Un punto y aparte
-Perdonadme, Milord.- Mikane se había arrodillado frente a Kensho, lo que no era muy común, ni tampoco una buena señal. Era la única persona que tenía derecho a permanecer erguida ante el Cabeza del Clan, con excepción de la familia de este.
-Ha fracasado, Mikane, ¿me equivoco?
Hacía dos semanas que se había producido algo que todos los de la casa consideraban impensable. Un esclavo había huido. Y no solo eso. Había arrastrado con el a la hija de Kensho-sama. Aunque era ilegítima y despreciada, seguía siendo su hija, por lo que la noticia le había hecho montar en cólera.
Se descubrió el asunto a merced de que un sirviente entró en la habitación de la hija de Kensho cuatro días después de que se encerrara allí con el esclavo por su supuesta enfermedad y se encontraron al hijo de Kensho, su heredero, atado y amordazado a la cama.
La furia del noble fue tal que los criados que le llevaron la noticia estuvieron a un tris de perder la vida, salvándose solo por que su hijo exigió venganza contra los que le habían humillado de esa manera.
Esa fue la razón de que se decidió enviar a Mikane. Aparte de una experta rastreadora, era una ejecutora letal. Por eso solo se la enviaba en ocasiones muy concreta. Pero…
- No milord. No he podido encontrarlos.
Que Mikane fallara era algo fuera de lo normal. Solo ocurrió otras dos veces antes, pero Kensho arregló el problema personalmente en esas ocasiones.
-¿Qué ha ocurrido?
-No fui capaz de encontrarlos. Ocultaron su rastro muy bien.
La mano de Kensho estaba jugueteando con un pequeño trozo de madera.
-¿Ayame tiene tanto conocimiento como para despistarte?
-No. Seguramente es cosa de ese chico.
La mano de Kensho se tensó de golpe y partió la madera.
- Muy bien.- La voz era calma, pero daba miedo. Mucho miedo.- Ofrezco una recompensa para aquel que me traiga a mi hija y mate a esa cucaracha. Daré lo que me pidan siempre y cuando esté en mi poder y no hiera mi honor.
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-Vaya. No esperaba que nos escapáramos tan fácilmente.
La única respuesta de Akio fue una risita malévola.
Hacía ya dos semanas que ambos habían escapado de la mansión. Y se las habían arreglado para que nadie les pillara.
Akio hizo andar a los dos por los ríos poco profundos, para así no dejar huellas, y durante los primeros días no pararon ni un momento. Aparte de eso, se turnaron en las guardias. Akio recordaba perfectamente lo que le pasó. De estar durmiendo tranquilamente en un claro se encontró despertando en esa mansión.
Aunque con el tiempo, se fueron relajando. Si en ese tiempo no les habían pillado, no lo harían ya. Peeero… por si acaso, mantuvieron las guardias. Nunca se podía ser confiado por esos lares.
De todas formas, el joven estaba contento. Primero por haber escapado y segundo porque no estaba solo. Le daban escalofríos al recordar el año escaso que estuvo andando solo y hablando con su sombra. Brrrr…
Ayame y el se llevaban bastante bien, aunque la chica tenía el genio bastante vivo, por lo que mas de una vez mantuvieron discusiones por tonterías. Pero, por lo menos para Akio, era lo mejor que podía pedir. Y así continuaron las cosas, avanzando el tiempo mientras ellos caminaban. Así siguieron, hasta que un día, mientras cenaban, Ayame sacó un tema que los dos habían estado evitando sacar durante todo ese tiempo.
-¿Puedo preguntarte una cosa Akio?
-¿El que?- El chico estaba atacando con ganas un muslo de un jabalí que habían logrado cazar ese día con una pequeña trampa.
-¿Cómo hiciste lo de la espada?
Akio se atragantó y estuvo a punto de escupir la comida que tenía en la boca.
-Por lo menos haz el favor de no sacar un tema tan peliagudo de sopetón, leches. Y menos aún si estoy comiendo, copón.
Ayame suspiró, y echó mano de la espada de Akio. Estaba exactamente igual que cuando la vio por primera vez en la sala de armas. Si eso, un poco mas mugrienta. La empuñadura blanca manchada por el polvo de más de un año de caminos, la guarda arañada y la vaina a juego. De no ser por lo afilado de la hoja, parecería un trasto viejo. Pero ella había visto que cuando Akio encaró a su hermano, esa misma espada había cambiado, tal y como lo hacía la espada de su…"padre".
