VIII
Viejos Conocidos
Las semanas siguientes que transcurrieron después de la transformación sirvieron para que Harry conociera un poco más el lugar. Bajo otra identidad, tuvo que adquirir nuevos gestos, practicar un modo diferente de caminar y ahorrarse los modismos típicos de un Potter. La letra "ere" seguía enredándose en su lengua y Kingsley tuvo que usar un aparto similar a una victrola con un gran tubo con forma de trompeta para que pudiera imitar los sonidos que provenían de algo parecido a un disco.
Al llegar septiembre todo el panorama repentinamente se volvió gris, y Harry lo percibió como una mala señal: no se sentía completamente listo para enfrentar a Hogwarts.
Kingsley y Draco le habían entregado los libros con los que debía educar a los alumnos, tomos de antiguos y nuevos docentes cuyo contenido trataba de magia que en la época de Voldemort estaban prohibidas. Una tarde, sentado en la terraza disfrutando de la última brisa veraniega, le asaltaron todas las dudas.
—¿Enseñan sobre el Priori Incantatem? —preguntó sorprendido, Kingsley que fumaba una pipa, asintió. —¿Por qué? ¿No estaba prohibido hacerlo? Después de todo nadie te puede obligar a confesar lo que hiciste con la varita, es una falta de respeto hacia los estudiantes.
Kingsley rió.
—¿Una falta de respeto? ¡Qué ocurrencias! —dijo carcajeándose mientras el humo de la pipa alojado en su boca salía de a pequeñas nubes. Se atoró un momento y luego recuperó la compostura. —El encantamiento de las varitas sirve para los duelos de magia. Es una forma de estudiar qué hechizos utilizaron los estudiantes al momento de realizar el combate. Así los evalúa Nordieth.
Harry rodó los ojos y volvió a la lectura. Durante las últimas semanas había oído más de aquella mujer que de su propia familia, hasta tal punto que ya sentía que la conocía totalmente.
—¿Es elfa, no? —preguntó sin despegar los ojos del libro.
—Así es. —contestó Kingsley inhalando la pipa y cerrando los ojos.
—No te lo pregunté antes, pero recuerdo cuando Hermione hace muchos años nos contó a mí y a Ron sobre los elfos nórdicos. No sabía que pudieran existir, creí que se habían extinguido.
—Si hubieses puesto más atención en Historia de la Magia probablemente no lo encontrarías tan extraño.
—Si lo dices por la guerra que mantuvieron con los enanos en Reykjavik, sí lo recuerdo. —dijo Harry dejando el libro de lado y mirando a Kinglsey atentamente fumar su pipa. — ¿hay algo que no me has dicho de ella?
—Nada que no te incumba. —contestó el anciano con solemnidad, Harry frunció los labios.
—Los elfos no van a guerras, los enanos sí. Tengo entendido que perdieron y fue la primera vez que ante el dominio de la batalla asesinaron a un enano. Rompieron su código ético de no dañar a ningún ser viviente, amigo o enemigo.
—¿Entonces sí ponías atención en clases? —Preguntó Kingsley con una sonrisa sarcástica, Harry sonrió a medias.
—Sólo lo recuerdo por Hermione. —dijo— Así que dime la verdad Kingsley, esa tal Nordieth… ¿es heredera de la misma raza que asesinó al enano?
Kingsley exhaló el humo de la pipa lentamente. No intercambió ninguna mirada con Harry, por el contrario, la mantuvo fija al frente y se levantó de la mecedora donde estaba sentado.
—No me corresponde a mí hablar de la vida de los profesores con los que trabajo. —murmuró alejándose, Harry frunció el ceño y lo siguió hasta la entrada de la casa.
—Necesito saber con quién voy a trabajar Kingsley. —le dijo ronco, el hombre se detuvo y giró la cabeza con lentitud.
—Preguntas demasiado, Harry.
—Por si no te enteraste, pasé diecisiete años encerrado en una prisión aislado de cualquier noticia. No me pidas que sea un genio. —dijo con sarcasmo. Kingsley suspiró y volvió la vista al frente.
