Bueno bueno, me quedaran como mucho dos capítulos para terminar, no digo mas jajaja ¿Cómo creéis que acabará la cosa? Contádmelo, tengo curiosidad :P! Y ahora ya, os dejo con el capi ^_^!

Como siempre, todavía no he conseguido que me pertenezcan los personajes, aun son de los creadores de OUAT. También como siempre gracias por leer, y espero que os guste :)!


Ni siquiera recordaba como había llegado a la taberna de la abuelita, sus pasos simplemente la habían llevado hasta allí mientras su cabeza seguía en el castillo, con Regina. La morena nunca dijo "elijo la corona en vez de a ti", Regina dijo "ven conmigo" y Emma dijo "no". Era la única respuesta que podía darle, ella no quería una vida en palacio, no quería ser reina, quería una vida con Regina; pero había rechazado la vida que Regina le ofrecía. Nunca en todo ese tiempo se había cuestionado su decisión de alejar a la morena de su vida después de lo que hizo, pero ahora, por primera vez, aparecían dudas.

Abrió la puerta de la taberna mecánicamente esperando encontrar solo a Ruby y a la abuelita, en vez de eso se dio contra el repentino silencio que su aparición provocó en el local lleno de gente. Todos la miraban y ella miraba a todos.

- ¿Qué pasa aquí?

Preguntó buscando a Ruby con la mirada. Su amiga salió de entre la gente con el alivio dibujado en los ojos.

- Íbamos a ir a buscarte.

Respondió a una confundida Emma que ni siquiera sabía cuanto tiempo había estado desaparecida.

- Le dije a esos piratas que os avisaran de donde estaba.

- Y lo hicieron. La abuelita casi se los come por dejarte allí. Cómo seguías sin aparecer reunimos a un grupo de gente para ir a rescatarte.

Explicó Ruby señalando a la gente que las observaba. Emma reconocía muchas caras, otros supuso que estaban allí solo por el ataque a la reina y no por su rescate.

- Sabes que no hacía falta, ella nunca me haría nada.

Nada mas de lo que ya la había hecho, al menos. Ruby sabía perfectamente que hablaba de Regina, así que eso confirmaba sus sospechas de cual era el verdadero plan de su amiga al colarse en el castillo, confirmaba también que se habían visto, y por el modo en que los ojos de Emma se apagaron amenazando lluvia, supuso que la cosa no había ido bien. Era imposible que fuese bien.

- Ruby ¿por qué no te despides de toda esta gente? Diles que se suspende el "asalto al castillo". Mientras le prepararé algo caliente a Emma.

Dijo la abuelita que se había materializado a su lado. Agarró amablemente el hombro de Emma y la llevó con ella a la parte de atrás del local, dejando a Ruby despedirse de la gente.

- ¿Quieres contarme que ha pasado?

Preguntó la abuelita sentando a la rubia en un taburete y empezando a prepararle una bebida caliente. La mujer negó con la cabeza.

- Asumo que te has cruzado con ella. – Siguió la anciana. Emma asintió. - ¿Ha sido ella quien te ha hecho eso?

Continuó preguntando, señalando los golpes y heridas de la rubia, quien negó de nuevo. Ojalá hubiese sido Regina la que la golpease hasta hacerla sangrar de esa manera; pero no, había sido peor, con Regina siempre era peor, las heridas siempre estaban frescas.

- ¿Al menos has conseguido lo que querías?

Preguntó la abuelita dejando un humeante vaso de madera frente a la chica. No sabía cual era el plan de Emma cuando se coló en el castillo, pero esperaba que al menos hubiese valido la pena. Esperaba en vano, porque la rubia negó una vez mas, arrugando la cara para contener el llanto. Sin conseguirlo.

- ¿Por qué no puedo odiarla? Me dejó. Ha sido egoísta. Ha hecho cosas terribles. Es la Reina Malvada, maldita sea. Debería odiarla, y en vez de eso la… ¿Por qué no puedo odiarla? ¿Qué está mal conmigo?