-Vi lo que hiciste ese día. Si te soy sincera, no tenías ninguna posibilidad real de vencer a mí… hermano de sangre. Estaba muy bien entrenado en la lucha. Pero, no se como, lograste, sin saber manejar prácticamente la espada, lo que el lleva intentando lograr toda su vida. Es decir, hacer lo mismo que mi padre. Ahora, ¿cómo lo lograste?
Akio dejó a un lado el jamón de jabalí que había estado comiendo y empezó a hablar.
-Si te soy sincero, no tengo muy claro como ha funcionado todo esto desde el principio. Y si no te dije nada fue porque ni yo mismo sabía a que atenerme. Hasta el momento en que la espada se transformó, no sabía si era una alucinación o que leches pasaba. Y, aún así,… Bleh. –El chico negó con la cabeza y empezó a contar todo lo que le pasó relacionado con la espada. Cuando terminó, Ayame pestañeó un par de veces mientras digería los datos.
-A ver… ¿Me estás diciendo que te llevaron a un mundo interior en el que te encontraste a una mujer que se cambiaba de ropas todo el rato y que te dijo el nombre que debería transformar tu arma?
-¿Entiendes ahora porque no te dije nada?
-Pueeess si, lo entiendo. Porque, y sin intención de faltar, en cualquier otra circunstancia me hubiera parecido una tontería. Pero viendo lo visto…- Miró el arma que seguía teniendo en las manos unos instantes y se la pasó a Akio.
-Vuelve a hacerlo.
-¿Euh?- A Akio esa petición le pilló desprevenido.
-Transforma tu espada.
El chico miró el arma, pero negó con la cabeza.
-De momento, prefiero no hacerlo.- Alzó la espada al aire y contempló su contorno a la luz de la luna.- Francamente, este, llamémosle poder, me da yuyu.
-¿Yuyu?
-Me asusta un poco.
-Ah.
-Y tomando que la parte de la mujer esa, la Dama que me dijo que se llamaba, prefiero esperar a que vuelva a poder hablar con ella que a hacer experimentos al tuntún. Porque, viendo lo que podía hacer el arma de Kosho… mejor tener un poco de prudencia en el asunto. ¿No crees? Imagínate que puede hacer lo mismo que la suya y pierdo el control. Se puede liar una…
Y Ayame no tuvo más remedio que estar de acuerdo con el planteamiento de Akio.
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El camino continuó, y con este, también cambio el tiempo. El frío empezó a golpear al paisaje, y por esa misma razón, el hielo y la nieve empezaron a hacer acto de presencia. Los chicos agradecieron en gran medida el haber cogido todas esas mantas y abrigos, porque no sobraban en absoluto. Acampaban siempre que podían en lugares a cubierto, y si tenían que descansar al aire libre se metían siempre en un bosque y encendían la hoguera más grande que podían.
A pesar del inconveniente del frío, pasaron unos días la mar de agradables, ya que en un par de ocasiones organizaron unas peleas de bolas de nieve, en las que siempre era Akio el que acababa fuera de combate. Al final, las condiciones atmosféricas empeoraron tanto que tuvieron que buscar un refugio permanente durante a estación fría.
Tuvieron suerte de encontrar una gran cueva, de un tamaño considerable, en la que se metieron a pasar esos días. Al ser de gran tamaño pudieron adecentarla un poco y colocar los sacos y demás para hacer que fuera un poco más hogareña.
Los días pasaron mientras que los dos jóvenes se las arreglaban para vivir entre la nieve. Tenían bastantes provisiones, pero aún así redondeaban la despensa cazando algunos animales que aún andaban por ahí, aunque tanto a Ayame como a Akio les daba repelús matar a esas capturas.
Por lo demás, la vida durante esos meses fue bastante tranquila, y, a pesar del intenso frío, agradable. Más de una vez se quedaron embobados viendo las detalladas pinturas de hombres con trajes negros y capas blancas luchando entre sí que había sido pintadas en el fondo de la caverna que ocupaban en esos momentos. Además, mataban el tiempo con un ajedrez que Akio había tenido la santa paciencia de tallar de unas ramas y una tabla de pizarra en la que rayó los cuadrados del tablero como buenamente pudo. A pesar de la tosquedad del juego, pasaron buenos ratos jugando entre ellos. A veces ganaba uno, a veces ganaba el otro, pero eran partidas reñidas.