—Entonces, no lo aparentes. Quédate con lo que sabes de ella y punto. Es lo único que necesitarás para trabajar en conjunto.
El anciano entró a la casa y Harry se quedó de pie en el umbral. Una fresca brisa le produjo un tiritón y volvió la vista hacia el sendero de árboles que poco a poco se iban tiñendo de amarillo. Se acercó a recoger el libro que estaba leyendo "Manual del maestro sobre hechizos defensivos y reveladores para combates", se abrazó a sí mismo al sentir frío, y entró a la casa.
Kingsley había desaparecido, pero en cambio se encontró a Draco, de pie frente al estante de los libros. Harry se acercó y dejó su manual encima de una pila de otros que había estado leyendo y se dejó caer sobre el sillón.
—¿Pasó algo afuera? —le preguntó Draco mientras ojeaba un libro grueso de portada oscura, Harry resopló.
—Nada que te importe. —contestó fijando sus ojos en la pila de libros que tenía enfrente. Draco sonrió con sarcasmo, si algo había quedado claro entre los dos era que la amabilidad no era posible de sostener por mucho tiempo.
—Kingsley salió. —continuó el otro— Parecía preocupado.
Harry lo miró, aún sostenía el libro en las manos. Tal vez, por un momento valía la pena ser amable con Malfoy.
—¿Malfoy? —preguntó con un tono agrio, el aludido se giró con el ceño fruncido—. ¿Qué recuerdas sobre los elfos nórdicos? —Malfoy esbozó una sonrisa burlona— ¿recuerdas lo que contaba el profesor Binns sobre ellos?
—¿Así que por eso Kingsley salió tan preocupado?
—¿A qué te refieres? ¿Acaso sabes de lo que te estoy hablando?
Malfoy rió y volvió la vista al libro que sostenía en sus manos. Harry molesto, se levantó del sillón caminando directamente hacia él y lo tomó por el hombro fijando los ojos azules de Whitemore en los grises de su enemigo.
—Necesito saber más sobre Nordieth Cardinni, pero Kingsley no me quiere contar lo más primordial. Estoy seguro de que me esconde algo.
—No hay nada qué saber Potter, —le dijo Draco cerrando el libro en su nariz. —es sólo una elfa.
—No creo que sea algo sin importancia si Kingsley se fue de aquí molesto por lo que le pregunté.
—Entonces deja de preguntar. —le dijo Draco rodando los ojos. Se giró para guardar el libro en el estante y sacó otro más.
—¡Es increíble! —gritó Harry exasperado al ver como el otro también lo ignoraba olímpicamente— ¡Sé que nada de esto lo hacen por mí! Al menos, no tú. ¡Pero si quieren que descubramos quien es ese Valmorian tendrán que explicarme sobre todo lo que me rodea!
—¿Y qué te hace suponer que Cardinni podría estar relacionada con él? —preguntó Draco ojeando interesado un gran tomo con pinta de enciclopedia.
—No lo supongo, tampoco lo creo. Pero merezco saber con quien me estoy relacionando. ¡Ya no puedo confiar en nadie!
Draco levantó la mirada del libro y torció la boca. Harry sabía que debía de parecerle patético, ya que de algún modo le estaba dando explicaciones a alguien a quien nunca imaginó dárselas.
—Cardinni es la última de su casta, aunque Kingsley te haya dicho lo contrario. —murmuró Draco bajando la mirada al libro—. Después de la guerra con los enanos los elfos comenzaron a ser atacados. Como nunca habían asesinado a nadie él día que finalmente lo hicieron se deshicieron de sus armas. Indefensos como estaban era lógico que la casta se extinguiría pronto. Ahora los enanos gobiernan gran parte de Islandia.
—¿Historia de la magia? —le preguntó Harry fijándose en la portada del libro la cual tenía dibujada a muchos personajes del mundo mágico.
