El príncipe se acercó a los barrotes de la celda, lo suficiente para no rozarlos. Se sonrojó un poco, el vampiro también se acercó.

-Marshall, te quiero.

Con un "te quiero" el príncipe salió en busca de los vampiros de hielo dejando a Marshall en una celda fría y solitaria. Ya había pasado un día desde que estaban separados pero para Marshall esas horas habían sido infernales.

Cuando se aseguró de que el príncipe ya estaba lejos y de que no iba a volver, se permitió el lujo de tirarse al suelo derrotado, él jamás demostraría debilidad ante el Príncipe Chicle pues éste siempre le ha visto como un pilar de soporte, como su protección, y sería horrible que viera que su pilar se derrumba como un castillo de naipes con la brisa de verano.

Estaba atardeciendo, no lo podía ver porque desde aquella celda no se veía nada, no había ventanas, la única luz que llegaba a esas mazmorras era la del piso superior del castillo cuando abrían la puerta de las escaleras.

El vampiro se sentó en una esquina de aquella oscura celda, y apoyó su cabeza en la fría y dura pared y simplemente dejó pasar el tiempo mientras esperaba a su salvador.

Marshall siempre había estado solo, en sus más de mil años muchas personas habían entrado en su vida y habían acabado yéndose, a veces se separaban por peleas, a veces simplemente no eran compatibles, pero las despedidas más dolorosas eran las que la muerte provocaba.

La muerte, justa e inevitable, trata a todo el mundo por igual: sea más rico, sea más pobre, sea fuerte, sea débil, sea alto, sea bajo, la muerte acaba juzgándolos a todos de la misma forma y llevándolos a su funesto final.

A todos, a todos exceptuándolo a él. Marshall era inmortal, no iba a morir, por muchos años que pasaran, tampoco iba a envejecer más. Hubo un tiempo en que sí lo hacía, durante veinte años aproximadamente, luego dejó de hacerlo, llevaba con ese aspecto, el que tenía cuando cumplió veinte, durante más de mil años.

¿Qué le hacía pensar que esta vez iba a ser distinto? ¿Qué le hacía pensar que esta vez iba a poder quedarse con el Príncipe Chicle para siempre?

Nada.

Él solo era un cúmulo de resentimiento del pasado, un intento de crear una vida mejor junto a alguien que le quisiera. Muchas heridas del pasado aún abiertas le convirtieron en un chico fuerte que no se deja derrotar por nadie y nunca se deja ver triste. Quizá la soledad de aquella celda le hacía ver las cosas de una forma más dura y difícil o es que quizá se había dado de bruces contra la realidad, pero estaba empezando a aceptar la idea de que no podía estar con la persona a la que amaba por mucho empeño que pusiese.

¿Cuál es la verdadera celda? ¿La mazmorra donde estaba metido o la espiral de sus sentimientos que giraba sin poder detenerse cual remolino alborotado?

Cuando por fin consiguió salir de sus pensamientos, del laberinto de su propia mente, ya habían pasado muchas horas. Desde allí, sin ventanas no podía ver el exterior, no podía ver la luna, si es que aún era de noche, no podía ver el sol, si es que ya era de día. Estaba perdido, no sabía la hora exacta ni cuánto tiempo llevaba allí encerrado.

Entonces, alguien abrió la puerta de la mazmorra y la luz entró desde el piso superior, supuso que ya sería de día. Se preocupó por el príncipe, había estado toda la noche fuera, sin nadie, sin ayuda.

-Con lo torpe que es seguro que se habrá metido en algún problema – Pensó.

En unos instantes tuvo a la mismísima Reina Hielo ante sus narices. Entró y se acercó a él, mirándolo por encima del hombro, con cara de asco y desprecio.

-Así que… te han abandonado ¿Eh? –Dijo ella con total desprecio.

El vampiro la miró desde el suelo, aún seguía un poco mareado y tenía un poco de dificultad por ponerse de pie, así que se quedó en el suelo.

-No. No me han abandonado. Vendrán – Dijo él con esfuerzo.

-No. No van a venir, nadie va a venir a por ti. Te vas a quedar solo en esta celda para el resto de la eternidad. Al igual que aquella simpática niña y su gatita. Que también han sido abandonadas, por supuesto. Qué triste debe ser estar solo en el mundo ¿Eh? Que nadie te quiera, que nadie venga a salvarte… Es una pena –Dijo la Reina Hielo con total arrogancia.

-¡Te equivocas! –Gritó. –Va a venir a por mí, me rescatará… También rescataremos a Fionna. Él… Él me ama. Lo sé. No estoy solo. Para nada.

-¿Él? ¿Quién es él?

-Mi príncipe… -Respondió Marshall.

-¿Tu qué? –La Reina Hielo empezó a reírse. -¿Tu príncipe? No me hagas reír, por favor. ¿Tu príncipe? ¿En serio? Que chico tan gracioso eres. Bueno, que graciosos sois ambos, tú y tu querido príncipe. ¿Esperas que venga tu príncipe azul a lomos de un caballo, armado con una espada reluciente a rescatarte de las preciosas garras de una hermosa villana? –Mientras hablaba no podía dejar de reír.

-No es azul. Es rosa.

