Después de la columpiada monumental que me he pegado, lo siento. No tiene que ver con las musas, ni con el tiempo. No tiene que ver con nada, sólo no me apetecía escribir. Nada de nada, las historias y las imágenes se daban en mi cabeza, pero era imposible sentarme y plasmarlas. Creo que mi ciclo de escribir se está cerrando, sin embargo mi cabeza no para de mandarme ideas y me vuelve loca, asi que no sé cómo seguiré. Lo único bueno es que hoy me he sentado y he podido terminar este capítulo que estaba a la mitas desde hace meses y en mi cabeza desde hace por lo menos un par de años.
Espero que no os decepcione y que la espera haya valido la pena.
Guarapo es el paso intermedio entre la recogida de la sabia de azúcar y la transformación en ron. Sunadokei es reloj de arena. Creo que con eso se entenderá todo, si teneis alguna duda decidme,ok?
CAPITULO 9: SUNADOKEI
Había decidido cambiar la rutina de ese día, porque sabía que iba a ser diferente. No se había deslizado a la habitación contigua a hacer katas, ni se había escabullido a observar el amanecer a través del gran torii, estaba allí, tumbada, observando lo que la luz tamizada del shoji le permitía ver. El pelo revuelto oscuro, la barba de más de dos días, los ojos cerrados, las facciones relajadas y el pecho descubierto en un lento y tortuoso baile de ascensión y descenso. Eso era lo que había decidido ver aquel inicio de día, algo así como la última cena del penitente antes de ser ejecutado. Llevaba horas observándole, el insomnio había vuelto después de tantos noches, y tras fingir estar dormida cuando él entró en la habitación de madrugada, se había dado la vuelta para quedar de perfil ante él, sin notar apenas el paso de las horas, marcadas por la luz escasa que llegaba del exterior y que se acrecentaba a medida que entraba la mañana.
Suspiró por última vez antes de levantarse, su cuerpo estaba cansado, tensionado, y sabía que su rostro no mostraba el aspecto glorioso de los últimos días. Cogió el teléfono escondido en su bolsa y apagado desde la escapada de su casa y lo encendió, agradecida de siempre tenerlo en la opción silenciosa. Los mensajes no tardaron en hacerse esperar, y la pantalla se iluminó sucesivas veces. Salió de la habitación, ansiosa, deseando que aquello que estaba a punto de hacer se desbaratase en cualquier momento, que no fuese verdad.
Pero el teléfono vibró en sus manos ante la llamada entrante. Se pasó una mano por el cabello y se acercó lo más posible a la entrada, lo más alejada de los detectives. El viejo espejo del recibidor le devolvió su imagen, pudiendo apreciar las recientes ojeras, y se obligó a sonreír mientras contestaba a la persona que estaba al otro lado de la línea, intentando realizar un gesto que pareciese sincero, sorprendiéndose a sí misma de lo que era capaz de hacer por ellos. Por él. Sin embargo, su mano temblaba mientras sujetaba el teléfono lo más cerca posible de su boca.
Cuando colgó, se encamino al baño a arreglarse, no tardó mucho, su pelo indomable había cedido con el tiempo ante las planchas y el maquillaje impoluto ya no resultaba un misterio tras el sucesivo uso. Con un yukata, volvió a la habitación que compartía con Heiji, y se acercó al baúl de los kimonos. Al abrirlo, dejó el móvil a un lado y tomó aquel que tanto le había llamado la atención de pequeña, pasó su mano por él, deleitándose en su tacto, recordando sus sueños infantiles: poder ponérselo, aunque fuese una vez. Con ese sueño cumplido, lo dejó a un costado y buscó otro, necesitaba uno de colores escarlatas, sólo por si acaso. Encontró uno dedicado al momiji, y sonrió. Lo cogió y se fue de nuevo al baño, para vestirse con calma, con un obi color bermellón.
Al salir de la habitación, Heiji se sentó en el futón y observó el kimono apartado. Se acercó a él para guardarlo, y al tocarlo tuvo un mal presentimiento. O eso, o su madre debía estar hablando mal de él en esos momentos. Esbozó una sonrisa y colocó todo en su sitio, sin duda alguna, la segunda opción era la correcta.
Y eso demostraba, que hasta los grandes detectives se podían equivocar.
Desde que habían salido de casa, la mirada azulada de su amiga no se apartaba de ella.