—Te estoy contando lo que sale aquí. —dijo señalando algunas líneas del tomo—. El libro se refiere específicamente a la casta de los Erion, pero Cardinni no es totalmente elfa, lo que en cierta forma lo hace aún peor. —dijo con una mueca de asco, Harry lo miró fijamente. A pesar de los años Malfoy seguía siendo igual de racista y clasista.
—¿A qué te refieres con que no es totalmente elfa?
—Es lógico Potter. —dijo Draco cerrando el libro y guardándolo en el estante— Sólo hay una raza de elfos con cuerpo humano y son los nórdicos, los demás son esos bichos que nos sirven y a los que estúpidamente tu amiguita Granger les dio la idea de un sindicato. —Harry sonrió ante el comentario y repentinamente se preguntó por Hermione, pero Draco continuó—. En fin, después de que casi fueron acabados, hace más de diez mil años, los pocos que quedaban huyeron a las zonas bajas donde se mezclaron con los humanos. Ahora saca tus propias conclusiones.
Harry lo comprendió de inmediato. Entonces la tal Cardinni era una mezcla, y si recordaba un poco de Historia de la Magia los elfos eran una raza pura, y encontraban denigrante el mestizaje, casi tanto como los Slytherin odiaban a los hijos de muggles.
—¿Y por qué no me lo dijo Kingsley?
—Yo qué sé, tendrá sus razones, o un estúpido código del director. —Draco atrajo con su varita un ejemplar del Profeta y se dejó caer sobre el otro sillón. Harry lo miró desde arriba y repentinamente se liberó en su mente el tema que tantas veces había intentado hablar con él, pero que por orgullo no se atrevía a intentarlo: La relación de su hija con Scorpius Malfoy.
Draco no le quitó la vista al Profeta, sin embargo no movía los ojos lo que significaba que no estaba leyendo. Harry sabía que estaba atento a su comportamiento, así que aprovechando probablemente la única oportunidad que tendría para clarar el tema, le preguntó:
—¿Por qué no me dijiste que mi hija sale con tu hijo?
Draco como nunca abrió los ojos como platos y Harry esbozó una sonrisa graciosa. El aludido dejó el ejemplar a un lado y se quedó en silencio por largo rato, probablemente sopesando la pregunta.
—Supongo que Kingsley te lo dijo. —afirmó, Harry asintió lentamente.
—Debo admitir que en el momento que lo supe no pude creerlo, y sigo intentando digerir la información.
Draco lanzó una risotada burlona y se giró a verlo con los ojos entrecerrados.
—¿A ti te cuesta creerlo? ¿A ti? —volvió a reír ante la mirada incrédula de Harry, y se levantó del sillón colocándose justo frente a él—. Yo llevo tres años intentando soportarlo, intentando digerirlo, y aún así no me puedo acostumbrar a verla todas las vacaciones en mi casa. —gruñó, Harry frunció el ceño y se alejó un paso.
—No hables así de mi hija.
—¡Ni siquiera la conoces!
—¡Pero es mi hija, imbécil!
—¡Y es una entrometida!
Harry se quedó con la boca a medio abrir, Draco se alejó hacia el carrito de los licores que había en un rincón y se sirvió con rapidez un pequeño vaso con whisky.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Harry lentamente, a fin de cuentas lo que realmente le molestaba era que le escondieran todos los detalles de su familia. Tal vez, que Lily saliera con un Malfoy no era tan malo.
—Tu hija vive en mi casa. —puntualizó Draco bebiéndose el Whisky de un trago— Se lleva de maravillas con Astoria, mi mujer, y ayudó…—suspiró— ayudó mucho a Calisto.
Harry sonrió con ternura al imaginarse a Lily con la misma sonrisa dulce de Ginny, esa que lo confortaba en cada momento.
—Me imagino que mi hija es una buena muchacha, dudo que Ginny la haya criado mal…
Draco dejó el vaso a un lado y lo miró con los ojos entrecerrados, Harry no comprendió la intensidad de esa mirada, era como si quisiera golpearlo.