Al final, unos meses después, la nieve empezó a desaparecer y empezó a llegar la primavera, la hermosa dama que… esto, si, saltándose el marco poético, que el tiempo mejoró. Las pesadas nieves invernales empezaron a desaparecer, siendo sustituida poco a poco por un manto de hierba verde.
Fue en esos momentos cuando lo dos jóvenes abandonaron la caverna y reanudaron el viaje. Poco a poco, el bosque de robles empezó a desaparecer, siendo sustituido por una enorme llanura, que se perdía más allá del horizonte.
Según avanzaba el tiempo y los kilómetros recorridos, la enorme llanura empezó a ser cubierta por la hierba, que, un tiempo después les llegó hasta la cintura. Y tal vez fuera por eso por lo que ocurrió lo que ocurrió.
Llevaban como dos semanas de viaje cuando se complicó el asunto. Ese día, los dos jóvenes habían establecido un pequeño campamento tras haber recorrido menos distancia de la que recorrían normalmente. ¿El motivo? Que se sentían un poco vagos y no tenían ganas de andar más. Por esa mima razón, Ayame estaba tumbada en el suelo mirando pasar las nubes, mientras que Akio estaba acabando de sazonar la comida. Metió una cuchara en la sopa y sopló el caldo que cogió y, acto seguido, probó la comida. Le pareció bien de sabor, así que apartó la cazuela del fuego para dejarla unos minutos más que se terminara de hacer de todo con el calor residual de la cacerola. Parecía que el haberse tenido que tragar las recetas del Arguiñano porque le gustaban a su madre había servido para algo.
Pero cuando dejó la cazuela fuera del fuego, de pronto se encontró con un arco cargado apuntándole directamente al cuello.
-Ups.- Poco a poco empezó a levantar las manos. ¿Cómo es que había pasado de estar imitando al Arguiñano a haberse metido en una de los indios de la Primera? ¿Pero quien carajos había cogido el mando y cambiado la tele?
Mientras tanto, Ayame miraba las nubes, tranquila, cuando de pronto una sombra le tapó la cara. Molesta, se giró, dispuesta a echarle la bronca a Akio, pero se dio cuenta de que los pinreles que estaban a su lado no eran los de su compañero precisamente. Desvió la vista hasta encontrarse con un joven que la apuntaba con una lanza.
-Mierda.- era una chica fina, pero no había otra forma de definirse en esa situación.
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Los 5 hombres que les habían atacado ataron a los chicos y, acto seguido, se comieron la sopa. Tras eso les vendaron los ojos y los hicieron andar un buen trecho. Para Akio era la repetición de una antigua pesadilla, ya que era lo mismo que cuando le atraparon los esclavistas. Pero por lo menos no sufrieron ningún tipo de maltrato. De todas formas, lo que mas les había llamado la atención a el y a Ayame era que esos hombres (denominados indios por falta de mas datos), era que no hacían prácticamente ningún ruido. Unos minutos después llegaron a una especie de campamento, porque se escuchaban ruidos de risas infantiles y de diversos trabajos manuales.
Al final les hicieron subir unas escaleras en las que, por falta de visión estuvieron a punto de caerse de boca los dos, y les metieron bajo techado, porque notaron que el sol ya no les llegaba con tanta fuerza como antes. Además, por los crujidos se podía deducir que estaban pisando una superficie de madera.
-¿Se puede saber que pasa?- Esta nueva voz era grave y rasposa, pero no exenta de una cierta amabilidad.
Los hombres que habían capturado a Akio y a Ayame se alejaron de ellos y empezaron a hablar con el hombre en una lengua desconocida para ellos, con un tono muy musical. Tras unos minutos, la conversación se detuvo y unos pasos se escucharon. Por el sonido, el que fuera que se había movido se había detenido delante de ellos y, acto seguido, se giró y le atizó a alguien algo que sonó como un buen capón. Acto seguro gruñó algo entre dientes y les dijo algo a los otros en voz alta.
