Disclaimers: Eyeshield 21 no me pertenece, pero supongo que eso ya lo saben.

Suzuna se dirigía al lugar del encuentro. Era un sábado en el que no estaba haciendo demasiado frío. Llevaba puesta una blusa de manga larga azul y un pantalón blanco, no traía puestos sus patines sino unos simples tenis. Caminaba de prisa, habían quedado de verse a las seis en punto, ya lo eran. Se le hizo un poco tarde por entretenerse en escoger la ropa que llevaría. No era una cita formal pero de todas formas estaba nerviosa. Mientras apuraba el paso recordó la conversación que tuvieron días atrás.

—xox—Flash back—xox—

Al enterarse de lo que sus compañeras habían hecho temió que Jay pensara que estaba tan desesperada como para enviar a sus amigas. Tampoco quería que se sintiera comprometido u obligado a hacer algo que en realidad no quería. Dejó al resto de las porristas con la palabra en la boca y corrió al salón donde el pelirrojo solía reunirse con el rubio, pero antes de siquiera llegar al edificio lo vio dirigirse a la salida de la escuela. De inmediato cambió el rumbo para darle alcance.

— ¡Jay!—gritó con todas sus fuerzas de porrista.

El pelirrojo ni siquiera volteó a verla, aunque estaba segura de que grito que profirió lo suficiente fuerte como para que la escucharan sin problemas una cuadra a la redonda. Gritó de nuevo, ésta vez se detuvo justo cuando llegaba a la esquina de la escuela. En el momento que llegó a su lado se volvió para verla.

—Que bueno que te alcancé—le dijo con una sonrisa—, ¿no me escuchaste la primera vez que te llamé?

—Sí te escuché, sólo que no quise detenerme porque llevó prisa—respondió con tranquilidad—. Voy tarde, así que dime qué pasa.

Después de asimilar lo primero que le dijo inició explicándole todo lo que las demás porristas le habían contado acerca de la cita que les arreglaron. Medio triste se disculpó por lo que hicieron y le dijo que no tenía por qué hacerlo. Lo miró con la esperanza de que no estuviera molesto con ella. No había atisbo de enfado en su rostro sino una contrariedad. Él desvió los ojos al suelo y ladeó la cabeza. Suzuna esperó atenta a que respondiera algo.

—Voy a ser totalmente sincero contigo—habló al cabo de unos segundos—, en este momento no estoy interesado en ninguna relación sentimental.

La peliazul bajo la mirada, la estaba rechazando.

—Pero si tú quieres podemos salir como amigos—levantó los ojos sorprendida por lo que acababa de mencionarle—, podemos ir al parque de diversiones éste sábado, no tengo nada mejor que hacer—se encogió de hombros.

—¡Sí!—no pudo ocultar su gran sonrisa de felicidad.

Después de que acordaron donde y a que hora se verían Hiruma apareció. Lo saludó por cortesía pero no se fijo mucho en él. Regresó muy contenta al interior del instituto a contarles a las demás lo que había sucedido.

—xox—Fin del flash back—xox—

No era una cita formal, como se lo dejó en claro Jay, no esperaba que ocurriese nada, pero en verdad le gustaba el chico. Tal vez de momento no le interesaba pero como le dijo una de las porristas, quizá con el tiempo y algo de esfuerzo lograría llamar su atención, tal como lo hizo él al dejarla impresionada cuando los salvó de esos asaltantes.

Y hablando de impresiones cuando llegó a la entrada del parque de diversiones se quedó estática mirando al pelirrojo, estaba recargado en una de las paredes que cercaban el lugar. No llevaba su ropa usual, en su lugar tenía una chaqueta negra de mezclilla sobre una camiseta blanca y pantalones oscuros. Cruzado de brazos, con un cigarrillo en los labios y ese aire despreocupado estaba esperándola. Al verla tiró la colilla para pisarla, acto seguido caminó hacia ella.

—Hola—saludó una vez que estuvieron frente a frente—. Te ves linda.

A pesar de que era un cumplido sonó tan indiferente, como si fuera algo que se está acostumbrado a decir con frecuencia sólo por cortesía.

—Gracias—contestó cohibida—, t-tú también, o debería decir mejor que bien.

El pelirrojo ladeó la cabeza e hizo un gesto de incomprensión. Se miró a si mismo y luego se encogió de hombros.

—No sé a qué te refieres.

—Es que te ves muy guapo—confesó apenada, con un leve rubor en las mejillas—, incluso me atrevería a decir que pareces una estrellas de cine—eso último sonó más como a una pregunta.

Volvió a mirarlo cuando lo escuchó reírse con ganas, negaba con la cabeza ante el comentario que al parecer consideraba absurdo.

—Claro que no—replicó sin dejar de reírse. Tomó a la porrista de la mano, provocándole un sonrojo más acentuado—. Vamos.

Del otro lado de la calle cierta castaña ojiazul observaba la escena sin dar crédito a lo que veían sus ojos. Se quedó de pie, viendo como ambos se adentraban en el parque de diversiones, perdiéndose entre la multitud. Dudó por un momento, pero corrió detrás de ellos, a una distancia considerable para no ser descubierta. Se detuvieron, Jay le soltó la mano a la peliazul para mirar todo a su alrededor. Esto hizo que la castaña se escondiera detrás de un árbol cercano. Apenas haber hecho esto se sintió como una tonta y también culpable. No estaba haciendo nada malo, no los estaba espiando ni quería incordiarlos. Pasaba por el lugar cuando los vio por casualidad, porque era una casualidad.

Se asomó por un lado para verlos, el chico estaba dándole la espalda. No creía que se fuera a dar cuenta de su presencia. Suzuna no le había comentado nada acerca de que fuera a tener una cita con él, lo cual la sorprendía de dos maneras. La primera era que precisamente no le había dicho, desde que la conoció creyó que eran buenas amigas. Pero bueno, no se sentí dolida ni nada, ella tendría sus razones. La segunda era el hecho mismo de que estaban ahí. Mamori casi hubiera jurado que Sena y Suzuna iban a terminar juntos, y luego llega éste amigo de Hiruma a robarse la atención de la porrista.

—Vaya—susurro para si.

—Sigues siendo una jodida mamá gallina.

Se sobresaltó al oír su voz a sus espaldas, se dio la vuelta rápido para verlo.

—Hiruma-kun, me asustaste—reclamó y luego cuestionó—, ¿qué haces aquí?

El rubio pasó de ella sabiendo que el contestarle era una perdida de tiempo. Se asomó por donde lo había hecho ella antes, los chicos seguían ahí, ajenos a los que se encontraban detrás del árbol. Regresó la vista a la castaña, tenía esa estupida mirada de interrogación.

—Lo mismo te podría preguntar.

—Yo…

Mamori se sintió atrapada por Hiruma. Entonces, por un segundo creyó que su historia de la casualidad era una pésima coartada. Se convenció a si misma que no estaba haciendo nada malo. Sentía curiosidad, nada más.

