Desperté al oir su llanto. Lo oía como si estuviera muy lejos. ¿Dónde estaba mi bebé? ¿Porqué nadie más lo oía? ¿Donde estaba madre?

Por fin pude abrir los ojos y enfocar la habitación. Era de nuevo de noche, aunque las primeras luces del alba. Sentía el cuerpo como si un ogro lo hubiera masticado y luego escupido.

Un gemido escapó de mis labios cuando me levanté de la cama, pero Cora ya se acercaba hacia mí con pasos rápidos.

- ¡¿Qué haces levantada, niña?

- He oido llorar a Rapunzel. ¿Dónde…? ¿Donde está?

- Está bien. Estaba con ella cuando he oido que te levantabas.. – Cora me tapaba de nuevo con las sábanas.- Regina ella…

- ¿Qué le ocurre?

Vi como se alejaba en silencio hacia la cuna para traer a la niña, se quedaba parada ante ella y como se inclinaba para cogerla, pero algo no iba bien.

- Madre, ¿Ya no llora? Hace un momento la he oido llorar. ¿Madre?

- Regina yo… ella…

- ¡¿Madre?!

Cuando Cora se giró hacia mi y me mostró un cuerpecito envuelto en una mantita blanca pensé que me moría. El aire pesaba en mis pulmones como plomo, la sangre huyó de mi rostro y solo alcanzaba a tartamudear "No, no, no, no, no…" una y otra vez. Cora no se había movido del sitio, solo me miraba impotente.

- Madre, decidme que no está… que ella no… -las lágrimas corrían ardientes por mis mejillas. – Madre, por favor.

- Regina, corazón, no puedo. – por primera vez ví llorar a mi madre. – Lo siento mucho cariño.

- Pero, si la acabo de ir llorar… Madre por el amor de Dios…

Dejó su cuerpecito en mis brazos. A través de mis lágrimas pude ver unos ojitos cerrados, una carita que antes fue de un adorable color rosado y que ahora era terriblemente pálida. No respiraba. No se movía. Se había ido.

Levanté la vista al rostro de mi madre. Se había sentado a mi lado y me abrazaba fuerte.

- Lo siento mucho mi amor.

Lloré amargamente en su regazo sin soltar a mi niñita.

¡Era injusto! Solo habia podido abrazarla una sola vez y la había perdido. ¡Solo era un bebé! ¿Cómo había ocurrido?

- Madre, ¿no podeis hacer nada?

- No, mi vida. Incluso la magia tiene sus limitaciones.

Parecía tan triste y vulnerable como me sentía yo.

No podía creerlo. ¿Cómo había podido pasar?

Madre se ocupó de todo. Juntas enterramos el cuerpecito en el jardín y plantamos un joven manzano justo al lado de la tumba.

- Adiós, mi vida. – dije con una mano sobre la tierra húmeda y removida, y la otra sobre mi corazón.

Madre hizo florecer el árbol con un roce de sus dedos.

- Vamos tesoro. Volvamos adentro. Aún no estas recuperada del todo.

/Cora/

Ver así a mi hija me partía el corazón, aunque este no estuviera exactamente latiendo en mi pecho.

Pero debía hacerlo por su bien y por el mio.

Rapunzel debía morir, solo así todos estariamos a salvo de ella.

Descubrir a Maléfica ante la cuna de la niña consiguió ponerme la piel de gallina.

Estaba orgullosa de cómo mi hija había manejado un parto tan difícil. Hubo momentos en los que realmente creí que la iba a perder y que todos mis planes se irian al infierno. Fruncí el ceño al pensar en ello. ¿realmente tenía en tan poca estima a mi hija que daba más importancia a mis planes que a su vida? "No, por supuesto que no" me decía a mi misma. Amaba a mi hija y todo lo que hacía lo hacía por ella, no por mi. Ella sería reina y haría pagar a todos aquellos que una vez me… ¡Nos! A todos aquellos que alguna vez nos humillaron.

Sabía que no debía, pero no podia dejar de acercarme a la habitación de la niña.

Había conjurado una habitación contigua a la de Regina y la había ocultado con mi propia magia, de modo que nadie que no supiera de su existencia podría entrar en ella.

La noche era fria, terriblemente fria para ser primavera. Incluso estaba nevando como si estuvieramos en lo más crudo del invierno. Un pequeño bultito de mantas berreaba quejandose del abandono y del frio al que se veía expuesto.

