Ya era hora de que subiera esto, no lo niego, me retrase más de lo normal con este capítulo pero es que la inspiración no quería llegar. Bueno, hice lo que pude. Espero les guste.
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Capítulo IX
El otro Dreyar.
Caminaba lentamente hasta el instituto, completamente segura de algo: no quería ir. ¿Qué haría cuando viera a Gray, a Erza, a Juvia? ¿Cómo le devolvería el teléfono a esta última?
Atravesó la reja de entrada con una opresión en el pecho, consciente de que tendría que explicarle a Juvia por qué había leído sus conversaciones, ya que estaba segura de que Lockser lo notaría. Lo peor es que esas mismas conversaciones eran las que no podía sacarse de la cabeza, las que la tenían tan intranquila.
Iba tarde ya que se había pasado gran parte de la noche leyendo conversaciones ajenas, cosa que Lucy admitía no era el mejor comportamiento, y a causa de eso no había escuchado la alarma, pues se había dormido a deshora. Se había dormido a deshora por escuchar conversaciones ajenas que solo la intranquilizaban más respecto a todo el tema del homicidio. Por eso caminaba tan lento, porque no quería ver a los demás, no se atrevía a mirarlos a la cara. Su único consuelo era que no tendría que ver a Juvia, ya que ella no iba a clases, aunque eso la ponía en el aprieto sobre cómo devolverle el teléfono.
Error, Juvia fue a clases.
En cuanto Lucy abrió la puerta de la sala y volteó hacia su puesto —o más bien, el lugar que había usado de puesto— tras haberse disculpado con la profesora por el retraso, pudo ver a Lockser ahí, conversando con Levy. Lo que la dejaba en un problema, que McGarden no tardó en hacer publico.
—Profesora, Lucy no tiene puesto —dijo Levy, alzando una de sus manos.
La anciana señora fijó su vista en ella.
—En ese caso tendrá que ir a buscar uno.
—Pero —comenzó Lucy, levemente incómoda a causa de la cantidad de miradas sobre ella—, no sé donde conseguir uno —aclaró.
—Hable con el portero —dijo la profesora.
Lucy suspiró. Bien, pensó, al menos podía retrasar un poco el momento en que tendría que explicarle a Juvia por qué había revisado su celular.
Se alejó del salón, de regreso a la escalera para poder ir a la entrada del instituto, donde lógicamente estaría el portero. Había pasado muchas veces por ahí, pero nunca se había fijado en quien atendía la reja, por lo que se sintió un poco avergonzada cuando llegó y tocó con suavidad el vidrio de la caseta. A través de la puerta del pequeño puesto se asomó un hombre de cabellos rojos.
—¿Algún problema? —preguntó.
—Necesito un pupitre —respondió Lucy.
El hombre se revolvió los cabellos, por lo visto incómodo.
—Maldita sea —murmuró, luego volvió a mirar a Lucy—. ¿Crees que si dejó la entrada sin vigilar unos momentos pase algo? —le preguntó, cosa que la sorprendió un poco.
—Bueno —dudó—, podría ser, pero tendría que tener muy mala suerte.
Tampoco iba a tardar mucho en conseguirle una mesa, ¿cierto?
—Bien, yo tengo buena suerte —dijo el hombre, saliendo de la caseta y acercándose a ella—. En fin, vamos.
—Ah, vale —contestó, algo descolocada por la impetuosidad de su acompañante, quien no había esperado su respuesta para emprender la marcha, motivo por el que tuvo que trotar levemente para darle alcance.
Atravesaron el patio principal para continuar por uno de los costados del edificio, rumbo al patio trasero. O al menos eso le parecía a Lucy, hasta que la pared se ensancho y pudo ver a lo lejos el nuevo edificio del que le había hablado Levy en su momento, separado del viejo por una enorme cancha, en medio de la cual había un hombre rubio.
—Por aquí —le dijo el mayor, apuntando una de las bodegas que había al lado de las graderías—. ¡Laxus! —gritó, llamando la atención del tipo rubio.
Este se aproximó a ellos con una clara expresión de fastidio.
—¿Qué quieres Gildarts? —cuestionó el recién llegado.
—Abre la bodega, necesito un pupitre para la chica —respondió Gildarts, apuntando a Lucy con una de sus manos.
Laxus fijó su vista en ella mucho más tiempo del necesario, al menos desde el punto de vista de Lucy.
—Vale —respondió finalmente y se encamino al dichoso lugar, siendo seguido por los otros dos.
La dichosa bodega tenía de todo adentro, o bueno, casi todo, no había ningún cadáver. Y entre las bolsas con balones, las colchonetas, las telarañas, los libros desperdigados y el polvo, había pupitres.
—Bien, ¿a qué sala vas? —inquirió Gildarts.
—A la once A.
—Maldita sea —se quejó Gildarts—, tengo que subir al segundo piso –dijo, tomando la mesa y levantándola con un brazo, para con el otro tomar la silla—. Bien, vamos.
Salió de la bodega y avanzó por la cancha, siendo seguido de cerca por Lucy.