—Pasaba por aquí en el momento en que llegaron, fue casualidad.

—Claro—el sarcasmo en la voz de Hiruma lo decía todo, no le creía.

—Es la verdad—sostuvo el tirante de la bolsa que colgaba de su hombro con frustración—, allá tú si no me quieres creer. Yo no me la pasó espiando a la gente como tú, que eres un sinvergüenza.

—¿Eso es todo lo que tiene?—rió bajo—, es patético.

Prefirió no hacerle caso.

—Y de todas formas no me has dicho que haces aquí.

—Cuido mis intereses—contestó dándole la espalda.

Mamori siguió con la mirada la dirección en que se posaban los ojos del rubio, aunque era obvio a quién estaba mirando. Se daba cuenta de que el pelirrojo parecía ser un amigo intimo al que no veía desde hace tiempo, era natural que quisiera pasar tiempo con él —cosa inusual en el rubio—, pero llegar al grado de espiarlo… podría considerarse acoso y sin embargo viniendo de Hiruma no le extrañaba. La forma en que lo miraba, no tenía manera de explicarlo, el brillo cada vez que lo hacía. Lo que no lograba comprender era por qué Jay era un interés que tenía que cuidar cuando él sólo pretendía divertirse con la porrista.

—¿Cuidarlo de qué?, solamente está con Suzuna—no respondió su mirada estaba fija en el otro chico—. Pareces su padre.

—Eso está mejor—dijo mirándola de reojo—, pero sigues siendo patética.

Mientras tanto los otros dos decidían que es lo primero que harían. Suzuna le propuso al pelirrojo que fueran a un juego fácil , como ese donde se tiene que atrapar un pez con una red de papel. No obstante objetó, alegando que era obvio que la red se rompería y en realidad no le veía la gracia. A Suzuna no le importaba mucho lo que hicieran siempre y cuando permaneciera a su lado, pero éste se oponía a todos los juegos que ella le había propuesto.

—Oye—habló después de unos segundos de silencio—, ve a comprar dos helados y luego nos reencontramos detrás de aquél árbol.

Miró fugazmente el árbol que se refería porque se concentró en tomar el billete de veinte dólares que Jay le dio. Era una cantidad excesiva para comprar sólo dos helados. Al ver su sonrisa se olvido de éste pensamiento o de cualquier otro y lo reemplazó por otro más simple.

—¿De qué sabor?

—xox—xox—xox—xox—xox—

—Hiruma-kun—exclamó molesta por las provocaciones del rubio.

—Cierra la boca—no usó un tono grosero pero sirvió para acallar a la ex-manager—, ¿acaso quieres que nos descubran?

Hiruma apartó la mirada del par que se hallaba a distancia para pasarla en los ojos azules. Se quedaron viendo hasta que el rubio decidió que era suficiente y apartó la vista esmeralda. Mamori bajo la suya, apenada.

—¿Dónde carajos están?

Al oír la voz enfadada del ex-quarterback, al ver su ceño fruncido, se asomó por un lado para saber a que se refería. Ni Suzuna ni Jay se encontraban en el lugar. Los nervios se le pusieron de punta. Ellos pudieron haberse adentrado en el parque pero igual temía ser descubierta.

—Deberíamos irnos—le dijo a Hiruma, estirando de su brazo.

—Vete tú—respondió zafándose.

—Esto está mal—insistió pero el rubio intentaba ignorarla para buscar al pelirrojo con la vista.

—Y vaya que lo está.

Tanto Hiruma como Mamori se quedaron estáticos al oír la voz de Jay, aunque no pudieran verle sabían que era él puesto su peculiar voz infantil era inconfundible. El ojiverde fue el primero en asimilarlo, se dio la vuelta para recargarse en el árbol mientras se cruzaba de brazos y cerraba los ojos. La castaña lo buscó por todas partes sin encontrarlo.

—Aquí arriba, Anezaki.

Al ver hacia arriba, tal y como se le indicó, lo encontró sentado en una gruesa rama del árbol. Balanceaba los pies como un niño pequeño, tenía también una expresión muy divertida, que hizo sentir a Mamori un gran bochorno.

—Jay-kun—dijo sorprendida la castaña, luego de pensarlo un poco preguntó—, ¿qué haces ahí arriba?, es muy peligroso.

El rubio rodó los ojos, a veces la actitud sobre protectora de Mamori para con los demás lo fastidiaba, siempre quería tratar a los más pequeños como si fueran de cristal. El pelirrojo se puso de pie sobre la misma rama para saltar de ella al suelo. La castaña se tapó la boca con ambas manos por la sorpresa de ver tal acción, pensó que el chico se lastimaría al caer mas no fue así, cayó de pie ante sus ojos. Una vez que estuvo junto a ellos dio un rápido y despectivo vistazo a Hiruma, le fastidiaba en sobremanera que le siguiera a todas partes.

—¿Cómo es que te trepaste al árbol?—tenía curiosidad por saber como lo había hecho sin que se dieran cuenta de su presencia.

—Una mejor pregunta sería que hacen ustedes aquí.

Se sintió atrapada de nuevo con la pregunta. Podía haber dicho que sólo quería disfrutar de la feria, que estaba de pasada, una casualidad. Sin embargo, el que la haya atrapado al lado de Hiruma era como inculparse sin querer. Trató de pensar en una excusa para zafarse de esa situación tan vergonzosa, no se le ocurría nada y el pelirrojo parecía impacientarse.

—¿Mamo-nee?, ¿You-nii?

La voz de Suzuna fue como la campana que la salvo de una pregunta que no tenía idea de cómo responder. De sobra sabía que tendría que rendirle cuentas a la porrista, pero en el momento agradecía la distracción puesto que apenas escucharla Jay apartó la mirada para posarla en los dos conos de nieve que llevaba en las manos. Corrió hacia Suzuna para tomar el cono que le correspondía, empezó a comérselo, dando la espalda a todos. La porrista suspiró.

—¿Qué hacen aquí?—preguntó.

—Vinieron a espiarnos—contestó Jay lamiendo la nieve derretida que escurría por un lado del cono.

—Eso no es cierto—se defendió de inmediato Mamori.

Suzuna se quedó pensativa. Miró el rostro sonrojado de la otra chica, luego al rubio recargado en el árbol. Una sonrisa se formó cuando malinterpretaba el color en las mejillas de la chica, la antena de su cabello señalaba a ambos chicos.

—¡Ya!—gritó llamando la atención de todas las personas que estaban alrededor, lanzando el cono al aire, el cual Jay atrapó y comenzó a comerse—. ¡Están en una cita!

