Capitulo 9
-Oye, chico, ¿qué estás haciendo en el suelo con esta jovencita?
Rosalie giró la cabeza y vio a un hombre mayor de rasgos prominentes y muy marcados, de ojos negros. Aunque estaba pálido y presentaba un aspecto frágil, se dio cuenta del parecido. Se quedó mirándolo con perplejidad. Ese anciano encorvado sobre su bastón y tan exageradamente delgado, ¿sería el tan temido y respetado Paul McCarty? Sus ojos, tan grises y penetrantes como los de Emmett, la estaban examinando. La mano que sujetaba el bastón temblaba ligeramente.
Emmett miró hacia arriba, a su padre, y sonrió.
-Todavía no estoy seguro -dijo tranquilamente-. Tengo que elegir entre darle una paliza y hacerle el amor.
McCarty soltó una carcajada jadeante y puso una mano sobre el travesaño de la cerca.
-Sólo un tonto dudaría sobre qué elegir, pero tú aquí no harás ninguna de las dos cosas. Deja que la chica se levante para que pueda verla.
Emmett obedeció. Agarró a Rosalie de un brazo y, sin ninguna ceremonia, tiró de ella hacia arriba. Ella le dirigió una mirada asesina antes de volverse hacia su padre. Qué retorcido podía ser el destino, había decidido que en su primer encuentro con Paul McCarty estuviera cubierta de polvo y su cuerpo conservara todavía el calor del de su hijo. Maldijo a Emmett en silencio y, después, se retiró el pelo hacia atrás y alzó la barbilla.
La cara de McCarty era tranquila e inexpresiva.
-Así que tú eres la nieta de Clay Hale.
Ella no se amilanó ante su mirada rapaz y lo miró a su vez.
-Así es.
-Te pareces a tu abuela.
Ella alzó la barbilla un poco más.
-Eso me han dicho.
-Era todo un carácter -la sombra de una sonrisa cruzó su mirada-. Ningún Hale había venido a mis tierras desde que ella acudió a presentarle sus respetos a Karen después de nuestra boda. Si algún joven hubiera tratado de luchar con ella, le habría puesto un ojo morado.
Emmett se apoyó en la cerca y se pasó una mano por el abdomen.
-Ella me pegó primero -dijo con voz cansina, y sonrió a Rosalie-. Fuerte.
Rosalie tiró de su sombrero hacia delante y empezó a sacudirle el polvo y a enderezarlo.
-Deberías endurecer esos músculos, McCarty -sugirió mientras se ponía de nuevo el sombrero en la cabeza-. Puedo pegar aún más fuerte.
Paul McCarty se echó a reír.
-Siempre he pensado que, de chaval, debería haberle pegado un poco más -se lamentó refiriéndose a su hijo-. ¿Cómo te llamas, chica?
Ella lo miró y vaciló.
-Rosalie -dijo por fin.
-Eres bonita -asintió con la cabeza-. Y no pareces tonta. Mi mujer estaría encantada de tener un poco de compañía.
Rosalie se quedó mirándolo durante un instante. ¿El feroz McCarty, el gran rival de su abuelo, la estaba invitando a su casa?
-Gracias, señor McCarty.
-Pasa a tomar un café -dijo animadamente. Luego se volvió hacia Emmett-. Tú y yo tenemos que solucionar un asunto.
Rosalie sintió que entre los dos había cierta tirantez. Luego McCarty dio media vuelta y caminó de regreso a la casa.
-Vendrás a casa -dijo Emmett mientras abría la puerta de la cerca. No era una invitación sino una afirmación. Curiosamente, Rosalie lo dejó pasar.
-Sólo un ratito. Tengo que volver.
Salieron juntos del corral y volvieron a cerrar la cerca. Aunque no se apresuraron, alcanzaron a McCarty cuando éste llegaba al porche. Al ver que tenía dificultades para subir los escalones, de manera automática Rosalie hizo ademán de tomarlo del brazo. Emmett le agarró la muñeca antes de que pudiera hacerlo. Movió la cabeza y esperaron hasta que su padre hubo subido trabajosamente hasta el porche.
