Capítulo 9

Sentado en la terraza de su amplio y cómodo apartamento con vista al patio del Arsenal de Venecia, el general Guerini terminó sin prisa su desayuno. Tenía un estado de ánimo jovial. Su esposa y sus dos hijos más jóvenes se habían ido el día anterior a visitar a la familia materna, y estaba contento por las dos semanas de paz que tendría a su disposición. Sin importar cuantas insignias tuviera, su autoridad lamentablemente finalizaba tan pronto como cruzaba el umbral del hogar, en donde el mando era ejercido por quien había sido tan bonita y dulce alguna vez, su amada esposa. Cuando la había conocido veinte años atrás, solo había mostrado algunos pocos casos de un estado de ánimo irritable, y sus momentos de histeria no le molestaban, ya que había sido deslumbrado por su belleza: su pelo largo que descendía como una cascada por su espalda, sus grandes ojos negros que le había atravesado el corazón, los labios rojos, como cerezas que le sonreían. Pero ahora que el tiempo había pasado, su cintura había aumentado, así como su mal temperamento, y sus rasgos encantadores habían sido reemplazados por una mueca como sonrisa, por lo que había llegado a lamentar que la Gran Guerra hubiera terminado, ya que no tenía que salir al frente. ¡No había luchado con furia, pero al menos allí tuvo paz!

Saboreando este momento de tranquilidad, tomaba su taza de café humeante. Era una hermosa mañana de julio, y la programación del día mostraba que sería tranquilo, y con un poco de suerte, podría tal vez darse una escapada por unas pocas horas, para ir a pescar en un pequeño arroyo que pocas personas conocía, al otro lado de la laguna. Entrecerró los ojos con satisfacción con esta perspectiva tomó su último sorbo de café. Estaba a punto de poner su taza en el platillo cuando un oficial vino a informarle que un cierto conde Contarini quería reunirse con él y que estaba esperándolo al frente de la Puerta Magna del edificio (1).

- Ese hombre le ha hecho demasiada compañía a los leones (2) !Date prisa y tráelo aquí! ¡Es un amigo! – dijo el general, empujando su silla.

Habían pasado años desde que no se veían. Se conocieron durante los juegos de póquer, lo que le recordaba algunas grandes derrotas que había tenido. El conde era un gran compañero de juegos... si no perdía, daba a veces lugar a peleas memorables entre los jugadores. Con el tiempo y las ocupaciones de cada uno, se fueron espaciando estas reuniones nocturnas y finalmente habían perdido el contacto. El general tenía mucha curiosidad por saber el motivo de esta visita inesperada, pero no tuvo tiempo de preguntarle porque tan pronto como entró en la oficina el visitante exclamó al verlo:

- ¡Alfonso!, ¡Necesito de tu ayuda!

(1) La Puerta Magna del arsenal de Venecia (Venecia: Porta da tera) representa el acceso peatonal al complejo militar-industrial del arsenal.

(2) Los leones del Arsenal, son estatuas de la Grecia antigua, capturados como botín de guerra en el siglo XVII, y que están situados a cada lado de la puerta.


Albert miró la alarma del reloj y no podía creer lo que veía. ¡Eran las dos de la mañana! ¿Quién lo sacaba de su sueño a esa hora?

- ¡Lo siento, señor! - Dijo su mayordomo con mucha vergüenza - ¡Pero este hombre insiste en que usted reciba esta información de manera personal!

- ¡Dile que espere, Oscar! ¡Voy a bajar enseguida! – Dijo Albert molesto, yendo a ponerse su bata de dormir. ¿Qué era tan urgente para sacarlo de la cama en plena madrugada?

Su sorpresa fue aún mayor cuando se dio cuenta de que era un militar quien lo estaba esperando en la entrada de su casa. Este último saludó Albert mientras se quitaba la gorra de la Armada.

- Oficial Wilson Smith de la Estación Naval del Gran Lago, señor. Perdone mi intromisión, pero tengo la orden de entregarle un mensaje urgente proveniente de Italia.

- ¿De Italia? – Preguntó Albert al mirar el trozo de papel que le entregaba. Era un telegrama.

"Para el Señor William Albert Andrew,

Rumores de matrimonio de la señorita Candice White Andrew con el señor Capwell.

De viaje de luna de miel en Venecia. Por favor confirmar.

Periodista del New York Post investigando.

Terrence Grandchester se enteró y después desapareció.

Firmado por el Conde Contarini, vía El Arsenal de Venecia, Italia"

Bajo la influencia de la emoción, la mano de Albert empezó a temblar. Dirigió una gran mirada al oficial, mezclada con incredulidad, quien le dijo:

- Mi misión es ayudarle a transmitir la respuesta...

Con eso, se dirigió hasta el jardín, protegido en la oscuridad por una hilera de lámparas dispuestas a su alrededor. Con la cabeza le mostró discretamente una furgoneta aparcada detrás de él, con las puertas traseras abiertas y a la izquierda percibió a un soldado equipado con auriculares, delante de una máquina de telégrafo.

-¡Yo... no lo entiendo! - Murmuró Albert - ¿Por qué el ejército?

- Debido a que obviamente, la persona que desea ponerse en contacto con usted tiene excelentes relaciones, y no pierde el tiempo. A través de nuestra red de comunicaciones, podemos intercambiar telegramas de un lado al otro del océano, y esto en unas pocas horas, lo que le tardaría un día a la red civil.

- En este caso - dijo Albert, quien había recuperado la conciencia, pero con su voz daba a entender que tenía problemas para controlar la ira - ¡Usted dígale a este caballero que esto es sólo una enorme BROMA!

El radio operador ya estaba tecleando, con pequeños sonidos metálicos, en su pequeña máquina. Y Albert continuó de manera autoritaria.

- Añada que mi hija en realidad está de viaje en Venecia, ¡Pero con su amiga Patricia O'Brien! ¡Dígale que haga todo lo posible por encontrar al señor Grandchester! Por lo demás, voy a llamar a mi asistente en quien usted puede confiar, porque tengo un asunto urgente que resolver.

- ¿Co...? ¿Cómo? Pero, ¿a dónde va? - Gimió el oficial, quien vio que su misión tomaba un giro inesperado.

Albert ya había puesto un pie en los escalones, y sin mirar hacia atrás, gritó con un tono amargo e irónico:

- ¡A conocer al periodista del New York Post...!


Media hora después, Albert estaba sentado en su auto deportivo, una pequeña maravilla francesa, Panhard Levasson de 35 caballos de fuerza. Éstaba contento con su adquisición, que había considerado un sueño en ese momento, pero le daría un buen servicio en la actualidad. Con una velocidad máxima de 220 km / h, esperaba llegar a Nueva York antes del final del día. Puso en marcha el motor de esta pequeña bola de fuego y escuchó el zumbido violento bajo el capó. Dejó escapar un grito de admiración por la fuerza mecánica y pulsó varias veces el acelerador. En cuestión de segundos el garaje se encontró envuelto en una nube de gas maloliente. Se ajustó las gafas y desapareció haciendo ruido en el callejón oscuro. El camino sería largo, pero tendría bastante tiempo para pensar en el tratamiento que le iba a infligir al fabricante de chismes, oculto bajo una identificación de la prensa, así como a su informante... Él no se dejaba engañar y no podía ignorar que esa ignominia tenía la firma de un alma traicionera que conocía muy bien: su amada sobrina Elisa... ¡Le había llegado la hora de entrar al purgatorio y ella iba a experimentar su tormento!

Enojado, con toda la excitación de sus reflexiones, puso su pie en el acelerador, cruzando a toda velocidad parte de la ciudad, con sus habitantes aún durmiendo.