La nieve se detuvo a medio trayecto cuando se dirigía hacia su boca. Lo que había dicho Suzuna le llamó la atención; ¿Hiruma en una cita?. Volvió la cabeza para ver de reojo a la castaña estaba muy ruborizada, hasta las orejas. Desvió la vista al rubio que, ante la situación permaneció impasible, como si nunca hubiera dicho nada. Sonrió, la sola idea de que estuviera en una cita convencional con alguien como la Anezaki le hacia mucha gracia, era algo realmente absurdo. Regresó a la tarea de comer el helado, en ésta ocasión puso más atención a la plática.

—¡No estamos en una cita!—gritó Mamori.

—¿Entonces sí nos espiaban?—preguntó la peliazul totalmente confundida.

—¡No!

—En realidad eso no importa—comentó el pelirrojo una vez que acabó de comer el postre—, quiero subirme a la montaña rusa.

Tomó a la porrista de la mano y se la llevó corriendo a la cola donde estaban haciendo fila para subir. Mamori sintió un gran alivio cuando el interrogatorio terminó. Ese era el momento idóneo para irse del sitio, aunque Hiruma no pensaba lo mismo ya que se fue detrás de ellos. Se quedó parada en el mismo lugar, quería irse para no hacer mal tercio y al mismo tiempo sabía que Hiruma lo iba a ser de todas formas.

Esa era una de las cosas que no entendía de su relación con el otro chico, porque desde que se encontraron pareciera que quería estar a su lado todo el tiempo. Existía un grado de confianza muy alto entre ellos, Jay llamaba por su nombre al rubio, algo que ni Kurita ni Musashi hacían. Con el pelirrojo era diferente. Por cosas así pensaba que algo raro sucedía entre ellos, algo que tenía que ser muy evidente, justo frente a sus ojos y no lograba vislumbrar.

Una punzada de angustia invadió su pecho. Camino casi inconsciente hasta donde se encontraban los demás. Quería reírse de la propia locura que se le cruzó por la cabeza. ¿Celos?, qué tontería más grande. No podía tener celos y menos si se trataba de un chico, no es como que pudiera representar un peligro… "¿Un peligro de qué?", se preguntó a si misma. Al parecer la presencia de Jay no sólo afectaba a Hiruma sino a todos aquellos que estaban a su alrededor.

Cuando llegó con los demás, Suzuna le dijo que se alegraba tanto de que ambos decidieran quedarse para divertirse todos juntos en una cita doble. Tuvo que recordarle con mucha paciencia que no era una cita. En el fondo negarlo le pesaba y le daba tristeza, después de un año esperaba, bueno, ya no sabía lo que esperaba.

Los cuatro subieron a la montaña rusa, en el transcurso dieron tantas vueltas y tan rápido que Suzuna y Mamori quedaron totalmente mareadas al bajar, tuvieron que apoyarse una en la otra para no caer. Jay y Hiruma, sin embargo, se veían más frescos que una lechuga, como si subir a una montaña rusa fuera cosa de todos los días, el primero se veía muy contento.

—Subámonos a ese otro—señaló otro juego—, pero primero vamos a comprar palomitas.

La mayor parte del tiempo se la pasaron así, Jay se atiborraba de comida chatarra y luego se subía a algún juego extremo, algo nadie entendía era como no vomitaba. Hiruma ya no subió más a otros juegos, simplemente se limitaba a burlarse de las chicas que terminaban muy mareadas con el movimiento de los juegos. Al cabo de un rato Mamori pidió subir a un juego que no requiriera elevarse del suelo. Como resultado terminaron subiéndose a los carritos chocones, donde el Jay lo tomó como un reto y chocó a todo mundo, incluidas ellas.

—Jay—le llamó la porrista, aprovechando que se habían detenido a comprar algo para comer—, vamos a la rueda de la fortuna.

Miró a la chica, luego el hot dog que degustaba, le hizo una seña con la mano, indicando que se adelantaran. Tomó de la mano a la castaña, pidiendo que los acompañara, lo mismo que hizo con Hiruma, sólo que éste se resistió pero la pequeña porrista lo arrastro con ellas. Los ojos de Hiruma no se apartaban del chico, su mirada era distinta a cualquier otra que le conociera. De nuevo esa sensación de angustia. Hiruma suspiró y la angustia creció, luego cerró los ojos y se dejó arrastrar por la otra chica. Ese comportamiento también extraño, Hiruma no era nada sumiso.

Al llegar a la rueda de la fortuna se dieron cuenta de que estaba abarrotado de puras parejas que querían subir. Intentaron pasar entre las personas los tres juntos, o mejor dicho ellas dos juntas, pero cuando el encargado dijo que ya no quedaban muchos asientos una pareja que se hallaba detrás del rubio lo empujó junto con Suzuna hacia el frente. Mamori por otro lado fue empujada sin querer fuera de la multitud y se separó de los otros dos.

—¡Mamori-nee-chan!—la llamó la porrista.

—Vamos niña, no tengo todo el día—dijo el sujeto, casi aventándola a ella y al rubio al asiento.

Mamori trató de pasar através de la gente pero nadie se lo permitió. Desde donde estaba vio a los dos sentados en un asiento, estaba completamente segura de que Suzuna deseaba sentarse con Jay. Y hablando del rey de roma…

—¿Dónde están?—preguntó llegando a su lado.

—Nos separamos y ellos terminaron subiéndose juntos.

El pelirrojo se rasco la cabeza al mismo tiempo que la ladeaba.

—No importa—la agarró de la mano—, vamos a subir tú y yo.

La jaló consigo, llevándola entre la multitud de la gente, quienes no querían dejarlos pasar pero como Jay empujaba a todo mundo no tenían muchas opciones, sobre todo por la velocidad que llevaba, de puro milagro Mamori no cayó. Algunos intentaron detenerlos, no obstante una simple mirada los mantenía alejados, la fiereza que desbordaban los hacían sentir como si ya les hubiera dado una paliza, incluso Mamori sintió escalofríos cuando vio el conjunto de su vista con la macabra sonrisa. Entonces comprendió el temor de Sena cuando le contó de su primer encuentro. Era diferente a los gestos amenazantes de Hiruma, porque el rubio lo hacía para asustarte pero éste chico daba la sensación de que se dejaría ir sobre ti a golpes hasta matarte. Al llegar al inició de la fila el encargado dejó que se subieran, como vio todo lo sucedido y por temor a ser blanco de la ira del pelirrojo no le dijo nada.

El último lugar, subieron a el último lugar. Estarían separados de Hiruma y Suzuna por uno o dos lugares, no podrían decirlo con certeza, los asientos estaban todos cubiertos, excepto de la parte de enfrente.