Miraba a la abuelita esperando una respuesta real, esperaba que esa mujer con mucha mas experiencia de la vida la dijese cual era ese defecto que la impedía odiar a la reina. La anciana se acercó a ella y la abrazó con fuerza.

- Mi niña, no hay nada malo en ti, solo estás enamorada. La quieres.

Emma se dejó abrazar, pero no quería aceptar esas palabras.

- Eso es imposible, después de tanto tiempo y todo lo que ha hecho. Después de todo el daño…

Era imposible que pudiese querer a alguien que la había hecho tanto daño, alguien por culpa de quien todavía tenía que recomponerse desde cero cada vez que despertaba por la mañana, daba igual el tiempo que pasase. Simplemente era imposible, eso no podía ser cierto.

- Mi querida niña, hay personas que no importa cuanto nos rompan el corazón, no podemos dejar de amarlas. Y a pesar de todo el daño, no podemos odiarlas por mas que lo deseemos. No podemos dejar de quererlas. Ese es el tipo de amor que es real, verdadero.

La abuelita odiaba ver así a Emma, había llegado a quererla como a su propia nieta, y daría cualquier cosa por evitarla tanto sufrimiento, pero ella se había dado cuenta hacía tiempo de que eso era imposible en esta situación. Emma y Regina estaban destinadas a ser felices juntas o a sufrir separadas, no había mas opciones. Y al parecer la posibilidad de final feliz ya estaba fuera del mapa. Quería odiar a Regina por hacer sufrir así a su Emma, pero era imposible odiarla del todo cuando los ojos de la rubia seguían reflejando amor por esa mujer. A quien si podía odiar era a la Reina Malvada. Deshizo el abrazo para coger la cara de Emma entre sus manos.

- ¿Qué puedo hacer?

Preguntó lastimeramente la rubia, con la voz tan rota que también rompió algo dentro de la dura abuelita.

- Eso no lo sé, mi niña. Aun no lo he averiguado.

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Graham había escapado, y a Regina le daba igual. Blancanieves avanzaba hacía ella, cada vez con mas apoyos, y a Regina le daba igual. El pueblo pedía su cabeza, y a Regina le daba igual. Todo le daba igual desde que se despidió de Emma en las mazmorras. Nadie se había atrevido a preguntar por la prisionera desde que la primera persona que lo hizo terminó con el cuello roto, pero no era difícil adivinar que a la reina le pasaba algo, aunque nadie sabía el qué.

La corona volvía a estar sobre su cabeza, y nunca la había odiado tanto como en ese momento. ¿Por qué seguía agarrándose a ella, entonces? Siempre la misma respuesta: había perdido todo por esa corona, ya no era un premio, era su tortura personal. Creyó necesitarla para poder ofrecerle el mundo a Emma, y Emma no pudo permanecer a su lado por tenerla. Que cruel podía llegar a ser la vida. Y aun así, se había adaptado a esa corona, al papel que venía con ella; se había adaptado con abandonada resignación, como quien acepta un error sin huir del castigo.

Lo único que consiguió despertar alguna reacción en la reina fue la noticia de un ataque en la ciudad, pero no un ataque cualquiera, no un ataque al azar, las tabernas de Emma y la abuelita habían sido los claros objetivos, y si los rumores que llegaban con la noticia eran ciertos, la rubia había desaparecido del mapa, y algo le decía a Regina que no se debía a que la propia Emma hubiese huido por seguridad.

La reina en persona fue a ver las dos tabernas destrozadas, primero la de Emma, en la que había algunas personas paseando entre los escombros. No habían dejado nada en pie, ni siquiera el piso de arriba en donde la camarera tenía su pequeña casa. No quedaba nada. Fue después a la taberna de la abuelita, igual de destrozada, con mas gente intentando ayudar a la anciana y su nieta. Nada mas ver a la reina, la abuelita quiso lanzarse sobre ella, pero Ruby la detuvo, no por respeto a la reina, si no para que su abuela no terminase en una celda.