- Al menos, podré llegar a Nueva York antes de lo esperado, dijo, disfrutando de ir a tal velocidad.

En la mañana el cartero entregó en las manos de Georges, el telegrama de Candy enviado desde Verona...


El tren llegó a la estación de Verona a media mañana. Todo el grupo se bajó en medio de abucheos. Se componía en gran parte de actores jóvenes que, por su impetuosidad relacionada con la frescura de su edad, se agitaban con mucha facilidad. Esto ponía muy nervioso al director, quien se enojaba rápidamente, pero no le hacían mucho caso, acostumbrados a su estado de ánimo explosivo, por lo que a veces incluso lo provocaban, riendo por su reacción. Se convertía en un juego en el que él amaba participar, sin ninguna ingenuidad. Ellos eran sus "sus hijos" y estaba fuertemente ligado a ellos. Eran en su mayoría jóvenes desilusionados, a los que les había demostrado que había otra vida, más emocionante y embriagadora para el alma, la del teatro. La integración de cada nuevo miembro al grupo siempre generaba en él una gran emoción, al ver como operaba en ellos la transformación: con su paso de la desilusión al encantamiento, de la lasitud al entusiasmo, y el cambio de una cara triste a una llena de luz. Esa era su recompensa, de una riqueza insustituible, con los que compartían la misma pasión y que se convertirían en seres de luz durante unas pocas horas...

El reconocía que Terry era de ese calibre. Sin embargo, lamentaba que los años no habían sido capaces de alejar esas sombras con las que vivía, las que ya había detectado cuando lo conoció en la compañía Stratford, y que lo seguían persiguiendo en la actualidad. Se preguntaba sobre el origen de este íntimo sufrimiento que dejaba a su amigo perdido en sus pensamientos, aislado del mundo que le rodeaba. Sospechaba que la causa era una violencia devastadora, cuyo ataque hacía que se hundiera en una profunda aflicción y que le roía el corazón como una lepra interiormente. Esto se llamaba amor... y un profundo sentimiento de impotencia se apoderó de él...


- Y entonces, señorita O'Brien, ¿cómo se siente hoy?

Patty sonrió sin levantar la vista de inmediato, reconociendo sin dificultad aquella voz, que poco a poco se había vuelto más familiar. A ella le gustaba la forma en que pronunciaba su nombre, ese gorgojeo de su garganta, como una dulce melodía.

- Por favor, doctor, llámeme Patricia – dijo envalentonándose, pero a su vez con rubor.

- Pa-tri-cia... - susurró subrayando cada sílaba - En estas circunstancias, me encantaría que me llamara... Alessandro

Él se sentó en el borde de la cama, con la cabeza inclinada ligeramente hacia un lado. La mirada elocuente que le obsequió la puso a temblar. A él le gustaba la forma como ella perdía el control cada vez que la miraba, y esa energía que desarrollaba para recuperar la compostura. Esa fragilidad y fuerza que ella emanaba despertaba su curiosidad.

Ocultando el fuego bajo el hielo, pensó él, tratando de capturar lo que ella tenía en el fondo de sus pensamientos. Mientras que ella miraba hacia abajo.

- Alessandro A... ... – murmuró ella, con fuego en las mejillas, tratando en vano de ocultar su confusión - Para responder a tu pregunta anterior, te puedo decir que estoy bien.

- Me alegra. Pero dime, ¿has dormido bien?

- Sí, gracias.

- ¿Cansada?

Ella sacudió negativamente la cabeza.

-¡Bueno! Creo que podemos entonces tratar de tomar algunas otras medidas. Caminar te ayudará a ganar fuerza.

Ante la mirada dudosa que ella le dio a cambio, continuó con voz tranquilizadora.

- No te preocupes, Patricia, estaré cerca de ti...

Él le quitó las sábanas que cubrían sus piernas y ella dio gracias a Dios por haberse cambiado el camisón, después de su aseo matutino. Hubiera preferido tener mejor un vestido frente del hombre que le hacía latir tan fuerte el corazón, tan pronto como ponía sus ojos en ella. Se dirigió hacia el borde de la cama y puso un pie en el suelo, y luego los dos. Él le tendió la mano y ella se agarró fuertemente a él para asegurarse. Caminó ligeramente curvada, debido a la cicatriz que le tiraba ligeramente la piel. Pero aún así el dolor era soportable. De todos modos, tan pronto como el atractivo italiano estaba en la habitación, ella perdía el control, olvidando incluso su nombre. Algunas suturas no la iban a distraer de sus más secretos pensamientos…

- ¡Muy bien Patricia! – le dijo mientras caminaba dando pequeños pasos en la habitación - ¡Lo estás haciendo excelente!

Patty dio un suspiro de alivio y siguió a su propio ritmo con un poco más de confianza. Pero, de repente, sus piernas todavía débiles perdieron fuerza y cayó en los brazos del médico que la sostuvo en su caída.

- ¿Estás bien, Patricia? - Preguntó, con un velo de preocupación en su voz.

Ella asintió con la cabeza, y con la cara avergonzada se recostó sobre su pecho. Podía oír el latido regular de su corazón, sentir los movimientos de su respiración serena en su mejilla. Olía a una exquisita colonia, y a un irresistible aroma de almizcle... ¡Por Dios!

Cuando ella se echó para atrás, roborizada y temblorosa, se dio cuenta de que él la miraba con una sonrisa maliciosa.

- ¿Estás segura? – le dijo, lanzándole una mirada coqueta, que la atravesó completamente. Y como ella permaneció paralizada frente a él, con la boca abierta, el tomó sus manos entre las suyas y le dijo:

- Patricia, Qué dirías tú si…

Pero la irrupción repentina de Candy en la habitación lo interrumpió abruptamente.

- ¿Que está pasando aqui? - Exclamó ella, horrorizada, al descubrir a su amiga en los brazos del médico. Por el efecto de la sorpresa, había dejado caer el paquete de cartas que había traído del club para distraerla.

¡Dios mío! ¡Aquí estamos! ¡Con el Casanova tomando la ofensiva!

-Alessandro… En fin, el doctro Biazini me estaba haciendo caminar… - respondió Patricia, alejándose de él, roja por la confusión.

- ¡Y lo ha hecho muy bien!, ¡Se recupera a la perfección! – añadió él, como si nada hubiera pasado.

¡Lo veo muy bien!

ÉL Miró hacia abajo, tratando de evitar la mirada sospechosa de Candy, quien se había apresurado a acompañar a su amiga hasta la cama. Un pesado silencio reinaba en la habitación, lo que se sentía cada vez más incómodo, hasta que finalmente él exclamó, poniendo sus brazos casualmente contra sus muslos:

- Bueno... Las dejaré señoritas. Otros pacientes me esperan...

¡Sí seguro! ¡Huye!

- Volveré esta noche, señorita O'Brien, como de costumbre...

- Hasta la noche, doctor – respondió Patty con una voz apenas audible, mientras lo miraba por el rabillo del ojo.

Ante el equívoco comportamiento de su amiga, Candy movió sus ojos, con un suspiro de consternación.

Vuelvo en cinco minutos – dijo Candy, levantando su dedo índice en dirección a él, como para indicar que ella no había terminado, y se fue por el pasillo en busca del verdugo de corazones trans-alpinos. Por supuesto, ya no estaba allí, y le tomó su tiempo encontrar la habitación del paciente en el que estaba, al otro extremo del pasillo. Cuando la vio delante de la puerta fingió sorpresa y preguntó:

- ¿Señorita Andrew?, ¿Todo está bien con la señorita O'Brien?