Mientras se elevaban Jay se recargó en la barra de seguridad para ver las hermosas luces de Tokio. Ya estando muy alto las luces eran escasas, las que estaban en la rueda de la fortuna eran tenues pero brillaban lo suficiente como para que Mamori observara a detalle al pelirrojo. Era muy blanco, aunque eso lo atribuyo a que era norteamericano. No lo había notado por el cabello que caía sobre su frente pero tenía las pestañas rizadas naturalmente, la nariz recta y por su forma de daba el aspecto de alguien arrogante. Los labios rojos y su piel se miraba tan suave que de repente tuvo la sensación de pasar el dorso de su mano por su mejilla. Toda aquella facha de que estaba dispuesto a matar a cualquiera que se cruzara por su camino desapareció, dejando en su lugar un semblante sereno que junto a su mirada ausente le daba un aspecto de ángel. A decir verdad era muy lindo.

—¿Por qué me miras tanto?—dijo el pelirrojo cuando le invadió la incomodidad.

—No es nada—desvió la vista al frente, hacia la ciudad desde el punto más alto de la rueda de la fortuna se veía fenomenal—. Suzuna en verdad quería sentarse contigo.

El pelirrojo no dijo nada, se quedó con la vista perdida en los asientos que comenzaban a bloquear la vista. Pensó que lo había incomodado así que ya no dijo nada más.

—xox—xox—xox—xox—xox—

Perdió de vista a la castaña y al pelirrojo, asumió que ambos subieron a la rueda de la fortuna. Eso estaba bien, los cuatro subieron, aunque no con quién les correspondía. Hiruma desde hace rato se quedó muy serio, no parecía molesto porque le hubiera arrastrado al lugar. Estaba muy pensativo, ido. Tal vez en otra ocasión hubiera sentido curiosidad, ahora sólo quería saber otra cosa.

—You-nii—habló, distrayéndolo de sus pensamientos—, ¿desde cuando se conocen Jay y tú?

—Hace mucho tiempo—contestó rápido y algo cortante.

Esperaba iniciar una plática con el rubio, para preguntarle cosas acerca del pelirrojo. Su respuesta fue desepcionante, ya intuía que algo así podía suceder. No vio otra forma, fue directamente al grano.

—¿Él ha tenido muchas novias?—Hiruma la miró con sorpresa mientras inflaba una bomba de chicle, la hizo sentir cohibida—, digo—desvío los ojos al frente—, es que es muy guapo—terminó con ésta frase como si justificara la pregunta.

—Kekekeke.

La risa la hizo voltear. Ahora ella era quién la miraba con sorpresa, sin entender su reacción.

—¿Qué pasa You-nii?

—No te ilusiones demasiado con el kuso-neko.

Las palabras del rubio, fueron como un cubetazo de agua fría en la cara. Confirmaban sin duda alguna lo que Jay le había dicho; no podría verla más allá de una amiga. Eso la entristeció.

Cuando bajaron de la rueda de la fortuna ni Mamori ni Suzuna dijeron pío. Jay se dio cuenta de que la segunda estaba peor de seria que la primera. Casi tenía la seguridad de que Hiruma le había dicho algo. Fuera lo que fuera no tenía ganas de lidiar con éste tipo de cosas, pero tampoco quería estar viendo una cara larga y aburrida. Justo cuando estaba a punto de decirle algo a la porrista sintió sus reservas energéticas bajas en glucosa a pesar de todo lo que se había comido anteriormente. Como ya se habían subido a todos lo juegos mecánicos (excepto al carrusel porque Jay creía que era para niños), el resto del tiempo se la paso comiendo dulces. La castaña se alegraba de no ser la única que se comiera tantos pastelillos.

—¿No crees que son suficientes dulces?

—No—respondió—. De hecho quiero otro helado.

Pensaba correr hasta el puesto de helado, antes de hacerlo tomó a Suzuna de la mano y ambos corrieron hacia allá. La peliazul sonrió con entusiasmo. Al llegar al puesto de helados Jay compró uno para él y otro para Suzuna. Cuando caminaban de regreso ninguno se dio cuenta de que tres personas venían hacia ellos. Venían por el lado de la chica y al pasar por un lado chocaron con ella provocando que tirara su helado. Al ver esto Jay se molesto mucho.

—¡Oye fíjate por donde vas!—gritó pero no le contestaron.

Observó al tipo flanqueado por dos chicas, ambas traían ropas provocadoras, una era rubia y la otra una morena. Estaba tan entretenido con ellas que ni siquiera escuchó. Furioso Jay volvió a gritarle.

—¡¿Por qué no te fijas por donde vas, estupido rastas!?

—Jay—reprendió Suzuna cuando vio quién era el tipo.

Sabía que tenía muy mal genio, el pelirrojo era fuerte y aún con lo que había visto de su agresividad no creía que fuera capaz de ganarle.

Por otro lado, una de las chicas, la rubia, miró por sobre su hombro a los dos más chicos. Sonrió maliciosa. El chico era muy pequeño, apenas nada en comparación con Agon, así que podía aplastarlo con una sola mano, lo que le dio una idea.

—¿Oíste lo que dijo ese chico?—comenzó—, deberías darle una lección.

La morena, que conocía a su amiga, veía lo que intentaba. Ella sólo quería pasar un momento agradable con el menor de los Kongo, pero si hasta parecía que la rubia se empeñaba en arruinarle cada salida.

—No, no le hagas caso—se colgó del brazo de él—, mejor vamos a comer algo.

—Ay, pero que aburrida eres—replicó de inmediato la otra—. Yo quería ver esos reflejos divinos en acción de nuevo.

Se abrazó al brazo del de las rastas y se restregó contra él con sus enormes pechos. A continuación le dijo con melosa:

—Por favor Agon-kun, compláceme.

El chico sonrió de forma morbosa, no era la primera vez que estaba con esa chica y sabía que si la complacía después ella lo complacería a él.

—De acuerdo—dijo sosteniendo la barbilla de la rubia—, sólo porque eres muy bonita.

Se dio la vuelta para caminar hacia donde se encontraba a Jay con Suzuna, que aún intentaba calmar al otro. La morena sostuvo el puente de su nariz, contemplando como su amiga veía emocionada la catástrofe que estaba a punto de suceder y de la cual era responsable.

—Oye, basura.

Para cuando volteó apenas si tuvo tiempo de aventar a Suzuna y esquivar el golpe que el otro lanzó. Por la sorpresa soltó su helado y caminó varios pasos atrás. Al ver a quién le atacó pudo notar toda la fuerza, lo fiero, lo bestial, la rapidez, casi le golpea por unos escasos milímetros. Abrió los ojos con mucha sorpresa.

—¡¿Aah?!.

Agon también estaba impactado. No lo atacó con toda su fuerza pero siempre acertaba, la mayoría de los tipos que lo retaban en la calle eran unos idiotas que aplastaba, éste le había esquivado. Sólo un puñado de personas eran lo suficientemente rápidos para evitarlo. Miró al chico con detalle, era un flacucho. Algo más llamó su atención, sus ojos pasaron de la sorpresa a la emoción y una perturbadora sonrisa se formó en sus labios. Esa sonrisa…

—xox—xox—xox—xox—xox—

—¿Por qué tardan tanto?

