La fecha de la boda se fijó para la semana siguiente, y Ren llegó al umbral de los Mogami a las diez en punto de la mañana designada para convertir a Kyoko en su legítima esposa. El plan parecía bastante sencillo: un matrimonio rápido, pasaría unos cuantos meses cuidando de Kyoko, y luego devolvería a la joven a casa de sus padres.
¿Qué podría salir mal?
A Ren le parecía que la respuesta a esta pregunta era: todo. Desde el instante mismo en que entró en la casa, empezó a tener dudas, muchísimas dudas.
Como una niña curiosa obligada a subir al piso de arriba mientras había invitados en casa, Kyoko se encontraba sentada en el rellano que daba al recibidor. Su pequeño rostro quedaba enmarcado por los balaustres de caoba y sus ojos estaban exageradamente abiertos por la perplejidad, mientras observaba todo lo que estaba pasando abajo.
El pastor que iba a oficiar la ceremonia, había llegado apenas unos segundos antes que Ren y un criado lo conducía al salón. Dos peones transportaban uno de los baúles de Kyoko a la planta baja. Las criadas corrían de aquí para allá. Cualquiera podría darse cuenta de que algo fuera de lo común estaba a punto de suceder allí.
Cuando Ren entró en el recibidor, Kyoko se quedó completamente paralizada y su rostro pareció perder hasta la última gota de sangre. No se necesitaba ser un genio para comprender que la pobre chiquilla creía que era Sho.
Dada su incapacidad intelectual, él no sabía cómo sacarla de ese error. Como tanto le gustaba a la gente recordarle, él era la viva imagen de su hermano. A Ren no le parecía que la semejanza fuese tan acusada; pero para Kyoko, quien sin duda recordaba todo lo relacionado con Sho como una imagen borrosa, de pesadilla, las diferencias entre ellos no parecían ser tan evidentes.
Temeroso de que la novia sufriera un ataque de pánico, Ren paró en seco. Aun a una distancia de siete metros, él podía sentir el miedo de ella. Electrizante, flotaba en el aire que había entre ambos, poniéndole la carne de gallina.
Con su metro noventa y más de estatura, el criador de caballos era un par de cabezas más alto que la mayoría de los hombres. Por infinidad de razones, en distintas ocasiones deseó ser más bajo, pero nunca tanto como en aquel momento.
Se había quitado el sombrero antes de entrar en la casa, de manera que en aquel instante no podía descubrirse de golpe para parecer más bajo. A juzgar por el terror que se reflejaba en los ojos de Kyoko, encorvar los hombros tampoco le estaba ayudando mucho. Era un hombre grande. Había muy poco que pudiera hacer para ocultar ese hecho. Con una chica como Kyoko, que tenía todas las razones del mundo para estar asustada, éste era un incuestionable punto en contra.
Si ella fuese capaz de hablar, de entender, Ren habría podido tranquilizarla. Tal y como estaban las cosas, todo lo que podía hacer era quedarse allí e intentar expresar con su mirada lo que no podía decirle con palabras; concretamente, que él no era Sho y que no había sido cortado con la misma tijera que su hermano. A él nunca se le ocurriría hacerle daño, ni tampoco permitiría que ninguna otra persona se lo hiciera.
—Hola, Kyoko —dijo al fin en voz baja.
Cuando Ren habló, ella pasó a fijar toda su atención en la boca de él, y una expresión de absoluto desconcierto cruzó por su rostro. A Ren se le cayó el alma a los pies, pues había esperado que ella pudiera entender al menos unas pocas palabras. Convencido de que no era así, metió las manos en los bolsillos de su pantalón y cerró los puños.
La manera en que ella lo miraba hacía que se sintiera como un monstruo. Un monstruo gigante. Esbozó lo que esperaba que fuese una sonrisa de apariencia inofensiva, pero sentía su rostro tan rígido que temía que más bien pareciese una mueca. Por si ella podría caer en la cuenta de que él no era Sho si lograba verlo bien, se acercó un poco más.
Por alguna razón, él, que nunca la había tenido tan cerca, no la había imaginado tan menuda. Tenía los hombros estrechos, los pies pequeños y los miembros frágiles. Dudaba de que pesara siquiera 45 kilos, con ropa y todo.
A lo largo de los años, había conocido a varias mujeres que podría describir como delicadas, pero incluso éste parecía ser un adjetivo demasiado fuerte para Kyoko. Le recordaba a una figura de cristal delicado. Su rostro tenía la forma de un corazón, sus rasgos estaban finamente cincelados y eran casi perfectos. La nariz, pequeña y recta, nacía entre las cejas negras y elegantemente arqueadas.
Cuando él se acercó, ella cambió ligeramente de posición. Por la tensión de todo su cuerpo, supuso que la muchacha estaba dispuesta a salir corriendo si él hacía algún movimiento brusco. Una sonrisa contenida hizo que una ola de calor invadiera su pecho, cuando de repente vio que Kyoko había alzado levemente una rodilla. Desde la ventajosa posición en que se encontraba, la joven podía pensar que estaba muy bien cubierta.
Pero, al mirarla desde abajo, las cosas eran totalmente diferentes. Como la mayoría de los calzones bombachos, los de Kyoko también tenían una abertura en la entrepierna, y ella no llevaba enaguas que obstaculizaran la vista.