- ¡Es la pregunta que quería hacerle! dijo Candy con frialdad - ¿Tiene usted un momento, por favor?

- Lo siento, pero como ve, visito a mis pacientes. No tengo tiempo…

- Puedo esperar. Será sólo un momento.

Ante la obstinación que él mostraba para no cumplir su petición, ella replicó de manera fulminante:

- ¡No me molestaría discutir este caso aquí, si lo prefiere!, ¡Ganaríamos tiempo!...

Por toda respuesta él dio dos pasos en su dirección y la condujo hablándole de manera exasperada en su oído:

- ¡De acuerdo, de acuerdo! Permítame terminar con este paciente, y me reuniré con usted en mi oficina.

- No me haga esperar demasiado tiempo doctor Biazini. De lo contrario, lo voy a buscar...

El médico dio la vuelta y se hizo el sordo, reuniéndose con su paciente. Candy, según lo acordado, fue a sentarse en su despacho para esperarlo. Pasaron cinco minutos, luego diez... ¡Y no aparecía ningún médico Biazini en el horizonte!... Fue sólo después de un cuarto de hora que apareció, con un paso decisivo y con una abierta intención de no dejarse intimidar. Candy consiguió hacerle frente.

- ¡Aquí estoy, señorita Andrew! - Dijo, teniendo cuidado de cerrar la puerta detrás de él - ¿Qué es tan importante para que usted venga a molestarme mientras estoy trabajando?

- Usted sabe muy bien, doctor - replicó Candy con firmeza - Ella es mi amiga, la señorita O'Brien...

Él hizo una mueca irónica que irritó más a la bella joven estadounidense.

- ¡No se haga el inocente!, ¡Intenta seducir a mi amiga y debe estar avergonzado de su comportamiento!

- ¿Avergonzado?

- ¡Sí, es una vergüenza! No sé cómo es en este país, pero en el mío, ¡Está prohibido! Ella es su paciente, usted es su médico. ¡Usted abusa de su debilidad!

- ¿De su debilidad, Ha dicho?

- ¡Exactamente! La señorita O'Brien está saliendo de una experiencia muy dolorosa. Todavía está muy frágil y no quiero...

- ¿Qué no quiere?

- ¡Que le rompa el corazón!, ¡Eso es todo!

- ¿Esa es la opinión que tiene de mí, señorita Andrew?, ¿La de un seductor sin escrúpulos?...

- ¡En efecto, doctor! – Respondió ella, insistiendo en su título, para recordarle la situación delicada en la que se encontraba.

- ¿Me puede dar las razones de una sentencia tan dura?

- ¿Las razones? ¿Usted quiere las razones? Usted, su doctor, le ofrece flores, la mira lánguidamente, la visita más a menudo de lo habitual, ¡Y la encontré hoy en sus brazos! ¿No es suficiente para hacerme dudar de la sinceridad de sus intenciones?

Él la miró por un momento, como si estuviera reflexionando y después respondió con una cierta arrogancia.

- En resumen, si yo no fuera un médico, usted no vería ningún problema...

- No es… No es tan simple – tartamudeó Candy, desconcertado - Usted la conoce solo hace tres días. Creo que se está apresuranado...

- No creo que con ofrecerle flores haya dañado su virtud...

- ¡Tal vez no, pero sí juega con sus sentimientos!

- Al escucharla, pareciera que ella no merece que yo pudiera interesarme en ella...

- ¡No quiero decir eso! Me...

- Por el contrario, y esta vez es usted, señorita Andrew, quien debería tener vergüenza de pensar de esa forma sobre su amiga: "su buena y única amiga siempre estará disponible para usted" Es tranquilizador, ¿verdad?

- ¡No le permito que diga eso!, ¡Es ofensivo!

- ¿Ofensivo para quién? ¿Para ella o para usted? Veo lo que le molesta. Usted tiene miedo de perderla, perderla con un extraño, un médico más o menos atractivo que tiene la audacia de estar interesado en ella. Usted tiene miedo de encontrarse sola y ser señalada como la que está aún soltera. Explíqueme también un misterio para mí. ¿Cómo es posible que una chica tan bonita como usted no está casada todavía?

Los ojos de Candy se abrieron con estupor. Ella bajó la cabeza para evitar la mirada escrutadora de su interlocutor, y murmuró:

- ¡Eso no le importa!

- ¿Ha estado usted al menos alguna vez enamorada?

¡Oh, por Dios, sí! ¡Y cada vez he pagado el precio por eso…!

- Por su silencio adivino que es un tema muy doloroso de evocar por usted. Quizás porque usted ha amado a un hombre que no la ama, o quizás porque está casado…

Por toda respuesta, ella sacudió la cabeza negándolo.

- Bien, su situación parece ser bastante compleja, y no voy a ser yo quien la juzgue. Pero por mi parte, en lo que respecta a la señorita O'Brien, déjeme decirle que no voy a dejar que nadie me diga cuál debe ser mi comportamiento, ya que es el de un hombre de bien, incluso si usted lo duda.

Candy se cruzó de brazos, con una mueca irónica. Él continuó, frunciendo las cejas con irritación:

- ¿Ha ido usted al frente, señorita Andrew? No hay nada peor que la guerra para que se entienda lo que es importante en la vida. Después de todos esos horrores experimentados, ya no se pierde el tiempo en pensamientos inútiles, ni se intenta pensar en los convencionalismos de lo que se esconde detrás de las acciones, "señorita" ¡No se requiere esperar una hora, tres días o un mes para saber que se está interesado en la persona que se observa! No se actúa timidamente porque sabemos que todo puede acabarse en un segundo. ¡Créame, le cerré los ojos a cientos de jóvenes que les hubiera gustado practicar lo que le digo desde mi punto de vista!...

- Su argumentación es convincente, pero no justifica que tenga mi consentimiento.

- ¡Eso no es lo que le pido! Solo le pido que deje a un lado sus ideas preconcebidas y deje que le muestre la profundidad de mis sentimientos por la señorita O'Brien. Puede que no siga sus reglas, pero son sinceros, desde el primer momento que sus de ojos color avellana se encontraron con los míos...

En ese momento Candy dejó de cruzar los brazos, quedándose inmóvil y sin palabras. Lo que había dicho el doctor daba vueltas en su cabeza, y la había dejado confundida. En su interior le gustaba la forma en que se le había enfrentado, defendiendo su honor, que ella injustamente había puesto a prueba. Podría ser que ella estaba protegiendo demasiado a Patty. Después de todo tenía que dar un paso atrás respecto de todo esto…

- ¿Entonces? – exclamó, encantado con hacerla sobresaltar, mientras estaba sumida en sus pensamientos.

- ¿Disculpe?...

- Entonces, señorita Andrew, ¿Me permite cortejar a la señorita O'Brien?


-¡Y bueno, creo que todo está en regla! – Exclamó Giuseppe Russo, el director del Banco Popular de Verona, mientras que Terry terminaba de firmar la última formalidad. Este último se sintió aliviado. Pensó que habría sido más complicado obtener un préstamo en un banco extranjero, pero era obvio que el nombre y el cargo que llevaba habían facilitado la transacción.

- ¿Cuándo cree que la transferencia de dinero de mi cuenta de Inglaterra hacia ésta será efectiva?

- En pocos días, señor Grandchester. Pero no se preocupe. Podemos servirle en lo que desee entre tanto.

El banquero le entregó un fajo de billetes y un papel con el número de su cuenta bancaria.

Aquí está su número de cuenta de aquí. Puede venir a retirar otras cantidades siempre que lo desee.