Mamori buscó con la mirada a los chicos, sólo había gente desconocida alrededor. Hiruma inflaba su quincuagésima bomba de chicle despreocupadamente. Quería ir a buscarlos pero, ¿y si regresaban?, o peor, que tal que estaban en un momento incomodo. Mejor se quedó al lado de Hiruma en silencio.

—¡You-nii!—llegó Suzuna corriendo y sonaba muy preocupada—, Jay está en problemas, está peleando con Agon.

—¡¿Qué?!—casi gritó la castaña de la impresión—, ¿pero cómo?, ¿por qué?

—No hay tiempo—la interrumpió la porrista—, You-nii tienes que…

Para cuando regresó la vista hacia donde estaba el rubio éste ya estaba de camino hacia donde se encontraba Jay. Mamori tomo a la peliazul de la mano y ambas fueron tras Hiruma.

—xox—xox—xox—xox—xox—

—Agon-kun, vámonos, déjalo.

La situación con el chico pequeño llegó a un extremo en el que tanto él como Agon estaban muy alterados, por así decirlo. El pelirrojo estaba hincado en una sola rodilla con el brazo recargado en la otra pierna, la respiración agitada la vista fija en el tipo que tenía enfrente. La emoción que tenía en ese momento era tanta que en ningún momento quitó la sonrisa de su rostro. Lo único que no le agradaba era la sangre que le estorbaba en su visión, la cual provenía de una herida que el rastas le hizo en la cabeza.

A tres o cuatro metros de él se encontraba Agon, sentado en el suelo, estaba igualmente agitado o quizá un poco menos. También mantenía la vista fija en el chico, no obstante él no se encontraba emocionado sino furioso. ¿Cómo se atrevía esa maldita basura enana a siquiera reírse?, ¿acaso con el golpe que le dio no le basto para que supiera que él era mucho más fuerte?. Al parecer no. Le había de vuelto el golpe, o eso intentó. Si se cayó no fue por el rozón y, ¡por supuesto que tampoco fue por la sorpresa de que pudiera responderle con tanta rapidez!. En cuestión de pelea sólo había considerado a Mr Don como alguien más aterrador que él, por no decir que más fuerte. Ahora el deseo de aplastarlo lo invadía con vehemencia.

La gente hizo un circulo al inicio de la pelea, no eran muchos pero sí los bastantes como para incomodar a la morena. Su amiga estaba muy emocionada con lo que había provocado. Intentó levantar a Agon para que se fueran del sitio y no hicieran más grande el asunto.

—¡Déjame en paz y lárgate!—recibió el grito como respuesta—, voy a matar a ese enano.

La chica retrocedió espantada por el tono que usó, no tenía por qué soportar esa grosería. Si no se fue del lugar fue por su amiga, por no dejarla sola con ese patan.

El de las rastas sintió cosquilleo en la barbilla, se limpio con la mano para descubrir que un hilillo de sangre salía de su labio inferior. El rozón no había sido sólo eso. Se levantó muy enojado del sitio y camino en dirección al pelirrojo, con la clara intención de lastimarlo, ésta vez no se contendría. Jay pensó que ésta era su oportunidad perfecta para probar sus habilidades con alguien que valía la pena. Espero con ansias, incluso temblaba de la emoción. Pero el otro freno su andar. No supo el por qué de su reacción hasta que sintió el escalofrío que siempre recorría su espalda cuando él aparecía. En lugar alivió sintió enfado. A un lado estaban las chicas con caras de preocupación, supuso que la más joven les fue con el chisme. El rubio se agachó para susurrarle lo siguiente al oído:

—Vámonos.

—¡No hasta terminar con esto!

La forma en que lo gritó le dio a entender que su obstinación era demasiada y que no dejaría las cosas así. Sonrió. Era el peor momento para eso y más porque su oponente no era cualquier pelagatos, podría lastimarle en serio.

—No te estoy preguntando—con eso se ganó una mirada de furia—, no vas a quedarte aquí.

—Tampoco es como que te estoy pidiendo permiso.

La sonrisa del rubio creció.

—Bien.

Jay se confundió, Hiruma no se daba por vencido tan fácil. Lo observó cuando se levantó y antes de enderezarse por completo le tomó de la cintura y le echó sobre su hombro.

—¿Qué demonios haces?, Youichi, bájame con un carajo.

Agon observaba la escena, si Hiruma y ese chico se conocían quedaba claro el comportamiento irrazonable del pelirrojo. Lo extraño era el comportamiento de Hiruma hacia el chico. Cuando estuvieron trabajando juntos el rubio sólo veía por su propio bien, sólo lo que le convenía, quizá no le convenía que hiciera papilla al chico. Pero…

—Bájalo.

Tanto Hiruma como Jay voltearon a ver al de las rastas aunque al segundo le resultaba un tanto difícil ya que Hiruma le planto cara a Agon al verlo tan agresivo.

—¿Acaso no me oíste idiota?—preguntó con furia.

Caminó hacia donde estaban pero el rubio sacó una metralleta y le apuntó con ella. Agon se detuvo, no porque tuviera miedo de que le fuera disparar, sino porque el aura se volvió oscura. Ya antes había visto esa fachada, tan sólo era para asustar a los demás, en ésta ocasión notaba algo más, como si quisiera matarlo en serio.

—Voy a partir al condenado enano en dos.

Jay sintió una rabia muy grande al escucharlo, también sintió el bazo de Hiruma apretarse alrededor de su cintura. ¿Qué se pensaba?, ¿que se iba a dejar vencer sin pelear?. Pero si era lo que más le gustaba, los enormes retos.

—Sólo si me dejo.

Aquel siseó pareció una provocación para el menor de los Kongo, que apretó los puños por el coraje que invadía su cuerpo. Sin embargo, nada más Hiruma se percató de que la frase estaba dirigida a él. Le estaba diciendo que no había nada de que preocuparse, primero desgastaría sus puños defendiéndose. Eso debería ser un consuelo. No lo era cuando sabía la verdad.

Mamori, junto con Suzuna, estaba muy preocupada por el estado de salud del pelirrojo. Su sangre se confundía entre los cabellos rojizos, pero al llegar a la blanca piel era notoria la cantidad de sangre, que no paraba de salir. Se preocupó mucho más al ver que Jay quería segur peleando contra Agon, por fortuna el rubio se lo impedía. A su memoria llegó el partido de Deimon contra los Nagas, el poder de Agon era mucho para el frágil cuerpo de Jay. Agon parecía un depredador al acecho que se lanzaría sobre ambos chicos en cualquier momento. Casi sin pensar fue a donde estaban, tocó la herida de Jay, llamando su atención.

—Jay-kun—dijo con dulzura—, tu herida necesita atención, por favor déjalo así.