—Potter, ¡tu hija pasa las navidades en mi casa! ¡Pasa las vacaciones de invierno con nosotros! —gritó apuntándolo con el dedo—. Scor la adora, y Astoria con Calisto también, yo… no me cae mal, pero, sigue siendo una Potter, y temo que utilice a mi hijo, a mi familia como una excusa para escapar de su casa.
—¿De qué mierda estás hablando? —exclamó Harry frunciendo el ceño.
—Tu hija no tiene una relación muy sana con su madre. Kingsley también ha investigado ese comportamiento porque ella sólo se queda en su casa cuando Ginny está sin Athos.
—¿Qué Lily con Ginny, no…?
—No estoy al tanto de las necesidades que pueda tener tu hija, pero se la pasa hablando con Astoria y es una verdadera molestia, ¡porque a la hora de dormir ella sólo quiere hablar de Lily Potter!
—No puedo creer lo que me cuentas…—susurró Harry dejándose caer en el sillón. Abatido, agachó la cabeza intentado recordar a la joven silueta que vio semanas antes en los pergaminos de Kingsley. Ginny no podía haber causado eso.
—Athos manipuló a tu familia de muchas formas. —dijo Draco con un tono extrañamente compasivo—. Astoria me cuenta esas cosas, yo trato de no ponerles atención porque no me interesan. Pero recuerdo haber oído que Lily le contó sobre lo idiota que se pone su madre cuando Athos anda cerca. Se vuelve fría, amarga, no ríe, y la obliga a quedarse en la casa. —Draco se detuvo para contemplar a Harry, y éste simplemente le devolvió la mirada— Cuando conoció a Scorpius vio una salida, y desde que está con él no hace más que pasar todo el tiempo en mi casa. No es una mala compañía, pero sigue siendo tu hija, y creo que en ese punto concordamos perfectamente.
—Créeme, a mi tampoco me agrada la idea de que mi hija esté con el tuyo…—susurró aún con la idea de Ginny siendo fría y amargada. —¿Qué le hizo ese sicópata a mi familia?
—Hasta ahora, de todo. —contestó Draco intentando darle un aire cómico al asunto—, Basta con que recuerdes tu condena en Azkaban, fue su plan maestro.
—No te burles…—dijo con rudeza y se quedó un rato en silencio— Al menos… ¿es feliz?
—¿Quién, Lily? —Draco agitó una mano— es una estúpida relación adolescente, supongo que será feliz, pero no sé cuánto le durará. Scor pronto se irá a Bélgica y Lily no podrá irse con él. No le quedará más opción que acabar la relación.
—Sí, supongo…—Harry no entendió por qué repentinamente le asustó la idea de que ambos jóvenes acabarán su relación. Su cerebro intentaba hacer las conexiones y la única idea que sonaba lógica era que Lily estaba más segura en la casa de Malfoy que en la de su madre.
Ambos se quedaron un segundo en silencio cuando repentinamente una explosión los hizo ponerse en guardia. Frente a ellos había aparecido Kingsley con algunos papeles y un paquete debajo del brazo.
Harry se relajó y Draco gruñó volviéndose a sentar en el sillón con El Profeta en sus manos.
—Kingsley…—murmuró Harry, el hombre sólo lo miró.
—Espero que se te hayan quitado las ganas de preguntar. —le dijo Kingsley dejando las cosas sobre una mesita cercana.
—Sabes que no, pero ya me enteré de lo necesario.
Kingsley miró a Draco quién simplemente levantó los hombros. El hombre agachó la cabeza agitándola molesto y Harry se dio cuenta de que realmente estaba enfadado.
—¿Qué trajiste? —le preguntó para romper el hielo, Kingsley le entregó el paquete y un par de pergaminos.
—Es tu varita. —le contestó, Harry de inmediato abrió la caja descubrieron una vieja varita de color caoba oscuro.
—Pero, ¿cómo…?
—Fue difícil, ya que John Whitemore en realidad tiene tu cerebro, por lo tanto si dejas que la varita te escoja en realidad te estaría eligiendo a ti, a Harry Potter, y nos podrían descubrir. Es la de Dumbledore.
