Fragmento por Wil
[Reino de Ralteague. Llegando a la ciudad de Sellentia]
El viaje se estaba haciendo eterno. Wilbur había afilado su espada hasta el extremo y cuando hubo terminado con ella le había pedido sus dagas a Cait para afilarlas también. Luego ya no supo que hacer. Le había comprado a otro viajero una baraja de cartas vieja y manoseada y habían estado jugando al póker jugándose frutos secos. Pero hasta eso les aburrió al final por muy competitivos que fueran. Había probado de distraerse haciendo estiramientos y practicando movimientos con la espada, pero la tripulación le había llamado la atención ya que podía ser peligroso en una cubierta tan estrecha. Además Akira no le estaba haciendo mucho caso, primero se había dedicado a perseguir ratones, y luego se hizo amigo de unos niños que viajaban en el mismo barco y apenas le habían visto más el pelo ocupado cómo estaba en jugar con ellos todo el día. Cait, en cambio, había conseguido el titulo de marmota oficial y se había pasado al menos la mitad del viaje durmiendo. Pero, por la cara de desquiciado que ponía en ese preciso instante, ya no podía dormir más y empezaba a plantearse en serio la opción de tirarse por la borda.
–Quiero salir de aquí de una maldita vez –empezó a murmurar por lo bajo– Me voy a volver loco, si llego a saber que esto iba a ser tan terriblemente monótono, me compro algún libro en Telmoord.
–Ya falta menos, llegaremos en un rato –Wilbur parecía más tranquila pero también se le notaba el hastío en la voz.
–Yo quiero llegar ya, no en un rato –Cait la miró con desesperación– Juguemos a algo. Cuéntame algo. Pregúntame algo.
–¿Perdona? –La chica lo miró confundida– ¿Cuál de ellas?
–Ninguna. Todas. Pregúntame algo, yo te respondo y luego te pregunto algo yo. A ver si así me distraigo un poco. O eso, o me vuelo la cabeza con una bola de fuego.
–No te suicides aún. ¿Qué te pregunte algo dices? –Wilbur reflexionó por unos instantes observando la densa vegetación de la ribera sur del rio– Akira. ¿Qué es? ¿De dónde lo sacaste?
–Akira es un tigre Karôwee –respondió Cait inmediatamente, y al ver que Wilbur se había quedado igual, continuó– Es una raza muy antigua y tienen una curiosa afinidad con los elementos. Suelen vivir muchos años, y por eso Akira sigue siendo un cachorro. Aunque, como ya viste, en caso de necesidad, son capaces de cambiar de forma a su etapa adulta durante cierto tiempo. –hizo una pausa y miró al pequeño tigre de refilón– Apenas recuerda a su familia, era muy pequeño cuando lo encontré en un bosque cerca de mi casa. Estaba herido, pero pude curarlo y desde entonces ha vivido conmigo –el chico pareció ensimismarse por un momento, recordando– Parece ser que hubo una tormenta y perdió a su manada. Y por ahora no hemos encontrado a ninguno de su especie que nos de alguna pista, quedan muy pocos.
–¡Vaya! –Wilbur buscó con la mirada al cachorro de tigre alado que se lo estaba pasando bomba atrapando al vuelo una pelota que sus nuevos amigos le tiraban– Qué suerte que le encontraras, pobrecito. Bueno, me toca responder. ¿Qué quieres saber?
–¿Porqué tanta devoción por los Clanes Libres? –Soltó sin dudar.
–Mhmm. Mi madre murió, bueno, mi madre fue asesinada cuando yo tenía unos doce años. Por un demonio. Me quedé sola en el mundo. – Cait pareció compungido por un momento y abrió la boca para interrumpirla pero la chica no le dejó hablar y continuó como si contara algo mucho más trivial de lo que realmente estaba contando– Aún le busco, recuerdo su cara como si fuese ayer. La primera vez que vi a Parnaku estaba reclutando gente para los Clanes Libres en la plaza del mercado de Saillune, hará unos cuatro años. Kishpah iba con él. Pero aún eran muy pocos y justo empezaban a tener respaldo del príncipe Philionel. –la chica sonrió por un momento, recordando– Me convenció fácilmente. Aunque mi principal motivo para enrolarme era buscar al asesino de mi madre aprovechando los recursos de la alianza. Pero para mi sorpresa allí conseguí una nueva familia. Parn, Kish, Ayne, y muchos otros… Son muy importantes para mí. La causa por la que luchamos es vital ¡y estamos consiguiendo un gran ejército por lo que me ha dicho Kish! –Wilbur se había ido entusiasmando como siempre que hablaba de los Clanes Libres– No olvido la venganza, pero ahora mismo mi prioridad es que los Clanes Libres salgan victoriosos de esta guerra. –La chica le sonrió ampliamente– ¡Me toca! Y tú, ¿por qué tanto reparo en unirte?