La distracción sirvió para una cosa: que Jay y Hiruma bajaran la guardia por escasos segundos y que Agon se abalanzara sobre ellos. En casi un parpadeo ya lo tenían enfrente, eso tomó por sorpresa a todos. Con una perturbadora sonrisa agarró al pelirrojo de la chaqueta con mano y con la otra empujó al rubio hacia atrás. Hiruma cayó de sentón y Mamori de inmediato fue a socorrerlo. Agon tenía sujeto a Jay de la chaqueta, lo mantenía en el aire, como era tan pequeño y liviano no le costaba trabajo. Agon sonrió, levantó su puño y lo dejó ir contra el pelirrojo.

—¡Jay!—gritó espantada Suzuna.

Justo cuando estaba por darle el golpe tuvo que maniobrar en el aire para que el puño del grandulón pasara por un lado, al mismo tiempo le dio una patada cerca del rostro. No le dio pero sí le quebró los lentes tan sólo porque el de las rastas movió su rostro a un lado, eso fue lo que necesito para que lo soltara. Cayó y rodó un par de veces. La porrista corrió a su lado para ayudarle a levantarse. El otro se quitó los lentes rotos.

—Maldito enano.

Estaba a punto de dejarse ir contra los dos. Jay se puso delante de la peliazul en caso de que quisiera lastimarla. La castaña veía todo aquello con horror. Hiruma tomó su arma para dispararle en las piernas en caso de que no pudiera detenerlo. Mas no fue necesario ya que los guardias de seguridad del parque de diversiones fueron tan rápido como pudieron.

—¿Qué está pasando aquí?—preguntó uno de ellos.

Al parecer alguien a quien no le gustaba la violencia los llamó para que intervinieran en el asunto antes de que alguien resultara lastimado, aunque era un poco tarde para eso. Agon intentó acercarse a los chicos de nuevo pero un guardia, cuando lo reconoció de un partido de donde lo había visto jugar y sabía de lo que era capaz, lo detuvo y amenazo con llamar a la policía. La morena que lo acompañaba le recordó que si se involucraba la policía podían expulsarlo del equipo. Entonces usó un poco la razón, eso no le convenía. Se dio la vuelta no sin antes dedicarle a Hiruma y a Jay una mirada llena de desprecio total, luego se fue.

Los guardias intentaron ayudar a Jay por lo de su herida, pero se negó a recibirla. Los guardias no insistieron, de cualquier forma no tenían el botiquín con lo necesario.

—Jay-kun tienes que ir al hospital—Mamori estaba muy preocupada por la cantidad de sangre que brotaba.

—Estoy bien—le restó importancia—, no es nada que no se pueda resolver con un curita.

—Nada de eso—replicó la castaña con un tono autoritario—, no es un simple rasguño, es una abertura en tu cabeza que necesita sutura. Tienes que ir a un hospital.

"¿Ésta se cree mi madre o qué?", pensó.

—Sólo para que te revisen—dijo la porrista—, el golpe que te dio Agon fue muy fuerte.

—¡Ya les dije que estoy bien!, no voy a ningún lado, no voy y no… ¡Oye!

Hiruma se harto de tanto parloteo y tomo al pelirrojo para echarlo sobre su hombro otra vez. Jay le gritó un montón de insultos que a Mamori la hicieron sonrojarse hasta las orejas, lo mismo que Suzuna, nunca habían escuchado tales palabras. Era demasiada sangre, lo quisiera o no irían al hospital. Al pelirrojo no le agradó la idea en lo absoluto, por lo que la mayor parte del camino se la paso diciendo cosas poco decentes.

Luego de que Agon se fue, las chicas que lo acompañaban se quedaron paradas en medio del lugar. La morena estaba muy molesta, ella había ido a divertirse pero en lugar de eso sólo había tenido la mala fortuna de presenciar una pelea y de que la dejaran plantada. La rubia, por el contrario, miraba con ojos brillantes por donde se había ido el pelirrojo con las demás.

—¿Acaso no es muy lindo?—dijo mientras sostenía su rostro muy al estilo Yuno Gasai.

—¡¿Qué?!, ¿estas loca?—gritó su amiga—, ¿pero que digo?, claro que lo estas y ese chico también por ponerse contra Agon.

—¿Viste que ojos tan bonitos tiene?, son como un sueño.

—No—contestó la morena cruzándose de brazos—, estaba más preocupada porque Agon no lo fuera a matar.

Inspeccionó la mirada de ensueño que tenía su amiga, la misma que tuvo cuando conoció al de rastas. La conocía de algunos años y en ese tiempo aprendió que le gustaban los chicos malos que se metían en líos cada dos por tres. El pelirrojo era lindo aunque muy violento, valiente pero estúpido por enfrentarse a alguien más grande y fuerte que él. El problema era que ahora su amiga parecía estar muy interesada en él.

—No te entiendo, de veras que no—comentó la morena.

—¡Tiene que ser mi novio!—gritó con fuego en los ojos.

—xox—xox—xox—xox—xox—

—Ya está—dijo el médico de emergencias cortando el hilo—fue una herida grande, ¿cómo dijiste que te la hiciste?

—No le dije—respondió cortante.

El médico comprendió que no deseaba hablar del asunto. Procuró ponerle la gasa con el vendaje rápido y salió de la habitación donde estaban. Cuando se vió en soledad pensó en saltar por la ventana para escapar pero la cabeza le daba vueltas por el golpe y la anestesia. Se recostó en la camilla con cuidado para mirar el blanco y pulcro techo, la luz se reflejaba en el y eso le molestaba en los ojos. Los cerró y aprovecho el momento para reflexionar algunas cosas. La primera se trataba de ese grandulón, era demasiado fuerte, en exageración.

Otra cosa que le parecía extraña era la actitud de Hiruma. Totalmente fuera de lo común. No sabía como describir su cara, sus ojos, era como si supiera algo que no le dijo en el momento. No estaba asustado del tipo, no, eso no podía ser, no le temía ni a su persona. Hiruma sabía que era muy fuerte, confiaba en su forma de pelear, se lo demostró en más de una ocasión. Entonces no lograba entender por qué no le dejó continuar. No era débil, nunca le gustó sentirse así, pero la insistencia de irse del lugar le hizo creer que ya no le tenía la misma confianza. Abrió los ojos para ver melancólicamente la oscuridad de la noche por la ventanilla. Aquello no debía afectarle, no tenía porque y sin embargo esa sensación desconocida le recorrió el cuerpo entero.

—Eso fue estúpido.

Escuchó su voz cerca pero no lo miró. Quería gritarle tantas cosas, pero al mismo tiempo sentía las palabras pegadas a su garganta, quería golpearlo pero los brazos y las piernas estaban flácidas, quería que se fuera pero también quería retenerle. La cama se hundió cuando se sentó a un lado.

—Jay-kun—la castaña que llegaba junto con Suzuna al lado de la camilla—, ¿cómo te sientes?