Volvió a fijar su atención en el rostro de Kyoko. Un calor abrasador subía lentamente por su cuello. Mirándola a los ojos, intentó establecer si ella se habría dado cuenta de que su mirada se había extraviado en aquel lugar de su cuerpo. Vio sus ojos. Extraordinariamente grandes y del color del ambar. No había malicia alguna en ellos.
Hombre práctico hasta la médula, Ren nunca había creído en las tonterías que los hombres decían cuando estaban enamorados. Sólo había estado a punto de morir ahogado al mirar los ojos de una mujer, en una ocasión en que empezó a sudar a chorros, y ello exclusivamente a causa del deseo.
Pero los ojos de Kyoko eran diferentes. No es que estuviera ahogándose en ellos esta vez. Pero casi. Se sentía como un pez enganchado por las dos agallas, y los grandes ojos ambar de la joven eran como el sedal que lo arrastraba hacia ella.
Era una criatura tan indefensa y tan terriblemente vulnerable... Sin duda alguna, casarse con Kyoko era el menor de dos males. Pero, aun así, odiaba la idea de que pudiera contribuir a causarle más dolor. Era como tener a un cervatillo tembloroso en la mira del rifle y apretar el gatillo.
Mientras la observaba, Ren advirtió una mancha azul en un balaustre que se encontraba a la derecha de Kyoko. Para su sorpresa, vio que ella había puesto su cinta de pelo alrededor de la columna, formando una espiral perfecta. Parecía una delicada golosina Se preguntó si a ella le gustarían los dulces para niños y tomó nota mentalmente de que debía comprarle algunos la próxima vez que fuese al pueblo.
Dulces golosinas para la dulce...
—Ren, amigo mío...
Este inesperado saludo hizo que Alex se sobresaltara. Se volvió para ver al juez Mogami saliendo del salón. Dado el motivo de aquella fiesta, no podía entender por qué el hombre estaba sonriendo de oreja a oreja. Que Ren supiera, aquélla no era una ocasión para especiales celebraciones, y por eso respondió al saludo con voz neutra.
-Mogami.
Ren sabía que probablemente debía decir algo más a manera de saludo cordial, pero en ese momento le resultaba imposible ser cortés con aquel hombre.
¿Qué podría decirle?
¿Que se alegraba de verlo?
Francamente, no era así. A lo largo de la última semana, durante la cual se produjeron diversos encuentros, el padre de Kyoko le había resultado cada vez menos simpático. Había admirado a este hombre durante muchos años, pero ahora que lo conocía mejor, sabía que en realidad era un bellaco egocéntrico e insensible. Y no eran sus peores atributos.
Deteniéndose junto a Ren, Mogami enganchó sus dedos pulgares bajo la solapa de su chaqueta, se echó hacia atrás meciéndose sobre sus talones y habló, muy satisfecho.
—Es una hermosa mañana para una boda, ¿no te parece?
- Sí, ya lo creo, verdaderamente perfecta.-respondió con sarcasmo
Al ver que el novio no mostraba su acuerdo, la sonrisa del juez titubeó y, con ese don especial que tienen los políticos verdaderos para las evasivas, dio marcha atrás.
—Bueno, quizás, un poco calurosa. Pero al menos podemos estar seguros de que no lloverá. Aunque no nos vendría mal un buen aguacero.
Para Ren no era, de ningún modo, una hermosa mañana. En realidad, por lo que a él se refería, toda aquella semana había sido pésima. Estaba a punto de casarse con una mujer sin su consentimiento. Independientemente de que Kyoko lo entendiese o no, él sí lo tenía del todo claro.
Noche tras noche había permanecido despierto mirando fijamente el techo, diciéndose que el fin justificaría los medios, que estaba haciendo lo correcto. Pero ¿era la verdad? Esta era una pregunta que Ren no podía responder con certeza, al menos sin la ayuda de una bola de cristal y un vidente que predijera el futuro. Aunque la verdad era que él no creía en tales gilipolleces.
Echó un vistazo sarcástico al atuendo de su futuro suegro. Con total falta de consideración por la importancia del momento, Mogami llevaba una chaqueta canela bastante amplia sobre una camisa blanca ligeramente almidonada, y un jersey de algodón de color rosa, de cuello de pico. Su corbata, a juego, era de un rosa de tono más oscuro. Era indudablemente un traje poco elegante, más apropiado para recibir a invitados en el jardín que para una boda, aunque se tratara de una boda tan informal.
Ren, en cambio, había sido excepcionalmente meticuloso en la elección de la ropa que llevaría aquella mañana. Había terminado por escoger un traje hecho a medida, de color gris oscuro, y una camisa blanca muy almidonada, cuya parte delantera estaba tan tiesa que amenazaba con agrietarse cuando él se moviera. Dado que odiaba el olor del almidón para camisas, que inundaba las ventanas de su nariz y se aferraba implacablemente a la parte posterior de su lengua, no pudo menos que ofenderse, algo resentido, por la informalidad del otro hombre.
Sonriendo de oreja a oreja nuevamente, Mogami le dio a Ren una palmada en el brazo.
—Te has puesto nervioso, ¿no es verdad? Vamos al salón. Tengo el remedio que necesitas.
—Con un guiño de complicidad, se inclinó hacia Ren—. Mi pócima especial. Brandy de melocotón. Nunca en tu vida has probado nada igual.
Mientras el juez lo arrastraba hacia el salón, Ren miró a Kyoko por encima del hombro. Aún tenía sus grandes ojos ambar clavados en él. Le sonrió de nuevo, esperando tranquilizarla. Antes de que pudiera ver su reacción, Mogami ya lo estaba conduciendo al otro salón a través del corredor abovedado.