Unos momentos después a los dos jóvenes les habían quitado la venda y las ligaduras. Delante de Akio estaban los hombres que le habían capturado y les habían manducado la cena, que estaban bastante cabizbajos y otro hombre, no muy joven pero si curtido, les miraba mientras lanzaba miradas de reproche a los otros hombres.
-Esto…- Empezó Akio, pero el hombre le interrumpió.
-Les ruego que nos disculpen.- Empezó el otro.- Lo que les ha pasado ha sido consecuencia de un malentendido.
-Pero bien que lo han aprovechado para zamparse nuestra comida.- Gruñó el chico entre dientes.
-Ejem. Mi nombre es Iyiniwok y soy el sachem de este pueblo.
-¿Saquen?- Preguntó Ayame, dudosa, dejando de taladrar con la mirada un momento a los otros "indios".
-Sachem. Puede decirse que soy el jefe de este poblado. ¿Y ustedes son…?
-Ayame.- La chica había decidido no volver a usar nunca el apellido de su familia. La avergonzaba estar emparentada con aquellas personas, aunque fuera solo por parte de padre.
-Shitotsu Akio.
-Entiendo. ¿Y puedo preguntar que pasó cuando se encontraron con los hombres de nuestro poblado?- Ante la interrogativa mirada de Ayame y de Akio, se encogió de hombros y habló.- Me gusta conocer todas las versiones de todos los asuntos que trato. Me permite ser más justo.
-Es muy sencillo. Somos viajeros que nos habíamos detenido a descansar y pasar la noche y ellos llegaron sin que nos diéramos cuenta, nos asaltaron, se zamparon nuestra comida y nos arrastraron hasta aquí.- Ayame había dejado la charla y seguía atravesando con la vista a los indios, que movían los pies, incómodos.
-Lo que yo pensaba.- El Sachem se encogió de hombros y les miró.- Pensaron que podríais ser invasores, pero…- Y les repasó con la vista.- Si os soy sincero, a pesar de que vayáis armados, no parecéis tener pinta de poder hacerle daño mas que a una mosca.-Se giró hacia los hombres y les dijo unas palabras en ese idioma que usó antes. Ante la mirada interrogante de los dos muchachos, aclaró lo que había dicho.- Les he ordenado que vayan a buscar vuestros enseres. Supongo que no os negaréis a un poco de hospitalidad por nuestra parte para compensar este malentendido.
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De esa forma, sin comerlo ni beberlo, se encontraron como los invitados de ese pueblo. La aldea no tenía nada que ver con las típicas de tipis que aparecían por la tele. Era una pequeña aldea de cabañas de madera, perfectamente hechas y con pinturas en el marco de las puertas. Decían que era una señal para que los espíritus de los antepasados, si volvían a este mundo, entraran en sus casas y los protegieran de los monstruos que vivían en el mas allá. Cuando Ayame les preguntó por ellos, dijeron que esos monstruos no tenían forma humana y cubrían su cuerpo con el color rojo de la sangre de sus víctimas. Y que llevaban una máscara para esconder sus bestiales rostros.
Por lo que decían, eran un pueblo nómada, que se movían a una nueva localización cada dos o tres años, según lo rica que fuera la zona en la que se establecían. Iyiniwok era actualmente el jefe del pueblo, aunque más bien era el moderador que se encargaba de que las cosas no se desmadraran en demasía.
Aunque como mucho, la población era de medio centenar de personas, entre hombres, mujeres, jóvenes y niños. E hicieron buenas migas con ellos. Ayame, que había vivido mucho tiempo apartada de la gente, estaba encantada de la vida por poder interactuar con todos ellos. Y Akio tres cuartas partes de lo mismo. Hacía tiempo que no había podido relacionarse con un grupo humano que no intentara matarle o hacerle la puñeta, y era un cambio agradable.
Y el tiempo pasó. Del día que pesaban quedarse acabó siendo un mes, dos… Y los dos jóvenes estaban encantados. Durante el día, ayudaban en todo lo que era necesario. En mas de una ocasión, el chaman del pueblo y Akio se enrollaron en larguísimas discusiones sobre el uso de las plantas, que hacían que todos los demás se alejaran con prudencia. Además, los dos chicos estaban aprendiendo el idioma del poblado. Ayame ya lo hablaba de una forma bastante fluida, pero Akio aún no le había cogido el truco, por lo que, cuando intentaba hablar, se escuchaban carcajadas en respuesta.