-¡Karen! -de no encontrarse sin aliento por el esfuerzo realizado, habría sido un bramido-. Tienes compañía -McCarty abrió la puerta y le hizo un gesto a Rosalie para que entrara.
Era más suntuosa que la casa de su abuelo en Utopía, pero tenía el mismo aire del Oeste que había seducido a la niña de Chicago la primera vez que había acudido a Montana. La madera estaba encerada y reluciente. El suelo, las vigas del techo, la carpintería..., todo de roble satinado. Pero allí había algo que faltaba en Utopía, un sutil toque femenino.
Había flores en varios jarrones y colores más suaves. Aunque el abuelo de Rosalie había conservado los visillos de color crudo en las ventanas, con los años la casa del rancho se había vuelto la morada de un hombre. Ella no se había dado cuenta hasta que entró en casa de los McCarty y notó la presencia de Karen.
Una alfombra india enorme cubría el suelo de la zona de estar y, junto a la chimenea, había unos recipientes de latón relucientes que contenían ramas grandes con flores secas. En el alféizar de una de las ventanas se había improvisado un sofá con cojines bordados a mano. La habitación transmitía una sensación de orden y bienvenida.
-¿Es que ninguno de vosotros dos va a invitar a sentarse a Rosalie? -preguntó Karen suavemente mientras entraba empujando el carrito del café.
-Al parecer es la chica de Emmett -comentó McCarty al tiempo que se dejaba caer en un sillón de orejas y enganchaba el bastón en su brazo.
La replica inmediata de Rosalie quedó sofocada porque, en ese instante, Emmett le dio un codazo para que se sentara en el sofá. Ella se volvió hacia Karen rechinando los dientes.
-Tiene una casa muy bonita, señora McCarty.
Karen no intentaba disimular su regocijo.
-Gracias. Creo que te vi. El año pasado en el rodeo -dijo mientras empezaba a servir el café-. Recuerdo que pensé que te parecías a Maggie, tu abuela. ¿Tienes planeado concursar también este año?
-Sí -agarró la taza. No quiso ni leche ni azúcar-. A pesar de que mi capataz se enfadó bastante cuando batí su tiempo en la captura de novillos con lazo.
Emmett alargó un brazo y jugueteó con su pelo.
-Estoy tentado de participar yo también.
-Será un día muy triste aquél en que mi hijo no sea capaz de capturar un novillo más deprisa que una mujer -farfulló McCarty.
Emmett le dirigió un mirada afable.
-Eso dependería de la mujer.
-Quizá te falte práctica -dijo Rosalie fríamente entre sorbo y sorbo de café-, después de cinco años detrás de un escritorio -tan pronto como dijo aquello, sintió que la tirantez entre padre e hijo que había notado en el corral surgía de nuevo y con más fuerza.
-Supongo que esas cosas se llevan en la sangre -terció Karen con suavidad-. Tú te has hecho a la vida del rancho, pero te criaste en el Este, ¿no?
-En Chicago -admitió Rosalie mientras se preguntaba qué había removido-. Nunca encajé allí -antes de darse cuenta, ya lo había dicho. Frunció el entrecejo involuntariamente-. Supongo que, en mi familia, el oficio de ganadero se saltó una generación.
-Tienes un hermano, ¿verdad? -Karen vertió un poco de leche en su propia taza de café.
-Sí, es médico. Mi padre y él comparten ahora la misma consulta.
-Recuerdo al chico..., a tu padre -dijo McCarty, y luego se bebió de un trago media taza de café-. Un tipo tranquilo, serio... No decía nunca una palabra de más.
Rosalie tuvo que sonreír.
-Lo recuerda bien.
-Resulta fácil entender por qué Hale te dejó el rancho a ti en vez de a él -McCarty alargó su taza para que le sirvieran más café, pero Rosalie reparó en que Karen sólo rellenaba la taza hasta la mitad-. Supongo que no habrías podido encontrar a nadie mejor que Gil Haley para encargarse de todo.
Los hoyuelos de su sonrisa temblaron. Se dijo que era una especie de cumplido.