—Gracias Laxus —dijo el pelirrojo, obteniendo como respuesta simplemente un gesto del rubio—. Dios, su abuelo es más agradable —comentó con calma.
—¿Abuelo? —cuestionó Lucy.
—El director, Laxus es nieto del director —aclaró Gildarts—. ¿No sabías?
—No.
—¿De verdad? —preguntó el mayor, genuinamente sorprendido—. Que raro, todos en este colegio conocen a Laxus Dreyar.
—Ah. —Fue todo lo que dijo Lucy, al menos hasta que capto lo dicho—. ¿Dreyar? —repitió, volteando inevitablemente hacia atrás para echarle una última mirada al hombre rubio.
—Pues claro, es nieto del director, obviamente tendrán el mismo apellido —dijo Gildarts con simpleza.
—El otro Dreyar —dijo Lucy, más que nada para sí misma.
—Bueno, la gran mayoría de los alumnos le dicen así, aunque a sus espaldas, a él no le gusta, así que mejor no lo hagas —le aconsejó Gildarts, sin captar lo pálida que se había puesto Lucy.
—¿A qué clase va? —cuestionó, notando un nudo en la garganta.
—¿Clases? —repitió el mayor, sorprendido—. A ninguna, es profesor.
¿Profesor?
—Ya veo. —Era profesor, y por alguna razón tenía el control del tercer piso—. Pero se ve joven —comentó Lucy, notándose nerviosa.
—Es que es joven —dijo su acompañante, deteniendo su andar ya que habían llegado a la entrada del instituto—. Demonios, que pocas ganas tengo de subir al segundo piso con esto —comentó, dejando la mesa y la silla en el suelo—, por qué no te adelantas, luego te sigo.
—Claro —respondió Lucy, ingresando al edificio y corriendo rumbo a la escalera.
Por alguna razón tenía el impulso de subir al tercer piso, algo que no pensaba reprimir pese a ser un impulso extrañamente suicida, por motivos que aún no tenía claros. Por eso corrió todo lo rápido que pudo hasta las escaleras, subiendo apresuradamente por estas y aminorando su paso una vez se acercó al tercer piso, para asegurarse que no hubiera nadie cerca antes de terminar de subir. Y no había nadie, después de todo era horario de clases. Subió el último escalón y miró sus alrededores, algo nerviosa, para luego avanzar por el pasillo que se extendía frente a ella.
La conversación, su mente estaba inmersa en la conversación. Lucy se acordaba de haberlo leído, que el cadáver fue encontrado en la cancha, pero las pistas indicaban que el tercer piso había sido el lugar del homicidio. Avanzó con lentitud, mirando el exterior a través de las amplias ventanas, hasta que finalmente en una vuelta lo que pudo ver fue la cancha. Amplia, muy amplia y justo debajo de las ventanas.
No sabía qué se supone estaba tratando de determinar al acercarse a la ventana y examinarla, ni al calcular la caída desde ahí o el posible poco esfuerzo que requeriría arrojar un cuerpo, pero tampoco importó, porque pronto escuchó con demasiada claridad un ruido acercándose a ella, y reconocer el sonido de pisadas tampoco era tan difícil. No debían verla, no tenía idea de por qué pero no debían verla. Qué más cliché que ocultarse en un casillero, era el pensamiento que rondaba su mente mientras se acomodaba dentro de uno. Tenía suerte, la suerte de que algún idiota había olvidado ponerle pestillo y a causa de eso probablemente cuando fuese a tomar sus cosas las encontrase todas desordenadas, pues Lucy tuvo que mover muchos objetos para acomodarse bien y que a la vez la puerta se cerrase lo suficiente para que no notasen que estaba ahí.
¿Quién la mando a meterse en esos problemas?, ¿qué haría si Gildarts ya había subido y todos notaban que no estaba donde debería?, ¿qué haría si la descubrían en el tercer piso, donde no debería estar a saber por qué?
—¡Cállate, te digo que estoy seguro! —oyó gritar a un chico.
Sintió su pulso acelerarse y el temor inundando sus células.
—Te lo digo Tom, no puedes saberlo —dijo otra voz, también masculina pero más infantil, más aguda.
Sea quienes fueran se acercaban a donde Lucy se encontraba. Lamentablemente una de las rejillas del casillero estaba a sus pies y la otra muy por encima de su cabeza, así que no tenía cómo mirar quienes eran. De hecho y ahora que lo pensaba, quizás debería abrir un poco las piernas, para que sus pies no se viesen desde el exterior.
—Que te calles —replicó nuevamente la primera voz—. Yo sé que fue ella, ¿quién más lo habría hecho?
—Anda Tom, no puedes saber si fue por eso.
—¡Definitivamente fue por eso!
—Bueno —cedió la segunda voz—, pero de ser así no deberías meterte en ello, era problema de Anthony, no tuyo.
—¿Tú qué sabes? —prácticamente gruñó la primera voz con ira.
—¿Por qué te importa tanto, Tom?
—No te incumbe.
—¿Y a mí? —preguntó una tercera voz, femenina, una que a Lucy se le hacía levemente familiar. Y una que, por lo visto y dada la exclamación de sorpresa de ambos chicos, había llegado de pronto, como salida de la nada.
