Autora:ineedyoursway

Traducido por:Miranda Pattinson (FFAD)

Beta:Jocelynne Ulloa (FFAD)


Fue cuando estábamos caminando a casa que me di cuenta de que Edward no llevaba puesto un disfraz. Me parece de mal gusto, para mí, ir a una fiesta de Halloween sin siquiera usar uno. Me toqué distraídamente las orejas de gato que adornaban mi cabeza con una diadema, y al instante me sentí ridícula sólo por tenerla puesta. Con una rabieta la saqué de mi cabeza y la tiré en el suelo, pisándola con mi pie. Edward dejó escapar una ligera risita por mi arrebato, pero no hizo mención de ello. La noche era oscura y sorprendentemente seca, poco común para finales de octubre. Era la hora de la noche en que la mayoría de los trick-or-treat habían regresado a sus hogares, aunque algunos todavía corrían con fundas de almohada que rebotaban en sus caderas. Edward los enfrentó a mi lado, sus pies descalzos (por qué estaban desnudos, no estaba seguro) arrastraban contra el asfalto negro.

―Puedes volver ahora―. Sentí la necesidad de liberarlo de la obligación imaginada.

Él miró por sobre su hombro y frunció el ceño a algo, y cuando se volvió hacia mí se quedó perplejo.

―Prefiero quedarme, si eso está bien―. Era una algo como, si me estuviera pidiendo permiso. Era casi divertido, en cierto modo.

Nos acercamos a mi casa a un ritmo constante. Pude ver desde afuera que Charlie se había quedado dormido en el sofá durante su espera por mí. Las persianas de la ventana estaban abiertas y la luz se asomaba por encima de su cabeza. El televisor estaba transmitiendo algún partido de fútbol, lo más probable una repetición, y las piernas de Charlie colgaban al azar fuera del sillón. Su boca se abría y cerraba en ronquidos inaudibles. La noche era cada vez más fría y sentí un escalofrío recorrerme la espalda, haciéndome temblar de repente.

― ¿Quieres entrar?― preguntó.

Él asumió que yo lo dejaría entrar.

―Claro.

Por supuesto que lo dejé entrar.

Caminamos a hurtadillas cuidadosamente pasando a Charlie y de puntitas a mi dormitorio. Él me siguió por el pasillo, momento en el que inmediatamente abrí la ventana y entreabrí la puerta. No grité antes, pero si sucede una vez más. Si vuelve a suceder, gritaré. Edward estaba en el centro de mi habitación, dando vueltas sobre el lugar, sus ojos abiertos y su boca curvada hacia arriba en una pequeña sonrisa.

―No has cambiado nada.― Sonrió. Tocó una de las muñecas. Tocó la única que no tenía cabeza. ― ¿Qué pasó con su cabeza?

―James―. Le expliqué, encogiéndome de hombros levemente. Edward resopló y suspiró como un hombre de las cavernas.

―Él no debería haberte llevado a esa fiesta.

―Eso no te corresponde juzgarlo.

―Bueno, eso es lo que siento, Bella.

Me senté en la cama y él se hundió junto a mí. No nos estábamos tocando, habría sentido la maravillosa y al mismo tiempo, aterradora electricidad si así fuera, pero estábamos lo suficientemente cerca como para que yo pudiera experimentar un suave zumbido. Su peso causó que la cama se hundiese un poco sobre él mismo, inclinándome hacia sus rodillas. Era extraño, ver al viejo Edward trasplantado en mi habitación. Por supuesto, él había estado allí decenas de veces durante decenas de años, pero nunca como esto. Nunca como esto. Él se rascó la barba en su rostro, sólo otro recordatorio de lo mucho que había cambiado mi Edward, y continuó observando mi habitación con su mirada. Yo tosí ligeramente, pero él no hacía contacto visual conmigo. Me di cuenta por lo fruncido de su frente y los ligeros garabatos de las profundas arrugas que él estaba pensando.

Su teléfono celular zumbó y me hizo saltar y alejarme de él como un cangrejo asustado. Vibrando.

Echó un vistazo a la pantalla por un momento, y lo cerró con la misma rapidez con un apático golpe seco. Suspiró y finalmente se volvió hacia mí, sus ojos verdes, malditos esos ojos verdes, determinado.

― ¿Hablas con James?

―Por supuesto que hablo con James.

―Pero le dijiste, Bella. ¿Se lo dijiste?― Lo vi retorcer las manos sobre su regazo. Hice como que no sabía a dónde quería llegar.

― ¿Decirle qué?― Yo estaba fingiendo.

