EL ABANICO DE SEDA

Esta es una adaptación de la novela homónima a los personajes de CCS, por lo tanto los nombres de la mayoría de los nombres que aparecen aquí, pertenecen a CLAMP, pero la trama es de la autora Lisa See. Esto es sin ánimo de lucro.

En esta novela se ha seguido el calendario tradicional chino. El tercer año del reinado del emperador Daoguang, que fue cuando en esta historia, nace la protagonista, corresponde a 1823. La rebelión taiping empezó en 1851 y terminó en 1864.

Se cree que el nushu (el código secreto de escritura utilizado por las mujeres en una remota región del sur de la provincia de Hunan) apareció hace mil años. Parece ser la única escritura del mundo creada y utilizada exclusivamente por mujeres.

"AÑOS DE CABELLO RECOGIDO"

RIKA

Al día siguiente regresó Rika y nos pusimos a trabajar de nuevo. Hacía varios meses que nuestros respectivos suegros habían elegido la fecha de nuestras bodas, y ya habían hecho entrega de los primeros regalos a la familia de las novias: más carne de cerdo y dulces, así como cajas de madera para ir colocando todos los elementos de nuestro ajuar. Por último enviaron la tela, que era lo más importante.

Ya he explicado que mi madre y mi tía tejían para nuestra familia, y por aquel entonces Rika y yo éramos también dos expertas tejedoras. Participábamos en un proceso artesanal: mi padre y mi tío cultivaban el algodón y las mujeres de la familia lo limpiaban; nuestra posición económica no nos permitía derrochar las materas primas, así que empleábamos con moderación la cera de abeja con que dibujábamos los estampados y los tintes con que teñíamos la tela de azul.

Aparte de con los tejidos que fabricábamos con nuestras propias manos, yo sólo podía comparar la tela nupcial que había recibido con la de las túnicas, los pantalones y los tocados de Tomoyo, confeccionados con hermosos tejidos y adornados con sofisticados dibujos para formar un elegante vestuario. De las prendas que llevaba Tomoyo en esa época, mi favorita era un traje de color añil. El complicado estampado y el corte de la túnica no podían compararse siquiera con los atuendos de las mujeres casadas de Puwei. Sin embargo, Tomoyo lo llevó con toda naturalidad hasta que empezó a desteñirse y deshilacharse. Lo que intento decir es que yo me inspiraba en la tela y su corte. Quería hacerme ropa de diario que no desentonara en Tongkou.

El algodón que enviaron mis suegros en concepto de pago por la novia cambió por completo mi forma de pensar. Era suave, sin semillas, con elaborados dibujos, y estaba teñido con el añil intenso que tanto apreciaba el pueblo yao. Al recibir ese regalo comprendí que todavía me quedaba mucho por aprender y hacer. Con todo, esa tela de algodón no era nada comparada con las sedas que me mandaron más tarde, de excelente calidad y perfectamente teñidas. Rojo para la boda, pero también para los aniversarios, las celebraciones de Año Nuevo y otras fiestas. Morado y verde, apropiados para una joven esposa. Un gris azulado como el cielo antes de una tormenta y un verde azulado como el estanque del pueblo en verano para mis años de madurez y, por último, de viudedad. Negro y azul oscuro para los hombres de mi nueva familia. Había sedas sencillas y otras cuya trama dibujaba signos de la doble felicidad, peonías o nubes.

No podía disponer a mi antojo de esos rollos de seda y algodón que me habían enviado mis suegros. Tenía que emplearlos para preparar mi ajuar, igual que Rika y Tomoyo tenían que utilizar sus regalos para preparar los suyos. Debíamos confeccionar suficientes colchas, fundas para almohada, zapatos y prendas de vestir para toda una vida, pues las mujeres yao creen que no deben aceptar nada de su familia política. ¡Ay, las colchas! Voy a hablaros de las colchas. Su confección resulta aburrida y agotadora. Sin embargo, existe la creencia de que cuantas más aporte una mujer al hogar de sus suegros, más hijos varones engendrará; por eso hacíamos el mayor número posible.