-¿Pasa algo, Keiko-chan?-aquella dulce voz y el nombre utilizado, hicieron que no se diese cuenta en un primer momento que se estaba dirigiendo a ella. ¿Pero como creerlo? Ahora empezaba a entender la historia que les contó Hattori de su estancia en la isla, de los roles asumidos, pero hasta no verlo, no lo había creído: Kazuha Toyama se había convertido en el tipo de mujer que más odiaba, y realizaba su papel a la perfección. Su apodo, "muñeca", era totalmente comprensible al verla camina recta y a pequeños pasos, con aquella expresión dulce en el rostro.
-No, nada, ¿A dónde dices que vamos, Ka...Shizuka-chan?-pero había algo más, podía notarlo, había partes de la historia de Heiji que no encajaban, sobretodo lo que les había contado del día anterior. Algo faltaba, y tanto Shinichi como ella sospechaban que ese algo había producido un cambio en la pareja, pero sobretodo en la estabilidad de Kazuha.
-Iremos al mercado para comprar los productos para hacer la comida-inclinó levemente la cabeza y sonrió tímidamente- ya que habéis venido podríamos preparar sukiyaki para la cena, con un poco de suerte la carne estará algo rebajada, los jueves...
Y Ran volvió a perderse, ¿Realmente esa era su Kazuha? Suspiró molesta, su amiga parecía un ama de casa, ajena a cualquier otro tema. Le gustaría tanto poder contarle lo que había pasado con Shinichi, cómo había reaccionado al saberlo todo, su miedo al estar frente a la muerte...
-¡Oh, Shizuka-chan! ¿No me vas a presentar a tu amiga?- al voltearse Ran vio a una mujer pequeña, algo mayor que ellas, que hablaba con Kazuha con una familiaridad increible.
-Claro, Mi-chan, ésta es mi amiga Ushabi Keiko, es la prometida del primo de Takeshi-kun, y han venido a hacernos una visita antes de casarse-soltó la historia pactada en el desayuno, sin ningun titubeo. Ran se volvió hacia la mujer y ésta le sonrió abiertamente, la ojiazul no pudo más que devolverle la sonrisa, la alegría de aquella señora era contagiosa.
-¡Encantada de conocerte! ¿Tú también eres tímida como Shizuka-chan?
-Nadie es tan tímida como Shizuka-chan-se rió con la mujer, la cual sonrió complacida.
-Tienes razón, querida, ¿Qué planes tenéis para hoy? ¿Ya te han enseñado la isla, Keiko-chan?
-No, apenas llegamos anoche, ibamos a hacer la compra, sukiyaki habías dicho, ¿Verdad, Shizuka?- la de Osaka afirmó con la cabeza.
-Oh, es genial, parece que hemos tenido la misma idea, ¿Por qué no os venís todos a casa y cenamos allí? Así será menos trabajo y podremos enseñarte un poco de la isla-añadió Mi-chan entusiasmada.
-Claro, es una buena idea, tendremos que avisar a Akira-san y Takeshi-kun-la sonrisa de la muñeca fue verdadera, todo estaba saliendo aun mejor de lo que esperaba.
-Pues vamos allá, compramos las cosas y mando a Shigure a avisar a los chicos-cogió a cada una de un brazo y las arrastró hasta el mercado- Y dime, Keiko-chan, ¿Akira-kun está tan bueno como Takeshi-kun?
-¡Mi-chan!-regañó la de Osaka en apenas un susurro, Ran se quedó estática, no sabía que contestar.
-Oe, oe, oe, ¿A esta también le come la lengua el gato? ¡Por Dios, mujer, que estamos entre amigas! ¡Seguro que tú también te revuelcas a la mínima con tu prometido! ¡Las jóvenes de hoy en día teneis una suerte!- Ran miró dubitativa a su amiga, ¿Esa mujer había insinuado que Hattori y Kazuha se revolcaban? Las mejillas sonrojadas de la ojiverde decían mucho- ¡Como ayer cuando llegué y estos dos habían estado montándoselo en el salón! Mi marido me dijo que no fuese, pero pensé que quizá necesitaba el bolso...
