Ginny está en la cama, de lado, de espaldas a la puerta, son las tres de la mañana pero ni con todas las tilas del mundo sería capaz de dormir. Seguramente ya nunca volvería a hacerlo, se aferra a las sabanas con fuerza, bufa sin poder evitarlo Estas jodida. Felizmente jodida ¿Pero eso existe? En su mente si, de hecho existe y tiene nombre y apellidos y en ese preciso instante estaría tranquilamente en las mazmorras fumando o en las cocinas Las cocinas, Ginevra… Se aferra de nuevo a las sabanas porque ha tenido alemán de sobra hoy, aunque quiera volver a verlo frente a ella, con esos ojos y su sonrisa, su olor a café y los comentarios que hacían que se cabrease Tú estás mal de la cabeza… Eso ya lo sabe, antes lo intuía pero ahora lo afirma, porque odia Joey Lestrange con cada fibra de su ser pero, a su vez, no puede vivir sin él ¡Y NO LLEVABAN MÁS DE TRES MESES DE CURSO! Reprime un grito frustrado contra un cojín porque no son horas, cerrando los ojos deseando poder dormir pero no, imposible, su imagen sigue ahí, nítida, fresca, atormentando su ya de por si escaso sueño Maldito alemán que me estas haciendo… Sabe lo que le está haciendo, pero no quiere decirlo, ni pensarlo, ni nada. NO. No porque aquello era más intenso que nada que hubiese sentido antes, demasiado.

Da una larga calada recolocando las piernas en el ventanal, llevándose la mano libre a la cara, intentando poner en orden aquel estropicio de mente que había dejado la maldita pelirroja ¿No hubiese sido más fácil fijarse en alguna de las simplonas de Slytherin, no? No, claro que no, aquella maldita pelirroja lo hacía bailar del odio a la admiración con una rapidez abismal. Soltaba un comentario y ella lo miraba, y él la miraba, con todo el odio que podía dada la situación pero ella, acompañaba el comentario con LA sonrisa, esa sonrisa prohibida, y un movimiento de pelo, y una parte de él era incapaz de odiar aquella imagen, también se veía incapaz de controlar sus impulsos que lo arrastraban a saltar sobre la mesa y llevársela lo más lejos posible. Se lleva una mano, la del cigarro, a la cara, golpeándose con fuerza. Maldición, estoy jodido…

Se cruzan a la hora de comer, al día siguiente, ella lleva despierta desde el alba, con dos horas a sus espaldas, unas ojeras del horror, un moño peor hecho imposible y un enorme jersey de uno de sus hermanos, él… para él es el desayuno, ya que, siendo domingo ¿Para que madrugar? La pelirroja lo mira de reojo, de cuando en cuando mientras juega con un trozo de pollo sabiendo que él la mira de vuelta, quiere acercarse pero no lo va a hacer. Que se acerque él. ¿Y si no lo hace? Lo hará. Suena demasiado segura, necesita sonar así para si misma para no acabar acercándose ella, no, no quiere. Sí quieres. Quería, pero no ella primero. Pft, que orgullosa. No lo mira cuando sale, mira sus pies, notando en sus huesos las pocas horas que ha dormido, comienza a hablar con Luna cuando él pasa a su lado, rozándole la cintura con toda la sutilidad del mundo, sin pararse, ni mirarla, pero ahí se queda ella, estática, intentando que arda y sufra, fulminándole con la mirada Ves, no se iba a parar. Maldice interiormente todo lo que puede mientras sale con las chicas hacia la sala común, se vuelve con disimulo a mirar si sigue por ahí, metiendo las manos en los bolsillos del jersey, jugueteando con un papel que no recordaba tener ahí antes… Lo saca y no puede evitar una sonrisa porque es un trozo de papel con un simple "Café" en él.

Ha entrado en la habitación cuando estaba vacía y ha robado un par de cigarros porque su paquete ya llevaba mucho acabado. Con el tabaco y el café… te va a acabar dando un algo. Seguro, le va a dar algo, muy malo, porque con tanto estrés se ha pasado el día fumando, sale de la habitación como alma que lleva el diablo, empujando a un par de enanos de primero. Espera no encontrársela antes de que den las doce de la noche porque no ha dormido lo suficiente como para aguantarla.

Da igual.

Nada más llega a la superficie de las oscuras y frías mazmorras que le recuerdan a Durmstrang, aparece ella, caminando hacia los terrenos, arrastrando los pies y tropezando. Lo hace adrede, tiene que hacerlo, no es posible que alguien sea así… y le quede bien. Tú el problema lo tienes tú.

Acaricia la pera del cuadro cuando el reloj del castillo da las doce y crea un estruendo en los desiertos pasillos, pasa dentro, aun con el moño mal puesto y el enorme jersey de su hermano Fred, arrastra los pies, hipnotizada por el olor a café recién hecho y el pelo y las espaldas de su pesadilla.

-Llegas tarde.

-No es verdad.

-Eres el tomate más impuntual del mundo.

La ve apretar los puños junto a él y se siente en paz con el mundo por primera vez en todo el maldito día, se dedica a retirar el café con cuidado, dando a entender que la ignora porque eso también lo divierte demasiado ¿Cómo es posible? No lo sabe y no le interesa de momento.

-Ya te dije que no-soy-un-tomate… -susurra apretando los labios en una fina línea, entrecerrando los ojos.

-Y yo te dije que no iba a hacerte caso…

-Pues que te den.

No dice nada más, pero tampoco se mueve, simplemente da un par de saltos para sentarse en la encimera de cualquier manera, mirándolo fijamente como si estuviese esperando algo.

-Mi café. Ahora.

Joey bufa, colocándose entre sus piernas, acercándole la dichosa taza fingiendo que lo hace pero no porque puede.

-Que adicta… -susurra poniendo una mano en una de sus rodillas, notando como de repente se tensa un poco, mientras deja a un lado la taza y lo mira.

Y de repente, sucede. Sucede algo que Ginny llevaba desde la tarde del día anterior evitando. La barrera. Cayendo.

-A ti…

Silencio.

La pelirroja esconde la cara en la taza, deseando que el café no se acabe nunca para no bajarla. Morir por café. Morir. Desaparecer. No ver esa cara, la que está a escasos centímetros de la suya, con esa sonrisa que solo dice un Sí, tranquila, lo sé pero me encanta oírtelo. Casi se atraganta con el café al notar como se mueve frente a ella, escondiendo la cara en su cuello. No. No. Fuera de ahí. O me dices algo o fuera.

Di algo. DI ALGO.

-Interesante…

Interesante. Lo hubiese apaleado y lo hubiese llamado de todo si en ese preciso momento no estuviese repartiendo suaves besos por su cuello. Estupendo Ginevra, ahora no puedes pensar. Vas bien.

Iba bien.

Demasiado.