- Muchas gracias. Es muy amable de su parte haber accedido a mi petición.

El banquero respondió de manera tímida al comentario de Terry, agitando su mano.

- ¡Tss, Tss! Señor Grandchester. No todos los días tenemos entre nuestros clientes a una estrella de América, ¡Y que por otra parte pertenece a una de las familias más importantes de Inglaterra!

El joven asintió en silencio, con vergüenza. Este tipo de comportamiento obsequioso, en donde se perdía dentro del árbol genealógico de la familia siempre le había sido incómodo. Pero tenía que admitir que para lo que requería hacer hoy le había sido muy útil, obteniendo la confianza del banquero y el dinero en efectivo. Había gastado todo lo que tenía en el boleto del tren, y necesitaba algo de dinero para cumplir con algunas de sus necesidades básicas: búsqueda vivienda, ropa, alimentación y tal vez saciar su apetito, si volvía a él...

- ¿Le puedo ayudar en alguna otra cosa señor Grandchester?

El actor lo pensó por un momento y respondió:

- Sí de hecho usted podría ayudarme.

Con los codos apoyados sobre su escritorio, las manos juntas, y con ojos de satisfacción medio cerrados, el director adoptó una postura de escuchar atentamente.

- Verá. Como bien sabe, acabo de llegar a la ciudad y tengo que acomodarme. No quiero un hotel. Me gustaría encontrar un lugar que no esté demasiado lejos del centro de la ciudad, en una zona tranquila, un lugar tranquilo donde pueda descansar. ¿Me podría dar una dirección en donde pueda obtener esta información?

- No será necesario, señor Grandchester, porque tengo lo que necesita.

Ante la mirada interrogante de su cliente, el banquero siguió hablando, con una sonrisa de triunfo en los labios.

¡No hay duda de que no puede permanecer en cualquier lugar! Resulta que tengo una pequeña casa junto al río. Para ser más preciso, es la casa de mi madre, pero ella se fue a la montaña para seguir un tratamiento, porque no puede soportar el calor en el verano. Realmente me sentiría muy honrado si acepta alojarse allí... ¿Por cuánto tiempo se quedará?...

- Es que... no me atrevo a aceptar...

- Esta es una casa muy confortable, con una preciosa vista al rio Adigio. El escenario perfecto para relajarse entre las dos presentaciones.

- Escuche... ¡Permítame, por lo menos, pagar por los gastos!

- ¡Considérese mi invitado, señor Grandchester! Mi madre me partiría en dos si se entera que dejé en la "calle" a un gran actor shakespeareano. ¡Es su autor favorito!

- ¿En serio?

- En serio... Ella enseñó literatura inglesa durante cuarenta años. ¡Yo sé de lo que hablo!

Él había elevado la mirada al cielo, riéndose. Terry lo encontró divertido. No estaba seguro de que su interlocutor compartiera esa pasión maternal, que seguro se le había impuesto diariamente en su juventud. Pero le pareció que por el sonido de su voz lo recordaba con cierta ternura. Se inclinó hacia un lado para buscar algo en un cajón. Sacó un manojo de llaves y se lo entregó a Terry.

- Mire, aquí están las llaves de la casa. No está lejos de aquí, en el otro lado del puente nuevo, cerca del anfiteatro. La casa se llama "casa de ardillas" en referencia a mi hermano y a mí, quienes pasábamos nuestro tiempo en los árboles cuando éramos niños.

- Yo... estoy confundido... No sé cómo puedo darle las gracias - Terry tartamudeó, recibiéndolas.

- ¡Sólo envíeme algunas invitaciones para la presentación!

- ¡Los mejores asientos! - Terry exclamó con una franca sonrisa.

- ¡Seguro! ¡Jajaja! - Dijo el banquero dándole un apretón de mano a Terry, quien se la estrechó calurosamente. Este último se inclinó por última vez y se dirigió hacia la puerta. Pero cuando salía de la oficina, el director se dirigió a él y le dijo.

- Oh, señor Grandchester. Tendrá como vecinos a los Cavaletto, gente muy agradable. Ellos ayudan a mi madre en el mantenimiento de la casa. Rosa, la mujer preparará su habitación antes de su llegada. También se encargará de la limpieza y las comidas durante su estancia. ¡Es una excelente cocinera!

- ¡No puedo esperar a conocerla! – mintió Terry, pues no podía tragar nada.

- ¿Tiene otra cosa que hacer antes de llegar allí?

- Sí, me gustaría comprar algo de ropa.

- En este caso, vaya donde Vincenzo. ¡Él lo tratará como un príncipe!

Le escribió la dirección en un trozo de papel.

- Está a dos calles de aquí.

- ¡Definitivamente yo voy a creer que usted es mi ángel de la guarda! – Dijo Terry riendo, y tomando el papel.

- ¡Bueno, quién sabe!, ¡En un país tan creyente como Italia, no sería sorprendente!

Terry se rio y le dio las gracias por última vez. Los dos hombres se separaron en la puerta del banco, entonces el joven se fue a la tienda de Vincenzo. Giuseppe Russo no le había mentido. ¡Un príncipe no habría sido mejor servido! Le gustó la moda italiana que era más creativa que la de los elegantes dandis británicos. Así vestido, se miraba en el espejo, el que le envió la imagen de un hombre joven, sin duda muy atractivo, pero la barba y la tez pálida acentúaba el brillo febril de sus ojos. Sacudió la cabeza para borrar la imagen que le recordaba toda la miseria de su existencia, y regresó al vestidor. Su elección recayó en un traje formal nuevo, dos trajes más informales, y la ropa interior. ¡Estaba ansioso por cambiar! El comerciante conocía la casa de la señora Russo, quien a veces llegaba al local para comprar una nueva corbata o camisa, como regalo de cumpleaños para su amado hijo, y se ofreció a hacerle llegar las compras. Terry estuvo de acuerdo. No tenía ni idea de la distancia a casa de "las ardillas" y no quería cargar cosas innecesariamente.

Llegó a la casa media hora más tarde. El cruce de la antigua ciudad le había parecido muy agradable, a pesar del calor de la tarde. En su ruta, mientras caminaba a lo largo de la orilla izquierda del río, se cruzó con dos hombres en mangas de camisa y pantalones de lino, sentados a la sombra de un árbol, comiéndo un refrigerio. Los caballos que utilizaban para trabajar estaban pastando tranquilamente al lado de ellos, antes de reanudar su trabajo y empezar a tirar de los troncos que estaban en una barcaza cargada, anclada frente a ellos en la orilla del agua. Terry les había hecho una señal discreta con la mano y había continuado su camino. Los barcos que transportan mercancías subían por el río y también le recordaban a un visitante como él, que Verona no era una ciudad turística, pero una ciudad comercial, y así lo había sido desde la antigüedad. En este nuevo entorno, se sintió un poco desorientado. Horas antes, estaba dirigiéndose en un tren para su casa, y en la actualidad estaba a punto de interpretar el papel que había transformado su vida.

Al final del camino, apenas se podía divisar el techo de la casa de Russo, medio oculta por una valla de unos dos metros de altura, que tenía que sobrepasar para ver una vieja puerta de hierro. Esta estaba entreabierta. Terry empujó la puerta que crujía sobre sus goznes. Ante él, pudo observar un camino de grava que cruzaba un jardín con hierba, árboles, arbustos y flores silvestres.

- ¡Nada mal para ser una "pequeña" casa! – Se dijo Terry caminando hacia la entrada.