- ¡Tu! Todo es culpa tuya. Todo esto es culpa tuya.

Gritaba la mujer mayor intentando librarse del agarre de su nieta.

- Yo no he hecho esto ¿Qué ha pasado? ¿Quién...?

Preguntaba Regina mirando los restos de la taberna. Tiempo atrás, mucho tiempo atrás, había llegado a cogerle cierto cariño a aquel lugar, no solo por lo que significaba para Emma, también porque la abuelita y Ruby la habían incluido en su circulo como algo natural gracias a su relación con la rubia. Había participado en sus cenas "familiares", había llevado caza para servir en la mesa, había ayudado a la abuelita en la cocina… Y ahora los dos únicos lugares que todavía recordaban quien había sido ella, estaban destrozados. Seguramente debería alegrarse, debería desear que todo de su vida anterior desapareciese, pero era justo lo contrario. Y lo peor de todo, era que Emma había desaparecido también.

- Sé que tu no has hecho esto. Pero es por tu culpa, es por ti y esa maldita corona. Maldigo el día en que la pusieron sobre tu cabeza.

La abuelita estaba fuera de si, habían reducido a escombros el trabajo de toda su vida, lo único que tenía para legarle a Ruby. Y se habían llevado a su Emma.

Regina suspiró. La corona otra vez, todo era por la corona; no hacía falta que la abuelita maldijese nada, realmente aquella cosa adornada de diamantes estaba maldita por si misma.

- ¿Quién ha hecho esto?

Preguntó todavía con la vista clavada en los restos de la taberna. La gente la miraba desconfiados, sospechosos, temerosos. Era un peligro y una amenaza tener allí a la reina, algunos habían desaparecido nada mas llegó, otros la miraban como si estuviesen dispuestos a tirarse encima de ella al primer movimiento extraño.

- Blancanieves.

Respondió Ruby finalmente a su pregunta. No la había llamado reina, ni princesa, incluso había pronunciado su nombre con desprecio. No estaba a favor de Blancanieves, pero eso tampoco la ponía de parte de Regina; quien la miraba con la boca y los ojos muy abiertos.

- ¿Blancanieves ha hecho esto?

Eso quería decir que el ataque había sido directamente contra ella, esa princesa mimada había sabido justo donde golpearla. ¿Cómo se había enterado? ¿Cómo…?

- Emma

Dijo de pronto con autentico pánico en la voz. Si sabía como hacerla daño, Emma sería la guinda del pastel, su as en la manga, su arma secreta.

- Se la ha llevado.

Contestó de nuevo la camarera morena suavizando el tono sin darse cuenta. Regina podía ser la Reina Malvada, pero cuando se trataba de Emma, no era mas que la ladrona enamorada de siempre.

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El campamento de Blancanieves estaba a las afueras de la ciudad, en el bosque. Regina ya conocía ese tipo de campamentos, en el tiempo que llevaba siendo reina había estado en varios durante sus conquistas y batallas, aunque realmente apenas recordaba esos momentos, sus dos años como reina eran solo un borrón en su memoria, los únicos momentos realmente nítidos en su cabeza eran los momentos de desesperación y soledad, los momentos robados con Emma, el dolor provocado por Blancanieves. Pero dentro de ese borrón, conocía ese tipo de campamentos, y sabía perfectamente cual era la tienda destinada a los prisioneros, a la que se dirigió armada únicamente con un cuchillo. Rasgó la tela de uno de los laterales y se asomó al interior, donde tal y como esperaba, estaba Emma atada al poste central.

- Emma.

Llamó entrando por completo con el cuchillo listo para usarse en cualquier soldado. La rubia levantó la cabeza para mirarla como si fuese un espejismo.

- Regina… - Susurró. - ¿Qué haces aquí? No puedes estar aquí.

Conocía perfectamente su papel de cebo, Blancanieves no se lo había ocultado, la princesa pensaba que Emma estaría mas que dispuesta a colaborar, pero no había sido así, por eso estaba atada y encerrada.

