Capítulo 9

Ellos se detuvieron en frente de la entrada a Snowdin. Papyrus agradeció la fresca brisa sobre sus huesos sudorosos. Podrían haberse transportado directamente hacia el puesto de Sans, pero Alphys les había convencido de que les serviría que los monstruos lo vieran en su fachada de Guardia Real para que se corriera la voz de que el Terrible Papyrus estaba de nuevo en activo y además le ayudaría a acostumbrarse a la armadura. A juzgar por algunos murmullos que los acompañaron durante su camino, el primer objetivo había podido ser cumplido pero en cuanto al segundo…

Bueno, por eso se habían detenido, a tomar un muy necesario respiro.

.Vaya, sí que estás en muy mala condición, ¿eh? –comentó Sans.

Papyrus deseaba "mira quién habla", pero sólo pudo pronunciar un inarticulado gruñido, clavándole la mirada. Sans arqueó una cuenca y resopló.

-Viejo, no compares. Yo he tenido que correr y ocultarme mucho antes de aprender a transportarme, de otra manera nosotros no comíamos. No voy a ganar ningún maratón, pero tengo mi resistencia.

Papyrus no quería discutir, no en verdad. Estaba cansado y sólo quería aprovechar ese respiro. Aun así señaló con obstinación incontrolable el montón de peso extra con el que debía cargar, insistiendo en que de verdad no era justo el juicio.

-¿Por qué crees que nos detuvimos todas esas otras veces? –dijo Sans y se apoyó contra la pared de piedra de Waterfalls, deslizándose hasta el suelo-. Yo sé que no es fácil. Papyrus siempre ha tenido buena condición, pero incluso él necesitó un tiempo de ajuste cuando lo nombraron así que tampoco te culpo. Siento todas las molestias, por cierto.

Papyrus se desinfló al momento y fue a ponerse de pie al otro, recargándose también. Hubiera preferido también sentarse pero no quería imaginar cómo sería la lucha luego para levantarse.

-Si te sirve de algo, te ves algo atractivo en esa pinta –comentó Sans, poniéndose cómodo y levantando la cabeza hacia él. Papyrus parpadeó, haciendo un sonido de sorpresa-. Sí, claro, amigo. Te ves imponente. Claro que el jefe se ve todavía mejor, pero, oye, no está mal.

No supo mejor respuesta que encogerse de hombros. Apreciaba el cumplido, pero tampoco era su mayor prioridad en esos momentos y le sorprendía que el otro siquiera lo mencionara. Sans se giró un poco y le tocó la pierna cubierta por su pantalón. Miró hacia abajo, sólo para descubrir una media sonrisa en el monstruo. De pronto la armadura se le hizo un poco más pesada que antes y tuvo un momento de preocupación pensando en las posibles implicaciones. ¿En serio? ¿Ahí afuera, en el exterior? No que sería la primera vez, pero su traje lo haría difícil.

Claro que también el otro podría simplemente montarlo y…

-Debes estar muy ansioso por volver a casa, ¿no? –preguntó Sans.

Desde luego que no pensaba en eso. ¿Qué creía? Suprimiendo su espontáneo embarazo, cio un afirmativo y cuidadoso cabeceo.

-¿Qué piensas hacer con tu hermano una vez regreses?

Esa sí era inesperada. Papyrus levantó ambas manos dirigiéndolas hacia el techo y se las dejó caer. ¿Siguiera tenía que hacer algo? Lo único que le interesaba era verlo y saber que estaba bien. El resto era sólo su problema, y ni siquiera uno nuevo, por lo que no veía por qué debería afectarlo.

-¿No crees entonces que nada vaya a cambiar? –continuó Sans.

Papyrus resopló y activó su magia para desprenderse de la magia, manteniéndola lo bastante cerca de su rostro para que otros monstruos no notaran sus dientes romos, pero lo bastante alejado para permitirle mover la mandíbula con libertad.

-No te lo tomes a mal pero ¿a qué vienen estas preguntas?

La mano de Sans lo soltó para frotar la nuca del bajo monstruo.

