Jae-Ha al principio no se da cuenta.

A Yona la rodea un velo de tristeza, sutil y tan tenue que Jae-Ha lo confunde con su habitual reserva. Pero ella —y esto es un hecho— ya no lo mira igual que antes, como si él fuera el sol en torno al que ella gira, y en sus ojos, en los de Yona, ya no brilla el firmamento cuando lo mira…

Cae entonces sobre su alma el inesperado peso del remordimiento, como un desasosiego, una inquietud sorpresiva por lo desacostumbrada, y que se niega a desaparecer. Y Jae-Ha se pregunta cómo es que fue tan iluso como para esperar que todo fuera distinto esta vez…

Él la ama, eso es cierto… ¿Pero es su amor, débil e inconstante, lo que ella necesita?


Afuera llueve. Relámpagos que se eternizan quiebran la oscuridad de tanto en tanto, seguidos del estruendo del trueno, y cortinas de agua se mecen agitadas por los vientos fríos. Pobre de quien no halle refugio a tiempo…

Jae-Ha contempla la lluvia torrencial desde la cálida y confortable seguridad de su salita privada.

—¿Le sirvo también a la señora? —pregunta Hak a su espalda, y Jae-Ha escucha el suave tintineo de la porcelana.

—Yona no está —le dice. Le sigue el chasquido seco de la taza golpeando un poco más fuerte de lo debido su platito. Y luego, la voz tensa de Hak.

—¿Disculpe?

—Yona salió y…

—¿¡Y qué hace usted todavía aquí!? —le espeta, interrumpiéndolo, como un latigazo de palabras que hienden la carne y el alma.

Cuando Jae-Ha se da la vuelta ofendido para reprenderlo, para recordarle quién es el señor y quién el siervo, Hak ya no está.