En cambio, nos encantaba hacer zapatos. Confeccionábamos zapatos para nuestros maridos, nuestras suegras, nuestros suegros y cualquier otra persona que viviera en nuestro nuevo hogar, incluidos hermanos, hermanas, cuñadas y niños (yo tuve suerte, porque mi esposo era el primogénito de la familia y sólo tenía tres hermanos más jóvenes. Los zapatos de los hombres eran muy sencillos y no daban ningún trabajo. Rika, en cambio, tenía que soportar una carga mucho más pesada. En su nuevo hogar vivían el hijo, sus padres, cinco hermanas, una tía, un tío y sus tres hijos). Además teníamos que hacer dieciséis pares para nosotras: cuatro para cada una de las cuatro estaciones. De todas nuestras labores, los zapatos serían los más examinados, pero eso no nos preocupaba, porque poníamos muchísimo cuidado en la confección de cada par, desde la suela hasta la última puntada del bordado. Los zapatos nos permitían demostrar nuestras habilidades técnicas y artísticas, y además transmitían un mensaje alegre y optimista. En nuestro dialecto, la palabra "zapato" se pronuncia igual que la palabra "niño". Igual que las colchas, se suponía que cuantos más hiciéramos, más hijos tendríamos. La diferencia es que su confección requiere delicadeza, mientras que coser colchas es una dura tarea. Como las tres niñas trabajábamos juntas, competíamos de forma amistosa para crear los diseños más espléndidos en la parte exterior de cada par de zapatos, y para que el interior fuera sólido y resistente.

Nuestras futuras familias nos habían enviado patrones de sus pies. No conocíamos a nuestros esposos y, por lo tanto, ignorábamos si eran altos o tenían la cara picada de viruela, pero sí sabíamos qué tamaño tenían sus pies. Éramos jóvenes (y románticas, como todas las niñas de esa edad) e imaginábamos toda clase de cosas acerca de nuestros esposos a partir de esos patrones. Algunas resultaron ciertas, pero la mayoría no.

Con ayuda de los patrones, cortábamos trozos de tela de algodón y los pegábamos formando tres capas. Cuando habíamos hecho varias suelas, las dejábamos secar en el alféizar de la ventana. Durante la semana de la Fiesta de la Brisa se secaban muy deprisa. Una vez secas, cogíamos esas piezas de varias capas, juntábamos tres y las cosíamos para confeccionar una suela gruesa y fuerte. Muchas mujeres las cosen con puntadas sencillas que recuerdan a las semillas de arroz, pero nosotras queríamos impresionar a nuestras nuevas familias, así que las cosíamos creando diferentes dibujos: una mariposa con las alas desplegadas para los zapatos del esposo, un crisantemo en flor para los de la suegra, un grillo en una rama para los del suegro. ¡Y todo ese trabajo sólo para las suelas! Pensad que para nosotras esos zapatos eran mensajes destinados a nuestra futura familia, que esperábamos nos acogiera bien cuando llegara el momento.

Como ya he dicho, aquel año hizo un calor insoportable durante la Fiesta de la Brisa, que duraba una semana, y en la habitación de arriba nos asfixiábamos. Abajo se estaba un poquito mejor. Bebíamos té con la esperanza de refrescarnos, pero sufríamos aunque lleváramos nuestras túnicas de verano y nuestros pantalones más ligeros. Para aliviarnos evocábamos sensaciones refrescantes. Yo hablaba de cuánto me gustaba sumergir los pies en el río. Rika recordaba sus carreras por los campos, a finales de otoño, cuando el aire frío te cortaba las mejillas. Tomoyo nos contó que en una ocasión había viajado al norte con su padre y había sentido el gélido viento que llegaba de Mongolia. Pero nada de eso nos confortaba. Era un tormento.

Mi padre y mi tío se compadecían de nosotras. Sabían mejor que nadie lo cruel que era aquel calor, pues trabajaban todos los días bajo un sol abrasador. Pero éramos pobres. No teníamos un patio interior donde pasar las horas, ni una parcela adonde pudieran llevarnos los porteadores para estar a la sombra de un árbol, ni ningún otro sitio donde estar al abrigo de las miradas de los desconocidos. Así pues, mi padre cogió tela de mi madre y, con la ayuda de mi tío, levantó una suerte de pabellón en la fachada norte de la casa. Pusieron unas colchas de invierno en el suelo para que nos sentáramos.