Las noches, en cambio, eran siempre una reunión en torno al fuego. Se charlaba, se reía, y se contaban historias. El Cuentacuentos era un tipo tremendamente alto, pero también muy delgadito (lo apodaban el bicho palo) que tenía un poco de voz de pito cuando hablaba normalmente. Pero, cuando se ponía el manto y empezaba a narrar, su voz, su misma cara cambiaba. Narraba…, no, contaba aventuras, romances de una forma tal que transmitía a los ensimismados oyentes emociones, luchas, heroicidades, vilezas… de tal forma que más parecía que estaban sintiendo y viendo la historia con sus propios ojos que escuchándola simplemente.
Había historias de rescates casi desesperados, de grandes combates y de romances casi imposibles. De todas formas, había una historia, que no sabía porque razón, se le había quedado clavada en la memoria a Akio. Tal ves porque fue la primera que contó, tal vez porque despertó un sentimiento extraño en el chico, tal vez porque le recordaba mucho a otras leyendas que el había escuchado, pero se le marcó en la mente.
-"Hace muchas eras, tan atrás que el mismo tiempo era joven, el Gran Espíritu, observó el mundo. Los hombres y los animales crecían, pero no estaba contento solo con eso. Debido a que el no podía interactuar con esas criaturas y quería regalarles sus conocimientos, envió a un grupo de elegidos para que fueran a llevar la cultura y el saber por sus tierras."
El narrador extendió su mano al aire, como señalando al mundo y a sus habitantes.
-"Bajo su sabia supervisión la civilización floreció. Su fuerza simpar y sus conocimientos permitieron que el mundo empezara a avanzar, haciendo crecer la fuerza y el ingenio humano. Alguno de ellos regresaron con el Gran Espíritu según acababan su cometido. Pero…"- Con solo una palabra, el ambiente pareció enfriarse varios grados en un instante.- "No todo iba bien. Uno de esos enviados… traicionó su misión. Huyó al mundo de los monstruos enmascarados y se erigió en su señor. Como el único ser al que obedecieron por su gran fuerza. Pero, al temer las represalias del Gran Espíritu, creó una inmensa tumba de hielo y se sepultó allí, esperando su momento."
El manto y la capucha que se había puesto realzaban las sombras de su cara, dándole un aspecto realmente siniestro del que normalmente carecía.
-"El compasivo Espíritu Supremo pronosticó que el rebelde se levantaría de nuevo algún día (en ese momento Ayame susurró que se tendría habría agarrado un buen trancazo por el frío, lo que provocó algunas risas). Pero no solo eso. Un día, un ejército tan inmenso que a su lado parecerán pocas las hojas caídas de los árboles en otoño llegará del norte, y habrá que asegurarse de que nos mantengamos unidos o todo será barrido a su paso. Esas fueron sus palabras.
A Akio, no se sabía porque, eso se le quedó marcado a fuego en la memoria. De todas formas, a pesar de su escasa formación en mitología nordica, esa leyenda le recordaba mucho a la leyenda del Ragnarok, la última batalla de los dioses. Aunque, por otro lado, lo del rebelde era bastante similar a lo de Lucifer de la mitología cristiana.
Por lo demás, la vida siguió así unas semanas. Hasta que tuvieron que partir. Era el momento de que tanto los chicos como el propio pueblo se movieran. Como eran nómadas, los habitantes del poblado habían decidido volver a moverse. Y esa fue también la señal para que Ayame y Akio reanudaran su viaje.
La despedida fue muy cálida. La noche anterior se había organizado una gran fiesta y, hasta el normalmente reticente Akio había participado con todas sus ganas. Y pasaron horas despidiéndose. A la mañana siguiente, Iyiniwok, en el nombre de los suyos, fue el que se despidió de ellos.
