Capítulo 9: "Culpa"

- Maldición...- Gruñó caminando a paso acelerado seguido de la anciana. Llevaba la camisa abierta aun y el cabello suelto, desordenado. Apartó a los sirvientes y a Miroku que estaban congregados a la entrada de la habitación de la novicia y entró seguido sólo de la cocinera. Se detuvo en el umbral reteniendo la respiración. Ella estaba sobre la cama, vestida aun de hábito, delirando como le habían dicho, respirando fuertemente, moviéndose en lo que parecía una temible pesadilla, en su mano aferraba su rosario y tenía la frente perlada de sudor y el rostro casi ceniciento.

- ¡No!... ¡No!... ¡Déjeme!- Musitaba horrorizada.

- Vine a traerle un té... la vi tan enferma en la recepción... y ella estaba ahí... mire... si arde en fiebre...- Dijo la anciana acercándose y posando su mano arrugada sobre la frente de la joven.-... necesita un médico, señor...

Estaba ahí, observando atónito a la novicia, sin mover un solo músculo de la impresión. Entonces se reprochó el que estuviera en la otra alcoba a punto de hacer el amor con Kikyo... por primera vez se sintió hasta "pecador". Tenía el pecho oprimido, el corazón latió dolorosamente, verla en ese estado, sufriendo de esa forma, era la cosa más desconcertante y dolorosa. La joven tosió y se escucharon los sonidos de su pecho, algo que denotaba claramente los síntomas de la pulmonía. Kagome murmuraba, se quejaba y se movía, como si escapara de algo, como si luchara contra algo.

- ¡Señor!- Le llamó nuevamente la anciana.

Inuyasha pestañeó, su rostro estaba tenso, los labios apretados, pareció que por unos instantes no sabía qué hacer. Luego despertó y se acercó a paso rápido hasta la cama, inclinándose hacia la novicia, observando el estado en que se encontraba, las gotas de sudor de su frente, el flequillo húmedo y pegado a su piel, los labios resecos, las mejillas eran dos rosetones ardientes, los dedos encrispados y aferrados al rosario. Tragó apenas y miró a la anciana pasmado.

- Hay que... llamar a un médico...- Sollozó otra vez la cocinera. Él miró nuevamente a la novicia y frunció el ceño.

- Primero hay que quitarle esto...- Musitó, levantándole la cabeza y deshaciéndose de la cofia. La anciana se abalanzó al amo deteniéndolo.

- ¡No!... ¡No haga eso!... ¿Qué no ve que es sacrilegio?

- ¡Cállese!- Masculló hastiado y mirándola como endemoniado- ¿Quiere que muera asfixiada o consumida en fiebre?

La anciana no respondió, al contrario, apretó los labios y miró inquieta como Inuyasha se deshacía de la cofia, al principio con rapidez, luego, con suma lentitud, como si él la estuviera... estudiando.

En cierto modo lo estaba, sentía además que los dedos le temblaban y cuando se la quitó por completo la lanzó lejos. No contento con eso desarmó las trenzas y estas cayeron por sobre su rostro y la almohada de forma desordenada, acarició las hebras y sintió la suavidad del cabello entre sus manos, era más de lo que imaginaba... ahora sí era real, era una mujer real.

- Señor...

Cierto, no estaba solo, tensó la mandíbula y dejó la cabeza de la chica sobre la almohada, se incorporó y miró otra vez a la novicia. Esta parecía aun murmurar cosas extrañas que no entendía. Al verla así, en la cama, sufriendo, su corazón se sobresaltó dolorosamente, del estómago volvió a sentir la extraña sensación.

- Voy... – Apretó los puños de sus manos y volteó raudamente saliendo de la habitación. Caminó a paso resuelto por el pasillo, Kikyo salió de su habitación y lo llamó, él no se detuvo, ella corrió con el vestido aun sin abrochar hasta su lado y lo detuvo de un brazo, enojada, alterada.

- ¡Inuyasha!... ¿A dónde vas?

