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La cena está lista

….

Lin observa calladamente desde su lugar en el sofá al resto de los ocupantes charlar animadamente, no puede evitar analizar a Mai, los años han sido benévolos con ella, los rasgos infantiles han desaparecido dando paso a los rasgos de una mujer, pero en el fondo sigue siendo la misma chica de antes, vivaz, habladora, explosiva, solo que ahora es mucho más madura, refinada, se atrevería a decir que instruida. La suave voz de Madoka a su izquierda interrumpe su tren de pensamientos.

—Si las miradas pudiesen matar, Oliver hubiese matado a su interlocutor en el teléfono —dijo refiriéndose al momento acontecido más temprano esa misma tarde.

—Sí, no me gustaría estar en el lugar del señor Pratt en este momento.

—Oh —exclama Madoka recordando al rubio co-propietario de BSPR y uno de los principales partidarios de la investigación de Oliver—, eso explica por qué Oliver no le tiró el teléfono, pero ¿sabes?...

Cualquier comentario que fuera a hacer Madoka fue interrumpido por la llegaba de Cristal, el ama de llaves.

—Ya pueden pasar al comedor.

—Oh, gracias —respondió amablemente Luella—, ¿querida? por favor envía a alguien a avisar a Oliver.

—Yo puedo ir —interrumpió Mai—, si me dicen dónde encontrarlo —añadió con una sonrisa tímida.

—Oh, gracias, Mai —los ojos de Luella brillaron emocionados—, seguramente está en su habitación, es la que está justo frente a la tuya.

—Gracias —dijo saliendo sin reparar en las expresiones de los presentes.

Un suave toque a la puerta lo distrae de los documentos que revisa en el momento, deja escapar un suspiro frustrado.

—Adelante.

Ve la cabellera café y el familiar rostro asomarse por la apertura de la puerta de su habitación.

—¿Se puede?

—Si no se pudiera, no te hubiese invitado a pasar o ¿sí?, Mai —dice con tono de exasperación.

—Alguien olvidó darte tu té, por lo visto —comentó Mai adentrándose en la habitación y observando con detenimiento lo sencillo de la decoración, excepto quizás por las largas estanterías que reposaban contra la pared, cargadas de libros y manuscritos. Parecía más una biblioteca que una habitación.

—¿En qué te puedo ayudar, Mai?, estoy ocupado —dice cortante, mientras regresa la vista a los documentos a mano.

Mai deja escapar un breve sonido de decepción, que a él en otras épocas le hubiese pasado desapercibido.

—Lo siento, no quise interrumpir —dice ella con gesto levemente decaído.

Oliver se pasa la mano por los cabellos desordenándoselos antes de hablar.

—¿Sabes cuál es la parte que más odio de mi trabajo, Mai? —pregunta Oliver girándose en la silla para quedar frente a ella.

Ella niega suavemente con la cabeza.

—Tener que lidiar con inversionistas y patrocinadores que financien los equipos e investigaciones.

—Debí suponerlo.

Oliver levanta una ceja a modo de pregunta.

—Bueno, no eres precisamente bueno cuando se trata de lidiar con otras personas.

—No se trata de ser bueno o no, Mai. Se trata de no perder el tiempo en acciones innecesarias, que solo representan una pérdida de energía que debería ser invertida en otros esfuerzos más fructíferos —contradice mirándola directamente a los ojos.

Mai siente la sangre caliente acumularse en sus mejillas, él siempre ha sido apuesto, y el tiempo no ha hecho más que refinar esos rasgos tan propios y atractivos, pero los lentes que llevaba puestos de momento, le agregan un toque irresistible.

—Te lucen los lentes —deja escapar antes de poder detenerse y siente su rostro estallar en llamas al ver en el rostro de él esa sonrisa presumida en la que solo se eleva el lado izquierdo de la comisura de sus labios, marcando con más precisión las fuertes líneas de su mandíbula.

—Bueno, no es que estés diciendo nada nuevo —dice con esa presunción tan propia de él. Mai siente el fuego avivarse en su pecho.

—El mismo viejo narcisista, sin duda.

—Dudo mucho que hayas venido hasta aquí para decirme lo bien que luzco.

—No creo que necesites que alguien te lo recuerde, contigo te basta y te sobras —dice a modo de burla—. Vine a avisarte que la cena está lista.

—Oh… Gracias, dame un momento y enseguida bajamos.

Mai lo ve ir por el saco, y no puede evitar meditar sobre ese gracias, ese que tanto anheló cuando aún trabajaba para él en Japón y que con el paso del tiempo parecía aparecer cada vez un poco más entre los dos.

—Vamos —le dice él ofreciéndole su brazo como un perfecto caballero inglés.

Ella enlaza su brazo con el que Oliver le ofrece.

—Has cambiado, Oliver —habla suavemente cuando llegan al pie de las escaleras.

—Todos lo hacen, Mai y aunque parezca imposible —dijo con esa sonrisa de medio lado que tanto la enloquecía—, yo no soy la excepción.