuerdas estaban atadas al paño de lona para la caída. El marco comenzó a expandirse por sí solo.

Leo sacó una lata de queroseno y un tubo de caucho y lo ató al nuevo motor sediento que la esfera le ayudaba a montar. Finalmente se hizo una correa de cuerda y se movió para que el marco en forma de X se colocara en su espalda. El mar se acerca cada vez más, una brillante extensión de muerte, estilo Te-dejare-como-una-tortilla.

Pensó que, de esta viéndolo, seguramente Percy estaría riéndose de su rostro.

Una sensación angustiante lo envolvió. Era algo irónico que él estuviese en el cielo, en caída, mientras que Percy estuviese en las profundidades, buscando subir.

Nublado por una sorpresiva determinación, gritó en desafío y activó el interruptor principal de la esfera. El motor cobró vida. Las cuchillas de lona hilaron, pero demasiado lento. La cabeza de Leo señaló hacia abajo en el mar, tal vez treinta segundos para el impacto. Al menos no hay nadie alrededor, pensó con amargura, o que sería una broma para los semidioses por siempre. ¿Qué fue lo último que pasó a través de mente de Leo? El Mediterráneo. Luego, la espeluznante sensación de escalofrío que picó en toda su piel a medida que caía, y como si fuese arte de magia, la luz del sol se apagó y se vio cayendo en un mar descontrolado. El cielo cambió de un celeste risueño a un negro poblado de nubes. Entonces, la pequeña isla en su visión repentinamente era más grande, rodeada de un aura de luz casi transparente, que Leo sintió advertirlo.

De repente, el orbe se calentó contra su pecho. Las hojas se volvieron más rápidas. El motor tosió, y Leo se inclinó hacia un lado, cortando a través del aire.

Gritó. Tal vez una incoherencia, demasiado helado por el espanto y el estupor.

Había creado con éxito el helicóptero personal más peligroso del mundo. Disparó hacia la isla en la distancia, como última alternativa, pero él seguía cayendo demasiado rápido. Las hojas se estremecieron. El lienzo crujía. La playa estaba a sólo unos cientos de metros de distancia cuando la esfera alcanzó la temperatura de lava ardiente y el helicóptero explotó, lanzando llamas en todas las direcciones. Si no hubiera sido inmune a fuego, Leo hubiera sido transformado en carbón. Pero para su suerte, la explosión en el aire probablemente le salvó la vida. La explosión arrojó Leo a un lado mientras que la mayoría de su artilugio en llamas se estrelló contra la playa a toda velocidad con un masivo ¡KABOOM! de historieta.

Abrió los ojos, sorprendido de estar vivo en una pieza. Estaba sentado en un cráter del tamaño de una tina en la arena. A pocos metros, salía una columna de espeso humo negro irritado hacia el cielo desde un cráter mucho más grande. La playa que lo rodeaba estaba salpicada de pequeñas piezas y quemados restos.

"Mi esfera", pensó Leo y se tocó el pecho buscándola.

La esfera no estaba allí. Su cinta adhesiva y su cinturón improvisado se habían desintegrado. Se apresuró a ponerse en pie. Ninguno de sus huesos parecían rotos, lo que era bueno, pero sobre todo estaba preocupado por su esfera de Arquímedes. Si tenía que destruir su invaluable esfera para hacer un flamante helicóptero que solo vivió treinta segundos, iba a localizar a esa estúpida diosa de la nieve Quíone y golpearla con una llave de presión. Tenía mejores prioridades. Más importantes.

Se tambaleó por la playa, preguntándose por qué no había turistas y hoteles o barcos a la vista. La isla parecía perfecta para un resort, por supuesto, sin el descontrolado océano y el tormentoso cielo que parecía a punto de caerse a pedazos. Se la imaginaba de aguas transparentes y arenas pálidas. Tal vez era desconocida.

"Quizás todavía tienen islas inexploradas en el mundo", meditó mientras se desplazaba más adentro y una pequeña luz parpadeante llamó su atención. Parecía emerger de un punto desconocido en medio del infernal bosquejo que cerraba la visión frente suyo, filtrándose entre las hojas mojadas de los árboles.

Se giró, evitando sentirse intimidado por la visión.

Tal vez Quíone lo había disparado por fuera del Mediterráneo por completo. Por lo que sabía, podría estar en Bora Bora. Honestamente no creía que Bora Bora fuese tan espeluznante. Siguió tanteando. El cráter más grande era de unos dos metros y medio profundidad. En la parte inferior, las hojas del helicóptero todavía estaban tratando de rotar. El motor estaba a rebosar de humo. El rotor roncaba como una rana atropellada, pero dioses, era bastante impresionante para un trabajo hecho en unos pocos minutos.

Hizo a un lado la emoción petulante dado que no era el momento.