-Los hombres pasan todo el día en el campo, de modo que no os verán- dijo mi padre-. Hasta que cambie el tiempo, podéis trabajar aquí. Pero no se lo digáis a vuestras madres

Rika estaba acostumbrada a ir a pie a casa de sus hermanas de juramento para hacer sus labores con ellas, pero yo no salía a las calles de Puwei desde mi primera infancia. Sí, había cruzado el umbral para subir al palanquín de la señora Wang y recogido hortalizas en el huerto, pero, aparte de eso, sólo me permitían mirar por la celosía y ver desde allí el callejón que discurría junto a nuestro hogar. Hacía mucho tiempo que no participaba en la vida del pueblo.

Así pues, nos sentimos muy felices en aquel pabellón; el calor seguía, pero estábamos cómodas y distendidas. Sentadas a la sombra "capturando la brisa", bordábamos zapatos o les dábamos los últimos retoques. Rika confeccionaba con esmero sus zapatillas de boda de seda roja, en las que hacía brotar flores de loto rosadas y blancas, que simbolizaban su pureza y fertilidad. Tomoyo acababa de terminar un par de zapatos de seda azul celeste con nubes bordadas para su suegra; reposaban a nuestro lado, en la colcha, minúsculos y elegantes, y eran un discreto recordatorio de la calidad que debían tener todos nuestros proyectos. Verlos me producía una gran alegría, pues me recordaban la túnica que Tomoyo llevaba el día que nos conocimos. Pero los sentimientos nostálgicos no parecían interesar a mi alma gemela, que se había puesto a trabajar en otro par de zapatos de seda morada con reborde blanco. Los caracteres que representaban las palabras "morado" y "blanco", escritos uno al lado del otro, significaban "muchos hijos". Tomoyo solía inspirarse en el cielo para elegir los adornos de sus bordados, y en ese par, que era para ella, había pájaros y otras criaturas voladoras. Yo estaba terminando unos zapatos para mi suegra. Sus pies eran un poco más grandes que los míos, y me enorgullecía pensar que, a juzgar por el tamaño de los míos, ella tendría que considerarme digna de su hijo. Todavía no la conocía, de modo que ignoraba sus preferencias, pero con el calor que hacía aquellos días yo sólo pensaba en cosas refrescantes. Mi dibujo, que cubría todo el zapato, representaba un paisaje con mujeres descansando bajo los sauces junto a un arroyo. La escena era una fantasía, pero también lo eran las aves míticas que adornaban los zapatos de Tomoyo.

Formábamos un bonito cuadro sentadas en aquellas colchas, con las piernas dobladas bajo el cuerpo: tres alegres doncellas destinadas a buenas familias, trabajando en la elaboración de sus ajuares y haciendo gala de excelentes modales cuando alguna vecina las visitaba. Los niños se paraban a hablar con nosotras cuando salían a recoger leña o llevaban al río el carabao de su familia. Las niñas encargadas de vigilar a sus hermanos pequeños nos dejaban cogerlos en brazos. Imaginábamos cómo sería cuidar de nuestros propios hijos. Las ancianas viudas, cuya reputación no peligraba, venían a vernos para chismorrear, examinar nuestros bordados y admirar la palidez de nuestro cutis.

El quinto día nos visitó la señora Gao. Acababa de regresar del poblado de Getan, donde estaba negociando una unión. Había aprovechado el viaje para entregar a Nakuru unas cartas que le habíamos escrito y para recoger la que ella nos enviaba. No sentíamos el menor afecto por la señora Gao, pero nos había enseñado a respetar a nuestros mayores. Le ofrecimos té, pero rehusó. Como a nosotras no podía sacarnos dinero, me entregó la carta y volvió a subir al palanquín. Esperamos a que hubiera doblado la esquina y entonces cogí mi aguja de bordar para rasgar el sello de pasta de arroz. Debido a lo que sucedió más tarde ese mismo día, y a que Nakuru usaba muchas frases del nu shu, creo que puedo reconstruir el texto de aquella carta:

Familia:
Hoy cojo un pincel y mi corazón vuela hasta mi hogar.
Escribo a mi familia: saludos a mis queridos padres, a mi tía y a mi tío.
Cuando pienso en el pasado, no puedo reprimir las lágrimas.
Todavía me entristece haber dejado mi hogar.
Mi hijo está a punto de nacer y paso mucho calor.
Mis suegros son despreciables.
Hago todas las labores domésticas.
Con este calor no se puede vivir
Hermana, prima, cuidad de nuestros padres
La única esperanza de las mujeres es que nuestros padres vivan muchos años
Así siempre tendremos un lugar al que regresar y donde pasar las fiestas.
En nuestra casa natal siempre habrá gente que nos quiere.
Por favor, sed buenas con nuestros padres.
Vuestra hija, hermana y prima

Cuando acabé de leerla, cerré los ojos y pensé: "Qué triste está Nakuru y qué contenta estoy yo". Me alegraba de que siguiéramos la costumbre de no instalarnos en la casa de nuestro esposo hasta poco antes del nacimiento de nuestro primer hijo. Todavía faltaban dos años para mi boda y tres, seguramente, para que me fuera a vivir con mis suegros.

Una especie de sollozo interrumpió mis pensamientos. Abrí los ojos y miré a Tomoyo, que con expresión de desconcierto miraba fijamente hacia su derecha. Me volví hacia Rika, que se frotaba el cuello, al tiempo que aspiraba grandes bocanadas de aire.

-¿Qué pasa?- pregunté.

Rika respiraba con dificultad, produciendo un angustioso sonido –"uuuu, uuuu, uuuu"– que jamás olvidaré.

Me miró con sus preciosos ojos. Dejó de frotarse con la mano y se apretó el cuello. No hizo ademán de levantarse; continuaba sentada con las piernas dobladas debajo del cuerpo. Seguía pareciendo una muchacha sentada a la sombra en una tarde calurosa, con la labor en el regazo, pero yo me percaté de que el cuello empezaba a hinchársele.

-Ve a pedir ayuda, Tomoyo- la apremié-. Busca a mi padre, busca a mi tío. ¡Deprisa!

Con el rabillo del ojo vi cómo Tomoyo intentaba correr con sus diminutos pies. Su voz, que no estaba acostumbrada a que la forzaran, sonó temblorosa y chillona cuando exclamó:

-¡Socorro! ¡Socorro!

Me arrastré por la colcha hasta Rika y vi que una abeja agonizaba sobre su labor. El aguijón debía de haberse quedado clavado en el cuello de mi prima. Le cogí una mano. Ella abrió la boca y vi que tenía la lengua hinchada.

-¿Qué puedo hacer?- pregunté- ¿Quieres que intente extraer el aguijón? -ambas sabíamos que era demasiado tarde para eso- ¿Quieres agua?

Rika no podía contestar. Respiraba sólo por la nariz y cada vez le costaba más inspirar.

Oí a Tomoyo gritar por el pueblo:

-¡Padre! ¡Tío! ¡Hermano Mayor! ¡Que alguien nos ayude!

Los niños que solían visitarnos acudieron con presteza y se reunieron alrededor de nuestra colcha, observando boquiabiertos cómo a Rika se le hinchaban el cuello, la lengua, los párpados y las manos. Su piel pasó de la palidez de la luna, al rosa, el rojo, el morado y el azul. Parecía un personaje de una historia de fantasmas. Llegaron algunas viudas de Puwei y al ver a mi prima menearon la cabeza, compungidas.

Rika me miró a los ojos. Se le había hinchado tanto la mano que yo le sujetaba que los dedos parecían salchichas sobre mi palmas; la piel estaba tan tensa y brillante que parecía a punto de desgarrarse. Apreté contra mi pecho su monstruosa mano.

-Escúchame, Rika- supliqué-. Tu padre vendrá enseguida, Espéralo. Él te quiere mucho. Todos te queremos, Rika. ¿Me oyes?

Las ancianas rompieron a llorar. Los niños se abrazaban unos a otros. La vida en nuestro pueblo era difícil. ¿Quién no había visto morir a alguien? Pero no era habitual ver tanto valor, tanta serenidad, tanta nobleza en los últimos momentos.

-Has sido una buena prima- proseguí-. Siempre te he querido. Siempre te querré

Rika volvió a tomar aliento, y esta vez su respiración sonó como el lento chirrido de una bisagra. Ya apenas entraba aire en sus pulmones.

-Rika, Rika...

