Capítulo IX

I

El olor que ascendió por la abertura al abrir las puertas se asemejaba al de un cadáver.

Eso fue lo único que pude pensar al recibir el olor fétido en mí nariz y recordar una de las novelas de misterio de Rivaille, en la que decía que el olor de la muerte se parecía al de la fruta podrida. Y en cierta forma es cierto.

Las puertas eran sorprendentemente pesadas y las dejé caer a los lados provocando que se golpearan contra la base de concreto. Temí que se rompieran, afortunadamente no lo hicieron. Un relámpago iluminó el cielo metálico y una gota me cayó en la mejilla mientras me decidía a entrar o si era más prudente dejarlo para otro día.

Di un paso hacia el frente a sabiendas de que no tendría otra oportunidad y pisé el primer peldaño de las escaleras que se abrieron ante mí, eran también de concreto, recientes y unas pisadas, de un calzado de mucho mayor tamaño teñidas de verde me hicieron ver que era verdad.

Erwin entraba por el sótano, pero... ¿A dónde llevaban esas puertas?

Descendí y conforme lo hacía el tufo se intensificaba, así mismo la oscuridad. Usé mi playera como un tapaboca y sentí como una brisa acariciaba mis brazos y tobillos. Como si hubiese un ventilador escondido en algún punto en el interior. Bajé, bajé y bajé un total de 30 escalones que y casi caía al descubrir que no había más. La negrura que me envolvió era tan densa que la luz del exterior solo podía crear un cuadro de luz, recortada borrosamente en el piso de concreto y sobre las escaleras. Curiosamente, la peste en el piso del sótano era nula y pude respirar con normalidad. Pensé en que el olor provenía de alguna de las tomas de gas de la casa, aunque no se asemejaran en absoluto; y deseé que no explotara nada mientras estaba ahí adentro.

Naturalmente, no pude discernir ni una silueta, mucho menos una puerta. Me adentré y tanteé el aire con los brazos abiertos y estirando una pierna o la otra tratando de prever el terreno.

Llegado a un punto todo me pareció inútil puesto que no estaba llegando a nada. Mi vista se acostumbró un poco a la oscuridad y pude notar la silueta de la caldera viejísima cubierta por hilos plateados de lo que me parecieron telarañas. Era como diez centímetros más baja que yo pero aun así se veía pesada.

No pude ver más.

Si tan solo tuviera una linterna o mi celular para iluminarme.

Me devolví sobre mis pasos tratando de percibir algo más. Estaba claro que Erwin entraba por el sótano, pero ahora ¿qué podía hacer? Si usaba la cadena y cerraba las puertas del sótano Erwin aún podía entrar por la puerta principal de la casa, sin contar las ventanas del primer piso. Si entraba y también bloqueaba las puertas de la cocina y de la sala cabía la posibilidad que rompiera los cristales de las ventanas y entrara de todas maneras.

Todas esas eran posibilidades pero lo único que estaba claro era que si alguna de ellas se presentaba me iría mal.

Muy mal.

Acaricié mi pecho por sobre la ropa sintiendo como las heridas que me provocó Erwin con sus dientes se cerraban en pequeñas costras. Como para reafirmar mis miedos las rocé suavemente metiendo una mano por dentro y pasando las yemas de los dedos sobre la piel. Me sacudí producto de un escalofrío y, rememorando el placer que vagamente sentí, decidí enterrar esos recuerdos en lo más profundo de mi mente. Todos y cada uno de ellos.

No había necesidad de recordar las cosas dolorosas.

Lo único que necesitaba recordar era que Rivaille había sido la única persona a la que amé en mi vida, y la única a la que me entregué por completo, y que nadie sería como él.

Nadie.

Más solo que nunca, procedí a regresar a casa. Caminé escaleras arriba y contuve el aliento para no respirar la peste. Casi corrí, temeroso de repente de que unas manos se cerraran en mis tobillos. Sin duda, el encierro me hacía paranoico.

Y no lo podía evitar.

Cerré las puertas y las dejé tal y como las había encontrado, pues las marcas que Erwin me hubo dejado aún estaban frescas en mi memoria, aunque yo no quisiera. Yo no quería que supiera que lo yo sabía y si iba por ahí dejando evidencia de mis hallazgos, Erwin pronto hallaría una manera de encerrarme definitivamente.

Si eso era lo que quería al final.

Y sin más, regresé a casa.