- No tenemos mucho tiempo, tengo que sacarte de aquí. ¿Estás herida?

Preguntó la reina llegando hasta ella y acunando su mejilla con el alivio de haberla encontrado. Emma seguía mirándola extraño, algo no acababa de encajar, esa Regina…a esa Regina la conocía. La Regina que se colaba sigilosamente, la Regina silenciosa e invisible. No era la reina.

- ¿Y tu ejercito?

Tenía un oscuro presentimiento, pero la morena ignoró su pregunta, cortando las cuerdas de sus muñecas con el cuchillo.

- Vamonos antes de que se den cuenta.

Dijo intentando tirar de la mano de la rubia, que adivinó que había ido hasta allí sola. Se había metido en la boca del lobo sola, directa a la trampa. En vez de acompañar a Regina, se alejó unos pasos de ella, llevándose una mano a la frente.

- Mi vida solía ser normal. Tenía mi propia casa, mi propio trabajo. Era mi propia jefa, ganaba mi propio dinero. Tenía una vida. Y ahora estoy aquí, prisionera. Atrapada entre una guerra de la realeza, un mundo en el que nunca quise entrar. Tu querías ser reina, no yo. Y aun así soy yo quien está prisionera, aquí o en tu castillo, eso no importa. Nunca quise ser parte de esto, intenté sacarte de mi vida para evitar estas cosas. Y aun así aquí estoy, porque tu querías ser reina.

Sonaba totalmente agotada, un cansancio que no tenía nada que ver con el agotamiento físico, estaba cansada de la situación, de llevar dos años sin Regina y que aun así la morena siguiese siendo la parte mas importante de su mundo, alrededor de lo que todo parecía girar, quisiera ella o no.

- Lo siento mucho, Emma. Nunca quise…

- Si, no querías nada de esto y de todos modos la mala suerte sigue siendo mía.

Cortó la rubia mirándola con rabia. Aunque mas que rabia era impotencia por el poco control que parecía tener sobre su propia vida. Que Regina fuese reina la estaba afectando lo mismo incluso cuando ella había dado la espalda a esa vida.

- Lo siento. – Repitió la morena. – Entiendo que te arrepientas de haberme conocido.

Las cejas de Emma salieron disparadas hacía arriba con indignada sorpresa.

- ¿Arrepentirme? ¿Arrepentirme? No me arrepiento de haberte conocido, ni de haber estado contigo, y desde luego no me arrepiento de quererte. Solo me arrepiento de que eligieses ser reina en vez de a mi. Y ese arrepentimiento ni siquiera me corresponde a mi.

Ya habían tenido esa conversación muchas veces, las dos habían dicho lo que pensaban, las dos habían dado su opinión, no iba a entrar de nuevo en ese bucle.

- ¿No te arrepientes de quererme?

Preguntó Regina con un hilo de voz, de todo lo que había dicho la rubia eso era lo que retumbaba mas alto en su cabeza, esa afirmación en tiempo presente.

- Haberte querido. Quererte. Te quise. ¿Acaso importa eso ahora?

Respondió Emma con frustración, no era ese el mensaje que había querido dar, eso seguro.

- Si.

Para Regina eso importaba, y mucho. ¿Podía quererla Emma mas aun de lo que debería odiarla?

- No puedes decir eso con esa corona todavía en la cabeza.

Dijo la rubia señalando el maldito objeto en cuestión. Siempre era la corona. Ni siquiera era grande u ostentosa, esa un fino aro dorado con diamantes, y parecía ser siempre la fuente de todos los problemas.

- Ya te lo he dicho, pensé que sería lo mejor para las dos, una buena vida. Nunca quise ser reina sin ti.

Repitió Regina su argumento, cogiendo la corona con una mano tendiéndola hacía Emma, como pidiéndola que hiciese con ella lo que quisiera, que estaba en sus manos. La camarera miraba ese maldito adorno de diamantes con el ceño fruncido, sin saber que debía hacer, pero unos ruidos fuera de la tienda las devolvió a la realidad.