–Verás… –Cait dudó por unos segundos pero pareció decidirse después de la sinceridad y confianza con la que ella le había hablado– Hará cosa de un año la aldea donde crecí fue arrasada en una incursión del Metallium Imperiae. –cualquier atisbo de su sonrisa burlona había desaparecido de su rostro– Nadie sobrevivió, ni mis padres, ni mis familiares, ni mis amigos. Nadie. –el tono de voz se había ido ensombreciendo a medida que hablaba– No pienso dejar que eso vuelva a suceder. No lo permitiré. –Cait la miró con determinación– Pero no quiero unirme a una causa perdida, mis esfuerzos tienen que… marcar la diferencia –por un segundo pareció confundido–¿Tiene sentido?
–Por supuesto que tiene sentido– Wilbur le miró con seriedad– Tú no te preocupes, los Clanes Libres no son una causa perdida.
–Veremos – Cait esbozó una pequeña sonrisa– Me vuelve a tocar. ¿Has dicho que te quedaste sola a los doce años? ¿Cómo sobreviviste?
Wilbur sonrió pícaramente mientras se levantaba del banco en el que estaban sentados y se ponía delante suyo con un contoneo.
–Cómo buenamente pude en los barrios bajos de Saillune. ¿No has notado nada distinto en mí?
Cait la miró sorprendido y a continuación frunció el ceño fijándose en cualquier detalle distinto en la chica. Súbitamente un destello al lado de la vaina de la espada le llamó la atención. Una gema azul cielo engarzada en un broche de plata resplandecía ligeramente colgada del cinturón. Concretamente su broche nuevo que tanto parecía gustarle a su compañera de viaje. El chico abrió la boca sorprendido para comprobar a continuación, que, efectivamente, el broche ya no colgaba de su cinturón. Wilbur rió escandalosamente mientras se quitaba el broche y se lo lanzaba a un atónito Cait.
–Pero… ¿Cuándo? ¿Cómo? –Cait volvió a colocarse el broche en su sitio y miró con desconfianza a su compañera que se había vuelto a sentar entre risas.
–Hará al menos dos horas –rió– Antes, mientras mirábamos por la barandilla esas ruinas entre la maleza ¿Y cómo? Secreto de profesión.
–Así que… ¿eras una ladrona? – inquirió el mago relajándose un poco.
–Ladrona, ratera, carterista, chica de los recados de las mafias, estafadora… Hice muchas cosas y no todas muy respetables. Pero era muy joven y tenía que comer. Para alguien en mi situación era o eso, o la prostitución, así que no me arrepiento de mi decisión. Y me ha dado unas habilidades bastante útiles como puedes comprobar. –La chica sonrió– Y allí tienes algo más sobre los Clanes Libres: a Parnaku nunca le importó mi historial criminal mientras se quedara en el pasado y centrara mis esfuerzos en la destrucción del Metallium Imperiae
–Vale. Lo he entendido. Los Clanes Libres son geniales. Ya. Basta. Y el broche es mío.
–Al menos hasta que te vuelva a pillar despistado –Wilbur sonrió levantando una ceja haciéndose la interesante cosa que hizo que Cait no pudiera evitar una pequeña sonrisa– Me vuelve a tocar, mhmmm … ¿Porque vas tan vestido?
–¡¿Perdona?! –el mago pareció súbitamente escandalizado.
–Quiero decir, la casaca, las hombreras con sus correas, la capa, los guantes… Hijo mío ¿no vas incomodo? ¿No tienes calor? ¡Yo me agobiaría un montón con tanta ropa!
–Perdona que discrepe, pero yo voy vestido como una persona normal. La que va demasiado "fresca" eres tú.–Cait frunció el ceño indignado– ¿A ti te parece normal ir medio en bolas por el mundo? Fantástico, maravilloso, disfrútalo. Pero no tiene mucho sentido, ¡lo raro es que no te hayan herido de gravedad hasta ahora! No llevas una maldita protección y luchas siempre en primera línea!
–¿¡Me acabas de llamar fresca!? –Wilbur le miró abriendo los ojos de par en par debatiéndose entre el enfado y la risa– Y vale, sé que es raro que no lleve protecciones, lo he probado, no creas, pero… es que no puedo. Me molestan. Incluso llevar ropa entallada, con mangas o pantalones se me hace incomodo. No me puedo mover con facilidad, no tengo la misma agilidad y destreza que con lo que llevo ahora. Y confío más en mi capacidad de esquivar a mis oponentes que en la supuesta protección de algo que me entorpece.