II

A penas traté de abrir la puerta principal me sentí como un estúpido. Obviamente estaba cerrada a cal y canto, y el juego de llaves, que contenía desde llaves de la casa de mi madre, la casa de soltera y mi casa habitual, había sido robado. Así mismo, las ventanas estaban cerradas desde adentro y la mínima abertura que me ofrecía el cristal de la puerta trasera de la cocina era poco más que inútil. A sabiendas de que era lo único que podía hacer metí la cabeza e inspeccioné el lugar en busca de alguna herramienta que pudiera usar para abrir alguna puerta.

- Un cuchillo servirá.

Me asomé, a mi lado derecho estaba la barra y las cajoneras llenas de utensilios, y al lado izquierdo una pared blanca con una vieja escoba apoyada contra esta. Saqué la cabeza y estiré la mano lo más que pude, tratando de alcanzar uno de los cajones y esperando encontrar... Lo que fuera.

Solo necesitaba un cuchillo, o un tenedor o hasta una chuchara. En realidad no sabía qué era lo que iba a hacer con ellas, lo único que sabía era que necesitaba saber que había algo que podía hacer. Lo que sea que fuera a obtener de alguno de esos cajones serviría como prueba para mí mismo de que aún no me había rendido.

Desgraciadamente, mientras sudaba y maldecía al golpear con mi codo el marco de metal de la pequeña puerta, no pude estirarme más. Doblé mi brazo en un ángulo extraño, forzando mi flexibilidad todo lo que pude. Formé un arco hacía dentro, el codo hacía abajo y mis tendones estirándose lo más que podían, mis dedos temblorosos y flexionados como garras hacía los cajones. El escozor del sudor pronto acudió a mi frente y mi paciencia estaba llegando a su límite. Rocé la esquina de la barra de mármol oscuro y eso fue todo.

Frustrado y sudoroso me alejé de la puerta tratando de pensar en alguna otra manera de abrir la puerta o las ventanas sin tener que romper nada. No me caracterizaba por mi paciencia, pero la idea de Erwin... "Enojado"me hizo pensar mejor las cosas.

- Maldición...

Entonces un montón de preguntas se cruzaron por mi mente y me hicieron desear jamás haber salido de casa.

¿Y si Erwin llega y me ve afuera?

Pero esta no era la peor.

¿Debo decirle lo que pasó?

¿Debo preguntarle si lo sabía?

¿Conocía al señor Ackerman?

Temblé presa del pánico sintiendo mi garganta muy seca y tragué el nudo que se formó. ¿Qué iba a hacer?

Erd dijo que iba a ayudarme pero sólo hizo que la situación se complicara aún más.

Debía regresar al interior pero no sabía cómo. No podía ver nada dentro del sótano y no podía romper las ventanas o él lo sabría. Estaba seguro de que lo haría. Comencé a respirar agitadamente sin saber cuándo había comenzado a llorar. Metí la cabeza una vez más por la abertura de la puerta de la cocina y, a pesar de mis ojos llenos de lágrimas, las vi.

Una caja de cerillas.

Estaba ahí, a menos de 20 centímetros de distancia.

Pensé unos segundos antes de darme cuenta que las cerillas quizá me salvarían el trasero.

Gracias Dios, ¡GRACIAS! Casi gritaba de alegría y cuando estiré de nueva cuenta mi mano para tomarlas me di cuenta de algo.

No las alcanzaba.

Lo intenté de nuevo pero fracasé una vez más.

- Por favor, no, ¡porfavornomalditohijodeputa! ¡VAMOS!

Mascullé desesperado forzando mis músculos hasta que las venas del cuello comenzaron a doler. Había dejado de llorar pero el dolor al estrellar cara contra los barrotes de los cristales me hizo lagrimear de nuevo. Traté por todos los medios de acortar la distancia entre mis dedos blancos y temblorosos, y las cerillas. Entonces, cuando las rocé con la yema de los dedos la escuché.

Era la sirena de un auto de policía.

La reconocería en cualquier parte, estaba seguro de que era la policía.

- Sí... –musité esperanzado alejándome de la puerta momentáneamente, tratando de escuchar mejor el sonido y determinar su trayectoria. No fue difícil puesto que el silencio sepulcral de las calles simplificaba enormemente la tarea.

Si una patrulla pasaba por fuera de la casa podía tratar de llamar su atención y podrían sacarme de ahí. El alivio hizo que aflorara una sonrisa en mis labios. Aguardé con el brazo dentro de la casa y todos mis sentidos alertas dirigidos a la calle.