-Ha sido un placer conoceros. A los dos. Hemos tenido muy pocos invitados tan agradables como nosotros. Así que…- Rebuscó en una bolsa que tenía colgada al costado y sacó un par de cinturones de conchas.- A esto le llamamos wampum, y es un regalo. Aunque no es solo eso. Con esto, os estamos entregando nuestra confianza, que, como sabéis, para nosotros lo es todo. Y, si volvemos a encontrarnos, seréis bienvenidos siempre.- Murmullos de asentimiento surgieron de los que estaban contemplando la escena. –Y… Solo una cosa mas.- Dijo el sachem cuando ambos muchachos tenían los cintos en las manos.- Akio. Tu espíritu guardián está despertando. Pero ten en cuenta una cosa. Por mucha sabiduría que tengan los demás, si quieres desarrollar toda vuestra fuerza, tendrás que escucharte mas a ti mismo que a los demás.- Akio había puesto cara de besugo ante este inesperada alocución del jefe. No se había enterado de nada, pero tampoco quería hablar y meter la pata.- Parece que no me has entendido…- Iyiniwok se encogió de hombros.- Si te soy sincero, tampoco yo lo entiendo. El Cuentacuentos me pidió que te dijera esto y que no te preocuparas si no lo entendías. Dijo que ya lo harías.- Y con una señal, los nómadas empezaron a moverse. La separación había empezado.
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Por lo demás, el viaje de los dos jóvenes, tras separarse de sus amigos, continuó durante unos meses sin ningún tipo de acontecimiento importante. Lluvias, granizo… lo de siempre.
Los dos jóvenes echaban mucho de menos a los que habían sido sus vecinos durante los meses anteriores, pero eso era el pasado. Akio tenía una personalidad bastante práctica y, aunque la mano se le iba muy a menudo a acariciar el cinturón de conchas que le habían regalado, no hizo ningún comentario más sobre ese asunto. Ayame, en cambio, se lo tomó un poco peor, pero, entendiendo el silencio de su compañero, tampoco hizo comentarios.
Ella había vivido sus primeros años con su madre, hasta que un día, un montón de hombres habían entrado en su casa a la fuerza y la habían arrastrado de allí. Su madre intentó resistirse, pero la derribaron de una bofetada. Ayame lloró y lloró durante días, pero no cambió nada. En todo caso, mas azotes.
Un par de años después, se enteró de que su madre había muerto. Cuando intentó conseguir que le dejaran estar en su funeral, solo consiguió recibir tal paliza que casi se murió.
Y eso había sido su mundo. Por lo menos hasta que el cabezota de Akio entró en el y lo demolió con su cabezonería y sus planes gamberros. Y aunque estaba encantada de estar donde estaba, no menos cierto era que durante toda su vida había querido un poco más de contacto con las personas.
Todas esas dudas acabaron un día de pronto. Tras terminar de trepar una montaña al fin, encontraron lo que había sido su meta hasta ese momento. Lo primero que se veía era una gran concentración de casas, mucho mayor de la que cualquiera de ellos había visto en ese mundo, aunque a Akio no le sorprendió tanto. Pero lo que si le sorprendió fue lo que venía después.
¿Por qué? Porque esas casas estaban rodeando una gigantesca ciudadela. Estaba rodeada por una muralla de gran tamaño, que la rodeaba totalmente. Y las casas de dentro eran muy distintas a las de afuera. El suelo estaba adoquinado y aquí y allá se localizaban enormes construcciones. Algunas eran habían sido construidas para se funcionales, pero otras tenían una misión obviamente ostentosa. Tras años viendo solo piedras, árboles y casas mal construidas, esa construcción les sorprendía más que otra cosa. Parecía que los datos que había obtenido Akio de Kaoru eran ciertos, después de todo.
-Parece que hemos llegado…
-Si, eso parece.
Los dos jóvenes tenían muchos sueños e ilusiones. ¿Sería ese el lugar donde podrían empezar a ser ellos mismos por lo menos, o todo sería solo para que aplastaran definitivamente sus esperanzas?
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Supongo que esto podría decirse que es una despedida. Aquí acaba un capítulo de la historia de Akio, al igual que uno de mis proyectos mas apreciados. Pero, como el mismo título de este capítulo dice, esto no es más que un punto y aparte. Un me voy pero volveré. Pero, mientras tanto, quiero agradecer a todos aquellos que han comentado o dejado un review por su interés. Y también a todos aquellos que han leído hasta aquí. Muchas gracias. Y, sinceramente, la próxima vez que vuelva, espero que sigáis disfrutando con lo que escribo.
Sinceramente suyo:
Eratia