- Voy por un médico- Musitó retomando su marcha, la mujer corrió arremangándose el faldón cuando bajaban las escaleras.

- ¿Qué?... ¿Para quién?... ¿para ella?- Preguntó histérica- ¿Es cierto?... ¿tiene pulmonía?

- Sí.- Respondió él.

- ¡Pero entonces debes enviarla a su convento!- Clamó horrorizada. Inuyasha se detuvo y apretó los puños de su mano, luego volteó y la miró con ojos siniestros.

- Si quieres puedes marcharte, ella no saldrá de aquí, esta bajo mi cuidado ahora.

Kikyo palideció y lo miró asombrada. El joven le dio la espalda y salió rápidamente de la mansión. Tuvo deseos de llorar y se mordió el labio de impotencia. ¡Maldita Kagome! Su rostro se volvió rojo de furia y dio una patada en el suelo. ¡Maldita!... ¿Qué era lo que pretendía?... ¿Porqué debía estar ahí, en la que sería su mansión?... ¿Y porqué Inuyasha se comportaba de esa forma tan desconcertante con ella? Primero la maltrataba y ahora la cuidaba. Su rostro de tensó y el corazón le latió fuerte, al imaginar que tal vez... tal vez Inuyasha estaba... ¡no! Respiró con fuerza y alzó el rostro hacia el segundo piso, hacia la habitación de aquella novicia. Maldita Kagome... esta se las iba a pagar bien caro...

Subió las escaleras a paso raudo junto al médico. Trabajo le había costado encontrarlo, ya que él no se encontraba en el pueblo, sino en otro. Cuando entraron a la habitación la anciana alzó el rostro mirándolos acongojada, Inuyasha retuvo el aliento al ver a la novicia, bajo las sábanas, con el rostro rojo de fiebre, el cabello húmedo y desordenado que caía a un costado de la cama, casi rozando el suelo, con los brazos desnudos hasta los codos, el cuello y parte del tórax desnudo... su piel blanca y tersa apenas era cubierta por lo que veía, por un delgado camisón gastado y de vuelos en el escote ¿de dónde habían sacado esa ropa? Parecía quedarle pequeña. Admitió que pesar de la tela tosca ella se veía hermosa, como jamás la imaginó. ¡Maldición!... ¡Debía dejar ese horrendo hábito!

El médico se acercó a la cama tomando la muñeca delgada de la chica y posando su otra mano sobre la frente. La muchacha tosió con fuerza y de su pecho se escuchó un ruido horroroso. Inuyasha vio como el rostro del galeno se endurecía y arrugaba la frente.

- Es indudable que tiene pulmonía... – Musitó, luego ladeó el rostro soltando la muñeca de la chica.- Esta enfermedad es altamente contagiosa, sobre todo en niños y ancianos...

- Váyase- Masculló de inmediato el amo a la anciana, que estaba a su lado. Ella lo miró pasmada.

- Pero... ¿y entonces?... ¿Quién la cuidará?... soy la única, Enju no querrá...

- Yo la cuido- Respondió rápidamente y abrió la puerta. La anciana se quedó con la boca abierta- Váyase y que nadie entre a la habitación.

- ¿Pero y usted?

- El señor Taisho es joven y fuerte, seguro no corre tanto riesgo como usted señora...- Dijo el doctor con severidad. La anciana lo observó dubitativa ¿su amo se iba a quedar cuidando a la novicia? Pero eso no podía ser ¿A dónde se había visto que un hombre se quedara a solas en la habitación de una señorita? Menos en la de una novicia.

- ¿Se va ya?- Dijo exasperado el joven amo. La anciana lo miró y luego suspiró fuertemente. Bien, hablaba con su amo... aquel que bien poco le importaba las reglas de sociedad... además... se acostaba con la viuda sin remordimientos. Agudizó la vista en él, molesta. Al menos debía cuidar la reputación de la joven novicia.

- Mas le vale jovencito no sobrepasarse con ella, recuerde que es una religiosa.