Coñac e imbéciles presuntuosos. Una mezcla particularmente repugnante, decidió Ren unos pocos minutos después. Ni Mogami ni el pastor parecían comprender la envergadura de lo que estaban a punto de hacer. Ren no podía pensar en otra cosa
Era verdad que tenía las mejores intenciones, pero esto no atenuaría el impacto que todo aquello tendría sobre Kyoko. Poco después de que tuviera lugar aquella parodia de boda, un hombre que la aterrorizaba la sacaría del único hogar que ella conocía.
Cuanto más pensaba Ren en ello, más se inclinaba a estar de acuerdo con su ama de llaves, Kanae, quien decía que aquel acuerdo era un pecado contra Dios y todo lo que había de sagrado en el mundo.
Tras terminar su brandy, el pastor sacó un reloj del bolsillo. Hombre alto y corpulento, de pelo negro del mismo tono que su traje, el ministro le hizo pensar a Ren en un funeral. Comprendió por qué cuando advirtió que llevaba el alzacuello negro, en lugar del tradicional de color blanco.
—Bueno, Mogami —dijo—. Empecemos de una vez. Como ya te dije cuando hablamos la semana pasada, mi agenda está muy apretada. Casi no logro encontrar tiempo para celebrar este matrimonio. Tengo dos bautizos y otra boda esta tarde, además de un funeral esta misma mañana, con el que no contaba. —Soltó una estentórea carcajada—. Es el problema que tienen los feligreses agonizantes. Nunca escogen el momento oportuno para morir.
A Ren le empezó a temblar un músculo debajo del ojo, reacción nerviosa que experimentaba al enfadarse, una de las pocas muecas que no había aprendido a controlar con los años. Comprendió que aquella boda no era más que una obligación molesta para aquellos dos hombres, una necesidad engorrosa que debían quitarse de en medio con el menor alboroto posible.
—En cuestión de agendas apretadas, nadie más entendido que yo. —Mogami puso su copa medio vacía sobre la repisa de la chimenea—. ¿Y bien, Ren? ¿El brandy te ha dado suficiente valor para decir las dos palabras más temidas del hombre? —Se rio a carcajadas y le guiñó un ojo al reverendo—. Aún no he conocido a un soltero que pueda decir: «Sí, quiero», sin asustarse.
Ren apretó la copa con fuerza y se mordió la lengua para no decir nada de lo que pudiera arrepentirse. Mientras Mogami se dirigía al corredor abovedado para llamar a su esposa, el angustiado novio dirigió la vista hacia la chimenea
.
¿Le habrían comunicado al buen reverendo las razones para la celebración de aquella repentina boda? Dada la actitud confiada de Mogami, Ren tenía la desagradable sospecha de que su futuro suegro había garantizado la colaboración del pastor haciéndole una donación importante a su iglesia. Los vitrales y las lujosas campanas de la torre no eran nada baratos. La sola idea de que pudiera ser así le asqueaba. El dinero hablaba con elocuencia; nadie sabía esto mejor que él. Pero se suponía que los clérigos debían estar por encima de los sobornos.
Olores de cocina —canela, vainilla y masa de levadura— llegaron al salón, procedentes de la parte de atrás de la casa, para mezclarse de manera repugnante con la viscosa dulzura de su brandy. Por un vertiginoso instante, habría podido jurar que las rosas de la alfombrilla de lana se estaban moviendo. Parpadeó, anhelando sentir el efecto vigorizante del licor, pero temiendo también que su estómago pudiera rebelarse si bebía el resto.
Kyoko... Sin duda, una joven a la que sus padres no apreciaban mucho. Más que una mujer, era como un secreto bien guardado, que estaba a punto de desaparecer de una casa, por arte de magia, para aparecer en otra. Y en unos pocos meses, cuando su hijo haya nacido, volverá a aparecer en su casa, se recordó a sí mismo.
Este pensamiento y el resto del brandy fortalecieron su desfallecida voluntad. Una semana atrás había tomado una decisión por el bien de Kyoko y de su hijo. Todas las razones para llegar a esa decisión aún eran válidas. No podía permitir que su sobrino, o sobrina, fuera etiquetado de inadoptable y criado en un orfanato. Esto era totalmente inaceptable.
Cuando Saena Mogami entró en el salón, arrastrando a su hija tras ella, Ren apretó con tal fuerza su copa vacía que el cristal estuvo a punto de hacerse añicos. Con aquellos ojos enormes en su rostro pálido, Kyoko primero lo miró a él, luego al pastor y, por último, a su padre. Era evidente que no estaba acostumbrada a estar en presencia de invitados, y mucho menos de un hombre que se parecía tanto a aquel que la había violado.
Tirando desesperadamente de los dedos de su madre para intentar liberarse de la mano que la agarraba con fuerza, la joven clavó sus talones en el suelo y puso todo su peso, aunque escaso, en el empeño de impedir el avance.
Saena recompensó los esfuerzos de Kyoko clavando los dedos en su brazo y dándole una sacudida violenta.
— ¡Ya basta! —gritó.
Kyoko se estremeció y enseguida alzó instintivamente el otro brazo para protegerse la cara. Para Alex, era más que evidente que, de no haber nadie en la habitación, Saena le habría dado una bofetada. Dirigió la mirada hacia las huellas rojas que los dedos de la mujer habían dejado en el brazo de la joven. Con movimientos precisos, puso su copa sobre la repisa de la chimenea y se volvió hacia el pastor, al que habló con un enfado mal disimulado.