—¿Qué…?—balbuceó— ¿La vara letal?
—Te pertenece a ti, ¿no?
—¡No! ¡Es de Dumbledore!
Draco esta vez se levantó del sillón haciendo más ruido de lo normal. Al pasar por su lado Harry pudo sentir la tensión eléctrica.
—No seas idiota, sí te pertenece Potter. —gruñó— Yo fui quien la recogió el día de la muerte del viejo, y tú me la quitaste en mi casa. Es tuya.
—¡Sí lo sé, Malfoy! Pero éticamente pertenece a Dumbledore, yo… ¡no puedo aceptarla! —dijo devolviéndole la caja a Kingsley, pero éste negó fervientemente con la cabeza.
—No, Harry. Necesitas una varita para trabajar, y èsta es la que vas a usar. No hay ninguna que te pertenezca, y no nos vamos a arriesgar a conseguirte una porque nos pueden descubrir. No hay otra.
—Pero, ¿y Dumbledore?
—Dumbledore aceptó. —dijo Kingsley sonriente— Él fue quien me dio la idea.
Harry recordó entonces el cuadro en el despacho de los directores. Súbitamente su pecho se hinchó de gratitud, ya sabía que lo primero que haría al llegar a Hogwarts sería hablar con él.
—¿Y esto? —dijo viendo los pergaminos que tenían anotados días, horas y fechas. —¿El horario de clases?
—Así es, partimos mañana.
Harry se atragantó, y la caja con la varita, y los horarios se le cayeron al piso. Draco se hizo un lado antes de que se desmayara sobre él.
—¿Mañana? Pero…
—Hoy es treinta y uno de Agosto, Harry.
Harry sopesó las palabras. Había pasado un mes desde su rescate, y ahora debía enfrentar al colegio, a los profesores, y a su hija.
—¡No, no! No estoy listo.
Kingsley recogió un par de papeles que había dejado sobre la mesita y se encaminó hacia las escaleras.
—Claro que lo estás. —puntualizó sin mirarlo— mañana a las ocho te espera un coche del ministerio en la estación.
—¿Qué? —exclamó, pero Kingsley ya se había perdido en el pasillo que conducía a la izquierda.
Harry releyó los horarios, tenía clases todos los días en la mañana excepto los jueves, donde salían anotados los séptimos años de Griffindor y Slytherin. Volvió a atragantarse y repentinamente comenzó a sentir frío, el jueves de la semana siguiente vería a Lily por primera vez después de su nacimiento.
No se esperaba que esa mañana fuera tan fría, y aunque llevaba una larga gabardina que lo cubría, temía que alguien lo reconociera. Divisó a muchas familias vestidas de forma muggle exagerada, la estación estaba colapsando poco a poco y los padres que iban a dejar a sus hijos se perdían entre la multitud buscando la plataforma nueve y tres cuartos. Kingsley le había dicho que debía esperar su transporte en la salida más cercana a la estación de los taxis, así que se quedó al interior de una cabina telefónica para no congelarse.
Un par de mujeres pasaron por su lado y le sonrieron de manera entusiasta y coqueta, pero Harry sólo pudo contestar con una mueca tensa y poco amable. No estaba preparado sicológicamente para ser objeto de las miradas producto de atractivo de Whitemore. Se odió por eso y se cubrió la cara con una bufanda, colocándose además el sombrero de hongo que Kingsley le había dejado. Ahora con suerte se le veían los ojos y esperaba que por lo menos así pasara desapercibido para las mujeres.
Sin moverse de la cabina observó a todas las familias y grupos de estudiantes, preguntándose si en algún momento vería a su hija con Ginny, pero después de un largo rato observando lo único que le quedó por pensar era que probablemente se había unido al choclón de gente de la hora pick.
—Disculpe. —lo interrumpió un hombre que vestía un traje demasiado elegante para viajar en tren.
—¿Dígame?
