Capítulo 9
Ella no podía creerlo. Era verdad. Estaban juntos. Habían sido muchas emociones en un día, pero parecía que aún había sitio para un poco más de dolor. Dolor de pérdida. Porque, en aquel momento, cuando estuvo más segura de que no podría tenerle, se rindió a sus sentimientos. Deseaba estar con él. Pero aquel sería su secreto. Él no debería saberlo nunca. De ninguna manera, ella no pasaría por esa humillación. Él debería ser feliz con lo que había escogido, que era lo que deseaba. Y ella no iba a intervenir. Probablemente aquella fuera la primera vez que se rendía en algo en toda su vida. Pero era una guerra que no estaba dispuesta a luchar, y para todo hay una primera vez.
-Dime una cosa.- Dijo Miles, suavizando ligeramente su expresión.- En este justo momento... estabas pensando que estoy saliendo con ella, ¿Me equivoco?
Ambos se cruzaron las miradas.
-¿Acaso pensarlo es equivocado?- Dijo ella amargamente, aunque fue más amargo en su fuero interno que hacia el exterior.
Miles por su parte habían dibujado una sonrisa en su rostro y miraba al techo. Cuando hubieron pasado unos segundos él volvió a mirarla. Ella miraba hacia el suelo con gesto triste. Miles alargó su brazo hasta la mejilla de Franziska, y con un leve movimiento incitó al rostro de la fiscal a mirarle.
-Te falla la intuición... mírame a los ojos.- Dijo él. Ella obedeció, y hasta entonces no se dio cuenta de que no había conseguido evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas. Ella pudo ver la expresión sonriente de Miles, con una expresión de triunfo que no podía comprender. En aquel momento le pareció mordaz.
-¿Puedo saber a qué se debe esa sonrisa?- Preguntó ella con la mirada más punzante que pudo.
-Por supuesto.- Respondió él.- No voy a negarte el derecho a la información.- Hizo una corta pausa, y continuó.- Principalmente son dos motivos. El primer motivo es que no estoy saliendo con ella. Aunque no sea políticamente correcto, me divierte ver como lo has malinterpretado.
Franziska no salía de su asombro. ¿Cómo podía Miles reírse de ella en una situación así, de aquél modo? Ya no podía aguantar más. Intentó usar sus brazos para despegarse de él. Lo hizo con fuerza, pero rápidamente las manos de Miles eran presillas sobre sus muñecas, pegadas a la pared. Las manos de Miles ejercían la fuerza justa para que sus brazos no se despegaran de la pared, pero sin lastimarla.
-Por favor, cálmate y escúchame... aún no has oído el segundo motivo, y te aseguro que es más interesante e importante que el primero.- Dijo él
-¡Suéltame ahora mismo!- Dijo ella, aunque más bien lo gritó.- ¡No quiero saberlo! ¡Deja de burlarte de mí!
-No me estoy burlando de ti.- Dijo él, como si aquel comentario le hubiese herido. En aquel momento acercó su rostro al de Franziska. Prácticamente se rozaban. Se mantuvieron así durante unos segundos.
Y entonces se besaron. Los labios sedosos de Miles se deslizaron sobre los de ella, en los cuales no encontró oposición. Al principio eran lentos, luego fueron progresando, para finalmente separarse. Sin darse cuenta, ambos habían entrelazados sus dedos.
Antes de que Franziska pudiera mirar a Miles o pensar algo en claro, este se inclinó sobre el oído de ella.
-El segundo motivo... Es que te quiero a ti.
Miles soltó las manos de Franziska, esperando una respuesta. Pero cuando separó su rostro lo suficiente como para poder verla con claridad no encontró lo que esperaba ver. Ella, con los ojos abiertos como platos miraba al suelo, cubriéndose la boca con una mano. En un ágil movimiento estaba fuera del control de Miles, y en apenas dos segundos había cerrado la puerta del cuarto de baño tras de sí.
Miles no salía de su asombro, pero no dijo nada. No la llamó ni intentó hablar con ella. Quizás... ¿Se había equivocado? Cuando se besaron hubo un instante en el que no dudó de que sus sentimientos fueran correspondidos. Estaba seguro. Pero entonces... ¿Por qué había reaccionado ella así?
Franziska, aún alterada por lo que había ocurrido intentó calmarse. Se habían besado. No podía creerlo. Miles le había dicho que la amaba.
Miles hizo oídos sordos cuando Franziska, ya duchada y vestida, salió del cuarto de baño y se dirigió a su habitación. Ella, por supuesto, no había dicho ni una palabra, y lo que Miles menos quería en aquel momento era incomodarla. La situación ya era bastante tensa de por sí.
Pero aún así tenía que hablar con ella. Debía disculparse apropiadamente; estaba claro que lo que había hecho la había molestado. Cuando se vio preparado para ello, se acercó a la puerta de ella y la golpeó con los nudillos.
-¿Se puede?
-Adelante.- Contestó ella desde dentro. Su voz pareció vacía a los oídos de Miles.
Él abrió la puerta y entró en la habitación. Franziska se encontraba de espaldas, a unos pasos de él, mirando por el enorme ventanal hacia afuera. Aún seguía lloviendo bastante. Un rayo iluminó la habitación, y cuando se apagó Miles se percató de la escasa iluminación de la habitación: Solo la lámpara del escritorio se encontraba encendida. Franziska no varió ni un milímetro su posición cuando Miles cerró la puerta a su espalda, quedando dentro de la habitación.
El fiscal respiró hondo, antes de comenzar a hablar.
-Verás... Quería disculparme.- Comenzó Miles, hablando bastante despacio, midiendo al máximo sus palabras.- Lo que hice antes estuvo completamente fuera de lugar, y lo lamento profundamente. Pensé... pensé que me correspondías, y por eso lo hice, pero aún así no tiene excusa. Sé que te ha molestado, pero te pido por favor que aceptes mis disculpas. Lo siento.
Miles permaneció allí unos segundos, de algún modo esperando una respuesta por parte de Franziska. Una respuesta que no llegaba. Ante el profundo silencio, Miles decidió no esperar a una respuesta.
-Sé que esto te incomoda.- Dijo Miles, que por su tono de voz parecía que era él el que se encontraba incómodo.- Será mejor que me vaya.
Miles se dió media vuelta y agarró el pomo de la puerta, abriéndola para salir de la habitación. Cruzó la puerta, y se dió la vuelta para cerrarla desde fuera, observando de nuevo la silueta de Franziska de espaldas.
-Espera.- Dijo ella.