― ¡Deja de mentir!― Él sabía que yo estaba fingiendo. Su voz era dura. Tenía un temperamento fuerte. Siempre tuvo un temperamento fuerte.

―No, yo no le dije.― Le espeté en respuesta. Lágrimas de rabia, de pérdida y arrepentimiento se asomaron imprudentemente por las comisuras de mis ojos. Traté de quitarlas de manera sutil pero una escapó, corriendo un buen camino por mi mejilla. Él la miraba con sus ojos, esa lágrima. La única lágrima a la que no hice ningún movimiento para detenerla. Se detuvo en mi labio superior donde sus ojos se congelaron. No pude tolerar la penetrante mirada por más tiempo. Yo no podía tolerar esa mirada. Yo no podía soportarlo, así que me froté la lágrima con un rápido golpe de mi brazo.

Sus ojos golpearon a los míos.

―Traté de estar allí Bella, traté. No me dejaste entrar ¿Por qué no me dejas entrar?― Su tono era molesto, casi acusatorio. Pude ver su mano flexionarse, agarrando la manta rosada que caía sobre mi cama, los nudillos blancos.

―Tú no lo entiendes―. Jadeé.

― ¡Tú no me dejas entender!

Me puse de pie y caminé hacia la ventana, permitiendo que el viento frío disipara algunas de mis emociones. El aire era refrescante en mi cara, y con esa distracción fui capaz de ignorar la presencia de Edward en mi habitación. Él no entendía. Él nunca lo entendería. Por supuesto que no le di la oportunidad de hacerlo. Era una idea ridícula, siquiera en teoría. Sin embargo, él se sentó allí, esperando una explicación como si fuera su derecho dado por Dios recibir una. En cierto modo, era absolutamente despreciable. Y él lo esperaba.

Me di la vuelta para encontrarlo aún sentado estoicamente en mi cama, sus ojos fijos en los míos como si algún pegamento los mantuviera allí. Pero al mismo tiempo, había algo diferente en ellos. Ellos, también, contenían la clase de líquido, de lágrimas no derramadas. Su cuerpo tenía la tensión de la esperada negativa. Él no se lo esperaba. Él no estaba esperando nada. Él se sentó allí y no esperaba nada de mí. Me senté junto a él una vez más, mi aliento entraba en pequeñas y rápidas ráfagas de aire. Él se volvió ligeramente hacia mí, solo un poco inclinado.

―Oh, tú no tienes que decirme.― Su voz se quebró en la última palabra y yo pude sentir sus dedos retirar ligeramente el pelo de mi cara.

―Yo tengo que hacerlo―. Cómo se habían volteado las mesas. Sentí que le debía a Edward, al menos una explicación. Después de todo, mis acciones no eran culpa suya. Tal vez sus acciones han contribuido a las mías, pero yo, sólo podía culparme a mí por mis propias acciones. Él no había tomado el control de mis piernas y obligado. Todo fue por mi propia voluntad, y yo tenía que asumir la culpa por ello. Tenía que aceptar eso, y, por lo menos a Edward, tenía que explicarle. Le dije, sin lugar a dudas, de mi descenso en los últimos años de séptimo a octavo. Me escuchó pacientemente, al mismo tiempo que mantenía la respiración en medidas estables, lo que apenas aumentó en el transcurso de mi historia. Cada vez que menciona su nombre -tal vez mi noticia de que él no aprecia mi arte, o el hecho de que él nunca se presentó al bus el primer día- se le escapó un pequeño grito ahogado de shock. Él no tenía idea de que sus acciones habían tenido algún efecto en mí. Al igual que yo, en él.

Durante las partes más difíciles tuve que parar más de una vez, según el confesionario despertó emociones que tenía desde hace mucho tiempo presionadas en lo más profundo de mí. El toque dudoso de Edward en mis omóplatos. Aunque al principio salté, le permití frotar suavemente la mancha ahí, adelante y atrás en un tranquilizante patrón. Fue realmente muy relajante, y la suave electricidad zumbaba profundamente en mis huesos, calentándome desde dentro. Este no era el apático Edward. No era el Edward distante o el Edward extraño o el malentendido Edward. Era mi Edward, así de simple, puro y verdadero. Y él se sentó conmigo. Incontables horas nos sentamos en esa cama, lágrimas de dos fuentes ocasionalmente goteaban solo para ser tragadas por la colcha de algodón de color rosa.

Eventualmente dejé de hablar. Mi voz sólo se secó, supongo. Pero Edward seguía sentado allí. Su teléfono estaba apagado, la ventana estaba dejando entrar una mínima cantidad de luz, y los ronquidos de Charlie todavía se podían escuchar, suaves y constantes, desde la planta baja.