- Tienes que irte. Ahora.

Apresuró la morena haciendo rápidos gestos hacia la abertura que había hecho para entrar.

- ¿Por qué estás aquí? Te quiere a ti, ¿por qué has venido sola? Claramente es una trampa.

Preguntó Emma sin moverse de donde estaba, fingiendo toda la indiferencia de la que fue capaz, como si realmente la importase poco si Regina se arriesgaba o no, como si no hubiese pedido silenciosamente desde que la capturaron para que la morena no fuese a por ella.

- Lo sé. – Respondió la reina, claro que sabía que era una trampa. – Pero no podía venir con un ejercito, nadie puede saber que estoy aquí.

La camarera comprendió de pronto, y dolió.

- Ya veo. Todavía nadie puede saber quien eras.

Si Blancanieves probaba que Regina, la perversa e insensible Reina Malvada, se preocupaba por Emma, una simple camarera, entonces la joven princesa podría demostrar que la morena no era mas que una vulgar ladrona. No es que eso fuese a cambiar gran cosa, claro, la gente seguiría temiéndola, pero seguramente Regina no quería esa mancha del pasado en su regia imagen actual, aunque siguiesen temiéndola, perdería ese sano respeto que había impuesto.

- No. Esto no es por mi. No es por mi, es por ti. Si te libero con mi ejercito sabrán que eres importante para mi, nunca dejaran de perseguirte para herirme. Si te vas ahora, creerán que escapaste y que nunca me importó que te atraparan. Tendrán que encontrar otra manera de dañarme y se olvidaran de ti. Intento protegerte, por favor, créeme. Tienes que irte. Te estoy liberando.

Había cierta desesperación en las palabras de Regina, un roto vacío en su mirada, y apareció ese ya conocido sentimiento de pánico por la despedida, por la idea de no verse mas. Daba igual cuantas veces volviese a juntarles el destino, la despedida siempre dolía lo mismo, aterraba lo mismo. Y Emma sabía que lo que la morena estaba diciendo en realidad era que la liberaba de ella, de su presencia, su recuerdo y sus errores. La liberaba del dolor que la causaba. Pero ese tipo de libertad era el verdadero dolor, y Emma odiaba admitirlo. No quería despedirse, no quería dejar ir a esa mujer, nunca había querido por mucho que lo había intentando, por muchas veces que la echase de su vida.

- Ven conmigo.

Pidió la rubia en un susurro, sin pensárselo dos veces. Podían huir juntas, a donde fuese, eso daba igual.

- Yo… ¿Quieres que vaya contigo?

Regina no podía creérselo, que después de todo lo que había pasado, de lo que había hecho, de lo que le había hecho a Emma, y de en lo que se había convertido, esa camarera todavía la quisiera junto a ella. Era increíble que aun quisiera una vida con ella.

- Si, es lo que siempre he querido. – La rubia soltó un hondo suspiro. – Siempre estamos diciéndonos adiós, y siempre nos volvemos a encontrar. ¿No estás cansada de esto?

Porque Emma desde luego estaba cansada, estaba harta de toda esa situación, de la separación que ninguna de las dos llevaba bien, y sobretodo estaba cansada de encontrarse una y otra vez solo para decirse adiós de nuevo. Tenían que decidir una de las dos opciones. Regina tenía ahí su oportunidad, renunciar de verdad a la corona, volver con la mujer que amaba; abrió la boca sin apartar la mirada de la rubia.

- Mucho me temo que vais a volver a deciros adiós, esta vez sin reencuentro.

La voz de Blancanieves las había pillado por sorpresa a las dos, totalmente centradas la una en la otra. La princesa había entrado en la tienda tan rápido, seguida de soldados y su príncipe, que a ellas dos no las había dado tiempo a escapar. Y tampoco las dio tiempo siquiera a juntarse antes de que los soldados las atrapasen.