—Terminemos ya con todo este asunto.
Saena, perfectamente vestida para la ocasión, con una blusa rosa y una falda del mismo color que combinaba muy bien con el traje de su esposo, le lanzó a éste una mirada de asombro. Ren la miró a la cara. Le importaba un bledo que adivinase lo que él estaba pensando. El hecho de que nunca le hubiera pegado a una mujer, y de que no tuviese ninguna intención de empezar con ella, no significaba que no pudiera contemplar la idea en un caso excepcional.
Mientras se acercaba al pastor a grandes zancadas, le echó un detenido vistazo al raído vestido azul de Kyoko. Sin ninguna duda, un hombre con la posición económica de Mogami podría haberle comprado a su hija un vestido mejor, especialmente el día de su boda.
Aunque sólo fuese una farsa, no dejaba de ser una boda. Las puntas de los zapatos negros de la chica estaban tan desgastadas que sólo quedaba algo así como un cuero áspero. Sus medias blancas que se dejaban ver a partir de las espinillas, debido a que el vestido tenía la longitud del de una colegiala, tenían manchas de hierba. Había visto a algunos huérfanos mejor vestidos que aquella niña.
Cuando él se acercó, Kyoko empezó a forcejear de nuevo con la mano de su madre. Alex se detuvo a varios metros de distancia del punto al que originalmente planeaba dirigirse. Con su pelo convertido en una salvaje maraña de cabellos naranjas alrededor del rostro y vestida de aquella manera, parecía más una niña que una mujer.
Una niña aterrorizada.
No queriendo asustarla aún más con su mirada, Ren apartó la vista y centró toda su atención en el pastor, que había abierto su devocionario y lo estaba hojeando rápidamente.
Advirtió que el traje negro del clérigo estaba medio estropeado y, como se encontraba tan cerca de él, percibió el olor acre del sudor rancio que salía de su chaqueta de pana. Puesto que era una mañana calurosa, aquel fétido olor era casi insoportable.
Era suficiente para revolverle el estómago. Lanzó una mirada de preocupación a Kyoko.
¿Afectaría aquella pestilencia a la joven embarazada?
Manifiestamente turbada por su mirada inquisidora, ella inclinó la cabeza, ocultando el rostro detrás de la gruesa cortina de pelo naranja. Ren se preguntó qué estaría pensando, y si tendría alguna idea de lo que estaba a punto de suceder.
Cuando su madre le soltó la muñeca, ella miró con ansia hacia atrás, a la puerta. Luego, obviamente temerosa de poner a prueba el mal genio de Saena huyendo de aquel lugar, empezó a moverse nerviosamente: frotaba las puntas de sus botines contra la lana de la alfombrilla con estampados de rosas y tiraba de los botones de su canesú.
Ren no tuvo más remedio que sonreír cuando ella de repente entrelazó los dedos, volvió las palmas de sus manos hacia fuera y extendió los brazos para hacer crujir los nudillos. Puesto que a él también le gustaba hacer esto, entendía perfectamente lo tranquilizadora que podía ser esta acción cuando una persona estaba nerviosa.
—Kyoko, ¡ya basta! —gritó Saena.
—Déjela en paz —ordenó Ren en voz baja.
Las cejas de Saena, tan parecidas a las de su hija, se arquearon hasta casi alcanzar el nacimiento del pelo.
— ¿Cómo dice?
—No le está haciendo daño a nadie. —Miró al pastor—:Reverendo, dadas las circunstancias, saltémonos todas las partes innecesarias y vayamos al grano.
Más que feliz de complacerlo, el reverendo encontró la página que estaba buscando y la marcó con una cinta roja hecha jirones. Con sonrisa vacua e impersonal, tosió para aclararse la garganta y, con voz cantarina, empezó a celebrar la boda.
Cuando finalmente llegó el momento de que Kyoko dijese: «Sí, quiero», Saena Mogami cogió la cara de la joven entre sus manos y, con brusquedad, la obligó a asentir con la cabeza. El pastor no hizo ni la más breve pausa, y terminó la corta ceremonia a toda prisa.
Renunciando al privilegio de besar a la novia, Ren se mantuvo lejos de ella, y siguió a sus suegros y al pastor hasta un pequeño escritorio, donde esperaban los documentos matrimoniales.
Después de garabatear su nombre en la línea indicada, Ren dio un paso hacia atrás para que Kyoko pudiera acercarse sin sentirse amenazada. Con todos los allí presentes como testigos, su marca, que hizo con la ayuda de su padre, fue suficiente para cumplir con el requisito de la firma.
Así de sencillo. Ya estaban casados. Ren apenas podía creerlo. Ignoró las caras sonrientes del pastor y de los padres de Kyoko, y clavó los ojos en la novia. Manteniéndose cerca de su madre en todo momento, ella había dejado caer la cabeza de nuevo; postura de abatimiento que, si bien le partía el corazón, empezaba a sacarle de quicio.
Se le ocurrió que era posible que la chica estuviera empezando a cansarse y, dada su condición de embarazada, esto no debía ser nada bueno para ella.
Miró a Saena Mogami a la cara.
—Como acordamos que todo debía estar listo después de la ceremonia, le ordené a mi cochero que aparcara el carruaje frente a la puerta principal y que se ocupara de guardar los baúles. Si vamos directamente a mi casa, Kyoko tendrá casi todo el día para instalarse antes de que la deje usted allí sola esta noche.