–Lo que tu digas, pero casi te nos mueres en las montañas, y el día que te claven un tajo en el muslo me reiré. Me toca.
–¿¡Cómo que te toca?! ¡Si acabas de preguntarme por la ropa!
–No realmente. Tú me has preguntado por la ropa. El resto me lo has contado porque te ha dado la gana. –Cait rió ante la mirada estupefacta que su compañera le dedicó– ¿Dónde has estado últimamente? Hablas siempre como si las últimas informaciones que tuvieses de los Clanes Libres fueran todas a través de Kishpah.
La chica cerró la boca y se puso seria súbitamente como si responder a esa pregunta le supusiera un conflicto. Cait pareció interesarse más en la respuesta al notarla tensa. Por suerte para ella el sonido de una campana interrumpió la conversación.
–¡Pasajeros, en unos minutos llegaremos al puerto fluvial de Sellentia, por favor recojan todas sus pertenencias y formen una línea ordenada al lado de la barandilla!
Los pasajeros, largamente aletargados, empezaron a bullir de actividad, paseando frenéticamente arriba y abajo recogiendo sus pertenencias. Para cuando Cait y Wilbur consiguieron que Akira se despidiera de sus amigos y hubieron recogido sus cosas ya se había formado una larga cola. Estirando el cuello pudieron observar como el puerto se acercaba de forma desesperadamente lenta. Sellentia, la ciudad de los cinco templos, era un lugar digno de admirar con sus pagodas, torres y ornamentadas fachadas resplandecientes bajo la luz rojiza del ocaso.
Mientras observaban la ciudad gastando la poca paciencia que les quedaba, la chica de los Clanes Libres se preguntó cuanto tiempo tardaría su compañero de viaje en volver a plantearle la pregunta y qué debería responderle. La información que poseía era suficientemente importante para no compartirla con nadie fuera de los Clanes, y menos con alguien que parecía decidido a meterse en una misión suicida si lo creía conveniente. Tendría que esquivar el tema hasta que se decidiera a unírseles. Si es que se decidía a hacerlo.
–Quiero salir de aquí y quiero salir ya. –Cait empezaba a parecer seriamente desquiciado mientras se inclinaba peligrosamente sobre la barandilla para observar el lento avanzar de la nave– ¿Se puede saber qué hacen?
–Están maniobrando para entrar en el puerto, la corriente en este punto del rio es muy fuerte y se tarda un buen rato en conseguir sacar la barcaza de ella. –Wilbur le respondió mecánicamente mientras observaba la ciudad. Siempre le había parecido muy bonita– La última vez que hice esta ruta tardaron algo más de media hora. Y luego desembarcar tanta gente es un poco lento…
–¿¡Media hora?! ¡Estás de broma! –Cait miró la ciudad y luego la miró a ella –Puedes levitar. –afirmó– Vámonos. Esta distancia la tenemos cubierta en un par de minutos.
Antes de que la chica pudiese responder nada al estado de enajenación mental transitoria de su amigo éste la cogió del brazo y la arrastró fuera de la línea de gente. Sin decirle nada más, cogió fuertemente su hatillo y levantó el vuelo suavemente al grito de "Alas de Rayo". Akira le siguió con facilidad mientras Wilbur decidía que era mejor ir tras ellos antes de que alguien de la tripulación le pidiese explicaciones por ese desembarco tan poco ortodoxo.
El despegue fue algo torpe. Aún le costaba un poco controlar ese hechizo. En realidad aún le costaba un poco controlar cualquier hechizo. La adrenalina normalmente ayudaba y hacía que se concentrara más en canalizar el recientemente adquirido poder mágico. Pero ahora no se encontraba en ninguna situación de riesgo, solo estaba siguiendo el capricho de un compañero de viaje impaciente. Poco a poco fue ganando velocidad hasta ponerse a la par de Cait pero le costaba mantener una altura constante a lo que Cait la miró con extrañeza.
–¿Qué te pasa? ¿Estás borracha?
–Cuándo esté borracha te juro que serás consciente de ello –respondió bruscamente– ¿Puedes callarte y no meterte en lo que no te llaman?– Bastante problema tenía en no caerse al rio para ir respondiendo a tonterías.
El mago calló pero Wilbur se dio cuenta, a su pesar, que el tema volvería a salir más temprano que tarde. Aun así tenía preocupaciones más apremiantes. Como el inminente aterrizaje que esperaba que por una vez fuera poco accidentado. Cait aterrizó con suavidad en el muelle y Akira se posó en sus hombros. La chica lo hizo con menos elegancia, dio un par de traspiés, pero consiguió frenarse del todo antes de tropezarse con un noray. Cait no comentó nada y se limitó a esperar a que ella hablara.