—¿Es usted John Whitemore? —Harry asintió lentamente—. Un gusto, soy Dole Hopkins, el chofer que enviaron por usted. ¿Me sigue por aquí por favor?, su transporte espera.
Harry salió de la cabina telefónica y siguió al sujeto por entre los taxis. A simple vista el auto que lo esperaba se veía muy normal y pequeño, pero cuando entró en él se dio cuenta de que era absolutamente enorme, casi tan lujoso y amplio como una limusina.
—El Director Shaklebolt nos pidió que lo tratáramos bien. —le dijo Dole, Harry asintió.
—Gracias. —fue lo único que se le ocurrió decir. El chofer cerró la puerta y emprendió la marcha.
Cada cierto kilómetro Harry inundaba su memoria con todos los alrededores, las montañas y valles que en algún momento recorrió al interior del Expreso. Cuando estaban a media hora de la llegada, una corriente fría recorrió su espalda al recordar cuando los dementores en su tercer año detuvieron el tren, también había sido el día en que había conocido a Lupin. Nuevamente su cabeza trazó un mapa y los nombres que había visto en un árbol genealógico con Kingsley ahora se teñían con líneas de colores enlazando a cada pariente con sus hijos; en ese momento, a Remus Lupin con Teddy, su ahijado.
Kingsley no le había soltado mucha información, salvo que el muchacho se había casado con Victoire, la hija de Bill y Fleur, que vivían en Francia con Andromeda, y que esperaban su primer hijo. Aquel pensamiento lo hizo sentir más viejo que nunca, ni siquiera había gozado de su infancia y ahora sería un tipo de abuelo substituto.
Suspiró mientras Dole lo miraba a través del espejo retrovisor.
—¿Se encuentra bien? —le preguntó. Harry sonrió asintiendo con la cabeza.
—Sí, sólo un poco cansado, gracias.
—Estamos por llegar, —le anunció— ¿ve ese monte? Al otro lado se encuentra Hogsmeade, lo dejaré ahí, luego tendrá que caminar.
—Claro, no hay problema. —aceptó Harry intentando recordar el recorrido que lo llevaba directo a Hogwarts. Como si Dole hubiese leído sus pensamientos, de inmediato agregó:
—El castillo se ve desde el norte, sólo debe seguir el sendero, no se demorará nada.
Harry agradecido, asintió.
No paso mucho rato cuando por fin comenzaron a descender la colina que lo llevaba a Hogsmeade. El corazón comenzó a latirle con fuerza cuando divisó a lo lejos el esplendoroso castillo de Hogwarts, y las casas del pueblito.
Cuando el chofer se detuvo había comenzado a lloviznar y los carruajes que transportaban a los alumnos se dirigían con rapidez por el sendero. Dole se bajó del auto para abrirle la puerta, y Harry cohibido se lo agradeció con un gesto.
—No es necesario que me ayudes, te vas a empapar. —le dijo, pero Dole negó con la cabeza.
—Es sólo un poco de agua, además, es servicio completo.
Harry sonrió.
—Muchas gracias.
Dole se despidió con un gesto de la cabeza afirmándose su sombrero de conductor y entro al auto cuando Harry ya estuvo fuera. Con algo de culpa sacó la varita de la gabardina y poniendo en práctica por primera vez los hechizos que hace muchos años no utilizaba, hizo aparecer un paraguas negro.
Algunos estudiantes que pasaban cerca lo quedaron mirando poco antes de subirse a los carruajes. Los temibles Thestrals relinchaban y bufaban a causa de la lluvia y más de uno lo quedó viendo fijamente. Harry se giró para comenzar a caminar en dirección al castillo y se preguntó si los seres lo habían descubierto.
Mientras caminaba recordó que Kingsley le había exigido puntualidad, el nuevo profesor no podía llegar tarde. Pero la verdad era que temía llegar, habían pensado en todo, excepto en el daño sicológico que podría hacerle el volver al lugar que lo vio crecer.