Saena se mordió el labio inferior y lanzó una mirada de preocupación a su esposo, que se encontraba justo detrás de Ren, tosió nerviosamente.
—¡Dios mío! ¿Acaso olvidé decirte que ha habido un cambio de planes?
Ren lo miró asombrado.
—¿Qué cambio de planes?
—Bueno, pues verás, Alex, olvidé mirar mi agenda cuando acordamos celebrar la boda hoy por la mañana. —Echó una mirada al pastor—. Como sin duda pudiste deducir por la conversación que tuvimos anteriormente, el reverendo tenía todos los demás días de la semana ocupados, de manera que no logramos cambiar la fecha de la ceremonia.
—¿Qué me estás diciendo exactamente, Mogami?
—Hoy por la tarde ofrezco una comida en el jardín. Me temo que Saena va a estar muy ocupada. Tendrás que arreglártelas sin ella hasta mañana.
—¿Arreglármelas sin ella? —Ren sabía perfectamente que estaba subiendo la voz, pero no podía evitarlo—. El problema no es que yo me las arregle sin ella, Mogami, y tú lo sabes muy bien. Si Saena va a estar ocupada hoy, dejaré a Kyoko aquí hasta mañana. Su madre debe estar con ella cuando se mude. Todos estuvimos de acuerdo en este punto.
Mogami se rascó una oreja. Luego, miró el suelo, la pared, el techo... miró todos los sitios y objetos, pero eludió la mirada de Ren.
—Bueno, verás, las cosas son un poco más complicadas. Algunos de mis invitados vienen de otros pueblos, y yo los he invitado a dormir en casa. La habitación de Kyoko estará ocupada. —Alzó las manos con gesto de impotencia—. Pensé que ella iba a quedarse en tu casa.
Un tenso silencio se asentó en la habitación; un silencio terrible, interrumpido tan sólo por el monótono tictac del reloj de péndulo colocado en una de las paredes. Cuando vio a Mogami aquella mañana, Ren pensó que su atavío era poco apropiado.
Pero no era así. El hombre estaba perfectamente vestido para la reunión que planeaba ofrecer en el jardín. Iba vestido como un político, para asistir a un encuentro de puro politiqueo.
Una reunión política que a todas luces tenía preferencia sobre Kyoko. Al parecer, casi todo era más importante que Kyoko, pensó Ren con sarcasmo. Los funerales. Las reuniones en el jardín. Los invitados que se quedaban a pasar la noche. ¡Maldición! Ren no esperaba una boda con todo el boato ceremonial de costumbre. Pensar tal cosa sería ridículo. Pero le parecía que había un principio que debía tenerse en cuenta, un principio que el juez Mogami había pasado por alto: el respeto. Cuando de su hija se trataba, éste era un atributo que él parecía no tener.
—Déjame tratar de entender lo que me estás diciendo. —Ren hablaba en voz baja, con ira contenida—. Saena no puede acompañar a Kyoko para ayudarla a instalarse en mi casa, pero la chica tampoco puede quedarse aquí.
Mogami asintió con la cabeza, con un aspecto de profunda aflicción.
—Nada de esto ha sido intencionado, Ren. Es sólo una de esas... —tosió de nuevo—situaciones inevitables.
Una situación inevitable. Hacía mucho tiempo que Ren había clasificado a Mogami como un hombre egocéntrico e insensible, pero esto superaba todas sus expectativas. Sentía un irrefrenable deseo de coger a aquel truhán presuntuoso de las solapas y sacudirlo hasta que los ojos se le salieran de las órbitas. De no haber sido por el hecho de que un comportamiento semejante asustaría a Kyoko, eso es exactamente lo que habría hecho.
Volviéndose hacia Saena, Ren logró decir con voz relativamente serena.
—Usted me prometió que acompañaría a Kyoko a mi casa para ayudarme a instalarla, señora Mogami. No es posible que no pueda venir, aunque sólo sea durante un par de horas.
Saena miró a Kyoko con aire de culpabilidad, luego a su esposo, y empezó a retorcerse las manos.
—Sé que se lo prometí, señor Tsuruga, pero lo hice antes de enterarme de que había una recepción en el jardín. El juez necesita que yo esté aquí para que sea la anfitriona. Esta comida es importantísima. Para su carrera política, como debe usted imaginar. Yo, sencillamente...
—Dejó de hablar y tragó saliva—. En fin, con todos los invitados que vienen, me es totalmente imposible ausentarme durante dos horas.
—¿Qué espera usted que yo haga, señora? ¿Coger a su hija del pelo y sacarla de aquí a rastras?
Mogami dirigió su mirada pensativa hacia la cabeza inclinada de Kyoko.
—Tengo una idea. Saena, sube corriendo y trae el láudano.
—¿El láudano? —Ren apretó los dientes. Después de un tormentoso silencio, finalmente dijo—: No permitiré que se drogue a la chica. Está embarazada, por el amor de Dios. Podría hacerle daño al niño.
—¡Tonterías! Sólo la aturdirá un poco.
Claramente incómodo con la creciente tensión, el pastor eligió aquel preciso instante para tenderle una mano a Mogami.
—Yo debo marcharme, juez. Tengo un funeral, como ya sabes. —Se dirigió a Ren—: Ha sido un placer, señor Tsuruga. Que su esposa y usted sean muy felices.
Ren estaba demasiado indignado para responder. Guardando siempre las apariencias, Mogami pidió que lo disculparan para acompañar al pastor al recibidor. Cuando los dos hombres salieron de la habitación, Ren esperaba que Saena Mogami tuviera algo que decir.