-Sólo pensaba, ¿quizá toda esta locura podría servir para algo? Para ti, me refiero… ¿y tal vez para nosotros? Es sólo una idea, de modo que tampoco te lo tomes muy en serio.

-¿Qué? –preguntó Papyrus, frunciendo el ceño.

Sans exhaló el aire y tironeó ligeramente de su collar.

-Sólo estaba pensando… ¿te importaría tener compañía allá?

Sans abrió sus cuencas, la luz de las estrellas en su interior iluminando sus mejillas. La formación entre las piernas del Papyrus de otro universo era una de las cosas más impresionantes que había visto en su vida. Hasta entonces sólo había visto a su propia magia formar una sola cosa. Nunca se le había ocurrido que fuera posible otra forma, pero ahora el otro le mostraba en toda su gloria cuán equivocado estaba.

El montículo de magia roja era brillante y se veía suave, tan suave que debería ser difícil de tocar sin que los dedos se hundieran pero Terrus lo estaba haciendo ahora, separando los labios mientras se acercaba hacia él.

-¿Ve… ves? –dijo el alto esqueleto, su respiración dificultosa. Sans notó el cómo el otro frotaba un pulgar sobre un pequeño punto por encima de la entrada, lo que parecía hacer crecer las sensaciones para su amigo-. Tú también puedes hacerlo, nye. Inténtalo.

Sans volvió a sentarse sobre su cama y abrió sus piernas, desde donde su erección azulada se erguía firme. A recomendación del otro, Sans cerró los ojos y trató de deshacer la forma. Era difícil porque por lo general esperaba hasta que hubiera alcanzado su clímax antes de hacerlo, pero lo consiguió una vez pudo concentrarse lo suficiente. Al mirar de nuevo vio a su magia palpitando justo detrás del frente de su pelvis, un foco de luz entre sus huesos.

Inspeccionó de nuevo a Terrus, quien se movió un poco para que recibiera la mayor luz posible. Sans notó que el interior más allá de los labios era como un túnel haciéndole guiños, como si quisiera tragar algo. Tuvo la repentina e intensa necesidad de lanzarse al frente a intentar darle su lengua, de paso probaría de qué estaba hecha la magia de otro monstruo, pero estaba en plena lección y debía concentrarse en la tarea que ahora se le presentaba. Volvió a cerrar las cuencas. Su maestro esperaba entre profundas inhalaciones. Trató de memorizar los pliegues, la forma y se dijo que debía ocupar casi toda la zona entre sus piernas, no toda.

Podía sentir a su magia responder a sus deseos y agitarse como una pequeña, pero no estaba seguro de lo que estaba pasando hasta que Terrus le dio un toque en su rodilla.

-Bien, bien. Mira ahora.

Sans lo hizo y no pudo contenerse una ruidosa inhalación de asombro. Desde luego que era más pequeña que la del otro, pero ahí estaba, inconfundible. Sans tocó los bordes flexibles y luego los labios, para finalmente colar uno de sus propios dedos en el interior. De inmediato supo que eso era justo lo que necesitaba, el estar lleno. La sensación en el interior de ese hueco cálido también era agradable, con los músculos creados por su magia cerrándose contra sus huesos. Movió más su mano, pero apenas estaba empezando a encontrar un ritmo placentero cuando Terrus le tomó suavemente de la muñeca; no para detenerlo, sino para atraer de nuevo su atención hacia él.

-¿Vas a querer continuar con la lección o prefieres continuar autodidacta? –preguntó el esqueleto, arqueando su cuenca, divertido.

Sans frunció el ceño. ¿Qué más había por aprender? ¿No era conseguir esas partes y estimularlas lo más importante?

-Déjame enseñarte –Terrus puso las manos en sus rodillas. Sans percibió a su entrepierna contraerse al imaginar qué era lo que quería el otro, pero aun así dio un asentimiento de cabeza y abrió él mismo sus piernas, dándole espacio al otro para acomodarse sobre sus codos entre ellas, el rostro bastante cerca de su propio montículo-. ¿Estás poniendo atención, Otro Sans? Esto es increíblemente importante. Si logras dominar esta técnica tendrás a tu hermano incapaz de hablar.