Cesó el espeluznante sonido. Los ojos de mi prima no eran más que dos estrechas rendijas en un rostro brutalmente crispado, pero ella no dejaba de mirarme, consciente de lo que ocurría. Había oído cuanto yo le había dicho. En sus últimos momentos, cuando ya no entraba ni salía aire de sus pulmones, sentí que Rika me transmitía muchos mensajes: "Dile a mi madre que la quiero", "Dile a mi padre que lo quiero", "Diles a tus padres que les agradezco todo cuanto han hecho por mí", "No dejes que sufran por mí". Entonces inclinó la cabeza.

Nadie se movió. Todo se quedó tan inmóvil como el paisaje que yo había bordado en mis zapatos. Sólo los sollozos y los gemidos indicaban que estaba ocurriendo una desgracia.

Mi tío entró corriendo en el callejón y se abrió paso a empujones entre la gente hasta llegar a donde estábamos sentadas Rika y yo. Mi prima parecía tan serena que mi tío abrigó esperanzas, pero mi rostro y el de los que nos rodeaban lo desengañaron. Entonces soltó un grito desgarrador y cayó de rodillas. Y al ver cuán distorsionada tenía la cara, soltó un aullido estremecedor. Los niños más pequeños huyeron, asustados. Mi tío sudaba porque venía de trabajar en los campos y por la carrera hasta la casa, y yo percibía su olor corporal. Las lágrimas le resbalaban por la nariz, las mejillas y la barbilla y desaparecían en su sudada túnica.

Entonces llegó mi padre, que se arrodilló junto a su hermano. Unos segundos más tarde, Touya se abrió paso entre la muchedumbre, jadeando. Llevaba a Tomoyo a cuestas.

Mi tío empezó a hablar a su hija.

-Despierta, pequeña. Despierta. Voy a buscar a tu madre. Ella te necesita. Despierta. Despierta

Mi padre lo agarró por el brazo y dijo:

-Es inútil

La postura en que se había sentado mi tío era muy parecida a la de Rika: la cabeza inclinada, las piernas dobladas debajo del cuerpo, las manos sobre el regazo; todo era igual, salvo las lágrimas que derramaban sus ojos y el implacable dolor que hacía estremecer su cuerpo.

Mi padre preguntó:

-¿Quieres cogerla tú o prefieres que lo haga yo?

Mi tío negó con la cabeza. Sin pronunciar palabra, sacó una pierna debajo del cuerpo y plantó el pie en el suelo para incorporarse; a continuación levantó a Rika y la llevó a la casa. Los demás estábamos tan conmocionados que apenas podíamos pensar. Sólo Tomoyo reaccionó; se encaminó presurosa hacia la mesa de la sala principal y retiró las tazas de té que habíamos puesto para cuando los hombres regresaran del campo. Mi tío tendió sobre ella a Rika y entonces los demás pudieron ver los estragos que el veneno de la abeja había hecho en el rostro y el cuerpo de mi prima. Yo no paraba de pensar: "Sólo han sido cinco minutos"

Tomoyo tomó de nuevo las riendas y dijo:

-Perdonad, pero tenéis que ir a buscar a los otros

Cuando mi tío comprendió que eso significaba que había que decir a mi tía que Rika había muerto, sus sollozos arreciaron. Yo ni quería pensar en mi tía. Rika siempre había sido su única fuente de verdadera felicidad. Estaba tan conmocionada por lo que le había pasado a mi prima que todavía no había tenido ocasión de sentir nada. De pronto noté que las fuerzas me abandonaban y las lágrimas anegaban mis ojos. Tomoyo me rodeó con un brazo y me guió hasta una silla, sin dejar de dar instrucciones.

-Touya, ve corriendo al pueblo natal de tu tía- ordenó-. Tengo unas monedas. Utilízalas para alquilar un palanquín para ella. Luego ve al pueblo natal de tu madre y dile que venga. Tendrás que traerla a cuestas, como has hecho conmigo. Quizá Hermano Segundo pueda ayudarte. Date prisa. Tu tía la necesitará.