El edificio con estilo del siglo XIX, le estaba esperando al fondo del jardín, bajo la sombra de un árbol de lima magnífico. Tuvo la impresión de que la fachada de piedra moteada iluminada por los rayos de sol, se inclinaba para recibirlo, y lo observaba a través de las persianas, con complacencia. Giró el picaporte. No estaba cerrada. Rosa tenía que estar cerca, ocupada preparando su llegada.

Dio un paso ingresando y llamó en voz alta para alertar sobre su presencia. Nadie le respondió. Luego entró en la casa, cruzó por la cocina, después por la sala del comedor principal, con un salón que daba a un jardín que miraba hacia el río. A la sombra de glicinias entrelazadas sobre una pérgola, la terraza se extendida a todo lo largo del ancho de la casa. Era un rincón muy agradable para tomar el desayuno... y también para descansar, se dijo, al ver un gran sillón en uno de los extremos.

Volvió a la sala de estar y se fijó en las fotos que estaban en el piano, cerca de la puerta francesa: instantáneas de una juventud pasada que se desvanecía y mostraba la belleza pasada de la dueña de casa. También había una foto de su matrimonio, y su otro hijo en pantalones cortos, los famosos pequeñas ardillas. Era un retrato de familia en el cual se resumía toda una vida plena. El tipo de vida que él nunca conocería...

Salió de la habitación y se dirigió a una escalera de madera que estaba al final del pasillo. En el primer piso estaban los dormitorios principales y vaciló por un instante. Tenía la impresión de que se entrometía en los secretos de la intimidad de su huésped, lo que lo incómodo. El suelo crujía bajo sus pies. Pasó por el frente de una puerta entreabierta. Desde que había llegado parecía que le habían trazado el camino. Las ventanas de esta habitación daban hacia el jardín y se dio cuenta de que la ropa que había comprado ya estaba allí, delicadamente colocada sobre ella. Al frente había un armario, y al lado abrió una puerta que daba hacia un cuarto de baño. Soñaba desde la mañana con darse una buena ducha y se desnudó inmediatamente, dejando su ropa esparcida por el suelo de las baldosas. Obviamente no había agua caliente, y emitió un grito bajo el efecto del agua fría sobre su piel, pero se habituó rápidamente, revigorizado por la repentina frescura que limpiaba su cuerpo y mente. Mientras estaba jugando con la ducha, tragando y botando chorros de agua con gran satisfacción, escuchó un sonido y un grito que podría ensordecer a cualquiera, mientras se enjabona la cabeza. Con los ojos llenos de espuma, buscó a tientas una toalla para limpiarse la cara y oyó un ruido sordo, como quien daba un paso hacia atrás y se golpeaba con algo. ¡No estaba solo en la habitación! ¡Rayos! Se dio cuenta de que estaba completamente desnudo, y se quedó paralizado. Colocó sus manos torpemente sobre sus genitales, con las piernas dobladas, e inmediatamente abrió los ojos y se encontró con la mirada aterrorizada de otra persona. Era una mujer pequeña, morena, de unos cincuenta años de edad, que tenía a sus pies un atado de toallas que había dejado caer bajo la influencia de la emoción.

- ¡Buen día!... - dijo con timidez, con una sonrisa avergonzada.

- ¡Virgen Santa! – gritó ella, girando la cabeza bruscamente en la dirección opuesta. Con su cuello estirado hacia el otro extremo, los párpados fuertemente apretados, y agitando los brazos en todas direcciones, murmurando miles de excusas que se ahogaban en su garganta. Después salió corriendo, escapando, con pequeños gritos asustados, que se escuchaban mientras caminaba hacia el exterior.

Terry se quedó por un momento confundido. Retomando su buen ánimo, recogió una toalla y comenzó a secarse. Vio en el espejo como el agua escurría por su cara y se encogió de hombros, riendo.

- Bueno... ¡Creo que ya hemos sido presentados!


Cuando Candy regresó a la habitación de Patty, esta última la esperaba pacientemente en su cama. Le habían llevado la comida, pero ella no la había tocado. Miró a su amiga con ojos llenos de ansiedad y reproche, mientras ésta se sentaba a su lado en el borde de la cama.

- Discúlpame, Patty. Creo que exageré... - dijo Candy poniendo su mano sobre la de la joven paciente, con un suspiro de vergüenza.

Patty asintió, esbozando una mueca de frustración.

- ¿Sabes? – Continuó Candy, bajando la cabeza y mirando los pliegues de su vestido - me dijo algo que me molestó, algo que él cree, pero que no es cierto. Realmente me ha hecho pensar. En otras circunstancias, me habría reído, pero no quiero que tú también pienses lo mismo de mí...

Patty inclinó la cabeza hacia un lado y la miró desconcertada.

- Me dijo que reaccioné de esa manera porque no quería que las cosas cambiaran para tí, que quería por mi propia comodidad mantenerte soltera y disponible, de manera de no vivir sin nadie mi propia soledad. ¡Pero se equivoca!, ¡Oh Patty!, ¡Créeme que está equivocado!

Candy se volvió hacia su amiga y le dio una mirada directa y honesta, sin parpadear.

- No me importa estar sola, y ser la persona que asiste a la boda de mis amigos, mientras me hago la misma pregunta: "¿Por qué todavía no me casado?". Sabes que yo podría ser la única mujer soltera sobre la tierra y no me importaría. Lo que me importa es tu felicidad, Patty. Te he visto sufrir tanto durante estos años que no pude… no puedo dejar de preocuparme por ti y actuar como una gallina con sus pollitos. Yo no debí haber reaccionado así, perdóname...

- Candy... – respondió suavemente Patty. Su aspecto había cambiado a uno lleno de bondad - Entiendo cómo te sientes. Creo que yo habría reaccionado de la misma manera si estuviera en tu lugar. Históricamente, tú nos has protegido a Annie y a mí, y eso nos ha servido. Pero ahora necesito que confíes en mí. No soy una niña. Y si, por desgracia, he estado equivocada acerca de Alessandro, en fin, del Dr. Biazini, solo podría culparme a mí misma. Sé que la vida tiene para mí otras sorpresas, buenas y malas también. Pero quiero que me dejes crecer. Ya es tiempo.

- Perdóname, Patty, por ser tan entrometida en tu vida. Creo que te he traspasado un poco mis propios miedos. Haré un gran esfuerzo y permaneceré en mi lugar desde ahora: la de la amiga en quien se puede confiar y que siempre estará ahí para ayudarte y apoyarte.

- ¡Oh Candy, no tengo ninguna preocupación por ello! Sé muy bien que eres la mejor amiga que uno puede tener. Es por eso que a veces actúas en exceso. Y por eso te tomas tu papel tan en serio.

- ¡Qué quieres!, ¡No puedo cambiarme a mí misma! – Candy se rio, encogiéndose de hombros.

Patty asintió, moviendo sus ojos. Luego tomó la mano de Candy y le preguntó, llevada por la curiosidad:

- Pero dime, ¿cómo fue capaz de hacerte cambiar de opinión?

- Él tuvo un discurso…digamos fuerte... ¡Y se defendió con éxito!, francamente fue honesto conmigo. Y eso es lo que más me gustó de él. Creo que se merece que le de una oportunidad...

- Tú sabes, Candy... – susurró Patty con una voz modesta y tímida - no había sentido algo, de esa manera por alguien, desde que...

- Sí, ya veo lo que quieres decir...

- ¡Si supieras el bien que me hace sentir el saber que mi corazón vuelve a latir por alguien!, ¡Pensé que nunca sería capaz de hacerlo de nuevo!