—¿Y bien? ¿Es eso lo que quiere, señora Mogami? ¿Quiere que droguemos a la chica con láudano? ¿O prefiere que yo simplemente la saque a rastras?
—No será necesario que la arrastre usted a ningún sitio. Tampoco es necesario que recurramos al láudano. Yo misma me ocuparé de que se instale cómodamente en el carruaje. Una vez hecho esto, el viaje a su casa es bastante corto. Cuando llegue allí, puede dejar que la cuidadora se ocupe de ella. Yo iré mañana por la tarde, tal y como planeamos en un principio. Se está comportando usted como si esto le estuviera causando una terrible molestia.
Ren entendió que era inútil intentar razonar con aquellas personas.
—Forcejear con una chica histérica no será ninguna molestia para mí. Soy más que capaz de manejar esa situación. Mi única preocupación es cómo se sentirá ella.
La madre se mordió el labio inferior. Parecía tener el ánimo por los suelos.
—El juez es muy... exigente. —Ahora susurraba, obviamente temiendo que su esposo la oyera—. Insiste en que yo me quede aquí para atender a los invitados, y yo no puedo oponerme a sus deseos. Si lo hiciera... se enfadaría muchísimo.
—¿Y eso sería catastrófico? —Le haría mucho bien al corazón de Ren ver a Mogami ponerse tan furioso como para empezar a romper cosas. Colmada su paciencia, señaló la puerta de entrada—. Mi cochero está esperando. Si pudiera usted ayudarme a llevar a su hija al carruaje, se lo agradecería enormemente. Parece estar agotada, y quiero llevarla a casa para que pueda descansar.
—Desde luego.
Una vez dicho esto, Saena puso un brazo alrededor de los hombros de Kyoko y la condujo fuera de aquella habitación. Ren las siguió, preguntándose a cada paso cómo pensaba la mujer hacer que la chica entrara en el vehículo sin forcejear.
Ren, que acababa de despedirse del pastor, se encontraba aún en el recibidor cuando ellos salieron del salón. Hablando para sí, se dirigió precipitadamente a su estudio para buscar algo antes de reunirse con Ren y las mujeres en el porche.
—Espero sinceramente que entiendas la situación: ya habíamos hecho preparativos para esta noche —le dijo a Ren—. Nada de esto ha sido intencionado, te lo aseguro. Cuando fijamos la boda para hoy por la mañana, olvidé completamente todo lo relacionado con la recepción.
Ren habría podido creer que el juez realmente cometió un error, de no ser por el hecho de que había prometido darle el cuarto de Kyoko a uno de sus invitados. Si no se hubiera celebrado la boda, su hija estaría ocupando el dormitorio. ¡Ren lo entendía todo, por supuesto! Quizá demasiado bien. Y dado que todo aquello era tan irritante, prefería no tratar el tema con ese truhán.
Tras bajar las escaleras, abrió la puerta del carruaje y enseguida se apartó. Para su sorpresa, la señora Mogami logró hacer que Kyoko bajara las escaleras y se dirigiera al vehículo sin incidentes. Ren echó una mirada a la joven, que estaba examinando el desconocido carruaje con gran curiosidad, y concluyó que posiblemente ella era demasiado tonta para entender lo que estaba a punto de pasar.
Saena Mogami se recogió la falda y simuló que se disponía a entrar en el carruaje. Desprevenido, Ren enseguida dio un paso adelante para prestarle ayuda. Al percibir este brusco movimiento, Kyoko retrocedió tambaleándose y estuvo a punto de tropezar con el escalón que se encontraba detrás de ella. Sólo los rápidos reflejos de Ren impidieron una desagradable caída. Cogiéndola del brazo, la sujetó hasta que la muchacha recobró el equilibrio. En el instante mismo en que lo consiguió, retrocedió con la intención de alejarse de él. Consciente de su temor y de los motivos de éste, Ren la soltó.
Luego se volvió para ayudar a la señora Mogami.
—¿Ha decidido usted acompañarnos, después de todo?
—¡Por Dios! Desde luego que no. —Saena se dejó caer en el asiento delantero. Luego, se inclinó hacia adelante para mirar por detrás del hombro de Ren. Dando palmaditas en el asiento, dijo—: Ven, Kyoko. Vamos a dar un paseo. ¿No te parece divertido?
A Ren se le hizo un nudo en la garganta. Era totalmente inconcebible que Saena estuviera planeando engañar a la chica. Le parecía indescriptiblemente cruel. No obstante, esto fue exactamente lo que ella hizo, con Ren allí presente, observando la escena. Fingiendo que iba a acompañarlos a dar un paseo, hizo que Kyoko entrara en el vehículo, esperó a que el recién casado también entrara y tomara asiento y luego salió del carruaje por la otra puerta.
A pesar de su discapacidad mental, Kyoko pareció comprender enseguida el aprieto en el que se encontraba. Lanzó una mirada a Ren y, acto seguido, intentó echar a correr detrás de su madre. Puesto que no le quedaba otra opción, o al menos ninguna en la que pudiera pensar, Ren se lo impidió bloqueándole el camino con el brazo y cerrando la puerta de un tirón. Mientras él echaba el pestillo a toda prisa, Mogami cerraba la otra puerta. Como un cordero conducido hacia un corral, Kyoko había sido atrapada hábilmente y con el menor escándalo posible, tal y como prometió su madre.
