"Saborea el Renacimiento"
Capítulo IX
La inocencia
-Granger... -susurré cuando el llanto de la niña de volvió imperceptible.
No hubo respuestas.
-¡Granger! -insistí elevando la voz.
Nada.
Solté su mano, que se aferraba a la mía enérgicamente, y entonces ella volvió su cabeza hacia mí. Su semblante era penoso: Su tez, minutos antes coloreada por el sonrojo, ahora parecía desnutrida e insulsa, casi más pálida que la mía. Sólo dos trazos rosados brotaban en sus lagrimales y descendían por sus mejillas, dibujando un irregular camino que evidenciaba su lloro. Sus ojos hinchados, sus labios resecos, su ceño apretado... Me parecía surreal que, sólo hace unos instantes, esa misma chiquilla hubiera estado deslumbrante entre mis brazos, revitalizándome, haciéndome creer que todo cobraba algo de sentido. Era realmente amarga la decepción que ahora devoraba mis entrañas; toda la ilusión que me provocó la sonrisa fervorosa de Granger se había desvanecido, y no conforme con eso, había sido remplazada por el desengaño, el reencuentro con la realidad. Era evidente que ella estaba convencida de que a mí me importaba una mierda, de que yo estaba tan ajeno a la situación, que realmente no experimentaba ninguna clase de aflicción.
¡Pero que equivocada estabas, pequeña!
Yo estaba devastado, pero jamás hubiera podido demostrárselo como ella me demostraba a mí su dolor. No estaba en mi naturaleza expresar mis sentimientos, por muy intensos que fuesen. Envidiaba a Granger por su autenticidad, pero yo simplemente carecía de ella. Me miró con ojos reprochadores, y adiviné que me odiaba por ello: por haber hecho de esta relación un suplicio para ella, y una menudencia para mí. Y aunque yo supiera que no era así, no podía culpar a Granger, pues mi actitud no avalaba mis supuestos sentimientos. Todo lo que pude hacer a modo de consuelo fue sostener su mano, con la mirada puesta en cualquier otro lugar menos sus ojos, evitando cualquier otro contacto con ella, pero... ¿No se daba cuenta de que aquella era mi manera de desvincularme de su mirada? ¿No era obvio que toda esa aversión era para no volver a caer en el encanto su hermosura? ¿Por que se empeñaba en exagerar su romanticismo, y hacernos las cosas tan complejas? Yo estaba enviciado con ella, y si no revelaba mis sentimientos con miradas amorosas, abrazos furiosos o besos efusivos, era por que necesitaba dejarla atrás de una vez por todas.
-Dígame, señor -balbuceó ella, respondiendo por fin a mi llamado.
-¿Que es lo que usted propone?
De pronto, una sorpresa -aparentemente grata- se apoderó de sus ojos, y una tímida sonrisa, que sólo yo hubiera podido distinguir, se formó en su rostro. A penas levantó las comisuras de los labios, pero me bastó para reconocer que algo de ánimo le habían dado mis palabras. Había entendido perfectamente a que me refería, pero prefirió comprobar su teoría:
-¿Señor?
-¿Que es lo que usted propone? -repetí, y esta vez fui claro- ¿Un par de encuentros clandestinos? ¿Una ruptura definitiva? Le advierto que estoy dispuesto a todo menos a abandonar el castillo. Esta afinidad que nos anexa es todavía demasiado incierta como para cometer actos que conlleven demasiadas consecuencias.
Permaneció muda un instante, con sus ojos color chocolate clavados en mí. Estaba estupefacta.
-¿Usted me está ofreciendo...?
-Yo no le ofrezco nada Granger. -la detuve secamente- Quiero saber que es lo que tiene en mente.
-Ya le dije que no lo sé -rezongó molesta.
-Muy bien, entonces. -replique harto de su titubeo, poniéndome de pie y la tomándola por el brazo sin demasiado cuidado.- Largo de mi despacho.
La llevé hasta la salida y, soltándola con rudeza, abrí la puerta y le indiqué que se marchara. Aquella escena me pareció un de ja vu: Yo le rogaba que se marchara, y ella se negaba de nuevo.