Se pasó una mano por el cabello, exasperado y luego empujó casi a la anciana para que saliera, cerrando firmemente la habitación.

- Dígame que debo hacer...- Murmuró con voz suave pero firme. El medico respiró con fuerza.

La observó en silencio, sentado en una silla junto a la cama, tragando apenas, con el rostro tenso, las manos en puño, el corazón latiendo fuerte y reprochándose su actitud aquella noche. ¡Realmente era un bruto! La había lanzado sin misericordia a enfrentarse a sus miedos, sabiendo que aun no estaba preparada... pero es que la rabia y los celos realmente lo habían cegado. Tragó otra vez observándola con atención... celos... sentía celos...

Kagome respiraba con fuerza y parecía tranquila ahora. Serían los paños de agua fría en su frente, o el aroma que inundaba esas hojas frescas que él mismo dejó en la habitación sin preguntar siquiera al médico, que sólo había dicho que había que esperar. Era tarde ya, pronto amanecería y no tenía sueño, al contrario. Se acercó luego de horas a la cama poniéndose de rodillas y estiró sus dedos a su frente, acariciándola. Al contacto de su piel, ella comenzó a murmurar otra vez y a agitarse, como si luchara contra algo. Inuyasha frunció el ceño, asustado.

- ¡No me toque!... ¡No!... ¡Déjeme! No quiero bajar... no, estará él... no quiero bajar...

Se levantó consternado sintiéndose miserable. Ella sufría, sufría por lo que le había hecho él y por su tormentoso pasado, entonces la versión de Kikyo era mentira ¿no?, sí, aquello no podía ser verdad¡diablos!... ¿Por qué le costaba entenderlo, aceptarlo? Si la novicia hubiera sido una interesada como decían... no estaría en un convento... no estaría temerosa de lo que sucedió, hubiera seguido con sus planes de casarse...

- ¡Déjeme!... ¿por qué?... ¿por qué me hace esto? Creí que era bueno...

Su corazón latió con dolor y fuerza. Ella... hablaba de él... Era un miserable, un cruel miserable... sin corazón... un maldito sin corazón...

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- ¿Cómo esta?- Preguntó Shippo triste y mirándolo con atención.

Inuyasha se lavó el rostro y luego lo levantó para secarlo. Tenía pequeñas sombras negras bajo sus ojos dorados, pero no tenía sueño, al contrario, sería capaz de pasar otra noche más en vela, para cuidar su sueño. Ladeó el rostro y musitó.

- Esta descansando.

Cierto, descansaba después de toda una noche de delirio, ahora descansaba en un profundo sueño... deseaba que fuera reparador.

- Es tu culpa, tonto- Bramó el niño casi a punto de llorar. El joven amo suspiró con fuerza, sin ánimos de pelar con él, porque en parte tenía razón. Era su culpa por obligarla a asistir a una reunión que no quería... tal vez eso la había hecho más enfermar... había escuchado alguna vez que habían personas que se enfermaban del alma... aunque el alma de esa novicia venía enferma desde hacía tiempo. Tragó con fuerza. Eso no quitaba la culpa que él sentía por su comportamiento.

- Cállate, Shippo...- Murmuró caminando con el pecho descubierto hacia una cajonera y sacando una camisa de lino blanca que se colocó encima.-... no hables tonterías...

- Ella estaba muy triste... tú siempre la tratas mal... ¡la odias!- Bramó y le pegó en el muslo con la mano en puño. El joven gruñó exasperado inclinándose a él y tomándoles ambas manos para que dejara de golpearlo.

- ¡Tranquilízate Shippo!

- La odias y hasta quieres que se muera ¿no?- Lloró hipeando amargamente.

- ¡Ahh!... ¡Cállate!... ¡Yo no la odio!... ¿estas loco?

- Sí, la odias...- Sollozó más tranquilo ocultando las lagrimas con su manga-... la odias... prefieres a la viuda que a Kagome... cuando ella es mucho más buena, ella me quiere ¡Kikyo me detesta!... ¿porqué Dios siempre se lleva a la gente buena?