Los ojos de la de Tokyo no podían abrirse aún más, ¿Eso era lo que había pasado el día anterior? ¿Por eso ambos a penas hablaban? Su amiga cada vez se sonrojaba más, mientras bajaba la cabeza y escondía parte de su rostro con el pelo. No podía creerlo, y sin embargo algo le decía que era verdad. Y se sintió feliz por unos segundos por ella, hasta que recordó porqué estaban allí. La vida de ambas pendía de un hilo, así que pasase lo que pasase, tenían que empezar a aclarar las cosas entre los cuatro y lo harían hoy. Estaba cansada de malos entendidos, de enfados, de incomprensiones...si ayer hubiese muerto, Shinichi nunca habría sabido nada de sus sentimientos, y dolía, dolía desaprovechar lo que podían ser sus últimos momentos, era un error que no iba a volver a repetir. Se dio cuenta que se había quedado atrás cuando Mi-chan gritó su nombre y agitó la mano con fuerza para que la siguiera.
En aquel momento, no sabía lo cerca que estaba de la verdad.
-Ne, Hattori, ¿Estás bien?-habían llegado al despacho del de Osaka, y Shinichi se veía libre de usar sus nombres de nuevo. Le acababa de contar a todo detalle lo sucedido el día anterior, lo cerca que había estado la muerte de Ran.
-Hay algo que no encaja-el chico frunció el ceño mientras dejaba su cuerpo caer hacia atrás en la silla y miraba el techo.
-Opino lo mismo, pero no sé qué demonios me pasa, no sé que falla, pero no se me ocurre nada-agitó sus cabellos como si así sus ideas pudiesen aclararse- creí que ella iba a morir...-su voz se quebró, atrayendo la atención de Heiji- cuando la vi aparecer en el muelle...Dios, me sentí tan impotente...¿De qué nos sirve ser del Grupo Secreto si ni siquiera podemos protegerlas a ellas?
Su amigo afirmó con la cabeza. A él le pasaba lo mismo. Los segundos antes de abrir la puerta, aunque su mente estuviese afectada por su lívido insatisfecha, había sido preso de un profundo miedo: perderla, y esta vez de verdad. No sabía cuánto iban a seguir así, cada día pendientes de cualquier gesto, de cualquier señal de algo diferente, de una pista de la proximidad del final.
-¿Qué vamos a hacer? Que estemos los cuatro juntos es la peor opción posible.
-Era lo único que pude hacer-se sentó sobre la mesa- ¿Crees que alguien del Grupo Secreto está metido en esto?
-No lo sé, ahora mismo sólo me fío de nosotros, no sabemos quienes son, sólo lo qué quieren-dejó caer la cabeza contra la mesa, apoyándose en sus brazos.
-Heiji, sé que no quieres pensarlo, pero es posible que alguno de los cuatro no salga de esta-esto hizo que el de Osaka levantase de nuevo la cabeza- si es así, cuida de Ran.
-¿Qué chorradas estás diciendo?-se levantó de golpe, tirando la silla al suelo- ¡Vamos a salir de ésta! ¡Somos los mejores! ¡Cogeremos a esos cabrones! No pienso ir a tu funeral Kudo, ya tendrás tiempo de cuidar de Ran tú mismo.
Shinichi sonrió con cansancio.
-Estúpido cabeza hueca, ojalá tengas razón.
Hubo un silencio distinto, incómodo para ambos. Kudo intentaba recuperar las esperanzas que Hattori le brindaba, Heiji intentaba no perderlas. Su mente trabajaba todo lo deprisa que podía, pero no le decía nada, cuando más la necesitaba, aquella estúpida habilidad suya hacía omisión.
-¿Hiciste algo diferente aquel día? Tuvo que haber algo Shinichi, piénsalo.
El ojiazul empezó a estrujarse el cerebro, aun más de lo que ya lo había hecho el día anterior. Repaso su rutina, paso a paso, excepto por el cambio de horario no recordaba nada distinto, había seguido el protocolo de seguridad establecido...
-Nada.
-Es imposible, tuvo que haber algo, seguramente algo que hagas sin darte cuenta, algo rutinario que tengas tan asumido que ni te dieses cuenta, ¡Piensa!
La conversación se vio interrumpida por el teléfono de la oficina, que sonó estridente, como uno de esos teléfonos antiguos que creían olvidados. Hattori lo cogió con rapidez, agitado por el sonido inesperado.
-¿Diga?-calló unos segundos- sí soy yo, ¿Qué...?
Su voz murió al ver la palidez de su amigo.
-Kami-sama...-murmuró el ojiazul- ¿Qué hice?
-Ahora te llamo- cortó Hattori a quien estaba al teléfono inquieto por las palabras de su amigo- ¿Qué pasa? ¿Qué has recordado?
-Fui un imbécil, no me di cuenta, lo tenía en el bolsillo, no caí en...
-¿De qué hablas? ¡Dilo ya!-gritó el moreno cogiéndole por el brazo, perdiendo la poca paciencia que no tenía.