-Profesor Snape... -murmuró, amenazando con destruir toda la convicción que me había planteado yo ahora. Lo correcto sería que ella se ausentara de mi vida por un buen período, estaba convencido de que aquello, sin ser lo más grato, sería lo mejor. No le permitiría estropear mi decisión con ese susurro manipulador.
-¡Basta! -vociferé yo.
Ella despegó los labios, muy probablemente para comenzar a protestar, pero no se lo permití.
-¡Largo, Granger! -insistí, y luego agregué- Esto le costará un mes de castigos.
Dicha esta última frase, Granger casi cometió el error de esbozar una sonrisa. Yo sabía lo que estaba haciendo: Ofreciéndole en bandeja de plata la excusa perfecta para verme nuevamente. No pude descifrar si ella se dio cuenta de mis intenciones, pero si lo hizo, lo encubrió a la perfección. Era como un complot inconfesable que ambos obrábamos en conjunto, sin saber con certeza si el otro estaba enterado de los planes. Nuestros motivos eran demasiado evidentes. Se trataba de resguardar nuestra inocencia y satisfacer ese ridículo deseo que nos impedía estar lejos del otro. No tenía claro si los castigos consistirían en contemplarnos con disimulo, o en una nueva batalla de caricias y besos, pero sí tenía claro que Granger estaba en pos de sostener lo que había comenzado. Lo que habíamos comenzado. Nuestros encuentros serían el descaro verbalizado, la hipocresía en su máxima expresión, y sin embargo no me importaba en absoluto, pues aquel engaño -cuyas víctimas eramos únicamente nosotros- no era nada comparado con un castigo con ella. Granger merecía toda la pena del mundo, y recíprocamente, para Granger (por bizarro que sonara) yo merecía toda la pena del mundo.
Ella se esfumó sin decir nada. Cerré la puerta con la espalda y me cubrí la frente con la mano, haciendo un esfuerzo por aclarar el panorama.
Así que de eso se trataba: de absolvernos de toda culpa, de justificarnos e inventar excusas para nosotros mismos, de mantener intacta nuestra inocencia... ¿Y por qué? Creía saberlo ahora. Ella y yo teníamos bajo muy buen concepto el significado de nuestra relación: Un desastroso y nefasto error, del cual no queríamos ser responsables. Eramos, ambos, unos verdaderos cobardes.
Y mi predicción fue más que exacta.
Resultó ser que los castigos con Granger -que dieron inicio justo al día siguiente, producto de la urgencia que representaba nuestro encuentro- eran una instancia más para conocerla, deleitarme y regocijarme con ella. Una instancia más para saborear esa exquisita sensación que me provocaba verla. Una instancia más para saborear el auténtico renacimiento que estaba experimentando enamorándome de ella, para que negarlo. La mayoría de las veces le ordenaba que contara el puntaje de los exámenes, o que clasificara las pociones, y me dedicaba a observarla trabajar. A veces, le concedía unos minutos de intimidad, y desviaba la mirada al libro que descansaba sobre mi regazo. Cuando volvía a mirarla, la descubría con la vista clavada en mí. No se molestaba en fingir que no lo hacía; la desvergonzada me sonreía y volvía a la suyo. Eso me gustaba, y ella lo sabía.
Durante los 3 primeros días, ninguna palabra que no fuera un saludo o una orden escapó de nuestras bocas.
Pero el cuarto día, después de terminar de corregir una enorme pila de exámenes, ella se atrevió a hablarme. Y desde entonces, los castigos no fueron sino breves charlas para robarnos algunas sonrisas, soltarle -sólo a ella- alguna carcajada, y naturalmente, enamorarnos cada día más.
-Señor -farfulló ese cuarto día dejando la pluma y las hojas a un lado- ¿Que está leyendo?
N/A: Me redimí de mi atraso con el capítulo anterior, actualizando éste con anticipación... Muchas gracias a todos los que siguen religiosamente éste fic, se los reiteraré hasta el fin de los tiempos: ustedes (y sus reviews) son la fuente de inspiración/motivación más significativa para esta historia.
