Capítulo nueve
–¿Por qué este sitio? –Pregunté, cuando estábamos los dos sentados, uno junto al otro, al lado de un árbol grande gracias al cual nadie podría vernos allí.
–No sé, me pareció un buen sitio. –Se encogió de hombros. –¿No te gusta? –Me miró.
–Sí, claro que sí. –Sonreí, aunque no sabía bien como actuar. Aquello se me hacía extraño pues no me lo había imaginado así, pero de todas formas me gustaba. –¿Cómo descubriste este sitio? No está muy adentro del Bosque Prohibido, pero a nadie normal se le ocurriría venir aquí… no a mí, por lo menos.
Esbozó una sonrisa torcida.
–No me gusta el Bosque Prohibido… pero una vez quería estar solo y vine aquí.
Noté un escalofrío, pero no sabía si era porque no esperaba sentirme así o porque hacía demasiado frío fuera. El tiempo no me importaba demasiado en aquel momento, pues me encontraba bien en ese momento.
Entonces me fijé como Draco se quitaba la bufanda de Slytherin y me la pasaba por el cuello.
–Gracias. –Dije vergonzosamente.
–Parecía que tenías frío. –Opinó.
–Que conste que sólo la acepto porque es tuya, sino no me pondría una bufanda de Slytherin. –Sonreí. Él también sonrió, aunque sabía que él no estaba seguro de si tomárselo bien o mal.
Realmente era así lo de la bufanda. Si no llega a ser suya, no me la hubiese puesto. Pero aquella bufanda era especial, porque olía a él. Aquel olor a perfume mezclado con un olor a fresco parecido al de la menta, me encantaba.
Sonreí, pero dejé de hacerlo cuando noté que él me estaba mirando.
–Mm… esto… creo que el año que ya no vendré a este colegio. –Aquello me pilló desprevenida.
–¿Qué? –Pregunté algo incrédula.
–Dudo que vuelva a Hogwarts a partir de este año.
–¿Qué? ¿Por qué? ¿Dónde piensas ir? ¿A Pigfarts? –Esbocé una sonrisa por aquella última pregunta.
–¿Adónde? –Preguntó sonriendo.
–Nada, no importa. –Borré la sonrisa de mi cara y volví a preguntar –: ¿Cómo que no seguirás en Hogwarts? ¿Adónde vas a ir?
–No volveré a Hogwarts porque estaré con mis padres… no puedo contarte nada más. Lo siento. –Se quedó mirándome para ver como reaccionaba, pero no sabía qué hacer.
A partir de aquel día, empezamos a vernos más a menudo. Empezamos quedando sólo un día a la semana (encontrándonos siempre en el mismo sitio) pero después empezamos a vernos dos, tres días a la semana. Hasta que llegó San Valentín.
Cuando me desperté, vi que encima de mi almohada había una cartita. La cogí y la abrí sin que nadie me viera. Aunque aquello era imposible pues era muy temprano y no había nadie más, aparte de mí, despierto.
Te esperó antes de desayunar dónde tú sabes.
No hacía falta nada más. Sabía perfectamente de quién era y adónde tenía que dirigirme antes de ir al Gran Comedor a desayunar.
Sonreí para mis adentros y me levanté silenciosamente de la cama. Me vestí lo más rápido posible y salí del castillo. Fuera hacía frío, ya que era febrero.
Llegué al sitio donde nos habíamos estado viendo Draco y yo. Pero cuando llegué no había nadie. Decidí sentarme a esperar.
Entonces escuché un ruido de ramas que se rompían y a lo lejos divisé un ramo de rosas que se acercaba lentamente flotando. Sonreí y me levanté. Cuando el ramo estuvo lo suficientemente cerca de mí, extendí la mano y lo cogí. El ramo era precioso.
–¿Te gusta? –Me preguntó una voz fría pero que me encantaba.
Me giré y lo vi, tan cerca de mí que podía percibir su olor perfectamente.
–Me encanta. –Sonreí, me acerqué a él y lo besé.
Estuvimos un rato hablando. Me gustaba cuando él me escuchaba y no se quejaba, pues sabía que yo hablaba mucho. Aunque a veces se acercaba más a mí, yo paraba de hablar y nos besábamos. Me gustaba estar junto a él. Era agradable. No era aquel chico tan desagradable que había conocido el primer día de este curso, pero aun así me gustaba aquel punto de asco que tenía cuando hablaba, o la voz fría que tenía. También me gustaba (aunque no estaba de acuerdo) cuando miraba por encima del hombro a la gente, pues se le veía otro rostro que me atraía.
–¿Y ahora que voy a decir sobre el ramo de rosas? –Pregunté cuando estábamos de vuelta hacia el castillo, para allí separarnos e ir a desayunar.
–Puedes decir que no sabes quién te lo envió, que te lo encontraste cuando te levantaste.
Así hice, cuando llegué a la habitación, dejé el ramo de rosas encima de mi cama y me puse a buscar los libros de las asignaturas que me tocaban aquel día.
Como era obvio, cuando Luna se levantó, me preguntó quién me las había enviado y yo contesté que no lo sabía, me las había encontrado ahí.
–Son muy bonitas. –Contestó, acercándose a ellas y mirándolas. –Pero ten cuidad, porque a veces los torposoplos sueles acercarse a las rosas. Son algo molestos, ¿sabes?
–De acuerdo, tendré cuidado. –Contesté sonriendo.
El día fue aburrido. La clase de transfiguraciones se me hizo eterna y en futurología tuve la impresión de que la profesora Trelawney sabía cada vez menos lo qué hacía. La clase trató de intentar adivinar nuestro futuro mirando en las bolas de cristal. Al principio "vio mi futuro" y me dijo que me casaría y tendría una hija llamada Allegra, pero más tarde volvió a mirarla y me dijo que estaba en peligro de muerte y que sería muy dolorosa. Además no llegaría a la mayoría de edad.
¿Se refería a la mayoría de edad para los magos o para los muggles? Porque si era para los magos, ¿me estaba diciendo que durante este año moriría? Entonces según ella, ¿tendría una hija este año? Me reí, pues sabía que aquello sería imposible.
A él no lo volví a ver hasta la noche, después de cenar. Por suerte, pude escaparme un rato después de cenar y nos encontramos en los pasillos del tercer piso, el cual estaba vacío pues todos estaban cenando.
–¿Entonces la profesora Trelawney te dijo que ibas a morir durante este año? –Esbozó una sonrisa torcida. Le había explicado todo lo que había sucedido durante la clase de futurología y lo que yo creía. –Lo dudo, ¿quién va a querer matarte?
–No sé. –Sonreí.
–Nadie mata así porque sí… –A medida que iba hablando, lo que iba diciendo fue quedando en susurro.
Era obvio que sí, había alguien que mataba así porque sí y no le importaba nada. Además, no le importaba torturarlos antes de matarlos. Total, no vivirían para contarlo.
Hubo unos momentos de silencio incómodo y al final él concluyó:
–La señorita Trelawney no sabe lo que dice. Todo se lo inventa. –Frunció el ceño. –Llevo años pensando que la tendrían que haber expulsado. Dolores Umbridge había elegido bien para echarla, pero tuvo que aparecer el profesor Dumbledore… –En su voz, volvió a aparecer aquel punto de asco y arrogancia que solía adoptar cuando hablaba de algo que no le gustaba.
Le miré con mala cara y se calló, pues sabía que a mí me molestaba que hablase mal del profesor Dumbledore.
Después de aquello, cambiamos de tema rápidamente y tras estar un rato hablando, nos separamos y nos dirigimos hacia nuestros dormitorios.