El juez apoyó un brazo sobre el borde de la ventanilla abierta del carruaje. Esbozaba una sonrisa que le provocaba arrugas en el rostro.
—¿Has visto, Ren? Ha sido muy fácil.
Ren miró a Kyoko, que sacudía desesperadamente el pestillo de la puerta, y sintió la tentación de darle un puñetazo en la boca a su padre. Y lo habría hecho si no hubiese oído el ruidito seco proveniente del pestillo. Alargando el brazo frente a Kyoko, volvió a bloquear el mecanismo para impedir que la chica huyera.
Mientras Alex volvía a acomodarse en su asiento, Mogami añadió:
—Como último recurso, puedes usar esto. —Metió una tira de piel a través de la ventana y se la puso a Ren en la mano—. Por lo general, es suficiente con mostrársela para que obedezca. Pero cuando se ponga muy terca, no dudes en usarla.
Mudo de asombro, Ren ya había cerrado la mano en torno a la tira de piel cuando cayó en la cuenta de lo que era: un asentador de navajas de afeitar, útil también como látigo. Kyoko reconoció el instrumento casi al mismo tiempo que él. No siguió intentando abrir la puerta y se echó atrás para acomodarse en el asiento. El dudaba de que alguna vez pudiera olvidar la expresión que vio en su rostro. No era sólo de temor. Lo que le partió el corazón no fue el gesto de miedo, que ya esperaba, fue la confianza destruida que vio reflejada en sus ojos. Como cualquier niño, ella había confiado en sus padres, y los dos la habían traicionado.
De repente, el carruaje dio un bandazo. El movimiento fue suficiente para que a Kyoko le entrara un pánico incontrolable. Se abalanzó sobre la puerta de nuevo. Sus dedos delgados intentaron desesperadamente agarrar la cerradura. Antes de que pudiera alcanzar el pestillo, Ren se arrojó sobre ella.
Al rodear el cuerpo de Kyoko con sus brazos, a Ren le sorprendió constatar lo menuda que era su complexión. En su trabajo cotidiano, él muchas veces se veía obligado a forcejear con caballos que eran seis veces más pesados que él, y necesitaba recurrir a todas sus fuerzas para poder dominarlos. Con la chica, tenía que hacer un esfuerzo consciente para contenerse. El miedo a hacerle daño le impedía apretarla demasiado con sus manos o abrazarla con excesiva fuerza.
Kyoko, por su parte, no tenía escrúpulo alguno. Con la flexibilidad de una contorsionista, logró escabullirse de sus brazos; y no una sola vez, sino en repetidas ocasiones: se retorcía y doblaba el cuerpo de una manera que Ren hasta aquel momento había creído que era imposible para un ser humano. De niño, intentó una vez atrapar a un cerdo engrasado en la feria del condado. Tratar de agarrar a esta chica era igual de frustrante. Además de vergonzoso. Él era mucho más grande y fuerte que la muchacha, por Dios.
Al final, Ren comprendió que no tenía más remedio que jugar a la lucha libre, y aprovechar cualquier oportunidad que pudiera presentársele. El carruaje se estaba moviendo a demasiada velocidad como para correr riesgos. Si ella lograba abrir una puerta e intentaba saltar, podría sufrir grave daño.
Impidió a duras penas que sus uñas le laceraran la cara. Le cogió las dos muñecas con una mano, puso un brazo alrededor de su estómago y, no sin alguna dificultad, hizo que ella se volviera y se sentara entre sus piernas abiertas, con la espalda contra su pecho. Pasando una pierna por encima de las de Kyoko, logró impedir que siguiera clavándole los tacones de los zapatos en las espinillas. Aunque era un poco tarde para salvar sus tibias por completo, no dejó de ser un alivio. Estaba seguro de que la chica tenía al menos doce codos y seis rodillas.
Durante el forcejeo, el único sonido que Kyoko emitió fue un jadeo superficial. Ren apenas notó su silencio cuando logró dominarla, pero ni siquiera entonces reflexionó mucho al respecto. Estaba demasiado ocupado desplomándose en el asiento y tratando de recobrar el aliento.
¡Cataplum! Algo estalló dentro de su cerebro. Un dolor, cuyo centro neurálgico era la hendidura de la barbilla, se irradió por las mandíbulas, subió y le estalló en las sienes. Infinidad de puntos empezaron a bailar frente a sus ojos. Momentáneamente aturdido a causa del golpe, parpadeó para intentar desesperadamente aclarar su visión.
—¡Qué demonios...!
En una imagen borrosa, vio a Kyoko meter la barbilla y encorvar los hombros. Logró apartarse justo a tiempo de evitar un nuevo cabezazo de la fierecilla. Apartó la cara y la nuca de la chiquilla se estrelló contra su hombro.
¡La muy picara! Él había recibido unos cuantos puñetazos en su vida propinados por hombres robustos, pero nunca se había sentido tan aturdido por un golpe. A medio camino entre la indignación y el asombro, Ren la miró boquiabierto, sin poder dar crédito a su audacia. ¡Había sido noqueado! Y nada menos que por una muchacha. ¡Por Dios! Si fácilmente podría romperle el cuello con un golpe bien asestado. ¿Acaso ella no lo entendía?
Obviamente, no. Cayendo en la cuenta de que su blanco se había movido, ella lanzó la cabeza de lado y le golpeó en la oreja.
—¡Ay! Eres una...
¿Quién había dicho que el lóbulo de la oreja no tenía sensibilidad?
La muchacha volvió a tomar impulso.
