IX. Celos

Observas el vaivén de sus caderas al alejarse de ti, adentrándose en la playa repleta de personas. El sol caliente del verano ha atraído a cientos de turistas, no sólo a ti y a Dominique. Por alguna razón, una extraña corazonada, sientes que múltiples ojos siguen tu mirada, y vuelves la vista para encontrarte con que tu novia tiene más de un espectador. Ella, inconsciente, se suelta el cabello antes de dejarse llevar por las olas, pero estás seguro de que media población masculina ya se ha deleitado con su presencia. Hundes los dedos en la arena, furioso, y te pones de pie para buscar a Dominique y decirle que ya fue suficiente de tanto mar, que ya volverán a Shell Cottage y que deben irse, pero una pelota impacta contra tu brazo y, sorprendido, buscas su origen.

Una muchacha castaña, bronceada y no más alta que tu novia, se acerca corriendo hacia ti, roja de pena.

―¡Lo siento! ―balbucea antes de quitarte la pelota de las manos y señalar a un punto tras su espalda―. Jugaba con unas amigas, y soy malísima, y…

―Está bien, no te preocupes ―la interrumpes sonriendo antes de que siga soltando palabras a diestra y siniestra, y ella vuelve a sonrojarse y asiente, apenada. Luego te ofrece una mano pequeña y se presenta, Aimeé.

―¿Quieres venir a jugar con nosotras, Lysander? ―te ofrece luego de que le dejas saber tu nombre, pero cuando te dispones a contestarle, una toalla se agita cerca de ti y la arena entra en tus ojos y tu boca, y comienzas a toser compulsivamente sin oír nada más a tu alrededor que tu propia respiración sofocada. Luego de unos segundos, se instala la calma de nuevo y Aimeé ya no está junto a ti.

―Ya nos vamos ―gruñe Dominique y recoge la toalla que acababa de agitar, dejándote solo en un abrir y cerrar de ojos. Comprendiendo porqué de repente te atacó, la sigues sin parar de reír.