El cielo gris plomizo dejó el farol y las nubes se disiparon tan velozmente como se hubieron reunido, dejando atrás un cielo estrellado solamente manchado con motas grises. Esperé por lo que me pareció una eternidad. Las luces de la acera me alumbraban apenas, sumido en la oscuridad de mi gran garaje y jardín.

No me di cuenta del momento en el que la noche cayó y justo ahora eso era lo que menos importaba. Al parecer, mi día no pintaba tan mal ya que Erwin no se había aparecido durante el día. Arrojé lejos el pensamiento de un asalto nocturno y me concentré en mi objetivo.

Desde que llegué a esa casa, con todos los relojes suspendidos en horas arbitrarias (salvo el reloj de la sala, el cual funcionaba perfectamente hasta hace poco), la planta baja siempre sumergida en la oscuridad y la posición del sol como única medida confiable para determinar la hora; vivía en un estado de atemporalidad inquietante. Nunca sabía qué hora era y sólo podía seguir la cuenta de los días por mi calendario de bolsillo. La comida poco a poco se iba acabando y había decidido que las cosas que Erwin traía consigo cada vez que venía iban a ir directo a la basura en cuanto pusiera una mano en ellas. El agua y la luz eléctrica no eran problema, las cuentas prácticamente se pagaban de los bolsillos de mi madre que tenía acceso total a mis cuentas bancarias a excepción de la cuenta común que compartíamos Rivaille y yo. Por otro lado, los cuadernos y sketchbooks que hube traído se habían quedado sin hojas blancas desde antes de que Erwin apareciera. Comencé a utilizar cualquier soporte rescatable entre mis muchos materiales y papeles. Los últimos días habían sucedido rápidamente y ya no quería más sorpresas.

Con un suspiro de desazón, sumido en mis pensamientos, me di cuenta que el sonido de la sirena había desaparecido casi en su totalidad dirigiéndose hacia la carretera principal, que salía del pueblo, apagándose por completo.

Me quedé adherido a la puerta de la cocina, escuchando el aullido del viento frío a través de las ventanas cerradas de las otras habitaciones en la planta alta, las cuales no había tenido la intención de abrir; y el ruido de los insectos nocturnos. Miré al cielo.

- ¿Y ahora qué?

Me volví hacia la puerta e intenté alcanzar las cerillas una vez más. Dándome cuenta de nuevo de que no lo lograría regresé a la hierba recién cortada en busca de algo que me ayudara.

Una ramita se rompió al pisarla y me dio una idea. Tomé la brizna de pasto seco, que era lo suficientemente dura como para que no se rompiera y me dirigí a la puerta de cocina a intentarlo una vez más. Rocé la cajita una, dos, tres veces y la empujé hacía mí hasta que pude tomarla con dos dedos de mi mano derecha.

Las extraje con cuidado y, con un suspiro triunfal y más gemidos de agradecimiento, regresé a las puertas del sótano pensando seriamente en si la peste de las escaleras era producto de una fuga de gas o de un cadáver en mi sótano.

Abrí las puertas de nuevo y aspiré ligeramente.

La peste seguía ahí pero una corriente de aire que venía del interior, está vez más fuerte, la empujaba hacia afuera. Me alejé un par de pasos y arrojé una cerilla hacia adentro.

Nada pasó pero aun así me cubrí el rostro con los brazos.

Después de aquello no había más que intentar entrar por donde quiera que Erwin ingresara a la casa, y aunque no había conseguido un cuchillo tenía algo bastante poderoso.

Fuego.

Saqué el mapa de uno de los bolsillos de mi pantalón y recordé a Erd.

Lo más seguro era que él había dibujado el plano.

Sonreí recordando el equipo de jardinería que Rivaille casi destruía al no saber cómo armarlo apropiadamente y tuvimos que llamar a Armin quien casualmente también tenía uno de esos.

Me detuve en seco al pie de las escaleras, consciente brevemente de los ojos que me espiaban entre la hierba, los botes de basura y la oscuridad.

¿Por qué no lo pensé antes?

Como un balde de agua fría y sintiéndome un imbécil por no haberlo pensado antes recordé lo que Erd me hizo.

¿Cómo sabían, él y los otros hombres que asaltaron la casa esta mañana, que había sido violado por Erwin?

¿Por qué razón entonces me revisarían?

¿Por qué los enviaba el Señor Ackerman?