Sans tenía problemas para encontrar sus propias palabras, de modo que volvió a comunicar con la cabeza su acuerdo. Pero de inmediato volvió a encontrarla cuando Terrus se puso a lamerle y sólo fue para emitir escandalosos sonidos que incluso a él le asombraron en su fuero interno, pero ni siquiera intentó contener, más que nada porque no creía que fuera posible.

Terrus rió suavemente de entre sus piernas.

-¿Sientes eso? –preguntó el monstruo, lameteándole por encima de su entrada y Sans creyó que iba a perder la cabeza. Cuando no era el apéndice rojo era el aliento caliente o sus dedos todavía acariciándolo-. Nunca descuides este pequeño punto. Tu compañero lo apreciará.

Sans movió la cabeza. Apenas una parte de su atención estaba en verdad escuchar la lección, el resto concentrado en experimentarlo. No podía controlarse. Era muy bueno, excelente, mejor que cuando sólo era él moviendo su mano de arriba abajo y de vez en cuando jugando por detrás con sus dedos. Esa parte Terrus le había dicho que la tenía cubierta después de que se lo demostrara, pero que era decepcionante para seres como ellos usar sólo esos métodos. De ese modo habían pasado a su actual materia y lo único que Sans lamentaba era no haberlo intentado antes.

-Puedes usar los dientes. De hecho, con los tuyos sin afilar sería todavía más fácil de lo que es para mí –Terrus le presionó los suyos suavemente, usándolos para tomar de su carne mágica en los labios y chuparla-. No muerdes, a menos que ellos ya hayan expresado su preferencia por algo así. Nunca asumas ese tipo de cosas por más que les guste algo de dolor en otras zonas. Siempre mantente atento a cómo responde el cuerpo, qué lo hace vibrar y anticípate, si es posible, a sus necesidades –Sans agitaba la cabeza, gimiendo de forma incontrolable-. Desde luego eso último lo conseguirás a medida que ganes más experiencia.

Terrus le deslizó la lengua adentro, sus dedos frotándole arriba. Sans prácticamente gritó cuando se dio cuenta de que el esqueleto estaba alargando y ensanchando su apéndice todavía más que antes, de modo que ahora cubría el mayor espacio posible en su interior, frotándose contra sus músculos en movimiento. Podía sentir a sus dos magias peleando entre sí, pero la suya de última se acoplaba a la otra como si necesitara todavía más contacto. Se trataba de algo totalmente nuevo para él, pero en parte eso era lo que lo volvía más emocionante, aumentando su sed.

El otro esqueleto dijo algo que no alcanzó a oír en lo absoluto. Sans se enteró de ello sólo después de que Terrus moviera su lengua en el espacio entre sus costillas y volvió a repetírselo.

-Dije… ¿estás listo para lo que sigue?

-¿Q-qué es lo que…? –Sans lo entendió de golpe y un nuevo tono de celeste se le subió a la cara. Miró hacia abajo, pero no podía distinguir nada concreto más que un toque rojo brillante-. Eh…

Terrus se irguió sobre sus brazos.

-¿No quieres?

-No, no. Quiero decir, quiero pero… ¿va a doler?

Sans casi esperaba que el otro monstruo se riera de él, preocupándose por ese detalle sólo después de que hubieran llegado a ese punto. Pero aparte de alguna fotografía con humanos encontrada y desechada en el basurero, en realidad no estaba seguro de lo que le aguardaba y ahora que venía ese paso se sentía intimidado por el mismo. Sin embargo, el otro Papyrus lo atrajo hacia sí y le palmeó la cabeza.

-No –dijo con una voz sorprendentemente suave-. Hice todo lo posible por prepararte y deberías estar más que listo. Iremos lento y seguro, así que si en cualquier momento quieres detenerte, ¿qué es lo que dices?

Sans se regocijó un rato en el gesto tranquilizador, tan raro incluso cuando su propio Papyrus estaba.

-Calceta, ¿verdad?