Una y otra vez me decía que esto era lo que debía hacer por el bien de mi hija.

Una y otra vez volvía de regreso a la habitación dispuesta a cerrar la ventana y acurrucar el cuerpecito de mi nieta contra mi pecho para que volviese a entrar en calor.

Estaba claramente en conflicto conmigo misma.

Ella debía morir para que mis planes de casar a Regina con el rey se cumpliesen. ¡Pero era mi nieta!

Nadie debía saber que alguna vez ella había existido- ¡Pero Regina se culparía a si misma! Sabía como era mi hija, y tal vez nunca lo superase.

Me tendría a mi a su lado para cuidar de ella. Tal vez no quiera estar contigo. Tal vez te culpe por no despertarla durante la noche para cuidar ella misma de su hija.

Ella hará lo que yo le ordene. ¿Estás segura?

Una ondulación nl la pared hechizada que hacía las veces de puerta comunicando ambas habitaciones me distrajo. Había alguien dentro con la niña, y ya no hacía tanto frio.

Entré como un huracán, dispuesta a lanzar por la ventana al intruso con un simple giro de muñeca, pero no estaba preparada para ver lo que veía.

Malefica sostenia en brazos a Rapunzel y compartía con ella el calor de su cuerpo.

- Suelta a la niña de inmediato Maléfica. ¿Qué haces aquí? –dije con una serenidad que estaba lejos de sentir.

- Por lo visto, salvarle la vida a esta criatura ruidosa. Pensé que cuidabas mejor a la sangre de tu sangre querida Cora. Aun recuerdo el trato que hiciste con nuestro maestro para salvar la vida de tu hija. Pensé que la vida de tu nieta te importaría lo mismo que la de su madre.

No pude responder a eso, no cuando yo estaba en total desacuerdo conmigo misma por la misma razón.

- ¿Qué haces en mi castillo, bruja?

- Solo pasaba por aquí y decidí venir a felicitarte "abuelita" – su risa me erizó la piel. Puso morritos y se acercó más a la cuna. Dejó en ella a la niña aunque no dejó de tocarla en ningún momento.- Adoro las ironías. Salvaste a tu hija de aquella terrible epidemia para que te pagase dejándose preñar antes de tiempo. Y no del hombre que planeaste para ella. Creí que cuidarías de tu nieta tan bien como hiciste con su madre. ¿Qué diría la pobre Regina si llegase a enterarse de lo que estabas planeando hacerle a lo que más ama en la vida?

- ¿Qué sabes tú del amor?

- Bastante, la verdad. Lo suficiente para saber que armas usar contra ti y contra el Ser Oscuro. –miró a Rapunzel de una forma tan posesiva que me provocó escalofrios – Esta niña será tu perdición. Ella será mía, será la pieza final de mi venganza contra Rumpelstiltskin y contra ti. –su voz, convertida en un bajo susurro, evocaba imágenes de dolor y agonía- Pensé que sería Regina la que me entregaría tu corazón, pero será ella.

En sus ojos brillaba la certeza de que un día tendría lo que quería.

- Sal de mi casa antes de que olvide mis modales. – le advertí con los dientes apretados.

- ¿Modales? ¿Qué modales querida? La hija de un molinero siempre será la hija de un molinero.

Volqué mi rabia en la magia que zumbaba por mis venas y la proyecté hacia ella, lanzandola a través de la ventana.

Oí su risa a través del viento y el furioso batir de alas de un cuervo al alejarse volando de la mansión.

Miré a la niña, dormida en su cuna con un pulgar metido en su boquita rosada.

Había recuperado el color aunque había pasado media noche expuesta a la nieve y a vientos helados.

Esa fur… esa bruja decía que sería mi nieta quien le entregaría su venganza contra Rumpel y contra mi.

Nuestros corazones.

Aún sentía mi corazón estremecerse ante su recuerdo aunque este estuviera oculto y a salvo en un lugar seguro. No. No permitiría tal cosa y solo había una forma de impedirlo.

Rapunzel era un secreto celosamente guardado.

Nadíe sabía de su existencia. Nadie sabría jamás lo que le había ocurrido.

Regina lo superaría con el tiempo y con mi ayuda.

La niña debía morir.