El helicóptero al parecer se había estrellado en algo. El cráter tenía partes de tablones de madera rota. Había un lo que parecía un puente hecho trizas debajo de un gran halo de fuego. Distinguió un camino de madera comenzando a incendiarse también. Leo no estaba seguro de por qué todas esas cosas habían estado en la playa, pero al menos eso significaba que este lugar estaba habitado, después de todo. Lo importante era que el camino tomaba envión directo al interior de bosquejo.

Finalmente vio la esfera de Arquímedes, echando vapor y achicharrada pero todavía intacta, haciendo clics infelices en el centro de los escombros.

—¡Esfera!—gritó extasiado—. ¡Ven con papá!

Se deslizó hasta el fondo del cráter y tomó la esfera. Se desplomó, se sentó con las piernas cruzadas, y acunado el dispositivo en sus manos. La superficie de bronce estaba increíblemente caliente, pero a Leo no le importaba. Todavía estaba en una pieza, lo que significaba que podía usarla. Ahora, si pudiera averiguar dónde estaba y cómo volver con sus amigos…

El aire a su alrededor se rompió en un CRACK y se levantó tan rápido que casi pierde la esfera. Esperó cualquier cosa; algún monstruo, algún dios dispuesto a burlarse de él, pero efectivamente no estaba preparado para sentir la cara de póker allanar su rostro.

—Bienvenido a Slavomir, señor, ¿tiene asuntos que atender con el señor Rosier?

Frente a él había una criatura pequeña y fea, bastante fea. Lo primero que pensó Leo fue que se trataba de un duende. Luego tuvo que sonreír por lo absurda que sonaba la idea. Vestía una tela contraída que asimilaba demasiado a la funda de una almohada y tenía dos grandes orejas que le colgaban a cada lado de la cabeza. Otra cosa grande eran sus ojos, protuberantes y brillosos, que hicieron sentir a Leo repentinamente incómodo.

Ante la falta de respuesta, la criatura volvió a hablar. Leo se preguntó si ella–por lo que podía advertir con el tono agudo de su voz–se había percatado del incendio que se congregaba a su alrededor.

—¿No entiende a Nomy, señor? ¿Tiene asuntos con el señor Rosier? Nomy tendrá que pedirle que se vaya si no los tiene, porque el señor Rosier ha pedido no ser molestado este verano a no ser que fuese por trabajo y si usted no tiene asuntos con él, Nomy va a tener que echarlo de la isla, señor.

Espeluznante. No había otra forma para describirla. Sus protuberantes ojos claros no dejaban de mirarlo fijamente, y en ningún momento Leo dejó de sentirse incómodo. Pero entonces se puso alerta. ¿Cómo iba a pasar de aquello?

—Yo…—comenzó y las orejas de Nomy se levantaron. Leo se atragantó con sus propias palabras, de pronto sintiéndose asfixiado.

La criatura de pronto comenzó a temblar de enojo y Leo se hizo un paso hacia atrás. Dos extrañas luces comenzaron a nacer en las asimétricamente grandes manos de Nomy y dedujo que, efectivamente, no eran buenas noticias para él.

"Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas", pensó.

—¡Sí!—sonrió, tal vez, demasiado amplio—. Sí, eh, tengo… asuntos con… con el señor Rosier. Muy importantes. No pueden esperar. Sólo mira lo que tuve que hacer para llegar.

Leo señaló hacia el desastre humeante sintiendo que se estaba jugando la existencia. Aún así, no dejó de aferrar su posesión más preciada contra su pecho. Las manos le sudaban y de pronto cada posible herida abierta comenzó a arder terriblemente.

Para su fortuna, la criatura llamada Nomy vaciló y luego decidió calmarse. Lució avergonzada por un momento y se disculpó por su amago, cosa que sorprendió a Leo, quien pudo ver perfectamente que no parecía arrepentirse en absoluto de lo que estuvo a punto de hacer.

—Si es tan amable de seguirme, señor…–Leo estuvo a punto de musitar su apellido cuando Nomy se giró y comenzó a acercarse a camino de madera. Con un movimiento de manos, la criatura extinguió el fuego aún activo y se internó en el sendero.

Sintió que sudaba frío. Cuando el cielo crujió y las primeras gotas cayeron, Leo abrazó la esfera de Arquímedes y comenzó a correr tras Nomy, directo a la oscuridad del bosque, esperando que el tal "señor Rosier" tuviese un corazón cincuenta por ciento benevolente.


NOTA: Luego de tanto... En fin, me han preguntado para cuándo las escenitas esperadas entre Percy y Harry, y prometo que para el próximo comenzaré a aplicarlas lo más sutilmente que pueda. ¡Y Leo! Desde el comienzo tenía planes para él, tal vez no tan esperados, así que pido disculpas a los que esperaban el romance con Calipso ya que no sucederá en esta historia.

Siento que la historia avanza muy lento—suspiro—, espero pueda llegar a los puntos pronto. No quiero aburrirlos mucho.

Espero les haya gustado, ¡muchas gracias por leer!

RebDell'O.-