-Encendí el teléfono móvil, recibí un mensaje...así me localizaron.
-¡Kuso!-gimió el de Osaka, levantándose aún nervioso, sin embargo vio que su compañero no reaccionaba- ¡Kudo! ¿Qué diablos te pasa? ¿Sigue ese móvil encendido?
-No es eso- se dejó caer en la silla frente al escritorio- será mejor que te sientes.
-Deja de decir chorradas, vamos a elaborar un plan que...
-Acabo de encajarlo todo, ya no hay plan que valga, vamos a ir a por ellos, pero tienes que sentarte- el moreno le hizo caso y se sentó a regañadientes- voy a contarte de qué va todo esto, o al menos lo que yo creo.
-Suéltalo ya.
-Antes debes de jurarme que no vas a moverte de ahí ni vas a decir nada hasta que acabe, sea lo que sea.
-Déjate de chorradas.
-La verdad no te va a gustar y quiero que permanezcas ahí hasta que decidamos que hacer.
-Joder, me estás empezando a poner nervioso, ¡Dilo ya!
Cogió aire y se dispuso a hablar, no iba a ser fácil cuando terminase de contarle todo. No iba a ser fácil hacer un plan, pero iba a ser mucho más difícil frenar a un Hattori fuera de quicio dispuesto a acabar con todo. Porque cuando la vida de Toyama Kazuha estaba en peligro, Heiji perdía totalmente la razón.
"Dame paciencia" pensó, mientras empezó a hablar.
Habían recorrido la isla en unas horas, al menos lo más importante. Pero a pesar de la magnificiencia y esoterismo del lugar, su mente vagaba por otros rumbos, centrada en la mirada ausente de su amiga. No se le había pasado por alto como jugaba con la correa del bolso de mano, o como colocaba una y otra vez el pelo detrás de su oreja. Estaba nerviosa. Mi-chan había hablado demasiado para ella, y temía su reacción, pero acaso ¿No eran amigas?
-Vayamos a casa, sino se hará tarde, estoy deseando conocer a tu marido, Keiko-chan...
Las palabras de Mi-chan la entretenían lo suficiente para no explotar, necesitaban estar solas, necesitaban hablar. Cuando llegaron a la casa fueron a la cocina, dispuestas a preparar todo para el guiso. Al de poco tiempo entró Aiko, llamando la atención de su madre y ambas se perdieron en el piso de arriba, discutiendo por quién sabe qué.
-Kazuha...
La nombrada sabía lo que se le venía encima, y justo era lo que necesitaba. Para que ella no sospechara, para que ellos no sospecharan. Se preparó para la batalla, a sabiendas de que sus palabras quizá le dolerían también a ella, debía alejarla al menos unas horas, al menos hasta que todo hubiese acabado.
-Shizuka-la corrigió.
-No intentes desviar el tema, sabes de lo que quiero hablar-su actitud de niña buena la exasperaba por momentos- ¿Qué ha pasado con Hattori?
-Nada importante-y ella seguía cocinando. Como si nada, aunque sus mejillas sonrojadas la contradijesen totalmente.
-¿Nada importante? ¿Cuánto piensas seguir mintiéndome?-se había acercado más a ella, intentando atrapar su atención, que la mirase, pero la de Osaka permanecía a lo suyo.
-No estoy mintiendo-a ella misma le dieron ganas de morderse la lengua. Joder, era obvio que estaba mintiendo, y Ran la conocía lo suficiente para saber que era así.
-¿Cuánto tiempo llevas mintiéndome? ¿Cuándo planeabas decírmelo todo?-la tomó del brazo haciéndose que se girará, aquella mujer vacía no podía ser su amiga, aquella que tanto la había ayudado, aquella con la que había compartido los últimos años. La rabia empezaba acumularse dentro de ella.
-No tengo nada que decirte-modular la voz era difícil, tenía que evitar el contacto visual, aunque sabía que estando las dos solas en algún momento eso se haría imposible, la conocía lo suficiente para saber que pronto lloraría, y odiaba verla llorar, lo odiaba, porque no se lo merecía. "Es mejor que llore a que muera" se repitió mentalmente.
-¿Nada? ¿Llamas nada a que te has liado con Hattori? ¿Llamas nada a mentirme y ocultarme lo de Conan? ¿A no decirme que era Shinichi?-aquello dejó parada a Kazuha, ¿aquel idiota se lo ha contado? ¿Y le había dicho que ella lo sabía? Apretó los dientes y se obligó a seguir.