-Sí, pero debido a las circunstancias, cualquier gesto que pretenda decirme alto será suficiente –El monstruo alto le dejó un roce de dientes en la coronilla. Sans se rió por lo bajo-. ¿Qué?

-Es que nunca te habría tomado por el tipo cariñoso –Levantó la vista hacia él y le sonrió-. Sabía que un Papyrus no podía ser todo rudo y maloso todo el tiempo.

Terrus se le quedó viendo un segundo, al parecer sin palabras, y lo sorprendió una vez más agitando los hombros en una risa apenas contenida.

-Dios santo, ¿pero qué creías? Sólo intento no hacer esto una experiencia traumática. El Terrible Papyrus es un monstruo con está…-Sans atrajo el cráneo del otro hacia su pecho y lo llenó de besos, su alma enviando nada más que ondas positivas y afectuosas. El cuerpo del otro monstruo se tensó, obviamente sin haberlo esperado-. O-oye…

-Lo siento, tenía que hacerlo –Sans le dio un último beso a la mejilla colorada y lo dejó ir, poniendo las manos en sus hombros-. Está bien, ¡sigamos!

En cuanto el monstruo empezó a empujar en su interior, Sans arqueó su columna, agarrándose de los antebrazos del monstruo. Era incómodo más que doloroso, pero la sensación más prevalente para él era la de un intenso calor y la magia lujuriosa llenándolo, viajando directo hacia su alma para envolverla en una nueva energía prestada. Mientras el monstruo encima de él empezó su vaivén, intensificando su propio deseo debido a la conexión que compartían, Sans se obligó a recordar a su hermano y que lo hacía por él, para compartir esas nuevas sensaciones y empezar una nueva etapa para ellos.

-¿Dices que quieres ir a mi universo? –preguntó Papyrus, inconscientemente arreglándose la armadura para que no le rozara la clavícula.

-Eso dije, ¿no? –dijo Sans, picándose su colmillo dorado como si tuviera algo atascado ahí.

-¿No era que te sonaba muy aburrido y extraño y todos éramos unos pusilánimes?

Papyrus no pretendía regañarlo ni echárselo en cara; estaba genuinamente desconcertado por ese cambio repentino.

-Bueno, quizá me gustaría tener un día aburrido de vez en cuando, ¿has pensado en eso? –espetó el monstruo, agarrando una piedra pequeña del suelo y lanzándola al aire sólo para atraparla de nuevo-. Uno adonde no tengo que preocuparme por cada maldito monstruo en el subsuelo cada vez que mi hermano sale de casa, y tal vez adonde no tenga que preocuparme también por mi propio trasero sería bueno. Papyrus probablemente necesite un tiempo para habituarse, pero sé que él también apreciaría la calma. A la larga. Si al menos la compañía vale la pena.

-¿De verdad piensas eso?

Sans atrapó la piedra y la apretó en su puño. Luego de un segundo, volvió a relajar su mano, dándole vueltas por sus dedos.

-Sí. Alphys no es la única que ha pensado en escapar de aquí, ¿sabes?

Papyrus pensó en una máquina que guardaba en la parte trasera de su casa, una en la que había trabajado por años para al final rendirse a la posibilidad de que nunca podría repararla, nunca podría escapar de las anomalías y el subsuelo. Incluso si Sans estaba ahí haciendo que las cosas valieran la pena, si alguien apareciera con una solución mágica sería difícil no considerarla siquiera un poco.

-Entiendo –fue todo lo que supo decir.

-¿Qué dices entonces? –Sans le dirigió una sonrisa nerviosa-. ¿Te importaría recibir a dos esqueletos en tu casa? No sería gratis, desde luego. Algo podría hacer para compensar.

Papyrus se preguntó por un momento qué iría a pensar su hermano, pero eso no fue suficiente como para detenerlo. Sans debería estar contento de tener más amigos, ¿no? Por no mencionar que tener al par de hermanos había proveído una satisfacción a una deseo que no podría cumplir de otro modo. Así que por lógica todos salían ganando.

-Claro –dijo Papyrus.