―Yo no lo sabía―. Como una confesión, susurró la frase. Sí, él no lo sabía. Y eso no era su culpa, sino la mía.

―...no―. Mi débil protesta, sólo por su auto-culpa.

―Si yo hubiera sabido, pudiera haber ayudado. Yo debería haber sabido. Yo debería haber hecho algo―. Sus palabras fueron demasiado fuertes para la temprana mañana. Yo sólo quería tranquilidad. Yo quería calma.

―No lo era.

― ¿Cómo te atreves a auto-sacrificarte? No fue tu culpa. Eso es lo que no lo era.― Sus palabras eran una especia de revuelto en mi cerebro. Sus patrones no tenían sentido. Yo sólo quería dormir. Yo quería calma.

Como si reconociera esto, Edward nos acostó en mi cama pequeña. Me volví hacia la pared, deseosa de librarme de la conciencia. La ligera brisa en mi cara era más que una manta de seguridad, solo por si acaso necesitaba escapar. Pero era Edward. Y aunque yo no confiaba en él, yo confiaba en él mis secretos. Y eso era más que a nadie.

Él se quedó en el borde de la cama, casi cayéndose, pero su mano nunca dejó su relajante masaje entre mis omóplatos.

Nunca cesó hasta que me quedé dormida. Nunca cesó hasta que estuve en calma.

Me desperté segundos después del muy familiar sonido de un clic. Me froté los ojos con los puños, sorprendida de encontrar la cara de Edward, pero a centímetros de la mía, sus ojos cerrados y su boca babeando en mi muy linda almohada. Y entonces me di cuenta de la pistola, sostenida en las temblorosas manos de Charlie, solo a pocos centímetros de la parte superior de la cabeza de Edward.

― ¡Papá, espera!― Mi grito sobresaltó a Edward despertándolo. Se levantó de un salto, golpeando su cabeza con la culata de la pistola y una mueca de dolor. El murmuró algo y luego estuvo consciente, mirando una sola vez de Charlie a mí. Y entonces él entendió lo que estaba pasando. Fue entonces cuando levantó las manos en señal de rendición.

―Jefe Swan, esto no es lo que parece.

Pero las manos de Charlie todavía estaban temblando y él no estaba escuchando, y su cabello estaba revuelto de un lado por dormir en el sofá toda la noche.

―Solo estábamos hablando. Eso es todo lo que estábamos haciendo, simplemente hablando. Te lo juro por ésta.― Yo no sé si alguna vez fue un niño explorador, pero definitivamente intentó hacer la señal de juramento. ―Por favor, jefe.

―Papá, está bien. En serio. Solo estábamos hablando―, enfaticé, poniéndome de pie junto a Edward. Pude ver cómo Charlie pudo observar nuestra situación completamente por el lado equivocado, y eso no estaba ayudando en ninguna medida.

Él volvió a la vida.

―Vete―. dijo Charlie con cansancio. Yo esperaba que él estuviera molesto. Yo esperaba que él escupiera obscenidades. Sin embargo, él simplemente me miró, ojos tristes y corazón triste, solo cansado. Cansado de siempre tener que proteger a su única hija. Cansado de gastar tanto esfuerzo, tanta tensión, sobre una base diaria. Cansado porque todas mis acciones nunca dejan de llevarlo a una muerte prematura. Me regañé a mi misma por ser tan descuidada, como permití a Edward dormir en mi cama fue completamente estúpido en mi ingenuidad. Estaba avergonzada.

Edward murmuró una especie de despedida, mencionó algo acerca de que lo llamara, y se fue.

Charlie suspiró en voz alta y guardó la pistola, ocultando sus emociones, y se fue.

Y entonces me quedé. Me quedé con las consecuencias de mis acciones, una casa prácticamente vacía, ¿y qué? Y nada. La maleable comprensión de Edward, parecía tan lejos después de su partida. La desaprobación de Charlie y la falta de sueño, provocado por mi descuido, siempre. Incluso James y su constante, perpetua inexistencia. Mi propia inquietud, nada consciente pero clara después de mi admisión. Bajé las escaleras en la temprana mañana con un andar pesado, mirando a la nevera abierta en la insensible aceptación. Comencé a tomar los ingredientes. Simplemente cualquier cosa que tuviéramos en la nevera, lo coloqué en el mostrador. Fue entonces cuando me di cuenta de que teníamos la cantidad exacta de caldo de res.

Así que eso fue lo que hice. La receta tomó horas en cocinarse. Estaba diseñada de esa manera. Me calmé, haciendo ese estofado de carne.

El estofado de carne. Así como mi mamá solía hacerlo.