De repente se vio subiendo la cuesta, aquella que lo llevaba al castillo, y su corazón se desbocó al vislumbrar a los cerdos alados que adornaban la entrada. Ahí esperaban un par de figuras envueltas en abrigos mientras custodiaban todas las maletas y baúles de los alumnos. La suya ya debía estar en su habitación, porque Kingsley ya se la había llevado para no levantar sospechas. Se detuvo en la entrada e inhaló aire, entonces las tres figuras se giraron a verlo.
—Identifíquese. —Dijo una voz aguda, Harry reconoció de inmediato al profesor Flitwick, viejo, pequeño, e igual de ágil.
—John Whitemore—contestó con una elegancia no ensayada— el nuevo maestro de Defensas.
—¡Ah, Whitemore! —Exclamó otra voz, la de un hombre— Kingsley nos habló de ti, ¡pero pasa!, ¡pasa hombre que te estás mojando!
Harry sintió que una mano regordeta lo tomaba por el brazo mientras Flitwick revisaba si venía alguien más en camino.
—Nadie, —anunció—¡cierra Thomas!
Harry se giró con rapidez y se fijó en la tercera figura, un muchacho colorín y corpulento que llevaba en su cintura un llavero lleno de llaves.
—¿También son maestros? —preguntó para salir de dudas, el que lo había tomado por el brazo le sonrió y se quitó de la cabeza la capucha que le cubría la cabeza, Harry abrió los ojos sorprendido.
—No todos, yo soy Neville Longbottom, maestro de Herbología —dijo estrechándole la mano, Harry se impresiono al verlo calvo y con un grueso bigote similar a los de los cocineros italianos—. Mi amigo pequeño es Filius Flitwick, maestro de Encantamientos por casi cincuenta años, y el muchacho es Thomas Pear, nuestro celador.
—¿Celador? —preguntó Harry observando al muchacho cuyos tremendos puños podían matarlo de un solo golpe.
—Sí, el viejo Filch murió hace cinco años aplastado por un librero, pero ya nadie lo tomaba en cuenta. Necesitábamos a alguien con más agallas. Aunque aquí entre nosotros, yo creo que nuestro Poltergeist Peeves fue el causante. —le explicó Neville con una risa divertida. Harry le sonrió de vuelta y súbitamente sintió nostalgia. ¡Qué ganas tenía de decirle que era él, su amigo Harry! Se sentía fatal por engañarlo de esa manera.
—Ya, ya caballeros—dijo Flitwick empujándolos por las piernas— ¡está comenzando una tormenta, debemos entrar! Al director no le gusta retrasar la comida.
Neville le hizo una seña a Harry para que lo siguiera, y éste, nervioso, se encaminó junto con el celador y los otros dos profesores hacia la escalera de mármol que daba a la entrada principal del Gran Salón.
Al pasar cerca de la puerta Harry vio que una mujer de facciones duras y rubia organizaba a los niños de primer año para la selección.
—¿Murray? ¡Nicholas Murray, es la octava ves que te llamo muchacho! ¡Murray, ven aquí de inmediato! ¡Y deja al gato tranquilo!
Harry se encogió de hombros al pasar por su lado, ella simplemente le sonrió de manera cortés y siguió peleando con el niño que se ahogaba a carcajadas con unos amigos nuevos.
—Helen Gibbs, —le susurró Neville— profesora de Transformaciones y jefa de Ravenclaw.
Harry asintió y siguió caminando tras Neville traspasando las puertas de roble que daban al Gran Comedor. El barullo de los estudiantes era increíblemente potente, y Harry contó una quinta mesa en un rincón donde estaba un grupo de alumnos de cada casa.
—La mesa de los prefectos. —le explicó—Es una modalidad que comenzó hace diez años junto con el baile de padres.
—¿El qué? —jadeó Harry, Neville sonrió.
—Es una nueva tradición, para que los alumnos no estén tan lejos de sus padres. —explicó levantando los hombros— En lo personal yo lo paso bastante bien, y como los profesores hablan con los apoderados sobre el rendimiento de sus hijos, la mayoría se esfuerza para no tener problemas en casa cuando se enteran de sus bajas calificaciones. —rió.