-Gil es el mejor de los capataces -dijo tranquilamente-, pero Utopía lo dirijo yo.
McCarty enarcó ambas cejas.
-Las mujeres no dirigen ranchos.
Ella alzó la barbilla. -Yo sí.
-Cuando aparecen cowboys con falda empiezan a surgir problemas -dijo con un bufido.
-No llevo falda cuando conduzco al ganado.
El padre de Emmett dejó la taza en el plato y se inclinó hacia delante.
-Independientemente de lo que yo pensara de tu abuelo, no me gustaría ver que lo que construyó se viene abajo por culpa de una mujer.
-Paul... -empezó a decir Karen, pero Rosalie ya estaba lanzada.
-Clay no era tan estrecho de miras -contraatacó ella-. Si una persona era válida, no importaba su sexo. Utopía lo dirijo yo y, cuando haya hecho todo lo que me propongo, usted se quedará con la boca abierta -se levantó, muy digna-. Gracias por el café, señora McCarty -lanzó una mirada a Emmett, que seguía sentado cómodamente en el sofá-. Todavía tenemos que hablar del semental.
-¿De qué se trata? -preguntó McCarty al tiempo que golpeaba el suelo con el bastón.
-Voy a cruzar a Samson con una de las yeguas de Rosalie -respondió Emmett tranquilamente.
La cara pálida de McCarty se congestionó.
-Los McCarty no hacen negocios con los Hale.
Emmett se incorporó lentamente hasta ponerse de pie.
-Hago los negocios que quiero.
Rosalie le oyó decir aquello mientras se dirigía hacia la puerta. Cuando Emmett le dio alcance, ya había llegado a su coche.
-¿Cuál es tu tarifa? -preguntó ella entre dientes.
Él se inclinó contra el coche. Si estaba enfadado, no lo parecía.
-Te enciendes enseguida, Rosalie. Yo era el único que lograba encolerizar a mi padre últimamente.
-Tu padre -dijo ella- es un intolerante.
Emmett miró hacia la casa con los pulgares enganchados en los bolsillos.
-Sí, pero sabe de vacas.
Ella dejó escapar un gran suspiro para no reírse.
-Respecto a la tarifa del semental, McCarty...
-Ven a cenar esta noche y hablaremos.
-No tengo tiempo para hacer vida social -afirmó rotundamente.
-Llevas aquí bastante tiempo como para entender las ventajas de una cena de negocios.
Rosalie frunció el entrecejo mientras contemplaba la casa. ¿Una velada con los McCarty? No, no creía que pudiera acabar la noche sin lanzar por los aires algún objeto.
-Mira, Emmett, me gustaría cruzar a Delilah con Samson si las condiciones son buenas. No me interesa nada más relacionado con tu familia.
-¿Porqué?
-Entre los Hale y los McCarty ha habido mucha bilis durante al menos un siglo.
Él la miró tranquilamente, con los párpados entornados.
-Ahora ¿quién es el intolerante?
Bingo, pensó ella, y suspiró. Dejó reposar las manos sobre las caderas y trató de poner sus ideas en orden. McCarty era un anciano y, a juzgar por su aspecto, enfermo. Y aunque se habría colgado antes que reconocerlo, se parecía bastante a su abuelo. Habría sido muy mezquino por su parte no mostrar cierta comprensión.
-De acuerdo, vendré a cenar -aceptó, y le dio la espalda-. Pero no me hago responsable si la cosa acaba a gritos.
-Creo que podremos evitar tal cosa. Pasaré a recogerte a las siete.
-Conozco el camino -replicó ella, y trató de empujarlo a un lado con el propósito de abrir la puerta del coche. La mano de Emmett se cerró en torno a su antebrazo.
-Te recogeré a las siete, Rosalie -repitió con voz resuelta, y sus ojos mostraban la misma determinación.
Ella se encogió de hombros.
-Haz lo que quieras.
Él la agarró por la nuca y la besó antes de que ella pudiera impedirlo.
-Eso es lo que me propongo -respondió tranquilamente, y luego se dirigió de nuevo hacia a la casa.
uuuyy ke pasara en la cena? jeje
espero algun review.. jeje bye