-Por favor. Déjate ya de tonterías. Te quedarás aquí para siempre y nunca volverás a ver a tu querido príncipe –Dijo autoritariamente mientras se dirigía hacia la salida cerciorándose de cerrar bien la celda. –Adiós y cuídate de las ratas –Dijo mientras pegaba un portazo.

Así fue como Marshall volvió a la soledad de su oscura y húmeda celda.

Las horas pasaban con normalidad pero a Marshall le pareció que el tiempo estaba roto, que las horas ya no transcurrían con normalidad sino que todo iba mucho más lento. De todas formas había perdido totalmente la noción del tiempo encerrado en aquella oscuridad.

Volvió a cerrar los ojos para intentar dejar pasar el tiempo.

-Te esperaré todo lo que haga falta… -Susurró.


Cuando por fin la luna hizo acto de presencia, los vampiros del hielo junto con el príncipe salieron de la cueva y se dirigieron hacia el castillo donde Marshall estaba encerrado.

Los vampiros se movían muy rápido, corrían y flotaban en el aire, el Príncipe Chicle estaba subido en la espalda de uno de ellos. Estaba nevando y parecía que eso les animaba a ir mucho más rápido. El príncipe vio como en pocos minutos recorrieron la distancia que a él le había costado prácticamente un día.

Llegaron a la gran pared que había que escalar para llegar al castillo y la escalaron muy rápido, casi sin esfuerzo. El príncipe estaba sorprendido y a la vez celoso de su rapidez, fuerza y resistencia. Al llegar a la puerta principal se detuvieron en seco para decidir sus próximos movimientos.

-Mi amigo está encerrado en las mazmorras del sótano –Dijo el príncipe. –Tenemos que ir hacia allí.

-Supongo que estarán esperándonos ¿No? –Preguntó uno de ellos.

-No lo sé, la verdad. No sé si me vieron salir o no –Respondió el príncipe.

-De todas formas, entremos –Concluyó un vampiro.

Entraron y se encontraron el vestíbulo lleno de pingüinos, efectivamente, habían estado allí desde que el príncipe se marchó, esperando para defender el castillo. Instintivamente los vampiros empezaron a golpear a los pingüinos, éstos ofrecieron resistencia y también demostraron tener una buena ofensiva.

El príncipe fue hacia las mazmorras con tres de los vampiros, uno de ellos era el que le había llevado en la espalda hasta el castillo. En el pasillo por donde se accedía al sótano no había ninguna defensa, por eso fueron rápidamente hacia la puerta donde estaban las escaleras.

Al bajar, el príncipe se encontró a un deprimido Marshall tirado en el suelo, deslumbrado por la poca luz que entraba desde el piso superior. El vampiro, se incorporó de un salto y se acercó a los barrotes. Uno de los vampiros de hielo se acercó y con tan solo una mano tocó los barrotes y consiguió derretirlos.

Los dos chicos corrieron a abrazarse, no podían contener las lágrimas ninguno de los dos. Marshall nunca había llorado tanto.

-¿Pensabas que no iba a venir? –Preguntó el príncipe sonriendo, entre lágrimas.

-No. Siempre confié en ti, siempre supe que vendrías, jamás dudé –Respondió Marshall mientras abrazaba al príncipe con fuerza. –Te he echado de menos, nunca más quiero separarme de ti. Aunque solo haya sido un día, ha sido un infierno. He estado en esta celda oscura y solitaria y lo único que podía hacer era pensar en ti, recordarte y desear que llegaras. No puedes ni imaginar lo importante que eres para mí y lo que te necesito –Dijo sin dejar de llorar.

-Me vas a dejar todo el hombro mojado, vampiro tonto, no llores más. Estoy aquí y nunca te abandonaré –Le dijo el Príncipe Chicle. –Vamos a hacer esto juntos, dame la mano y salgamos de aquí.

Y así, cogidos de la mano, salieron de la celda donde Marshall dejó todos sus malos pensamientos y se dirigieron hacia el piso superior para derrotar de una vez por todas a la Reina Hielo.


En el piso superior estaban los vampiros del hielo luchando contra un centenar de pingüinos, cuando los dos chicos subieron y se reunieron con los demás, empezaron a combatir juntos. El Príncipe Chicle seguía usando el palo que encontró horas antes en el bosque. Los pingüinos no eran fuertes pero eran muchos y por eso les tomó mucho tiempo derrotarlos a todos.

Cuando el último pingüino quedó inconsciente, siguieron su camino hacia la sala del trono de la Reina Hielo, a la cual se llegaba subiendo por las enormes escaleras que estaban en el vestíbulo. Antes de derrotar a los pequeños pingüinos era difícil subir ya que estaban ocupadas por éstos para impedirles avanzar.

Una vez subidas las escaleras, se encontraron con una sala relativamente pequeña comparada con el gran vestíbulo. Allí, para su sorpresa, encontraron tres pingüinos, pero no eran unos pingüinos normales, eran gigantescos.

El que estaba a la izquierda se acercó rápidamente y atacó a Marshall con un gran carámbano, éste sacó su hacha rápidamente y se defendió del ataque del pingüino. Los otros dos fueron detrás de los vampiros, el príncipe ayudó a Marshall a derrotar al pingüino de la izquierda, aunque no hizo demasiado con su palo pero al menos lo intentó y demostró una vez más que no era tan inútil como aparentaba.

Y así, con hachas y palos, empezó el combate contra los gigantes.