-Era mejor que no lo supieses, no estabas preparada- su voz sonó áspera, incolora, como si hablase del tiempo, haciendo que Ran se sintiese dolida. No pensaba recriminarle lo de Shinichi, casi podía llegar a entender porqué lo había hecho, pero que lo dijese así, como si nada, sabiendo todo lo que había pasado por él, era lo que más dolía, como si todos aquellos años no hubiesen existido.
-¿Qué no estaba preparada? Tú lo sabías, creía que me entendías, Dios, le quiero, es la persona que más quiero…
-Entonces ve a decírselo a él- notó el ardor en su mejilla tras escupir esas palabras. Las lágrimas resbalaban por las mejillas de Ran y ella se mordió el labio, repitiéndose mentalmente que lo hacía por ella.
-¿Qué te ha pasado? ¿Cuándo te has convertido en esto? Yo…no quería, no quería pegarte-miraba su mano con estupor, como si toda su furia hubiese escapado a través de ella. Kazuha levantó la mirada con una mano sobre su mejilla.
-Siempre he sido así, Ran, esto-señaló su mejilla- no me importa, no me importa nada de lo que puedas hacer, sólo necesitaba a alguien, alguien que estuviese allí conmigo…
-¡Mientes! ¡Sé que es mentira! No sé qué demonios tienes en la cabeza, pero todo lo que pasamos no fue mentira, Kazu tú…
-Te utilicé, creo que ha llegado el momento de que lo sepas, siempre has sido demasiado buena, Ran, por eso te elegí, por eso pude mentirte, por eso Shinichi no te dijo la verdad…
-No metas a Shinichi en esto…deja de inventarte todo eso, tú no eres así, sé que lo haces por algún motivo, joder, si te pasa algo puedes contármelo, ¡somos amigas!
-¿Qué parte de todo lo que te he dicho no has entendido?-no sabía cómo podía seguir controlando su voz, incluso sus ojos, tenía ganas de llorar, de abofetearse a sí misma- Shinichi sabía que podía utilizarte, igual que yo, tuve que aguantar todas aquellas noches en vela pensando cuando te callarías de una vez, por Dios, fue una pesadilla…
-No sigas-susurró Mouri agachando la mirada. No sabía que pasaba, pero la de Osaka iba dando en todos sus puntos débiles, uno tras otro y dolía, porque las personas que más te conocen son las que más daño pueden hacerte. Quería detenerla, porque notaba que algo no andaba bien, quería enfadarse con ella, gritar…pero no podía, aquello dolía demasiado. Shinichi, Kazuha…no podía perderles…ella tenía que estar mintiendo.
-Eres una maldita cobarde que no es capaz de ver la realidad- "ódiame, por favor, ódiame" pensaba por dentro.
-¡He dicho que no sigas!-gritó dejando su rostro a solo unos centímetros de Kazuha, mejor dicho, de aquel contenedor vacío que parecía su amiga. Vio algo, algo distinto que la calmó y desconcertó por unos segundos.
-¿Qué está pasando aquí?- Mi-chan entraba seguida de Aiko y las miraban sin comprender.
-Na…nada- Ran la miró desconcertada, ni ella misma sabía lo que estaba pasando.
-Se ha acabado el sake, me acercaré al mercado y compraré más para la cena- Toyama se quitó el delantal y se dirigió a la salida, puso una mano sobre el hombro de su amiga y cruzó su mirada por unos segundos- Adiós.
No dio tiempo a que nadie dijese nada, salió por la puerta. El ambiente cargado se convirtió en uno de completa incomprensión.
-Aiko podía haberla acompañado-Mi-chan retomó el puesto de la muñeca en la cocina- no te preocupes Keiko-chan, sea lo que sea lo que haya pasado, seguro que lo solucionais cuando vuelva. Se ve que sois grandes amigas.
Ran quería responder, pero apenas podía moverse. Duda. Incomprensión. Miedo. Furia. Rencor. Dolor. Y esa última mirada…arrepentimiento. Y según había leído también, una despedida.
Se refugió en una pequeña bocacalle de la calle principal y lloró, lloró con todo lo que había estado frenando dentro de ella. El maquillaje era resistente al agua, pero sus ojos picaban. ¿Cómo podía haber dicho todo eso, tan contrario a lo que sentía y pensaba? Pero necesitaba un motivo, un motivo para salir de esa casa y que Ran no la siguiese, quería que estuviese segura hasta que aquello acabase, y con Mi-chan lo estaría. En poco llegarían los chicos y ya no tendrían nada por lo que huir más. Ran era como su hermana, y el dolor de su amiga, y el dolor de ella misma, habían sido el mismo con aquellas palabras, pero quizá así todo fuera más fácil. Para su amiga, para ellos.