Los demás aguardamos. Mi tío se sentó en un taburete junto a la mesa y lloró a mares sobre la túnica de Rika, de modo que las manchas se extendían por la tela como nubes de lluvia. Padre intentaba consolarlo, pero era inútil; nada podía consolarlo. Quien diga que los yao no quieren a sus hijas miente. Es verdad que carecemos de valor. Es verdad que nos crían con el único propósito de entregarnos a otra familia. Sin embargo, muchas veces nos aman y nos cuidan, pese a que nuestras familias natales se esfuercen por no encariñarse con nosotras. Si no, ¿por qué encontramos tan a menudo frases como "yo era una perla en la palma de la mano de mi padre" en nuestra escritura secreta? Puede que los padres intentemos no encariñarnos en exceso con nuestras hijas. Yo intenté no encariñarme con la mía, pero fue en vano. Ella mamaba de mis pechos como habían hecho mis hijos varones, lloraba en mis brazos, y me honró convirtiéndose en una mujer buena e inteligente que dominaba el nu shu. Mi tío había perdido para siempre a su perla.

Observando el rostro de Rika recordé cuánto nos habíamos querido. Nos habían vendado los pies al mismo tiempo. Nos habían encontrado esposo en el mismo pueblo. Nuestras vidas estaban felizmente entretejidas, y ahora nos separábamos para siempre.

Tomoyo iba de un lado para otro. Preparó té, pero nadie lo bebió. Recorrió toda la casa en busca de prendas blancas de luto y nos las entregó. Se quedó junto a la puerta para recibir a la gente que se había enterado de la noticia. La señora Wang llegó en su palanquín y Tomoyo la hizo entrar. Yo pensé que la casamentera se lamentaría por haber perdido sus honorarios, pero lo que hizo fue preguntar cómo podía ayudarnos. El futuro de Rika había estado en sus manos y se sentía obligada a asistirla en su último viaje. Cuando vio el rostro deformado de Rika y sus monstruosos y escalofriantes dedos, se tapó la boca con una mano. Hacía mucho calor y en la sala no había ningún lugar fresco donde poner a mi prima. El cadáver no tardaría en empezar a corromperse.

-¿Cuándo llegará su madre?- preguntó la señora Wang.

Nadie los sabía.

-Tomoyo, tápale la cara con muselina y vístela con las prendas de la eternidad. Deprisa. No conviene que una madre vea a su hija en este estado- Tomoyo se dispuso a subir por la escalera, pero la señora Wang la retuvo por la manga-. Iré a Tongkou y te traeré la ropa de luto. No salgas de esta casa hasta que yo te lo diga- la soltó, echó un último vistazo a Rika y luego se marchó.

Cuando mi tía llegó, mi padre, mi tío, mis hermanos y yo nos habíamos puesto unas sencillas prendas de arpillera. Habíamos envuelto a mi prima de la cabeza a los pies con muselina y a continuación la habíamos vestido para su viaje al más allá. Aquel día se derramaron muchas lágrimas en mi casa, pero a mi tía no la vimos llorar. Entró oscilando sobre sus lotos dorados y fue derecha hacia el cadáver de su hija. Le alisó la ropa y le puso una mano sobre el corazón. Se quedó así durante horas.

Mi tía cumplió a rajatabla todos los ritos del funeral. Fue al entierro de rodillas. Quemó billetes y ropa junto a la tumba para que Rika los empelara en el más allá. Reunió todos los textos que mi prima había escrito en nu shu y también los quemó. Después construyó un pequeño altar en nuestra casa y todos los días hacía ofrendas en él. No lloraba delante de nosotros, pero nunca olvidaré los sonidos que invadían la casa por la noche, cuando mi tía se acostaba. Sus lamentos surgían de lo más profundo de su alma. Los demás no podíamos dormir. No podíamos consolarla. Mis hermanos y yo intentábamos no hacer ningún ruido, volvernos invisibles, pues sabíamos que para ella nuestras voces y caras sólo eran amargos recordatorios de lo que acababa de perder. Por la mañana, cuando los hombres se marchaban al campo, mi tía se retiraba a su habitación y no salía de allí. Se tumbaba de costado, de cara a la pared, y se negaba a comer otra cosa que no fuera el cuenco de arroz que mi madre le llevaba; pasaba el día en silencio hasta que caía la noche, y entonces iniciaba de nuevo aquel espeluznante lamento.

Todo el mundo sabe que, cuando alguien fallece, una parte de su espíritu desciende al más allá y otra parte permanece con la familia; según otra creencia, el espíritu de una muchacha muerta antes de casarse persigue a sus amigas solteras, no para asustarlas sino para llevárselas al más allá, donde le harán compañía. Todas las noches, la infelicidad de Rika llegaba hasta nosotras a través de los sobrenaturales lamentos de mi tía, y Tomoyo y yo sabíamos que corríamos peligro.