—¡¿Qué carajos?! —gritó el chico Tom, o eso le pareció a Lucy si había distinguido bien a las dos voces iniciales, tras un leve instante de silencio.
—Ya sabes que a Laxus no le gusta que anden murmurando por los pasillos —dijo la chica.
—Piérdete perra —replicó Tom.
—Oye, ten cuidado con tus palabras —dijo otra voz, de un tercer chico o eso le figuraba a Lucy, guiándose nada más que por su oído.
—Mueran ambos, como si me importara su opinión —dijo con rabia el tal Tom, o eso suponía—, perros —arrastró la última palabra.
—Tom, por favor, ya dejalo —imploró la voz infantil.
—No, que no lo deje —comentó chica, cuya voz Lucy estaba segura de conocer pero no recordaba de qué—. Si tiene algún comentario no me molestará dárselo después a Laxus.
—¿Tú no deberías estar en clases, perra?
—Dicen que la tercera es la vencida —dijo el tercer chico—, y ya es segunda vez que le dices perra.
—Me da igual imbécil —dijo Tom—, y si van a decirle algo a Laxus díganle que sé lo que hace su novia.
—Disculpa, que yo sepa Laxus no tiene novia —comentó la chica.
—¡No te hagas la inocente, perra!
Un suspiro, luego el sonido de un golpe y alguien cayendo al suelo. En esos momentos Lucy deseó ser capaz de ver la escena, saber que había pasado, pero solo podía basarse en su oído para tratar de retratar la escena en su mente.
—¡Tom! —gritó la voz infantil—. Eso es pasarse —reclamó.
—Yo le advertí, dije que a la tercera lo golpeaba.
—¡No dijiste eso imbécil! —gritó Tom.
—Y ese es el segundo imbécil, no me hagas aprovechar que estás en el suelo.
—Más les vale no andar murmurando por ahí de nuevo —amenazó la chica—, ya saben que a Laxus no le gusta.
—Perros.
—Dejalo Tom, ya dejalo y marchémonos.
Un gruñido, ruido y luego pasos alejándose apresuradamente.
—Par de imbéciles —dijo la voz femenina, interrumpiendo el leve silencio que se había formado—. ¿Podemos anotar las tres veces que me dijo perra?
—Como quieras —dijo el tipo, oyéndose un poco más fuerte, por lo visto acercándose a los casilleros, o eso le pareció a Lucy.
Mierda, que no la vieran, por favor que no la vieran.
Oyó el sonido de un casillero abriéndose cerca suyo, pero por suerte no fue donde estaba. Suspiro aliviada, sintiendo como el alma le volvía al cuerpo.
Sabía que no debió hacer subido, no seguir ningún estúpido impulso ni nada, ahora estaba atrapada en un casillero cuando probablemente ya hubiesen entregado su pupitre y todos supieran que se había escapado, o algo medianamente parecido.
—Apresurate —dijo la chica, parándose frente al casillero donde estaba la rubia, con lo que esta pudo ver sus zapatos—, luego debemos ir a la biblioteca.
¿Quién usaba zapatos verdes con el uniforme?
—Lo sé —dijo el tipo, oyéndose después como un casillero se cerraba.
Tras eso pudo oír con claridad pasos que se alejaban.
Abrió la puerta con lentitud una vez todo fue silencio, mirando hacia ambos lados para asegurarse que no había nadie cerca antes de salir, luego corrió tan rápido como pudo a la escalera. Dios, que no hubiesen notado su ausencia, rogaba un milagro o lo que fuera para que no hubiesen notado su ausencia.
Por suerte cuando iba llegando al segundo piso pudo oír a Gildarts subiendo, lo que era un alivio.
—Lamento la tardanza –dijo este en cuanto la vio—, pero subir con esto es una molestia, me detuve un par de veces más en el camino porque es pesado y todo eso —le restó importancia Gildarts—, espero no te moleste.
Lucy no reclamó ni tenía planes de hacerlo, porque agradecía internamente la demora, así que tampoco indagó en el motivo de que la demora fuera tanta o la excusa tan cutre.
—No importa —contestó mientras se acercaba a la puerta de su clase e ingresando en esta.
Gildarts acomodó su asiento atrás de Gray, al final de la fila a un lado de la ventana, luego de eso se despidió y salió del salón.
Lucy se sentó algo incómoda, o más bien paranoica, porque no dejaba de sentir como si todos la miraran conscientes de lo que había hecho.
Necesitaba distraerse, y distraerse desde esa posición implicaba, en vista de ninguna otra alternativa, mirar por la ventana, desde donde por azares del destino veía la cancha y en ella a Laxus junto a dos alumnos, uno de ellos una chica, una que se le hacía familiar. Tardó unos momentos en reconocer esa cabellera castaña, pero en cuanto lo hizo su vista se dirigió al frente, notando algo que había pasado por alto al ingresar al salón.
Evergreen no estaba en clases.
Ta-chán (?)
Espero les haya gustado.
Nos leemos. Bye.