—Bien—contestó secamente. La verdad era que la cabeza le dolía un poco y sentía que se iba a marear con cualquier movimiento que hiciera.

—El médico dijo que vendría una enfermera a darte de alta—le dijo la peliazul.

—Qué bueno—abrió los ojos—, no se cuanto más soportaré estar aquí.

Esperaron unos minutos en el lugar. Hiruma se levantó de la camilla, Mamori insistía como una loca que eso no estaba permitido. La porrista permanecía al lado del pelirrojo. Estaba cabizbaja y pensativa. Ni rastro de la niña alegre y sonriente que solía ser cada vez que se hallaba a su lado. Y no es que le importara mucho en aquel momento, pero para caras tristes y apesadumbradas no tenía tiempo. Estaba a punto de preguntarle que sucedía cuando alguien se entró en la habitación.

—¿El joven que está herido?

Ante la pregunta rodó los ojos, iba a responder con sarcasmo. Pero cuando volteo para ver a la enfermera…

—¡Ay mamá!, ¡es la niña del aro!

Pegó un brinco de la cama a los hombros de Hiruma, su cabello se erizó y al rubio le clavó las uñas.

—¡Bájate!—le ordenó cuando sintió el ardor.

—¡No dejes que me atrape!

Era una escena muy curiosa. Tan sólo verlo era como… raro. El pelirrojo parecía un minino arisco cuando se asusta con algo. Tanto la castaña como la menor reían bajo, pues sabían que casi todo el mundo le temía a Oka, la jefa de las enfermeras. Cuando Hiruma le bajo al suelo se escondió detrás de él. Señalaba con insistencia a la mujer, con ojos aterrados cuando ésta sacaba un muñeco voo doo.

—Este niño parece más grave de lo que dijo el doctor—agitó el muñeco y eso le puso los pelos de punta—, voy a hacer un conjuro para que sanes más rápido.

—¡Ah!—gritó Jay, luego comenzó a agitar los brazos mientras corría en círculos por la habitación (por favor imagínese esto en chibi) —, ¡no, no, no, no, no, no!

Salió corriendo por la puerta del hospital dejando atrás una gran estela de humo.

—xox—xox—xox—xox—xox—

—Gracias por acompañarme a casa.

Los cuatro estaban parados frente a la casa de Suzuna. Luego de que encontraron a Jay trepado en la rama de uno de los árboles que estaban fuera del hospital —y explicarle que la enfermera no le iba a hacer nada—, acompañaron a la peliazul a su casa. Ella no era muy buena con esas cosas, aún menos porque Mamori y Hiruma estaban ahí. Había visto miles de escenas así en películas románticas, en las que la cita terminaba con un beso que marcaba el inicio de un romance. Su cita había sido totalmente diferente a lo que había imaginado que sería una primera cita con Jay. Sin embargo sabía que no era real, él no le pidió salir, fue algo que ocurrió fuera de sus manos y con lo que le dijo Hiruma se daba cuenta de que el pelirrojo no estaba interesado.

—No es nada—respondió él.

—¡Ajá ha!

El hermano de Suzuna salió de la casa dando vueltas con una pierna como era su costumbre. Al llegar a donde estaban, la porrista recordó que quería presentárselo, aunque ahora no estaba segura. Natsuhiko miró al rubio y a la castaña, en su curiosa mente pasó la idea de que también había ido en una cita. Luego posó sus ojos en el pelirrojo que lo miraba con extrañeza.

—Hermanita, ¿ese es tu novio?—lo señaló con su dedo y Suzuna se golpeó la frente—, es apuesto pero no tanto como yo.

Hizo una pose de estrella de cine que a Jay le pareció exageradamente ridícula. Ahora que caía en cuenta era la primera vez que lo veía, nunca pensó que en realidad existieran personas así.

—¿Ese es tu hermano?—cuestionó, recibiendo a cambio un asentimiento de cabeza—, es tan…

—Idiota, tonto, retrasado, estúpido, menso, imbécil—eso fue muy agresivo.

—Sí, era justo lo que estaba pensando.

—¿Ajá ha?

Jay les deseó buenas noches a Suzuna y se despidió de ella al igual que Mamori, Hiruma tan sólo se adelantó. La porrista se metió en la casa, ignorando a su hermano. Estaba feliz por haber tenido esa cita aunque sólo fuera de amistad, pero también estaba triste porque según lo que le dijo Hiruma no pasaría de eso. Las cosas no estaban tan mal, si Mamori había logrado que el rubio saliera con ella ese día por qué ella no iba a poder conquistar al pelirrojo. Sólo esperaba que no le tomara un año como a la Anezaki.

Mientras tanto los tres que estaban fuera de la casa se dirigieron a la estación del tren. Jay empezaba a tener una jaqueca y no estaba de humor como para caminar hasta su casa. Mamori se sentó en un lugar cualquiera pues en el vagón donde estaban no había nadie más que ellos tres. Hiruma se sentó enfrente y Jay a un lado de ella pero retirado.

El ex-quarterback miraba al pelirrojo fijamente, pero éste ni cuenta se daba, sostenía su cabeza con una mano y los ojos cerrados. Luego desviaba su vista a la castaña, que también lo miraba. Sus ojos iban de uno a otro hasta que finalmente ladeo la cabeza para ver por la ventanilla, aunque fuera sólo luces.

—Jay-kun—le llamó Mamori—, si te duele mucho la cabeza puedes recostarte en mis piernas—terminó con una sonrisa.

—Gracias—contestó masajeando sus sienes.

Se recostó en el asiento, puso su cabeza en una de las piernas de la castaña y cerró los ojos. La sensación en esa posición se le hizo familiar, una cómoda y maternal sensación de sentirse bien. Hiruma se levantó de su lugar y sentó a un lado del pelirrojo.

—¿Estará dormido?—preguntó Mamori.

—No tengo idea—obviamente Hiruma no lo creía

—Estoy preocupada.

Jay escuchó con atención.

—No tienes que preocuparte por él, aunque parezca un jodido neko escuálido es fuerte.

Al oír eso por poco y se levanta sólo para golpearlo, pero se contuvo.

—Lo sé, lo vi cuando peleó con esos tipos que quisieron a asaltarnos—acarició el cabello rojizo—. Lo que me preocupa es que es tan parecido a ti.

Eso llamó la atención de los dos.

—¿A qué te refieres?

La miró fijo pero ella siguió con la vista clavada en cabello.

—Es que ambos son tan obstinados, son tan aferrados a ganar. Como por ejemplo hoy, Jay estaba dispuesto a ir contra todo y mira lo que le pasó. ¿Te imaginas lo que hubiera pasado si la pelea con Agon hubiera continuado?—su voz se quebró en éste punto—. Yo no lo conozco bien, y en un principio pensé que había algo raro, pero ahora que lo veo me parece que hay un poco de fragilidad en él.