Me llevé una mano al rostro y decidí no pensar más en eso hasta que pudiera regresar a mi habitación. Una vez habiendo hallado la forma en la que Erwin entraba a la casa podía bloquearla o usarla para escapar a voluntad, aún no me decidía cuál medida iba a usar.

Pero una cosa estaba clara.

Tenía miedo.

Pensando en que era una ironía tratar de entrar a la casa de la que quería escapar con tanto ahínco, me adentré en la oscuridad una vez más, con la sensación apremiante de que estaba corriendo contra el reloj.

Y solo tendría la certeza de que era así hasta que quedara muy poco tiempo.

III

Caminé escaleras debajo de nueva cuenta habiendo gastado más de seis cerillas. La luz errática que me ofrecían no llegaba más lejos que al siguiente peldaño y las ráfagas constantes de aire apagaban la llama casi al momento de encenderla. Limpié el sudor que se acumulaba debajo de mis mechones de cabello con la mano derecha y seguí descendiendo. Al llegar al piso del sótano me vi envuelto en una oscuridad fría y aterciopelada.

En verdad no podía ver nada.

Encendí una cerilla y la protegí con la palma de la mano tratando de encontrar algo que me hiciera tropezar en el limpio suelo de concreto, o una lámpara colgada en el techo, el cual, no era muy elevado. Si me paraba en las puntas de los pies podía tocarlo con las yemas de los dedos índice y anular. De pronto un pequeño silbido que no había notado hasta que di un par de pasos a la caldera ennegrecida y sucia me hizo detenerme. La corriente de aire se hubo detenido pero el silbido, sutil y suave, seguía ahí.

Me acerqué confiando en mi memoria y en mis manos que palparon la distancia hasta que llegué a ella y sentí una brisa leve que venía de su interior. El viento acariciaba mi mejilla y un vuelco en el estómago me hizo sonreír. Estaba muy cerca.

Me alejé y encendí una cerilla. Entonces la vi.

Una puerta de metal escondida casi en su totalidad detrás de la caldera.

Empujé un poco está y sentí que se movía pesadamente hacía donde la empujaba.

Casi me quemaba los dedos con la cerrilla. Estaba tan emocionado, había encontrado la puerta por la que Erwin entraba. Siendo sincero, lo imaginaba escalando hacía una ventana o entrando por un agujero en el concreto de las paredes.

Sentí la risa histérica aflorar pero la reprimí y comencé a empujar la caldera hacia la derecha, orillándola a la esquina del sótano que era demasiado pequeño para almacenar una sala completa, tamaño familiar. La caldera estaba ubicada frente a las escaleras, casi colocada en medio del muro.

Parecía que a propósito.

Cada vez que había un pequeño progreso encendía una cerilla y veía cuánto faltaba para revelar la puerta por completo. Por supuesto la caldera era endemoniadamente pesada, y no podía hacer mucho debido a mi cuerpo debilitado. Comencé a respirar aceleradamente conforme notaba el aire escapar de mis pulmones, sin embargo me decidí a regresar a casa y con un último empujón, la caldera que no era más alta que yo y aun así parecía inmensa dejó paso a una pequeña puerta de metal blanca con manchas de óxido en los goznes.

Suspiré aliviado limpiándome el sudor con la camisa y llevé la cerilla a la puerta, tratando de explorarla.

De pronto la idea de que necesitara una llave para abrirla se metió en mi cabeza y de nuevo sentí que daba vueltas mientras la claustrofobia y las ganas de vomitar me invadían. Afortunadamente, solo había un pestillo corredizo bastante gastado por el uso. La pequeña barra de metal no tenía pintura blanca alguna y podía apreciar el óxido expandirse por toda la extensión. La deslicé sin perder más tiempo, impaciente por hallar lo que habría al otro lado.

Mi encierro y, quizá, mi libertad.

Abrí la puerta lo suficiente para encontrarme con una oscuridad aún más profunda que la que me envolvía en el sótano. Al hacerlo, la puerta produjo un rechinido que me hizo saltar y tratar por todos los medios enmudecerla. Obviamente no lo logré.

Me deslicé por ella pensando que tendría que regresar y cerrar las puertas del sótano por dentro y la idea de regresar a la peste y a la oscuridad me sacaron escalofríos. Obviamente no había solución y tendría que hacerlo eventualmente.

Pensé que ya dentro de la casa tendría que encontrar el interruptor de la bombilla del sótano, o por lo menos de la habitación contigua. Al entrar a la negrura acaricié las paredes aledañas a la puerta como se acaricia a un amante y lo hallé.