La rubia respondió con una sonrisa de complicidad. También ella pensó que eso nunca le ocurriría después de la muerte de Anthony. Había sido un amor de la infancia, tan puro, tan perfecto, que le había dado tanta felicidad, que nunca pensó que hubiera podido sentir algo tan fuerte por otra persona. Pero cuando se dio cuenta de la fuerza de sus sentimientos por Terry, se atemorizó. Su efecto fue como la de un terremoto, un choque violento que penetró todo su ser, y que la había dejado aturdida, incapaz de encontrar palabras para describir la magnitud de sus emociones. Esto la trajo de vuelta a la vida. El velo gris de la tristeza que la había cubierto había sido desgarrado, revelando una luz, un color que había olvidado, y que la había sorprendido por su intensidad. Ella había estado en un estado de gracia, la misma en la que ahora se sumergía Patty, y se sintió conmovida al ver el brillo en los ojos de esta última, el mismo brillo que ella tuvo en su momento.

- Estoy feliz de verte tan radiante, Patty. Incluso, aunque se trate de ese hablador irresistible...

Y ante la mirada de reproche de su amiga, ella se apresuró a añadir:

- ¡Quién tuvo la cortesía de pedirme permiso... para cortejarte!

- ¿Estás bromeando? ¿Te pidió que? - Exclamó Patty saltando de la cama, como si se hubiera sentado sobre un puercoespín.

- En efecto…

- ¿Y qué le has dicho?

- ¿Crees que es de los que se le niega algo?

Patty le dio una respuesta negativa con la cabeza, mostrando un puchero malicioso. Tenía las mejillas encendidas y una sonrisa de alivio se extendió en su dulce rostro.

- No obstante, le dije que debía tener un buen comportamiento o tendría que hacer un duro aprendizaje con mi lazo...

- ¡Él no te creyó!

- Claro que no. Se burló como un loco...

- ¡Ay, ay, ay! ¡Es mejor que no te provoque!...

- Déjalo que siga nadando en su ignorancia, me deleito con la idea de verlo un día atado y colgando de un árbol como un lindo cochinillo.

- ¡Qué tonto imprudente...! – dijo Patty, sacudiendo su cabeza, la que se agarraba por el dolor que sentía al reír.

- Por cierto, hablando de cerdo, ¿El asado de cerdo con hierbas no espera en tu plato? - Preguntó Candy, cuyo estómago le alertó de su presencia y se quedó mirando el plato con avidez.

- Eso es lo que parece...

- ¡Y no lo has tocado! – dijo Candy sorprendida, con los ojos abiertos de asombro.

Su estómago todavía estaba gruñendo, dejando escapar gritos de hambre deseoso de ser satisfecho.

- No estaba muy hambrienta... – dijo Patty acercando cruelmente el plato a Candy, quien salivaba de envidia.

- ¿Y ahora?

- Mi apetito regresó...

- ¡A buena hora!, ¡Yo también me muero de hambre!

- Lo contrario me hubiera sorprendido...

- Puedes reírte de mi estómago, pero no debes olvidar que también debes recuperar las fuerzas, si quieres bailar con el guapo Alessandro...

Había pronunciado su nombre emitiendo un sonido de arrullo con la S, arqueando las cejas con un movimiento repetitivo, y con una sonrisa beatífica.

- ¡Oh! – exclamó Patty, tirándole la servilleta a la cara - En lugar de burlarte de mí, es mejor que vayas a preguntarle a la auxiliar de enfermería si tiene una bandeja para tí. Sería una pena que te vieras obligada a verme comer...

- ¡Oh, no!, ¡No me pueden hacer esto!, ¡Estoy a punto de morirme de hambre! – exclamó, desapareciendo como un rayo por el pasillo.

Riendo interiormente, Patty hundió su tenedor en un trozo de cerdo y se lo llevó a la boca. El plato estaba frío pero esto no evitó que sus papilas de la lengua se excitaran inmediatamente al contacto con la carne cremosa y sabrosa. Sin esfuerzo, le dio otro mordisco. Este deleite gustativo la había dejado encantada. Obviamente, este país tenía buenas cualidades, lo dijo, ruborizándose, pensando que si la gente era capaz de hacer tales platos tan sabrosos, tendrían que ser muy prometedores en muchas otras áreas... Con las mejillas ardientes, aturdida por este pensamiento que acababa de cruzar por su mente, recibió con alivio el regreso de Candy, que con orgullo traía la comida en su mano, visiblemente satisfecha consigo misma. Llegó a acomodarse en la mesa junto a Patty y agarró los cubiertos con un suspiro.

- ¡Hmmm, está delicioso! – Exclamó con la boca llena – Estos italianos son realmente buenos en la cocina, ¿No te parece?

Con estas palabras, Patty casi se ahogó y se puso reír con tanto entusiasmo que dejó confundida a la joven hambrienta que tenía junto a ella. Se acordó de su cicatriz que le empezó a doler e hizo una mueca, todavía temblando por la risa nerviosa.

- ¿Pero qué dije? - comentó Candy, desconcertada, lejos de sospechar por lo que estaba riendo su amiga. Después de unos minutos, ésta logró calmarse, y le dijo, recuperando el aliento:

- ¡Nunca cambies Candy! Por encima de todo, ¡Permanece como eres!...

Ante su mirada desconcertada, ella empezó a reírse de manera incontrolable, pidiendo tener un respiro antes de que su cicatriz se volviera a abrir. Con un poco de suerte, sería el apuesto médico Biazini quien tendría que hacerlo, y ella se sonrojó como una fresa con ese pensamiento...


Vestido apropiadamente, afeitado y con el pelo aún húmedo, Terry abrió la puerta de la cocina. No había nada más que un plato de sopa minestrone esperandolo en la mesa. Sospechaba que, dadas las circunstancias, la pobre Rosa no había querido esperarlo y había huído lo más lejos posible del sátiro que él representaba. Se echó a reír, pensando en lo que había pasado y esperaba no haberla conmosionado demasiado por haberlo visto desnudo. De todos modos, no podía devolver el reloj. Este fue un primer encuentro inusual y muy embarazoso para ambos, y se comprometió a hacer todo para reconstruir su confianza.

Todas estas emociones le habían abierto el apetito y se tomó la sopa en cuestión de segundos. Cortó un trozo de queso y se lo comió con un poco de pan, terminando con un vaso de vino tinto, el que bebió sin prisa, saboreando cada sorbo. El reloj de pie dio en ese momento tres campanadas, por lo que se enderezó en su silla. Era hora partir para unirse a la compañía. Se había comportado como un "famoso" en una buena parte del día, pero ahora tenía que transformarse en un profesional. El sabía que confiaban en él y no los defraudaría. Sidney le dio la dirección del hotel en donde se alojaban y se puso en camino para encontrarlos.

El hotel estaba en el casco antiguo de la ciudad, cerca de la Piazza Nicolo, no muy lejos de la Arena. Con un mapa, trató de alguna manera de encontrar la ruta, a través de los laberintos de las calles: a través de Pigna, Garibaldi, Rosa, Corso, la plaza de Erbe, hacia la Via Capello, de la que tuvo que salir para ir a una intersección de la Piazza Nicolo. Pero entonces siguió por la Via Capello, y le llamó la atención una extraña agitación al frente de él. Se acercó y descubrió una extraña ceremonia que tenía lugar al final de una pequeña calle, en un patio rodeado de paredes cubiertas de hiedra, en parte iluminada por el sol. Curiosamente, se sintió atraído como un imán y avanzó. Nunca había visto este lugar pero lo reconoció. Él había ido allí muchas veces en sus sueños. Y cuando levantó la vista hacia el letrero que estaba por encima del umbral de la casa que tenía al frente, el latido de su corazón se aceleró y se puso a temblar de la emoción...