–Bueno, ya estamos en tierra señor impaciente. Vámonos a coger sitio en alguna posada antes que desembarquen los demás y se queden todas las habitaciones. Luego si te apetece nos vamos a dar una vuelta por la ciudad y a cenar algo. De aquí recuerdo especialmente ricas las empanadas de trucha y me muero de ganas de comer algo caliente.
Cait asintió con la cabeza y empezó a seguir a la chica por las empinadas cuestas. La ciudad de Sellentia trepaba por los márgenes del rio como si de una criatura viva se tratara. Al cabo de pocos minutos y tras preguntar a un par de lugareños encontraron una posada con habitaciones libres. Les dieron una con dos camas, para alegría de Cait, y tras dejar allí su equipaje decidieron dar una vuelta por la ciudad antes de cenar. Sellentia era un lugar de peregrinaje muy importante y era una pena no visitarla un poco antes de continuar su viaje. Y les iría bien estirar un poco las piernas después del trayecto en barco.
Dos calles principales confluían en el templo de Ceifeed, centro neurálgico de la ciudad, y lo unían con sus cuatro templos menores dedicados a los cuatro reyes dragones: Al norte, cerca del rio, el templo Ragradia, rey del agua. Al este, el templo de Vrabazard, rey del fuego. En el sur de la ciudad, y cerca de las puertas principales de la muralla, el templo de Rangort, rey de la tierra. Y, finalmente, al oeste se encontraba el temple de Valwin, rey del aire.
Wilbur les comentó que había acompañado a Parnaku una vez a esa ciudad buscando nuevos aliados. Y que por eso la conocía bastante. Y era una suerte que la conociera, porque una vez se salía de las dos avenidas principales, la ciudad se convertía en un verdadero laberinto de callejuelas. Parecía que la planificación urbanística de Sellentia se limitaba a las avenidas principales, y el restó se fuera improvisando. Las edificaciones eran de todo tipo, sencillas casas encaladas de una planta, y estrafalarias construcciones con pequeñas pagodas y almenas, todas ellas acompañadas del mayor número de personas juntas que habían visto desde que empezaran su viaje. Las calles bullían de actividad de todo tipo, gente pregonando sus mercancías aún la avanzada hora, mujeres de la calle vendiéndose en las esquinas, niños pillos que hicieron sonreír a Wilbur al intentar robarle la bolsa y que alejó con una pequeña palmada en la espalda…
Tras una hora de paseo la cantidad de personas empezó a agobiarles, y el rugir de sus tripas les hizo decidir coger un par de sus famosas empanadas de trucha y levitar hasta unas almenas a observar los últimos rayos de sol brillando en los tejados de la ciudad de los cinco templos. El aire empezaba a refrescar y les hacía ondear las capas. Bajo sus pies, un estrecho callejón secundario. Muy de vez en cuando pasaba alguien usándolo como atajo entre dos calles, pero no parecía muy transitado.
Tras un rato comiendo y observando las preciosas vistas, un hombre entró poco a poco en el callejón mirando a ambos lados. Desde las alturas podían verle claramente y si el hombre hubiese levantado la vista también les hubiese visto. El hombre debía rondar los cuarenat años y era delgado y escurridizo. En vez de continuar su camino como tantos otros se quedó esperando un par de minutos visiblemente nervioso. En silencio desde las almenas Wilbur y Cait intercambiaron una mirada de curiosidad y le indicaron a Akira que permaneciera en silencio.
Súbitamente un sacerdote entró al callejón. Su túnica llevaba bordadas llamas indicando que pertenecía al templo de Vrabazard, rey del fuego. Sin perder un instante el sacerdote se acercó al hombre.
–Por su retorno. –saludó misteriosamente.
–De nuestro señor Ifrit, el que arde para siempre –contestó rápidamente el hombre– ¿Cuándo los necesitareis, mi señor?
–Mañana, al ocaso. –respondió– Varones. Jóvenes. Ya sabéis donde.
–Allí los tendréis.
–Que las llamas os iluminen –murmuró, alejándose, el sacerdote.
El hombre realizó una pequeña reverencia y tras esperar unos segundos desapareció por donde había venido.
–¡¿Qué demonios?! –susurró Cait, atónito– ¡Ifrit es un demonio de fuego, se supone que está encerrado en otra dimensión por la propia Xellass Metallium porque ni ella podía controlarle!
–Ahora no hay tiempo para eso. –le interrumpió Wilbur– Vosotros, seguid al hombre, yo me voy tras el sacerdote. Conseguid la información que podáis sin que os descubran. Nos encontramos en la posada.
Dicho eso Wilbur cogió impulso y saltó al otro lado del callejón para a continuación desaparecer tras una pagoda siguiendo, por los tejados, la dirección que el sacerdote había tomado.