Se limpió el rostro con cuidado de mantener el maquillaje lo mejor posible y siguió su camino. Debía llegar hasta la estación de ferry y seguir adelante, a aquella zona menos turística y que a esas horas estaría despejada. Tenía prisa porque todo acabara, pero sus pasos, cada vez más lentos, mostraban el miedo interno que tenía. Cuando llegó, distinguió el pelo corto castaño de espaldas a ella, y el traje gris que utilizaba cuando no estaba de servicio.
-Makoto-llamó. Se giró y se quedó estático, contemplando a la misteriosa mujer que se encontraba ante él. Su corazón latió más rápido, reconociéndola.
-Kazuha…estás…cambiada- la había echado tanto de menos, aquellos días habían sido insoportables, no sabía cómo contactar con ella, saber cómo estaba…Y ahí estaba, ante él, en una imagen casi idílica. El carácter de ella, tan indomable, y su actual imagen de total sumisión, hacían un contraste que le hacía hervir por dentro, sus ansias de estar con ella aumentaban a cada pequeño paso.
-Es lo que hay-dijo secamente. Había abandonado el maquillaje de su voz, recuperando su tono normal- acabemos con esto.
-¿Qué quieres decir?-preguntó él intrigado. Ella levantó la cabeza, desafiante, volviendo a recuperarse a sí misma.
-Tú fuiste el ayudante de la doctora Tomoshita- se acercó aún más a él-ella me ayudó en los estudios y sabía bastante de la droga, así que pensaste que era ella la persona que buscabas.
-No…no sé…
-Déjame que termine-no le iba a dejar hablar, tenía que soltarlo-por eso buscaste los horarios en que ella estaba sola en el laboratorio, como su ayudante eso fue fácil para ti.
-Cualquiera podía conocer sus horarios.
-Eso es incorrecto, sólo dos personas podían saberlo, ya que eran las únicas que no tenían el acceso restringido a esa zona.
-¿Y entonces quién te dice que fui yo?-no podía, ella no podía estar insinuándole aquello, era imposible.
-Porque yo era la otra persona, y yo no soy una asesina-había llegado a su altura, y le observaba sin titubear.
-No soy ningún asesino, yo no maté a esa mujer.
-Lo sé, te encargaste de estar conmigo ese día, te proporcionaste la mejor coartada posible, me utilizaste.
-No fue así, no puedes entenderlo-él bajó la cabeza, incapaz de mirar esos ojos verdes.
-No puedo entenderlo, eres un buen profesional, sin embargo…
-¡Yo no elegí esto!-el gritó removió la quietud del lugar- mis padres me obligaron, me educaron para esto, no he podido elegir…
-¿Tus padres? ¿Quieres decir que son miembros de la organización?
-Lo eran, murieron hace unos años-se sentó en una roca cercana.
-Y tú has seguido su legado.
-Crecí allí, salir no es tan fácil, ellos controlaron mi mente, la muerte de mis padres me dejó solo, ellos me hicieron creer que se lo debía, que ellos eran mi familia.
-¿Has venido a matarme?-ella no dudó al formular la pregunta. Él se volvió a mirarla como si lo que hubiese dicho fuese la mayor locura que hubiese escuchado.
-He venido a que vengas conmigo…con ellos, tu vida tiene más valor de lo que crees para mí-ella se había sentado a su lado y él tomó su mano, ella no la retiró.
-Ya, por eso me llevas a la muerte-una sonrisa triste se dibujó en su rostro y su mano se deslizó fuera del alcance de él.
-¡No! Yo nunca…
-¿Y qué es lo que pasa si me niego a ir contigo?-el resentimiento inundó sus labios y su mirada y él se sintió culpable. Una vez más.
-Vendrán a matarte-musitó-pero tienes otra oportunidad, puedes vivir…
-¿Vivir? ¿Eso le llamas a lo que tú haces? La doctora te apreciaba y la llevaste a una muerte segura, y a mí estás a punto de matarme, ¿Cuánta gente más tiene que morir para que tú vivas? ¿Cuántos más estás dispuesto a sacrificar?-el tono de voz se elevó de nuevo más de lo esperado, pero ¿qué esperaba? La sangre fría era imposible para ella cuando se trataba de vidas humanas.