Sentado en los escalones con vista al anfiteatro, Terry con un cigarrillo en la mano, miró pensativamente la luz de la puesta de sol que dibujaba grandes sombras a su alrededor. Hinhaló sus pulmones con un nuevo aliento y exhaló el humo que se elevó en remolinos de luz violeta brillante para morir en el cielo de color púrpura. Sus ojos azulosos se posaron en el escenario, en donde se estaban instalando los últimos escenarios del espectáculo que se presentaría en dos días más y suspiró con tristeza. No estaba orgulloso de lo que había hecho durante el ensayo. Su mente estaba en otra parte, preocupado por los sentimientos conflictivos que se habían apoderado de él en la tarde, cuando entró en el patio de la casa de Julieta y que no lo habían dejado desde entonces.

Allí, a pesar de la multitud que lo rodeaba, tenía la impresión de estar solo en el mundo y sólo Julieta, esta amiga de toda la vida, sabía leer y entender su sufrimiento. Ellos habían estado juntos durante tantos años que no podía pasar por alto sus heridas secretas. Recostado bajo el balcón de su vieja amiga del corazón, con los brazos cruzados y con un pie contra la pared, había observado durante mucho tiempo las idas y venidas de los turistas. Algunos eran parejas, otros iban solos, y en esos ojos, reconoció con escalofrío, un malestar común con su propio dolor. Sin ser capaz de explicarlo, también sintió la necesidad de compartirlo con ella, con esta imaginaria confidente, quien lo dejaría revelar sus pesares sin emitir ningún juicio. Después, en cunclillas, en un rincón del patio, fuera de la vista de otros, le había escrito una carta, en la que había puesto toda su desesperación y toda su amargura, como para calmar la sed de desaparecer que nunca lo abandonaba. Él pensó que podría aliviar su alma, pero había partido muy decepcionado, con la desagradable impresión de que haber puesto su sufrimiento en palabras lo había avivado, en vez de desvanecerlo. Con este estado de confusión mental, había regresado al hotel en donde se alojaba la compañía que ya estaba ensayando en la Arena, un anfiteatro de la época romana, donde se celebraba cada año, desde 1913, un renombrado festival lírico. La compañía de Sidney había sido reclutada por el director del festival, para actuar por dos noches, y para hacer un tributo al mismo tiempo a Shakespeare y sus míticos héroes, que le habían dado la reputación a Verona: Romeo y Julieta. Por desgracia, la interpretación de Terry había demostrado ser más que decepcionante. A pesar de que se sabía el texto, y que los actores con los que compartía el escenario tenían talento, no había puesto su corazón en él, lo que se sentía de manera inequívoca. Se culpaba por no poder estar a la altura y por haber decepcionado a sus compañeros, quienes habían puesto tantas esperanzas en él. Había visto la ansiedad y la angustia en el rostro que Sidney, quien estaría considerando en estas circunstancias, si podrían interpretar la obra en dos días. Él había querido recuperarse, y tenía un profundo deseo de hacerlo, pero era como si esa pequeña llama que tenía se hubiera apagado y no pudiera revivirla. Se sentía desolado.

- ¿No vienes a comer con nosotros Terry?

Volvió la cabeza y vio la silueta de Sidney Wilde de pie, delante de él. Y mientras se mantuvo el silencio, este último fue a sentarse junto a él. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas con las manos juntas, mirando al frente, y finalmente dijo con cansancio en su voz.

Recuerdo una época, no tan lejos después de todo... Un momento en que un joven recién llegado de Inglaterra había empujado la puerta de la compañía Stratford. Recuerdo muy bien ese día porque yo estaba en la oficina de Robert Hathaway cuando entró tímido, tartamudeando, pero con una determinación en sus ojos, una convicción absoluta, tan rara en alguien de su edad que nos confundió. Inmediatamente reconocimos en él esa voracidad, esa fiebre que anima a los que siguen esta carrera, era el mejor, el que mostraba como un gran gesto, una palabra, podrían darle un gran nivel y nobleza aún al más mediocre de los textos. Este joven eras tú Terry... ¡Tú que nos has deslumbrado tantas veces con tu talento! Tan pronto como entrabas en el escenario, nos convertíamos también en tu público, admirando toda tu destreza. Tú solías crear una emulación que se extendía por toda la obra, revelando tesoros desconocidos entre nosotros. ¡Queríamos competir contigo, para estar a tu altura. ¡Para mejorar!...

Continuaba observando con el rabillo del ojo a Terry, quien se había estremecido.

Cuando ocurrió el accidente, algo murió en ti. Yo te miraba, impotente, hundiéndote poco a poco en el alcohol y la desesperación, y luego desapareciste... Y cuando volviste, mucho después, me reencontré con el antiguo Terry, que no ocultó nada de sus heridas, pero que las enfrentó con valor, y recuperó su inspiración y creatividad. Me gustaría entonces que me dijeras Terry, lo que trajo de vuelta a la vida, lo que restauró en tí este poder para vencer, porque el Terry que tengo a mi lado es sólo la sombra de sí mismo, y no tengo la intención de verlo destruírse de nuevo. ¡Dime lo que es, te lo ruego!

El joven negó con la cabeza y dejó escapar un suspiro doloroso.

- Tú no me puedes ayudar Sidney… No hay nada más que hacer ahora...

- ¿Cómo puedes decir eso Terry? ¡Nada puede estar totalmente perdido en la vida!...

- Por el contrario, todo está perdido cuando ya no se tiene razón para vivir, ni esperanza... y la única persona que me había permitido salir de esa soledad en la que mi vida estaba antes de conocerla, ya está...

Los sollozos inflamaron su garganta, con su voz entrecortada miró hacia el cielo para ocultar las lágrimas traicioneras que llenaban sus ojos.

- Me mintieron Sidney, fuí engañado, me hicieron creer que por fin podría conocer la alegría de estar con ella, sólo para descubrir que me habían ocultado que estaba casada... ¿Cómo me puedo sobreponer a eso?...

- ¡Mi pobre amigo! ¡Realmente es un truco sucio lo que te trajo aquí!... ¡No puedo encontrar las palabras para eso!, lo siento...

- ¡Yo no las puedo encontrar tampoco, créeme yo... He intentado durante dos días encontrarle un sentido a todo y no tengo más respuestas que tú... ¿Sabes?, ayer por la noche... quería, ¡Yo casi...!

Con la cabeza baja se tiró el pelo hacia atrás. Temblaba y su respiración era entrecortada. La mano de Sidney en su hombro lo sobresaltó y con los ojos emocionados, le comentó temblando:

- ¡Oh, Sid...! - ¡me siento en carne viva! Es tan doloroso que he lamentado que el hombre valiente que me detuvo en el último momento no me dejó sumergir en la oscura agua, ¡Dejándome llevar por la corriente!...

A estas palabras, Sidney Wilde se apartó, visiblemente molesto por lo que había oído.

- Terry... Puedo entender tu ira. Quieres culpar a todo el mundo, pero esto no te otorga el derecho de hablar así.

- La maldición que me persigue desde mi nacimiento me dio legitimidad, Sid...

- ¡No te das cuenta de lo que dices, Cállate!

Apretó los dientes y sintió la ira crecer en él.

- Nadie me puede entender de todos modos.

- ¡Oh, mierda, Terry!, ¡Cierra la boca!, ¡No puedo dejarte decir cualquier cosa!

Sidney Wilde se había levantado de un salto y lo miró con una mirada llena de reproche. El tono de su voz había cambiado drásticamente.