La bombilla titileo débilmente y se encendió en un color amarillo agonizante. Le quedaba poco tiempo de vida. Regrese por sobre mis pasos sin necesidad de encender las cerillas y escale de nueva cuentas las escaleras hasta llegar a las puertas. Una vez cerrándolas, después de dar un último vistazo al cielo ahora estrellado y al jardín iluminado por la luna, regresé a la puerta.

El cuadro de luz que iluminaba una parte de la estancia me mostró un piso alfombrado y cubierto de polvo, y una vez más las huellas de un calzado mucho más grande que el mío me mostraron qué camino a tomar. Bloqué el acceso al sótano con la caldera como pude desde dentro de la habitación; esperando que no se notara mi intervención, repentinamente desorientado por la nueva estancia que tenía pinta de oficina y aun así yo la recordaba como la habitación de mis padres.

Temí que la puerta estuviera cerrada con llave al posar la mano derecha sobre esta. No lo estuvo, para mi buena suerte y salí al pasillo oscuro y tétrico.

Caminé hasta mi habitación donde el viento había arrastrado hojas de papel y basura fuera de esta. Preparé el cuarto de baño para una ducha que en verdad necesitaba. Me lavé el rostro y las manos sintiéndome muchos años más viejo, cansado y solo.

Ya más tranquilo, a sabiendas de que Erwin no aparecería ese día, bajé al primer piso, deseando encontrar comida en la cocina y no más sorpresas para el resto de mi vida.

IV

Me sumergí en la tina como si fuera una piedra y me hundí hasta el fondo conteniendo la respiración. Mi cabeza chocó suavemente con la superficie blanca ligeramente percudida de la tina.

Poco después, comencé a divagar.

¿Por qué estaba en casa de mi madre?

¿Por qué Rivaille no estaba aquí?

¿Por qué siempre estaba sólo?

¿Por qué siempre estaba sólo?

¿Por qué siempre estaba sólo?

...

¿Por qué?

Años atrás, mis amigos solían decirme que actuaba de una manera poco comprensible y que rara vez consideraba los sentimientos de los demás. Siempre dejándolos atrás a todos. Siempre pensando que podía hacerlo todo yo sólo, sin ayuda de nadie que estuviera ahí para decirme cómo hacer las cosas.

Creí, en ese momento, que siempre estuve sólo. Y no fue por falta de buenas amistades, sino porque yo así lo quería.

Eran casi las tres de la mañana cuando el teléfono de la casa sonó. Timbró una vez, dos, tres veces hasta un zapato (de Rivaille, no lo recuerdo), lo derribó de su descansillo. El altavoz se encendió y la grabación de mi voz en la contestadora inundó nuestra habitación.

"Somos Rivaille –una interrupción seguido de un golpe sordo, luego la voz de Rivaille- y Eren… Por el momento no estamos, ¡pero puedes dejar un mensaje y llamaremos después!"

- Rivaille.

La voz de Erwin sacó a mi esposo de la cama de un salto y tomó el aparato del suelo.

- ¿Qué quieres? Es la mitad de la noche...

- ¿Rivaille? –llamé medio dormido, medio despierto. Él me lanzó una mirada que se perdió entre las sombras y la luz de la luna que se colaba por la ventana.

- Sí, espera un segundo...

Salió de la habitación en el acto y no regresó. Después de un rato bajé, incapaz de conciliar el sueño y un poco preocupado, además.

Me deslicé por las escaleras y lo vi de pie a un lado del ventanal de la sala, espiando la calle desierta.

- Riva...

- ¿Qué se supone que quieres que haga? Ese acuerdo terminó, ¿recuerdas? ¿Por qué no usas a alguien ma...? -Se detuvo justo en el momento en que nuestras miradas se cruzaron. Frunció el entrecejo y continuó-. No quiero escuchar más Erwin, voy a colgar.

- ¿Qué ocurre? –me coloqué a su lado mirándolo con preocupación, pues su rostro expresaba la más profunda de las tristezas. Rivaille se balanceaba en una pierna y luego en otra, pero no me miró a los ojos hasta que toqué su brazo izquierdo tímidamente.

- Nada importante –me miró y sonrió apaciblemente-. Erwin no está conforme con una de las investigaciones que realizó el escuadrón de Mike y quiere que vaya a ver si puedo hacer algo al respecto –suspiró, llevándose una mano a la cabeza, masajeándose las sienes-. Mira, sé que prometí ir a esa cena con tu hermana y su esposo pero no puedo hacer nada ahora.