Harry no dijo nada y tampoco asintió, sus ojos vagaban por las mesas de cada casa, aunque pasaron tan rápido que no logró ver a Lily. Kingsley nunca le menciono lo de tal baile, y si Ginny se presentaba al evento estaba perdido.
—… jefe de la casa Slytherin, y yo de la casa Hufflepuff.
Harry parpadeó y se giró a verlo justo cuando ya habían llegado a la mesa de profesores.
—¿Qué…? ¿Ah? —preguntó aturdido, Neville se despidió de él y fue a tomar lugar a su sitio saludando al paso a un par de alumnos y luego a Kingsley.
Harry no miró la mesa ni a sus integrantes, simplemente camino por detrás hasta encontrar un sitio que tuviera su nombre.
—¡Tu debes ser Whitemore! —una voz gruesa lo distrajo, y se giró cordialmente para ver con sorpresa a Hagrid. El guardabosque parecía un Papá Noel en decadencia. El cabello blanco y la barba canosa le daban una expresión más bonachona de lo normal, además de la gran barriga que sobresalía por encima de su abrigo de monk.
—Sí, mucho gusto.
—Soy Rubeus Hagrid, —se presentó, Harry asintió cordialmente—profesor del cuidado de criaturas mágicas, una fascinante materia por cierto.
—Ya lo creo. —Dijo Harry con una sonrisa y el corazón hinchado de emociones; tras él, el sonido de una garganta llamó su atención.
—¿Cómo está profesor? —lo saludó Kingsley con una ceja alzada, Harry frunció el ceño y le dio la mano.
—¿Cómo está director Shaklebolt?
—¿No gusta tomar asiento? —aquella pregunta salió de la voz del director con cierto tono de orden, Harry se giró para ver a Hagrid pero éste ya se encontraba hablando con otro profesor.
Obedientemente Harry tomó asiento al lado de Kingsley justo cuando una sombra cubrió su cabeza. Intrigado la levantó y su corazón se detuvo al ver ante él a la mujer más alta que hubiese visto en su vida.
—¿Qué tal Nordieth? —la saludó Kingsley, la mujer movió la cabeza.
—¿Cómo está director?
—Mira, quiero que conozcas a tu colega, John Whitemore. —los presentó Kingsley. Harry sonrió como un caballero y se levantó para darle la mano, pero ella simplemente lo miró desde arriba, fácil tres cabezas más de altura, y sólo hizo un movimiento leve con el cuello.
—Es un placer. —dijo, y tomó lugar a un lado de Harry. Cohibido, el hombre se guardó la mano y volvió a sentarse ante la mirada expectante de los alumnos más cercanos a la mesa de profesores.
Kingsley hizo una seña y todos guardaron silencio, era la hora de dar el discurso; lo que aún recordaba por los tan habituales de Dumbledore invitándolos a permanecer unidos. Respiró hondo, intentó pensar en algo bonito, y entonces el plan comenzó la marcha.
Notas:
No tengo palabras para expresar mis disculpas.
Este mes ha sido terrible, he pasado por altos y bajos, ni siquiera sé si el capítulo quedó cómo quería, pero al menos ya pasé al desarrollo de la historia como tal.
Espero no haber decepcionado a nadie. Como les digo, realmente les pido disculpas. Sólo que desde ahora no podré publicar en base a fechas, así que sólo tendrán que esperar. Los mails y los reviews los contesto siempre, claro que si me dejan uno aquí deben estar registrados para poder responderles.
Así que siéntanse con la libertad de mantenerse en contacto conmigo para tener más información sobre las actualizaciones.
Extra: Sobre lo de "Papá Noel" en realidad no sabía qué expresión darle para que sonara internacional. Aquí en Chile lo llamamos "Viejo Pascuero" y en Norteamérica "Santa Claus", así que lo intenté ver como la traducción que haría una editorial en castellano. Fue la mejor opción.
Un abrazo.
Anya.