Respiró con fuerza y obligó al niño a que lo mirara a los ojos, por primero vez le habló con seriedad paternal, tanto que hasta él mismo se extrañó, pero era lo correcto.

- Mira Shippo... ella no morirá... su Dios la protege... y yo también lo hago, te prometo que ella mejorará... lo juro...- El niño lo miró casi sin pestañear-... ¡lo juro por mi vida!- Agregó con pasión. Porque realmente no iba a permitir que a ella le pasara algo malo... basta, había sufrido demasiado ya por su culpa.

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La brisa tibia entró por el ventanal de su habitación y meció los velos del dosel de su cama como si fuera de ensueño. No había ni un ruido allá afuera, se tenían órdenes expresas de no molestar, de hacer ruido para que la novicia descansara. Los trabajadores tuvieron ese día libre y muchos oraron junto a sus familias por la salud de la religiosa, a la cual veían cada día enseñar al protegido de amo y al pasear por los campos observándolos a la distancia.

Inuyasha contempló su rostro aliviado en parte de que durmiera tan tranquilamente. Respiraba más levemente, el ruido de su pecho no era tan fuerte, tampoco tenía tanta fiebre, sus mejillas aun eran dos rosetones. Él se inclinó, desde hacía rato quería hacerlo, y estiró sus dedos hasta su frente sintiendo la tibieza de su piel. Tragó más calmado pero sus dedos no se despegaron de ella, al contrario, siguió la línea del contorno de su cara apartando los suaves mechones negros y traviesos de su cabello, y luego sus ojos se detuvieron en la clavícula. El tórax blanco y desnudo fue una gran tentación, pero más el ver el nacimiento de sus senos ocultados apenas con la camisa de dormir. Volvió la vista a la muchacha y entonces, no pudiendo soportarlo más, se inclinó y posó sus labios sobre los de ella, lentamente, suavemente, sin querer separarse de lo que le parecieron tiernos y cálidos... eran tan distintos a todos los que había probado... se separó y volvió a mirarla. Poco a poco los ojos castaños de la chica se abrieron y lo miraron con cansancio desde la cama. El joven amo se tensó y respiró con fuerza.

- Me duele... el pecho...- Murmuró con voz débil. Él ensombreció el rostro y su Manzana de Adán se movió en su garganta.

- Claro que sí, hermana... Musitó-... es la pulmonía...

La muchacha lo miró con detenimiento y luego de un instante entrecerró los ojos. Se sentía demasiado cansada.

- Entonces... debería... dejarme volver... al convento... – Murmuró entreabriendo nuevamente los ojos y posándolos sobre los suyos. Inuyasha endureció la mirada.

- Usted no saldrá de aquí- Respondió casi autoritario. La novicia lo miró sin comprender bien. Tosió y él se aproximó a ella con una copa de agua que la joven bebió ayudada por el hombre. Kagome suspiró cuando terminó y él volvió a incorporarse. Entonces ella notó que no estaba vestida con su ropa, que apenas lo que llevaba la cubría y se ocultó rápidamente con la sábana mientras las mejillas se enrojecían aun más.

- Pe... pero...

- Quédese tranquila- Dijo Inuyasha dejando el vaso sobre la mesa de noche- Mi criada la vistió, no me creerá tan pervertido...

En esos momentos esperó que un rayo le cayera en la cabeza. Qué sinvergüenza, si recién la había besado mientras dormía. Retuvo el aliento desviando la vista.

- ¿Por qué... esta aquí? Podría... contagiarse...- Musitó con suavidad y mirándolo desconcertada. Él le sonrió y la forma en que lo hizo desconcertó aun más a la novicia. Ella sintió entonces que el corazón le latía con fuerza, su cuerpo tembló y desvió la vista completamente avergonzada ¿qué le estaba pasando? Tragó apenas.