No lo vio venir. Los labios de él se posaron con fuerza sobre los suyos, demandantes, ansiosos, pasionalmente reprimidos. Y ella se quedó allí pasmada, notando las manos de él sobre su cintura, sobre su pelo, mientras su boca intentaba invadir la de ella.
-Pierdes el tiempo, Guarapo- una voz grave interrumpió haciendo que ambos se separasen, la larga melena plateada y la ropa negra no daba lugar a dudas de su identidad.
-Gin…-el chico se puso de pie- vete, te dije que yo me ocuparía de ello.
-Sí, ya he visto como te ocupas-enarcó una ceja. Aquel chico no le gustaba. Sus padres eran científicos, puramente objetivos, sin valores morales que les corrompiesen de su tarea, pero él era distinto, demasiado sentimental. Débil- ya has oído su respuesta, ahora aléjate de ella.
-Ella no sabe lo que dice, dame cinco minutos- estaba temblando. Odiaba a los críos. Desvió la mirada a la mujer, que permanecía quieta, observándole, ella lo sabía.
-Sabe que va a morir, por eso está aquí, ella es mucho más inteligente que tú, así que quita de en medio- se acercaba a ellos, con la pistola unida al silenciador apuntándoles. Makoto miró hacia atrás.
-Kazuha, vete…¡Corre! ¡Vete de aquí!-gritó con todas sus fuerzas, levántandola, empujándola, pero ella se negaba a moverse, observando el arma.
-No puedo-ella sonrió-no puedo poner mi vida delante de la de nadie. Esto es mi culpa, él tiene razón, sabía que esto pasaría.
-No, por favor, tú no-las mejillas de él se llenaron de lágrimas al ver la actitud de ella, resignada, en paz. Estaba allí por su culpa, él pensó que cedería, que compartiría su destino, que le apoyaría, que le querría…
-Te lo diré por última vez, Guarapo, apártate, o me valdrá una mierda que seas el protegido de Vodka- pero el chico no se apartaba, acarició la cara de Kazuha, y ella desvió la mirada hacia él por unos segundos, los justos para leer sus labios.
-Lo siento-él salió corriendo contra Gin mientras sacaba el arma, el de negro no lo pensó dos veces y disparó. El cuerpo de Makoto cayó al suelo, Gin lo pateó a un lado.
-Es tu turno.
El disparo silenciado fue escuchado por ambos, y el cuerpo de Kazuha cayó. Quitó el silenciador y guardó el arma. Debía buscar la forma de regresar a tierra.
-Hemos llegado-la voz de Shigure en la entrada indicó la llegada de los hombres. Al oír el ruido en la puerta pensaron que sería Shizuka, y se sorprendieron al ver que eran ellos. ¿Qué hora era? Ran miró con nerviosismo el reloj de la sala. Las siete. Kazuha se había ido hacía más de una hora, al cruzar la mirada con Mi-chan se dio cuenta que ella había pensado lo mismo.
-¿No os habéis cruzado con Shizuka-chan? –los hombres llegaron al comedor y se sorprendieron por la pregunta.
-¿No está con vosotras?-preguntó Hattori nervioso.
-Salió a por sake, no nos hemos dado cuenta de lo tarde que se había hecho, pero ahora que habéis llegado…
-¿Cuánto lleva fuera?-la pregunta de Kudo se le hizo extraña a Mi-chan. La isla era muy tranquila, como mucho se habría encontrado con alguien y la habría distraído, no era para tanto.
-Una hora, pero lleva el móvil asi que…-la mujer intentaba tranquilizarlos, pero aquello parecía que les encendía aún más, Takeshi-kun estaba tan cerca de ella…tan enfadado…
-¿El móvil? ¿Qué móvil?-no podía ser, ella no podía haber hecho eso.
-Uno plateado, de esos que puedes girar la pantalla y ver la televisión…no se lo había visto antes…
-¡Kudo! ¡Hay que encontrarla! ¡Kazuha ha hablado con ellos! Dios, como pille a ese cabrón…-Shinichi se acercó a su amigo, y le lanzó una mirada significativa, la familia Ayashima les miraba sin entender nada.
-¿Qué está pasando? ¿De qué habla Hattori?-gritó Ran, desde que Kazuha se había ido, sin comprender esa última mirada, se sentía intranquila, nerviosa, y ahora de alguna manera le hacía suponer que sus intuiciones no eran infundadas.