- Está bien –y lo decía en serio-, él solo quiere hacer las cosas bien. Además, es tu trabajo.

- Tienes razón –caminó hacia mí revolviéndome los cabellos. Apresó mi mano con la suya y subimos a nuestra alcoba.

Llevábamos cuatro años juntos y el ascenso de jefe de comandancia local a Líder de Escuadrón de Tácticas Especiales para Rivaille se había dado por arte de magia. Así como el aumento constante a sus horas laborales y el inversamente proporcional decrecimiento de su paciencia.

Erwin llamaba cada dos horas y siempre tenía un "proyecto adecuado" para él y su escuadrón. Estos proyectos adecuados duraban semanas en realizarse debido a las trabas burocráticas de las que Rivaille debía encargarse solo. Mike eventualmente ayudaba, puesto que era su homónimo en otro distrito, pero su inexperiencia lo alteraba de sobre manera. Tantos años evadiendo la ley para que tuviera que justificar gastos en misiones casi militares para facilitar la captura de una banda de mafiosos era ridículo. Rivaille estaba desesperado porque al parecer era su iniciación en el equipo, ya que aunque era el Líder aún tenía mucho que aprender. Siempre estaba rodeado de secretarias, firmando ahí y allá. Salía corriendo a atender los llamados de Erwin siempre con Mike y Hanji, que no lo dejaban solo en ningún momento del día. Cuando era de noche y llegaba a casa me esforzaba mucho para lograr que se desestrezara un poco. Era algo irónico que los primeros días en su nuevo puesto la acción fuera tan escasa, y aun así jamás lo había visto tan agotado. Las noches que pasaba en casa dormitaba en la sala o pasaba horas sin dormir siempre al pendiente del teléfono. Prometió que la situación no duraría mucho tiempo, y la crisis pasaría puesto el cargo era pan comido y solo necesitaba algo de tiempo para acoplarse a las misiones exhaustivas y a los viajes fuera de la ciudad... Incluso del estado.

Cuando podía le enviaba mensajes a su teléfono privado, a sabiendas de que no los leería hasta que estuviera en casa. Sus secretarias y asistentes siempre me daban datos equivocados con respecto a los viajes de Rivaille y su paradero; era obvio que no les agradaba en demasía mi relación con uno de sus altos mandos. Ellos tenían mucho cuidado de no hablar mal de Rivaille cuando se encontraba en las oficinas pero uno de mis amigos que también escogió el camino de la ley me sugirió que dejara de llamarle y que confiara en que estaba bien.

Entonces Marco Bott, ese chico inteligente de sonrisa sincera, se convirtió en mi informante. Todo lo que se decía en la oficina y que hacía que me hirviera la sangre de ira lo sabía por él. Un día decidí que estaba harto y tuve unas cuantas "discusiones" con más de una persona de esa oficina.

Dos meses después la situación había mejorado y Rivaille tenía una mejor actitud. Según me contó, Erwin reestructuró las oficinas y renovó gran parte de su personal. Como resultado el papeleo se agilizó y el personal nuevo en verdad hacía su trabajo. Los días libres volvieron sin avisar y él regresaba a casa más temprano de lo usual. Había días en los que no regresaba a dormir sin embargo, pero después de cada misión solo era papeleo y uno o dos días libres.

Yo estaba sumamente feliz pues los proyectos de mi titulación y las exposiciones en las que había trabajado se hicieron bastante populares y pude disfrutar de mi éxito efímero con Rivaille todo el tiempo que duró. Aunque el tiempo que duró su ausencia lo extrañaba como nunca no le reproché nada puesto que los problemas que tenía en la corporación eran más que suficientes.

Dos meses después, él estaba muerto.

Los días siguientes a su muerte me invadió la certeza de que Rivaille estaba muerto y enterrado desde hacía mucho tiempo, cuando solo podía verlo en reportajes en televisión o escuchar su voz en el teléfono; y no pude evitar querer estar muerto también.

Así mi cabeza dejaría de tener pensamientos tan estúpidos como aquél.

No me di cuenta de cuándo dejé de respirar.

Deseé dejar de respirar para siempre.

Y así lo hice.


Este capítulo fue la muerte, pero regresé desde el infierno de los exámenes finales. Gracias por leer, ¡hasta el siguiente capítulo!