- ¿Hasta cuándo seguirás quejándote de tu destino, así? Tú dices que estás maldito, pero mi pobre amigo, ¡las hadas se han inclinado ante tu cuna!, ¡Sí! ¡Eres joven, atractivo, rico, con talento! Hay algunos quienes matarían a sus padres para tener un atisbo de lo que la vida te ha dado. ¿Y que quiere hacer con ella? Bueno, ¿Qué estás esperando para lanzarte al río Adigio? ¡No hay escasez de puentes aquí!

- Sidney, yo... - tartamudeó Terry, con los ojos muy abiertos, sorprendido por la reacción inesperada y violenta de su amigo.

- ¡Es posible que tengas el corazón roto, pero no eres el primero y ciertamente no serás el último! Puedes levantarte y crear una nueva vida sin ella, si es necesario, pero no obstante, de la que seas digno, ya que con un poco de coraje, y sé que lo tienes, podrás darle una nueva ruta. Lo siento, pero llorar por lo perdido no te traerá nada. ¿Quieres pasar el resto de tu vida, así, lamentándote por algo que no podrás tener? ¿Esa es la vida que quieres tener?

- Claro que no…

- Sé que en este momento tu tristeza te enceguece y no vez la luz que brilla en el camino. Pero créeme, está ahí, encendida, lista para calentar tu corazón. Sólo desea que la puedas ver...

Con su espalda encorvada, Terry asintió en silencio.

- Te he dicho todo esto Terry, porque yo no quiero que desperdicies todos esos bellos años que aún te quedan. Ellos no te llenarán de regalos pero te darán fortaleza, y te harán un gran hombre que tiene mucho que dar. Eso le diría a mi hijo si él todavía estuviera aquí...

- ¿Tu hijo?

Sidney asintió dejándose caer sobre el banco de piedra.

- Tim... Timoteo... Murió cuando tenía quince años por leucemia, poco después de que me fui de la compañía Stratford para cuidar de él...

- Yo... Lo siento, Sid. No sabía...

- No podías saberlo... Se lo pedí a Robert para mantener todo en secreto. Con un corazón contraído accedió a fingir que me había ido porque ya no me entendía más con él. No quería que la gente tuviera lástima. Era tan doloroso para mí que no hubiera podido soportar todos esos ojos compasivos sobre mí... Cuando... Cuando Tim hubiera muerto...

Su voz se quebró...

- Cuando Tom murió, pensé que me volvería loco. ¡Lo extrañaba demasiado! Dejé a mi esposa y me fui. Ya no nos podíamos comunicar. Estábamos demasiado aprisionados en nuestro propio dolor... No sé por qué fui a Inglaterra. Creo que sólo quería alejarme lo más lejos posible de cualquier cosa que me podría recordar a mi hijo... ¡Oh, Terry, no hay peor dolor que perder a un hijo!, ¡No está en la lógica de las cosas! ¿Cómo volver a levantarse después de eso?, ¡Me había convertido en un muerto!...

Terry escuchó sin decir nada, con un nudo en su garganta. Se sentía tan ridículo.

- Un día, por casualidad, en una calle, me encontré con este chico cuyos ojos me paralizaron. ¡Era Tim!... Era un niño que vivía en el orfanato. Lo tomé bajo mi cuidado y le enseñé lo único que sabía hacer: teatro. ¡Oh Terry!, ¡Este niño salvó mi vida! Era tan receptivo a todo lo que le enseñaba, se mostraba tan ansioso por aprender, así que bueno, también, me dieron ganas de vivir para él, y luego todos los demás que se nos han unido más tarde. ¡Fui muy afortunado en mi desgracia!

Terry tenía dificultad para tragar. Estaba tan avergonzado de él mismo, por estar allí, quejándose, sin reaccionar, sin sospechar por todo lo que había pasado el pequeño hombre enérgico que estaba de pie junto a él. ¡Lo egoísta que era!, ¡Rechazó la indecencia de su comportamiento! Abrió la boca, buscando las palabras que podrían excusar su actitud patética, pero Sidney continuó:

- En un momento u otro, Terry, tendrás que ponerte en pie. La vida nos pone obstáculos, pero si no los sobrepasamos no mereceremos a quienes nos amaron. Debemos honrarlos haciendo de nuestra existencia lo que ellos hubieran querido. Creo que Tim se enorgullecería de mí ahora. El dolor de su ausencia es siempre la misma, ella me acompaña cada mañana, pero pienso en lo que me va a decir el día en que nos encontraremos: "Bueno, papá...".

Agitado, Terry negó con la cabeza, incapaz de contener las lágrimas.

- Soy un idiota, Sid. Perdóname…

- Tienes toda la vida por delante Terry. ¡No te rindas! ¡Por Dios! Si yo tuviera tu edad, ya habría ido a arrebatarle la chica que me gusta a ese cretino que pretende ser su marido! En lugar de... ¡En lugar de pensar en sumergirme en el canal de Venecia! ¡Eres un total idiota!

Lo dijo con cierta ironía y Terry suspiró con alivio. El haber sido sermoneado de esa manera lo había sacudido profundamente, pero de manera extraña se sentía mucho mejor después de eso.

- Tim sería casi de tu edad, Terry... Y cuando te miro, me imagino lo que podría haber llegado a ser... Pero por desgracia no puedo hablar de esto en el presente, por lo que te pido, corre el riesgo que te ofrece la vida y vive! ¡VIVE!

Terry se puso de pie, moviendo la cabeza y le tendió la mano.

- Yo... yo te lo prometo, Sid. No me dejaré llevar de nuevo de esta manera… No te decepcionaré de nuevo.

Se enfrentó a los ojos del líder de la compañía con determinación. Con un nuevo brillo en sus ojos enrojecidos y Sidney sabía que era sincero. Aceptó su mano, la que apretó fuertemente, dándole unos pequeños golpes afectuosos en su antebrazo con la otra mano.

- ¡Me alegro de escuchar eso! Escucha... ¡Son suficientes lágrimas por esta noche! Únete a los demás en el restaurante. ¡Me hablaron de un vino espumoso llamado Lambrusco! ¡Creo que nos hará bien pedir algunas botellas!...

- ¿Algunas botellas? No sé si será muy razonable, pero no tengo ninguna objeción en descubrir por qué llama tu curiosidad ese vino que mencionas. Hay que matar al mal con el mal... – rio Terry.

- Es un precepto que se adapta muy bien a mí, mi amigo. Ven, vamos aprisa. ¡Ellos están hambrientos y nos despedazarán si tardamos más!

Terry asintió conteniendo la risa y le siguió con las manos en los bolsillos. En el camino, recordó las palabras de Sidney y se estremeció al pensar en lo que habían despertado en él.

¡Si yo tuviera tu edad, yo ya habría ido a arrebatarle la chica que me gusta de los brazos de ese cretino que piensa es su marido!

Tenía razón... Por alguna razón inexplicable, Candy lo intimidaba y le quitaba toda la audacia. ¿Era por la bofetada que le había dado un día, por lo que había perdido la confianza en él, sino que también en ella? Ya no era el joven de dieciséis años, era libre de moverse, ¡No tenía nada que perder! ¡Al final de las dos actuaciones, volvería en su búsqueda y cuando la encontrara, la reconquistaría! ¡Palabra de Grandchester, ella algún día sería suya! No importaban los complots y las puñaladas por la espalda! ¡Ellos se reunirían y no permitiría que nadie lo apartara de él! ¡Aún si tuviera que sacrificarlo todo para lograrlo!...

Fin del capitulo 9