-¡Kazuha ha ido con ellos! ¡Puede que todavía esté en la isla! ¡Hay que encontrarla!- descubrió la pistola que tenía a su espalda- ¡Kudo!
-Ran, quédate aquí, comprobad que todo esté bien cerrado, no abráis a nadie-buscó algo en su tobillo y le tendió una mustang de pequeño calibre- sólo por si acaso, sé que tu padre te enseñó a utilizarlas.
Ella la tomó con temor. Todo aquello…había sido para alejarla de ella. Aquella idiota, aquella idiota había ido a entregarse. Y volvió a llorar, mientras veía a ambos desaparecer por la puerta.
Segundos después se dio cuenta de que quizá no volvería a verla, no volvería a verlos y lloró con más fuerza. No notó cuando fue abrazada por la madre de la familia, ni cuando el padre volvió de comprobar todas las aberturas, ni cuando la hija llevó el teléfono hasta ellos. Su mente trabajaba a otra velocidad, pensaba en otras cosas. Recuerdos, momentos, sentimientos. No se dio cuenta cuando cogió la pistola y echó a correr, saliendo de la casa. Tampoco se fijó en que era seguida de cerca. Sólo se dejó llevar.
Habían llegado a la estación, un hombre de un puesto cercano había dicho que la había visto seguir entre las casas que estaban al otro lado de la plaza. Kudo apenas podía seguir el ritmo de su amigo. Los visitantes que quedaban tomaban el último ferry, ellos siguieron corriendo más allá. Iban a coger el camino del monte cuando oyeron un silbido, rápidamente Kudo, que iba detrás, se giró y tomó la dirección a sus espaldas, seguido de Hattori. Oyeron el segundo silbido, ninguno de los dos tenía dudas, eran disparos. Cuando llegaron al pequeño claro, los ojos de los dos se posaron en el cuerpo de un hombre en el suelo. Heiji corrió hasta él, y al voltearlo no se sorprendió al encontrar el rostro de su compañero.
-¿Dónde está? ¿Dónde está, maldita sea?-lo agitó con violencia, pero el hombre no habló. Fue entonces que notó como alargaba la mano hacia las rocas. Había algo, podía distinguir algo rojizo entre ellas. Soltó el cuerpo y se levantó, acercándose lentamente a las rocas, tambaleándose, hipnotizado por el color de aquel trozo de tela que reconocía tan bien.
-¡Heiji! ¡Cúbrete! ¡He visto cómo se alejaba por detrás! ¡Voy a por él!-pero no le oía. A medida que avanzaba los pasos, el kimono se hacía más visible. Se dejó caer de rodillas, a su lado, contemplando las facciones tan conocidas, el cabello castaño enmarañado, las pálidas manos manchadas en sangre, el obi húmedo…Tocó su rostro, suave, frío…
-Heiji-el susurro grave le despertó de su letargo-vete…
-Kazuha…Kazuha…-la tomó y la acercó hasta su cuerpo, acunándola, mientras tomaba su pulso, débil. Observó sus ojos abrirse, estaban nublados y ligeramente humedecidos.
-Vete-volvió a decir. Su mano intentó deslizarse hasta el cuerpo del muchacho y separarle de ella, pero su fuerza era nula.
-No pienso irme, no voy a dejarte sola-había empezado a llorar, lo sabía, y no podía hacer nada, por ella, por él. Ella se escapaba de sus manos. Daba igual que ella le odiase, que intentase alejarlo de ella, no pensaba abandonarla, nunca lo haría. Si hubiera sabido que esto pasaría…tenía que habérselo dicho todo, haberse ido más lejos, ella no podía…no podía morir.
-Ahou-sonreía, ella sonreía todavía. Cogió la cara femenina entre sus manos y besó los labios, fríos.
-No me dejes solo, Kazuha-murmuró sobre ella. Pero ella no respondía. Sus ojos se habían cerrado y la sonrisa se había quedado plasmada en sus labios. Lo sabía, siempre lo había sabido, pero fue un cobarde, aún lo era. Sólo ahora era capaz de decírselo- Te quiero.
No supo bien lo que pasó después. Alguien intentaba separarle de ella, y él no tenía fuerzas para nada. La había perdido. No vio los helicópteros que llegaron al de pocos minutos, sólo pudo ver cómo se la llevaban, mientras él trataba de impedirlo. Nunca volvería a verla. Kazuha había desaparecido. Y él con ella.
La arena dejó de caer en ese instante. Su tiempo había terminado.