Sonrió más y entonces, inesperadamente, se acercó a ella posando ambas manos sobre la cama, a sus costados, la chica hundió la cabeza en la almohada mirándolo aterrada, el rostro del joven amo estaba muy cerca del suyo, percibió el calor de su cuerpo que la abrazaba como el viento tibio del verano, el aliento fresco de su boca sobre el rostro y los ojos dorados fijos en los suyos. Creyó que moriría.

- Se... ¿se preocupa por mi?- Murmuró Inuyasha muy serio y estudiando ahora descaradamente cada detalle de su rostro.

Quería alejarlo de ella, quería separarlo ¿qué estaba haciendo? Tembló completamente y entonces estiró sus manos para quitárselo de encima, pero éstos tocaron sobre un pecho duro y desnudo que le provocó una extraña e inesperada descarga eléctrica que la ruborizó hasta la raíz de sus cabello, desvió rápidamente la vista y entonces se dio cuenta que él llevaba la camisa semi abierta, levantó el rostro totalmente perturbada.

- Quítese...- Gimió sintiendo que le faltaba el aire, más que el horror que sintió al principio, ahora sentía temor... perturbación-... me... preocupo por todos... aléjese...

- Cómo quisiera que sólo se preocupara por mí...- Musitó Inuyasha, respirando fuertemente. Era indudable la reacción de ambos al tenerse cerca. Él sólo deseaba besarla y Kagome... Kagome comprobaba con desconcierto que a pesar del miedo inicial... el fuego que nacía en la boca del estómago era placentero... desvió el rostro y cerró los ojos aterrada de lo que le estaba sintiendo.

- ¡Aléjese!

Pestañeó rápidamente turbado al verla casi a punto de llorar. Se incorporó suspirando con fuerza y la novicia experimentó la frialdad al él alejarse. Ella abrió los ojos lentamente y lo miró reteniendo el aire. Sentía que el corazón le iba a explotar.

- La dejaré descansar...- Musitó él mirándola muy serio. Kagome tragó con fuerza. El joven amo dio un par de pasos hasta la puerta y posó una mano en el pomo, no se movió, pareció meditar algo, luego se volvió a ella inesperadamente.- Hermana...- La novicia que tenía el rostro ladeado y los labios apretados lo miró reteniendo el aliento.- Yo no la odio... al contrario...- Sonrió y volteó cerrando la puerta con cuidado.

Kagome volvió a sentir el doloroso latido de su corazón, al principio no comprendió sus palabras... decir "yo no la odio, al contrario"... ¿al contrario? Su respiración se hizo forzosa y evocó otra vez aquel momento en que estaba sobre su rostro. Se llevó una mano al corazón y tragó con fuerza. ¡Dios!... ¿Qué estaba él haciendo?... ¿Por qué la trataba ahora de esa forma? Y... ¿porqué ella no sentía pánico como aquella vez?, sino más bien... temor... emoción... se cubrió el rostro con una mano y sollozó. Tenía que volver al convento... tenía que volver... ella no podía estar sintiéndose de esa forma con la presencia del amo de la casa. Estaba ahí para enseñar. Entonces recordó que había sido anunciado su matrimonio... y lo mujeriego que era, sollozó porque aquello le provocó un dolor más grande del que ya sentía... debía alejarse de él, debía volver a su convento porque se había jurado ser monja y no fiarse jamás de un hombre... ese era su destino.

Continuará...


N/A: Bueno, muchas gracias por todos los reviews, gracias a ustedes ya vamos en casi 200, T.T muchas gracias Keren-Alfaro (Feliz Cumpleaños!), TLAP, Hai Ikurei, inuyasha-xsiempre, Angelica, heroprincess, hime tsuki (el review largo esta en el cap. 7, n.n sí me llegó), LaUrAcHaN99,Yoshikuni, kagome-sama chan, Mary-JVR (mejórate!), Fanitix, inu-kag-kat, Dita-chan,yuiren3, MaríNa, peca-chan,abril-chan,chimis, andrea, Mary1416,Rei II,thegirlwhostolethestars,AmiMizunoR. y por supuesto a todos quienes leen.

Nos vemos pronto, cuidense mucho!

Lady.