Hiruma sonrió.

—Claro que es frágil, por eso se esfuerza tanto—le echo un vistazo—. Ten por seguro que esto no se quedara así. Si no ha cambiado tanto irá por la revancha.

—Pero tú no se lo permitirás, ¿verdad?—lo miró con esperanza en los ojos.

Hiruma no contesto nada. Mamori se mordió el labio de pura frustración. Violenta desvío la vista al suelo, agachando la cabeza para ocultar con su flequillo su mirada triste.

—¿Recuerdas cuando jugamos contra los dinosaurios de Hakushuu?—preguntó en un hilo de voz.

—No sé a qué viene eso—respondió un poquito cortante.

—Gaou te fracturó el brazo.

Al oír esto el pelirrojo hizo un ligero movimiento de cejas. Si Hiruma salió lastimado de un partido quería decir que… ya ni sabía lo que quería decir y no le importaba. Lo que realmente le importaba en ese momento eran las palabras "Hiruma" y "lastimado" en la misma oración no le gustaban.

—Eso no tiene importancia ahora y mucho menos se relaciona con él.

—Cuando te vi caer el corazón se me encogió—prosiguió Mamori sin moverse ni un milímetro y sin prestar atención a lo que decía—, fue horrible. Se que él te importa y mucho, lo noto, y también sé que no quieres verlo herido de es forma. Créeme por favor cuando te digo que si te importa no permitirás que se pongas en riesgo.

Se sumieron en un profundo silencio. Ya estaban por llegar. Mamori levantó el rostro, sus ojos azules claros como el cielo se encontraron con los verdes esmeraldas. El ambiente estaba lleno de tensión, de sentimientos. Se acercó lenta al rostro del rubio, ya no lo miró a los ojos sino a los labios, los labios que deseaba probar desde algún tiempo. A diferencia de la última vez él no se alejó, se acercó unos centímetros, como Jay estaba recostado en medio no les daba la oportunidad de acercarse más. Eso no impidió a Mamori que lo intentara, que estirara la cabeza para alcanzarlo.

De repente sonó una tonada de celular, una musiquita clásica . Entonces Jay se levantó de improviso, golpeando a Hiruma en la barbilla con la parte posterior de la cabeza.

—¡Oh rayos!—dijo sobandose la nuca—, lo olvide por completo.

Sacó del interior de su chaqueta un pequeño teléfono plateado. Mientras sostenía su barbilla, Hiruma recordó que le había dado un teléfono rojo y negro, que no era ese por supuesto. Mamori aún estaba en shock por la reacción del pelirrojo.

—¿Qué sucede Jay?—preguntó.

—¡Kuso-neko!—gritó cuando sintió que podía hablar—¡¿qué demonios…

—¡Cállate!—le gritó Jay—ésta llamada es importante.

Se levantó del asiento y se sentó en el piso del vagón

—No hablen—los señaló—ninguno de los dos.

Miró el teléfono y el nombre que aparecía en él, habían quedado de hablarse ese día justo a esa hora, lo olvido por la pelea que tuvo con ese tipo. Presionó el botón y contestó:

— Hi ... yes, who else?

Hiruma estaba molesto, pero no perdió detalle de lo que estaba diciendo.

— I see ... Well, I'm fine, do not worry ... No, I can handle it.

Mamori también podía entender lo que estaba diciendo, por eso lo que escuchó a continuación la sorprendió.

—How is she? ... miss her too.

Extrañaba a alguien, una chica al parecer. Inmediatamente llegó a su mente Suzuna. Si ésta chica era la novia de Jay la porrista no tendría oportunidad.

—No, it's like he disappeared off the face of the earth, I start to worry ... I know, I do not in any way I can talk —miró de reojo a ambos—. See you later.

Después de colgar se levantó del suelo y se sentó en el asiento que estaba enfrente.

—¿Quién era?—demandó el rubio.

—Nadie que te importe—respondió

Echó la cabeza hacia atrás, deslizándose suave y lento por el asiento. Sus miradas estaban puestas encima suyo, no tenía que verlos para saberlo, pero tampoco estaba de humor para interrogantes. Iba a cerrar los ojos para descansarlos un rato cuando el tren se detuvo. Mamori se puso de pie.

—Aquí es donde tengo que bajarme— se encaminó a la puerta.

—¿Te acompañamos?—preguntó con desgano el pelirrojo.

—No, seguro que estás muy cansado y lo mejor es que llegues rápido a tu casa.

—¿Estas segura?

—Claro—luego añadió cruzando la puerta—, hasta luego.

Una vez que se cerraron las puertas y el tren se echó a andar Hiruma se levantó de su asiento para ir a donde estaba Jay. Respiró hondo y se resbaló un poco por el asiento hasta quedar medio recostado. La cabeza le palpitaba, el golpe había sido más duro de lo que creyó, llegando a casa se tomaría medio frasco de aspirinas.

—Con respecto al jodido rastas—interrumpió el silencio la voz del rubio—, ¿lo harás?

Abrió los ojos grandes. Aquello era digno de verse, ¿acaso no le dijo a Anezaki muy seguro cuales serían sus acciones?, entonces por qué se lo estaba preguntando. Lo cierto era que ni siquiera el pelirrojo lo sabía.

—Hace algún tiempo decidí que no me importa.

Se levantó del asiento y caminó de un lado a otro. Hiruma meditó sus palabras.

—¿Que no te importa qué?

—Nada ni nadie—el rubio alzó una ceja con incomprensión—. Quiero decir que ya no me importa nada, no le debo explicaciones a nadie de lo que hago. Voy a vivir mi vida, haré lo que me plazca, me da igual quién o qué tan fuerte sea si me estorba lo patearé a un lado. En cuanto al idiota del rastas no me importa un cacahuate las referencias que me des de él.

Hiruma sonrió maliciosamente, aunque Jay no pudo verlo puesto que le daba la espalda en ese momento.

—Mientes—afirmó—si fueras a hacer todo lo que dices no usarías ese disfraz.

—Del otro modo sería más difícil—replicó deteniéndose en seco.

—Y por tanto más divertido—los ojos de Hiruma se volvieron más agudos y penetrantes, su sonrisa intacta, mostrando sus filosos dientes—. Imagínate lo gracioso que hubiera sido ver al rastitas peleando en igual contra una chica, ¿no crees, koneko?


Bueno mis niñas, después de tanto tiempo aquí está el otro capítulo. No tenía Internet y no tienen idea de lo horrible que fue. Pero ya todo volvió a la normalidad, el Internet regreso y yo deje de rodar en el suelo mientras lloraba a mares para escribir el capítulo. No sé cuando estara el otro pero no creo que tarde mucho. La verdad no sé mucho ingles (practicamente sólo sé decir hola y adios), así que no sé si este bien lo que escribí. Eso es todo.

Hasta el próximo capitulo.