A Tomoyo se le ocurrió una idea: "Hemos de construir una torre de flores", dijo una mañana. Una torre de flores era justo lo que necesitábamos para apaciguar el espíritu de Rika. Así tendría un sitio donde refugiarse y distraerse. Si ella era feliz, Tomoyo y yo estaríamos protegidas.

Las familias ricas acuden a un constructor de torres de flores profesional, pero Tomoyo y yo decidimos levantarla con nuestras manos. Diseñamos una pagoda de siete plantas. Pusimos un par de perros foo en la entrada. En las paredes interiores pintamos poemas con nuestra escritura secreta. Construimos un piso para bailar y otro para flotar. En el techo de un dormitorio pintamos estrellas y la luna. En otro piso hicimos una habitación para las mujeres, con celosías confeccionadas con ornados recortes de papel que permitían mirar en todas direcciones. Fabricamos una mesa sobre la que pusimos muestras de nuestros hilos favoritos, tinta, papel y un pincel, para que Rika bordara o escribiera en nu shu a sus nuevas amigas fantasmas. Hicimos criados y bufones con papel de colores y los repartimos por la torre para que en todos los pisos hubiera compañía, distracción y diversiones. Cuando no estábamos trabajando en la torre de flores, componíamos un lamento que cantaríamos para tranquilizar a mi prima. Si la torre era para que Rika la disfrutara toda la eternidad, nuestras palabras serían una despedida definitiva del mundo de los vivos.

El día que por fin cambió el tiempo, pedimos permiso para ir a la tumba de Rika. No había que andar mucho; Tomoyo había tenido que caminar mucho más para llegar a los campos y avisar a mi padre y mi tío cuando murió Rika. Nos sentamos junto al túmulo y, al cabo de unos minutos, Tomoyo quemó la torre de flores. La vimos arder, imaginando que viajaba hasta el más allá y que Rika se paseaba encantada por sus habitaciones. Luego saqué el papel donde habíamos escrito a Rika en nuestra escritura secreta y empezamos a cantar:

Rika, esperamos que encuentres la paz en tu torre de flores.
Esperamos que nos olvides, pero nosotras nunca te olvidaremos.
Te honraremos. Limpiaremos tu tumba el día de la Fiesta de Primavera.
No dejes que tus pensamientos se desboquen.
Vive en tu torre de flores y sé feliz.

Regresamos a casa y subimos a la habitación de las mujeres. Nos sentamos juntas y escribimos por turnos el lamento en los pliegues de nuestro abanico. Cuando hubimos terminado, añadí a la guirnalda del borde superior una media luna, delgada y discreta como Rika.

La torre de flores nos protegía y aplacaba al inquieto fantasma de Rika, pero no ayudaba a mis inconsolables tíos. Había que resignarse. Estábamos a merced de poderosos elementos y no podíamos hacer nada para adivinar nuestro destino. Eso se explica mediante el yin y el yang: hay hombres y mujeres, oscuridad y luz, pena y felicidad; todas esas cosas crean un equilibrio. Vivimos un momento de máxima felicidad, como nos ocurrió a Tomoyo y a mí al principio de la Fiesta de la Brisa, y de pronto se produce una desgracia como la muerte de Rika. Mis tíos, que hasta entonces habían sido felices, se convirtieron de la noche a la mañana en dos desdichados sin descendientes ni motivación en la vida; cuando muriera mi padre, tendrían que confiar en la bondad de Touya para que se ocupara de ellos y no los echara de la casa. Mi familia no era muy pudiente y había demasiadas bodas en perspectiva... Eso alteraba el equilibrio del universo, de modo que los dioses lo restablecieron matando a una niña de buen corazón. No hay vida sin muerte. Ése es el verdadero significado del yin y el yang.


N.A.: Aquí estoy, con un capítulo nuevo, muy triste a mi parecer. Espero que lo disfruten y que me hagan llegar sus comentarios. Como en este momento no tengo mucho tiempo, no puedo explayarme demasiado en esta ocasión. Cuídense y sonríanle a la vida, que la vida les sonreirá.
Kokoro539