-Kyoko, N ...
¡Cataplum! Un dolor muy fuerte recorrió su mejilla. Puso la barbilla sobre el hombro de la chica para intentar disminuir su libertad de acción. La sien de ella de inmediato se acopló en un lado de su cráneo, y eso la desasosegaba, Ren estaba seguro de ello.
—Kyoko... ¡Vale ya, cariño! No voy a hacerte daño. Ya basta.
Pum... pum... cataplum. Ren apretó los dientes. Empezaba a creer que sus sesos eran canicas metidas y agitadas en una bolsa. Se mordió la lengua para contener una maldición. Aunque no le entendiera, decir palabrotas frente a una mujer iba en contra de sus principios.
Como si se hubiera dado cuenta de la futilidad de tratar de golpearlo con la cabeza, ella tensó su cuerpo en un último y valeroso esfuerzo por liberarse. Luego, se estremeció con tal fuerza que las vibraciones atravesaron el cuerpo de Ren. De esta forma expresó el terror que sentía con más elocuencia que con palabras.
Ren cerró los ojos, agobiado por una mezcla de culpa y arrepentimiento. Después de lo que Sho le había hecho, era vergonzoso hacerla sufrir de aquella manera. Sus padres se merecían que les pegasen un tiro, y él también.
—No te haré daño, cariño. Tranquilízate.
Ella se estremeció de nuevo. Luego, relajó los músculos. Ren hubiera querido conocer alguna manera de aliviar sus temores. Pero no se le ocurrió nada que decir ni hacer. Nada.
Después de unos pocos minutos, el rítmico bamboleo del carruaje pareció arrullarla hasta dormirla. Estimando que no corría ningún riesgo, Ren se atrevió a erguirse. En el fondo, esperaba que ella volviera a liarse a cabezazos, pero no pasó nada. Mirando la lánguida postración de sus delgados hombros, concluyó que el agotamiento había acabado con toda resistencia.
Examinó la parte posterior de su cabeza inclinada, y no pudo dejar de notar la dulce curva de la nuca allí donde se formaba la raya que dividía su pelo anaranjado. Su piel parecía ser tan suave como la seda. Al recordar el momento en que la vio sentada en el rellano aquel mismo día, sonrió ligeramente.
A pesar de la expresión de desorientación y perplejidad de sus grandes ojos ambar, la chiquilla tenía un rostro precioso.
Un hermoso caparazón vacío, eso era Kyoko. No había manera alguna de que él pudiera establecer con precisión su grado de inteligencia, pero suponía que tenía la mente de una niña de seis años, poco más o menos, y, además, una niña pequeña no muy inteligente. ¡Qué desperdicio! ¡Qué terrible desperdicio!
Arrullado por la calma de la joven y absorto en sus pensamientos, la sujetó con un poco menos de fuerza. De pronto, como si intuyese que se le presentaba una oportunidad de escapar, ella hizo un movimiento brusco y se retorció violentamente entre sus brazos.
Ren forcejeó para restablecer su dominio. Al hacerlo, la mano que la sujetaba por las costillas se movió y tropezó con un seno. Mucho después de apartar la mano, la fugaz impresión de la suavidad femenina seguía abrasándole.
Del cuello para abajo está perfectamente bien, dijo alguna vez Sho al hablar de ella; y, ahora que tenía las manos sobre su cuerpo, Ren estaba completamente de acuerdo, aunque muy a su pesar.
Kyoko Mogami seguramente tenía muchas carencias en su cabeza, pero la naturaleza la había compensado con generosidad por esta deficiencia. Ocultas bajo los vestidos informes que solía llevar, las tentadoras curvas de su cuerpo no podían apreciarse a simple vista. No obstante, sí podían apreciarse con el tacto.
En proporción al cuerpo, los pechos no eran tan pequeños como él había pensado en un principio y, a pesar de su embarazo, aún tenía una cintura fina, realzada por sus dulcemente redondeadas caderas. A juzgar por lo que había visto en el recibidor, una camiseta y calzones bombachos eran la única ropa interior que ella solía llevar. Además de las medias, por supuesto. Durante el forcejeo, había notado una liga ciñendo uno de sus muslos. Un muslo muy cálido y suave.
La garganta se le cerró, y un brillo de sudor apareció en su frente. ¡Por Dios! Sólo un despreciable sinvergüenza tendría esos pensamientos con una niña como Kyoko.
Totalmente asqueado consigo mismo, Ren intentó recordar la última vez que había pasado una noche con una prostituta en el pueblo. Entre la primavera y el otoño no tenía mucho tiempo para esa clase de cosas. Por lo general, ni siquiera se percataba de esta privación. Pero era imposible no hacerlo con aquella mujer pegada a él como una etiqueta a una botella.
Sin duda esperando aún poder escapar, Kyoko se retorció de nuevo. Alex estuvo a punto de gruñir. No había suficiente espacio entre ellos ni siquiera para que se moviera una pulga.
Lo que tenía que hacer, se dijo, era mirar por la ventanilla, contemplar el paisaje que pasaba frente a sus ojos y fijar la atención en algo distinto. Árboles. Montañas. Cualquier cosa. Era un sencillo caso del poder de la mente sobre el cuerpo.
En el instante mismo en que llegaran a su casa, se la entregaría a la señora Matsunai, la mujer que había contratado. Y, a partir de ese momento, procuraría verla lo menos posible.
«Ojos que no ven, corazón que no siente»,
Como decía el antiguo refrán.
